Llegué a la Ciudad de México con el corazón lleno de ilusión.
Después de meses chateando en línea, por fin iba a conocer a Ricardo, mi novio, que para mí era un príncipe de la capital, y yo, Sofía, una simple chica de pueblo.
Pero al salir del baño en la cafetería, escuché su voz. Una voz llena de burla y desprecio.
"La morra es de un pinche pueblo pesquero, ¿te imaginas? Seguro llega oliendo a pescado", dijo Ricardo a sus amigos, riéndose.
Sentí un frío que me recorrió la espalda al escuchar cómo me describía como "pobre e ingenua" y que quería "despacharme como un paquete no deseado".
La humillación me quemaba por dentro, pero una voz inesperada lo defendió, una voz que no conocía.
"No mames, Ricardo. Eso está muy manchado. La chaval cruzó medio país para verte".
En ese instante, mi corazón, antes latiendo de emoción, se convirtió en una piedra de furia fría y decidida.
Iba a ir a esa cita, pero no para lo que él esperaba.
Iba a ir para que no supieran lo que les esperaba.
El aire de la Ciudad de México era espeso y pesado, muy diferente a la brisa salada de mi pueblo pesquero. Apreté la correa de mi mochila, el corazón me latía con una mezcla de nervios y emoción. Después de meses de chatear en línea, por fin iba a conocer a Ricardo, mi novio. Para mí, él era un príncipe, el heredero de una familia rica de la capital, y yo, Sofía, una simple chica de pueblo, había ganado su corazón. O eso creía.
Llegué al café media hora antes, la ansiedad me carcomía. Era un lugar elegante, con sillones de terciopelo y olor a café caro. Para calmar los nervios, fui al baño. Al salir, me detuve en el pasillo al escuchar una voz familiar que venía de una mesa cerca de la entrada, oculta por una gran planta.
Era la voz de Ricardo.
Me quedé quieta, el cuerpo se me puso rígido. No quería espiar, pero las palabras que escuché me paralizaron.
"Neta, güey, no sé en qué estaba pensando", decía Ricardo, con un tono de burla que nunca había usado conmigo. "La morra es de un pinche pueblo pesquero, ¿te imaginas? Seguro llega oliendo a pescado".
Las risas de sus amigos resonaron en el lugar. Sentí un frío que me recorrió la espalda.
"¿Y entonces para qué la hiciste venir hasta acá?", preguntó otro.
"Pues para cotorrear un rato, ¿no? Ver qué tan ingenua es la pobre. Le dices tres palabras bonitas y se derrite", respondió Ricardo, y su risa fue la más fuerte de todas. "Pero ya me dio hueva. La neta, su foto de perfil seguro tiene más filtros que nada. A ver si no me sale con una sorpresa".
Mi corazón, que antes latía de emoción, ahora se sentía como una piedra en mi pecho. Cada palabra era un golpe. "Pobre e ingenua". Así me veía él.
"Qué hueva tener que lidiar con ella", continuó Ricardo, con un suspiro exagerado. "Necesito que alguien me haga el paro. Ve tú, güey, y despáchala. Dile que me surgió una emergencia, no sé, invéntale cualquier cosa. Dale unos mil pesos para su camión de regreso y ya".
El silencio se instaló por un momento. Yo seguía ahí, paralizada detrás de la planta, apenas respirando. ¿Despacharme? ¿Como si fuera un paquete no deseado? La humillación me quemaba por dentro.
"No mames, Ricardo. Eso está muy manchado", dijo una voz nueva. Una voz más grave, más tranquila. No la reconocí. "La chava cruzó medio país para verte".
"Ay, ya vas a empezar de moralista, Eduardo", se quejó Ricardo. "Es solo una chava equis. Hay miles como ella. ¿O qué, quieres ir tú? Ándale, ve y despáchala. Te la regalo".
Eduardo. Así que ese era su nombre.
No hubo una respuesta inmediata. Podía sentir la tensión desde mi escondite. ¿Quién era ese tal Eduardo? ¿Y por qué, por un instante, pareció defenderme?
Decidí que no iba a salir corriendo. No le iba a dar esa satisfacción. Con los dedos temblando, saqué mi celular y le envié un mensaje a Ricardo.
"Ya casi llego, mi amor. Estoy a una cuadra. ¡Qué emoción!".
Mi pulso estaba acelerado, pero no por la emoción. Era furia. Una furia fría y decidida. Iba a ir a esa cita. Y ellos no sabían lo que les esperaba.
"¿Neta te da hueva hasta a ti, Eduardo?", la voz de Ricardo sonaba irritada, como si la objeción de su amigo fuera una ofensa personal. "Tú eres el bueno para estas cosas, el que siempre sabe qué decir. A ti te hará caso".
Escuché un suspiro del otro lado. La voz de Eduardo sonó de nuevo, esta vez con una nota de resignación.
"Está bien, güey. Yo voy", dijo. "Pero que sea la última vez que me pides estas cosas. No está chido jugar así con la gente".
"Sí, sí, lo que digas, santo Eduardo", se burló Ricardo. "Solo asegúrate de que se vaya. No quiero encontrármela después en la universidad. Qué oso".
La voz de Eduardo, a pesar de la situación, tenía algo que me llamó la atención. Era profunda y tranquila, sin el tono arrogante y superficial de Ricardo. Me transmitía una extraña calma.
Me esforcé por recordar las fotos que Ricardo me había mandado. A veces salían sus amigos, pero siempre estaban en segundo plano, borrosos. ¿Sería Eduardo uno de ellos? Un tipo alto, de cabello oscuro, que siempre parecía estar un poco apartado del grupo. Sí, creo que lo recordaba.
Pero, ¿por qué aceptó? ¿Por lástima? ¿O simplemente para quitarse a Ricardo de encima? La duda se instaló en mi mente, pero no opacó mi decisión. Mi plan seguía en pie.
Respiré hondo, conté hasta diez y salí de mi escondite detrás de la planta. Caminé con la cabeza en alto, como si no hubiera escuchado nada. Crucé el umbral del café y miré directamente a la mesa de Ricardo. Él levantó la vista, me vio y su rostro se contrajo en una mueca de fastidio antes de desviar la mirada rápidamente hacia su celular.
Le envié un último mensaje.
"Ya estoy aquí. ¿Dónde te sientas?".
Su respuesta fue casi instantánea, fría y cortante.
"La mesa junto a la ventana. Te está esperando mi amigo Eduardo. Tuvo que venir él, a mí me salió un imprevisto familiar urgente. Te explica él. Hablamos luego".
Ni siquiera una disculpa. "Hablamos luego". Claro.
Guardé el teléfono, una sonrisa helada dibujada en mi rostro. El juego estaba por comenzar.