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No Juzgues La Portada

No Juzgues La Portada

Autor: : Nathaly H Vegas
Género: Adulto Joven
Me llamo Amelia, y hace un año me enamoré perdidamente de Daniel, un chico que me cautivó y me hizo vivir la mejor de las historias de amor, pero también la decepción más grande que una chica puede pasar: una violación. Y hoy, a pesar del tiempo no logro recuperarme del dolor que me causó, haciendo casi imposible que me fije algún chico. Hasta que llegan los hermanos O'Pherer, Gabriel y Rámses, con sus rostros atractivos, sus sensuales acentos extranjeros, sus músculos definidos y siendo tan distintos como el agua y el aceite. Rámses, es un francés de pocas palabras, a simple vista pedante, reservado y con un pasado problemático, seguro de esos que arrastran a los que se acercan a su vórtice. Gabriel, en cambio, es un portugués atractivo, dulce, carismático, simpático y con todos los atributos que me hacen suspirar y que prometen hacerme creer una vez más en el amor. Decir que el me gusta es poco. Solo hay un pequeño problema, a mi me gusta Gabriel el novio de mi mejor y única amiga y yo le gusto a Rámses, su hermano y mi mejor amigo. Y como si eso no fuese suficiente, Daniel insiste en regresar a mi vida. No se apresuren a juzgar la portada, ni siquiera esta sinopsis, porque nadie sabe lo que oculta un corazón. Nadie sabe lo que oculta el mío

Capítulo 1 ES UNA CATASTROFE

-¿Lo ves?

-No aún no. Espera. Si, allí está. ¡Oh Dios es tan bello! Tu turno- anunció mi mejor amiga Marypaz, o Pacita como me gustaba llamarla, bajándose del pupitre roto que precariamente usábamos para asomarnos por las ventanas altas del laboratorio sin uso de manualidades.

Como ya era rutina para nosotras, aprovechábamos cualquier hora libre que tuviésemos para irnos a ese salón abandonado a pasar el tiempo. Pero cuando descubrimos que las ventanas daban justo a la cancha donde los chicos practicaban voleibol, nos dedicábamos ahora a espiarlos y suspirar en secreto por ellos.

Malditas hormonas que nos hacen hacer cosas ridículas.

-¿Por qué tiene que ser tan sexy?. Virgen santísima, se quitó la camisa-exclamé aferrándome al marco de la ventana como si pudiese verlo más de cerca

-¿Qué? Déjame ver-dijo Pacita, subiéndose a mi lado en el pupitre maltrecho.

Un ruido sordo embargó la vacía aula cuando nos desplomamos en el piso en un revoltijo de manos, piernas y pedazos de madera. Por suerte no salimos lastimadas. Nos comenzamos a reír aun sobándonos y no paramos de hacerlo hasta que regresamos al salón para iniciar las clases.

-Necesitamos buscar otro pupitre-dijo sentándose con una pequeña mueca de dolor

-Necesitamos una vida-la corregí, mientras me sentaba de lado en mi asiento, mi nalga derecha había recibido todo el impacto. Gracias a Dios que tenía nalgas suficientes para recibirlo.

-Buenos días alumnos-dijo nuestra profesora de historia universal, entrando al salón- Hoy teníamos un examen, pero lo tendré que suspender hasta la próxima semana.

La clase estalló en gritos de alegría, creo que fui la única que me lamenté en silencio. Había invertido el fin de semana estudiando.

-No se alegren mucho. Hoy se integrarán dos nuevos estudiantes que necesitaran ayuda para ponerse al día. Así que Maggio y Flores-dijo usando nuestros apellidos- quiero que los ayuden a ponerse al día.

Cualquier otra persona se hubiese sorprendido o quejado, pero en nuestro caso estábamos felices así que aceptamos complacidas. Las dos teníamos los promedios más altos del instituto y no era la primera vez que ayudábamos a algún compañero en una clase. Bueno en realidad si era la primera vez para Marypaz, ella era muy tímida y le costaba interactuar con cualquier persona, más con el sexo opuesto, le gustase o no, fuese atractivo o no. Yo en cambio era tan solo un poco menos tímida y aunque me llevaba bien con la mayoría, tampoco era monedita de oro para caerle bien a todos y todos tampoco me caían bien a mí.

-Oh, aquí están-dijo la profesora-. Él es Gabriel-dijo la profesora señalando a chico de piel pálida con cabello castaño claro peinado con perfección hacia un lado, ojos caramelos y una amplia sonrisa que entró al salón con paso seguro. Fue inevitable que todas las féminas del salón sonriéramos como idiotas-. Y él es Ramsés-. El cuchicheo que había empezado en cuanto vieron a Gabriel, frenaron de forma brusca.

-E Rámses- Es Rámses- respondió con cierta prepotencia y cansancio en otro idioma. Era alto, con el cabello castaño oscuro y bastante largo. Cejas gruesas y pobladas que resaltaban el color caramelo de sus ojos haciéndolos lucir más claro de lo que ya eran.

-¿Quieren presentarse a la clase?- Rámses no emitió ninguna expresión en su rostro.

- Olá, meu nome é Gabriel O'Pherer Dusaillant e ele é meu irmão Ramses. Nós somos de Portugal e temos pouco tempo no país- Hola, mi nombre es Gabriel O'Pherer Dusaillant y él es mi hermano Ramses. Somos de Portugal y tenemos poco tiempo en el país - ante la mirada de confusión de la mayoría de la clase, Gabriel corrigió-. Lo lamento. Yo soy Gabriel O'Pherer Dusaillant y él es Rámses mi hermano, somos de Portugal y llegamos hace poco.

-Muy bien-dijo la profesora con la típica cara que indicaba que los haría pasar por la tortura de interrogarlos en frente de la clase-. Cuéntanos más de ustedes. ¿Hablan otros idiomas?

- Cette suce – esto es una mierda-refunfuñó muy bajito Rámses cruzando los brazos sobre su pecho.

Llevaba una camisa manga negra debajo de la camisa blanca del uniforme. No llevaba la chaqueta azul marina y ni siquiera había rastro de la corbata a juego que debía usar. Su hermano, en cambio, estaba vestido de punta en blanco luciendo como el próximo modelo institucional, ya casi podía verlo en el afiche del instituto.

-Está bem- Está bien-dijo Gabriel sin lucir ni siquiera apenado-. Tenemos 17 años y hablamos español, inglés, portugués et français- dijo cada idioma en el acento respectivo y juro que escuché algunos suspiros cuando dijo «y francés».

La profesora lucía impresionada y cuando se disponía a seguir con el interrogatorio Rámses giró los ojos y entró al salón, sentándose en el último de los asientos, justo al lado mío. Gabriel en cambio le dio las gracias a la profesora con esa adorable sonrisa que tenía y caminó hasta sentarse en el asiento frente a su hermano.

Me giré para ver a Marypaz a mi otro lado. Sus mejillas de un rojo intenso y con la mirada clavada en el libro.

-Bueno chicos, la directora Elvira me pidió que les asignara tutoras para que puedan ponerse al día de estos tres meses de clases. Así que Amelia y Marypaz los ayudaran-les informó señalándonos mientras yo alzaba la para saludarlos con repentina timidez, pero fue cuando Gabriel me miró y sonrió, que mis mejillas estallaron tan rojas como las que le había visto a Marypaz segundos antes.

***

-Te digo que lo amo- me dijo Marypaz cuando las clases terminaron y mientras estábamos sentadas sobre el mesón del aula abandonada-. ¿Lo escuchaste hablando en francés?-y largó un eterno, sonoro y melodramático suspiro.

-Lo escuché y elevó a otro nivel lo sexy. Pero que hermano más distinto, ¿no?-respondí continuando con mi almuerzo.

Según lo que habíamos averiguado desde que entraron al salón hasta este momento, su padre era diplomático y había sido transferido a nuestro país. Por esos continuos viajes era que habían aprendido todos esos idiomas.

-Yo escuché que Ramsés fue expulsado de su antiguo instituto por golpear a un chico hasta mandarlo al hospital y que estaba drogado y borracho cuando lo hizo-dijo Marypaz casi susurrando, como si alguien nos pudiese escuchar.

-Suena demasiado rebuscado, ¿no crees?

-Cuando el rio suena es porque piedras trae- me respondió

-Bien-dije cambiando el tema mientras limpiaba mis manos-¿Cómo haremos lo de la tutoría?

-Tú ayudas a Ramsés y yo a Gabriel.

-E Rámses-dije imitando su acento robándole carcajadas a Marypaz. Cuando se calmó proseguí en mi propia voz-. En realidad pensé que yo podría ayudar a Gabriel

Mis mejillas me traicionaron y mi mejor amiga me descubrió.

-¡Te gusta también!-dijo divertida e incluso alegre-. Esto es genial.

-Nos gusta la misma persona, es una catástrofe.

-No lo es-porfió-, porque ahora podremos sufrir de desamor juntas.

-Hablas como si alguna vez hubiésemos sido correspondidas-rodé mis ojos en respuesta aunque me contagié de su alegría.

-Pero no puedo enseñarle a Rámses-dijo exagerando su pronunciación- me intimida demasiado. Por favor, por favorcito Mia, por fis-rogó con tanta insistencia, usando el diminutivo que usaba mi familia-. ¡Tengo una excelente idea! Propongamos la tutoría al mismo tiempo. Así podemos pasar tiempo con Gabriel y rehuirle a Rámses al mismo tiempo.

-Bueno Marypaz, por fin usas esa cabecita tuya para algo más que esas coletas-dije burlona, ganándome un merecido empujón-.

-Chicas-dijo la directora Elvira pegándonos un susto de muerte-. Sabían que estaban aquí, pero ¿Cuántas veces les he dicho que este salón esta fuera de los límites?

-Lo lamentamos tía-dijo Marypaz mostrando su labio inferior en un clásico puchero-pero es nuestro pequeño santuario.

-Bueno ahora será santuario y salón de tutorías-dijo al tiempo que daba paso a Gabriel y Rámses al aula.

Capítulo 2 HAZLO EN UN IDIOMA QUE ENTIENDA

-No tenemos por qué empezar ya mismo-dijo Gabriel mirando a una muy sonrojada y de repente muda Marypaz.

Después de que la directora Elvira, tía de Marypaz, se encargara de arruinar nuestro santuario personal con dos intrusos nuevos y muy atractivos, nos dejó a solas. Gabriel se subió al mesón frente a nosotras y su hermano se quedó parado recostado a la pared con los brazos cruzados y luciendo bastante fastidiado.

Como Marypaz seguía sin hablar me tocó intervenir: -Podemos comenzar mañana si quieren y por lo pronto pueden sacarle copia a nuestros apuntes de las clases de hoy-ofrecí bajo su atenta mirada. Mis manos temblaban y no sé cómo logré que mi voz no lo hiciera.

-¿Pourquoi avons-nous besoin de mentors?- ¿Por qué necesitamos mentores?-preguntó Rámses a su hermano con una mueca de fastidio en sus ojos, más como una queja que como si esperase una respuesta sincera

-Nosotras tenemos los mejores promedios del instituto y si ustedes quieren aprobar necesitaran ayuda- respondí clavando mi mirada en Rámses comenzando a molestarme por su actitud-. El nivel del instituto es muy alto.

Vi a Gabriel sonreír con suficiencia, complacido por la altanería de mi respuesta, en cambio Rámses alzó una ceja como si dudase de mis palabras. Él no me intimidaba, por el contrario su mal humor y su actitud arrogante me tenían cansada y eso que yo me caracterizaba por tener grandes dotes de paciencia. En cambio, Gabriel, con su sonrisa brillante y su mirada dulce, lograba hacerme sonrojar con gran facilidad.

El timbre sonó anunciando el fin del almuerzo y el inicio de la próxima clases. Habíamos acordado que los chicos se llevarían nuestros cuadernos para sacar las copias y que estudiaríamos juntos para los exámenes que vinieran, hasta que se nivelaran. Caminé hasta el salón seguida de cerca por Marypaz y Gabriel, quien intentaba sacarle conversación a mi penosa amiga.

Sentí una pequeña puntada de celos por primera vez. Quería ser yo el objeto de su atención, tampoco es que le deseaba mal a mi amiga, pues dentro de los celos me alegraba por ella, pero siendo brutalmente sincera, ella tenía el típico cuerpo que todos los chicos miraban y rostro bastante bonito, enmarcado con un cabello cobrizo largo y sedoso; en cambio yo que también era delgada, tenía más pierna y trasero de lo que deseaba y un cabello negro un tanto enrulado y rebelde, más rebelde que enrulado para ser sincera. El único rasgo que me encantaba de mi eran mis ojos, gracias a Dios había heredado los ojos de mis abuelos: ojos café con bordes verdes, pero nadie se enamora de unos ojos solamente.

Los días habían pasado muy rápido y como era de esperarse los profesores suspendieron todos los exámenes para la próxima semana, con la intención de que los nuevos chicos pudieran adaptarse. Gabriel parecía que hubiese estudiado desde jardín infantil con todo el instituto, su personalidad carismática y alegre le había asegurado ingreso en todos los posibles grupos de estudiantes, y con él a pesar de lucir muy reacio, también había ingresado a Rámses; sin embargo era a Gabriel al que siempre veíamos jugando en la cancha con otros chicos, -porque si, habíamos conseguido un pupitre menos precario que nos permitiera asomarnos por la ventana- o rodeados de chicas que lo que hacían eran exhibir sus bellas sonrisas y sus amplios escotes. En cambio Rámses permanecía impasible en su propio mundo, siempre dentro de su teléfono como si la vida se le fuese en ello.

Así que las tutorías solo se habían limitado a prestarles nuestros apuntes e intercambios penosos de preguntas cuando no lograban entender algún jeroglífico de los que llamábamos escritura. Aunque en defensa de la verdad, era Gabriel quien hacia toda la interacción, como si fuese el vocero oficial de Rámses, y con franqueza lo prefería.

Ahora, la próxima semana si sería otra historia, porque tendríamos un examen en cada una de las materias gracias a los gemelos fantásticos.

-Me gusta mucho Mia-se lamentó Marypaz casi al final de la semana y mientras esperábamos a que nuestros padres vinieran a buscarnos-.

-Y yo creo que tú le gustas a él-le respondí con sinceridad-. Deberías hablarle, invitarlo a salir, no sé. Algo

-Oh no podría, ¿estás loca? Si apenas puedo respirar cuando estoy con él, además a ti también te gusta, no quiero que eso nos traiga problemas.

-Que va Pacita si tú tienes más posibilidades que yo, tienes que aprovecharlas. ¿Qué clase de amiga sería si por solo egoísmo te hiciera ignorar esa oportunidad?-dije con franqueza, pero también con un pequeño nudo en mi garganta.

- Olá ¿como estão?- Hola ¿Cómo están?- Gabriel se acercó a nosotras, interrumpiendo nuestra conversación.

-Hola-respondimos casi al unísono, casi culpables.

-Qué bueno que las consigo. La próxima semana será una locura con los exámenes. ¿Creen que puedan ayudarnos este fin de semana a estudiar?-preguntó haciendo pucheros, como si el necesitase rogarnos para pasar tiempo con él, o como si ya no fuese lo suficientemente lindo para convencernos.

Le di una rápida mirada a mi amiga para buscar su aprobación.

-Por supuesto-, respondí-. Puede ser en...-miré a Pacita, buscando ayuda, pero ella solo me señalaba a mí por detrás de la espalda de Gabriel- en mi casa- terminé bajo el semblante de alivio de mi amiga-.

Le indiqué la dirección y el número de teléfono de mi casa. Yo era muy reacia a entregar mi número celular y la verdad es que creo que sería una tortura tener su número de teléfono, tentándome, cuando se suponía que yo no debía sentir nada por el chico por el que mi mejor amiga suspiraba.

***

El timbre de la casa sonó despertándome. Mi mamá era el ser más despistado de la faz de la tierra, por lo que era propensa a siempre extraviar todo: cualquier juego de llaves, papeles, cartera, e incluso una vez el auto. Me levanté de la cama como un autómata y con mi cabello enmarañado y arrastrando los pasos bajé las escaleras para abrir la puerta.

-Mamá juro que te colgaré la llave en el cuello...-dije abriendo la puerta en medio de un inmenso bostezo-.

Abrí mis ojos cuán grande eran y ahogué un pequeño grito en mi garganta. -¡Mierda!-grité y cerré la puerta con tanta fuerza que bien pude haberla sacado de su marco. Casi de inmediato escuché las risas de Gabriel y Rámses al otro lado de la puerta, mientras intercambiaban palabras que no entendí.

¿Qué hago, que hago, que hago? Pensé corriendo en círculos por la sala. Mi cabello desordenado era imposible de arreglar, llevaba una camiseta rosa de las chicas súper poderosas y unos pantalones cortos.

-¿Vas a abrirnos?-preguntó Gabriel y lo escuché reprimir una risa

-Si, yo... ehm... voy- atiné a decir. Di un fuerte suspiro y resignada no tuve más opciones que abrir la puerta, sintiendo mis mejillas explotar de la vergüenza.

-Tu mamá dijo que te avisaría-dijo Gabriel entrando con paso ligero mientras inspeccionaba la casa.

Rámses entró detrás de él y cuando alcé la vista del piso donde la tenía clavada él me miraba con detenimiento, pasando su vista desde mis pies descalzos, mis piernas desnudas y mi escote. Cuando nuestros miradas se encontraron se ruborizó más rápido que yo y volteó de inmediato. Por instinto bajé la tela de mis pantalones cortos, que ahora se me antojaban diminutos.

-Nunca le dejes un recado a mi mamá-respondí en cuanto se sentaron en el mueble-, es la versión humana de Doris.

Un alma libre, como decían mis abuelos.

-¿Y Marypaz?-preguntó Gabriel en cuanto cerré la puerta. No pude evitar sentir la punzada de celos por su pregunta.

-Le avisaré que llegaron. Pónganse cómodos, ya regreso

-Linda pijama Bombón-dijo Rámses con tono burlón.

Lo fulminé con la mirada antes de subir a mi habitación a ponerme presentable. Llamé en estado de pánico y urgencia a Pacita y le exigí que llegase en cinco minutos, aunque eso era inhumano. Desenredé mi cabello y aplicándole crema logré domarlo y trenzarlo, y por fin me cepillé los dientes. Me coloqué unos pantalones holgados y una camiseta rosa que decía en letras negras "i'm a Khaleesi" y sintiéndome un poco mejor con mi aspecto, tomé los libros y apuntes y bajé las escaleras.

Gabriel veía televisión, algún canal de videos musicales. Rámses estaba en su mundo telefónico, sin despegarse de la pantalla.

-¿Vive muy lejos Marypaz?-preguntó Gabriel- quizás podamos ir a buscarla para que no se demore en llegar-sugirió.

-Pacita vive a quince minutos y la traerán sus papás. Pero gracias por el ofrecimiento, quizás si puedan llevarla cuando terminemos acá.

Mi amiga me amará después de esto. Acababa de asegurarle un paseo gratis con Gabriel.

Pacita tardó casi una hora, y Gabriel preguntaba por ella cada quince minutos interrumpiendo lo poco que avanzábamos en los estudios. Cuando por fin llegó lucía unos jeans ajustados, una camiseta negra sencilla y su cabello suelto cayendo en perfectas cascadas. Gabriel le dio una amplia sonrisa y una mirada dulce que hizo que mi alma cayese al piso.

Después de un par de horas estudiando sin parar, tomamos un pequeño descanso. Marypaz conversaba de a poco con Gabriel y me vi en la necesidad de mantenerme tan callada como su raro hermano para que ellos pudieran conversar. Tenía sentimientos encontrados, por una parte quería participar en la conversación, pero no quería robarle su oportunidad, me alegraba de que ella estuviese hablando, porque sabía que le costaba apartar su timidez, pero por otra parte era inevitable que me sintiese triste.

Ordené una pizza para todos y Gabriel le pidió a Marypaz que lo acompañase a comprar unos helados de postre y sin más se marcharon. Rámses, no había dicho ni una sola palabra desde que se burló de mi pijama. Suspiré con frustración, era un ser tan poco sociable que era exasperante, quizás si el conversara un poco pudiese distraer mis pensamientos de Gabriel. Lo vi metido dentro de su teléfono una vez más ignorando mi presencia, y no era que me importase si me notaba o no, pero era muy mal educado de su parte.

Su cabello castaño oscuro caía sobre su rostro, tapándolo. Lucía otra vez una camiseta negra de mangas largas y no se veía acalorado a pesar del calor que estaba haciendo. Se giró para buscar algo en su bolso y unas líneas negras dibujadas en su piel se escaparon desde el borde de su camiseta perdiéndose dentro de su largo cabello.

-¿Qué tanto me miras?-preguntó un poco molesto

-Tu tatuaje-dije con franqueza-, y tu falta de educación. ¿Siempre eres así de comunicativo?- mi sarcasmo lo había tomado desprevenido porque su rostro reflejó sorpresa.

Se levantó con una pequeña sonrisa bailando en la comisura de su boca y con paso seguro comenzó a subir las escaleras de la casa. Lo llamé para saber que pretendía pero me ignoró. Me levanté detrás de él. Lo vi asomarse en las habitaciones que consiguió, aunque estuviesen cerradas. Cuando llegó a la mía entró como si fuese suya y en silencio y curiosidad se acercó a detallar todo lo que en ella se encontraba.

Miró las fotos que tenía pegadas en la pared, todas de mis familiares y algunos amigos y conocidos. Se acercó a mi biblioteca y admiró todos los libros que había. Llegó hasta el escritorio y después de revisar por encima los papeles que había y un par de adornos se giró hacia mí.

-¿Terminaste de fisgonear?-pregunté con mis brazos cruzados. Por extraño que parezca no me sentía incomoda de que estuviese revisando mis cosas.

Alzó sus hombros en una respuesta despreocupada y se lanzó sin ninguna delicadeza sobre mi cama.

Alzó sus brazos por encima de la cabeza y cuando su camiseta negra se levantó noté más líneas negras en la poca piel de su costado que quedó descubierto. Me sentí de inmediato intrigada en ver sus tatuajes; las puntas de mis dedos picaron con desespero por trazar cada línea que tuviese dibujada. Sorprendida por mi deseo repentino, sentí como el calor se agrupaba en mis mejillas una vez más. Por suerte el timbre sonó y corrí escaleras abajo para recibir la pizza. No supe lo hambrienta que estaba hasta que olí el maravilloso Peperonni.

Detrás del repartidor entraron unos risueños Gabriel y Marypaz, con un tarro de helado bastante grande y algunas papitas fritas y golosinas adicionales.

-¿Y Rámses?-preguntó Gabriel buscándolo con la mirada.

-Estem... en mi habitación-dije apenada causando que ambos abriesen sus ojos intrigados.

El susodicho bajó con calma las escaleras jugando deliberadamente con la intriga del par de ojos que lo miraban. Pasó a mi lado guiñándome un ojo y yo solo giré los míos. Pude sentir la mirada escrutadora de Gabriel y lamenté la posibilidad de que pensara que algo había pasado.

Cuando terminamos de estudiar era tarde en la noche. Me encontraba preocupada por mi mamá, pues no había sabido de ella desde muy temprano y ahora su teléfono estaba apagado.

-Seguro está bien-comentó Pacita tratando de reconfortarme-.

Yo tenía el teléfono de la casa en las manos, había llamado a todos los posibles números preguntando por ella, pero no tuve suerte. Mis manos temblaban cada vez que marcaba su número de teléfono y volvía a saltar la contestadora.

-Llamaré a mis papás, me quedaré contigo hasta que llegue-ofreció Pacita, pero decliné su oferta, había estado muy ilusionada cuando le dije que Gabriel la llevaría-.

- Deberían irse, se les hará más tarde- traté de fingir una sonrisa.

- Je vais rester avec elle, ce qui conduit à la maison Pacita- Me quedaré con ella, tu lleva a casa a Pacita - dijo Rámses sentado desde el sofá, lanzando las llaves del auto hacía su hermano, quien las agarró con sorprendente agilidad y sin esfuerzo alguno.

-¿Qué dijo?-pregunté.

- ¿Estás seguro?-respondió Gabriel a su hermano, ignorando mi pregunta-.

Enojada y con la poca paciencia que tenía, crucé mis brazos y con el ceño fruncido les exigí: -¿Me piensan decir que es lo que están diciendo?

-Yo llevaré a Pacita a su casa-explicó Gabriel agarrando sus cuadernos y los de Pacita. El gesto dulce no pasó desapercibido por mí ni por ella-. Y Rámses se quedará contigo.

-Eso no es necesario-dije un tanto apenada.

- Je ne demandais pas s'il pouvait- No pregunté si podía - respondió Rámses con un tono altivo.

-Si me vas a hablar, hazlo en un idioma que entienda-desafié.

-Dije, que no te estaba preguntando si podía- clavó sus ojos en mí retándome a contradecirlo, y por una razón que no comprendí, no lo hice.

Gabriel se acercó para darme un pequeño beso en la mejilla mientras trataba de reprimir una sonrisa. Me dolió ver lo feliz que lo hacía marcharse con Pacita. Mi amiga, en cambio, me dio un fuerte abrazo y me prometió llamar en cuanto llegase a la casa. Me dio varias palabras de aliento y tuve que empujarla hasta la salida para que pudiera irse. Cuando tranqué la puerta comencé una vez más a llamar de forma compulsiva.

-Asumiré que no es normal que tu mamá se desaparezca de esta forma-dijo Rámses sorprendiéndome.

-Lo que no es normal es que tenga el teléfono apagado. Ella... no ha estado bien de un tiempo para acá. Siempre ha sido distraída, pero ahora su estado despistada es permanente.

-¿Y qué cambió?- preguntó con cautela en su voz

-Mi padrastro la engañó-confesé sin poder frenar mis palabras.

El aguardó en silencio. Pacita era la única que sabía lo que había pasado. No me había sentido cómoda hablándolo ni con la psicóloga del instituto, pero por alguna extraña razón pude decírselo a Rámses. Armándome de valor solté un sonoro suspiro y continué.

-Hace un año, él la engañó con otra mujer. Se había estado aprovechando de que fuese tan despistada. Mi mamá no veía todas las pistas que el dejaba en su ligereza. Se pensaría que eso la haría prestar más atención a sus actividades, pero en cambio empeoró. Ahora se distrae casi a propósito de su entorno. Como si se desconectara de su entorno, pero sobre todo del dolor.

Limpié con disimulo una lagrima que osó escaparse de mis ojos. Después de unos segundos en silencio que se me antojaron eternos, Rámses se levantó del sofá y tomó mi mano para obligarme a ponerme en pie. Sin soltar mi agarré me condujo hasta mi habitación.

Me indicó que me sentara en la cama y encendió la laptop. Lo vi teclear con rapidez en el buscador y descargar un programa en mi computadora. No quise preguntarle nada, porque a diferencia de los otros silencios que habíamos tenido en el día, este era agradable.

-Dime el número celular de tu mamá y el modelo del teléfono

Tecleó con rapidez la información que le di y después de unos segundos en el programa comenzaron a aparecer líneas y líneas de información. Se levantó de la silla del escritorio y me sentó en ella. Se agachó hasta quedar a mi altura, haciéndome cosquillas con su cabello. Estaba tan cerca de mí que sentí la calidez que emanaba y su suave perfume mezclado con la fragancia mentolada de su cabello.

-Este es un programa de rastreo. Triangulará la posición del teléfono de tu mamá dándote una idea bastante cercana de donde se encuentra. Como está apagado, te dará la última ubicación cuando estuvo prendido. Según esto estuvo en estas direcciones, a estas horas. ¿Reconoces alguna?

Revisé cada una de las que aparecían en la pantalla, hasta llegar a la última.

-Hijo de pe...-exclamé tapándome la boca de inmediato. Rámses me dedicó una mirada divertida por la palabrota que acaba de soltar.

Tomé una vez más el teléfono de la casa y marqué un número que sabía muy bien pero que quería con desespero olvidar. Le di un corte asentimiento a Rámses para que supiese que reconocía la última dirección.

-¿Está contigo?- siseé apenas atendió el teléfono.

-Ehm... si.-dijo con su voz melodiosa característica, causándome puntadas de dolor-,por favor no cuelgues...

Y colgué

-Está con él-le anuncié a Rámses.

Me sentí traicionada. Había pasado las mismas noches en vela llorando, junto a ella. Había sentido la burla directa hacía mí y la familia que representábamos. Y que ella estuviese ahora con él, me hería profundamente. Lo llegué a querer como mi verdadero padre, ese al que nunca conocí, por muchísimos años él fue mi ídolo, mi héroe, él que me protegía de los monstros, él que no me haría nunca daño, y sin embargo fue él que acabó destruyéndome por completo.

-Pensé que... bueno como dijiste...- comenzó a decir, pero debió notar mi cara tan confundida como la de él-. Oh, bueno, creo que no lo esperabas.

Negué con la cabeza y tapé mi cara con ambas manos mientras evitaba que me viese llorar. Pero sentí sus brazos tibios y fuertes abrazarme, dejando que apoyase mi cabeza sobre su pecho, mientras me acariciaba el cabello.

¿Quién diría que Rámses podría llegar a ser tan... humano?

Capítulo 3 CALAMBRE

-Mia, tenemos que hablar- dijo mi mamá despertándome. Era domingo y me negaba a levantarme de la cama-. Tenía que hablar con tu papá...- comenzó a explicar

-No. No quiero escucharlo. Él no es mi papá. No entiendo que hacías con él después de todo lo que nos hizo pasar, después de lo que hizo; y no hay nada que puedas decirme que me haga entenderlo. Solo te pido, que la próxima vez me avises, y me evites el susto de no conseguirte y la molestia y la pena de tener que escuchar su voz.

En nuestra relación madre e hija yo siempre he sido la adulta, pero como todo, se había acentuado desde que mi padrastro la traicionó. Incluso, fui yo quien lo echó de la casa, porque mi mamá estaba en el piso llorando, sosteniéndose el corazón como si quisiera mantener las piezas en que se había roto, unidas.

La frialdad de mi voz le quitaron las ganas que tenía de hablar conmigo, lo pude sentir cuando tragó grueso y asintió sin rechistar.

-¿Podemos hablar entonces del chico de tatuajes que está acostado en el sofá?

¡Mierda!

Abrí los ojos con brusquedad y me reincorporé con rapidez. Después de que logré calmarme anoche Rámses insistió en quedarse, de esa misma forma que me dejaba claro que si me negaba tendría que sacarlo a rastras de la casa. Así que cenamos, tocando temas superficiales para mantenerme distraída de mi llantén, y preparé el sofá para que pudiese dormir lo más cómodo posible. Y con las pocas ganas que tenía de enfrentar a mi mamá me olvidé por completo de que un chico desconocido para ella, dormía en el sofá.

-Es un compañero de clases-expliqué con rapidez-. Me acompañó para que no me quedara sola y se hizo muy tarde para que pudieran buscarlo- improvisé, porque la verdad era que en ningún momento vi la más mínima intención de Rámses de marcharse, mucho menos de que llamase para que lo viniesen a buscar.

Me bañé y cambié con rapidez, me cepillé los dientes y anudé mi cabello, antes de bajar. Por suerte seguía dormido, hubiese sido muy incómodo que él hubiese despertado antes que yo. Mi menté divagó por un momento en la posibilidad de que el subiese a mi cuarto a despertarme y me ruboricé con la sola idea. Estaba desparramado en el mueble, como si él fuese muy grande para el pequeño sofá. Una pierna guindaba hasta el piso, tenía la sabana enrollado en su otra pierna, un brazo sobre sus ojos y el otro sobre su pecho. Me acerqué con cautela para despertarlo. Mi mamá se había ofrecido a hacernos desayuno, perdiéndose dentro de la cocina.

-Rámses-susurré varias veces hasta que por fin comenzó a refunfuñar un poco- Despierta-insistí.

Me doblé para quedar más cerca de su rostro y cuando me dispuse a seguir despertándolo, me tomó por el brazo y me haló haciendo que cayese acostada sobre él, con sus manos abrazándome con fuerza. Mi cara quedó a centímetros de la suya. Sus ojos seguían cerrados pero mi corazón martillaba con tanta fuerza que no lograba escuchar su respiración, quizás si la hubiese podido escuchar, me hubiese dado cuenta de que estaba despierto. Sus parpados, a pesar de estar cerrados comenzaron a moverse con rapidez y su boca poco a poco se curvó en una sonrisa, hasta que no pudo contenerla más.

Abrió los ojos y pude ver sus grandes ojos caramelos, más claros de los que los había visto antes, como si fuesen distintos incluso, me miraban con detenimiento, su sonrisa aún en el rostro permanecía inmutable

-Bonjour Bombón- Buenos días Bombón-me dijo en un pequeño susurro, regresándome a la realidad, lejos de esos ojos caramelos.

-¿Te volviste loco? Mi mamá está en la cocina-dije soltándome de su agarre y poniéndome en pie.

-Tomaré nota que no te molestó que te acostara sobre mí, solo que tu mamá pudiese descubrirnos-dijo sentándose en el sofá y estirándose como un gato.

-¿Qué? No...-comencé a decir cuando la cantarina voz de mi mamá anunció que la comida estaba lista

-La comida estaba deliciosa señora Maggio-dijo Rámses, haciendo gala de una educación que me tenía impresionada

Acabábamos de terminar el desayuno y aunque en realidad había estado divino, dejando en evidencia lo culpable que mi mamá se sentía, no podía dejar de mirar estupefacta a este ser que tenía a mi lado. Siendo galante, cortes y educado como nunca pensé que podría serlo. ¡Ni siquiera ha visto su teléfono ni una vez!. Después de que mi mamá insistiera que la tuteara y que saliese a sus clases de yoga, volvimos a quedarnos a solas. No tenía muy claro que hacer ahora, pero el sonido del timbre interrumpió mis pensamientos mientras lavaba los platos sucios y Rámses, ahora si revisaba su teléfono, como si fuese una droga y él hubiese estado abstinente.

-Está abierto-anunció y yo ahogué un pequeño grito en mi garganta.

-¿Estás loco? ¿Y si es un sádico, un ladrón o un violador?-pregunté asomándome por la puerta de la cocina con miedo

-Ninguno de ellos tocaría la puerta-dijo como si nada-, además, es Gabriel, aunque no puedo asegurar de que él no sea nada de lo que dijiste.

-Bom Dia- Buenos días-saludó Gabriel entrando en la cocina con su característico paso seguro.

Estaba recién bañado y su cabello aún estaba húmedo. El aroma mentolado de su shampoo llegó hasta mí cuando se acercó para darme un beso en la mejilla al tiempo que respondía su saludo.

-¿Te sientes mejor hoy?-preguntó viéndome a los ojos, incluso agachándose un poco para quedar a mi altura. Su sincera preocupación me hizo ruborizar, y solo pude asentir con rapidez y dedicarle una pequeña sonrisa-. ¿Y este imbécile te trató bien?-preguntó señalando a su hermano

-Lo que pasa en la habitación se queda allí, pero ya que insistes, la traté muy bien-respondió Rámses, y yo me ahogué con mi propia saliva cuando intenté negarlo. Gabriel me dio golpecitos en la espalda mientras yo me debatía entre la vida y su muerte y negaba con rapidez.

-Tranquila, ya reconozco sus chistes-dijo Gabriel fulminándolo con la mirada-. Nada bom irmão- Nada bien hermano-lo reprendió

La mirada molesta de Gabriel no me pasó desapercibida y por un segundo la idea de que pudiese estar tan siquiera un poco celoso, me cruzó por la mente. Pero aparté ese pensamiento cuando recordé que era el chico que le gustaba a mi mejor amiga. Y repitiéndome eso como un mantra, me giré para continuar lavando los platos.

-Ya termina con eso-me dijo Gabriel, tomando los pocos platos sucios que quedaban de mi mano. El roce de su piel tibia con mis manos húmedas y frías me dio escalofríos por los brazos-. Ve a prepararte que llegaremos tarde.

-¿Prepararme para qué?-pregunté mientras era empujada fuera de la cocina.

Rámses emitió un sonoro suspiro y como claudicando ante una batalla que no sabía que se estaba llevando a cabo me dijo: -Iremos a la playa.

Pasamos buscando a Marypaz por su casa antes de dirigirnos a la playa. No sé en qué momento lo planificaron, pero Pacita lucía tan confundida y asustada como yo, y eso me reconfortó. Ambas amábamos la playa y cada vez que podíamos nos escapábamos para pasar el día en ella, pero solas. Nunca nos atrevimos a ir con nadie más para restregarles nuestros complejos; ella que se sentía demasiado flaca y yo que estaba pasada de peso. Y sin embargo, contra todo lo que habíamos jurado estábamos en aquella camioneta negra, último modelo, dirigiéndonos con dos chicos guapos, uno de ellos el que nos gustaba, directo a la playa.

El viaje lo hicimos escuchando música, y ante el monopolio que pretendía tener Gabriel, llegamos a la decisión de que cada uno escogería un set de cinco canciones. Me sorprendí cuando le tocó el turno a Rámses, porque aunque me lo imaginaba por su aspecto escuchando heavy metal, sus cinco opciones fueron pop y electrónica. Gabriel en cambio se decantó por el Regueaton y Pacita por unas boy bands y girl band que ya sabía yo que adoraba. Yo fui la última en escoger canciones.

Sé que era una tontería, pero me sentí presionada, y estuve todo ese tiempo pensando en que canciones colocar. Decidí escoger de las bandas que más me gustaban, y canciones que quizás todos debían conocer. Cuando Twenty One Pilots comenzó a sonar con Ride, los hermanos O'Pherer se giraron a mirarme sorprendidos e hicieron lo mismo con las otras cuatro elecciones. Creo que mi apariencia no era de escuchar rock alternativo o nada que se le pareciese.

El viaje de casi una hora fue bastante agradable pero cuando llegamos en la playa estábamos todos deseosos de bajarnos a estirar las piernas. La brisa marina inmediatamente inundó mis fosas nasales y solo pude cerrar los ojos e inspirar todo lo que mis pulmones eran capaz de resistir. Gabriel había pensando en todo, así que bajamos varias bolsas cargadas de bebidas y distintos aperitivos. La playa estaba perfecta, con un oleaje suave, una brisa agradable, un sol reluciente y su agua cristalina. Caminamos un poco buscando un sitio despejado y lanzamos sobre la caliente arena las cosas.

Había llegado el momento de la verdad. Miré a mi amiga buscando apoyo, tenía tan pocas ganas de quedarme solo con el traje de baño puesto como ella, pero no podía quedar como tonta después de llegar hasta aquí. Gabriel se quitó la camisa apenas llegamos, era delgado pero con su musculatura definida. Debía hacer algún tipo de ejercicio. Tragué grueso y aparté la mirada. Comenzó a insistir para que lo acompañáramos a nadar y la verdad sea dicha, me moría por hacerlo, quería ir a nadar y quería ir con él. Una puntada de culpabilidad me hizo espabilarme.

Pacita se había cerrado a toda posibilidad de levantarse y mucho menos de bañarse en cuanto vio a Gabriel, y podía entenderla. Yo no tenía ninguna oportunidad con él, así que no había nada que mi sobrepeso pudiese arruinar, pero en cambio ella sentía que sí, aunque no tuviese nada que reprocharle a su cuerpo, se lo había dicho tantas veces que hasta le compuse una canción.

Le dediqué una mirada suplicante y ella me respondió con una rotunda negativa. Conocía a mi amiga, no se pararía de allí, ni mucho menos se atrevería a quedarse en traje de baño. Gabriel seguía insistiendo y fue cuando dijo que no habíamos conducido todo ese camino para quedarnos sentados en la arena, cuando claudiqué. Solté el aire que estaba conteniendo de los nervios y comencé a quitarme con lentitud temerosa el pantalón y la camisa. Rámses había ido a pagar las sombrillas que alquilaron y regresó justo en el momento en que alcé las manos quitándome la camiseta.

-¡Wow!-exclamó en cuanto llegó a nuestro lado.

Me atreví a mirarlo a los ojos, sin embargo los suyos recorrían con demasiada lentitud mi cuerpo. Me acaloré de tal manera que pude haber entrado en combustión espontánea. Crucé mis brazos de forma inconsciente sobre mi cuerpo y fijé mi vista en un punto cualquiera.

-¡Muy bien, vamos!-dijo Gabriel arrancándome de la vergüenza que estaba sintiendo. Me tomó de la mano y me hizo trotar hasta la playa.

El agua estaba fría a mi contacto, aunque a juzgar por la cara de las demás personas era yo, quien con mi vergüenza la sentía helada. Cuando nos adentramos lo suficiente como para que mi objeto de complejo -mi barriga-, quedará cubierta, me permití relajarme.

-¿Siempre es así de penosa?-preguntó Gabriel refiriéndose a Marypaz

-Quisiera decirte que no, pero te estaría mintiendo-confesé-.

-¿Y si nos ve divertirnos crees que se relaje lo suficiente?-dijo esperanzado.

-Podemos intentarlo. No tenemos nada que perder.

No había terminado de responderle cuando Gabriel me tomó por la cintura y me alzó por los aires para luego soltarme. Caí de forma nada agraciada en el agua hundiéndome hasta el fondo. Cuando emergí lo vi carcajeándose y no pude evitar salpicarlo. El respondió y comenzamos una guerra, donde terminé tragando la mitad del mar. Cuando pedí que parase y me atreví a abrir los ojos, no estaba por ningún lado. Giré buscándolo entre la cara de los otros bañistas y pegué un grito cuando lo sentí nadar por dentro de mis piernas y se reincorporó, para que yo quedase sentada sobre sus hombros.

Grité como niña, debo confesar, por una serie de pensamientos que se arremolinaron en mi cabeza. Desde que tenía un chico guapo entre mis piernas-sí, lo pensé-, mi peso que podía hacerle daño en sus hombros, o que él me estuviese sosteniendo con fuerza por mis muslos. Agradecí que desde donde él estaba, no pudiese verme, porque sentía mi cara roja como un tomate.

Caminó conmigo sobre él hasta un grupo de chicos que jugaban con una pelota de playa y antes de que pudiese decir nada, me lanzaron la pelota para que participara. Estoy segura de que Gabriel no tenía ni idea de lo torpe que era para los deportes, aunque el objeto fuese una pelota de playa inmensa y de colores. Sin embargo y por lo que entendí ¿ganamos?.

-¿Lista?-preguntó girando su cabeza tratando de hacer contacto visual conmigo.

-¿Para qué?-contesté. El torció su boca en una sonrisa que me acaloró más que el sol inclemente, me dio un beso en la parte interna de mi muslo y antes de que pudiera decir nada se dejó caer hacia atrás.

Una vez más me hundí en el agua y agradecí que su frescura niveló el acaloramiento que me había ocasionado. Cuando salí a la superficie me miraba divertido. Pero un borrón negro a su espalda llamó mi atención, me asomé por sobre el hombro de Gabriel y vi a Rámses dirigiéndose a nosotros con el ceño fruncido y su ropa húmeda pegada al cuerpo. Para estar caminando dentro de la playa con el mar en contra, daba fuerte y potentes zancadas.

-J'ai vu le baiser- Vi el beso - siseó a Gabriel fulminándolo con la mirada, aunque el aludido solo se atrevió a ensanchar su permanente sonrisa y responderle un seco "Bem" (Bien).

Miré el intercambio de mirada entre los hermanos sin entender ni un poco lo que había dicho Rámses.

-Le iré a hacer compañía a Pacita- dijo mientras me guiñaba un ojo y se fue nadando hasta la orilla.

Rámses se giró hacía mí, aun con el ceño fruncido, pero se recompuso en cuanto vio mi cara de extrañeza.

-¿Qué le dijiste?-cuestioné

-Que fuese a hacerle compañía a Pacita, por supuesto- respondió, pero no le creí

-¿Por qué tú hablas en Francés y él en Portugués?-pregunté curiosa mientras dejaba que mi cuerpo flotase en el agua

-Son nuestros idiomas maternos-dijo flotando como yo-¿Sabes nadar?-me preguntó cambiando el tema

-No me ahogo por lo menos-respondí. Él sonrió y me indicó con la cabeza que lo siguiera.

Nadando como ranas nos fuimos adentrando más en el mar. La playa estaba delimitada con claraboyas que indicaban hasta donde podían llegar los nadadores. No me daba miedo nadar, así que lo adelanté sonriéndole y llegué hasta la claraboya primero que él.

Un poco cansada por el trayecto me sujeté con fuerza y dejé que los músculos de mis piernas descansaran. Él se colocó al lado mío y permanecimos en silencio viendo los barcos que navegaban en la distancia.

-¿No tienes calor con esa ropa?-pregunté al rato

-Si tanto quieres verme desnudo, solo debes pedirlo-dijo con arrogancia.

Mas envalentonada de lo que nunca me había sentido me atreví a responderle: -Bien, quítatela.

Su ceja se alzó casi hasta el nacimiento de su cabello, y yo alcé la mía desafiándolo. La guerra de miradas la gané yo, porque Rámses se quitó la camisa y me dedicó una mirada de suficiencia. Su nívea piel se encontraba tatuada, no por uno solo como lo había pensado, sino por varios tatuajes. En uno de sus brazos llevaba un trivial de flores de loto con tonos grises y rosas, como una enredadera. En su otro brazo, en tonos grises y azules había una frase en letra estilizada "vit ou meurt à essayer" - vive o muere intentandolo donde las letras "o" eran flores de loto.

-¿Qué dice?-pregunté curiosa

-Vive o muere intentándolo-respondió un poco perdido en sus pensamientos, con una voz queda y lejana.

-Pensé que solo tenías uno-confesé-. Aquel día en la casa te ví uno en la espalda cuando...-y no pude decir nada más porque me miraba divertido enarcando las cejas con picardía.

Se inclinó sobre la claraboya para elevar su torso. Abrí mi boca sin disimulo ante el tatuaje. Era una brújula inmensa, antigua, con una flecha que sobresalía del diseño. Los cuatro puntos cardinales estaban marcados en la misma letra del tatuaje del brazo, y donde debía estar el norte estaba otra flor de loto, en muchos colores brillantes. Me acerqué para apreciarlo de cerca, de forma inconsciente, atraída como imantada por los colores del tatuaje. Dentro de la flor había una minúscula letra "K", tan pequeña que pasaba desapercibida a menos de que estuviese tan cerca como yo lo estaba.

Con ese razonamiento me alejé con rapidez. Mi nariz casi había rozado la piel de su espalda.

-Es bellísimo-titubeé-.¿Por qué una flor de loto?

Él se sumergió en el agua sin responderme. Duró más tiempo de lo que yo hubiese podido hacer y cuando salió sus largos mechones de cabello estaban peinados hasta atrás, sus rasgos angulosos y perfilados destacaron. Sus ojos eran oscuros, ya no eran caramelo como otros días.

-Es hora de regresar-dijo ignorando mi pregunta. No quise insistir, porque su semblante se volvió frio y distante.

Él no esperó mi respuesta y se alejó a grandes brazadas. Nadaba detrás de él cuando un calambre me paralizó la pantorrilla, doliéndome una barbaridad.

-Rámses-lo llamé con la voz entrecortada y comenzando a sentir pánico.

El dolor se agudizó subiendo por mi pierna. Moví con fuerzas mis otras extremidades para mantenerme a flote, pero comenzaba a cansarme y los nervios me traicionaban. Volví a llamarlo con más fuerza, mientras chapoteaba desesperada. El agua comenzaba a entrar por mi boca y mi nariz sin que pudiera tener mayor control de la situación. La pesadez de mi cuerpo me halaba hasta abajo y llevé mi cabeza por instinto hasta atrás, para tratar de mantenerla a flote. Cuando me sumergí por completo el pánico se apoderó de mí y solté un grito que me hizo botar el poco aire que tenía retenido cuando unos brazos fuertes me sujetaron por la cadera, y me subieron hasta la superficie. Tomé grandes bocanadas de aire para aliviar el ardor de mi pecho. Mi garganta quemaba con el agua salada que había ingerido, así como mis fosas nasales. Rámses me giró para que quedase frente a él, sus ojos otra vez caramelos me escrutaban preocupado.

-Calambre-tartamudeé aún asustada, tratando de calmar a mi pobre corazón.

Él colocó mis brazos sobre sus hombros y se giró para que quedase a su espalda.

-Móntame

-¿Qué?-exclamé sin que su doble sentido me pasara desapercibido. Escuché su risa estruendosa.

-Te llevaré hasta la orilla. Súbete a mi espalda-dijo aun riéndose

-¿No era mejor decir eso que ... que te montara?-finalicé en un susurro, mientras subía a su espalda. Me sujeté a su cuello y enredé la pierna que no me dolía en su cintura.

-¿Y perderme la diversión de sonrojarte? ¡Qué va!

Tardamos mucho más, pero finalmente llegamos a donde nuestros pies tocaban el fondo. Me ayudó con mi cojera hasta que logré sentarme al lado de Pacita agotada del esfuerzo.

-¿Pero qué te pasó?-preguntó mi amiga angustiada.

-Calambre-respondí al unísono con Rámses.

Para mi asombro y el de Pacita y Gabriel, Rámses se arrodilló frente a mí y sin pedir permiso comenzó a masajearme la pantorrilla. Quise negarme, pero la verdad era que sus masajes estaban ayudando y mi dolor comenzaba a remitir. Mientras estaba allí concentrado en mi músculo, me permití contemplar los suyos, que al igual que los de su hermano se encontraban definidos, de hecho, quizás un poco más.

-¿Cuántos tatuajes tienes?-pregunté al fin. Ya había visto tres de ellos, y divisaba un cuarto sobre sus costillas izquierdas.

-Seis-respondió

-Creo que ya es suficiente-dijo Gabriel en tono serio, llegando con unas bebidas que había ido a comprar-, ya solo la estas manoseando.

La dureza de sus palabras me pasmó. Pero Rámses, ajeno a su comentario y su tono, me respondió como si Gabriel no hubiese abierto la boca si quiera.

-Tengo el de la costillas-dijo señalándome unas letras que decían "venu, vis, conquit"- vine, vi, vencí-tradujo antes de que pudiese preguntar-. El de la pantorrilla-señaló un ave fénix que traía en la boca una flor de loto en rosa brillante- y otro más que está en un lugar... íntimo que si quieres...

-No hace falta-respondí al mismo tiempo que Gabriel. Yo entorné los ojos asustados y en cambió Gabriel los giró.

Con la tarde cayendo con lentitud sobre nosotros comenzamos a recoger todas las cosas que habíamos traído. Después del masaje de Rámses los chicos ordenaron comida de almuerzo y no nos volvimos a levantar de la arena. El camino de regreso fue agotador, apoyé mi cabeza de la ventana y sin darme cuenta terminé quedándome dormida. Pero lo que fue de verdad sorprendente es que me desperté acostada en mi cama, con mis pijamas de las chicas súper poderosas puestas. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Confundida tomé mi teléfono dispuesta a escribirle a Pacita. Tenía dos mensajes sin leer, el primero de mi mamá avisándome que no llegaría a la casa, y el segundo de un número no registrado «Doux rêves Bombón»- Dulces sueños Bombón

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