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No Juzgues La Portada. Ahora contada por ellos

No Juzgues La Portada. Ahora contada por ellos

Autor: : Nathaly H Vegas
Género: Adulto Joven
Amelia contó su historia, pero es hora de que conozcamos el punto de vista del resto de los personajes. ¿Qué sintió Rámses? ¿Qué pensó Fernando? ¿Qué pasaba dentro del corazón de Gabriel?.

Capítulo 1 POV Rámses. HÁBLAME CLARO Y SIN RODEOS. (1era parte)

Terminé de arreglar las cosas en mi nueva habitación. Después de tantas mudanzas ya estoy más que acostumbrado a hacerlo, pero sobre todo a viajar con los justo y necesario. Ya incluso identifico lo que necesito dentro de mi habitación: una cama, una cómoda, una mesa, un escritorio, un closet, no menos de tres tomas de electricidad, al menos una ventana, mi propio baño. Así que cuando mi papá comienza a buscar casa para nuestro nuevo hogar, ya sabe que buscar, porque Gabriel también tiene sus propias especificaciones.

La puerta de mi habitación se abre y mi hermano entra, lanzándose sobre mi cama.

-Mañana llegarán las pesas e instalarán las barras. ¿Vemos una película?

No es que no me guste hablar, es que aunque dijese que no, él igual no se iría y eso a pesar de que a veces pareciera que podemos comunicarnos con la mente. Toma su laptop y da play a la película que el escogió sin consultarme.

Tumbados en mi cama vemos la película como siempre acostumbramos a pasar las primeras noches en nueva ciudad, aunque debo hacerme la idea de que así deberán ser nuestras noches, de ahora en adelante. Mi papá fue más que claro en esta oportunidad, tendremos que terminar el Instituto acá y una nueva mancha en nuestros expedientes académicos y tendremos que decirle adiós a la universidad. Con mucha suerte nos hemos podido librar de los problemas anteriores, aunque más que suerte ha sido influencia diplomática y Mike.

Mike nos ha sacado de tantos apuros legales, que si nos cobrase, tuviésemos que vender nuestros órganos solo para amortizar la deuda. Por las suculentas ganancias es que a Gabriel le comenzó a llamar la atención estudiar para abogado, aunque después genuinamente se enamoró de la carrera.

-¿Dormimos de cucharita?-preguntó con sorna Gabriel cuando le comenzó a dar sueño. Era su forma siempre de avisarme que se quedaría a dormir conmigo.

-No quiero tu polla en mis nalgas-aclaré- otra vez...

-Ya te dije que estaba tomado, borracho no cuenta-se excusó entre risas mientras apagaba la luz.

Le di un codazo que lo hizo reír con fuerza.

***

-¿Puedes dejar de ser tan gruñón?-su pregunta era más una exigencia. Me encogí de hombros porque no pretendía hacerlo.

-Es un uniforme ridículo. Te ves como un imbécil.

-En realidad yo me veo muy bien-terció Gabriel-tu, con todos tus tatuajes si te verás como un imbécil con esta corbata.

No se lo refuté, era cierto. Por esa misma razón no me la coloqué, así como tampoco llevaría la estúpida chaqueta azul marina. Por norma general de mi padre, debía esperar un tiempo prudencial antes de mostrarle a todos mis tatuajes. Él no tenía ningún problema con que me tatuase, pero podía ser una "mala influencia" para los otros. Gabriel, en cambio llevaba toda la indumentaria del instituto, el adoraba seguir las reglas a pie de letra, por lo menos las más simples y menos atractivas de ser rotas.

Llegamos al Instituto y de inmediato muchas miradas nos siguieron a nuestro paso, era lo mismo siempre sin importar la ciudad, el país o el continente. Y Gabriel era el mismo, repartiendo sonrisas a diestra y siniestra, luciendo amigable, cuando en realidad esta evaluando a cada chica que mira.

- Déjame hablar a mí, la ultima presentación que hiciste no salió muy bien-Gabriel avanzó hasta el salón donde nos tocaba la primera clase.

-Oh, aquí están-dijo la profesora en cuanto nos vio acercarnos y dio una pequeña presentación a la clase cuando entramos.

-E Rámses- Es Rámses- tuve que corregir a la profesora cuando pronunció mal mi nombre. Odiaba que lo hicieran.

Gabriel comenzó a presentarnos, hablando intencionalmente en Portugués.

Presumido

Él notó mi bufido y su venganza personal fue decir que ambos éramos de Portugal. Eso también lo odiaba. En realidad hoy odiaba todo. Temprano, la directora nos avisó que nos asignarían tutores que nos ayudarían a nivelarnos en las clases. No nos hacía falta, el nivel de estudio que traíamos de nuestro antiguo instituto era superior. Y Gabriel, en vez de negarse como hice yo, aceptó gustoso. "Será una oportunidad para integrarnos" me dijo,

-¿Hablan otros idiomas?-escuché a la profesora preguntar

- Cette suce – esto es una mierda-refunfuñé más alto de lo que esperaba y crucé los brazos sobre mi pecho. Solo quería que esta tortura acabase.

Pasé la vista por el resto del salón, todas las féminas miraban embobadas a Gabriel quien no dejaba de exhibir los años de ortodoncia que le dejaron una sonrisa de revista. La misma que tenía yo, aunque sin ortodoncia para su envidia. Solo un par de ojos me miraban a mí, una chica sentada al fondo del salón, con su cabello castaño rebelde, me escrutaba con detenimiento. Cuando notó que la miraba centró su atención en la chica sentada a su lado, (quien asumiré es su amiga) completamente ruborizada que trataba de evitar a toda costa mirar a Gabriel.

Antes de que la profesora continuara con su interrogatorio y cansado de estar parado como un idiota frente a todo el salón, pasé al lado de mi hermano y me encaminé hasta los últimos asientos disponibles, sentándome al lado de la castaña, quien sería de acuerdo a lo que la profesora acababa de anunciar nuestra tutora.

-Creo que deberíamos buscar a las tutoras-le sugerí a Gabriel tratando de sonar despreocupado

-Tu mismo lo dijiste, no nos hace falta-terció con ganas de irse a la casa de una vez, aunque aún faltaba unas clases más.

-No quiero problemas con papá. A estas alturas ya debe saber de las tutorías y será lo primero que preguntará cuando llame.

Gabriel soltó una pequeña maldición y resignado me siguió a la dirección. Allí la directora se mostró más que complacida en ayudarnos a localizar a nuestras tutoras y nos pidió que la siguiéramos hasta un viejo salón de laboratorio en desuso, donde al parecer solían reunirse.

Nerd y antisociales, todo un estereotipo.

Frente a nosotros se encontraban Amelia, la castaña del salón, y Marypaz, su tímida amiga, que seguía sin poder mirar por mucho tiempo a Gabriel; y éste a sabiendas de lo que le causaba, se sentó en el mesón frente a ella. Yo permanecí en la puerta, la castaña continuaba mirándome con fijeza, como si mi sola presencia le molestase.

Gabriel intentó sacarle conversación a Marypaz, pero no había forma de que esa chica lograse hablar, finalmente fue Amelia quien terminó respondiendo. Nos ofreció sus cuadernos para sacarle copias a las clases pasadas y volví a cuestionar en voz alta la necesidad de que necesitáramos tutoras.

Pero para mi sorpresa, Amelia entendió lo que dije, no creo que hablase francés, pero su intuición me dejó en evidencia.

Cruzó sus brazos sobre su pecho, haciendo que su camisa blanca se ajustara a su figura, una que permanecía oculta debajo de ese ridículo uniforme que le quedaba una talla más de la que debería usar. Me miró directo a los ojos cuando me recordó que eran las de mayor promedio en el Instituto y que la necesitábamos para poder aprobar. Sus ojos eran café, pero con bordes verdes, una mezcla que no había visto antes y que me dejó sin palabras, a pesar de que quería refutarle y restregarle un poco nuestros índices académicos.

Gabriel me sonrió con suficiencia ante mi repentino mutismo y solo para evitar sus burlas, alcé una de mis cejas hacia la castaña. Cuando el timbré anunció que debíamos regresar a las próximas clases, acompañamos a las chicas hasta el salón. Gabriel no perdió la oportunidad de intentar conversar con Marypaz, ella representaba para él todo un reto, además de que era una chica bastante linda y dulce a simple vista. Pero yo caminaba al lado de Amelia, ella se fijaba en la pareja que caminaba delante de nosotros y no me vio mirándola.

Su piel era blanca y de porcelana, algunos lunares adornaban su rostro. Sus labios eran rosas y ligeramente gruesos. Su cabello castaño oscuro, casi negro, hacía que el verde de sus ojos resaltase. Tenía unos bucles ligeros que insistían en escaparse de la precaria coleta con el que intentó domarlo. Su figura era otra cosa, la camisa blanca del instituto no dejaba apreciar sus curvas delanteras, pero me permití una buena mirada en el salón minutos antes.

Dejé que se adelantara un solo paso y aproveché para ver su trasero. Era redondo, firme y se balanceaba de un lado al otro con cada paso que daba. Mi entrepierna lo aprobó de inmediato, así que tuve que despegar la vista de su retaguardia y concentrarme en llegar al salón, si no quería pasar el resto del día con una molesta erección.

***

-¿Terminaste con los apuntes de Amelia?-preguntó mi hermano desde la puerta. En respuesta, solo asentí.- Tenias razón con respecto a las tutorías, papá ya estaba enterado, fue lo primero que me preguntó.

-Te lo dije. Resalté las palabras que no se entienden-puntualicé-, para ser mujer su escritura es fatal.

-No está tan mal-la defendió-, pero bien puedes tu preguntarle.

-No estoy interesado en interactuar con ella más de lo que tú me obligas a interactuar con el resto del Instituto.

Él se encogió de hombros. En menos de una semana, y aprovechándose de ser lo novedoso del Instituto, Gabriel había interactuado con toda la población masculina y femenina, arrastrándome a mí en el proceso.

-La próxima semana estará llena de exámenes-le notifiqué revisando el archivo que llevaba en mi laptop, donde organizaba las clases y las evaluaciones.

Gabriel se tumbó a mi lado y le gruñí cuando atrajo la computadora hasta él.

-Mierda, es más de lo que esperaba.

-Si. Tendremos que pasar el fin de semana estudiando. Como papá nos vea una mala nota... no lo quiero ni imaginar

-Digámosle a Marypaz y a Amelia. Con su ayuda terminaremos más rápido.

Torcí el ceño, Amelia seguía actuando como si mi presencia la incomodase y aunque era gracioso verla molesta, y hasta disfrutaba molestarla, quería saber el repentino interés de Gabriel con las tutoras.

-Háblame claro y sin rodeos, y puede que acceda-le dije poniéndome en pie para tomar una ducha.

Él soltó un bufido cansado, como lo hacía cada vez que lo pillaba con las manos en la masa: -Es por Marypaz-se confesó.

-Bien. Organiza el día de estudio-no le diría que sentí un alivio que mencionara a Marypaz en vez de a Amelia.

Gabriel ladeó su sonrisa y se levantó de mi cama

-El domingo podríamos irnos a la playa, pasar el día con las chicas, verlas en traje de baño...

-Solo el día de estudio... por los momentos-soltó un bufido como si supiera que tarde o temprano se saldría con la suya.

Capítulo 2 POV Rámses. HÁBLAME CLARO Y SIN RODEOS. (2da Parte)

Salí del baño después de tomar una rápida ducha cuando el olor a huevos y tocineta me despertó el hambre. Gabriel había organizado con Amelia y Marypaz estudiar el día de hoy. Él tenía esperanzas de que fuese en casa de Marypaz, pero Amelia fue la que terminó dándole su teléfono y la dirección de su casa. Quiero decir que me grabé la dirección y el número de su casa solo porque tengo una excelente memoria y retentiva, pero la verdad es que no fue por eso.

Después de desayunar y tratando de guardar las apariencias le pedí a Gabriel que me recordase la dirección, pero él se me adelantó a llamarla cuando comenzó a discar el número de su casa para avisar que iríamos en camino.

-Su mamá dijo que le avisaría. Va de salida.

Nos bajamos de la camioneta y fue Gabriel quien tocó el timbre. Tuvo que hacerlo varias veces lo que se logró mi exasperación, odiaba que me hicieran esperar, así que esperaba que Amelia tuviese una muy buena razón.

Cuando mi paciencia amenazó con agotarse escuchamos unos pasos acercándose a la puerta.

-Mamá juro que te colgaré la llave en el cuello...-dijo abriendo la puerta en medio de un inmenso bostezo que casi nos traga. Sus ojos se agrandaron de tal forma que pude detallar el punto exacto donde el café se fundía con el verde de su iris.

Dio un grito agudo, propio de ser niña y después soltó un estruendoso "Mierda" antes de lanzar la puerta en nuestras narices. Fue imposible que no comenzara a reír, mi hermano me miró extrañado, como si ya no pudiese reconocer mi sonrisa después de tanto tiempo, pero finalmente también se rió.

Un par de minutos después volvió a abrirnos la puerta. El primero en pasar fue Gabriel, le seguí de cerca pero se me olvidó respirar cuando vi a Amelia. Llevaba puesta una camiseta rosa de las chicas súper poderosas con unos pantalones cortos que dejaban a mi vista lujuriosa sus piernas. Esta vez no había prenda alguna que ocultara sus generosas curvas de mi mirada. Su cabello estaba enmarañado, acababa de levantarse, pero lejos de hacerla ver desarreglada se veía como si acabase de follar y me resultaba demasiado sexy, y así concordó mi amigo del sur, ese que se estaba comenzando a despertar.

Sus mejillas estaban rosadas, estaba avergonzada de que tuviésemos que verla así, pero yo estaba más que feliz de hacerlo. Me había perdido tanto detallando la curva de sus caderas, su cintura, sus senos, incluso sus pies descalzos que se me antojaban tan sugestivos, que cuando por fin la miré al rostro, encontré esos ojos clavados en los míos. No sé quién se ruborizó más rápido, si ella o yo, aunque ya ella estaba ruborizada antes de que se hubiese dado cuenta que la estaba ultrajando con mi mirada.

Intentó bajar la tela de sus pantalones, pero yo deseé arrancárselo. Los odiaba, unas piernas así no deberían estar ocultas de mi vista.

Me senté en el mueble de su sala, colocando sobre mis piernas mi bolso, quizás así no se notaría el bulto de mis pantalones, que definitivamente no estaba segundos antes.

Nos pidió que nos pusiéramos cómodos y se giró para subir las escaleras, iba a cambiarse la ropa; pude ver otra vez su redondo trasero, uno que casi no cabía dentro de esa pequeña pijama.

-Linda pijama...-y para evitar que notase mi voz ronca y libidinosa, traté de imprimirle cierta burla-Bombón.

Me gané una mirada matadora, que solo hizo que mi entrepierna palpitase con fuerza. Desvié la mirada en cuanto se perdió por el pasillo superior.

-Háblame claro y sin rodeos-Gabriel repitió la misma frase que le dije hace unas noches, tratando de imitar mi voz, había notado la forma como miré a Amelia.

Rodé los ojos, pero no logré convencerlo: -Era un pantalón muy corto-me excusé, pero el achinó sus ojos y desplegó una amplia sonrisa

-Es verdad, si me hubiese agachado un poco, tendría mucho material para...

-Suficiente...-le interrumpí advirtiendole, no me sentí cómodo que se expresase así de ella.

Su sonrisa se ensanchó cuan amplia era su cara.

Revisaba los locales rockeros de la ciudad, donde Cólton y los chicos de la banda pudieran presentarse, cuando escuché sus pisadas en la escalera. Solo le di una pequeña mirada y fue más que suficiente para ver su cambio. Iba con una trenza en su cabello y una camisa de Juegos de Trono, si ella quisiese seducirme, iba por el camino correcto.

Comenzamos a estudiar, con Gabriel interrumpiendo constantemente preguntando por Pacita. Era imposible intentar mantenerme enfocado mientras ella mordisqueaba la punta del lápiz cuando repasaba una idea, mientras arrugaba la nariz cuando no lograba entender ni su propia escritura o cuando clavaba sus ojos en los míos para saber si comprendía lo que me explicaba.

Y claro que entendía, pero ella me convertía en un estúpido cuando me miraba de esa forma. Se me olvidaba hablar e incluso respirar.

Cuando Pacita llegó, mi hermano por fin habló con ella, logrando que la tímida chica pudiera responderle lo que sea que le estuviese diciendo. Amelia seguía concentrada en sus apuntes, y yo concentrado en ella. De vez en cuando me miraba, como si mi mirada le pesase o como si quisiera también entablar una conversación conmigo, pero era yo quien no podía pronunciar palabra. No era el tipo de chica a las que usualmente abordaba, ella se veía tan dulce y delicada; tan distinta a cualquiera con la que hubiese salido. Ese era el problema.

Amelia para mí era una especie nueva de chica, una que me intimidaba, que me enmudecía y atontaba con una palabra.

Ella se merecía palabras dulces, poemas enteros, y yo odiaba la poesía.

- Nós vamos para o gelado, tente não se comportar bem na minha ausência.- Iremos por helado, trata de no portarte bien en mi ausencia.-me avisó Gabriel y rodé los ojos a su sonrisa pícara.

Cuando quedé a solas con Amelia tomé mi teléfono tratando de no lucir tan desesperado por escucharla hablar, y aproveché de responder algunos de los correos que recibí sobre los locales. No quería molestarla más de lo que mi presencia evidentemente hacía. Su mirada me quemaba, y sin poder evitarlo hablé

-¿Qué tanto me miras?-pregunté pero soné más brusco de lo que quería, me maldije internamente.

-Tu tatuaje-respondió con franqueza-, y tu falta de educación. ¿Siempre eres así de comunicativo?- me sorprendí con su ataque.

Estaba acostumbrado a dos tipos de chicas: las que se maravillan con mis tatuajes, que son las mismas que adoran los típicos "bad boys" y terminan tocando los dibujos en mi piel, como perfecto cliché literario; y las chicas que se intimidaban por mi apariencia y mis piercings, que me rehuían como si yo fuese un demonio hecho hombre.

Amelia no encajaba en ninguna de esas chicas, yo definitivamente no la intimidaba ni un poco, mis tatuajes no hacían que me saltara encima presa de algún deseo repentino, ni tampoco me rehuía como si fuese un delincuente.

Me agradaba que fuese así, resultaba... novedoso.

Con esa idea filtrándose a través de una sonrisa me levanté y me dirigí hacia las escaleras de su casa. Necesitaba conocer más de esta chica y lo haría en el mejor lugar para conocer a alguien: su habitación.

Era un cuarto blanco bastante clásico, pequeño en comparación con mi más reciente habitación, pero cómodo. Tenía una cama mediana, no llegaba a ser matrimonial, una mesa de noche, un pequeño escritorio, que servía también de cómoda con varios papeles, un cocodrilo de pisapapeles y lápices de muchos colores, un closet que se me antojó pequeño, una biblioteca con varios libros que había leído y muchos de autoayuda y superación que me intrigaron; y una pared llena de fotos de lo que asumiré eran sus amigos y familiares. Estaba todo en relativo orden.

Capítulo 3 POV Rámses. HÁBLAME CLARO Y SIN RODEOS. (3era Parte)

-¿Terminaste de fisgonear?-me preguntó cruzando otra vez sus brazos y haciendo que su camiseta se apretase contra su generoso busto. ¿Por qué no lo exhibía? Muchas chicas quisieran tener esa talla de brasier, yo quiero poseer su talla de brasier...

Alcé mis hombros, no queriendo abrir la boca y que se me escapara alguna de las tantas cosas que pasaban por mi mente en ese momento, me lancé sobre su cama, olvidando cualquier delicadeza. Utilicé mis brazos como almohada mientras contemplaba las estrellas fluorescentes que estaban pegadas en el techo de su habitación. Desde donde me encontraba el olor de su perfume, impregnado en las sabanas, me aturdía agradablemente.

El timbre sonó y casi corrió escaleras abajo. Respiré profundo para que su olor se me quedase grabado en el cerebro. Me sentí un tanto psicópata haciéndolo, pero desde que la había visto a principios de semana no había logrado sacármela de la cabeza y esperaba que sobrecargando mis circuitos de ella, pudiese superar esa "curiosidad" que sentía constantemente por Amelia.

Me levanté cuando escuché la voz de mi hermano y bajé las escaleras con deliberada lentitud. Ya que Gabriel me acribillaría a preguntas, por lo menos le daría material para mantenerlo intrigado hasta que pudiese hacerlo. Le guiñé un ojo a Amelia cuando pasé por su lado y sus mejillas se mancharon de un perfecto color rosa.

Tengo que hacerla ruborizar más a menudo.

La noche cayó y aunque terminamos de estudiar permanecíamos en casa de Amelia. Desde hace más de una hora comenzó a intentar localizar a su mamá, sin ningún tipo de éxito. Su nerviosismo era contagioso, caminaba de un lado al otro de la casa, llamando a todos los números que recordó e insistiendo de forma irracional con el número de su mamá a pesar de que el aparato estaba apagado. Más de una vez profirió alguna maldición cuando la contestadora volvía a atender su llamada.

Pacita se ofreció a quedarse con ella, pero Amelia declinó su oferta, animándonos a marcharnos antes de que fuese más tarde. Pero ni loco me iría de esta casa y la dejaría en ese estado.

- Je vais rester avec elle, ce qui conduit à la maison Pacita- Me quedaré con ella, tú lleva a casa a Pacita - le pedí a Gabriel, lanzándole las llaves del auto sin esperar a que me respondiese.

-¿Qué dijo?-preguntó-.

- ¿Estás seguro?-consultó mi hermano, ya no lucía la misma sonrisa ladina que me dedicó cuando salió a comprar helado, estaba más que claro que mi actitud lo llevaba confundido-.

-¿Me piensan decir que es lo que están diciendo?-exigió Amelia, otra vez cruzando sus brazos. ¿Acaso no sabía lo bien que se le veían los pechos cuando lo hacía?... ¿O si lo sabía?

-Yo llevaré a Pacita a su casa y Rámses se quedará contigo-explicó Gabriel.

-Eso no es necesario-estaba incómoda, visiblemente apenada, lo que solo significaba una cosa, estaba a punto de pedirme que me fuese de su casa también y eso, no pensaba hacerlo.

- Je ne demandais pas s'il pouvait- No pregunté si podía - respondí en francés, sabiendo que la haría molestar.

Ella hace que me comportase como un niño de kínder.

-Si me vas a hablar, hazlo en un idioma que entienda-estaba molesta e incluso así me pareció linda.

-Dije, que no te estaba preguntando si podía- clavé mis ojos en los suyos, no me ganaría esta discusión, no permitiría que me intimidara, porque no estaba dispuesto a irme de su lado.

Cuando no dijo nada miré a mi hermano sintiéndome victorioso, pero la pequeña victoria que sentí se esfumó en cuanto vi su sonrisa, me había estado estudiando todo este tiempo, dilucidando lo que pensaba de Amelia, y creo que acababa de generarle una gran sospecha al respecto.

Cuando se marcharon, el silencio se hizo una vez más entre nosotros, pero no quería que fuese así: -Asumiré que no es normal que tu mamá se desaparezca de esta forma-afirmé y ella se sobresaltó, sus nervios estaban a flor de piel.

-Lo que no es normal es que tenga el teléfono apagado. Ella... no ha estado bien de un tiempo para acá. Siempre ha sido distraída, pero ahora su estado despistada es permanente-me explicó. Era la primera vez que me dirigía tantas palabras solamente a mí.

-¿Y qué cambió?- pregunté con miedo de que la asustara mi curiosidad y volviese a cerrarse a mí.

-Mi padrastro la engañó-respondió.

Permanecí callado, esperando que continuara su explicación y así lo hizo. Cuando comenzó a llorar tuve que apretar manos a mi costado, porque mi primer impulso fue apretarla con fuerza en mis brazos, borrar cualquier rastro de tristeza de su rostro, y moler a golpes al desgraciado que fuese capaz de hacerla sufrir.

Cuando dejó de hablar y pude estar seguro de que no me abalanzaría sobre ella asfixiándola para apresarla entre mis brazos, me levanté del sofá y la tomé de la mano haciendo que caminase detrás de mí hasta su cuarto.

Su mano cálida, pequeña, delicada y suave me enviaba corriente de energía por todo mi cuerpo. Deseaba estar haciendo este mismo recorrido, pero no para dar con su mamá, sino para llevarla hasta la cama y besar cada parte de ella.

Mi hermano y yo no éramos ningunos santos, lo sabíamos muy bien, mi papá también, nuestros padrinos también. Por eso, cuando tuvimos la inteligencia suficiente (pero no la edad) comenzamos a escaparnos de la casa buscando un poco de "aventura", sobre todo después de la muerte de mamá. Pero siempre mi papá nos conseguía con una impresionante exactitud.

Eventualmente descubrimos que su sexto sentido de padre, era en realidad un programa de rastreo de celular, que triangulaba nuestra ubicación. Después de esa revelación, se nos hizo más sencillo mantenernos ocultos cuando no queríamos que nos descubrieran.

Le pedí que se sentara en la cama y tomé su laptop para tener acceso al programa. Lo descargué desde mi correo y en pocos minutos, con los datos que le pedí que me diera, logré dar con un listado de las últimas direcciones donde estuvo su mamá. Tomé la silla de su escritorio y se la ofrecí para que se sentara.

Algo tenía que sacar de esto, no podía ser por nada. Por eso me coloqué todo lo cerca de ella que pude, respirando ese aroma florar que no sabía identificar y que me amenazaba con volverme estúpido. Mi corazón no se aceleraba como siempre las personas dicen, el mío se saltaba varios latidos y estuve muy seguro de que tendría que decirle a Hayden que me hiciera una revisión cardiológica, no podía ser normal que mi corazón bombeara de forma tan irregular.

-Hijo de pe...-exclamó y me causó diversión semejante obscenidad en su boca, esa tan dulce y provocativa que....

¡Concéntrate Rámses!

Ella colgó la llamada que le estuvo haciendo a su padrastro, con quien su mamá se encontraba, luciendo devastada en tantos niveles que no supe que hacer ni decir. Parecía una pequeña flor que comenzaba a marchitarse, allí, frente a mis ojos, sin que pudiese hacer nada para evitarlo.

Balbuceé alguna palabras sueltas que no tuvieron sentido alguno, sobre todo porque no debería estar hablando, debería estar es abrazándola, pero cuando cubrió su rostro con sus manos y comenzó a llorar no pude evitarlo por un segundo más.

Me acerqué a ella y la estreché en mis brazos, tenía miedo de espantarla, porque no quería soltarla, sin embargo ella apoyó su cabeza en mi pecho, y por fin sentí mi corazón bombear con regularidad, acelerado, pero regular. Acaricié su cabello, esa trenza que se había hecho en la mañana tenía varios mechones sueltos, que solo la hacían lucir más adorable, tanto como no querer mover ni un solo cabello de su lugar. La escuché sollozar con fuerza, rompiéndose por dentro sin que pudiese hacer nada, hasta que finalmente se calmó.

Sus ojos estaban enrojecidos y no era normal que aun así me parecieran bellos, pero lo eran. No era bueno en estos momentos, jamás lo había sido, ese era Gabriel que estas situaciones se le daban de forma tan empática, yo era una mierda. Así que no abrí la boca, solo la miré a los ojos buscando que ella misma me dijese lo que quería que hiciera, pero solo me dio un pequeño y muy falso "estoy bien", pero no le quise decir que no sabía mentir, no era el momento.

***

Debo decir que estoy un poco triste. Cuando quedó claro que me quedaría aquí la noche, para evitar de que no estuviese llorando sola, esperaba quedarme en su cuarto, cualquier otra chica lo hubiese hecho, y sin embargo estoy en el mueble de su casa. La puerta de su habitación quedó abierta, por lo menos si comenzaba a llorar a media noche tendría la excusa perfecta para ir a abrazarla otra vez.

Mi amigo es el que está muy decepcionado, diría que hasta molesto, porque está despierto desde que Amelia se colocó sus pijamas y me dio las buenas noches, lo que me dejó verla una vez más en esas míseras prendas de tela y por culpa del idiota de mi hermano, (porque fue él quien me dio la idea), cuando ella comenzó a subir las escaleras tuve que ladear mi cabeza para ver un poco más de esa fantástica vista trasera y maldición...

Amelia está jugando sucio, aunque no creo que supiese lo que provocaba en mí...

-Bien, organiza el día de playa-le tecleé a Gabriel con mi entrepierna palpitando con fuerza ante la sola idea de ver a Amelia con menos ropa de la que ya la había visto.

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