Maximiliano Ferrer, era el chico más adorable que muchos hubiesen visto, todo el que lo conocía quedaba prendado de su hermosura y la ternura que irradiaba, eran el primogénito de los Ferrer, el orgullo de su padre, la adoración de los ojos de su madre, protegido amado, había sido el niño anhelado, el hijo que siempre habían querido. Un niño hermoso de ojos oscuros y sonrisa encantadora, con solo ocho años demostraba lo hermoso que sería cuando se convirtiera en un hombre.
Su padre lo había adorado desde el mismo instante en que lo vio por primera vez, su madre lo había amado desde que supo que estaba en su vientre, para ellos no había nada más gratificante que verlo correr por la casa.
Edwar Evans, era un padre soltero, estaba atravesando la peor etapa de su vida que consistía en superar la terrible y prematura perdida de su adorada esposa, por desgracia solo habían tenido una niña, la pequeña Renata, era una niña preciosa, hermosa cabellera negra como el ébano, cejas tan oscuras como una noche sin luna, y unos ojos muy peculiares, los cuales había heredado de su madre, eran azules, un azul muy intenso que en la oscuridad y con el reflejo de alguna luz parecían violetas. Esos ojos eran el asombro de muchos y la admiración de otros.
Los Evans y los Ferrer, eran vecinos cercanos, y Dada la dura situación de Edwar, criando solo a su pequeña niña, los Ferrer solían invitarle a pasar muchas horas con ellos, lo cual había despertado y alimentado una fuerte unión entre la única hija de Edwar Evans y el primogénito de los Ferrer, eran muy unidos y disfrutaban de las tardes corriendo en el hermoso y bien cuidado jardín, como en aquel preciso instante, en el que juntos jugaban y se divertían. Él parecía adorarla, hablaba de ella todo el tiempo, sus ojos brillaban al contar las aventuras que llevaban a cabo en el jardín, lo hermoso de su rostro o esos impresionantes ojos violeta, el trío de padres estaban felices al ver lo bien que la pasaban juntos. A la dulce Renata no le era indiferente las atenciones del niño y parecía disfrutar de cada detalle, ella sonreía cada vez que él la recibía y juntos corrían agarrados de manos al jardín.
-¡Max, Max!- Renata, reía alegre mientras él la correteaba por el jardín.
-¡Te atraparé, Renata!- el niño apresuró el paso y la tomó de la cintura, ambos cayeron al suelo rodando y riendo de plena dicha. Él quedó sobre ella, y comenzó a hacerle cosquillas.
-¡No, Max!- reía- ¡No hagas eso!- sus risas inundaban el jardín, y la luz de sus ojos opacaba la luz del sol. Maximiliano, detuvo sus manos y se quedó mirándola fijamente a los ojos, con una linda sonrisa en su infantil cara.
-Eres tan bonita, Renata- ella lo miró con sus grandes ojos, sonrojándose hasta la raíz del cabello.
-Tú también eres muy lindo, Max. Me gusta mucho tu sonrisa- le sonrió.
-A mi me gustan tus ojos, eres la niña mas bonita que he visto, ni siquiera las del colegio son más bonitas que tú - Renata sonrió ante el cumplido - Cuando sea grande, me casaré contigo- la niña rio alegre.
-Yo también me casaré contigo- contestó ella riendo.
Max, acercó sus tiernos labios a los de la niña y los rozó con delicadeza. Sellando así su promesa.
Ella lo miró tímidamente, sintiendo como sus mejillas y sus orejas se ponían muy calientes, nunca la habían besado en la boca.
-Papá, siempre besa a mamá cuando le dice algo bonito. Yo creo que casarnos será algo bonito.
- Yo también lo creo- le sonrió.
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Once Años más tarde. . .
-¿Lista para irnos, mi amor?- le preguntó Max a Renata.
-Lista, mi amor- le besó en los labios con ternura, rodeando su cuello y pegándose a él.
-Será la mejor sorpresa de tu vida, o al menos eso espero- le dijo con una tierna sonrisa.
-Vamos Max- dijo en tono de berrinche - ¿Qué es?- le hizo un puchero- No sé si pueda soportar las ganas de saberlo.
-Las sorpresas no se dicen, amor mío - le tocó la punta de la nariz, en gesto cariñoso.
-Oh rayos, vámonos de una vez Max, la intriga me está matando, muero de ansias- él no pudo menos que reír ante su comentario y su ceño fruncido.
Renata Evans se había convertido en una hermosa jovencita, así como en el pasado fuera una niña encantadora, ahora de jóven adulta era realmente exquisita. Su cuerpo era delicado, hermoso y lleno en los lugares adecuados, lo cual generaba en ella unas delicadas curvas. Sus hermosos ojos seguían tan expresivos como siempre. Claros, transparentes y realmente bellos, traslucían luz, bondad y esperanza. Esos hermosos ojos en los que el encontraba paz y tranquilidad. Su larga y oscura cabellera, esa que a él le encantaba enredar en sus dedos y mantenerlo con fuerza mientras reclamaba sus labios.
La amaba, siempre la había amado, ella era su único y gran amor, Renata era para él, lo que muchos llamarían el amor de su vida, la única mujer que había amado y que amaría hasta el fin de sus días.
Renata, se percató de como su amado estaba ensimismado en sus pensamientos, su mirada parecía lejana, él estaba a muchos kilómetros de distancia.
Maximiliano Ferrer, su adorado Max, él era bueno, dulce, cariñoso, lo había amado desde que tenía uso de razón, primero con un amor infantil cargado de adoración y pleitesía, ahora con un amor juvenil, ardiente y desesperado. Anhelaba con desesperación las horas a su lado, eran la mejor parte del día. Amaba todo de él, no podía decir una sola cosa que no le gustara y tener su compañía era una hermosa bendición.
Sus suaves labios la besaban con ternura, sus brazos la protegían, a él acudía siempre que necesitaba sentirse mejor.
Él era hermoso, realmente hermoso. Dulce y cariñoso, sus bellos ojos la miraban con profundidad, su espalda ancha le hacía ver unos hombros cuadrados, un cuerpo bien formado, gracias a muchas horas de ejercicio, sus manos que le dedicaban tiernas caricias, él la hacía sentir como si no existiese en el mundo mujer más hermosa que ella.
Aún podía recordar la vez en la que le pidió ser su novia, estaba tan feliz, el mundo entero podría negarse si quería pero ellos serían felices. Afortunadamente no habían tenido ningún drama familiar tanto su padre como los padres de Max, sabían desde Siempre cuánto se querían. Maximiliano tenía unos once años cuando le había asegurado a Edwar Evans, que el sería el esposo perfecto para su adorada hija, le había prometido que se convertiría en un hombre de bien y muy trabajador para poder casarse con Renata. Edwin había querido sonreír pero no quería hacer sentir al niño que sus sentimientos eran menospreciados, así que había extendido su mano hacia él, muy serio y Max la había tomado estrechándola.
-Estoy seguro de que serás un buen esposo para Renata.
Y así, a ojos de Max, Renata ya era su prometida y futura esposa. Ante los ojos de Renata, Max sería un buen esposo, su padre lo había asegurado y ella lo creía.
-Perdóname Princesa, marchémonos, quiero que disfrutes de lo que tengo preparado para ti.
Max la llevó a su casa. Allí estaban los Ferrer reunidos, su padre, su prima Sophie y la tía Carlota, todos reunidos, se habían preparado para recibirlos y estaba hermoso, flores por todos lados, bebían champagne y ella como siempre se sentía en familia.
Renata se sintió en casa, Los Ferrer, también eran su gente, como su segunda familia, con los que creció y siempre fue feliz, la reunión había marchado alegremente y aunque Renata no tenía idea de qué estaban celebrando, estaba muy feliz.
De pronto Max se puso en pie, y elevó la voz llamando la atención de todos los presentes.
-Familia, quiero agradecerles por ayudarme a preparar esta fiesta para Renata. Cariño, mi Renata, amor mío, ésta no es una fiesta común, quiero hacer de éste día el más especial de todos. Hace años hice una promesa, y hoy pienso dar el primer paso para cumplirla.
-¿De qué hablas, mi amor?- le sonrió con ternura.
-De que quiero ser el hombre más feliz, pero quiero hacerlo a tu lado, y poder hacerte muy feliz a ti también- se hincó, poniendo una rodilla sobre el suelo, mirándola sonriente, tomó una rosa que la extendió en dirección a ella.
Renata sintió como su corazón golpeaba con más fuerza, latía desbocado, llevó ambas manos a su boca para apaciguar el sollozo que escapó de ella. Observó el hermoso anillo de compromiso que enviaba destellos a todo lo que contenía luz y pudiese reflejar su belleza en la habitación.
Las lágrimas bajaron por sus mejillas.
-Renata, que no tenga límites esto que sentimos, amor mío, dejamos lo que crezca ¿Quieres casarte conmigo?
-¡Oh, Max, mi amor!- gimió feliz- si quiero mi amor, por supuesto que quiero- respondió ella para luego ver como él se ponía en pie, ella se arrojó a sus brazos, él la recibía y la besaba con lágrimas de felicidad.
Ella se abrazó a él uniendo sus labios en un dulce beso. La familia comenzó a aplaudir y felicitar a los nuevos prometidos. Max, extrajo el anillo de la rosa y lo deslizó con suavidad en el femenino dedo.
En aquel momento Renata era la mujer más feliz del mundo. Y, Maximiliano no podría ser más feliz, aquel era el principio de una hermosa vida juntos.
********************
CINCO MESES DESPUÉS. . .
Renata y Maximiliano, estaban sobre las arrugadas sábanas, sus cuerpos entrelazados y sudorosos, después de una hermosa entrega. El húmedo cabello de ella se adhería a la espalda, la frente y las mejillas, su corazón intentando recuperar la rítmica normalidad de su corazón, sus ojos brillaban con intensidad, y ahora mismo el azul se había esfumado, Maximiliano solo veía dos hermosos pozos violeta. Él, la abrazaba manteniéndola con firmeza contra su cuerpo.
-Te amo mi amor, eres la persona que más amo en mi vida.
-Yo te adoro, Max. Soy tan inmensamente feliz a tu lado- sonrió mirándolo con ternura - nunca he Sido tan dichosa en toda mi vida, nunca he Sido tan feliz.
-Y yo junto a ti, amor mío, eres mi vida.
-Y tú la mía. Fue hermoso- dijo acariciando el contorno de su boca, con dedos temblorosos, debido a su creciente pasión.
-Si cariño, lo fue- él buscó sus labios uniéndolos con ternura- siempre es maravilloso a tu lado.
Ellos habían descubierto el significado de la palabra hacer el amor. Sus entregas eran tiernas y pasionales, cargadas de la mayor ternura del mundo, la fusión de dos cuerpos que se adoraban, la unión de dos corazones que compartían un mismo latido.
-Max. . . - ella interrumpió el beso, sus ojos adquirieron un extraño brillo.
-¿Si, Princesa?
-Hay algo importante que debes saber- dijo con tono cargado de angustia.
-Me preocupas. . .¿ Estás embarazada?- la miró fijamente, lleno de expectativas, a la espera de una respuesta, imaginando de inmediato un hermoso niño con los especiales ojos de Renata.
-No, mi amor- rió- pero estarlo me haría feliz, un hijo sería la más tierna materialización de nuestro amor.
-Yo sería inmensamente feliz, Renata, pero si no es eso. Entonces. ¿Qué ocurre?
-Bebo marcharme, Max- él se tensó y la miró frunciendo el ceño.
-¿Marcharte?. . . ¿A dónde, de que hablas Renata?, no lo comprendo ¿de qué hablas?- dijo angustiado.
-He sido seleccionada para estudiar en Italia en un programa de intercambio, me han otorgado una beca. Sé que no te agrada la idea de separarnos, pero quiero tomar esta oportunidad, Max.
-Italia está lejos, Renata- gimió él, con ojos llenos de tormento.
-Lo sé, cariño. Pero. . . quiero hacerlo- lo miró con ojos suplicantes- quiero hacerlo realmente, amor mío, eso me haría feliz. Es una gran oportunidad.
-¿Cuánto tiempo, Renata?- ella lo miró en silencio largo rato- ¿Cuánto tiempo?
-Max. . . de cinco a seis años- susurró.
-¡¿QUÉ?!. . .¡Diablos, Renata!- gimió removiéndose incómodo- es muchísimo tiempo. Tendremos que aplazar la boda.
-Lo sé- bajó la mirada.
-Quiero que seas mi esposa- gimió con dolor.
-Y lo seré, amor. Sólo dame tiempo- le acarició una mejilla- Sé que es mucho lo que te pido, pero vendré cada vacaciones, tú también debes venir a verme, pasaremos tiempo juntos, hasta que llegue el momento de casarnos.
-¡No puedo vivir sin ti, Renata!- gimió como niño pequeño.
-Será difícil también para mi, cariño, pero te llamaré todos los días, te escribiré todas las semanas, puedes ir a verme y yo vendré cada vez que pueda- lo besó en los labios- te lo juro mi amor. Podremos con ésto. Es una oportunidad de oro y antes de que lo digas, sé que no necesito una beca, que puedo estudiar aquí en las mejores universidades pero, quiero hacerlo. Por favor, por favor Max, no me pidas que renuncie a esta oportunidad.
-Sería incapaz de limitar tus sueños, mi amor- la besó- no podría vivir si te hago infeliz con mis decisiones o peticiones. Podremos con esto, mi amor- la abrazó para darse ánimos - serás mi esposa cariño, y prometo que éste tiempo pasará muy rápido y volveremos a estar juntos.
Ocho años más tarde.
Maximiliano Ferrer, se encontraba en la sala de su casa con un vaso de wisky en sus manos, y sumido en sus pensamientos.
Ocho años. . .
Ocho largos años. . .
Ocho malditos años. . .
Habían pasado no cinco, ni seis como ella había prometido, sino ocho años desde que ella se marchara, ocho largos y difíciles años. Los ocho años más largos y duros de toda su existencia, Max sentía que había envejecido mucho en todo aquel tiempo, solo tenía veintiocho y se sentía próximo a cumplir un siglo. Su cuerpo no estaba ni la mitad de agotado que estaba su alma.
Había pagado una condena muy larga, larga y dolorosa, lo peor de pagar una condena asi, es no saber qué crimen has cometido.
No saber qué rayos es lo que hiciste para merecer tanto desprecio.
En todo aquel tiempo había cambiado mucho, ahora era un adulto que junto a su padre dirigía los negocios de la familia. Carlota, su madre, había estado muy enferma durante mucho tiempo, afortunadamente había logrado superar la enfermedad para seguir a su lado, no sabía que ocurriría si su adorada madre llegase a faltarle. Ahora tenía un pequeño hermano, uno que no era hijo de su madre, había salido a la luz la infidelidad de Alexander, su padre, aquella noticia casi desintegra a la familia, su madre se había visto envuelta en llanto y lágrimas, duro mucho tiempo sin dirigirse a su esposo, pero no pudo evitar brindarle el refugio de sus brazos amorosos a aquel pequeño niño. Lo peor de todo, era que el pequeño tenía seis años de edad, lo cuál evidenciaba que la traición había sucedido hacía mucho y de no ser porque la madre del niño había fallecido y la hermana de la mujer se había dado a la tarea de buscar a Alexander Ferrer, para que se hiciera cargo de su hijo, ya que ella no contaba con los recursos para mantener al niño, de aquello hacían ya seis años, ahora su hermano era un pequeño adolescente, de carácter duro, un poco retraído, que resultaba ser la copia fidedigna de su padre, a diferencia de sus lindos ojos verdes, que según supo, eran la herencia de su madre.
Alexander le había jurado a su esposa que en aquella traición no se habían involucrado sentimientos, había ocurrido durante un viaje de negocios a otra ciudad, ellos atravesaban conflictos matrimoniales y Alexander busco refugio en otros brazos, pero juraba desconocer la existencia del niño.
En cuánto la mujer lo localizó y le dijo del niño, él no había podido creerlo, no, hasta que lo vio, el pequeño recordaba esas viejas fotos en la que se mostraba un Alexander infante y sonriente, la diferencia era de que su hijo no sonreía, tenía los.ojos llenos de una tristeza tan enorme por la ausencia de su madre, no pudo evitar conectar inmediatamente con él, y asegurarle que él se encargaría de protegerlo.
Cuándo había llegado a la casa y Carlota puso sus ojos en el niño, no necesitó explicación, se desmayó. Aunque odiaba saberse traicionada, le dio la oportunidad de explicarse, ella se había conmovido por ese niño que había perdido a su madre, pero por el hombre con el que estaba casada solo sintió rencor. Con los años, Carlota se había convertido en una segunda madre para el pequeño Henrry, y Alexander tuvo que luchar por recuperar la confianza y el afecto de su esposa.
Las cosas para Maximiliano habían ido bien, al menos al principio, todo había marchado como ambos lo habían planificado, cuando Renata estuvo instalada se dedicó a estudiar, todas las noches ella lo había llamado, al menos durante los dos primeros años, en las vacaciones ella había venido y juntos habían disfrutado de algunos días de amor y pasión. Pero todo aquello había cambiado después del segundo años. Renata, había dejado de llamar, los correos y las cartas habían cesado, no respondía a las llamadas que él le hacía, su familia simplemente le había dicho que ella no quería saber nada de él.
-No vuelvas por aquí, Maximiliano- le había dicho el padre de ella- mi hija no desea saber más nada de ti.
Después de aquello se había ido a su casa sintiéndose destrozado.
¿Qué había sucedido?, ¿ Había hecho algo mal? , ¿ Qué?, ¿Qué había sucedido?
Renata, se había alejado totalmente de él, de hecho había ido a buscarla a la residencia universitaria de Italia dónde se quedaba, pero sus amigas le dijeron que ella se había marchado. En la universidad tampoco logró ningún avance, la rectora le había dicho:
-Lo siento, la joven Renata Evans, nos informó que no diéramos ningún tipo de información a nadie ajeno a su familia.
-¡Pero soy su prometido!- casi había gritado de frustración.
-Lo siento, señor, especialmente a usted, no podemos darle información, fueron sus palabras exactas, lo siento, no puedo ayudarle.
Todo había sido inútil, era como si la tierra se la hubiese tragado, y allí estaba él, sumido en un amor que le corroía el alma, porque aunque ella hubiese desaparecido de su vida, Maximiliano, mantenía su promesa.
Aún la esperaba.
La puerta principal de la casa se abrió, Max, bebió de su vaso y giró la vista para recibir a quién llegaba, que resultó ser su hermano Stephen.
-¿Perdido en tus pensamientos?- le preguntó.
-Si- respondió sincero- a ver Stephen, ¿Cuándo dejarás la mala vida?, ¡mira nada más como vienes!
-Sólo son unos cuántos golpes- pero sabía que no era cierto, esta vez resultó más golpeado de lo normal y su rostro tenía muchas heridas, una ceja partida, un labio roto, era un desastre. Stephen, era el rebelde de la familia, un carácter despreocupado, le encantaban las carreras ilegales, las fiestas, los clubes nocturnos, y las peleas igualmente ilegales. Realmente todo lo que significará peligro, tenía un especial atractivo para él.
-Matarás a Alexander de un infarto- se quejó.
-Nuestro padre me conoce, Max- aseguró- nada me cambiará.
-Ser rebelde está bien por un rato, pero ya va siendo hora de que tomes la vida con seriedad.
-Nadie vive mejor que yo, querido hermano, ¡Mi vida es maravillosa!
-¡Maravillosa!, así será la furia de Alexander Ferrer, en cuanto te vea- aseguró su hermano.
-Basta de dramas hermanito mayor- sonrió de medio lado, sentándose frente a él en el sofá- me beberé un trago contigo- sirvió su propia copa para luego acomodarse de nuevo frente a él- y bien, ¿Qué Renata Evans, ocupa tus pensamientos?
-Es que no lo entiendo, Stephen- bufó enojado- no entiendo nada.
-No hay nada que entender hermano, las mujeres están locas, todas lo están. No intentes comprenderlas. Búscate otra, Max, hay muchas mujeres en el mundo, muchas dispuestas a complacerte, muchas anhelando acompañar sus nombres de tu pellido, no tiene sentido que sigas sufriendo por una que no quiere estar contigo, ella te ha abandonado, no te merece.
-¡Maldita sea, Stephen!. . . No quiero a muchas, no quiero a otra, la quiero a ella.
-Pero ella ya no está Max, han pasado ocho años, ocho malditos años desde que pusiste ese anillo en su dedo y seis desde que desapareciera, ¿ qué esperas?- lo miró frunciendo el ceño- ya basta, hermano, es suficiente.
-Esa mujer me va a volver loco- casi gimió.
-Yo lo certifico, hermano.
-Es que no puedo dejar de pensarla, no puedo, tengo las huellas de su amor sobre mi piel.
-A grandes males, grades soluciones.
-¿ Y quién se supone que tiene grandes males?- preguntó su otro hermano apareciendo con el ceño fruncido.
-¡Qué mala educación Ethan!- se quejó Stephen- ¿desde cuándo husmeas las conversaciones?
-No husmeaba, evidentemente ustedes no susurraban- se sentó junto a Max.
-El de los grandes males soy yo- dijo este elevando una mano y bebiendo de su trago.
-No tienes grandes males, hermano, sólo uno.
-¡Renata Evans!- aseguró Stephen bebiendo.
-¿Quién más podría ser?-ironizó Ethan- te dije que aún queda un cupo en el "club de solteros Ferrer"-el trió rió.- Debemos comenzar a casarnos pronto, o Alexandre y Madre, tendrá un infarto.
-Nada de eso, amo mi soltería- aseguró Stephen.
-Y yo la mía- intervino Ethan.
-Por lo visto soy el único que desea una esposa. Creo que soy diferente porque nací primero- sonrió burlón - yo si quiero una familia. - La puerta se abrió, dando paso a la consentida de la casa.
-¡Ellen!- Ethan le sonrió.
-Hey, con qué aquí están parte de mis hombres reunidos- entró y fue depositando un beso en cada uno de sus hermanos mayores- eso se ve muy mal Stephen- le sonrió y tomó asiento a su lado.
-Son heridas de guerra, y esas se llevan con orgullo.
-Claro- rio Ellen divertida- por cómo te ves, yo diría que fueron todos contra ti, guapo.
-Pequeña diablilla- Stephen le sonrió- imagínate cómo quedó el otro.
-Ustedes los hombres siempre, siempre dicen lo mismo- volvió a reír- lástima que no puedo verlo, es posible que no tenga ni un rasguño- todos rieron felices- papá te va a matar.
-Afortunadamente no le tengo miedo a la muerte.
-¡Qué bien por ti!- le sonrió- ¿Dónde está, Henrry?- para ella no pasó desapercibido que Stephen fruncía el ceño y las manos las volvía puños.
¡No entendía por qué lo odiaba tanto!, el niño no tenía la culpa de las cosas que habían hecho los adultos, entendía a Stephen, no era fácil saber que su padre había tenido un hijo con otra mujer, pero ya había pasado mucho tiempo, el niño había tenido que sufrir mucho, era justo que pudiese descansar en medio de los suyos, porque eso eran, una familia. Stephen, adoraba a su madre y al verla sufrir tanto, aquello había generado furia hacia su padre, al que siempre desobedeció solo por darse el gusto de verlo furioso, y hacia su medio hermano, aquel que había llegado a causar caos en su unida familia.
-Está en el instituto - dijo Ethan - aún no vuelve. - encogiéndose de hombros.
-Bien. . . oye Max, no creerás lo que tengo que decirte.
-¿De qué se trata, pequeña?
-Hoy como siempre he estado hablando en la universidad con Sophie - El corazón de Max dio un salto. Sophie, la prima menor de Renata.
-¿Y bien?- preguntó intentando ocultar su nerviosismo.
-Me ha dado una noticia que de seguro te gustará- otro saltó más poderoso, esperaba su corazón se calmara, no quería sufrir un infarto.
-Ellen, odio cuando te pones misteriosa.
-Mañana vuelve Renata- aquellas palabras salieron de la boca de su hermana, y está vez su corazón no dio un salto, sino que por unos instantes dejó de latir.
Maximiliano creyó que moriría, que su corazón no bombearía nuevamente. Pero de pronto allí estaba, latiendo desenfrenado y recordándole que seguía vivo, tuvo que separar los labios para poder respirar con mayor regularidad y tratar de concentrarse es obtener una respiración normal.
Tres pares de ojos fijos en él, esperando su reacción, sus hermanos mostraban muchas expresiones. . . Preocupación, angustia, dolor.
-¿Es. . .Estás segura de lo que dices, Ellen?
-Si Max, por supuesto, si no fuese así, no te lo habría dicho. Sophie, estaba feliz, dice que después de tanto tiempo sin ver a su querida prima, está más que dichosa de recibirla nuevamente. Al parecer el señor Evans, la recogerá en el aeropuerto. . . ¿ qué. . .qué piensas hacer?
-Buscarla- dijo inmediatamente sin dudarlo- reclamar una explicación, exigir que me dé la cara por la humillación a la que me ha sometido. ¿Qué otra cosa podría hacer?- bebió todo el contenido de su vaso y se levantó, sin decir nada más se marchó, dejando a sus hermanos un poco aturdidos por su reacción.
Ellen, se sintió mal, su hermano estaba irremisiblemente enamorado de la hija de Edwar Evans, desde que ella había desaparecido sin ninguna explicación, Max, no había vuelto a ser el mismo. No sonreía con frecuencia y por lo general estaba taciturno y ensimismado, siempre con la compañía de un trago, lo cual le preocupaba profundamente, se había mantenido muy al pendiente de él, para no permitirle cruzar la delgada línea de beber por despecho y caer en el alcoholismo.
-Ese hombre me preocupa- las palabras de Stephen, la sacaron de sus pensamientos.
-Lo sé- agregó Ethan- no quiero ni imaginar qué sucederá cuando Renata, pise nuevamente el país, de todo corazón espero que esto no se salga de control, que sea cual sea la diferencia, puedan superar este obstáculo y seguir avanzando. No quiero que nuestro hermano sufra más.
-Hermanos, no sé cómo, pero debemos ayudarlo, algo hay que hacer por él. Max, es de los hombres que sólo se enamoran una vez en la vida. Ya está destrozado al tener que vivir con su ausencia, esperemos que puedan solucionar las cosas- dejó escapar un suspiro- porque si no es así, Maximiliano la llorará de por vida. Jamás podrá amar a otra mujer que no sea Renata Evans.
Maximiliano, entró a su habitación con el corazón desbocado, cerró la puerta con fuerza y se sentó en la amplía y cómoda cama.
¡Renata volvía!
¡Después de tantos años, ella volvía!
¡Volvería a verla!
¡Volvería a verla!
Su corazón se aceleraba vehementemente, volvería a verla, moría por verla, abrazarla, por besarla, por sentir el calor que emanaba su piel.
¡La necesitaba tanto!
No entendía qué había ocurrido, ni por qué ella se había alejado de la forma en que lo hizo, lo único que sabía es que ahora obtendría las respuestas que continuamente le impedían el sueño, provocándole perturbadoras noches de insomnio.
¡Renata volvía y tendría que darle una explicación!
Aquella noche le pareció la más larga de toda su vida, el insomnio se hacía presente nuevamente. Su mente le hacía recordar los besos de Renata, su cariño, las marcas de su amor presente en su piel parecían emanar calor, haciendo que su cuerpo ardieran. La pasión y el amor por ella no se habían apagado.
El tiempo no lo cura todo. Las personas suelen mentir en eso. Al menos, tiempo no era igual a olvido para él, sino equivalente a añoranza, anhelo y profunda desesperación por tenerla, la seguía amando como el mismo día en que se marchó.
Después de una larga noche sin dormir, Maximiliano se levantó, se duchó, se vistió y se fue a la oficina sin desayunar. Tenía muchos asuntos que atender, si quería ver a Renata antes del anochecer debía enfocarse en resolver los asuntos de la empresa, mientras más pronto solucionara todo, más pronto podría marcharse a casa de Edward Evans.
****************
Renata, bajaba las escaleras que la llevarían a la sala central del aeropuerto, debía conseguir alguien que le ayudara con las maletas y debía conseguir también un taxi que la llevara hasta su casa.
Estaba muy nerviosa por su regreso. Había extrañado tanto su país, a su familia, sentir el calor de su tierra acariciando su piel. . . esas dulces manos sobre su piel era lo que realmente extrañaba.
¡Basta, Renata!
Se reprendió a sí misma. No debes pensar en él, Maximiliano Ferrer, es solo parte de un pasado que ella no quiere recordar. Un pasado que anhelaba con todas sus fuerzas olvidar, arrancarse del alma y la piel. Seis años no habían servido, seis años no habían Sido suficiente.
No te quiero en mi vida, Maximiliano Ferrer.
- ¡RENATA, RENATA!- Aquel llamado la obligó a abandonar sus pensamientos. Su padre se encontraba de pie con los brazos extendidos. Corrió hacia él abrazándolo con fuerza.
-¡PAPITO!- exclamó con un gran nudo en la garganta y sin poder evitarlo algunas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
-Mi princesa, mi hermosa hija, mi orgullo- su voz se quebraba a la vez que sus brazos la rodeaban con fuerza- te fuiste siendo una jovencita, ahora eres toda una mujer, te fuiste siendo una estudiante, ahora eres una gran profesional.
-Te extrañé tanto, Papi- le besó la mejilla.
-Y nosotros a ti, mi amor. Estamos ansiosos con tu regreso, tu prima está feliz, y tu tía no cabe de dicha, ha cocinado todo lo que alguna vez señalaste como tu comida favorita- rieron juntos.
-¡Los amo muchísimo!- dijo con emoción.
-Y nosotros a ti princesa, ahora vamos por tus maletas y volvamos a casa.
Después de un caluroso recibimiento y comer un poco de todo lo que su tía le había preparado, se fue a la cama, aquella habitación que tantos recuerdos le traía, allí donde alguna vez había conocido la felicidad en brazos de Maximiliano, aquella cama en la que tantas veces había sido suya y lo había sentido tan de ella. Pero no, eso era pasado, y ella odiaba vivir sintiendo el pasado como si fuese un presente. Observó su dedo anular y rodó aquel elegante anillo que enviaba hermosos destellos por toda la habitación, luego dejó escapar un gemido de frustración.
Volver a casa estaba resultando más difícil de lo que ella hubiese pensado.
Se había duchado, se puso una ligera pijama, dejó su larga y abundante cabellera negra suelta y se metió bajo las sábanas. No supo cuántas horas durmió, pero la despertaron unos fuertes gritos que llegaban desde el recibidor.
¡¿Qué ocurría?!
En su casa nunca habían gritos. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo?
Sin siquiera pensarlo saltó fuera de la cama, pasó una mano por sus alborotados cabellos y se dirigió corriendo descalza a las escaleras.
-¡No me iré sin verla!
-¡No la verás, márchate de una vez!
-¡He dicho que no me iré y si no la llama ahora mismo me instalaré en su sala, o a la puerta de su casa hasta que Renata se digne a recibirme!
¡Era él! ¡Era Maximiliano!
¡¿Cómo se atrevía?!
Su padre se escuchaba cada vez más agitado, corrió en su ayuda, si Maximiliano quería verla no debió llegar gritando como un troglodita.
-¡Vete, Maximiliano Ferrer!
-No me iré, maldición he dicho que no me iré hasta ver a Renata.
-Aquí estoy - dijo ella llegando- ¿Qué diablos te ocurre?- estaba segura que en aquel preciso momento, sus ojos enviaban destellos violeta, estaba experimentando una mezcla de sentimientos, y no todos eran buenos- no puedes venir a mi casa gritando y dando espectáculos, si no lo sabes, no es necesario gritar para entenderse.
Max, la vio y de inmediato enmudeció, ella estaba furiosa, con sus hermosos ojos fijos en él, y realmente hermosa enfundada en esa pijama, su cabello alborotado, su cara con marcas de la sábanas, su rostro no tenía ni un rastro de maquillaje, estaba descalza y muy bella, había madurado muchos sus facciones en aquellos seis años, ahora no era una jovencita, su rostro dejaba entrever la madurez de una mujer adulta, su cabello estaba más largo, igual de negro y hermoso, su boca llena, sus hermosas cejas, abundantes pestañas. . . esos ojos, esos ojos que muchas noches lo habían perseguido.
Renata, tuvo que hacer una enorme esfuerzo para mantener su expresión fría. Maximiliano había cambiado, sus hermosos ojos mostraban angustia y sorpresa. . . admiración, eso era lo que veía en ellos. Él había madurado sus facciones, se veía muy atractivo, varonil, hermoso, de anchos hombros y una gran estatura. Los recuerdos la golpearon y quiso llorar, así que tuvo que luchar por no hacerlo.
Aunque quisiera evitarlo y negarlo. . . seguía amándolo, a pesar de todo. todo éste tiempo había lucha, había querido olvidarle y volver a casa lo había echado todo por la borda. Por más que vivió queriendo olvidarle, no lo consiguió.
Ella cruzó los brazos sobre su pecho, cosa que él agradeció porque aquella pijama dejaba entrever la redondez de sus senos. Sus ojos le miraban furioso.
-¿Qué diablos quieres, Maximiliano?- preguntó cortante.
-Tenemos que hablar- su voz gruesa llegó hasta ella causando escalofríos.
-No hay nada de qué hablar- respondió ella firme.
-Renata, debemos hablar y no me iré hasta que lo hayamos hecho- se miraron en silencio largamente.
-Muy bien- dijo ella de pronto, se giró hacia su padre- papito, déjame a solas un momento con. . .
-No, no te dejaré con él- negó firmemente.
-Por favor- le suplicó en tono cariñoso. Su padre dudó largo rato, pero luego accedió de muy mala gana.
-De acuerdo, cariño. Pero deberías vestirte, estas medio desnuda frente a él.
-Nada que no haya visto o tocado antes, señor.- dijo sin poder evitarlo y se arrepintió ante la fría mirada que recibió de ella.
-¡TE ROMPERÉ LA CARA!- gritó Edward Evans, pero su hija le detuvo, con su rostro un poco ruborizado.
-No padre, déjame sola con él, solo serán un par de minutos.
-Pero. . .
-Padre, por favor.
-Muy bien- se giró hacia Maximiliano- pero después te marchas de mi casa y no vuelves.
-Ya decidiré si volver o no, señor- su tono frío no hacía más que provocar a su advenedizo, pero eso no le preocupaba en lo más mínimo, había dicho la verdad. No se iría de esa casa sin hablar con Renata, y luego de la conversación decidiría si debía volver. . . o no.
El padre de ella se marchó, dejándolos en su profundo silencio. Renata, lo encaró mirándolo fijamente.
-Muy bien, Maximiliano Ferrer. ¿Qué demonios quieres?