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No Te Merece A Mi Amor Puro

No Te Merece A Mi Amor Puro

Autor: : Yi Xiaoxin
Género: Urban romance
Sofía Morales, diseñadora de genio y la mente silenciosa detrás de "Vargas Fashion", era también la amante secreta de su dueño, Ricardo. Ocho años de amor oculto y sacrificio creativo se desmoronaron al escuchar la voz de Ricardo desde un salón contiguo. "Te juro que ya no la soporto. Cada día es más difícil fingir que me interesa." La voz melosa de Isabella Rojas, su modelo novata y nueva amante, respondió con desdén: "¿Pero no es ella la que te consigue los inversores?" "¿Amuleto? Me da un asco profundo pensar en ella acostándose con esos viejos verdes. Es repugnante. Pero era necesario", escupió Ricardo. El corazón de Sofía se hizo pedazos al oír cómo la consideraba un ancla y una arribista sin clase. Su traición no era solo sentimental; era un desprecio absoluto por su talento, su dignidad y todo lo que ella había construido para él. Mientras grababa la escena de la traición, una pregunta heló su alma: ¿Cómo pudo engañarme así, usarme y luego llamarme repugnante? La rabia, pura y ardiente, reemplazó el dolor mientras marcaba un número: "Papá, cancela todas las inversiones en Vargas Fashion. Todas. Mañana a primera hora." La guerra acababa de empezar, y Sofía no pensaba perderla.

Introducción

Sofía Morales, diseñadora de genio y la mente silenciosa detrás de "Vargas Fashion", era también la amante secreta de su dueño, Ricardo.

Ocho años de amor oculto y sacrificio creativo se desmoronaron al escuchar la voz de Ricardo desde un salón contiguo.

"Te juro que ya no la soporto. Cada día es más difícil fingir que me interesa."

La voz melosa de Isabella Rojas, su modelo novata y nueva amante, respondió con desdén: "¿Pero no es ella la que te consigue los inversores?"

"¿Amuleto? Me da un asco profundo pensar en ella acostándose con esos viejos verdes. Es repugnante. Pero era necesario", escupió Ricardo.

El corazón de Sofía se hizo pedazos al oír cómo la consideraba un ancla y una arribista sin clase.

Su traición no era solo sentimental; era un desprecio absoluto por su talento, su dignidad y todo lo que ella había construido para él.

Mientras grababa la escena de la traición, una pregunta heló su alma: ¿Cómo pudo engañarme así, usarme y luego llamarme repugnante?

La rabia, pura y ardiente, reemplazó el dolor mientras marcaba un número: "Papá, cancela todas las inversiones en Vargas Fashion. Todas. Mañana a primera hora."

La guerra acababa de empezar, y Sofía no pensaba perderla.

Capítulo 1

Sofía Morales ajustó discretamente el tirante de su vestido de seda, un diseño propio que nunca vería una pasarela bajo su nombre. Llevaba ocho años siendo el genio creativo en la sombra de "Vargas Fashion", la empresa de alta costura de Ricardo Vargas, y también su amante oculta. La cena para celebrar la inminente salida a bolsa de la compañía había terminado, y ella esperaba a Ricardo en el lobby del lujoso restaurante, como siempre, un paso detrás de él.

Él se había disculpado para ir al baño, pero tardaba más de lo normal. Un murmullo familiar llegó desde un salón privado contiguo, cuya puerta estaba ligeramente entreabierta. Era la voz de Ricardo, teñida de un fastidio que ella conocía bien.

"Te juro que ya no la soporto. Cada día es más difícil fingir que me interesa."

Sofía se quedó helada. Su corazón empezó a latir con una fuerza descontrolada, un tambor sordo en sus oídos. Se acercó instintivamente a la puerta, ocultándose tras una gran maceta ornamental.

"¿Pero no es ella la que te consigue los inversores? Pensé que era tu amuleto de la suerte," dijo una voz femenina, joven y melosa.

La risa de Ricardo fue corta y despectiva.

"¿Amuleto? Por favor, Isabella. Me da un asco profundo pensar en ella acostándose con esos viejos verdes para conseguir dinero. Es repugnante. Pero era necesario."

Cada palabra era un golpe directo. Sofía se apoyó en la pared para no caer. ¿Repugnante? Él mismo le había suplicado que usara su "encanto" para asegurar las inversiones, le había dicho que era un sacrificio por "su futuro juntos".

"Además," continuó Ricardo, su tono cargado de desprecio, "no olvides de dónde viene. Su familia son unos nuevos ricos, unos rancheros con suerte. ¿Te imaginas presentarla oficialmente? ¿En nuestra familia? Mi madre se moriría del disgusto. Ahora que la empresa va a salir a bolsa, necesito a alguien como tú a mi lado, alguien con clase, no una arribista con talento para coser."

Isabella soltó una risita.

"Entonces, ¿cuándo te desharás de ella?"

"Pronto, mi amor, muy pronto. Una vez que las acciones estén en el mercado, su utilidad habrá terminado. Ya no la necesito."

Sofía sintió una náusea helada recorrerle el cuerpo. Ocho años. Ocho años de amor, de sacrificio, de entregarle cada boceto, cada idea, cada gramo de su talento. Todo basado en una promesa de amor eterno, en un "nosotros contra el mundo". Y todo era una mentira.

Con un temblor en las manos, se asomó por la rendija de la puerta. La escena que vio terminó de romper lo que quedaba de su corazón. Ricardo tenía a Isabella Rojas, una modelo novata que él mismo había contratado, acorralada contra la pared. La besaba con una pasión desenfrenada, una pasión que Sofía no había sentido en años. Sus manos recorrían el cuerpo de la joven con una familiaridad que hablaba de innumerables encuentros secretos.

Sofía no lloró. Una calma gélida se apoderó de ella. Retrocedió lentamente, sacó su teléfono y, con un pulso sorprendentemente firme, activó la cámara. Grabó unos segundos del audio y luego, con cuidado, enfocó la escena a través de la rendija, capturando el beso, los rostros, la traición en alta definición.

Guardó el teléfono en su bolso, se dio la vuelta y caminó hacia la salida del restaurante sin mirar atrás. El aire frío de la noche de la Ciudad de México le golpeó la cara, pero no sintió nada.

Se detuvo en la acera, lejos de la entrada, y marcó un número de memoria.

"¿Sofía? Hija, ¿pasó algo? ¿Ya vienes para la casa?" la voz cálida de su padre sonó al otro lado.

Sofía cerró los ojos por un instante, aspirando profundamente.

"Papá."

Su voz sonó extraña, metálica, pero firme.

"Cancela todas las inversiones en Vargas Fashion. Todas. Mañana a primera hora."

Hubo un silencio en la línea. Su padre, un hombre de negocios astuto que había construido un imperio desde cero, no hizo preguntas innecesarias. Sabía que su hija no tomaría una decisión así a la ligera.

"Entendido," dijo él con seriedad. "¿Estás bien?"

"Lo estaré," respondió Sofía. "Y papá..."

"Dime, mi niña."

"Ese chef que me mencionaste la semana pasada... el que tiene tanto futuro y busca un inversor. Diego Soto."

Hizo una pausa, la decisión final formándose en su mente, sólida como el acero.

"Me gustaría conocerlo."

Capítulo 2

Al día siguiente, Sofía entró en las oficinas de Vargas Fashion sintiendo el peso de cada mirada. La noticia de la retirada de los inversores principales, es decir, de su familia, se había extendido como la pólvora. El ambiente, que ayer era de euforia por la salida a bolsa, hoy era un funeral.

Ricardo la interceptó a medio camino de su estudio, su rostro una máscara de pánico mal disimulado.

"¡Sofía! ¡Mi amor! ¿Qué diablos está pasando? ¡El grupo Morales retiró toda la inversión! ¡Mi padre me llamó gritando! ¿Tú sabes algo de esto?"

La llamó "mi amor" con la misma facilidad con que respiraba. La bilis subió por la garganta de Sofía, pero mantuvo su expresión neutral.

"No sé de qué hablas, Ricardo. Quizás mis padres reconsideraron el riesgo."

"¿Riesgo? ¡No hay riesgo! ¡Esto estaba asegurado! Tu padre me dio su palabra," insistió él, agarrándola del brazo.

Sofía se soltó con un gesto brusco.

"No me toques."

Ricardo pareció sorprendido por su frialdad. La estudió por un momento, sus ojos entrecerrados.

"¿Qué te pasa? Estás muy extraña desde anoche."

Justo en ese momento, escuchó el sonido de unos tacones acercándose. Era Isabella, caminando con un contoneo exagerado, una sonrisa triunfante en su rostro. Pasó junto a ellos, rozando deliberadamente el hombro de Ricardo.

"Ricky, te buscan en la sala de juntas. Es urgente."

Ricardo se giró para mirarla y su rostro se suavizó por un instante. Luego volvió a mirar a Sofía, su expresión endureciéndose de nuevo.

"Tenemos que hablar de esto," siseó antes de seguir a Isabella.

Sofía continuó hacia su estudio, un espacio que había sido su refugio y su taller de sueños. Ahora se sentía como una jaula. Mientras se sentaba frente a su mesa de diseño, su teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido.

"¿Viste qué preocupado está? Es porque ahora todo depende de mí. Me dijo anoche que ya estaba harto de tu drama y de tu cara de pobretona sufrida. Dice que tú siempre le recordarás sus inicios humildes, y él quiere olvidar esa etapa. Él quiere volar alto, y tú eres un ancla."

Sofía apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Cara de pobretona sufrida. Un ancla. Las palabras de Isabella, sin duda dictadas por Ricardo, eran crueles y vulgares, pero encajaban perfectamente con lo que había escuchado anoche.

Un torbellino de recuerdos la asaltó. Recordó la primera vez que se encontraron. Él era un joven diseñador con mucho carisma pero sin un peso, y ella, la hija de un empresario que creía en su talento. Recordó cómo ella lo convenció de usar sus diseños, cómo le presentó a su padre, cómo le consiguió el primer préstamo para fundar la empresa.

Recordó una noche, hace unos cinco años, cuando la empresa estuvo al borde de la quiebra. Un inversor clave amenazó con retirarse. Ricardo llegó a su apartamento, desesperado, con los ojos llenos de lágrimas.

"Sofía, mi amor, por favor. Tienes que hablar con él. Eres la única que puede convencerlo. Sé que es un viejo asqueroso, pero por favor, hazlo por nosotros. Por nuestro futuro."

Y ella lo hizo. Soportó una cena entera de insinuaciones y manos resbaladizas, sonriendo, siendo encantadora, todo para salvar la empresa de él. La empresa que él siempre llamó "nuestra", pero que legalmente solo llevaba su nombre.

Ahora, ese sacrificio, esa humillación, era motivo de asco para él. La llamaba repugnante por hacer exactamente lo que él le había rogado que hiciera.

La rabia, pura y ardiente, finalmente derritió el hielo que la había contenido. No era solo una traición amorosa. Era una traición a su vida, a su talento, a su dignidad.

Se levantó, caminó hacia el gran corcho donde estaban clavados los bocetos de la nueva colección, la que iba a lanzarse para la salida a bolsa. Eran sus diseños. Cada línea, cada pliegue, cada elección de tela. Con un movimiento deliberado, empezó a arrancarlos uno por uno, rasgándolos por la mitad antes de tirarlos a la basura.

Ricardo pagaría por cada lágrima que ella no había derramado, por cada humillación, por cada uno de los ocho años que le había robado. La guerra acababa de empezar.

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