Mateo Sánchez amaba locamente a su esposa Isabela.
Pero su amor estaba asediado por la obsesión de ella con Javier, su primer amor.
Javier regresó y le propuso a Mateo un pacto cruel: ganar a Isabela en nueve pruebas.
Si ella lo elegía a él, Mateo aceptaría el divorcio.
La primera humillación llegó en su aniversario: Isabela lo abandonó por Javier tras un 'pequeño accidente'.
Mateo descubrió cómo Isabela había desechado un llavero sentimental suyo, usando su coche para Javier.
En una cena de amigos, Javier lo humilló públicamente, alardeando de 'haber orquestado' su matrimonio.
Incluso tras un accidente grave, donde Isabela salvó a Javier ignorando a Mateo, ella siguió cegada por él.
Todo culminó cuando Isabela, engañada por Javier, firmó sin saber los papeles de su propio divorcio.
Mateo sintió cómo su amor por Isabela era una farsa cruel.
¿Cómo pudo caer tan bajo, sacrificando años por quien nunca lo eligió?
Con el corazón destrozado, pero una fría determinación, Mateo decidió no volver a amarse tan poco.
Era hora de vivir para sí mismo.
¿Podrá Mateo liberarse de las sombras del pasado y encontrar su propia luz?
Mateo Sánchez amaba a su esposa, Isabela Vargas.
Con locura.
Por ella, había soportado desprecios que a otro hombre lo hubieran hecho huir.
Él era arquitecto técnico, un apasionado de restaurar la historia de Sevilla ladrillo a ladrillo.
Isabela trabajaba en relaciones públicas para la bodega de su familia en Jerez. Era guapa, sociable, pero con una inseguridad que la devoraba por dentro.
Y esa inseguridad tenía un nombre: Javier Herrera.
Su primer amor. Una obsesión.
Javier era un emprendedor de proyectos vistosos y humo, un vividor de apariencias y de una fortuna familiar que se encogía.
Un día, Javier regresó a Sevilla.
Y buscó a Mateo.
Se encontraron en una cafetería cerca del estudio de Mateo. El sol de la mañana entraba a raudales.
Javier sonreía, esa sonrisa suya que encantaba a Isabela y que a Mateo le revolvía el estómago.
"Mateo, viejo amigo," dijo Javier, con una familiaridad que nunca habían tenido.
Mateo lo miró, sin decir nada. Sabía que nada bueno podía salir de allí.
"He estado pensando," continuó Javier, removiendo su café con parsimonia. "En Isabela. En ti. En nosotros."
Mateo apretó la mandíbula.
"Isabela te quiere, Mateo. O eso dice." Javier hizo una pausa, paladeando las palabras. "Pero todos sabemos a quién quiso primero. A quién sigue buscando cuando cree que nadie la ve."
"Ve al grano, Javier."
"Un pacto," propuso Javier, sus ojos brillando con malicia. "Nueve ocasiones. Nueve momentos significativos. Si en esas nueve ocasiones, Isabela me elige a mí sobre ti, me concedes el divorcio. Le dejas el camino libre."
Mateo sintió un frío recorrerle la espalda. ¿Cómo se atrevía?
Pero luego, una chispa de esperanza, terca y dolorosa, se encendió en su pecho.
Quizás esta era la prueba definitiva. Quizás Isabela, enfrentada a la elección, le demostraría a él, y a sí misma, que su amor era real. Que Javier era solo una sombra del pasado.
"¿Y si te elige a mí?", preguntó Mateo, su voz más firme de lo que se sentía.
Javier soltó una carcajada. "Eso no va a pasar, créeme. Pero si ocurriera, me alejaré para siempre. Palabra."
Mateo miró por la ventana, a la Giralda recortándose contra el cielo azul. Sevilla era testigo de tantas historias de amor y desamor.
Pensó en los años con Isabela, en los momentos buenos, que cada vez eran menos. En su paciencia, en su devoción.
Aceptó.
Por la remota esperanza de que Isabela lo eligiera. Por demostrar que el amor de su esposa por él era verdadero.
El primer desprecio no tardó en llegar.
Era su aniversario. Mateo había reservado en un tablao flamenco íntimo en Triana, uno de esos sitios con duende, con alma. Había comprado un pequeño colgante de filigrana, antiguo, como a ella le gustaban, o como él creía que le gustaban.
Isabela estaba deslumbrante con un vestido rojo. Sus ojos brillaban.
"Estoy lista," dijo ella, sonriendo.
Justo cuando iban a salir, sonó el móvil de Isabela.
Ella miró la pantalla. Javier.
Su sonrisa se tensó un poco. "Dime, Javi."
Mateo observó su expresión cambiar. Preocupación. Angustia.
"¿Qué? ¿En el río? ¿Estás bien?"
Colgó. Miró a Mateo, con los ojos suplicantes.
"Cariño, lo siento tantísimo. Javier ha tenido un pequeño accidente con la moto de agua en el Guadalquivir. Dice que no es grave, pero necesita que lo recoja. Está solo."
Mateo sintió un nudo en el estómago. "¿Un pequeño accidente? ¿No puede llamar a una ambulancia, a un amigo?"
"Ya sabes cómo es él, se agobia. Por favor, Mateo. Es solo un momento. Ve tú empezando, yo voy en cuanto lo deje en su casa."
Mateo sabía que no iría. Sabía que la noche se había arruinado.
Pero asintió. "Ve."
Isabela le dio un beso rápido en la mejilla. "Gracias, mi amor. Eres el mejor."
Y salió corriendo.
Mateo se quedó solo en el salón, con el traje puesto, el regalo en el bolsillo.
El tablao. La cena. El aniversario. Olvidado.
Javier apareció en el piso de Mateo al día siguiente, mientras Isabela estaba en el trabajo.
Venía a regodearse.
"Uno menos, Mateo," dijo Javier, con una sonrisa triunfal. "Te dije que sería fácil."
Mateo lo miró, con el corazón hecho añicos, pero con una nueva y fría determinación naciendo en su interior.
"Has ganado esta vez," dijo Mateo.
Pero en su fuero interno, algo se había roto. El primer hilo de su amor por Isabela, tan fuerte, tan resistente, se había deshilachado.
Recordó la noche anterior. La mesa vacía. El cantaor dedicándole una soleá que hablaba de amores perdidos.
Recordó otras veces. Pequeños desprecios. Citas canceladas. Fines de semana arruinados por las "emergencias" de Javier.
Javier siempre había estado ahí, una sombra constante.
Isabela lo conoció en la universidad. Mateo también. Javier era el chico popular, el carismático. Mateo era el estudioso, el tranquilo.
Isabela se había enamorado perdidamente de Javier. Un amor de juventud, intenso, idealizado.
Javier jugó con ella. La tuvo y la dejó varias veces.
Luego, Isabela empezó a fijarse en Mateo. En su calma, en su constancia. Quizás buscaba un puerto seguro después de tantas tormentas con Javier.
Se casaron. Mateo pensó que había ganado. Que el amor tranquilo y verdadero había triunfado sobre la pasión fugaz.
Qué ingenuo había sido.
Javier nunca desapareció del todo. Siempre encontraba una excusa para llamar, para aparecer, para recordarle a Isabela lo que "podría haber sido".
Y ella, insegura, siempre caía.
Mateo miró a Javier, que seguía sonriendo en su salón.
"¿Contento?", preguntó Mateo.
"Mucho," respondió Javier. "Esto es solo el principio."
Mateo pensó en los ocho desprecios que faltaban.
Su amor por Isabela era grande. Pero no era infinito.
Y por primera vez, se preguntó si realmente valía la pena luchar por alguien que, claramente, no lucharía por él.
La idea del divorcio, antes impensable, empezó a tomar forma en su mente. No como una derrota, sino como una posible liberación.
"Supongo que tienes razón," dijo Mateo, con una calma que sorprendió a Javier. "Ella te prefiere a ti."
Le tendió unos papeles. Eran los documentos del divorcio. Ya firmados por él.
"Dáselos a firmar. No te pondrá pegas si se los das tú."
Javier lo miró, desconcertado por un momento. Luego, su sonrisa regresó, más amplia, más cruel.
"Vaya, vaya. Te rindes pronto."
"No me rindo," dijo Mateo. "Simplemente, he dejado de quererme tan poco. He aprendido. Viviré para mí."
Justo en ese momento, Isabela entró en el piso.
Vio a Javier, luego a Mateo. Parecía cansada.
"Javi, ¿qué haces aquí?", preguntó, con un deje de sorpresa.
Javier le sonrió, ocultando los papeles a su espalda. "Nada, mi vida. Solo pasaba a saludar. Y a traerte una sorpresa."
Le tendió un bolígrafo y los papeles, doblados de tal manera que solo se veía la línea de la firma. "Firma aquí. Es para un nuevo negocio que estamos montando. Algo grande."
Isabela, confiada, sin leer, firmó.
"Gracias, Javi. Siempre pensando en mí." Le dio un beso en la mejilla.
Luego miró a Mateo. "¿Todo bien, cariño?"
Mateo asintió, con el corazón helado. "Todo perfecto."
Isabela miró el papel que acababa de firmar.
"¿Qué es exactamente?", preguntó, con una pizca de curiosidad.
Javier le quitó el papel rápidamente. "Ya te lo dije, una sorpresa. No seas impaciente."
Guardó los papeles en el bolsillo interior de su chaqueta. "Tengo que irme, unos asuntos urgentes."
Isabela asintió. "¿Te acompaño a la puerta?"
"Claro, mi vida."
Salieron del salón.
Mateo se quedó allí, de pie, sintiendo el peso de la escena.
Acostumbrado. Esa era la palabra. Se había acostumbrado a ser invisible, a ser el segundo plato.
Se retiró a su estudio, el pequeño espacio donde intentaba dar forma a sus sueños de restauración.
Al cabo de un rato, Isabela regresó.
Entró en el estudio. Lo vio de espaldas, mirando unos planos.
Se acercó, lo abrazó por detrás. Apoyó la cabeza en su hombro.
"Perdóname por lo de anoche," susurró. "Fui una tonta."
Mateo no se movió. Su cuerpo estaba rígido.
"Javier ya está mejor. Solo fue un susto."
Intentó besarle el cuello.
Mateo se apartó suavemente. Se giró para mirarla.
"Estoy cansado, Isabela."
Ella lo miró, confundida. "¿Cansado? ¿De qué?"
"De intentarlo. De esperar. De ser el último en tu lista." Su voz era baja, sin emoción aparente. Pero por dentro, era un volcán.
Isabela frunció el ceño. "No digas eso. Sabes que te quiero."
"¿Ah, sí? ¿Cómo lo sé? ¿Porque me dejaste plantado en nuestro aniversario? ¿O por las otras innumerables veces que has corrido a socorrer a Javier por cualquier tontería?"
"No fue una tontería. Estaba preocupada."
"Siempre estás preocupada por él," dijo Mateo, con un deje de sarcasmo. "No te preocupes, Isabela. Ya me he acostumbrado."
Ella intentó tomar su mano. "No te pongas así. Mañana será otro día. Podemos desayunar juntos, como siempre."
Mateo retiró su mano. "No. No como siempre."
Algo había cambiado en él. Una frialdad que Isabela no reconoció.
Al día siguiente, Mateo notó algo diferente en su coche.
El ambientador. Olía a la colonia cara que usaba Javier.
Y la emisora de radio estaba sintonizada en una de esas cadenas de música moderna que a él le horrorizaban, pero que a Javier le encantaban.
Isabela había usado su coche el día anterior para llevar a Javier "al médico".
Cuando ella bajó a desayunar, Mateo preguntó, con la mayor naturalidad que pudo fingir:
"Cariño, ¿has tocado la radio de mi coche?"
Isabela lo miró, sorprendida. "No, ¿por qué?"
Mintió. Con una facilidad pasmosa.
"Por nada," dijo Mateo. "Oye, ¿has visto mi viejo llavero? El de la concha de peregrino que me traje de Santiago."
Era un objeto pequeño, sin valor material, pero con mucho valor sentimental. Se lo había regalado su abuelo.
Isabela rebuscó en su bolso. "Ah, creo que se rompió. Lo tiré."
Lo tiró.
Mateo sintió como si le hubieran arrancado algo de dentro.
Ese llavero había estado en su coche durante años. Era parte de él.
Y ella lo había tirado. Sin más. Probablemente para hacer sitio a alguna horterada de Javier.
Esa noche, tenían una cena con antiguos compañeros de la universidad.
Javier, por supuesto, estaba allí. Con Isabela pegada a su brazo.
Durante la cena, Javier no paró de hablar de los gustos de Isabela, de sus manías, de anécdotas que solo ellos dos conocían.
"A Isa le encanta el helado de pistacho, pero solo de esa heladería artesana de la Alfalfa," decía Javier, guiñándole un ojo a Isabela.
"Y odia que dejen la tapa del váter levantada," añadía, provocando risas cómplices.
Los demás asentían, sonreían.
"Siempre han estado tan unidos," comentó una antigua compañera. "Parecen almas gemelas."
Mateo apretó los dientes. Bebió un sorbo de vino.
Alma gemela de Javier. Y él, ¿qué era? ¿El marido de conveniencia?