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No puedo vivir sin ti, mi exesposa multimillonaria

No puedo vivir sin ti, mi exesposa multimillonaria

Autor: : Lewie Parenti
Género: Moderno
"El amor es ciego". Lucinda abandonó su vida hermosa y cómoda por un hombre. Se casó con él y trabajó como una esclava durante tres largos años. Un día, finalmente se le cayó la venda de los ojos. Se dio cuenta de que todos sus esfuerzos fueron en vano. Su marido, Nathaniel, todavía la trataba como basura. Lo único que le importaba era su amante. "¡Basta ya! ¡Me niego a seguir desperdiciando mis años con un ingrato!". El corazón de Lucinda estaba hecho pedazos, pero reunió el valor para pedir el divorcio. ¡La noticia causó revuelo en internet! ¿Una joven mujer increíblemente rica acaba de divorciarse? ¡Era un gran partido! ¡Incontables CEOs y jóvenes apuestos acudieron a ella como moscas a la miel! Nathaniel ya no pudo soportarlo. Ofreció una conferencia de prensa y, con los ojos llenos de lágrimas, suplicó: "Te amo, Lucinda. No puedo vivir sin ti. Por favor, vuelve conmigo". ¿Le dará Lucinda una segunda oportunidad? ¡Lee para descubrirlo!

Capítulo 1 Quiero el divorcio

Era de noche.

Lucinda Ross se revolvía inquieta en sueños.

Sintió a un hombre encima de ella, cuyo peso la oprimía, haciéndole difícil respirar.

Podía oírlo jadear y sentir su aliento caliente contra su mejilla.

Y entonces, de repente, sintió un dolor agudo entre las piernas.

Cuando por fin se dio cuenta de lo que estaba pasando, abrió los ojos de par en par, horrorizada. Luego entrecerró los ojos en la oscuridad para ver bien al hombre que tenía encima.

"Nathaniel... ¿eres tú, Nathaniel?".

Él solo gruñó, y el fuerte olor a alcohol asaltó los sentidos de ella. No hizo más ruido, solo siguió embistiéndola como si su vida dependiera de ello.

Lucinda soltó un suspiro de alivio tras reconocer su voz. En ese punto, no podía hacer otra cosa que ceder a su embestida apasionada, aunque dejaba escapar un gemido de vez en cuando.

Sus movimientos se volvieron más desenfrenados, y ella tuvo que apretar los dientes para soportar la extraña mezcla de dolor y placer. Aun así, no pudo evitar sentirse emocionada ante este giro inesperado de los hechos.

Habían estado tres años casados, pero su marido, Nathaniel Roberts, jamás la había tocado. Él no quería hacerlo.

Su abuelo, Logan, lo había obligado a casarse con ella, así que Nathaniel siempre la había odiado y tratado con indiferencia.

Ahora mismo, a Lucinda no le importaba qué lo había llevado a cambiar de opinión.

Simplemente estaba feliz.

Después de un par de horas más, Nathaniel soltó un último gruñido y se dejó caer sobre ella, agotado. Un rayo de luz de luna atravesó la ventana, delineando su perfil como una obra de arte perfecta.

Lucinda escuchaba cómo los latidos de su corazón se ralentizaban gradualmente. Todo aquello le parecía tan irreal que una parte de ella sospechó que solo era un sueño.

Si realmente lo era, entonces no quería despertar nunca de él...

Ella le rodeó el cuello con los brazos. "Nathaniel", canturreó con todo el cariño que sentía por él. "Nathaniel, yo...".

Estaba a punto de decirle que lo amaba, pero lo oyó murmurar en su borrachera antes de que pudiera siquiera pronunciar las palabras. "Ellie...".

Lucinda se quedó helada, sintiendo como si le hubieran echado un cubo de agua fría por encima.

Le dolió el corazón al darse cuenta de que su marido simplemente la había confundido con otra mujer.

La mujer en el corazón de su esposo era Leonor Turner. Ella era su primer amor. Pero, como Logan no aprobó esa relación, ella se vio obligada a quedarse en el extranjero durante todos esos años.

Pero Leonor acababa de regresar al país, y no había perdido tiempo en enviarle un mensaje a Lucinda, uno que obviamente tenía la intención de provocarla.

"Estoy de vuelta. Pronto no habrá lugar para ti en la familia Roberts. Puede que te hayas casado con Nate, pero él y yo crecimos juntos. ¿De verdad creíste que podrías reemplazarme? Ubícate y vuelve arrastrándote al orfanato de donde viniste. Ese es tu lugar".

"Estoy segura de que sabes cuánto me quiere él. Aunque se acueste desnudo en tu cama, te aseguro que será mi nombre el que grite. ¿Lo entiendes, Lucinda? Para Nate, siempre serás mi reemplazo".

Su reemplazo...

¡Ella era la mujer que Logan había elegido para ser la esposa de Nathaniel! No era el reemplazo de nadie.

Fue devuelta al presente al oír la voz de Nathaniel. Su esposo seguía susurrando el nombre de otra mujer.

Las burlas de Leonor no dejaban de repetirse en la mente de Lucinda. En ese momento, no podía seguir engañándose a sí misma. Tenía que enfrentar la realidad de que su esposo no la quería, y nunca lo haría...

Sus ojos se llenaron de lágrimas y apretó los puños. Lucinda temblaba por la pena y la indignación que recorrían su cuerpo.

Había sido dócil y sumisa todo este tiempo, e incluso había renunciado a su trabajo para poder dedicarse a ser una buena esposa y cuidar de su marido.

Había soportado abusos y humillaciones por parte de la familia arrogante y condescendiente de su marido. Su suegra y su cuñada no hacían ningún esfuerzo en ocultar su desdén por su origen pobre, y hacían todo lo que estaba a su alcance por hacerle la vida difícil. Lucinda no quería molestar a Nathaniel con esos asuntos. De todas formas, él probablemente los descartaría como trivialidades, así que se tragó su pena y siguió adelante sin quejarse.

Se había humillado más allá de lo imaginable en un esfuerzo por ganarse el corazón de su amado, pero parecía que sus esfuerzos no habían sido suficientes.

¿Por qué tenía que pisotear sus sentimientos y despojarla del último vestigio de dignidad y autoestima que le quedaba...?

El resto de la noche se sintió como una eternidad.

Lucinda permaneció con los ojos bien abiertos y el sueño se negó a llegar.

A la mañana siguiente, Nathaniel se despertó por la luz cegadora que se filtraba por la ventana.

Se frotó las sienes y abrió los ojos ante la visión de Lucinda sentada frente al tocador, de espaldas a él.

Los recuerdos de la noche anterior le volvieron a la mente de golpe, y su cuerpo se quedó helado al darse cuenta de lo que había hecho. Clavó los ojos en ella y sus labios se torcieron en una mueca de desprecio.

Aunque Lucinda no lo miraba de frente, podía sentir la rabia que emanaba de Nathaniel.

Ella se mantuvo serena y continuó con su rutina de cuidado de la piel. Lo siguiente que sintió fue que su muñeca fue agarrada con una fuerza de hierro y fue levantada a la fuerza.

El pequeño frasco de crema se le escapó de la mano y se estrelló contra el suelo, derramando su contenido.

Lucinda levantó la cabeza y miró fijamente a Nathaniel. Por muy enojada que estuviera, no pudo evitar la punzada en el corazón al encontrarse con sus ojos.

"¿Crees que puedes obligarme a reconocerte como mi esposa drogándome para que me acostara contigo?".

Sus dedos alrededor de la muñeca de ella se apretaron aún más mientras escupía esas palabras.

Se veía absolutamente aterrador en ese momento.

Pero un momento... ¿Drogarlo...?

Lucinda le dedicó una sonrisa amarga. "¿De verdad me ves como la clase de mujer que usaría trucos tan sucios?".

Nathaniel bufó con disgusto. "Manipulaste a mi abuelo para que confiara en ti y así poder casarte conmigo. Deja de actuar como si fueras una chica inocente. No me lo trago. ¡Una oportunista desvergonzada como tú nunca podrá compararse con Ellie!".

¿Una oportunista? ¿Engañar a su abuelo...?

Así que eso era lo que realmente pensaba de ella todo este tiempo.

Si hubiera querido drogarlo, lo habría hecho hace mucho. ¿Por qué habría esperado hasta ahora, soportando tres años de maltrato por parte de la madre y la hermana de él?

Claramente, Nathaniel no la conocía para nada.

Lucinda comprendió lo ridícula que había sido en el pasado... Se había esforzado al máximo y más, todo en un intento por complacerlo y obtener aunque fuera solo un momento de su atención.

Pues bien, si así era como él la veía, entonces ya no había necesidad de que se quedara más tiempo con él.

Lucinda apretó los dientes y se liberó de su agarre.

Luego, alzó la barbilla y habló con una voz cargada de resolución: "Nathaniel, quiero el divorcio".

Capítulo 2 Treinta mil millones de dólares

"¿Qué?". Nathaniel se sorprendió por la repentina petición de divorcio de su esposa. No tenía ni idea de a qué juego jugaba ella después de drogarlo la noche anterior.

"¿Qué pretendes esta vez?", preguntó él.

Lucinda le lanzó una mirada fría. Aunque era más baja que él, desprendía una poderosa presencia que casi lo intimidaba.

"Siempre has querido divorciarte de mí, ¿verdad? Tu abuelo te obligó a casarte conmigo. Y ahora que está muerto, nada te impide dejarme y estar con Leonor. ¿No quieres casarte con ella?", preguntó Lucinda. Las palabras de Lucinda fueron contundentes y directas.

La cara de Nathaniel se torció con incredulidad.

¿De verdad su esposa podía ser tan amable como para dejarlo estar con la mujer que de verdad amaba?

Ella parecía decir la verdad, así que Nathaniel resopló y dijo en tono frío: "No te arrepientas".

Lucinda se burló. Nunca había estado tan decidida. Su decisión estaba tomada.

"Lo único que desearía no haber hecho nunca es casarme contigo", dijo ella.

Con paso decidido, Lucinda salió de la habitación.

Nathaniel la miró incrédulo mientras se alejaba.

Nunca la había visto actuar con tanta determinación. La mujer dócil y sumisa que conocía se había vuelto dura y decidida, lo que lo dejó preguntándose qué había cambiado.

¿Podría ser que ella no tuviera nada que ver con lo ocurrido la noche anterior?

Pero si no era ella, ¿quién podía ser?

Más tarde esa mañana, ambos fueron al juzgado.

Lucinda vestía un atuendo sencillo y poco atractivo, mientras que Nathaniel llevaba un elegante traje Prada. Parecían una pareja extraña y atrajeron la atención de mucha gente.

Pero Lucinda no prestó atención a eso. Estaba concentrada en finalizar su divorcio lo antes posible.

Por fin, en unos minutos, el matrimonio que le había traído tanta tristeza se acabó.

Ella sostenía los papeles del divorcio en la mano, sintiéndose entumecida y desconectada del mundo que la rodeaba.

"Así que esto es todo. Adiós", dijo Nathaniel con frialdad y se marchó.

Lucinda lo vio desaparecer en la distancia sin decir otra palabra ni mirarla por segunda vez. Ni siquiera intentó salvar su matrimonio. Era como si nunca hubiera estado allí como su esposo en primer lugar.

"Me lo puso mucho más fácil".

Se rio con dolor y negó con la cabeza.

Su fría actitud le facilitó seguir adelante. Ahora no eran más que extraños, destinados a llevar vidas separadas.

Sacudiendo la cabeza para aclarar sus pensamientos, Lucinda siguió adelante.

De repente, un elegante Bentley negro se detuvo frente a ella.

La puerta del auto se abrió y un anciano de pelo gris salió y caminó en su dirección. Lo acompañaban cuatro fornidos guardaespaldas.

Cuando Lucinda reconoció quién era, enderezó la espalda y exudó un aire de nobleza. "Mi padre siempre parece estar bien informado. Acabo de divorciarme y ya te envió aquí".

El anciano, Gilbert Duncan, sonrió dulcemente, se inclinó ante ella y dijo: "Señorita, hoy es el último día de su acuerdo de tres años con su padre".

Se tomó un momento para mirar el documento que Lucinda sostenía en la mano.

Poniendo una fachada de pena, dijo: "Parece que no pudo conquistarlo. Si ese es el caso, debería regresar a Stastle y heredar el negocio familiar, como prometió".

Lucinda arrugó la cara, permaneciendo en silencio durante lo que pareció una eternidad.

Algo terrible le ocurrió cuando tenía solo quince años. Al final, perdió la memoria y acabó en el orfanato de Forden. Más tarde, Logan Roberts la llevó de vuelta a la mansión de la familia Roberts después de que ella lo salvara. Cuando cumplió la mayoría de edad, Logan ordenó a su nieto Nathaniel que se casara con ella.

No fue hasta su noche de bodas con Nathaniel que Lucinda recuperó sus recuerdos. Solo que en ese momento eligió a Nathaniel antes que a su propio padre e hizo un trato para regresar a casa después de tres años si no lograba que su esposo se enamorara de ella.

Lucinda se dio cuenta de que había tirado tres años de su vida por un hombre que no sentía ningún amor por ella.

"El señor Simmons la extraña muchísimo. Por favor, vuelva conmigo. No siga enfureciendo a su padre. Él...".

"Gilbert", interrumpió Lucinda, con el rostro aún más frío al mencionar el pasado. "Él tiene a esa mujer a su lado. La familia Simmons no me necesita de todos modos. Tengo asuntos más urgentes que atender aquí en Forden, así que no volveré contigo".

Durante los últimos tres años, había estado investigando en secreto, tratando de descubrir quién le había causado la pérdida de memoria y cómo terminó en Forden. Después de mucho esfuerzo, dedujo que la persona probablemente trabajaba para el Grupo Simmons. Sin embargo, aún no estaba segura de quién era el responsable.

Lucinda se encontraba en una situación precaria, con el enemigo acechando en las sombras. Era demasiado arriesgado para ella regresar a la familia Simmons en ese momento.

Además, la idea de volver a vivir con su madrastra era insoportable.

Gilbert dejó escapar un pesado suspiro. "El señor Simmons tenía razón. Todavía le guarda rencor y no volverá fácilmente".

Sacó una tarjeta de crédito de su cartera y se la entregó a Lucinda con respeto. "Esta es su tarjeta bancaria. Tiene treinta mil millones de dólares".

Luego, hizo un gesto a los guardaespaldas que estaban detrás de él, y estos inmediatamente entregaron un nuevo contrato a Lucinda.

Capítulo 3 Se hizo rica

"El señor Simmons dijo que puede quedarse aquí, pero hay una condición adjunta. Tiene que dirigir Ángulo Internacional, una de las sucursales del Grupo Simmons en Forden, y hacer que sus ganancias sean un cinco por ciento más altas que las del año anterior. También dijo que podía rechazarlo, pero que él no garantizaría la seguridad del Grupo Roberts", informó Gilbert cortésmente.

Lucinda apretó los dientes con fuerza.

Le había prometido a Logan en su lecho de muerte que cuidaría del Grupo Roberts, así que no podía dejar que le pasara nada.

Su padre conocía su debilidad y la usó como carta de triunfo para manipularla. Pero no la obligó a volver a casa, sino que le exigió que se hiciera cargo de Ángulo Internacional.

¿Qué demonios pretendía?

"De acuerdo, lo haré", dijo Lucinda a regañadientes.

Tomó el bolígrafo y garabateó su nombre en el contrato. Luego agarró la tarjeta de crédito con treinta mil millones de dólares.

Soltó una risita mientras la miraba.

Minutos antes estaba tan arruinada que apenas tenía diez dólares. Ni siquiera podía permitirse un taxi para volver a casa. Pero ahora...

¿Acababa de ganar la lotería?

Debido a su acuerdo con su padre, la cuenta bancaria de Lucinda fue congelada y tuvo que ocultar su verdadera identidad para evitar incumplir el trato.

La familia Roberts siempre la despreció. Nunca la tomaron en serio y solo se relacionaban con gente adinerada.

Se quedarían atónitos si descubrieran que ella era la hija menor de la familia Simmons, la familia más rica de todo el país, con miles de millones en su cuenta bancaria.

Lucinda recordó el momento en que su mejor amiga del orfanato estaba en su lecho de muerte. Se arrodilló rogándole a Amanda, la madre de Nathaniel, un préstamo.

Amanda hizo alarde arrogante de su tarjeta de crédito platino, pero no le dio nada. "¿Adivinas cuánto dinero tengo en mi tarjeta? ¡Un millón de dólares! ¿Alguna vez has visto tanto dinero en tu vida? Pero no te prestaré ni un centavo. ¡Prefiero comprar comida para perros con todo mi dinero! Para mí, tu pobre amiga no es tan relevante como un perro mascota".

Lucinda apretó los dientes al sentirse burlada e insultada.

Le encantaría darles una lección a la madre y a la hermana de Nathaniel en cuanto tuviera la oportunidad. Quería vengarse, por su amiga y por ella misma.

Mientras pensaba en eso, alguien la agarró bruscamente de la muñeca por detrás.

Lucinda se giró y vio que era Amanda.

La mujer mantuvo la barbilla en alto y la miró con evidente disgusto en el rostro. Detrás de ella había muchas señoras adineradas con bolsas en las manos. Parecía que acababan de ir de compras juntas.

Lucinda dejó caer casualmente la tarjeta de crédito en su bolso y preguntó con frialdad: "¿Qué quieres?".

Amanda se quedó atónita ante la nueva actitud de Lucinda. No podía creer que pudiera ser tan fría con ella. Amanda solía disfrutar menospreciándola e intimidándola.

"¿Quién te dio permiso para salir? ¿Ya terminaste las tareas de la casa? ¿Ya preparaste el almuerzo? Te despellejaré viva si haces que mi hijo pase hambre. ¿Y qué es eso que llevas puesto? ¡Eres una vergüenza para nuestra familia! Llevas años casada con mi hijo y, sin embargo, sigues vistiéndote como una mendiga. ¡Qué vergüenza! ¡Lárgate de aquí!".

"¿Vergüenza?".

Lucinda soltó una risita ante las palabras de su suegra. "Después de casarme con tu familia, despediste a todos los sirvientes y me obligaste a dejar mi trabajo. Luego me hiciste cuidar de tu hijo. Y yo hice todo lo que me pediste. ¿Pero alguna vez estuviste satisfecha? No. Me acusaste de robar tus joyas y me castigaste haciéndome arrodillar afuera bajo la lluvia. ¿Recuerdas eso?".

Las señoras que estaban detrás de Amanda se mostraron incómodas. Sabían que ella siempre era cruel con Lucinda, pero no tenían ni idea de que hubiera llegado tan lejos para torturarla.

A medida que el aire se volvía denso por la tensión entre ellas, las damas decidieron salir a toda prisa utilizando cualquier excusa que se les ocurriera.

"¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando?".

Amanda intentó intervenir, pero el rápido discurso de la joven se lo puso difícil.

"No te hagas la tonta. Sabes muy bien de lo que hablo. Ya estoy harta de tus tonterías. Si alguna vez vuelves a intentar meterte conmigo, me aseguraré de que pagues por todos tus actos pasados", declaró Lucinda, con la barbilla en alto.

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