Mi vida con Alejandro Vargas, un bodeguero acaudalado, era un sueño. Me trataba como a una reina, construyendo un tablao privado en nuestra mansión y colmándome de lujos. Creía ciegamente en nuestro amor, en que yo era su musa y que su mundo me pertenecía.
Pero el idilio se desmoronó cuando mi abuela, mi única familia, agonizaba. Mis desesperadas llamadas a Alejandro fueron ignoradas, solo para que una foto desde París confirmara la cruel verdad: él abrazaba a mi tía Isabel con una intensidad que nunca me mostró.
Su regreso trajo mentiras, pero la verdad que descubrí era demoledora: yo no era más que un eco de Isabel, un peón en su obsesión, incluso mi embarazo era parte de su juego para engendrar un heredero que llevara el "duende" de mi tía. Mi caída "accidental" en el tablao, su "rescate", todo fue un vil montaje.
¿Mi amor, mi pasión, mi futuro hijo, todo una farsa calculada? La humillación me consumía al darme cuenta de que viví en una jaula dorada, utilizada como un mero sustituto, un objeto para perpetuar su enfermiza obsesión. La indignación y el dolor amenazaban con destruirme.
Pero Sofía Torres, la bailaora, no sería el reemplazo de nadie. Con una frialdad y determinación inesperadas, puse en marcha mi plan. Terminé el embarazo en secreto, y el día de su sacrificio final por Isabel, le entregué los papeles de nuestro divorcio y el informe de mi aborto. Partí a Buenos Aires, dejando atrás cenizas y mentiras, para renacer.
Me casé con Alejandro Vargas cuando yo tenía veinte años. Él tenía treinta y cuatro.
Durante dos años, me trató como a una reina. Construyó un tablao privado en nuestra mansión solo para mí. Me regaló mantones de Manila antiguos y peinetas de carey que valían una fortuna.
Su pasión en la intimidad era voraz.
"Eres mi musa, Sofía", me susurraba. "Tu arte me inspira un deseo que no puedo controlar".
Yo le creía. Creía que su amor, su dinero, su mundo, me pertenecían.
Hasta hoy.
Mi abuela, la única familia que me quedaba, agonizaba en su pequeña casa de Triana.
Llamé a Alejandro. Una vez. Diez veces. Cincuenta veces.
Rechazó cada llamada.
Mi corazón se hundía con cada tono fallido.
Momentos después, sonó mi teléfono. Era un mensaje de una amiga que estaba en París.
"Sofía, ¿este es tu marido? Lo acabo de ver en Montmartre, abrazando a una mujer".
Debajo del texto, una foto.
Era él. Alejandro. Abrazaba a una mujer con una desesperación que nunca me había mostrado a mí.
La mujer era mi tía, Isabel.
Sentí que el mundo se abría bajo mis pies.
Alejandro regresó tres días después. El funeral de mi abuela ya había pasado.
Me encontró en el sofá, hecha un ovillo. No había comido. No había dormido.
Me abrazó con fuerza, su rostro lleno de una culpa que parecía genuina.
"Sofía, mi amor, perdóname", dijo, su voz ronca. "Hubo una emergencia en uno de nuestros viñedos en Francia. Estuve en reuniones sin parar, la diferencia horaria... no vi tus llamadas hasta que fue demasiado tarde".
Mentira.
"Haré lo que sea para compensártelo. Lo que sea que pidas, Sofía".
Levanté la cabeza. Mi rostro estaba impasible.
Saqué dos documentos de mi bolso y se los entregué.
"Quiero estas dos cosas, Alejandro. Firma".
Él pareció aliviado. Ni siquiera los leyó. Tomó el bolígrafo y firmó en la última página de ambos papeles con un trazo rápido y seguro.
Eran el acuerdo de divorcio y un consentimiento para la interrupción voluntaria del embarazo.
Estaba embarazada de tres meses.
Al día siguiente, mientras me preparaba para mi revisión prenatal, sonó su teléfono.
"Alejandro, he vuelto a España por un tiempo. Quiero verte".
Era la voz de Isabel.
Alejandro, que un segundo antes me prometía acompañarme, cambió de expresión.
"Sofía, cariño, ha surgido una reunión urgentísima. Tengo que irme. Ve tú a la clínica, ¿sí? Te llamaré en cuanto termine".
Se fue sin mirar atrás.
Tomé un taxi a la clínica, sola.
En el camino, recordé cómo nos conocimos. Yo bailaba en un tablao de barrio. Durante la actuación, sufrí una caída. El dueño me culpó, quería que pagara por el "escándalo".
Alejandro estaba entre el público. Intervino. Me defendió como un caballero. Me cuidó.
Fue un flechazo. El hombre maduro y poderoso, enamorado de mi juventud y mi arte.
Ahora lo sabía. Todo era una mentira.
Esa noche, no pude dormir. Recordé una pequeña llave que encontré una vez en un viejo abrigo suyo. Una llave de una puerta que siempre me estuvo prohibida: la de una pequeña bodega privada en la mansión.
"Es solo vino viejo, cariño, nada interesante", me había dicho.
Usé la llave. La puerta se abrió con un suave clic.
No era una bodega.
Era un santuario. Un altar dedicado a mi tía Isabel.
Las paredes estaban cubiertas de carteles de sus actuaciones de juventud. Guitarras hechas a medida para ella. Vestidos de flamenca que nunca llegó a usar.
Y lo peor. Un baúl de madera.
Dentro, cientos de cartas. Cartas de amor que él le escribió durante años, sin enviarlas.
Leí una. Luego otra. Y otra.
La verdad era más cruel de lo que imaginé.
Él e Isabel habían vivido un amor destructivo. Ella lo abandonó para buscar la fama en París.
Él me buscó a mí, a Sofía, porque mi forma de bailar, mi rostro, mi "duende", le recordaban a ella.
Yo era su reemplazo.
La caída "accidental" en el tablao fue un montaje. Él lo orquestó para acercarse a mí.
Su deseo por mí, su anhelo de un hijo... no era por amor. Quería un heredero con la sangre de los Torres, con el "duende" de Isabel.
En la última carta, leí el nombre que había elegido para nuestro bebé si era niña.
"Alejandra Isabel".
Para que sus nombres, el suyo y el de ella, estuvieran juntos para siempre.
El amor, el rescate, la pasión... todo era una farsa.
Yo, Sofía Torres, no era el sustituto de nadie.
Decidí devolverle el engaño.
Al día siguiente, volví a la clínica.
Y procedí con la interrupción del embarazo.
Salí de la clínica sintiéndome vacía, pero extrañamente ligera.
El dolor físico era agudo, pero era un dolor limpio, honesto. No como el dolor sucio de la traición.
Llegué a casa. La mansión se sentía fría, ajena.
Fui a mi armario, el que Alejandro había llenado de lujos. Saqué los mantones de Manila, las peinetas de carey, los vestidos de diseñador.
Los metí todos en grandes bolsas de basura.
No quería nada que me recordara a su mentira.
Alejandro llegó esa noche. Me encontró en el salón, rodeada de las bolsas.
"Sofía, ¿qué es todo esto?", preguntó, confundido. "¿Una limpieza de armario? ¿Es por lo de tu abuela?".
Su ceguera era insultante.
"Si quieres cosas nuevas, solo tienes que pedirlas. Te compraré lo que quieras".
No le respondí.
Me miró, su expresión se suavizó. "Sé que estás pasando por un mal momento. Pero ya verás, cuando nazca el bebé, todo será diferente. Seremos una familia".
Su fachada de esposo devoto me revolvía el estómago.
Justo en ese momento, sonó el teléfono de la casa. Alejandro contestó.
"¿Isabel? Sí, claro. Una cena familiar para darte la bienvenida. Por supuesto que iremos".
Colgó y me miró, sonriente.
"Es Isabel. Su familia organiza una cena de bienvenida este fin de semana. Tenemos que ir".
"No me encuentro bien, Alejandro", dije, mi voz apenas un susurro.
"Tonterías. Es solo una cena. Tienes que estar allí. Por respeto a la familia".
Su insistencia no era por respeto. Era por él. Quería lucirme frente a ella. Su trofeo. La sobrina que era una copia pálida del original.
Al día siguiente, me trajo una caja de regalo.
"Esto es para Isabel", dijo, sin mirarme a los ojos. "Es un collar que le gustaba. Dáselo de mi parte en la cena. Quedarás bien".
Quería que yo fuera su mensajera. La humillación era un sabor amargo en mi boca.
Llegó la noche de la cena. La tensión en la mesa era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Isabel nos vio llegar juntos. Su sonrisa se congeló por un instante.
Le entregué el regalo. "De parte de Alejandro", dije, mi voz monótona.
Ella abrió la caja. El collar era exquisito.
"Gracias, Alejandro", dijo ella, pero no se lo puso. "Lo guardaré. Es demasiado valioso para usarlo en una simple cena".
Vi la decepción cruzar el rostro de Alejandro como una sombra.
Durante la cena, él fue un torbellino de atención hacia ella.
"Isabel, prueba estas gambas, son tus favoritas".
"¿Quieres más vino? Este es el que te gustaba".
Ignoró por completo que yo, su esposa supuestamente embarazada, no podía comer marisco crudo ni beber alcohol. Mi plato permaneció casi intacto.
Nadie se dio cuenta. O a nadie le importó.