Deanna Evans estaba sentada en silencio y con la mirada fija en la fotografía de su esposo, Jayden, cuya sonrisa parecía congelada en otra vida.
Alrededor de dos semanas antes, el hermano gemelo de este último, Brody Spencer, había cruzado el umbral de la puerta con una urna abrazada contra el pecho. Mirándola fijamente, le dijo en un tono pesado e incierto: "Anna, ojalá hubiera una mejor manera de decir esto". Con una voz grave, continuó: "Jayden... se ha ido. Su avión se estrelló... y no volverá a casa".
La noticia dejó a Deanna desamparada. El impacto fue tal que su visión se volvió oscura y se desmayó.
Cuando por fin recuperó la conciencia, ya era demasiado tarde para asistir al funeral. Jayden ya había sido enterrado, y ella se había perdido su última oportunidad de verlo.
Ni siquiera sabía dónde estaba su tumba.
Deanna se levantó de su asiento y se dirigió hacia la habitación de su suegra, Vickie, para preguntarle la ubicación.
Pero al acercarse a la puerta, unas voces en el interior la alcanzaron y la dejaron clavada en el sitio. Lo que oyó le recorrió el cuerpo con un escalofrío.
"Jayden, ¿acaso sabes lo que estás haciendo?", exclamó Vickie, con la voz rota por la angustia. "Brody es el que falleció, no tú. ¿Por qué le dijiste a Deanna que eras tú el que murió en el accidente? ¿Y si su hermano ata los cabos?".
El aire en el pasillo pareció volverse denso. El corazón de Deanna martilleaba contra su pecho y sus pensamientos se descontrolaron.
Se mordió el labio inferior con fuerza. El dolor la devolvió a la realidad, haciéndole procesar la terrible verdad.
¿Jayden estaba vivo y estuvo fingiendo ser Brody todo el tiempo? ¿Toda la familia había participado en un engaño tan cruel?
Deanna se dio cuenta con pavor de que nunca tuvo la oportunidad de distinguirlos, no con los rostros idénticos de los gemelos y la cuidadosa actuación de Jayden.
Respiraba entrecortada y superficialmente mientras se aferraba a la esperanza de haber malinterpretado todo. Su esposo juró que nunca la lastimaría, así que no podría traicionar su confianza de esa forma.
Pero entonces, la voz familiar del hombre aniquiló su última esperanza. "No me importa nada de eso. Solo quiero estar con Talia".
Deanna se quedó atónita. Talia Spencer era la esposa de Brody, la cuñada de Jayden.
La joven apenas podía procesar la verdad. El hombre al que había amado durante tres años le había entregado su corazón a alguien prohibido.
Las palabras de Jayden resonaban en la mente de Deanna, negándose a desaparecer, repitiéndose una y otra vez hasta que sintió que iba a enloquecer. "Mamá, siempre supiste que Talia es la única que me ha importado. Si ella no hubiera estado obsesionada con Brody, ¿de verdad crees que me habría conformado con Deanna? He soportado este matrimonio durante tres años, y cada día ha sido una tortura. Ahora que mi hermano ya no está, ¿esperas que deje a Talia sola en este mundo? Es demasiado delicada para enfrentar todo esto sola. Y en cuanto a Jorge, no te preocupes. Nunca se enterará de la verdad".
Deanna sentía que esas frases estaban apuñalando su corazón, cada palabra se incrustaba más profundamente que la anterior, hasta que todo lo que sintió fue dolor.
Esos tres años de amor y devoción no habían sido más que una cruel mentira.
Su cuerpo temblaba mientras lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas. El dolor era más intenso de lo que podía soportar. No era la primera vez que se sentía así.
Siete años atrás, su mundo se vino abajo cuando perdió a sus padres. Ella y su hermano adoptivo, Jorge, quedaron al cuidado de su tío, Richard. Al principio, se aferró a la esperanza de un hogar en paz, sin imaginar qué tipo de oscuridad la esperaba.
Pues bajo la apariencia amable de Richard se escondía un monstruo: expulsó a Jorge, se apoderó de la finca de sus padres y la sometió a constantes abusos. Para controlarla por completo, incluso comenzó a administrarle un veneno de acción lenta.
No importaba cuántas veces su hermano intentara rescatarla, Richard siempre los descubría, y cada intento solo le traía a Deanna un castigo más duro.
El miedo se convirtió en parte de su rutina diaria. Aprendió a moverse en silencio, mezclándose con las sombras de la mansión. Cuando Richard no la vigilaba, se sumergía en libros de medicina, buscando desesperadamente una forma de contrarrestar el veneno. Pero las toxinas eran complejas y, con cada día que pasaba, sentía cómo su cuerpo la traicionaba un poco más.
Sin otra salida, interpretó su papel de sobrina agradecida mientras Richard se pavoneaba como un guardián cariñoso.
Parecía no haber escapatoria, solo un futuro engullido por los planes de su tío.
Entonces, la familia Spencer llegó con una propuesta de matrimonio y, de repente, apareció un rayo de esperanza.
Desesperada por escapar, Deanna aprovechó la oportunidad de casarse con alguien de esa familia como su única oportunidad de liberarse de la crueldad de su tío.
Como la familia Spencer le debía un favor a la familia Evans, el contrato matrimonial se había sellado mucho antes, y las objeciones de Richard cayeron en saco roto.
Originalmente, Brody iba a ser su esposo, pero todo cambió el día que Jayden la vio por primera vez. Desde ese momento, él dejó claro sus sentimientos y la persiguió sin descanso. Sus audaces gestos pusieron patas arriba los planes de ambas familias. Incluso irrumpió en la fiesta de compromiso de ella y Brody, y se la llevó antes de que nadie pudiera detenerlo.
Jayden pagó un alto precio por desafiar a su familia: fue castigado durante tres meses por haberla elegido a ella por encima de las expectativas familiares.
Esos sacrificios convencieron a Deanna de que su amor era genuino. Por eso, cuando la familia Spencer sugirió intercambiar a los novios, ella aceptó sin dudar.
Durante tres años, su matrimonio fue como un cuento de hadas. Jayden la había colmado de calidez y devoción; juntos, parecían la viva imagen de la felicidad conyugal.
Ella había creído que todo era real. Pero esa ilusión se desmoronó ahora al escuchar a su esposo confesar la verdad.
De repente, se dio cuenta de que ese matrimonio era solo una actuación cuidadosamente orquestada, donde cada gesto estaba destinado a complacer a Talia, no a ella. El amor que creyó compartir con Jayden no era más que una hermosa mentira, y aceptar esa verdad le destrozó el corazón.
El shock dejó a Deanna clavada en su sitio. Sus piernas se negaban a responder por más que intentaba moverse con desesperación.
Fue entonces cuando el veneno que su tío le había administrado durante años eligió ese momento para resurgir. La agonía recorrió su cuerpo en oleadas, bañándola en sudor frío y haciéndole temblar sin control.
Desde el otro lado de la puerta, la voz de Vickie atravesó la bruma. "Busquémosle un nuevo esposo a Deanna. Eso mantendrá nuestro secreto a salvo".
Jayden respondió con un tono despreocupado: "Está demasiado apegada a mí como para aceptar algo así. Olvídalo, mamá. Yo me encargaré de esto".
Al escucharlo, la joven sintió una sensación de ironía.
Entonces, ¿su amor por Jayden le daba permiso para pisotear su corazón sin pensarlo dos veces?
¿Qué clase de lógica retorcida era esa?
Una repentina oleada de náuseas la obligó a doblarse y vomitar sin control.
La conversación tras la puerta se detuvo en seco.
El pavor se apoderó de ella al darse cuenta de que la habían descubierto.
Entonces, con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró de vuelta a su habitación. Una vez a salvo, cerró la puerta y se quedó mirando la fotografía conmemorativa que había pulido con tanto esmero. Ahora, esa imagen parecía burlarse de ella desde el escritorio.
En un arrebato de furia, lanzó el marco al suelo. El cristal estalló por la habitación en una lluvia de fragmentos afilados.
La sangre brotó de su palma donde los fragmentos se clavaron profundamente, mezclándose con la implacable picazón del veneno bajo su piel.
Levantó la vista mientras su mente revivía una escena de hacía unos días: Jayden metiéndose ansiosamente en la habitación de Talia. Su cruda excitación había sido ensordecedora incluso a través de la pared.
En ese momento, ella lo había descartado como una pasión imprudente entre marido y mujer. Ahora entendía que el éxtasis que había oído era puramente de transgresión. Se deleitaba con la emoción de lo que debería haber sido prohibido.
A Deanna se le revolvió el estómago con solo pensarlo.
Cada aspecto de su matrimonio, cada gesto de Jayden, de repente se sentía contaminado y asfixiante.
Pero dejar pasar las cosas nunca había estado en la naturaleza de Deanna. Esa traición era un peso insoportable y no permitiría que él se saliera con la suya tras humillarla de esa forma.
Se enfrentaría a las consecuencias, y todos sabrían lo que había hecho.
Su respiración se entrecortaba, sus manos temblaban sin control mientras la ira se mezclaba con el dolor.
Unos tres minutos después, un golpe sacudió la puerta.
Antes de que Deanna pudiera recomponerse, la puerta se abrió con fuerza.
Jayden apareció bajo el umbral, con una mirada aguda y escrutadora. "Deanna, ¿dónde has estado antes?".
La mirada penetrante de Jayden se clavó en los ojos de Deanna; parecía poder leerle hasta los pensamientos más ocultos.
Ella parpadeó una vez, lenta y pausadamente, ocultando la inquietud tras un velo de serenidad. "Solo fui a buscar un vaso de agua", mintió.
Algo en su tono de voz inquietó al hombre. Él no sabía explicar por qué, pero una leve sospecha se instaló bajo su calma.
Sin embargo, se obligó a desechar ese pensamiento. Deanna jamás le mentiría. No podía haber escuchado la conversación entre él y su madre. De ser así, no estaría allí, tan tranquila. Ya habría explotado. En cuanto al ruido de antes... probablemente había sido su imaginación.
Ese pensamiento lo tranquilizó y sus hombros se relajaron un poco. "Está haciendo más frío. No te has sentido bien, así que quédate adentro por la noche. No te esfuerces, ¿de acuerdo?".
Intentó sonar gentil, pero sus palabras le revolvieron el estómago a Deanna. "Guarda tu amabilidad para Talia. Ella es tu esposa, no yo".
La mandíbula de Jayden se tensó. Una opresión hueca le apretó el pecho. Antes de que pudiera responder, su mirada se posó en el vestido de la joven: tenía una mancha oscura de sangre.
Una oleada de preocupación lo invadió y frunció el ceño. "Deanna, ¿qué te pasó?", preguntó mientras tomaba la mano de la chica por instinto.
La vista de la herida, profunda y en carne viva, hizo que se le revolviera el estómago. Su expresión se endureció, ensombrecida por una preocupación que no podía expresar con palabras.
Instintivamente, sus ojos se dirigieron a la mesa. Pero el marco de fotos había desaparecido. Fragmentos de cristal brillaban por el suelo, y en medio de ellos yacía el marco roto, con la foto que ella había guardado como si fuera un valioso tesoro.
Un suspiro entrecortado se le escapó y una fría inquietud se agitó en su pecho. Ella nunca dejaría caer esa foto, era imposible.
Deanna tensó la mandíbula y apartó la mano del hombre de un manotazo. El calor de su tacto hizo que se le erizara la piel.
Jayden se quedó helado, sorprendido por el rechazo. Estaba a punto de hablar, pero un repentino y agudo crujido rompió el silencio antes de que pudiera pronunciar palabra alguna.
El sonido de la porcelana rompiéndose atravesó la tensión del ambiente. Deanna se giró hacia el sonido y encontró a Talia inmóvil en la puerta. La taza que sostenía yacía en pedazos a sus pies, y el agua manchó el suelo. Su rostro estaba surcado de lágrimas mientras temblaba. Su voz se quebró cuando dijo: "Brody, ¿no volviste a la habitación a estas horas porque la estabas acompañando a ella?".
El rostro de Jayden se puso pálido. Pasó junto a Deanna a toda prisa y su tono se volvió suave y desesperado cuando dijo: "Te equivocas, Talia. Ella está herida, solo vine a ver cómo estaba. Ha pasado por mucho desde que... murió su marido".
Sin embargo, antes de que pudiera terminar de explicar, Talia estalló en furia. "¡Deanna, sé que estás de luto, pero Brody es tu cuñado! No puedes usarlo como si fuera un reemplazo de Jayden solo porque se parecen. Es repugnante. Intenta tener algo de dignidad".
Deanna soltó una risa baja e irónica. Si Talia supiera con quién había estado durmiendo las últimas diez noches, ¿seguiría sonando tan digna?
"Relájate", respondió Deanna con frialdad, entrecerrando los ojos. "Jamás tocaría a un hombre que tú ya usaste".
Esas palabras cayeron como una bofetada. Jayden se tensó y la miró fijamente, con sentimientos encontrados reflejándose en su mirada.
Deanna no tenía más paciencia para ninguno de los dos. "Por favor, salgan. Quiero llorar a mi marido en paz".
La forma en que se detuvo en las palabras "llorar a mi marido" le provocó un nudo en la garganta a Jayden. Él la miró una vez más, solo para encontrarse con su mirada afilada como el hielo. Apartó la vista rápidamente.
Talia, demasiado cegada por la humillación para darse cuenta de eso, se giró rígidamente hacia la puerta. Deanna la siguió, cerrándola con una silenciosa finalidad. Al otro lado, el temblor de Talia se transformó en una quietud fría y odiosa, y sus ojos ardían con un brillo peligroso.
Ella suavizó su expresión en un instante. Actuando como si nada estuviera mal, deslizó su brazo por el de Jayden y lo condujo de vuelta a su habitación.
Más tarde, esa misma noche, Deanna escuchó los sonidos inconfundibles y aún más audaces que provenían de la habitación de al lado.
Aunque su corazón se sentía vacío y frío, mantuvo el rostro estoico mientras prendía fuego a la foto conmemorativa, y luego miró su teléfono.
Abrió su bandeja de entrada y encontró un nuevo mensaje: "Señorita Evans, la familia Gordon solicita su mano por novena vez. En esta ocasión, ofrecemos cien millones como gesto de nuestra sinceridad. ¿Lo reconsideraría?".
La familia Gordon, una de las más prestigiosas de Elesport, tenía un estatus tan alto que muchos harían cualquier cosa por formar parte de su mundo.
Sin embargo, la desgracia llegó cuando Connor, el joven sucesor de la familia, cayó en coma hace un año. Ahora, con su tío intrigante esperando una oportunidad, la seguridad del joven pendía de un hilo.
Lo que antes era un tesoro se convirtió en una fuente de problemas interminables, y la mayoría de la gente mantenía la distancia. Para asegurar una esposa para Connor y así continuar la línea familiar, Gerard Gordon hizo todo lo posible, pero nadie estaba dispuesto a entrar en una vida marcada por la posible viudez y el peligro. Con el tío de Connor todavía en escena, casarse con un hombre inconsciente no ofrecía más que riesgo.
Nadie quería casarse con él.
Sin opciones, Gerard fijó su atención en Deanna, que acababa de perder a su marido. Aunque había perdido a sus padres a una edad temprana, siempre se había comportado con la gracia de alguien nacido en la opulencia. Para la familia Gordon, ella era la candidata ideal: compuesta, controlable y dotada de excelentes genes, lo que la hacía perfecta para dar a luz al hijo de Connor.
Una viuda y un hombre en estado vegetativo formaban una pareja extraña. Para otros, parecía una receta para el desastre. Para Deanna, sin embargo, casarse con la familia Gordon significaba irse con cien millones en efectivo y tener un marido que nunca se interpondría en su camino. ¿Dónde más podría encontrar un acuerdo tan ventajoso?
No había ninguna posibilidad de que ella se quedara con la familia Spencer, y volver a la casa de los Evans estaba fuera de discusión.
En el pasado, rechazó todas las propuestas de matrimonio porque su corazón pertenecía a Jayden. Pero eso ya era cosa del pasado.
Con una leve y amarga sonrisa, la joven tecleó en la pantalla y respondió: "Está bien".
La persona que pasó días intentando ponerse en contacto con Deanna había perdido la esperanza, pero todo cambió cuando finalmente recibió una respuesta de ella. El alivio y la emoción lo invadieron de inmediato. "¡Señorita Evans, por fin ha aceptado!", exclamó el hombre. "Es una noticia fantástica. Iré pronto a la finca de los Spencer para que podamos revisar los detalles del compromiso. Si tiene alguna petición, ¡no dude en hacérmelo saber! El señor Gerard Gordon ha prometido hacer todo lo posible para satisfacer sus necesidades".
Deanna se guardó sus pensamientos, sabiendo que lo que realmente deseaba estaba muy por encima de cualquier cosa que los Gordon pudieran ofrecer.
Al hombre no pareció molestarle su silencio y, antes de colgar, le recordó que podía pedir cualquier cosa y en cualquier momento.
Una vez terminada la llamada, Deanna fue a cambiarse.
Desde la "muerte" de Jayden, no le había importado su apariencia. Su elección de atuendos se había vuelto sencilla, y el color había desaparecido de su rostro. Su belleza perduraba, pero estaba opacada por el agotamiento.
Sin embargo, ese día tenía una razón para esforzarse. Iba a negociar una propuesta de matrimonio y necesitaba verse apropiada: elegante y llamativa.
Estaba decidida a ganarse un lugar en la familia Gordon, sobre todo con Richard pisándole los talones.
Si quería tener alguna esperanza de contraatacar, debía causar una impresión audaz ahora.
Una larga respiración calmó sus nervios mientras empacaba lo poco que poseía.
Aproximadamente una hora después, terminó de recoger sus cosas.
Cuando bajó las escaleras, casi chocó de frente con Talia.
Esta última captó la mirada de Deanna. La profunda marca en su cuello, un evidente recuerdo de la noche anterior, dejaba claro lo salvaje que había sido su encuentro con Jayden.
Los ojos de Deanna brillaron con un toque de ironía antes de desviar la mirada.
Justo cuando se disponía a marcharse, la voz de Talia cortó el aire. "Deanna, ¿no sientes ni un poco de vergüenza?".
La aludida se detuvo en seco y se giró, enfrentándola directamente.
La envidia deformaba las facciones de Talia. Siempre había envidiado la belleza de Deanna. Si esta no fuera tan cautivadora, Brody nunca se habría sentido tan atraído por ella. Incluso después de casarse con Talia, no podía superar su obsesión. Para colmo, la noche anterior, el hombre que yacía a su lado había susurrado el nombre de la otra mujer en la cama.
Mirar el rostro delicado pero irresistible de su rival solo avivaba la ira de Talia.
De repente, esta última avanzó y agarró la muñeca de Deanna con un agarre firme. "¡Tu esposo apenas fue enterrado y ya vas tras su hermano! No es de extrañar que hayas terminado así, ¡considerando que creciste sin padres!".
El dolor de las uñas clavándose en su piel sacudió a Deanna.
Al instante, su rostro se endureció. Cualquier mención de sus padres siempre la hacía estallar. Incapaz de contenerse, levantó la mano y abofeteó a la otra con toda la fuerza que pudo reunir.
Un fuerte chasquido resonó, dejando la mejilla de Talia dolorida y roja. Por un momento, ella solo pudo mirar con incredulidad. Nunca había imaginado que Deanna pudiera contraatacar. Su voz tembló mientras decía: "¿De verdad me has pegado?".
"¿Y por qué no?", respondió Deanna, con un tono gélido. "Si no puedes controlar tu boca, yo me aseguraré de que aprendas a hacerlo".
El rostro de Talia se contorsionó de ira, sus ojos brillaron mientras bajaba la voz. "Deanna, ¿de verdad crees que las cosas son iguales que antes? No importa lo que digas, ¡Brody es mi marido ahora!".
Un destello de confusión cruzó el rostro de Deanna. Por un segundo, fue como si Talia estuviera a punto de decir "Jayden" en lugar de "Brody".
Antes de que ella pudiera reaccionar, Talia se tambaleó de repente, perdió el equilibrio y cayó por las escaleras.
Su grito rasgó el aire, sumiendo a toda la familia Spencer en un estado de frenesí.
Jayden corrió a la escena. Al ver a su esposa tendida en los escalones, le ordenó al mayordomo que llamara al médico de la familia.
Se inclinó para sostener a Talia y luego le lanzó a Deanna una mirada venenosa. Con los dientes apretados, espetó: "Si le pasa algo, haré que lo pagues".
Una risa seca e irónica amenazó con escapar de la boca de Deanna. Su propio marido ni siquiera se molestó en averiguar qué había pasado. Simplemente asumió que ella era la culpable y se apresuró a proteger a otra persona. Lo absurdo de la situación la dejó sintiéndose vacía.
Los tres años que pasaron juntos realmente habían sido una pérdida de tiempo.
Jayden se negaba a dejar pasar ese asunto tan fácilmente. Después de ayudar a Talia a acomodarse, agarró a Deanna por la muñeca y la arrastró a la habitación de la primera, insistiendo en que se disculpara.
La joven quiso negarse, pero el agarre del hombre era demasiado fuerte y su cuerpo débil no podía oponer resistencia. No tuvo más opción que seguirlo.
Los dedos de Jayden se clavaron dolorosamente en la muñeca de Deanna, arrastrándola de vuelta a recuerdos que deseaba poder olvidar. Una vez le había pedido que se casara con él, jurando que siempre la mantendría a salvo. ¿Acaso esa era su forma de protegerla?
Una risa hueca se escapó de los labios de la chica, el sonido hizo que el ceño del hombre se frunciera aún más.
"¿Cómo puedes ser tan cruel?", preguntó. "Talia sigue inconsciente, ¿y a ti te parece divertido?".
Sin decir ni una palabra más, la empujó hacia una silla con una fuerza tan feroz que parecía que quería romperle los huesos. No había duda de su intención: quería que ella pagara por lo que había pasado.
Después de lo que pareció una eternidad, el médico por fin salió. "La señora Spencer está embarazada. Es muy reciente, de unos cuarenta días", explicó. "Esa caída puso el embarazo en riesgo. No soy especialista, así que necesitan al doctor Oliver Quinn aquí inmediatamente. Si no, el bebé podría no sobrevivir".
La mente de Deanna dio un vuelco. ¿Embarazada de cuarenta días? Pero si Jayden no había puesto un pie en la casa en todo ese tiempo...