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Nuestro Amor, Nuestro Universo

Nuestro Amor, Nuestro Universo

Autor: : Claudia lvarez
Género: Urban romance
Yo era Sofía, la prometida de Ricardo Valente, el rey del tequila, el sol de Jalisco. Nuestro amor era de cuento de hadas, de esos que salen en las revistas. Hasta el día de nuestra boda. Frente a doscientas personas, frente a su familia, frente a Dios, le dije que no. Y no solo eso: un video mío con su mayor rival, Diego de la Vega, apareció en las pantallas gigantes. Mientras el caos estallaba, mis cómplices transfirieron cada centavo de su fortuna a un paraíso fiscal. Le entregué a Diego los secretos de su nueva fórmula de tequila. Lo dejé en la ruina, emocional y financieramente. Vi la incredulidad en su rostro convertirse en un dolor que me heló la sangre. "Sofía, dime que es una broma. Dime que no es verdad" , suplicó, arrodillado. Me incliné, le arreglé el moño de su charro y le susurré: "Nunca te amé. Y por cierto, el hijo que esperaba no era tuyo" . Mentí. Mentí en todo. Pero él no lo sabía. Vi cómo la última luz de esperanza se apagaba en sus ojos y me fui sin mirar atrás. Cinco años después, una voz metálica resonó en mi cabeza: "Anfitriona Sofía, el periodo de exilio ha terminado." El sistema me obligaba a volver a Jalisco para reparar la relación entre Ricardo y Mariana, la heroína perfecta. ¿Y si me negaba? "Consecuencia del fracaso: Aniquilación." Así, mi vida de lujo y libertad terminó. La villana debía regresar a escena.

Introducción

Yo era Sofía, la prometida de Ricardo Valente, el rey del tequila, el sol de Jalisco.

Nuestro amor era de cuento de hadas, de esos que salen en las revistas.

Hasta el día de nuestra boda.

Frente a doscientas personas, frente a su familia, frente a Dios, le dije que no.

Y no solo eso: un video mío con su mayor rival, Diego de la Vega, apareció en las pantallas gigantes.

Mientras el caos estallaba, mis cómplices transfirieron cada centavo de su fortuna a un paraíso fiscal.

Le entregué a Diego los secretos de su nueva fórmula de tequila.

Lo dejé en la ruina, emocional y financieramente.

Vi la incredulidad en su rostro convertirse en un dolor que me heló la sangre.

"Sofía, dime que es una broma. Dime que no es verdad" , suplicó, arrodillado.

Me incliné, le arreglé el moño de su charro y le susurré: "Nunca te amé. Y por cierto, el hijo que esperaba no era tuyo" .

Mentí. Mentí en todo.

Pero él no lo sabía.

Vi cómo la última luz de esperanza se apagaba en sus ojos y me fui sin mirar atrás.

Cinco años después, una voz metálica resonó en mi cabeza: "Anfitriona Sofía, el periodo de exilio ha terminado."

El sistema me obligaba a volver a Jalisco para reparar la relación entre Ricardo y Mariana, la heroína perfecta.

¿Y si me negaba? "Consecuencia del fracaso: Aniquilación."

Así, mi vida de lujo y libertad terminó. La villana debía regresar a escena.

Capítulo 1

Yo soy la villana de esta historia.

No, no la antihéroe trágica ni la incomprendida.

La villana.

La que arruinó la boda, le robó la fortuna a su prometido y se acostó con su peor enemigo.

Esa soy yo, Sofía.

Y para ser sincera, lo disfruté.

Hace cinco años, yo era la prometida de Ricardo Valente, el rey del tequila, el sol de Jalisco.

Nuestro amor era de esos que salen en las revistas, de los que inspiran canciones rancheras.

Él, con su pasión desbordada y su sonrisa que prometía el mundo.

Yo, su musa, la diseñadora de modas que le daba un toque de elegancia a su mundo rústico.

El día de nuestra boda, la hacienda de su familia estaba adornada con miles de cempasúchiles, el aire olía a agave cocido y a fiesta.

Ricardo me esperaba en el altar, con ese traje de charro que le quedaba espectacular, sus ojos brillosos de pura felicidad.

Yo caminé hacia él con un vestido de mi propio diseño, blanco, puro, una mentira andante.

Llegué a su lado, tomé su mano.

Él me susurró: "Te amo, mi Sofía. Para siempre".

Yo le sonreí, una sonrisa perfecta, ensayada.

Y entonces, frente a doscientas personas, frente a su familia, frente a Dios, le dije que no.

No solo eso.

En las pantallas gigantes que debían mostrar nuestros momentos felices, apareció un video.

Era yo, en la cama con Diego de la Vega, su más grande rival en el negocio del tequila.

La humillación fue total.

Pero no me detuve ahí.

Mientras todos estaban en shock, mis cómplices ya habían transferido cada centavo de la cuenta que compartíamos a un paraíso fiscal.

También le entregué a Diego los secretos de la nueva fórmula del tequila de Ricardo, la que iba a revolucionar el mercado.

Lo dejé en la ruina.

Emocional y financieramente.

Recuerdo su rostro, la incredulidad convertida en un dolor tan profundo que me heló la sangre por un segundo.

Se arrodilló, justo ahí, en medio de las flores y la música interrumpida.

"Sofía, por favor, dime que es una broma. Dime que no es verdad", suplicó, con la voz rota.

Yo lo miré desde arriba.

Me incliné, le arreglé el moño de su traje y le susurré al oído para que solo él escuchara.

"¿Sabes qué, Ricardo? Nunca te amé. Y por cierto, el hijo que esperaba no era tuyo".

Mentí.

Mentí en todo.

Pero él no lo sabía.

Vi cómo la última luz de esperanza se apagaba en sus ojos.

Me di la vuelta y me fui, sin mirar atrás, mientras el caos estallaba a mi espalda.

Cinco años.

Viví cinco años en Europa, gastando el dinero de Ricardo.

Fiestas en yates en Mónaco, desfiles de moda en París, apartamentos de lujo en Milán.

Me convertí en una leyenda, la viuda negra de las finanzas, la diseñadora que se financió con el corazón roto de un hombre.

No me arrepentía.

O al menos, eso me decía a mí misma cada noche, cuando el silencio era demasiado fuerte.

Hoy, estaba en una galería de arte en la Ciudad de México, admirando una pintura abstracta que costaba más que una casa.

Llevaba un vestido rojo, ceñido, escandaloso.

El champán estaba frío, la conversación era aburrida.

Mi vida era perfecta.

Y entonces, escuché una voz en mi cabeza.

No era un pensamiento.

Era una voz real, metálica, sin emociones.

[Anfitriona Sofía, el periodo de exilio ha terminado.]

Casi tiro mi copa.

Miré a mi alrededor, pero nadie más parecía haberla escuchado.

[Misión principal activada: Reparar la relación entre el protagonista masculino, Ricardo Valente, y la protagonista femenina, Mariana Ríos.]

¿Mariana? ¿La dulce y pura Mariana, la amiga de la infancia de Ricardo, la que siempre lo amó en secreto?

Claro. La heroína perfecta para reemplazar a la villana.

[Objetivo de la misión: Asegurar que Ricardo y Mariana se casen y vivan felices para siempre.]

Una risa amarga se me escapó.

"¿Y si no quiero?", pensé, desafiante.

[Consecuencia del fracaso: Aniquilación.]

La voz fue tan fría, tan final, que un escalofrío recorrió mi cuerpo.

No era una broma.

Esta cosa, este "sistema", era real.

Y me tenía atrapada.

[Regrese a Jalisco. Tiene tres meses.]

Y así, mi vida de lujo y libertad se terminó.

La villana tenía que volver a escena.

El avión privado aterrizó en Guadalajara una semana después.

La primera parada obligatoria era una fiesta benéfica organizada por la cámara tequilera.

Sabía que él estaría allí.

Entré al salón del Country Club como si fuera la dueña del lugar.

El murmullo se detuvo de golpe.

Todas las miradas se clavaron en mí.

Y entonces lo vi.

Estaba de espaldas, hablando con un grupo de empresarios.

Pero ya no era el mismo Ricardo.

Sus hombros eran más anchos, su postura era más rígida.

Se giró lentamente, como si sintiera mi presencia.

Nuestros ojos se encontraron a través del salón.

Cinco años lo habían cambiado.

La pasión ingenua en sus ojos había sido reemplazada por una frialdad calculadora.

La sonrisa fácil había desaparecido, dejando una línea dura en su boca.

Se veía más hombre.

Más peligroso.

Más guapo que nunca.

Y a su lado, tomada de su brazo, estaba ella.

Mariana.

Con su vestido color pastel y su sonrisa de ángel.

La heroína.

Ricardo no apartó la vista de mí, su rostro era una máscara de hielo.

Pero por un instante, solo uno, vi un destello en sus ojos.

Un eco del fuego que una vez ardió por mí.

Mi corazón, ese traidor que creí muerto, dio un vuelco doloroso.

La misión acababa de empezar, y yo ya sentía que me estaba ahogando.

Capítulo 2

Soy la villana, la mujer fatal, la malvada madrastra en el cuento de hadas de Ricardo y Mariana.

O, como me llama el sistema, la "malvada personaje secundaria".

Un papel patético.

Pero si tengo que jugarlo, lo haré a mi manera.

Avancé por el salón, el tacón de mis Manolo Blahnik resonando en el silencio incómodo.

Mi vestido, de un satén negro que se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel, era una declaración de guerra contra los vestidos modestos y los colores neutros que dominaban el lugar.

Ignoré las miradas de odio y los susurros escandalizados.

Mis ojos estaban fijos en la pareja protagónica.

Ricardo seguía mirándome, su mandíbula apretada.

Mariana, en cambio, se aferró más a su brazo, su sonrisa dulce se tensó ligeramente.

Parecía un conejito asustado.

Pobre ilusa.

Me detuve justo frente a ellos.

"Ricardo, querido", dije, mi voz sonando deliberadamente sensual, arrastrando las palabras. "Cinco años. Te ves... diferente. La amargura te sienta bien".

Ricardo no respondió, pero sentí la ola de furia que emanaba de él.

Me volví hacia Mariana.

"Y tú debes ser Mariana. La enfermera que curó su corazón roto. Qué tierno".

La cara de Mariana se puso pálida.

"Sofía", dijo, su voz un temblor apenas perceptible. "No sé qué haces aquí, pero no eres bienvenida".

"Oh, cariño", le sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos. "No te preocupes, no vengo a quitarte a tu hombre. Ya lo tuve, lo usé y lo tiré. Solo vine a saludar a viejos amigos".

Mariana abrió la boca para responder, pero las palabras no le salieron.

En su lugar, un pequeño chillido de indignación escapó de sus labios.

Fue lo suficientemente agudo como para que las cabezas más cercanas se giraran hacia nosotros.

Perfecto.

"Veo que mi reputación me precede", continué, disfrutando el momento. "Imagino que todos aquí recuerdan la boda del siglo. O más bien, la no-boda. Fue una pena, la comida se veía deliciosa".

Un murmullo recorrió el salón.

Algunos me miraban con horror, otros con una fascinación morbosa.

Me encantaba.

Ricardo finalmente habló, su voz era un gruñido bajo y peligroso.

"Vete, Sofía".

"¿Por qué? La fiesta apenas comienza".

Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal.

Podía oler su loción, una mezcla de sándalo y cítricos que me trajo un torbellino de recuerdos.

Me incliné ligeramente, asegurándome de que tuviera una buena vista de mi escote.

"Además, escuché que tu tequila 'Corazón de Agave' va de maravilla. Casi tan bien como el 'El Conquistador' de Diego. Qué coincidencia, ¿no?".

La mención de Diego fue la estocada final.

Vi un músculo tensarse en la sien de Ricardo.

Sabía que había tocado la fibra más sensible.

En ese momento, una mano se posó en mi cintura.

"Sofía, siempre sabes cómo hacer una entrada".

Me giré y me encontré con la sonrisa depredadora de Diego de la Vega.

Se veía tan cínico y oportunista como siempre, con su traje caro y su cabello perfectamente peinado.

"Diego", respondí, colocando mi mano sobre la suya en mi cintura. "Veo que los secretos que te vendí te han servido bien".

Diego soltó una carcajada, ignorando las miradas de asombro a nuestro alrededor.

"Digamos que fue una inversión mutuamente beneficiosa. Formamos un buen equipo, tú y yo".

Me apoyé en él, un gesto calculado para provocar a Ricardo.

"El mejor equipo", confirmé, mirando a Ricardo por encima del hombro de Diego.

La cara de Ricardo era una tormenta de emociones contenidas.

Furia, dolor, odio.

Todo dirigido a mí.

Mariana, por otro lado, parecía a punto de llorar.

"Ricardo, vámonos", le suplicó en voz baja. "No tenemos que soportar esto".

Pero Ricardo no se movió.

Estaba atrapado en mi red, justo donde lo quería.

La noche continuó así, conmigo y Diego pavoneándonos por el salón, siendo el centro de un escándalo delicioso.

En un momento, fui al tocador de damas para retocar mi labial.

El lujoso baño de mármol estaba vacío.

O eso creía.

Cuando salí de uno de los cubículos, Mariana estaba allí, esperándome.

Su cara ya no era la de un conejito asustado.

Sus ojos, generalmente dulces, ahora ardían con una furia fría.

"¿Qué es lo que quieres, Sofía?", siseó.

"Ya te lo dije. Solo saludar".

"Mientes. Siempre mientes. Vienes a lastimar a Ricardo otra vez".

Me encogí de hombros. "¿Y si así fuera? ¿Qué vas a hacer al respecto, heroína?".

Su respuesta me sorprendió.

Se abalanzó sobre mí.

No fue un empujón torpe.

Fue un ataque rápido y preciso.

Sus uñas se clavaron en mi brazo, intentando arañarme la cara.

La esquivé por puro instinto, pero logré agarrarla por el pelo.

"Veo que la santa tiene garras", dije, tirando de su cabello hacia atrás.

Ella gritó de dolor y rabia.

"¡Aléjate de él! ¡Es mío!".

"¿Tuyo? Cariño, tú solo tienes las sobras. El hombre que yo rompí".

La empujé contra el lavabo de mármol.

El sonido de su espalda golpeando la piedra fue satisfactorio.

Pero mi satisfacción se vio interrumpida por un sonido que odiaba.

Un sonido que conocía demasiado bien.

Con la punta de mi zapato, le di una patada en la espinilla, lo suficientemente fuerte como para que se doblara.

"Escúchame bien, pequeña mosquita muerta", le susurré, mi voz llena de veneno. "No tienes idea de con quién te estás metiendo".

Justo cuando levantaba la mano para abofetearla, la puerta del baño se abrió de golpe.

Era Ricardo.

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