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Nuestro pacto de amor

Nuestro pacto de amor

Autor: : Eva Gutierrez
Género: Moderno
-¿Crees realmente que puedes hablarme de ese modo solo porque quieres salirte con la tuya? -Oh, ¿en serio? Dígame entonces qué es lo próximo que va a ordenarme, señor. ¿Me ordenará cuántos pasos debo dar dentro de la casa? ¿O me dirá cuántos minutos exactos debo pasarme haciendo cada actividad? ¿Cree qué... -Basta ya. Sin pensarlo, Darío la acorraló contra la pared. Clara lo miraba fijamente y su pecho subía y bajaba con dificultad. Podía ver en sus ojos color miel algo más que el miedo a ser atrapados: el deseo. -¿Quieres saber por qué no quiero que sigas trabajando hoy, Clara? Porque tú eres mía, chiquilla rebelde. ¿Lo entiendes? Eres mía y de nadie más. *** Al quedarse huérfana a los diecisiete años, Clara Hidalgo se ve obligada a buscar empleo para sobrevivir. Comienza a trabajar como empleada doméstica en la lujosa residencia del ardiente, reservado y seguro de sí mismo Darío Andrade. Sin embargo, Darío no solo carga consigo el peso de llevar uno de los apellidos más influyentes del país y la mirada atenta de su despiadado padre, sino que también está comprometido y muy cerca de tener la boda más esperada del año en el mundo de los grandes negocios. La atracción entre Clara y Darío es casi instantánea y electrizante, y los llevará por el peligroso camino de una relación tan apasionada como prohibida. Su romance pondrá en riesgo el futuro de ambos y revelará, además, un gran secreto que envuelve el pasado de Clara y que puede cambiar por completo su vida y la de todos los que la rodean. ¿Podrá su amor sobrevivir a todas las diferencias, mentiras y perjuicios que los separan o terminará por extinguirse el fuego entre los dos?

Capítulo 1 El encuentro inesperado

Iba a llegar tarde. Clara se había perdido en ese maldito barrio de ricos e iba a llegar tarde a su primer día de trabajo. Si esa gente decidía despedirla por eso estaría de nuevo en la calle.

Aunque su madrina mantuviera su custodia legal al menos en papeles, su vida ya era lo suficientemente difícil tratando de alimentar a sus propios hijos. Clara se había quedado con ellos durante casi dos meses después de la muerte de su madre, pero sabía que debía buscarse el sustento por su cuenta.

Había sido bastante afortunada de que, con la ayuda de conocidos que le debían favores a su madrina, hubieran logrado falsificar su expediente laboral para que dijera que su edad era diecinueve años y que venía con unas excelentes referencias de otro trabajo como empleada doméstica.

Y ahí estaba, corriendo con su maleta frente a la hilera de casas, cada una más grande y lujosa que la anterior. Necesitaba llegar lo «menos tarde» posible a la dirección escrita en el pedazo de papel que tenía en su mano libre. Su largo y liso cabello negro se le enredaba en la cara y la maleta rozaba la acera. Sin embargo, no podía detenerse ni un segundo.

Finalmente, vio una señalización que indicaba el número de la calle que llevaba buscando desde que se bajó del autobús. Una gran emoción y alivio la invadieron. Estaba muy cerca. Corrió hacia allí sin siquiera mirar hacia los lados. No tuvo en cuenta que estaba en medio de una intersección bastante peligrosa.

Entonces escuchó el chirreo de las gomas a su derecha.

Como en cámara lenta, se volteó y vio el auto acercarse tanto que no tuvo forma de esquivarlo. La iba a golpear. La maleta se le resbaló de las manos y cerró los ojos esperando el impacto letal. Pero nunca llegó.

Todo se quedó en silencio. Clara solo era capaz de escuchar su propia respiración. ¿Por qué no había recibido el golpe? ¿Cómo era que seguía viva?

Sin lograr moverse aún, abrió muy despacio los ojos y miró hacia el frente. Lo primero que vio fue el Mercedes-Benz negro que estaba a menos de diez centímetros de ella. Sus piernas temblaron solo de pensarlo. Lo segundo que vio fueron unos intensos ojos azules que la observaban atónitos detrás del volante.

Clara permaneció un instante mirando fijamente al dueño de ambas cosas. Después necesitó sentarse en el suelo.

Su pecho subía y bajaba con dificultad y sus manos no paraban de temblar. Era tan torpe que había estado a punto de morir.

El chico se bajó del auto y caminó con prisa hasta llegar a su lado. Se agachó para poder comprobar en qué estado se encontraba. Quizás pensaba que ella estaba loca por cruzar de ese modo la carretera y luego sentarse en el pavimento.

-¿Te encuentras bien? -preguntó él. Su voz era varonil y ronca.

Clara asintió con la cabeza y después se atrevió a mirarlo. Sus mejillas se encendieron de inmediato al detallarlo un poco más de cerca.

Tenía el cabello muy oscuro y lacio. Algunos mechones caían rebeldes sobre su pálido rostro. Sus rasgos eran suaves, pero sin dejar de ser masculinos, y llevaba un impecable traje azul marino que resaltaba incluso más el color de sus vibrantes ojos. Parecía haber sido esculpido por los mismísimos ángeles. Clara calculó que tendría menos de treinta años y era, sin dudas, el hombre más hermoso que había visto en toda su vida.

Se sorprendió al notar que la tomó con firmeza por el brazo y la ayudó a levantarse. Una vez que ambos estuvieron de pie, la expresión de preocupación del chico fue reemplazada por una de enojo.

-¿Acaso estás loca? -le preguntó con el ceño fruncido-. ¿Cómo se te ocurre cruzar la calle de ese modo? Casi terminas bajo las ruedas de mi auto.

-Lo siento -murmuró ella sin atreverse a mirarlo. Sí que había sido algo estúpido-. Es que... voy tarde a un lugar.

Él soltó un bufido.

-Pues casi no llegas. Ni tarde ni nunca -le dijo con un tono irónico.

Clara volvió a asentir.

-Ya dije que lo siento -recalcó, un poco más alto en esa ocasión. Odiaba que la regañaran como si aún fuera una niña pequeña-. Estoy bien, gracias por no matarme. Ya puedes seguir con tu camino.

El chico volvió a bufar, como si no pudiera creer en lo que acababa de escuchar. Sin embargo, se dio la vuelta y regresó a su auto.

-Pues entonces ya puedes apartarte del medio -dijo, aún molesto-. Yo también voy tarde a trabajar.

-¿Acaso en tu casa no te enseñaron modales para tratar con las señoritas? -preguntó Clara con ironía. La expresión del chico se transformó por completo y soltó una risa divertida.

-¿Con las niñas te refieres? -preguntó él con un tono burlón-. Con las que son normales, sí. Con las malcriadas como tú, no.

Y eso sí la hizo sentirse ofendida. ¿Cómo podía ser tan bello y fastidioso a la vez?

-Yo no soy ninguna niña -se apresuró a aclarar ella-. Y puede que sea una malcriada, pero al menos no soy una imbécil que va por ahí tratando mal a las personas.

-¿Qué? -dijo él con incredulidad, pero sin dejar de burlarse-. ¿Sabes qué, niña? La escuela primaria queda del otro lado. Quizás ahí puedan ayudarte, yo no tengo tiempo para lidiar contigo.

-Pues entonces vete a la mierda -respondió ella, muy enojada-. Así nos harías un favor a ambos.

Él soltó una nueva carcajada, pero Clara tampoco tenía tiempo para lidiar con idiotas. La iban a despedir antes de comenzar a trabajar si seguía tardándose. Suspiró profundo para calmarse y tomó su maleta. A diferencia de la vez anterior, miró a ambos lados antes de cruzar y comenzó a caminar rumbo a su futuro empleo, si es que no le habían buscado ya algún reemplazo.

Clara miró por última vez en dirección al chico cuando él encendió el motor del auto. Para su sorpresa, él también la estaba observando con una sonrisa divertida y una ceja elevada. Diablos, sí que era hermoso. Y también un imbécil. Clara le sacó el dedo medio a modo de respuesta. Después cambió la vista y siguió hacia adelante. Sus mejillas estaban encendidas nuevamente.

¿Qué diablos pasaba con ella? Ya se había avergonzado lo suficiente frente a ese cretino. Por suerte, jamás tendría que volver a verlo.

Capítulo 2 Pendientes equivocados

Aún después de llegar a la oficina, Darío no lograba borrar la sonrisa de su rostro. Esa chiquilla primero se había lanzado frente a su auto y luego lo había ofendido por molestarse por eso. Sin embargo, el recuerdo de sus pequeños y carnosos labios llamándolo imbécil y mandándolo a la mierda solo le causaba diversión.

Antes de acomodarse, comenzó a revisar unos documentos sobre las finanzas de la empresa que su padre le había dejado con una nota sobre el escritorio. Ese día su secretaria tenía otros asuntos de los que ocuparse y no se incorporaría hasta más tarde. Por lo tanto, no tenía quien le transmitiera los recados de su progenitor, que generalmente estaba demasiado ocupado como para hablar de manera directa con su propio hijo.

Darío tenía bastante trabajo por hacer, así que mejor empezaba cuanto antes. Se aflojó un poco la corbata y se dispuso a sentarse en su sillón. Sin embargo, escuchó el repiquetear de unos tacones que se acercaban y devolvió los papeles a la mesa.

El pequeño rastro de buen humor que le quedaba se esfumó por completo y se preparó para escuchar más quejas y reproches. Carolina, su prometida, había estado especialmente insistente y molesta esa mañana.

-Darío -lo llamó y entró a la oficina. Como era de esperarse, sonaba enfadada.

Él se volteó muy despacio y suspiró profundo.

-¿Sí? -respondió con una ceja levantada.

-Trajiste los pendientes equivocados -se quejó Carolina y negó con la cabeza. Tenía en sus delicadas manos la caja de regalo que él acababa de dejarle en su oficina mientras ella estaba en algún otro lugar de la empresa.

-¿No me dijiste que eran los dorados?

-¡Sí! -respondió ella y abrió mucho sus ojos grises-. ¡Los otros! Estos me los dio Linda por nuestro compromiso. Los que le compré a mi madre estaban justo al lado. ¿Es tan difícil para ti diferenciar unos pendientes de otros?

-Por Dios, Carolina -dijo él, exasperado y también algo enojado-. Tienes un millón de joyas, ¿cómo diablos quieres que memorice cada una? ¡Tengo cosas importantes que hacer!

No como ella, que se pasaba el día de un lado al otro en la empresa y participando en las juntas mientras fingía que trabajaba. Solo tenía un puesto allí porque su padre no quería que su amada hija se aburriera en casa o se sintiera inútil.

-¿El cumpleaños de tu suegra no te parece algo importante? -replicó Carolina y cruzó los brazos sobre su pecho. Sus labios rojos se tensaron en una delgada línea.

Entonces Darío tomó una enorme bocanada de aire. Todo era por un bien mayor, debía calmarse. Ella no era así por lo general, de cualquier modo. Se repetía a sí mismo una y otra vez que su dulce prometida solo estaba nerviosa e irritable en esos días a causa del aplazamiento de la boda.

-Tienes razón, cariño -dijo él con un tono de voz suave y se acercó para tomarla por los hombros y darle un pequeño beso en la mejilla-. Ahora mismo necesito un rato para analizar estos papeles que mi padre me trajo. Prometo que apenas termine volveremos los dos a casa y podrás recoger el regalo para tu madre. Después iremos a almorzar con ella, ¿de acuerdo?

Los ojos de Carolina se iluminaron al escucharlo y le regaló una hermosa sonrisa.

-De acuerdo -dijo ella y lo abrazó-. Gracias, amor.

-No me agradezcas. Es un placer para mí verte feliz -respondió él y la besó con suavidad en su cabellera dorada.

Al quedarse satisfecha, su prometida salió y cerró la puerta tras de sí. Darío expulsó el aire que estaba conteniendo y se lanzó en su sillón tras el escritorio. Necesitó zafarse mucho más la corbata. Si había algo que odiaba, eso era compartir espacio con sus suegros. No obstante, ellos eran los amigos y socios más cercanos de su padre, así que no podía rehusarse.

Por suerte, Carolina no tenía tanto en común con su odiosa madre como podría pensarse, aunque quizás las frecuentes visitas para los preparativos de la boda no le estaban haciendo nada bien. En el tiempo que habían vivido en casa con su padre habían sido bastante felices.

Pero estaban a punto de casarse, y era lógico que compraran una casa solo para los dos. El problema es que quedaba demasiado cerca de la de sus suegros y la semana que llevaban viviendo ahí apenas había visto a su futura esposa.

Sin embargo, trataría de complacerla lo más posible hasta la ceremonia. Estaba seguro de que después todo se desarrollaría sin más contratiempos y que, tanto en los negocios como en su vida personal, todo funcionaría a la perfección. Ambas familias llevaban mucho tiempo planeándolo todo, ¿qué podía salir mal?

Capítulo 3 La nueva empleada

Cuando llegó a la casa correcta, Clara tocó de inmediato el timbre de la enorme puerta acristalada y se abrazó a sí misma mientras esperaba a que le abrieran. Su pequeña maleta descansaba a su lado en el piso. No tenía demasiadas pertenencias y lo prefería de ese modo. Las mudanzas constantes por las que había pasado junto a su madre le habían enseñado la importancia de ser práctica y de no sentir demasiado apego por nada material.

Escuchó los pasos que se acercaban y vio la silueta a través del cristal. Una señora de unos cincuenta años le abrió. Su traje negro estaba impecable, sin una arruga siquiera, y su cabello estaba perfectamente recogido hacia atrás. Observó a la chica con cierta molestia.

-¿Clara Hidalgo? -preguntó con dureza y Clara asintió-. Llegas más de media hora tarde. Pensé que no aparecerías.

La chica tragó en seco y cruzó los dedos esperando que eso no los hiciera cambiar de idea sobre contratarla. Debía estar a prueba una semana para obtener el trabajo de manera definitiva, y ya había empezado con muy mal pie.

-Lo siento, señora -dijo ella, avergonzada-. Tuve un pequeño accidente mientras venía hacia aquí.

La mujer cruzó los brazos en su pecho sin suavizar la expresión de su rostro.

-Pues, por tu bien, espero que sea el primero y el último -respondió-. La familia Andrade es bastante rigurosa cuando se trata del cumplimiento del deber, y muchas personas desearían tener el privilegio de trabajar para una familia tan distinguida. Entra.

En realidad, Clara sí sabía que muchas personas querían un trabajo como ese que, además de buena paga, ofrecía vivienda y comida. Solo estaba ahí gracias a su madrina, que conocía a muchas personas porque también había trabajado como empleada doméstica para familias adineradas durante toda su vida.

La mujer se apartó de la puerta para permitirle pasar.

-Mi nombre es Marta -añadió mientras Clara tomaba la maleta y caminaba dentro-. Soy la secretaria del señor Darío.

«Darío», se dijo Clara. Le gustó el nombre de su patrón. Solo esperaba que fuera una persona accesible y no tan estirada, aunque estaba consciente de que eso era bastante improbable.

Todo en esa casa la hacía sentir diminuta. Dio un vistazo a su alrededor mientras seguía con torpeza a Marta. Si por fuera parecía un pequeño palacio, por dentro era mucho más sorprendente.

Al igual que en el exterior, la decoración dentro oscilaba entre blanco y diferentes tonos marrones. Casi todos los muebles eran de madera y parecían recién estrenados. Estaba todo tan pulcro que pensó que jamás se atrevería a sentarse o apoyarse en algún sitio por temor a ensuciarlo.

El espacio estaba muy bien iluminado, pues todas las puertas y ventanas eran de cristal y la mayoría ni siquiera tenían cortinas. Clara supuso que, como se trataba de un vecindario de clase alta, no tenían que preocuparse por los mirones o los robos. Había bastante seguridad en la entrada del condominio y ella misma había tenido que identificarse y mostrar su contrato temporal para que le permitieran entrar.

El piso de mármol blanco estaba tan pulido que de andar en falda podían verle la ropa interior. Agradeció que la mayor parte estuviera alfombrada. Un espejo ocupaba media pared en el salón. Se dio un fugaz vistazo en él cuando pasaron por delante. Era una nota discordante en un lugar como ese, pero le daba igual. Le había prometido a su madre antes de morir que nunca se daría por vencida y que se esforzaría mucho para salir adelante.

Por último, le llamó la atención que tuvieran un piano justo al lado de los sofás. ¿Alguno de sus patrones sabía tocarlo?

Marta le dio un recorrido bastante fugaz por la planta baja de la casa, enfocándose en la cocina y en el cuarto de lavado, los dos sitios que Clara mejor debía conocer. Arriba estaban el dormitorio de los patrones, el señor Darío y la señorita Carolina, y las habitaciones de invitados.

Ella dormiría en un pequeño cuarto justo al lado del de lavado. No tendría que compartirlo porque, según Marta, la señorita Carolina era muy sensible y prefería tener solo a las personas imprescindibles a su alrededor, que eran básicamente Darío, Clara y quienes se ocupaban del jardín y la piscina, y que iban solo un par de veces a la semana.

Marta le explicó, además, que su trabajo consistía en mantenerlo todo limpio y también en cocinar, pero que los patrones rara vez cenaban en casa y que avisaban con antelación sobre el menú que deseaban. La chica se sintió bastante intimidada al enfrentarse de verdad a todas las responsabilidades que tendría, y quizás su expresión la delató.

-Parece mucho trabajo -le dijo la mujer. Ya no parecía enojada, a pesar de que su tono seguía siendo de rectitud-. Y ciertamente lo es, pero cuando te acostumbres lo verás como algo rutinario y más sencillo. Esta casa no es tan grande comparada con las demás de este barrio. Los Andrade son personas admirables y muy humildes, odian presumir.

Clara bufó mentalmente al escucharla, pero se limitó a asentir. Debía estar de broma, ¿no?

Marta le señaló hacia un pequeño armario que había junto al cuarto de lavado.

-Escoge ahí un uniforme y unos zapatos que te sirvan. Debes llevarlo durante todo el día y lucir presentable.

La chica asintió y tomó un conjunto de camisa y falda negra hasta las rodillas que pensó que le serviría. También tomó un delantal blanco y unos zapatos negros con un diminuto tacón que eran de su talla de calzado.

En la entrevista de trabajo no le habían dicho que parecería que estaba de luto todo el tiempo con ese uniforme tan horrendo y soso, aunque ya lo imaginaba. Tenía cierta experiencia como camarera en algunas celebraciones especiales en casa de los patrones de su madrina, y en todas debía vestirse de un modo similar.

Había sido una entrevista bastante rápida y superficial, en realidad. Se la había hecho una mujer que al parecer trabajaba para el padre de Darío: Diego Andrade, un hombre muy distinguido y poderoso, según había escuchado. No le habían dado demasiados detalles, apenas sabía que trabajaría para una joven pareja. Clara supuso que, como acababan de comprar la casa, necesitaban una empleada con urgencia.

-Deja la maleta en tu cuarto y cámbiate rápido -le dijo Marta-. El polvo le causa alergia a la señorita Carolina y tienes que limpiar su habitación todos los días. ¿Tienes teléfono celular?

Clara asintió una vez más. Era un cacharro bastante viejo, pero funcionaba.

-Anota mi número -añadió la mujer-, en caso de que tengas alguna duda o contratiempo «muy urgente». Suelo estar bastante ocupada.

La chica no pasó por alto su énfasis en «muy urgente». O sea, no debía llamarla a menos de que se incendiara la casa. Sin embargo, acató sus palabras en silencio como la buena empleada que debía ser y anotó el número. Después, fue hasta su habitación y soltó la maleta. Se cambió a toda prisa y se acomodó el cabello en una perfecta coleta alta para que no le molestara en la cara, aunque el flequillo no tenía forma de recogerlo sin que volviera a soltarse de inmediato.

-Tu expediente dice que sabes cocinar -le dijo Marta cuando regresó a la cocina mientras hojeaba en sus manos una copia de sus papeles.

-Así es -respondió en un tono muy bajo.

En realidad, no se le daba nada mal. Su madre había sido una excelente cocinera, aunque eso solo le había valido para pasarse la mitad de su vida encerrada en la parte trasera de un restaurante de mala muerte. Clara sintió una punzada de dolor al pensar en eso.

-Bien -respondió Marta, sacándola de sus pensamientos-. Pues ya todo está dicho. Si eres la mitad de eficiente de lo que dice tu expediente no debes tener problemas.

-Muchas gracias -respondió la chica y esbozó una pequeña sonrisa. Tenía que hacer un arduo trabajo para lograr cubrir sus mentiras. No le quedaba de otra.

La mujer ni siquiera le prestó atención. Miró su reloj y guardó los documentos en su portafolios. Luego se marchó y la dejó sola en esa imponente casa. Clara sintió el enorme impulso de curiosear por todos lados, pero debía ponerse manos a la obra. Tendría mucho tiempo para aprenderse hasta el último rincón, iba a vivir ahí a partir de ese día. Al menos podía ser libre de fantasear con una vida que jamás podría permitirse.

El cuarto de los patrones parecía de la realeza. En la cama cabían unas cuatro o cinco personas y la tele que tenía justo en frente ocupaba casi la mitad de la pared. Las cortinas y las sábanas eran de satén blanco mientras que las mantas y los cojines eran de color marrón con diferentes estampados. En lugar de ventanas, había una enorme puerta de cristal que llevaba al balcón con vistas a la piscina y al verde y florido jardín de la casa.

Dentro de la habitación había un cuarto de baño con una tina rodeada de velas aromáticas y todo tipo de accesorios y productos para el cuidado del cuerpo y del cabello. Por último, tenían un ropero que casi igualaba el tamaño del cuarto. Los ojos de Clara casi rodaron fuera de sus cuencas al echarle un vistazo a la colección de trajes y vestidos de lujo que había ahí dentro.

¿Esa era la gente tan humilde que describía Marta? No quería ver entonces a los que no lo fueran.

Comenzó a limpiar la habitación con esmero y mucho cuidado de no dañar nada. Aspiró las alfombras para eliminar hasta la última partícula de polvo y también limpió los muebles. Le faltaba muy poco para terminar cuando escuchó unas voces y pasos que se acercaban. Todo su cuerpo se tensó. No había escuchado el ruido del auto al llegar y le intimidaba un poco conocer a Darío y a Carolina.

¿Estaban de vuelta tan temprano? Ella creía que regresarían en la tarde.

-Dios, Darío -se quejó una voz chillona. Sonaba enojada-. Pensé que serían solo unos minutos y nos demoramos más de dos horas. Ya no podremos almorzar con mi madre. Tendré que decirle que nos veremos a la hora de la cena. ¿No puedes soltar la maldita empresa por al menos un...

Se detuvo de repente al entrar a la habitación y ver a Clara. Frunció el ceño y sus penetrantes ojos grises la observaron con extrañeza.

-B-buenos días, señorita -dijo Clara en un tono bajo.

Era una mujer delgada y esbelta. Sus tacones y su ceñido vestido amarillo pálido la hacían parecer una modelo. Llevaba un brillante collar de perlas y su cabello rubio perfectamente peinado y recogido. Clara se sintió abrumada con lo joven y hermosa que era su patrona.

-¿Y tú quién diablos eres? -soltó la rubia. Al parecer, solo era atractiva por fuera.

¿Qué estaba mal con esa mujer? ¿Acaso no veía su uniforme y el jarrón y el trapo que Clara tenía entre sus manos? Más obvio no podía ser. Sin embargo, ella respondió con mucha suavidad:

-Mi nombre es Clara, señorita. Soy la nueva empleada doméstica.

-¿Esos incompetentes no pudieron escoger a alguien con menos experiencia que tú, acaso? -respondió Carolina con una mueca de desagrado.

Clara abrió mucho los ojos al escucharla. ¿Cómo podía hablarle con tanto desprecio sin conocerla siquiera? No obstante, todo lo relacionado a Carolina pasó a un segundo plano cuando el señor Darío apareció tras su prometida y entró a la habitación.

Tenía que ser solo una broma. Una de pésimo gusto.

No era otro que el chico que había estado a punto de atropellarla esa mañana y al que había llamado imbécil.

Los nervios la traicionaron y el jarrón se le resbaló de las manos. Trató de detenerlo, pero fue imposible. Cayó al suelo y se hizo añicos, sobresaltándolos a los tres. Carolina soltó un chillido.

«Mierda», se dijo Clara sin atreverse a levantar la vista. Ya podía considerarse despedida.

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