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Nunca digas nunca

Nunca digas nunca

Autor: : Gilbert Soysal
Género: Moderno
Sólo hace falta un segundo para que el mundo de una persona se derrumbe. Este fue el caso de Hannah. Durante cuatro años le entregó todo su amor a su marido, pero un día él le dijo fríamente: "Divorciémonos". Hasta ahora se dio cuenta de que todos sus esfuerzos de los últimos años fueron en vano. Su marido no la amó. Mientras ella procesaba la noticia, la voz indiferente continuó: "Deja de fingir que estás sorprendida. Nunca dije que te amaba. Mi corazón siempre ha pertenecido a Eliana. Sólo me casé contigo para apaciguar a mis padres". El corazón de Hannah se rompió en un millón de pedazos cuando firmó los papeles del divorcio, marcando el final de su reinado como esposa devota. La mujer fuerte que tenía dentro rápidamente se manifestó. En ese momento, juró no volver a depender de un hombre nunca más. Su aura era extraordinaria cuando se embarcó en el viaje por encontrarse a sí misma y dominar su propio destino. Cuando regresó, había madurado mucho y era completamente diferente de la esposa dócil que todos conocieron. "¿Qué estás haciendo aquí, Hannah? ¿Es tu truco para llamar mi atención?", preguntó su arrogante exmarido. Antes de que pudiera responder, un CEO autoritario apareció de la nada y la tomó en sus brazos. Él le sonrió y, en tono de amenaza, dijo: "Sólo para advertirle, señor, ella es mi amada esposa. ¡Aléjese de ella!". El exmarido no podía creer lo que oía. Él pensó que ningún hombre se casaría jamás con Hannah, pero ella le demostró que estaba equivocado. Pensó que ella nunca lograría nada. No sabía que habría aún más sorpresas por venir...

Capítulo 1 Divorcio

"Divorciémonos".

Un escueto par de delicadas hojas de papel marcaban la conclusión de un matrimonio de cuatro años.

Los delgados dedos de Hannah Moore rozaron el nombre entintado de su marido que figuraba en el documento. Al levantar los ojos para encontrarse con los de Declan Edwards, su mirada llorosa era inequívoca.

"¿No hay ninguna posibilidad para nosotros?", preguntó.

La voz le temblaba ligeramente, afectada por la emoción y el esfuerzo de las tareas domésticas. Las gotas de sudor se le pegaban a la frente y a las gruesas monturas de sus gafas negras, dándole un aspecto torpe y anodino.

Habiéndose anticipado a su regreso aquella noche, con la ilusión de hablar sobre su futuro, ella se había levantado temprano, había escogido cuidadosamente algunos alimentos frescos, había cocinado y había ordenado la casa. Pero sus esfuerzos le parecieron inútiles al enterarse de la desgarradora noticia.

"Nuestro matrimonio era esencialmente un acuerdo comercial", espetó Declan, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo, "Además, Eliana volverá pronto".

Así que eso era todo.

Eliana Patel, la mujer que ocupaba el corazón de Declan, era la persona a la que nunca podría dejar marchar.

Con la lengua pegada al paladar, Hannah experimentó un escozor familiar. Inclinó la cabeza, con la mente algo ofuscada. Cada vez que Eliana aparecía, Declan abandonaba todo, incluso sus propios principios.

Ciertamente, el matrimonio entre ellos había sido por obligación. Y a lo largo de los años que pasaron juntos, él nunca olvidaba su devoción por Eliana.

Después de un silencio infinito, Declan miró a la mujer que tenía delante.

Hannah era indiscutiblemente hermosa, de piel tersa, nariz finamente perfilada y labios como pétalos de rosa. Incluso detrás de unas gruesas gafas, sus ojos chispeaban de cuando en cuando bajo la luz.

Sin embargo, era una mujer sencilla, casi aburrida.

Su conducta siempre era moderada, y la fachada de esposa obediente, que había mantenido durante tanto tiempo, era tan poco interesante como un vaso de agua.

Encajaba a la perfección en el papel de la señora Edwards, pero nunca podría ser la mujer que él realmente deseaba.

Declan apagó el cigarrillo y comenzó a decir:

"Tú una vez...".

Hizo una pausa y sus ojos se detuvieron en la expresión de Hannah. Ella mantenía la cabeza agachada, pareciendo ser agraviada.

Tras considerar mejor las palabras, él dijo con frialdad:

"Dados tus antecedentes, es posible que te resulte complicado encontrar trabajo en el futuro. Así que, además de los acuerdos de propiedad, recibirás tres chalés adicionales. También podrás quedarte con el Ferrari de serie limitada, y yo aportaré personalmente cincuenta millones de dólares".

En una ocasión, cuando Eliana se había trasladado al extranjero, Declan la había seguido por amor. El patriarca de los Edwards se indignó tanto que estuvo a punto de desheredarlo. Solo un acto dramático por parte de su madre, una amenaza de suicidio, había conseguido que Declan volviera al redil familiar.

Y para recuperar el favor de su familia, había aceptado casarse con Hannah, de quien se rumoreaba que acababa de salir de la cárcel.

Aunque no sentía nada por ella, estaba dispuesto a ofrecerle una generosa indemnización, reconociendo sus años de servicio y su excelente relación con la familia Edwards.

Aquello era como tener caballos por placer, pero a sabiendas de que había un coste.

Declan señaló el acuerdo con su largo dedo índice, dejando al descubierto aquel importante anillo que había permanecido en ese dedo durante cuatro años. A Hannah le ardieron los ojos.

"Tienes tres días para pensártelo. Pero no me hagas esperar, mi paciencia tiene un límite".

"No hace falta".

Hannah tomó un bolígrafo negro que había a su lado y firmó en la zona designada.

"Estoy con la mente despejada. Me mudaré hoy mismo y no te estorbaré más", añadió.

"Muy bien", respondió Declan, imperturbable.

Debía reconocer que, incluso ahora, Hannah se mantenía aplomada y sensata, sin causarle problemas en ningún momento. En realidad, como señora Edwards, era sin duda la esposa más adecuada entre la élite de la sociedad.

Desgraciadamente, el amor no era algo que pudiera dictarse.

Y cuando Declan estaba a punto de seguir hablando, la puerta se abrió de golpe. Sadie Edwards, su hermana menor, irrumpió y dijo:

"Declan, he oído que hoy te separas de la delincuente. ¿Te importa si me quedo con ese Ferrari de lujo?".

Su mirada se cruzó con la de Hannah, que se había girado para verla, y puso los ojos en blanco.

Contrariado, Declan dijo:

"¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? Si estoy hablando de negocios, tienes que tocar la puerta antes de entrar. Tu comportamiento no es digno de una señorita de la alta sociedad".

Apoyada en la mesa, Sadie sonrió socarronamente.

"De acuerdo, lo entiendo. Ahora, dame las llaves del auto, ¿quieres? Tengo planes con mi amiga para dar una vuelta".

Siempre indulgente con su testaruda hermana, Declan asintió en dirección a Hannah.

"Dale las llaves".

Hannah bajó los ojos, y respondió con voz pausada:

"Creía que habías dicho que ese auto era mío".

Sus palabras seguían siendo tan suaves como siempre, pero Declan sintió un escalofrío.

Enfurecida, Sadie se abalanzó sobre Hannah y la empujó con fuerza.

"¿De qué demonios estás hablando? Todo lo que hay aquí pertenece a mi hermano. ¿Qué se supone que tienen que ver estas cosas contigo? ¡Entrégame las llaves!".

Durante todos sus años en la familia Edwards, Hannah siempre había mostrado un buen corazón hacia Sadie.

Sin embargo, la joven no era más que un imán para los problemas, y siempre acudía a su madre cuando las cosas se torcían.

En una ocasión, había provocado a la hija menor de la familia Mitchell y se había visto cautiva en lo alto de una torre por Bryson Mitchell, el tercer hijo y el patriarca de la familia. De no haber sido por la intervención de Hannah, Sadie podría haber quedado lisiada de por vida al caer desde aquella altura.

Sin embargo, como recompensa a su amabilidad, Sadie la tachaba de delincuente.

"No".

Hannah estaba decidida, clavando los ojos en Declan.

"Quiero el auto. Lo prometiste, Declan. Siempre has sido tan generoso. Al fin y al cabo, solo es un auto", añadió.

En ese momento, Declan comprendió que la mujer que tenía delante era una Hannah completamente distinta de la que había estado maltratando todo este tiempo.

Tomándose una breve pausa, se volvió hacia su hermana y dijo:

"Tenemos muchos autos en casa. Ve a mi garaje y elige uno para ti".

Sadie, sin embargo, era una joven mimada y obstinada. Salvo aquella vez que se había enfrentado a Bryson, nadie se atrevía a desafiarla, y menos una mujer con un historial delictivo como Hannah.

Señalándola con un dedo acusador, Sadie exclamó:

"Respóndeme, ¿me vas a dar el auto o no?".

"No... No lo haré".

¡Paf!

Una bofetada mordaz aterrizó en la mejilla derecha de Hannah.

"Tienes agallas, comportándote de forma tan audaz por aquí. ¿Quién te crees que eres? Ni siquiera eres digna de servirme".

Los ojos de Declan centellearon por un instante antes de reasumir su expresión neutra.

"Sadie, cuida lo que dices".

Acunándose la mejilla afectada, Hannah miró de reojo a Sadie y dijo:

"Está clarísimo que nadie te ha enseñado modales".

La joven levantó la barbilla en señal de desafío.

"¿Y qué...? ¡Ah!".

Haciendo caso omiso de las flores que aún tenía dentro, Hannah tomó un jarrón cercano y vertió el agua que contenía sobre la cabeza de Sadie.

"Considéralo una lección de parte de alguien que se preocupa lo suficiente por ti como para instruirte".

Capítulo 2 Acoso

"¡Estás loca, Hannah!", gritó Sadie.

En medio de sus gritos histéricos, Hannah salió del estudio sin mirar atrás.

Tan pronto como se marchó, apareció un mensaje de texto en su celular.

Era Lydia Phillips, su mejor amiga.

"En serio, Hannah, ¿realmente no irás al Bar Crimson esta noche? El matrimonio no es un retiro espiritual. ¡No debes dejar de lado a tus amigos solo por el idiota de Declan! ¡Por favor! ¡Ven con nosotros! Te aviso, Kris dijo que inundará mi celular con llamadas si no vienes".

"Tienes razón...", respondió Hannah.

"Espera, ¿qué?".

"Ya no estoy casada, Lydia. Hoy regreso a mi vida real".

Después de un breve silencio, la conversación se inundó de signos de exclamación. Prácticamente, Hannah podía sentir la emoción burbujeante de su mejor amiga.

"¡En diez minutos! ¡Dame solo diez minutos! ¡En ese tiempo estaré frente a tu puerta para celebrar tu glorioso regreso!".

Incluso luego de que la puerta del estudio se cerró de golpe, Sadie todavía no podía creer lo que acababa de suceder. Entonces, desató su ira contra Declan.

"¿De verdad vas a dejar que esa maldita perra me pisotee? ¡Tráela de regreso y dale su merecido! ¡También quiero echarle agua en la cara!".

"¡Basta!", le espetó el hombre fríamente. "Por Dios, solo mírate. ¿Dónde está tu dignidad? ¡Eres una Edwards, no una pandillera de los bajos fondos!".

Esa era la primera vez que él reprendía a Sadie de esa manera, dejándola estupefacta.

Luego de ver a Declan concentrado en su trabajo, ella le preguntó con cautela:

"Ya que no puedo llevarme el auto, ¿puedo acompañarte al banquete de bienvenida esta noche? Han pasado muchos años desde la última vez que vi a Eliana y la extraño".

Declan agitó su mano con desdén.

"Bien, pero no me molestes".

Tomando eso como un sí, Sadie salió feliz del estudio.

Ahora, solo y en silencio, el brillo de la pantalla de la computadora captó la mirada vacía de Declan. A pesar de sus esfuerzos por concentrarse, la visión de Hannah echándole agua a Sadie seguía persiguiéndolo. Tenía la extraña sensación de que realmente nunca había conocido a su esposa...

Lydia, siempre puntual y decidida, había prometido estar allí en diez minutos, pero llegó a los ocho, salió de su Mercedes Benz y le silbó a Hannah.

"¡Por la libertad de mi mejor amiga!".

Antes de que Hannah pudiera responder, ella abrió una botella de champán y el líquido espumoso empapó su traje.

"No tuve tiempo para traer fuegos artificiales, así que el champán será suficiente. ¡Espero que te guste!".

Hannah suspiró y lanzó su bolso en el asiento trasero. De repente, apareció la llave del auto ante sus ojos.

"¿Te gustaría conducir este Benz modificado? ¡Ya han pasado cuatro años desde que estuviste al volante!".

Ella apartó la mano de Lydia y se sentó en el asiento del copiloto.

"No, lo siento".

Lydia se rio, pisando el acelerador, y su voz estaba llena de picardía.

"Bueno, ya basta de tonterías. Dime, ¿qué fue lo que te sacó de tu hechizo de amor?".

Con la barbilla apoyada en una mano, Hannah parecía perdida en un ensueño lejano, dejando atrás su pasado.

"Eliana ha regresado".

Al escuchar eso, Lydia sonrió y replicó:

"Tanto Tú como Declan son testarudos. A veces me pregunto si ustedes deberían hacerse una prueba de paternidad para ver si son parientes. ¿Por qué esa obsesión por coleccionar basura?".

Incluso mientras Lydia continuaba con su sermón, los pensamientos de Hannah estaban en otra parte.

El recuerdo que ella tenía de Eliana era vago, pero impactante. Era una joven amable, sensata y considerada. Esas eran las cualidades que formaban el retrato mental que Hannah tenía de Eliana, una imagen que ella había intentado emular durante cuatro años.

Había copiado el cabello negro y liso de Eliana, su forma de vestir e incluso sus cordiales palabras; todo en un intento desesperado por llamar la atención de Declan.

Pero al final, las imitaciones seguirían siendo falsas siempre.

Bostezando, Hannah respondió con desgano:

"Probablemente porque nadie se enamora de una mujer con antecedentes penales".

Lydia puso los ojos en blanco.

"Ay no, no vuelvas con esas tonterías otra vez. Si tu demente hermanastra no hubiera difundido mentiras acerca de que estuviste en prisión durante tu aislado entrenamiento en Summerdell, ¿crees que Declan se habría atrevido a actuar con tanta audacia? Por cierto, ahora que eres libre y divorciada, ¿estás interesada en la próxima carrera de autos?".

"No".

Hannah se reclinó en el asiento y apoyó el cuello con la mano.

"Sinceramente, ni siquiera tengo ganas de salir".

"No has estado pensando en tu pena amorosa, ¿verdad?", le preguntó Lydia, mirándola con escepticismo.

Ella permaneció en silencio, pero su repentino cambio de comportamiento le dio a su amiga toda la confirmación que necesitaba.

Enojada pero intrigada, los ojos de Lydia brillaron.

"¡Moonshadow también estará allí! ¿Recuerdas que él era el único oponente que podía competir contigo? ¿De verdad no quieres ver al hombre detrás de la máscara?".

El circuito East Coast Racing era un paraíso subterráneo para carreras de auto muy peligrosas, que atraía a una mezcla de personas ricas en busca de emociones y algunos privilegiados adictos a la adrenalina. Cada conductor llevaba a la pista un auto modificado a medida y el nivel de competencia era tan salvaje que podía poner en riesgos sus vidas.

Para mantener el anonimato de los competidores, los organizadores de las carreras exigían el uso de máscaras. El único objetivo en la pista era ganar o perder. A nadie le importaba realmente quién estaba detrás del volante. Sin embargo, había una excepción. Un piloto de carreras podía desafiar directamente a otro. Si la persona desafiada aceptaba y perdía, era desenmascarada en ese mismo momento en la pista y desterrada del circuito.

Con un brillo de emoción en los ojos, Hannah de repente se animó.

"Muy bien, vamos a comprobarlo".

Bajó la cabeza y tiró del dobladillo de su ropa.

"Pero primero, necesito cambiarme esta ropa".

Lydia miró el conjunto de Hannah y sonrió.

"¿Qué, vas a cambiar un vestido de casa por otro? ¡Si te presentas en un bar vestida así, la gente pensará que secuestré a una aburrida ama de casa!".

Hannah arqueó una ceja.

"¿Y quién dijo que me pondría un vestido de casa?".

Media hora después, entraron al Bar Crimson.

Arriba, una multitud de personas se arremolinaba, se sentaba y bebía. Sin embargo, la atención de todos parecía centrarse en la mujer que estaba sentada en un área reservada de la esquina.

Llevaba un hermoso vestido rojo vibrante con flecos, que recordaba a una seductora actriz de alguna película clásica.

"¡Han pasado tantos años desde que usaste algo tan llamativo!", exclamó Lydia.

"Sabes muy bien que tienes una figura impresionante, pero siempre usas ropa de oficina aburrida o vestidos de vieja. Como si estuvieras constantemente encerrada en la mansión de la familia Edwards", agregó.

Hannah sonrió sin responder.

En sus primeros días de casada, ella había hecho un esfuerzo para lucir glamorosa, pero fue reprendida por su suegra por verse demasiado llamativa y por no encarnar las virtudes femeninas adecuadas de una dama de alta sociedad; Declan estuvo de acuerdo con su madre y también la juzgó con frialdad.

A pesar de todo, esos días quedaron atrás. Ahora, ella era libre de las ataduras de la familia Edwards y podía vestirse como quisiera.

Mientras ellas hablaban, el celular de Lydia vibró. La expresión de su rostro cambió de inmediato. Levantó su celular hacia Hannah y se excusó:

"Necesito atender. Iré afuera".

Tan pronto como ella se fue, Hannah comenzó a limpiarse una mancha de vino en el dorso de su mano. Inesperadamente, una mano tosca la agarró del hombro.

"Hola, hermosa, ¿estás sola? ¿Te importaría si nos sentamos contigo?".

Capítulo 3 Tu preocupación es la mía también

Para cuando Declan y Sadie pisaron el interior del Bar Crimson, Eliana y su pequeño círculo de amigos ya llevaban un rato instalados en un reservado.

"¡Eliana, te he extrañado una barbaridad!".

En un despliegue de teatralidad, Sadie rodeó a Eliana con los brazos, aferrándose a ella y montando un numerito de lo más tierno.

Eliana le acarició dulcemente la cabeza y le dijo:

"¿Por qué sigues comportándote como si tuvieras cinco años?".

Luego sus ojos se desviaron hacia el hombre de rostro severo que estaba sentado frente a ella, y añadió en tono significativo:

"Sin embargo, solo tú, bomboncito mío, pareces pensar en mí".

Sadie se sobresaltó y añadió:

"¿Estás bromeando? Mi hermano siempre te ha echado de menos. Tan pronto como se enteró de que volvías, echó a su mujer a la calle".

En cuanto cerró la boca, el reservado se llenó de gritos de júbilo, y Eliana no pudo reprimir una sonrisa.

Esa mujer, que había ocupado los pensamientos de Declan día y noche, estaba ahora sentada frente a él, mirándolo a los ojos cálidamente. No obstante, un peculiar malestar le carcomía el corazón.

Y cuando se disponía a hablar, uno de sus amigos exclamó:

"¡Mierda! Declan, ¿no es esa tu mujer?".

Al girar la cabeza, Declan se encontró con Hannah, resplandeciente, con su cabello ondulado cayendo como una cascada, maquillada de forma cautivadora y con un llamativo vestido rojo que realzaba su esbelta cintura y dejaba al descubierto sus interminables y perfectas piernas. Incluso de lejos, era indiscutiblemente un espectáculo.

En aquel momento, estaba rodeada por un hombre obeso y excesivamente arreglado y por un grupo de jóvenes de mala vida, que claramente la incomodaban.

"Eh, ¿ese no es Carlos, el conocido mujeriego de la familia Brown? Si Hannah se junta con él, ¡estará acabada!".

"Tal vez le gusta. Quiero decir, ¿qué clase de mujer decente se viste de esa manera y viene a un bar? ¡Seguro que está buscando hombres!".

"Amigo, nunca pensé que la esposa de Declan estuviera tan buena. Parecía toda una bibliotecaria. ¿Quién hubiera pensado que tenía semejantes curvas?".

Sadie añadió: "Mírenla, obviamente está aquí para atraer a algunos hombres. Después de todo, mi hermano la dejó, así que, ¿quién iba a quererla si no fuera por sus trucos?".

La grosera broma provocó las carcajadas de sus amigos. La inexplicable irritación que afloraba en el interior de Declan estalló.

"¡Cállense!".

Su arrebato silenció de inmediato a los presentes.

Con la mirada fija en Sadie, espetó:

"Si no puedes comportarte, quizá deberías volver a la escuela y aprender algo de decencia en lugar de perder el tiempo con estos inadaptados".

Sorprendida, la joven parecía a punto de llorar. Eliana se acercó entonces y tomó con ternura la mano de Declan.

"Sadie es solo una niña, no seas tan duro con ella".

Tras una breve pausa, echó un vistazo hacia Hannah y añadió:

"Esto es culpa mía, sin duda alguna. Si yo no hubiera vuelto a aparecer y le hubiera quitado su puesto a la señorita Moore, ella no habría tenido que recurrir a medidas tan desesperadas".

La expresión de Declan se ensombreció aún más.

"Ella tomó sus propias decisiones, nadie la obligó a tomar este camino".

Molesta más allá de toda medida, Hannah se sacudió la mano inoportuna de Carlos y exclamó:

"¡Déjame en paz!".

Avergonzado frente a una multitud de amigos, la actitud arrogante de Carlos no hizo más que intensificarse. Se acercó y rodeó con sus brazos la delgada cintura de Hannah, dispuesto a plantarle un beso con sus chillones labios morados.

"¿Así que te haces la difícil? Permíteme adornar tu hermoso rostro con un beso".

Hannah esbozó una sonrisa burlona mientras Carlos fruncía los labios.

¡Pam!

Rápidamente, ella tomó una botella de cerveza de una mesa cercana y la estampó con convicción contra la cabeza de Carlos.

El estallido cortó en seco la vibrante música del bar. Carlos se desplomó, sujetándose la cabeza ensangrentada y llena de cristales, y lanzó un grito desgarrador.

"¡Maldita perra! ¡Eres una zorra! ¿Cómo te atreves a golpearme?".

Incorporándose lentamente, Hannah apuntó a Carlos con el pico de la botella rota y sonrió fríamente.

"¡Ponme otra vez un dedo encima y te mato!".

Carlos apretó la mandíbula y replicó:

"¿Sabes quién soy? Mi hermano dirige el Grupo Brown. Una palabra de mi parte y desaparecerás de Valmere, ¡recuerda mis palabras!".

Ignorándolo, Hannah rebuscó en su bolso Hermes Birkin en silencio.

Durante un momento no pronunció palabra, lo que convenció a Carlos de que su posición social la había asustado. Su prepotencia se disparó.

"No hemos terminado aquí. Una cicatriz como esta podría dejarte en la miseria. Solo para que lo sepas, me haré un chequeo médico. Mi tío tiene contactos con la policía. Solo una llamada y serás encerrada por dos semanas".

"Declan, ¿qué estás tramando?", al ver que Declan se levantaba, Sadie lo agarró de la manga y lo miró con incredulidad, "No irás a protegerla, ¿verdad?".

Sin inmutarse, él le tomó la mano y la obligó a soltarse.

"El trámite aún no ha terminado, así que ella sigue siendo mi esposa legal. Ofenderla supone una falta de respeto a la familia Edwards".

Sadie intentó disuadirlo.

"Nadie aquí sabe que ella es de los nuestros. Si te mantienes al margen, cualquier cosa que le ocurra será culpa suya".

No obstante, la amenaza que atravesó los ojos de Declan la silenció al instante.

Eliana intervino diciendo:

"Deja que yo me ocupe de esto. Ya me he relacionado antes con el hermano de Carlos. Si es por mí, no molestarán demasiado a la señorita Moore".

Atajó la inminente negativa de Declan, añadiendo suavemente:

"Tu preocupación es la mía también".

Al mismo tiempo, Hannah sacó un fajo de billetes de dólar de su bolso y se lo arrojó a Carlos a la cara.

Un montón de dinero llovió desde el segundo piso, llenando el ambiente de teatralidad.

Hannah apoyó los brazos en la barandilla baja, como si fuera a caerse del segundo piso en cualquier momento. En medio de billetes de dólar flotantes, lucía un vestido rojo que resaltaba especialmente sus encantos. Se volvió hacia el desaliñado hombre que tenía delante, con una sonrisa encantadora en los labios.

"¿Cubrirá esto tus pérdidas?".

Carlos, hirviendo de furia, lanzó una mirada venenosa a su gente y rugió:

"¡Atrápenla! ¡Acabaré con su vida! ¡Vean cómo se desmorona su arrogancia!".

Pero, cuando sus matones estaban a punto de arremeter contra Hannah, una vibrante voz femenina los detuvo en seco.

"¿Acabar con la vida de quién? Me encantaría que alguien intentara ponerle un dedo encima a mi amiga mientras estoy aquí".

La expresión de Carlos cambió radicalmente cuando Lydia se acercó a Hannah, bate de béisbol en mano. Lo miró con una sonrisa burlona, como si estuviera observando algo insignificante.

"Tu hermano se anda con cuidado en mi presencia. ¿Cómo se te ocurre gritarle a mi amiga?".

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