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OPUESTOS

OPUESTOS

Autor: : Eréndida Alfaro
Género: Adulto Joven
Emma Marmolejo era la típica buena niña, buena hija, buena estudiante, buena ciudadana, buena hermana, buena en todo; por eso, Fernanda Marmolejo, hermana menor de Emma, decidió ser lo que la otra no era, haciendo sufrir a los que no la querían por no lograr ser tan perfecta como su hermana, y dañando a su nada querida hermana, de paso. Pero las cosas no son como Fernanda las conoce, pues ella ni siquiera se interesa en ver más allá de lo que está frente a su nariz y, puede qué, para cuando se dé cuenta de cuál es la realidad, sea demasiado tarde para tener una vida normal. Emma y Fernanda son OPUESTOS, ¿o no?

Capítulo 1 INTRODUCCIÓN

Fernanda era la segunda de dos hijas, nació justo dieciséis años después que su hermana mayor, ella era un infortunado accidente que llegó a cambiar la vida de todos en la familia a la que ahora, sin haberlo pedido siquiera, pertenecía.

Fernanda llegó a arruinar la vida de su familia, lo podía notar sobre todo en la actitud de su madre, quien siempre la juzgaba y solo no le daba una oportunidad; su padre no creía en su existencia, al parecer, pues, a sus ojos, ella era un mueble más en la casa; Él solo no la veía, no le hablaba, no la quería.

Pero, muy a pesar de lo que sus dos padres pensaban, Fernanda siempre fue mucho mejor de lo que pudieron llegar a imaginar, aunque nunca quisieron darse cuenta, así que la joven dejó de intentar que la vieran, al menos por las buenas.

En su casa, la única que siempre la quiso fue Emma, su hermana, pero Fernanda la odiaba. Aunque al principio no fue así, al principio la quiso demasiado, pues, al principio, no imaginaba que ella era la raíz de todos sus males.

Cuando fue niña, Fernanda siempre estuvo tras de Emma, solo sus brazos que la amaban la confortaban en ese iceberg emocional en que vivía; cuando era pequeña, ella la adoraba, amaba dormir en su cama, amaba estar entre sus brazos, amaba tenerla cerca. Su hermana era tan perfecta que se convirtió en su ideal.

Su hermana realmente era perfecta, era impecable, era amable, era inteligente, era hermosa, era bondadosa, era insufriblemente perfecta.

Entonces, cuando Fernanda creció y se dio cuenta de que ni en sus más remotos sueños lograría ser la mitad de buena de lo que era su hermana, Fernanda la detestó y quiso destruirla, pues su madre comenzó a restregarle en la cara eso que era más que evidente, ella no era perfecta como su hermana.

Aunque nunca lo fue porque ni siquiera lo intentó. En plena adolescencia, Fernanda se dio cuenta de que, cuando ella hacía lo que sus padres realmente odiaban, ella obtenía justo lo que nunca le dieron: atención. Así que comenzó a llamar la atención de sus padres por tantos medios como estuvieron a su alcance.

Fernanda se convirtió en una rebelde sin causa, según ellos, pero ella tenía su causa, ella luchaba por obtener algo de esos que nunca le dieron nada.

Afortunadamente, la chica era mucho más de lo que nadie esperó de ella, era alguien demasiado inteligente que, a falta de amor externo, se proveyó de amor propio, lo que nunca le permitió hacer nada que le hiciera daño.

Se puso percings... falsos, se puso tatuajes... de henna, se pintó el cabello de tantos colores como se le ocurría y fingía pertenecer a cuanta banda se le aparecía.

Fernanda era un completo desastre, en apariencia, pues la música que no dejaba de escuchar en los auriculares que jamás se quitaba era música clásica disfrazada de rock, aunque no negaba que le gustaba el rock.

Ella era un completo desastre a los ojos que la miraban, a los ojos de esa familia en que, para infortunio de todos, le había tocado nacer, mucho más para el de ella, que tuvo que soportar desplantes, humillaciones, odio y la indiferencia que sus padres le regalaban.

Cuando su hermana cumplió veinticinco, Fernanda perdió un tanto más de ese poco amor que tenía, pues Emma debió hacerse cargo de mucha responsabilidad más, debió apoyar a la empresa de su padre.

Y, aunque desde algunos años atrás ella no tenía tanta atención de esa que idolatraba, debido a la universidad, tras entrar a trabajar, Emma tendría menos tiempo para ella; pero aun el poco tiempo que le restaba a esa joven, se lo dedicaba a la hermosa chiquilla que adoraba.

Para cuando Fernanda cumplió trece y su hermana veintinueve, la chica sintió perderlo todo, odiándola más, pues su hermana se casó, la dejó para hacer su propia familia, para tener sus propios hijos a los cuales amar, para alejar la poca luz que aún era para ella, dejándole sola en esa lúgubre casa que odiaría mucho más que nunca.

Y la odió por más de una razón: por dejarla sola y por ser infeliz al casarse por capricho de su madre. No podía perdonarla, no cuando su razón de ser feliz se había ido a ser infeliz, pues Emma no amaba a ese hombre que su madre le dio por marido.

Y es que, la razón del odio de Fernanda hacia Emma nunca fue no poder superar a su hermana, no era que Emma era perfecta y todos la amaban, ni siquiera era que su madre la amaba como a ella no; la razón de que Fernanda odiara a Emma era que la mayor no tenía voluntad de hacer lo que quería. Emma no podía ni siquiera elegir a quién amar, y lo peor es que no reprochaba por ello, solo seguía acatando las órdenes de su madre. La odiaba por ser una lambiscona cobarde.

Ella era Fernanda Marmolejo, la imposible adolescente de diecisiete años que hacía sufrir a todos los que eran su familia: a la mujer que no llamaba madre, sino Regina, al hombre que no llamaba, pero que llevaba por nombre Braulio, y a su no tan querida hermana mayor, Emma.

Las cosas en su vida eran horribles, y cada día pintaban para ir peor, muchas porque ella se las buscaba y otras tantas porque el destino lo quiso así. Ella era la chica inteligente que muchas cosas sabía, pero aún había muchas otras cosas que le faltaban por descubrir, cosas que cambiarían su vida, cosas que cambiarían demasiado las cosas..., pero eso ella no lo sabía, lo que estaba por pasar nadie, ni siquiera ella, lo imaginarían.

Capítulo 2 REPROCHES

-¿Por qué sigues tratándola así? -preguntó Emma, desesperada-. Madre, ella no se merece que la maltrates de esta forma, es una adolescente, necesita comprensión...

-No, Emma. Lo que esa chiquilla necesita en una buena reprimenda. Se la pasa haciendo imprudencias y tonterías -argumentó la mujer.

-Ella es una adolescente -repitió la joven, recalcando cada letra para que su querida madre se diera cuenta de que estaba sobreactuando con Fernanda-. No puedes tenerla castigada por siempre.

Eso dijo la joven de ahora treinta y tres años, pero la señora Regina no quería entrar en razón, ella solo no tenía la paciencia de lidiar con otra adolescente, no después de tantos años; además, a su ver, Fernanda ya no era tan pequeña como para que siguiera haciendo cada niñería que se le ocurría.

» ¿Por qué no puedes quererla? -preguntó Emma y los pasos de Fernanda, que justo en ese momento se dirigían a conocer la razón de tanto escándalo, se detuvieron detrás de la puerta del despacho donde su madre y hermana discutían a gritos.

Regina miró a su hija mayor con reproche. En serio no se creía que Emma no supiera la razón de su reniego a esa mocosa que le pintaba las canas verdes.

-Porque ella vino a arruinar nuestras vidas -dijo la mayor, repitiendo lo que siempre había dicho.

Los ojos de Fernanda se aguaron, por mucho que supiera que su madre no la quería, y aun cuando aseguraba que lo había aceptado, no podía fingir que esas palabras, que tanto la herían, no le dolían.

-Ella es tu hija -alegó Emma-. Una madre tiene el deber de hacer feliz a sus hijos. Madre, hay mujeres que darían la vida por sus hijos...

Las palabras de Emma tenían la intención de hacer reaccionar el témpano de hielo que Regina tenía por corazón. Pero eso no era algo que pudiera lograr fácil, tenía diecisiete años trabajando en ello y no había logrado nada.

-Yo no daría ni tres pesos por esa mocosa, ella no debió nacer -soltó Regina, haciendo enfadar a dos que llevaban su sangre.

Pero Emma se debió tragar su reproche por dos razones, una, no debía gritarle a su madre, y dos, Fernanda irrumpió furiosa en el estudio donde ellas dos estaban.

Ya sin lágrimas en los ojos, pues las quitó antes de entrar al estudio, la adolescente se adentró en la habitación con un aire de falsa, pero muy creíble, indiferencia. Fernanda no permitiría que Regina se diera cuenta de que aún la lastimaba con sus palabras.

–Qué tacaña eres, Regina -dijo la chica a una de las dos adultas que la miraban, una con sorpresa y otra con desdén-. Estoy segura de que muchos pagarían una fortuna por mí, seguro solo mi hígado vale diez mil veces la cantidad que ofreces.

-Dije que no daría ni tres pesos -repitió la mujer-, no vales eso, querida.

Regina enfatizó el sarcástico "querida" que le encantaba regalarle. Esas muestras de afecto que escurrían desprecio no le faltaban a la chiquilla.

Pero eso no turbó a Fernanda, ella debió aprender a defenderse bien, aprendió a aguantar los golpes y a permanecer de pie, al menos frente al contrincante.

-Pues qué mala calidad te cargas entre las piernas -dijo Fernanda para la mujer que no se inmutaba-, digo, porque para que lo que ahí se produce no valga ni tres pesos...

Fernanda apretó la mandíbula, para que no se le fuera ningún diente, y recibió, no tan sorpresivamente, la mirada asesina de su madre y una buena bofetada que seguro se quedaría marcada por un par de horas.

Y, aunque lo que más quería era llorar, solo le regaló una cínica sonrisa a su no tan querida madre y se fue. Pero no sin antes dar un golpe más al ego de esa mujer que la hería de tantas maneras como podía

» No sé, Regina, piénsalo. Igual y esa es la razón por la que Braulio ni te pela -dijo Fernanda saliendo tan pronto como pudo para no quedarse sin dientes, otro golpe de ese calibre seguro si le arrancaba unos dos.

En cuanto dejó la habitación en donde las mujeres que se quedaban retomaban su discusión, Fernanda cubrió con su mano el lugar donde antes había sido golpeada para sentir un poco de confort; desafortunadamente no podía hacer lo mismo para su corazón que seguía haciéndose pedacitos.

Dentro del estudio continuó una discusión que la chica de diecisiete años ya no atestiguó. La discusión entre Emma y Regina volvió a encenderse.

-Dijiste que te harías cargo de ella, que no le faltaría nada -reclamaba Emma-. Madre, he sido tan perfecta como lo has pedido y no estás cumpliendo tu parte del trato.

-A ella no le falta nada -aseguró Regina, pero fue refutada por la que tenía mucho que reclamar.

-¡Le falta amor! -gritó Emma completamente descolocada.

-¿Cómo podría amar a esa bastarda? -preguntó en un furioso grito Regina.

-Entonces me la hubieras dejado -dijo Emma llorando-..., si no ibas a amarla, me hubieras permitido quedarme con mi hija...

Emma se dejó caer en un sofá, desconsolada, llamar a Fernanda su hija le dolía demasiado, porque nunca pudo ser para ella lo que siempre había deseado ser y que era: su madre.

-No vuelvas a llamarla tu hija -reprochó con furia Regina.

-Deja de hacerle daño -suplicó Emma, bañada en llanto-. He hecho todo lo que has pedido: me porto bien, estudié administración y finanzas, soy la gerente general de la empresa de mi padre, incluso me casé con Abraham a quien no amo... Soy la hija perfecta que siempre deseaste... así que deja de hacerle daño a mi hija.

-Ella no es tu hija -aseguró su madre-, es tu maldito error. Y la ves sufrir porque así lo decidiste. Si la hubieras mandado a un orfanato, como te dije, quizá tendría una familia que la amaría y no tendría que sufrir conmigo.

-No podía hacer eso, madre, yo no podía abandonar a su suerte ese pedacito de mi alma. Ella es mi hija, es la hija del único hombre al que he amado y que tú sacaste de mi vida -explicó Emma una razón que su madre conocía de más, pero que se negaba a atender, mucho menos la entendería.

-Todo es tu culpa, por ligera -aseguró la mayor-. Si no te hubieras entregado a ese chófer, como toda una cualquiera, esto no estaría pasando; además, no debiste ponerle el nombre de ese infeliz, eso le resta más puntos conmigo a la bastarda.

Al terminar de decir esto, Regina estaba, por mucho, más calmada. Ellas eran damas de sociedad, no gritaban ni cuando se alteraban, peleaban con guante blanco; aunque, como seres humanos que eran, de vez en cuando perdían los estribos, pero pronto regresaban a su estado de tranquilidad.

» No discutiré esto contigo -aseguró Regina-, no de nuevo. Si no te gusta ver cómo la trato, no vengas más. Fernanda es mi hija y, como tal, yo decido si la educo a palos o con pistola eléctrica.

Dicho eso, Regina se fue, dejando sola y desconsolada a una que no podía más que acatar las órdenes de su madre pues, aun si eso era demasiado malo para todos en esa familia, al menos tenía cerca y había visto crecer a esa hermosa niña que tanto quería.

Por su parte, Fernanda corría por una avenida, quería alejarse tanto como fuera posible de ese sitio que tanto odiaba.

La chica iba demasiado dolida, las palabras que recibía de su madre le dolían demasiado como para evitar llorar cuando no la tenía enfrente. Porque Fernanda era fuerte, pero solo donde Regina estaba, allí donde debiera sostenerle la cara, pero, cuando se sentía lejos, y poco segura, bajaba la guardia y se desahogaba.

Fernanda corría empapada en llanto, sus lágrimas no le permitían ver ni sus propios pies y por eso no vio el auto que se aproximaba.

Un hermoso auto plata dejó las llantas en el asfalto al intentar frenar, pero, inevitablemente, el golpe se dio.

Capítulo 3 AGRADECIMIENTOS

El auto se detuvo, el hombre en él se quedó helado al golpe. No podía creer lo que acababa de ocurrir. Esa chica había salido de la nada.

El hombre de cabello castaño y ojos cafés levantó la mirada para encontrar las palmas de una chica, no mayor a veinte años, fijas en el cofre de su auto.

La pelinegra temblaba de pies a cabeza, respiraba pesadamente y sus hermosos ojos marrón solo veían el lugar donde sus manos se habían impactado.

Fernanda tampoco se creía lo que había pasado. Al darse cuenta de la proximidad de un auto, que para ella apareció de la nada, usó sus manos para detenerlo, como si eso pudiera ser posible. Pero, supuso que un milagro pasó, pues el auto debajo de sus manos estaba completamente inmóvil.

Ella estaba anonadada. Era cierto que, entre todo su dolor, había pensado que tal vez no haber nacido hubiera sido lo mejor, pero no por ello deseaba morir, al menos no justo en ese momento, y mucho menos atropellada.

-¿Estás bien? -escuchó la chica cuando comenzó a recobrar el sentido del oído, que al parecer decidió darse un respiro por unos minutos tras el impacto sufrido.

La persona, dueña de la voz que hizo la pregunta, era un hombre. Fernanda lo miró al escuchar su gruesa voz y, dejando salir en lágrimas la adrenalina contenida en sus pulmones, que también habían dejado de funcionar momentáneamente, cayó al suelo al perder la poca fuerza que tenían sus temblorosas rodillas.

» Oye, ¿estás bien? -preguntó de nuevo el hombre que se acercaba a asistirla.

-Casi me matas -respondió Fernanda entre sollozos.

-Tú te atravesaste -refutó el hombre, intentando defenderse de tan aterradora acusación-. ¿Estás loca?

-Pues sí -respondió Fernanda, aun sin mirarlo-, pero no por eso quiero morirme... Saliste de la nada.

-No, tú saliste de la nada -aseguró el hombre-. Casi te atropello... ¿Puedes ponerte de pie?

Fernanda no contestó a eso, ni siquiera estaba segura de sí sus rodillas responderían adecuadamente. Pero, al intentarlo, lo logró. Eso la alegró mucho. Después de sentir morir, estar de pie era algo que le hacía sentir realmente satisfecha.

» ¿Realmente estás bien?, ¿no quieres que te lleve a un hospital?, ¿a tu casa? -preguntó el hombre.

-No -respondió ella con una sonrisa más de nervios que de felicidad-. Estoy bien, en serio. Solo necesito que se me pase el susto. Creo que si me siento en aquella banca y tomo un poco de agua se me pasará rápido.

El hombre pidió que alguien, de los muchos testigos oculares de semejante situación, acompañara a la joven hasta esa banca en el parque de enfrente que ella apuntaba, y estacionó su automóvil para ir a cerciorarse de que estaba realmente bien.

» Eso me asustó -soltó Fernanda al que le entregaba una botella con agua minutos después.

-A mí también -aseguró él-... casi te mato -declaró, haciéndola reír, pues él acababa de asegurar eso que minutos atrás había negado.

-Lo lamento -se disculpó la chica-. Estaba distraída, no te vi venir.

-Sí, tampoco te vi venir -repitió el hombre y ambos se rieron, rompiendo esa tensión que los envolvía-. ¿Te llevo a tu casa? -preguntó el hombre y Fernanda volvió a negarse.

-No -dijo-, no quiero ir a mi casa. Necesito un lugar donde no me odien. Iré a casa de un amigo.

El hombre miró a la chica con ternura. Supuso que cargaba con alguna situación complicada, pero no preguntó nada. Después de todo, ella solo era una extraña a la que casi atropelló.

-¿Te llevo a la casa de tu amigo? -preguntó esta vez.

-Él no vive lejos, puedo ir sola -aseguró Fernanda excusando su nueva negativa.

-Aun así, déjame llevarte -pidió el castaño.

Fernanda lo miró con desconfianza.

-No subiré al auto de un extraño -dijo por fin ella-. Además, no tiene caso. No estoy segura de que seas un secuestrador, pero, en caso de que sí, déjame decirte que, aunque hay madres que darían la vida por sus hijos, la mía no daría ni tres pesos por mí...

La risa del hombre interrumpió lo que fuera que siguiera para decir.

-No te quiero secuestrar -aseguró él-, solo quiero asegurarme de que estás bien. Estoy preocupado, eso es todo. Además, no soy un extraño, soy Fernando Báez... -se presentó el hombre y quien rio ahora fue la chica.

» ¿Qué es tan gracioso? -cuestionó Fernando con un poco de molestia por la risa burlona de la chica.

-Soy Fernanda Marmolejo -dijo ella, aún entre risas-. Fernanda... Fernando... es un poco gracioso que casi me mató mi tocayo.

Fernanda sonrió, pero el hombre no lo hizo.

-¿Mar... molejo? -preguntó él, asombrado-... ¿Conoces a Emma?

Fernanda observó al hombre detenidamente. Ciertamente parecía el tipo de hombre que conocería a su hermana.

-Emma Marmolejo es mi hermana mayor -explicó la chica.

-No sabía que ella tenía una hermana -soltó asombrado Fernando-, cuando la conocí era hija única... ¿Cuántos años tienes?

-Diecisiete -respondió sin prisa la morena.

-¿Segura de que eres su hermana? -preguntó el muy contrariado hombre.

Fernanda sonrió de medio lado, descolocando al hombre que ahora la miraba.

-Tan segura como que somos igualitas -declaró la chica, haciendo reparar a Fernando en algo que no había notado: los rasgos de la chica. Era cierto, ella era justo como recordaba a Emma-. Aunque solo lo somos en apariencia. Yo no estoy nada cerca del nivel de perfección de ella.

-¿Emma perfecta?, ¿segura de que hablamos de la misma Emma? -preguntó Fernando.

-Pues, si la Emma Marmolejo de que tú hablas osaría siquiera imagina el intentar algo que no fuera correcto, entonces no hablamos de la misma -contestó Fernanda.

-Supongo que la gente cambia -repuso el hombre, rindiéndose a saber más de esa mujer que tanto había extrañado, pues la joven no parecía demasiado cómoda hablando de su hermana mayor.

Y, además, ya habría tiempo de resolverlo. Él había regresado a esa ciudad, tras casi dos decenas de años, para encontrarse con ella, y no se iría sin hacerlo.

» ¿Segura que estás bien? -preguntó de nuevo él.

-Sí, hierva mala nunca muere -respondió la chica, regalándole una sonrisa enorme al que tenía una extraña corazonada.

-Tocaya -habló el hombre, deteniendo el paso de la que comenzaba a irse-. ¿Podrías entregarle algo a Emma de mi parte?

Fernanda puso cara de molestia.

-Emma y yo no nos llevamos bien -explicó ella al hombre-, pero, supongo que, por el hombre que no me mató, puedo dejarle un post-it en su bolso.

-Lo que quiero que le des no cabe en un post-it -señaló él y la chica lo miró confundida.

Estaba segura de que un saludo cabría en un post-it.

-¿Qué quieres que le dé? -preguntó.

Fernando le extendió una mano y, aun con intriga, pero actuando en reflejo inocente, Fernanda tomó la mano que frente a ella se tendía.

Fernando apretó la mano de la chica, la jaló a su cuerpo, envolviéndola en sus brazos, y la adolescente se sorprendió tanto que no pudo atinar a hacer nada más que dejarse abrazar.

El abrazo duró el tiempo suficiente como para que ella pudiera escuchar el corazón de ese hombre que la abrazaba y, cuando el hombre, de tal vez cuarenta años, le soltó, ella soltó un gritillo, pues sintió un fuerte tirón en los cabellos de su nuca.

» ¡Oye! -reclamó la chica.

-Lo lamento, tus cabellos se enredaron en mi reloj -explicó el hombre, disculpándose.

-No le daré un abrazo a Emma -aseguró Fernanda, mirándole con reproche, y también sobando la parte de su cabeza que había perdido un puño de cabello-, pero, si quieres que aún le entregue tu saludo, puedo hacerlo en un puñetazo.

-¿En serio no se llevan nada bien? -preguntó Fernando.

-Yo la odio -informó la chica para el hombre que esperaba una respuesta, mientras una triste sonrisa le adornaba el rostro-. Gracias por no matarme.

Fernando asintió para la chica y, al verla irse, suspiró en una sonrisa para terminar con la vista en los cabellos de esa chica que guardaba en su puño.

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