Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Obligada A Ser La Luna Del Alfa
Obligada A Ser La Luna Del Alfa

Obligada A Ser La Luna Del Alfa

Autor: : Claudia Navarrete
Género: Romance
Asher Reynolds nunca pensó que encontrar a su alma gemela iba a ser tan difícil. A sus treinta y dos años, está a punto de rendirse y dejar su puesto de alfa al no poder darle una Luna a su manada. Sin embargo, cuando creía que simplemente su mate era inexistente, apareció ella; Selene Dewan, una hermosa mujer de veinticinco años encargada de una de las empresas más importantes del área de la moda. Asher creyó que por fin iba a poder hacer su vida junto a la mujer que la luna le había destinado. No obstante, el Alfa nunca creyó que lo más difícil estaba por llegar al enterarse de que su tan esperada mate estaba casada. Selene no aceptará irse con un hombre que no sea su esposo, pero Asher Reynolds está dispuesto a hacer lo que sea con tal de que ella esté a su lado; aunque eso signifique tener que secuestrarla. ¿Logrará el Alfa que Selene se olvide completamente de la vida que tenía junto a su esposo?

Capítulo 1 Un capricho del destino

NARRA ASHER

-Señor Asher, lo espera Wade en el primer piso.

La voz de Agnes, mi empleada más antigua y leal, interrumpió el proceso. Estaba terminando de cambiarme de ropa en mi gran habitación. Me ajusté el cuello de la camisa de lino frente al espejo, la tenue luz matutina apenas mitigaba el nudo que sentía en el estómago. Sabía que la visita de Wade no era para discutir la cosecha ni las rutas de patrullaje. Era para hablar de ella, de la ausencia que me estaba costando mi trono.

-Gracias, Agnes. Ahora voy.

Mi respuesta fue cortante. Me puse un poco de mi colonia favorita, un aroma a sándalo que complementaba la esencia terrenal de mi lobo, y arreglé mi cabello oscuro con un gesto que era más una armadura que vanidad. Necesitaba enfrentar a Wade luciendo como el Alfa que era.

Descendí las escaleras de roble, sintiendo el peso de mi linaje con cada paso. Al pie de la escalinata, Wade me esperaba. Mi beta y mano derecha.

-Solo soy yo, ¿por qué te pones perfume para verme? -Me bromeó, tratando de aligerar el ambiente. Su barba rojiza no ocultaba la tensión en su mandíbula.

Puse los ojos en blanco, negándole el juego. Mis ojos plateados se clavaron en él con una expectativa firme.

-Deja el flirteo, Wade. ¿Qué sucede? Puedo oler tu jodido nerviosismo desde el tercer piso. No me hagas esperar.

El aliento de Wade fue pesado. La sonrisa desapareció.

-Está bien, jefe. Necesito hablar contigo, pero por el bien de la manada, necesito que te tomes lo que te voy a decir con la mayor tranquilidad posible. La gente está... agitada.

-Ya entendí con tu introducción que esto no me va a agradar -dije con voz seria. Un gruñido bajo vibró en mi pecho-. Por favor, dímelo ya. Odio el suspense.

Wade asintió, su mirada se desvió brevemente. Sabía que me estaba fallando, aunque fuera solo como mensajero.

-Ambos sabemos que las personas del pueblo están esperando hace mucho tiempo a la Luna de la manada. Es un clamor en todas partes.

-Lo sé perfectamente -gruñí, exasperado. La herida se abría de nuevo. He estado buscando a mi mate desde que mi lobo se completó a los dieciséis. Cada año sin ella ha sido una carga más pesada-. Entiendo que quieran una figura femenina a la que puedan adorar y cuidar, un equilibrio para el Alfa. ¡Es lo que yo más deseo! Pero, ¿qué demonios se supone que haga si no puedo encontrarla? ¿Si el destino se burla de mí?

-Lo siento mucho, Asher. Tú sabes que te entiendo y te apoyo, lo juro. -La sinceridad en su voz me calmó un poco, pero no lo suficiente-. Pero los demás... Los demás ya están entrando en una desesperación peligrosa. Creen que sin una Luna, nuestra manada corre el peligro de ser menospreciada, vista como incompleta por los demás pueblos. Creen que somos vulnerables.

-Entonces, no confían en mí -solté, el sabor de la decepción era tan amargo como la hiel-. Porque yo jamás, nunca, dejaría que algo como eso pase. ¡Yo soy el Alfa! ¡Mi fuerza es suficiente!

-Lo sé, es lo que he intentado machacarles, pero la tradición pesa más, Asher. Están asustados y han actuado por el pánico.

-¿Entonces? ¿En qué queda todo este tema, Wade? Ve al grano -le exigí.

Wade respiró hondo. Era el momento de la verdad, y él no quería darme la noticia.

-La gente se ha reunido. Los ancianos y varios guerreros de la guardia joven. Se pusieron de acuerdo en que te esperarán solo tres semanas más.

El aire se fue de mis pulmones. ¿Tres semanas? Era una burla.

-¿Tres semanas? ¿Para encontrar a la mujer con la que estoy unido de por vida? ¿Y si no la encuentro en ese tiempo? -pregunté, sintiendo cómo el calor de la ira me subía por el cuello.

La siguiente frase fue un golpe bajo que me hizo tambalear.

-Se pondrán de acuerdo para hacer una movilización con fines de sacarte del puesto de Alfa. Tienen pensado que Keegan sea tu suplente. Él tiene veintitrés y ya encontró a su alma gemela. La ven a ella como la Luna que necesitan.

Mi cuerpo se tensó por completo. Mis manos se cerraron en puños, sintiendo el dolor de mis propias uñas.

-¡Tiene veintitrés, Wade! ¡Es un crío inmaduro y no sabe nada sobre la gestión real de una manada! ¡No sabe lo que es lidiar con las alianzas, las deudas y las fronteras! -gruñí, el sonido gutural de mi lobo apenas contenido. ¡Que me cambien por eso!

-Pero tienen fe. Además, su juventud es lo que atrae a los ancianos. Tú ya tienes treinta y dos. Dicen que te queda menos tiempo al mando para asegurar una línea de sucesión. Necesitan estabilidad.

Cada palabra era un insulto. Mi pulso era un tambor furioso. No dije más. No podía. Si abría la boca de nuevo, soltaría a mi lobo y destrozaría la sala.

Me di media vuelta, incapaz de mirarlo un segundo más, y salí del castillo. El fuerte portazo retumbó en la mañana, un eco de mi rabia. Me gané las miradas de los pocos que ya estaban fuera.

Son unos putos traidores. Cobardes ingratos.

Corrí. Me dirigí al bosque, a la única parte de este mundo donde aún sentía el control. Cuando estuve lo suficientemente lejos de las casas, dejé que la transformación me consumiera. El cambio fue una liberación bendita.

Mi gran lobo gris, la encarnación de mi poder y mi rabia, corrió sin rumbo hasta que llegué a uno de los ríos ocultos. Bajo la luna, di un aullido potente. Era más que enojo. Era dolor. Me sentía traicionado por mi gente y abandonado por el destino. Lloré mi soledad y la injusticia de estar una noche más sin mi mujer a mi lado.

Pasé la noche en el bosque. Llegué a las siete de la mañana, cubierto de rocío, y subí directamente a la ducha. No podía permitirme mostrar debilidad o agotamiento. Cuando salí, ya estaba enfundado en mi ropa, frío e impecable. La decisión estaba tomada.

-Quiero que reúnas a todos fuera del castillo -le ordené a Wade tan pronto como entró. Mi voz era de hielo.

Él asintió de inmediato y salió a dar el aviso. Aproveché para hablar con mis empleados.

-Necesito que ustedes también estén afuera, por favor. En las escaleras, junto a mí -les dije. Necesitaba mostrarles al pueblo que mi casa aún me era leal. Ellos asintieron, entendiendo la gravedad.

Vamos, Asher, eres fuerte. La gente no puede pasarte a llevar. Eres el Alfa. Muéstrales tu poder.

Apreté mi mandíbula. Salí del castillo y me detuve en lo alto de la escalera, mirando a la multitud que se agolpaba en el patio. Ya estaban cuchicheando.

-¡Necesito que se callen! -solté, mi voz resonó fuerte. Pero no fue suficiente -. ¡Necesito que se callen! -vociferé. Esta vez, el poder de mi lobo se manifestó en el rugido de mi voz de mando. El silencio fue inmediato y absoluto -. ¿Por qué tengo que repetirles las cosas? -fruncí el ceño. Mi molestia era un aura que los oprimía-. Aunque les duela, yo todavía sigo siendo quien manda aquí. ¡Soy su Alfa! Me deben respeto. Y si me faltan al respeto a mí, le faltan al respeto a mi linaje.

Nadie se atrevió a alzar la mirada.

-Me enteré de los planes que tienen si es que no encuentro a mi alma gemela en unas semanas -carraspeé, intentando modular mi voz, aunque por dentro hervía-. Y he de admitir, que me siento profundamente traicionado por ustedes; mi pueblo. -Mi voz se quebró ligeramente, y permití que lo notaran. Es un arma- ¿Creen que no la estoy buscando por cielo, mar y tierra? Llevo dieciséis años en su búsqueda. ¡Dieciséis años de frustración!

-¿Entonces? ¿Cuánto tiempo más estaremos esperando a nuestra Luna?

Apreté los dientes. Keegan. El pequeño ambicioso, usando la voz del pueblo para trepar. Estaba en la tercera fila, fingiendo preocupación.

Te conviene todo esto, ¿no es así, idiota?

Lo ignoré por completo, dirigiéndome de nuevo a la multitud.

-¿Están todos de acuerdo con lo que tienen pensado hacer? -pregunté-. Necesito que me respondan con claridad. ¿Están de acuerdo con quitarme el puesto de Alfa si no encuentro a mi mate pronto?

Mi corazón latía con fuerza. Esperé la respuesta.

-¡Sí, estamos de acuerdo!

El grito fue unánime. Sentí un puñetazo en el pecho. Me dolía el alma. Era la confirmación de su deslealtad. Asentí, manteniendo mi expresión pétrea.

-Está bien. Voy a respetar la palabra del pueblo -dije con una firmeza forzada-. Si no encuentro a mi alma gemela en tres semanas, dejaré mi cargo libre. Me iré de la manada.

Sin una sola palabra más, me di media vuelta y entré en mi castillo. El portazo final selló mi decisión.

Subí a mi habitación cerrando la puerta detrás de mí. Mi respiración era agitada.

¿Por qué, Luna? ¿Por qué te escondes?

Mi posición como Alfa peligraba por un capricho del destino. No podía creerlo. ¡Que me quisieran despojar por algo que no estaba en mis manos!

¿Qué culpa tengo yo de no poder encontrar a mi mate?

He ido a buscarla hasta en la ciudad. Odio ese lugar, con sus ruidos y el olor a metal de los humanos. Pero ahora, con solo tres semanas, no me quedaba más remedio que volver.

Lo único que me aterraba era el posible desenlace.

Dioses, que no me sorprenda poniéndome a una humana de mate.

Una humana. Eso lo haría diez veces más difícil. Ella no entendería mi vida, mi lobo. No aceptaría que era el alma gemela de un Licántropo. No tendría la fuerza para lidiar con el miedo de la transformación y las responsabilidades de una Luna. Necesitaría tiempo para adaptarse, y yo no lo tenía. Deseo con todas mis fuerzas que mi mate sea una cambiaformas.

Me dirigí a mi estudio y saqué el mapa más grande de la región. Mi mano temblaba ligeramente mientras señalaba las grandes ciudades y los pocos territorios de clanes dispersos.

-Muy bien, Luz de Plata -murmuré, mi voz cargada de un juramento frío y amargo-. Quieren una Luna. Les daré una Luna. Pero si la encuentro, y si por un milagro la traigo a casa... nunca olvidaré la deslealtad que me han mostrado hoy.

No había tiempo para el luto. Solo quedaba la acción. Tres semanas. Me vestiré de humano, ignoraré el asco que me produce la ciudad, y me lanzaré a la búsqueda.

Te encontraré, seas quien seas. Y si por ti pierdo mi puesto, que arda la manada.

Capítulo 2 Búsqueda imparable

NARRA ASHER

-Hace falta más verduras en el minimarket. Preocúpate de arreglar eso, por favor -le digo a Wade cuando entra en mi oficina. Mi voz suena monótona, casi robótica. Boto unos papeles innecesarios que tengo sobre mi escritorio en el pequeño basurero a mi lado y ordeno mi cajón con una meticulosidad inusual. Es una forma de mantener mis manos ocupadas y mi mente alejada de la verdadera amenaza.

-¿Estás bien? -Wade sabe que no. Su olfato de beta no se engaña. El aire en la oficina está cargado con mi frustración, con el tufo a derrota que intento ocultar.

-¿Llamaste al médico? La mujer de Jack está con contracciones. Lo más probable es que dé a luz hoy, así que hay que tener todo preparado para que así sea -continúo, evadiendo su pregunta. Me pongo de pie y me acerco al estante con los cientos de libros que mis padres habían recolectado durante los años que vivieron en el castillo. El aroma a papel viejo, cuero y sabiduría es un consuelo familiar.

Mientras mis dedos recorren los lomos de los libros, mi mente divaga hacia la compleja relación que tenemos con los humanos. Saben de nuestra existencia. Hace muchos años, la revelación de nuestra condición desató una guerra brutal; nuestros antepasados tuvieron que enfrentarse a ellos cuando, al enterarse de lo que éramos, intentaron matarnos a todos. Fue una masacre para ambos bandos, grabada a fuego en nuestra historia. Sin embargo, décadas después, cuando los vampiros, una plaga aún más antigua y perversa, intentaron invadirnos a nosotros y a ellos, nos vimos en la obligación de juntarnos para luchar contra una amenaza común. Fue una alianza forzada, un pacto de sangre con criaturas a las que temíamos y despreciábamos. Y aunque después de aquello nuestra relación nunca se convirtió en una amistad verdadera, al menos puedo admitir que somos bastante cordiales unos con otros. Lo que no quiere decir que los humanos acepten del todo nuestra condición; en realidad, nos suelen tener bastante miedo, un miedo ancestral que se manifiesta en sus ojos cuando nos ven de cerca.

La parte buena de tener una relación cordial con los humanos es que, gracias a ellos, hemos podido actualizarnos con todo lo que tiene que ver con la tecnología. Tenemos computadoras y celulares que pueden conectarse a internet, lo que nos ha ayudado bastante con la comunicación entre otras manadas, nos ha permitido rastrear posibles amenazas y mantenernos al tanto del mundo exterior. También podemos contar con la ayuda de ellos cuando necesitamos un médico, un ingeniero o cualquier otro profesional que el conocimiento de nuestra manada no cubra. Porque aunque los viejos del pueblo sepan mucho y tengan demasiada experiencia con partos y hierbas medicinales, a veces es realmente necesario que un médico de profesión venga a entregarnos su ayuda con equipos avanzados que no poseemos.

-Tranquilo, ya lo llamé. Viene en camino. Estará aquí en un par de horas -respondió Wade, interrumpiendo mis pensamientos. Su voz me ancló de nuevo a la realidad inmediata de mis responsabilidades.

Asentí, sin apartar la vista de los libros. Continué en la biblioteca, buscando un tomo en particular. Uno que mis padres siempre guardaron en un lugar discreto, un volumen polvoriento y casi olvidado, del que nunca me hablaron, pero que sabía que contenía respuestas a preguntas muy específicas sobre el vínculo de mates. Creía que ese libro me ayudaría a entender muchas cosas, quizá a calmar la ansiedad que me corroía.

-¿Entonces? ¿Qué piensas hacer? -me preguntó Wade de nuevo, esta vez acercándose un paso más a mi escritorio. Sabía que esta era la conversación que quería tener, la que yo estaba evitando a toda costa. Había pasado ya casi una semana. Cinco días infernales desde que tuve aquella confrontación con el pueblo. Cinco días de silencio sepulcral, de miradas esquivas y de la certeza de que mi tiempo se agotaba.

-Esperar que pasen las semanas y después marcharme -le respondí, sin dirigirle la mirada. Sentía un vacío en el estómago. La idea era como un veneno que se extendía por mis venas, pero no veía otra salida-. Creo que Sam, el Alfa de la manada del Arroyo de Plata, me puede aceptar en su manada. Él siempre ha respetado mi linaje y es un buen tipo.

-¿Qué? -Wade preguntó, atónito. Su voz era un grito ahogado-. No, claro que no, Asher. Tú no te puedes ir. Este es tu hogar. ¡Esta es tu manada!

-No voy a poder seguir viviendo en el castillo cuando cambien de Alfa -repliqué, la amargura filtrándose en mi tono-. Tú sabes que la persona que debe vivir acá es quien está al mando de la manada. Son las reglas, Wade. Las reglas que yo mismo he defendido toda mi vida.

Me encogí de hombros, intentando restarle importancia al asunto, pero la verdad es que me dolía. Me dolía tanto que la garganta se me apretaba. Este era mi hogar. Aquí crecí, aquí mis padres me despidieron cuando me dejaron el puesto de Alfa y se fueron a vivir a Bélgica, buscando una vida más tranquila lejos de las responsabilidades. Este castillo, con sus viejas piedras y sus ecos de generaciones de Alfas, era mi historia. Pero las reglas del pueblo eran claras: quien reside en el castillo es el Alfa reinante, porque es el lugar más seguro y el símbolo de poder. No podía quedarme, no con Keegan paseándose por aquí como si fuera suyo.

-Pero no es necesario que te vayas de la manada. Hay muchas casas disponibles aquí -pude escuchar el estrés y la desesperación en su tono de voz. Él me era leal, su lobo era leal al mío, y esta situación lo estaba destrozando.

-No podría quedarme aquí mientras veo cómo otra persona está ocupando mi cargo, Wade -decir aquellas palabras hizo que me dieran ganas de vomitar. La imagen de Keegan, un crío, en mi asiento, tomando mis decisiones, era insoportable. Mi orgullo de Alfa se rebelaba.

-¿Y te vas a rendir así de fácil? ¿Así, sin luchar? -me espetó, su voz cargada de decepción.

-¡No puedes decir eso! -bufo, molesto, mi paciencia agotándose. Mis ojos brillaron con un destello plateado. Le recordé la verdad-. Llevo desde los dieciséis años buscando a mi mate. He explorado cada rincón, he seguido cada aroma, he consultado a cada anciana sabia. Si me rindo, Wade, es porque simplemente ya se me acabó el tiempo, no puedo hacer más. La Dama Luna ha dictado su sentencia.

Finalmente, encontré el libro que buscaba, un tomo antiguo con tapas de cuero descolorido. Lo saqué del gran estante y me dirigí a mi escritorio. Lo dejé sobre la mesa con un golpe seco y me puse mis lentes. Sí, soy un poco corto de vista, una pequeña imperfección que mi lobo compensa con una visión nocturna excepcional. Pero para leer letras pequeñas, los lentes eran indispensables.

-¿Y en eso vas a ocupar el poco tiempo que te queda? ¿En leer un libro? -Wade se acercó, su incredulidad era palpable.

-No es cualquier libro, Wade -le digo al abrirlo. Mis dedos se deslizaron por las páginas, buscando en el índice la sección que me interesaba. Encontré el apartado: "La Búsqueda Prolongada de un Alma Gemela". Fui directamente a esa página-. Esto habla de los mates y de por qué algunos tardan tanto en encontrarse.

Mis ojos recorrieron las líneas, mi corazón latiendo con una mezcla de esperanza y miedo.

-"Cuando se genera una búsqueda imparable de tu alma gemela, puede ser por dos razones..." -comencé a leer en voz alta, mi voz grave resonando en la oficina-. "...La primera, es que tu mate haya muerto. Aunque es muy extraño que tú no sientas eso, hay una pequeña posibilidad de que no hayas podido percibir su fallecimiento, ya sea por una barrera mágica o por su edad extremadamente temprana al morir".

Cierro los ojos con fuerza, el solo pensamiento de que mi mate pudiera estar muerta me revolvía el estómago. Deseo con cada fibra de mi ser que ese no sea mi caso. La idea de que mi lobo pudiera estar aullando por un fantasma era una tortura insoportable.

Abrí los ojos y seguí leyendo.

-"...La segunda razón, es que tu mate tenga una fuerte conexión con alguien más. Una conexión de amor o lealtad tan intensa que hace más dificultoso para la Luna poder juntarte con tu alma gemela, pues su corazón no está libre. Es como si el destino tuviera que luchar contra un muro de emociones ya establecidas". -Termino de leer, la última frase resonando con una frialdad desoladora. Miro a mi amigo, quien tiene una expresión un tanto incómoda. Suspiro, el aire pesando en mis pulmones-. Así que, o está muerta, o está enamorada de alguien más -murmuro, la resignación era un manto pesado sobre mí-. Definitivamente nada bueno me espera entonces.

IV. Un Último Intento

-Vamos, Asher. Todavía tienes tiempo para encontrarla -mi amigo intenta animarme, su mano se posa en mi hombro, ofreciendo un apoyo que aprecio, pero que en este momento parece fútil-. ¿Qué importa si está enamorada de alguien más? Yo sé que si así fuera podrías ganarte su amor. Tienes un carisma innegable, eres el Alfa.

Él no entiende. Su mate lo encontró joven, libre.

Suele irme bastante bien con las mujeres, mi posición y mi naturaleza de Alfa siempre han sido un imán. Pero tengo un código, uno que mi honor me impide romper: no me involucro con una mujer que ya tiene pareja. Jamás. Mi lobo me lo prohíbe. Jamás robaría la felicidad de otro. Así que dudo mucho que pueda conquistar a una chica que ya está enamorada de otra persona. No si quiero conservar el respeto por mí mismo.

-Claro, para ti es fácil decirlo porque ya tienes a tu mate -resoplo, retirándome ligeramente de su tacto. No era justo.

-No te desanimes -insistió Wade, su voz más suave-. Mira, ¿qué te parece si vamos a la ciudad? Conozco un bar genial, uno donde la gente va a olvidar sus penas. Podrías relajarte un poco, y quién sabe, quizás en un lugar inesperado...

-No, Wade. No tengo ganas de salir -la sola idea de un bar ruidoso, lleno de humanos y sus olores químicos, me revolvía el estómago. Mi lobo solo quería aullar a la luna y hundirse en la tierra.

-Vamos, acompáñame. Necesitas un respiro. Tu lobo necesita distracción.

-¿No puedes ir con Melissa? -pregunté, refiriéndome a su mate.

-Quiero salir con mi amigo -respondió con seguridad, una sonrisa pequeña en sus labios. Sabía que estaba tratando de sacarme del abismo, de que dejara de rumiar mis problemas en la soledad del castillo-. ¿Te animas? Es solo por una noche. Sin responsabilidades de Alfa, solo tú y yo.

Lo miré fijamente. Su determinación era inquebrantable. Y, a pesar de mi reticencia, una parte de mí, una muy pequeña, se preguntaba si la desesperación me obligaría a romper mis propias reglas. Ir a un bar humano. Ser solo Asher, no el Alfa. Quizás era una locura, o la única forma de escapar de esta prisión de mi propia mente, aunque fuera por unas horas. El tiempo se acababa. El libro no me había dado las respuestas que quería, solo más dilemas. ¿Qué otra opción me quedaba?

Capítulo 3 La mirada del desconocido

NARRA SELENE

-Me enorgullece contarles que nuestra nueva marca de zapatos ya está disponible en cada uno de los centros comerciales de Estados Unidos -hablé con voz firme y clara, sintiendo la adrenalina del éxito recorrer mis venas mientras me dirigía a nuestro equipo de trabajo y socios. Mi satisfacción era inmensa; este proyecto había consumido meses de mi vida. Las cifras que acababa de presentar eran históricas-. Y en tan solo unas semanas, con el lanzamiento europeo, esa cobertura estará disponible también en todo el continente.

Mi equipo de trabajo estalló en aplausos, algunos incluso dando gritos de júbilo antes de que comenzaran a abrazarse entre sí. Era una noticia fantástica, la confirmación de que nuestra empresa no solo era estable, sino que estaba en plena expansión. Un triunfo rotundo para todos.

-Con respecto a Latinoamérica, por ahora solo podrán contar con nuestros zapatos a través de la página web, ya que contamos con envíos internacionales -añadió mi esposo, Thomas, tomando la palabra con su habitual calma y autoridad.

Thomas era la mano derecha del CEO de nuestra empresa, pero debido a la agenda siempre abarrotada del jefe y su preferencia por no pasar mucho tiempo en las oficinas, la verdad es que la mayor parte del trabajo pesado y de la gestión diaria caía sobre mi marido. Me sentía orgullosa de verlo al mando.

-Y bueno, eso es todo por hoy, caballeros. Es hora de descansar y disfrutar de este logro -finalizó Thomas, cerrando la tablet con un sonido seco.

-¿No creen que esto hay que celebrarlo a lo grande? -preguntó Hugo, uno de nuestros socios más entusiastas, con una sonrisa pícara.

-¿Qué tal si vamos todos a cenar? -Thomas me miró, alzando una ceja en una pregunta silenciosa, sabiendo que yo era la organizadora social del grupo. Hice un puchero, sintiendo una punzada de culpa.

-Lo siento, amor. Pero hoy tendremos una salida de chicas por el cumpleaños de Violeta. Un plan que no puedo cancelar.

Thomas sonrió con resignación, ese tipo de sonrisa que solo da un hombre completamente seguro de su posición.

-¿Entonces? ¿Salgamos nosotros? -Mi marido miró a los hombres de la empresa, quienes asintieron de inmediato, el ánimo festivo era palpable-. ¡Es viernes! Ya que las mujeres no nos invitaron a su panorama, entonces hagamos uno nosotros mismos. ¡Una noche de puros negocios y copas!

Reí, sintiendo una ráfaga de cariño por mi esposo y su capacidad para adaptarse a todo. Me acerqué a él para besarle la mejilla, pero Thomas fue más rápido. Pasó su mano por mi cintura con una fuerza cariñosa y me acercó a su cuerpo.

-Te amo. Nos vemos en la noche -murmuró en mi oído, su aliento caliente erizándome la piel, antes de dejar un beso rápido y posesivo en mi cuello-. No llegues muy borracha esta vez.

Muerdo mi labio inferior, sintiéndome avergonzada. Lo decía porque la última vez que salí con las chicas para desahogarnos de un gran cierre de contrato, llegué, admito, un poco demasiado pasada de copas. Había sido divertido, sí, pero el dolor de cabeza del día siguiente fue épico. Ups.

-Tranquilo, amor. Esta vez me voy a comportar. Prometido -le aseguré, besándolo de nuevo antes de soltarme.

Horas más tarde, el ambiente en el bar era completamente diferente. La música vibraba, las luces eran tenues y la mezcla de risas y conversaciones creaba un bullicio reconfortante. Estaba sentada en un stand cómodo junto a mis amigas.

-¡Vamos, chicas! ¡Salud por Violeta y sus veinticinco años! ¡Y por su madurez! -grité en medio de la euforia del momento, mientras alzaba mi copa de margarita. Le di un sorbo largo y refrescante a la bebida, sintiendo el golpe dulce y cítrico.

Violeta era mi confidente en el trabajo, mi mejor amiga en este mundo corporativo. Era la persona a la cual le podía contar mis secretos más tontos, mis penas más profundas y hasta los detalles más íntimos sobre mi vida sexual con Thomas. Ella siempre me escuchaba sin juzgar.

-Te manchaste el vestido con queso cheddar -me dijo Violeta entre risas, señalando la pequeña mancha en la seda de mi vestido de coctel.

-No importa. Thomas me lo quitará cuando llegue a casa y pondrá la lavadora. Es un esposo perfecto -respondí con una sonrisa perezosa.

-Eres afortunada, Selene -se quejó Marissa, la más cínica del grupo-. Tú eres la única casada aquí. Tienes un hombre que te espera, un apoyo constante.

-Pero estar solteras no tiene nada de malo. Es una libertad envidiable -dije, tratando de ser justa.

-Sí, pero pasas cada noche con el amor de tu vida. Creo que eso es infinitamente más lindo y menos agotador que las citas por aplicación.

Miro a Marissa y mi sonrisa se ensancha, sincera y espontánea. No pude evitar admitir la verdad.

-La verdad sí, lo es -admito. La sensación de Thomas a mi lado era mi ancla-. ¡Pero no hablemos de mí! -exclamo, sacando otra papa frita crujiente con queso-. Violeta, ¡tengo un regalo para ti!

Dejo mi pequeño bolso de mano sobre mis piernas y busco la bolsita roja de terciopelo. Antes de dársela, me inclino para darle un beso cariñoso en la mejilla, celebrando su cuarto de siglo.

-¡Es precioso! -Ella saca el collar de oro blanco, cuyo dije era un colibrí minúsculo y detallado, su animal favorito. Sus ojos brillan con emoción-. Muchas gracias, Selene, me encantó.

Me da un abrazo desde su silla, antes de darse la vuelta para que se lo coloque en el cuello.

-Siento que voy a llorar -murmuró, con los ojos vidriosos.

-No, ridícula -río, llamándola como ella siempre me llama a mí. Obviamente con cariño-. Me alegra mucho que te haya gustado.

-Yo te traje esto, no es de oro blanco, pero creo que te gustará -Marissa me fulminó con la mirada por mi obsequio, y yo reí a carcajadas. Luego le entregó una bolsa elegante de la que Violeta sacó un bolso de cuero de color negro, de una marca que sabíamos que a ella le encantaba.

-Oh, sí. ¡Claro que me gustó! -chilló Violeta-. ¡Está bellísimooooo!

Dejé de prestarle atención a la celebración cuando mi mirada viajó sobre el hombro de la cumpleañera.

¿Hola? ¿Por qué ese hombre me está mirando así?

Frunzo levemente el ceño. Mi diversión se congeló. Vi a un hombre, un desconocido total, de cabello negro azabache, sentado en una mesa a cierta distancia, pero con una visibilidad perfecta de la nuestra. Estaba vestido con una sencilla pero ajustada polera negra que dejaba al descubierto unos brazos grandes y notablemente musculosos, y unos hombros anchos. Era innegablemente guapo, con facciones fuertes y una presencia que casi dolía.

Pero por muy atractivo que fuera, no me agradó tener a una persona desconocida mirándome con esa intensidad, casi... depredadora. No era admiración, era posesión. Me dio un escalofrío que no pude sacudir.

Me da miedo.

-¿Selene? ¿Estás de acuerdo?

Muevo mi cabeza de un lado a otro, intentando esfumar mis pensamientos.

-Perdón, Violeta. Me perdí por completo. ¿De qué hablaban?

-Queremos pedir otra ronda de margaritas, pero estamos debatiendo si es muy tarde -me respondió. Dirijo mi mirada hacia el reloj que tenía en la muñeca. Hago una mueca.

-No, Selene. No mires la hora -se quejó mi amiga, adivinando mi intención.

-Son las tres de la mañana, chicas. Ya es bastante tarde...

-¿Y? Thomas debe estar todavía con los chicos, si es que no está jugando póker. No eres la Cenicienta -se quejó mi amiga, pero se me hacía un tanto difícil prestarle atención, puesto que todavía me sentía observada. Podía sentir el peso de esa mirada fría sobre mí, casi como una presión física.

No mires hacia allá, Selene, no mires hacia...

-Hey... parece que alguien se enamoró de Selene -Marissa soltó, su voz burlona, mientras dirigía su mirada descaradamente hacia el hombre extraño que estaba detrás de Violeta.

-No sé qué le pasa. Ya me siento incómoda -murmuré, mi voz bajó un tono.

-¿Cómo que no sabes qué le pasa? Simplemente le gustaste, y te está mirando como si fueras su cena -Violeta se encogió de hombros, restándole importancia-. Es el típico flirteo de bar.

-Ya, pero su mirada no es de flirteo. Es... No sé. Demasiado fija. Intrusiva -lo miro de reojo, y pude darme cuenta de que seguía observando hacia acá, sin pestañear. Sus ojos eran claros, casi plateados, y parecían verme a través de la piel.

-Es guapo, Selene, admítelo -dijo Marissa-. Grande, sexy... tiene ese aire de chico malo que a ti te gusta solo mirar de lejos.

-Para mí no hay nadie más guapo que Thomas, mi esposo -aclaro, mi tono se volvió instantáneamente defensivo.

-Ay, Dios. Él no está acá. No es necesario que mientas. No tiene nada de malo encontrar a un chico guapo, Selene.

-Marissa, no estoy mintiendo -frunzo mi ceño, un tanto molesta por su insinuación. El amor por Thomas era real, no una fachada-. No digo que el hombre de allá no sea guapo, su físico es impresionante, pero para mí nadie sobrepasa la belleza y la calidez de mi marido. Ni su inteligencia.

-Se nota que estás muy enamorada, ¿no? -Violeta intervino, tratando de suavizar la tensión con su tono soñador.

-Pues claro. Sino, no estaría casada con él, ¿verdad? -dije con obviedad, forzando una sonrisa-. Buah, ¿por qué terminamos siempre hablando de mí?

-Tu vida es mucho más interesante que la de nosotras, eso se sabe. Tienes la vida resuelta -Violeta dijo con tranquilidad, encogiéndose de hombros-. ¿Entonces? ¿Pedimos otra ronda de margaritas? -insistió, emocionada, tratando de recuperar el ambiente festivo.

-Vale, pero quiero ir al baño primero. Necesito un respiro de este ambiente y de esa mirada -dije, sintiéndome repentinamente tensa. Me paré de la mesa y miré a las cuatro chicas con las que vine-. ¿Alguien más quiere ir?

-Siento que no me puedo poner de pie -los ojos de Violeta brillaron con diversión y un toque de ebriedad.

-Si quieres yo te acompaño -Jessica, una de mis compañeras de trabajo, me dijo. Asentí de inmediato, agradecida por la compañía, y ella se puso de pie para seguirme hasta los baños.

Hice mis necesidades, tomando todas las precauciones para que mi cuerpo no tocara directamente el inodoro, y salí para lavarme las manos. Me retoqué mi labial nude y peiné un poco mi cabello, mientras Jessica se limpiaba un poco de máscara de pestañas que se le había corrido por el calor del bar.

Cuando ya estábamos listas, salimos del baño y caminamos nuevamente hacia nuestra mesa. Pero tan pronto como salimos del pasillo, mi atención se desvió. La mirada intimidante de ese hombre, el de la polera negra y los ojos plateados, seguía intacta. Me estaba esperando. Y no se había movido.

La incomodidad se convirtió en una molestia. Ya no aguantaba más ser la pieza observada de su exhibición. Mi instinto de loba (una parte de mí que no entendía y que a veces se manifestaba en arranques de valentía tonta) se activó.

Le hice una seña a Jessica para que fuera a sentarse con nuestras amigas, indicándole que se adelantara. Ella me miró extrañada, pero obedeció. Yo, sin dudarlo, seguí de largo hasta la mesa donde el desconocido de cabello negro azabache me observaba con una intensidad que prometía problemas. Iba a terminar con esto de una vez por todas.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022