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Obligada a Casarme con mi excuñado

Obligada a Casarme con mi excuñado

Autor: : Svaqq16
Género: Romance
Ariadna Acosta está atrapada en un oscuro juego de pasiones y venganzas. Su prometido, Iván, ha sido encarcelado. Desesperada por salvarlo, acepta la oferta de un misterioso y atractivo joven rubio que promete liberarlo, sin imaginar las consecuencias. El precio que paga es alto: ahora debe casarse con Nathan, el medio hermano de Iván, un hombre que solo busca vengarse de él y de su padre. Lo que comienza como una obligación pronto se convierte en una irresistible atracción. Nathan, con su astucia y fingida frialdad, despierta en Ariadna sentimientos que ni ella misma comprende. Mientras Iván, consumido por los celos, la trata como una traidora, Ariadna se encuentra dividida entre el amor que alguna vez sintió por Iván y el peligroso deseo que Nathan le provoca. ¿Será Nathan el verdadero villano o el único que ha sabido jugar bien sus cartas? "Ariadna negó con la cabeza. Se sintió estúpida, resultó ser una simple pieza en el tablero de Nathan Karsson, mejor dicho; Nathan Urriaga. El hombre usaba la máscara de inocente esposo y fingía sufrir por la infidelidad de la mujer que "ama", quedó como la víctima de una promiscua bruja que se metió con dos hermanos. Hasta sus padres la veían como la mala de la historia. Ella miró el techo, ¿habría alguna manera de salir de todo ese maldito embrollo?"

Capítulo 1 Noche de bodas

Nathan Karsson, antes de volver a su recinto, contempló con una expresión de burla su reflejo en la ventana de vidrio. Si su padre creía que eso sería todo, estaba muy equivocado; su venganza apenas daba inicio.

El joven Karsson sacó un teléfono de su portafolio y empezó a mandarle mensajes anónimos a su medio hermano, mediante esos textos, le contaba una elaborada historia de amor, traición e infidelidad protagonizada por Ariadna Acosta.

Sus carcajadas resonaron en la habitación. El reloj marcó la siguiente hora y, por placentera que pareciera ser la venganza; ese círculo te devuelve al inicio, a esa sensación de vacío y dolor. En ese tiempo el alcohol resultó su mejor aliado; al ingerirlo, sus absurdas emociones se entumecían. Tras su segunda copa de vino, logró relajarse y con su espalda reclinada en su silla de piel sintética de color negro, la imagen de Ariadna irrumpió en su cabeza. Sus labios carnosos le resultaron apetecibles. La duda de ver qué había debajo de aquel vestido blanco, sin mancha, impecable y perfecto, le resultó tentadora. Tras probar la tercera copa, sus mejillas adquirieron un leve sonrojo. Sus pensamientos lascivos podían volverse palpables; la mujer que los inspiraba estaba a unos cuantos metros.

...

En un intento fallido de ser sigiloso, Nathan tiró un jarrón que adornaba el pasillo. Sin darle mayor importancia, siguió su camino hasta irrumpir en la habitación de Ariadna.

Observó de pies a cabeza a su esposa recostada en la cama. Se acercó de a poco a ella, semejante a un cazador que tienta a su presa. Y al llegar a su lado, depositó con suavidad su mano en su cintura. Ariadna brincó ante el tacto.

-¿Qué haces? -le dijo aterrada.

-Nada. ¿Qué hay de malo en que te sujete la cintura? Eres mi mujer.

Ella agitó la cabeza.

-Yo no soy tu mujer. Deja de decir locuras.

-Eres mi esposa, no está mal llevarnos bien. -Recorrió con su mano la estrecha curva del torso femenino.

-Oye, ¿qué te pasa?, ¿estás borracho, verdad? -Ella saltó de su lugar y se alejó varios pasos de él.

-Estamos aburridos. Podemos distraernos un rato. -Acortó la distancia entre ellos, estiró su mano y agarró la mejilla de Ariadna con ímpetu y la besó con ferocidad.

Ariadna no tuvo una reacción inmediata, el pánico no la dejó actuar. Experimentó cientos de besos en el pasado, pero nadie le había devorado la boca así, con tanta hambre, sus lenguas obscenas danzaban. A través de sus fosas nasales percibió el aroma a sándalo; cálido, cremoso y amaderado que desprendía aquel hombre.

Se separaron un poco por la falta de aire, el tiempo suficiente para que los pensamientos coherentes volvieran a ella.

Nathan se volvió a acercar y Ariadna, con mano firme le dio una bofetada.

Él sujetó su mejilla enrojecida, y le dedicó una mirada que destilaba odio. El coraje hizo que el alcohol abandonara su cuerpo.

-Estúpida. Te iba a dar el honor de pasar la noche con un verdadero hombre. -Sonrió de lado sin dejar de masajear su cachete-. Por lo visto eres tan simple y corriente como él. No tienes ni un gramo de clase, mujer barata. -Se giró sobre sus talones y salió de esa habitación.

Ariadna, luego de quedarse sola en el frío y lujoso cuarto, se dejó caer sobre el colchón. Abrazaba las sábanas blancas, mientras sus ojos soltaban lágrimas de amargura.

Tenía cuatro días de casada, y el dolor de ese día parecía aumentar.

...

Una semana antes:

-No olvides que esta bella boquita debe adornarse con una sonrisa, mi amor -Nathan estiró su mano hasta sujetar con fuerza la barbilla de Ariadna.

Ella trató de soltarse de su agarre, pero su "prometido" era mucho más fuerte que ella, así que cualquier intento era inútil.

-¿Por qué? ¿Por qué yo? -quiso saber con voz quebrada. No comprendía qué de especial o extraordinario tenía ella para ser la elegida y convertirse en su esposa de mentiras.

-Porque sí -le respondió con una sonrisa torcida.

Tres días después de eso fue su tan aclamada ceremonia de bodas.

Siempre fantaseó con ese día; la felicidad que iba a emanar de sus padres, sus futuros suegros y sus amigos. Sin embargo, ese día no era nada parecido a lo que soñó. Primero su boda sería con un tipo que apenas conoció, y de lo único que tenía la seguridad es que era un hombre poderoso y peligroso, que ni siquiera tuvo la decencia de explicar el verdadero motivo por el que necesitaba una esposa falsa.

Antes de salir y hacer su entrada triunfal, le colocaron con cuidado el velo. Tomó aire, sus manos temblorosas sujetaron con fuerza el ramo de rosas blancas naturales y acto seguido avanzaba por el pasillo, de fondo se escuchaba la marcha nupcial. En su pecho la opresión crecía y sus manos sudaban tanto que creyó que su ramo se le caería en cualquier momento.

De repente miró a su padre, su cara denotaba seriedad, como si en lugar de estar en una boda estuviera en un funeral.

Por un momento el miedo la hizo creer que él no estaría ahí. No podría enfrentar esa situación sola.

Al estar frente al altar, sus ojos marrones se posaron en la figura de su futuro esposo; Nathan, sus ojos verdes e intimidantes, ahora reflejaban falsa dulzura.

El juez comenzó con el protocolo de la ceremonia y un pastor invitado dio una pequeña reflexión sobre la importancia del matrimonio. El juez volvió a lo suyo y los miró directo a los ojos antes de declararlos marido y mujer.

Ariadna soltó unas pequeñas lagrimitas, y Nathan le sujetó con delicadeza la mejilla, se inclinó hacia ella y le rozó con suavidad los labios. Los presentes sonrieron, y la madre de Ariadna no pudo ocultar su descontento.

El nuevo matrimonio giró y quedó frente a la audiencia. Nathan le apretó la mano y ella giró la cabeza en dirección a él.

-Sonríe por este hermoso día -le dijo en voz queda.

Instantáneamente ella obedeció.

Capítulo 2 Trato

Llegó la hora de la celebración. Los padres de la novia contemplaron el jardín del Arrecife decorado entre hermosos arreglos de rosas blancas y tul brillante. Hace seis meses ni siquiera se le habría ocurrido una situación como esa.

Con semblantes preocupados seguían en la tarea de descifrar que llevó a su hija a casarse de la nada con un hombre que apenas les había presentado. No es que Nathan no fuera un buen partido, se veía una persona de dinero, atractivo y con un hablar elocuente. El problema era que hace seis meses su hija moría de amor por Iván Urriaga.

Con el pecho apretado Ariadna atendía a los invitados. Sus mejillas dolían de tanto sonreír.

Entonces, a lo lejos alcanzó a escuchar una voz conocida: la señora Estela se encontraba en el lugar, llevaba un vestido azul con pedrería y un hombro descubierto, y el cabello recogido en una cola baja. Enseguida caminó hacia el otro lado, pero su marido, al percatarse de eso, la tomó de la cintura y la llevó hasta la señora Estela.

Él era más alto, más fuerte, así que resistirse no resultaba una opción.

-Señora Estela, que bella se ve hoy.

La aludida sonrió ampliamente, hasta que sus ojos contemplaron a la bella mujer vestida de novia al costado de Nathan.

»Ella es mi esposa, su nombre es Ariadna Acosta. -Nathan sonrió de lado.

El entrecejo de Estela se arrugó; conmocionada, volteó a ver a los lados en busca de su esposo y de su hijo.

»Parece que ha visto un fantasma. ¿Acaso mi esposa tiene algo de malo?

Estela trató de relajar el rostro. Parpadeó varias veces y con la mayor tranquilidad que pudo le dijo que le deseaba una vida feliz, que de salud no se encontraba muy bien y que tendría que retirarse.

Ariadna se quedó de piedra en su sitio, sin comprender la relación que compartía su esposo con la madre de su ex prometido y a sus espaldas escuchó esa voz grave y juvenil. Deseaba correr lejos de ahí, pero era demasiado tarde.

-¡A-Ariadna! -la llamó aquel joven-. ¿¡Por qué estás vestida así!?

-Ella es mi esposa, la mujer maravillosa de la que te conté -dijo Nathan con fingida inocencia.

-¿Este es el hombre por el cual me dejaste? ¿¡ME ABANDONASTE PARA CASARTE CON MI HERMANO!?

El estómago de la joven novia se revolvió. ¿Iván había dicho hermano? Eso era imposible porque él era hijo único. Además el apellido de aquél hombre era Karsson. Y no era nada parecido a Iván que era una copia exacta de su padre, cabello y ojos oscuros.

Las manos fuertes de su ex prometido apretaron sus brazos.

-¿Qué crees que haces? ¡La lástimas!-Nathan de un movimiento apartó a su esposa del colérico chico.

-Necesito que me digas que esto es una broma de mal gusto. ¡Quiero qué me digas que esto no es real! -Iván se encontraba fuera de sí. Su cerebro no alcanzaba asimilar cómo es que la mujer de su vida se había casado con otro hombre.

Nathan le lanzó un vistazo a Ariadna y entonces ella entendió por qué la eligió.

-Nathan -se escuchó la voz de Iván Urriaga, padre-. ¿Qué pasa?

Estela se puso en medio de su hijo y su hijastro. Iván gritaba que eran personas de mierda. Acusó a Ariadna de ser falsa, deseó delante de todos los invitados que estuviera muerta, le dijo que no solo rompió su corazón, si no que le quitó las ganas de vivir.

-¡Basta, basta, Iván! -rogó Estela, con sus brazos sujetó con fuerza el torso de su hijo.

-¡TE ODIO, LOS ODIO, MALDITOS! -Hizo a su madre de lado y con todas sus fuerzas le soltó un puñetazo a Nathan.

-¡Hijo de puta! -soltó el rubio, y se limpió el labio con la manga de su saco negro. Su siguiente movimiento fue atinarle dos puñetazos, el primero en la boca del estómago y el segundo en la mejilla.

-¡Ya, por favor, paren! -suplicaba Estela con el corazón desbocado, asustada de que su hijo y Nathan terminaran por quitarse la vida.

Iván padre, tuvo la intención de ponerse en medio de ese par y separarlos, pero la furia de su hijo menor era incontrolable.

Mientras tanto Ariadna lloraba desconcertada en una esquina, sus ojos manchados por el rimel. Sus piernas temblaban y dentro de sí el caos le carcomía los huesos. ¿Qué podía hacer? Una mujer del equipo la guío hacia una habitación.

En esa lucha física que se trataba más de una guerra de egos, Nathan atinó tres puñetazos más en el rostro de su medio hermano.

Iván aturdido por los golpes se desvaneció y cayó al suelo. Nathan se puso de cuclillas sobre Iván, sin titubear le iba a dar otro golpe. Sin embargo su padre lo sometió, lo abrazó por la espalda con fuerza y lo quitó de encima de su hijo menor.

Nathan se paró del suelo y se fue a una esquina alejada del salón. El rostro de Iván bañado en sangre, asustó a los invitados.

-Malditos, malditos -susurró Iván.

-Nathan. -El señor Urriaga se acercó a su hijo mayor, sentía vergüenza de pronunciar su nombre-. Nunca fue mi intención... Esto es tan caótico.

-Sigo sin entender qué ha pasado padre. Tengo una larga conversación con mi esposa -le dijo con fingida preocupación, arregló su saco y se limpió la sangre de la barbilla-. Lo mejor será que se retiren, no quiero ocasionar un escándalo en los medios que le afecten. No quiero más problemas.

-Lo siento, hablaré con tu hermano. Yo estoy aquí si me necesitas lo sabes-le susurró Urriaga y fue hasta dónde estaban los demás miembros de su familia.

Nathan caminó directo a la recámara donde habían llevado a retocar a Ariadna. Entró al pequeño cuarto con una expresión seria que se suavizó al estar frente a su esposa.

-El espectáculo fue glorioso -le dijo encantado, y sin poder disimular una enorme sonrisa.

Ariadna se mordió el labio inferior tan fuerte que estuvo a nada de sacarse sangre.

Capítulo 3 Plan

-¿Esto lo planteaste tú? -le preguntó con voz rota-. ¿De verdad te parece glorioso? ¿Qué es lo que te causa tanta gracia?

-Ari, Ari, mi amada princesa. ¿Crees que elegirte a ti fue coincidencia? Querías respuestas, aquí las tienes.

-Tú y el señor Urriaga... Tú e Iván. ¡Eres una persona horrible! -Apretó los labios y cerró los puños con fuerza. Su misión, su parte de ese trato absurdo, era mucho peor de lo que había imaginado.

-Bueno, preciosa. Si tan horrible soy, rompamos este acuerdo. ¿Qué te parece? Lo hubieras dicho desde el principio. -Se aclaró la garganta, mientras se acomodaba con cuidado la corbata-. Terminemos con esto y el salvaje ese que vuelva al lugar donde pertenece.

Ariadna lo miró directo a los ojos, horrorizada por lo que ese hombre podía llegar a hacer.

-¿Qué dices? -inquirió con el corazón acelerado.

-Este contrato lo puedes romper cuando quieras, mi amor. Pero tu amado Iván volverá a prisión por un cargo peor que el anterior. Así se va a quedar encerrado el resto de su vida o... -Esbozó una sonrisa sardónica-, le puedo dar otro fajo de billetes a algún recluso y que su dolor termine rápido.

La novia negó con la cabeza, y pidió que no lo hiciera. Ella utilizó el nombre de su madre, de su padre y hasta su propia vida como garantía de que no iba a romper el acuerdo.

-Híncate y ruega. Convénceme -Su mirada se estrechó y la sonrisa se hizo más amplia, más perversa.

Ella obedeció sin chistar. Ese hombre no titubea ante sus deseos. Fue capaz de idear todo eso y solo él sabe sus demás planes.

Nathan se inclinó hacia ella, y estiró su mano con la intención de acariciar su mejilla. Ariadna alejó el rostro como reflejo.

-Eres mi mujer, mi esposa. Haz méritos y así te perdonaré por acostarte con mi hermano -su voz destilaba sarcasmo.

Ariadna frunció el ceño, ante la expresión pervertida de Nathan. Odiar a alguien que acabas de conocer debería considerarse imposible. Pero ella no encontraba otra palabra para definir lo que ese hombre le hacía sentir.

-Vamos con los invitados. Los besos y arrumacos pueden esperar a la luna de miel.

Ariadna se levantó del suelo con su ayuda. Después de que una mujer de piel blanca y cabello rojo, le volviera a retocar su maquillaje, dieron la cara a los invitados. Nathan destiló odio disfrazado de compresión a través de sus palabras apacibles, su discurso constaba de hacer quedar mal a Iván, a la señora Estela, a su padre y sobre todo a ella, entre líneas confirmaba la infidelidad de su ahora esposa y dejaba ver también la relación clandestina que sostuvo con su medio hermano.

La cabeza de Ariadna trabajaba a mil por hora, ignoró los comentarios pasivo-agresivos que le dedicaban entre susurros los invitados. Iván nunca le mencionó nada de un medio hermano, no obstante la señora Estela parecía estar muy al tanto de Nathan. Ella siempre vio en la familia Urriaga un ejemplo a seguir, pues a diferencia de sus padres, ellos irradiaban amor verdadero. Cada quién tenía su propio drama familiar y, por lo visto, el señor Urriaga no se escapaba del suyo.

***

Lo siguiente que seguía en la lista de una pareja de recién casados era su primera noche juntos. Ariadna con los ojos hinchados y el corazón destrozado observó la habitación con paredes blancas y con apenas unos cuantos muebles, intuyó que ese cuarto se convertiría en su jaula de oro.

La voz autoritaria de Nathan la sacó de sus cavilaciones, al ver que ella no hacía caso le volvió a exigir que se desvistiera. Ella no se opuso, ¿qué podía hacer? Sus prendas cayeron al piso, solo le quedaban su bragas, contuvo el llanto, se aferró a un poquito de dignidad. Entonces él habló con voz firme:

-Pensar que fuiste la mujer de aquel bastardo -dijo y la miró de arriba a abajo-, me da asco. Ese imbécil de seguro pasó sus asquerosas manos sobre ti.

-¡No te expreses así de él! -reclamó Ariadna sin mirarlo, mientras se cubría el pecho.

-De seguro coger con ese malnacido te encantó, ¿verdad? No eres más que una mujercita insignificante. -Le dedicó una mirada llena de desprecio y acto seguido salió del cuarto.

Ariadna se aferró a los bellos recuerdos que le quedaban de su vida pasada; a su sueño imposible de ser la esposa de Iván Urriaga. En ese momento sus días eran tan dichosos que debió sospechar que algo saldría mal. Tenía tres años de feliz noviazgo con Iván, y apenas le había entregado el anillo.

Hace siete meses su vida cambió con la rapidez de un chasquido. Su futuro con Iván fue nublado en un principio por la desaparición de su suegro en Brasil. Después la monstruosa empresa que le había dado trabajo a su prometido lo acusaba de desviar montos millonarios. La prensa amarillista no tardó en filtrar noticias falsas sobre Iván, noticias que generaban odio mediático.

En medio del dolor y la desesperación, una solución surgió de entre las sombras; un sujeto joven, guapo que le aseguró que si ella le ayudaba en un asunto "secreto", él sería capaz de sacar a Iván de prisión. Ella aceptó, insegura, por dentro creyó que todo se trataba de una vil broma. Una semana después Iván dejó atrás la prisión. Un par de días transcurrieron y aquel sujeto se comunicó con ella; su primera orden fue decirle a su novio que ella había conocido a otra persona y terminar la relación.

Ariadna negó con la cabeza. Se sintió estúpida, resultó ser una simple pieza en el tablero de Nathan Karsson, mejor dicho; Nathan Urriaga. El hombre usaba la máscara de inocente esposo y fingía sufrir por la infidelidad de la mujer que "ama", quedó como la víctima de una promiscua bruja que se metió con dos hermanos. Hasta sus padres la veían como la mala de la historia. Ella miró el techo, ¿habría alguna manera de salir de todo ese maldito embrollo?

¿O tendría que sucumbir ante las ideas retorcidas de ese loco?

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