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Obligada a casarme con mi enemigo.

Obligada a casarme con mi enemigo.

Autor: : A. A. Falcone
Género: Romance
Ella tiene algo que él necesita. Él es el único que podrá protegerla. El padre de Abril ha sido asesinado y ella sabe que la versión oficial oculta el verdadero motivo de su muerte. Desprotegida, y a cargo de su hermana pequeña, no sabe si en ese momento ellas también corren peligro. Lo único que tiene para guiarse son las últimas instrucciones de su padre. Un secreto enterrado en el jardín de su casa y un nombre: «Karlo». Lo que ella no esperaba, es que detrás de ese misterioso nombre se encontrará Marcos Montalván. El mismo que tiempo atrás había sido herido y salvado por su padre. Pronto descubre que él no es un hombre bueno y las sospechas de que pueda ser el asesino de su padre cada vez son más grandes, pero hay algo en él que la atrae sin remedio y sabe que ella a él no le resulta indiferente. ¿Podrá Abril descubrir lo que oculta la muerte de su padre? ¿Logrará escapar de la irresistible atracción que hay entre ellos, o caerá enamorada en los brazos del asesino? Sin embargo, en la vida, ¿acaso todo es lo que parece?

Capítulo 1 La Caja Secreta

Aquella noche se presentó tranquila. El bar no había tenido demasiada clientela y Abril había estado bastante relajada, mientras servía alguna que otra copa en la barra. Su trabajo no le agradaba demasiado, pero tampoco era que lo detestara, al menos le daba independencia económica.

Había sido contratada hacía un par de días y, hasta ese momento, más que ver a clientes borrachos, no había tenido ningún problema. Su único malestar era que no podía estar en casa, ni ayudar a su padre y a la empleada con su hermana pequeña, Maite, de solo diez años.

Mientras secaba unas cuantas copas, para matar el tiempo hasta que se cumpliera la hora del cierre del local, Abril oyó un ensordecedor alarido proveniente de una de las esquinas del bar.

Rápidamente, se volteó en la dirección de la que provenían los gritos. Por un momento, pensó que se trataba de un borracho que se había caído, sin embargo, el alma abandonó su cuerpo cuando vio que los alaridos provenían de un hombre de mediana edad al que ella reconoció como un funcionario del Estado.

Por inercia, dio unos cuantos pasos hacia atrás hasta chocar con una de las estanterías llenas de copas, que comenzaron a caer al suelo estrepitosamente.

Había un total de tres hombres que estaban torturando al funcionario en cuestión, por lo que, luego de que Abril chocara contra la cristalera, dos de ellos, los que escoltaban al que parecía ser el cabecilla del grupo, se acercaron a ella.

Sus portes eran imponentes, y Abril no pudo evitar sentir un miedo atroz recorriéndola de pies a cabeza. ¿Por qué demonios no había corrido cuando había tenido tiempo? ¡¿Qué más daba?! Allí estaba, con dos hombretones que la miraban con una furia asesina.

Su estómago se revolvió. Como pudo, fue capaz de contener una arcada, en el momento en el que el más alto de los sujetos, se enfrentaba a ella.

La ansiedad y la angustia que momentos antes había sentido al ver al funcionario siendo torturado, se esfumaron por completo y el miedo tomó su lugar.

-Aniquílala -le ordenó al hombre más bajo que se había adelantado unos cuantos pasos hasta quedar a su altura.

-¿Estás seguro? -inquirió.

-¿Desde cuándo desobedeces una orden, Martin? -preguntó el cabecilla del grupo.

El sujeto, al parecer, había obtenido la confesión que buscaba por parte del funcionario o bien se había hartado.

El hombre, que había sido víctima de las torturas, se encontraba en el suelo y soltaba, de vez en cuando, suaves sonidos lastimeros.

-Lo siento, señor, es solo que...

-¿Qué ahora temes matar a una niñata insignificante? Es muy fácil, es como matar a un mosquito molesto -repuso el hombre con la voz más fría que un témpano de hielo y con una mirada capaz de helar la sangre.

El hombre titubeó. Si bien alzó el arma en dirección a Abril, su dedo dudó sobre el gatillo.

-Gatilla, ¡maldita sea! -repuso su jefe.

-Hazlo o te matará a ti -le susurró su compañero al oído.

Abril estaba absorta en aquella escena. No sabía qué diablos hacer. Si permanecía allí, inmóvil, la matarían, pero, si intentaba escapar, el resultado sería el mismo. Al fin y al cabo, ya estaba muerta. No importaba qué decisión tomara, su vida estaba en manos de aquellos hombres.

En el momento en el que el hombretón colocó nuevamente el dedo sobre el gatillo, Abril vio que de pronto todo se ralentizaba. Era como si el tiempo hubiese decidido bajar la velocidad.

Justo en el instante en el que su vida pasaba por delante de sus ojos, el dueño del bar salió de la trastienda.

-¡No dispare! -gritó-. Por favor, no dispare -pidió con las manos en alto, demostrando que no llevaba ningún arma y que estaba dispuesto a mediar-. Por favor, señores. La muchacha es nueva en el bar. No tiene idea de las cosas.

-Eso hará más fácil que se vaya de la lengua -sentenció el cabecilla.

-No, le juro que no será así, yo me encargaré de que ella permanezca en silencio. Le explicaré cómo funcionan las cosas. Entró a trabajar hace un par de días y no tuve tiempo de advertirle de ciertas actividades. Usted no se preocupe, yo me encargaré de ella.

-Si no lo haces, no solo la mataré a ella, sino también a ti -lo amenazó. Sus ojos del color del cielo resultaban fríos, helados y un sudor frío recorrió la espalda de Abril.

La muchacha se sentía agradecida con Michael por interceder por ella, sin embargo, nada estaba asegurado y podía que ambos fueran ejecutados.

-Por favor, señor, deme una oportunidad -rogó mientras juntaba las palmas de las manos frente a él, a modo de rezo-. Le juro que ella no se irá de la lengua y, si lo hace, enfrentaré el castigo sin problemas.

-¿Quién es esta muchacha y por qué la defiendes tanto?

-No es nadie, la conocí hace un par de días -aseguró el dueño del bar-, sin embargo, es una buena muchacha, es muy joven y merece que se le dé una segunda oportunidad.

El jefe del grupo se lo pensó por unos cuantos segundos, que a Abril le resultaron eternos, y, tras asentir, dijo:

-Más vale que sea así. -Alternó la mirada entre el dueño del bar y Abril-. Si me llego a enterar de que has abierto esa linda boquita, te las verás conmigo. ¿Te quedó claro? -preguntó mientras le dedicaba una fría mirada y el corazón de Abril se paralizaba.

La joven tragó saliva y, como pudo, asintió, antes de decir:

-L-lo entiendo, señor. -No tenía idea de cómo había logrado articular aquellas tres simples palabras.

No obstante, al parecer, esto no fue suficiente para aquel sujeto, ya que su mirada se intensificó por un momento.

-Bien, ahora vete. -No fue una petición, sino más bien una orden. Una orden que ella acató sin poner ni la más mínima objeción.

Aquel hombre había hecho que su cuerpo se convirtiera en gelatina. No solo por la frialdad de su voz y de sus ojos, sino porque su mirada le había hecho sentir algo que no tenía ni el más mínimo sentido; no, al menos, después de la situación que había presenciado.

Ese sujeto era un abusivo y lo mejor para ella era mantenerse lo más alejada posible de él, si no quería correr peligro; si no quería que su vida terminara con un tiro entre ceja y ceja.

Una vez se encontró fuera del bar, inspiró profundamente y llenó sus pulmones del aire fresco de la noche. Necesitaba relajarse, pero su cabeza no paraba de dar vueltas sobre el hecho de que, hacía unos pocos minutos, había visto a la muerte de cerca, casi había podido palparla con los dedos. Sí, había logrado sobrevivir a aquello, pero no por eso el miedo la había abandonado, por el contrario, este no había hecho más que crecer, y, de solo pensar que debía caminar por la calle, a solas, a altas horas de la madrugada, aunque su casa quedara a tan solo unas cuantas cuadras, no le hacía ni la más mínima pizca de gracia.

Sin embargo, sabía que tenía que alejarse cuanto antes de allí. No fuera a ser que los hombretones se arrepintieran de haberla dejado con vida y salieran a su encuentro. Por este motivo, con el corazón desbocado, producto de la adrenalina de lo que había vivido y de tener que caminar por las calles mal iluminadas, comenzó a andar, apretando cada vez más el paso, conforme se alejaba del bar.

No estaba segura de volver. Quizás, su jefe le dijera que lo mejor era que no regresara, pero, si no lo hacía, tal vez, ella debería presentar su renuncia. No estaba dispuesta a vivir una situación similar a la de aquella noche.

Luego de unos cuantos minutos de desesperada caminata, en la que no se paró ni por un momento y no se atrevió a mirar por sobre su hombro por miedo a encontrarse con los tres hombres, Abril por fin llegó a su casa.

Tomó la llave que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta y abrió la puerta para adentrarse en la vivienda a toda velocidad.

Una vez cerró la puerta detrás de sí, oyó que su padre estaba hablando con Abraham, uno de sus más íntimos amigos, en el salón. Por lo que, rápidamente, se dirigió en esa dirección. No obstante, en cuanto puso un pie en la sala y Abraham la vio, este se quedó en silencio y se marchó con paso firme y una extraña expresión de molestia en el rostro.

Abril frunció el ceño, confundida. ¿Qué diablos le pasaba a aquel hombre? Jamás se había comportado de esa manera frente a ella. No obstante, decidió no hacerle caso y se enfocó en su padre.

-Hola, papá -lo saludó Abril. A continuación, se acercó a él y depositó un suave beso en su encanecida barba.

-Hola, pequeña. ¿Cómo estás? -preguntó Roberto.

Abril suspiró y se limitó a sonreír. En verdad, no quería hablar de lo que había sucedido, ni con su padre ni con nadie, y no porque el cabecilla de aquel grupo «mafioso», como lo había apodado, se lo hubiese ordenado, sino más bien porque no quería recordar y revivir aquel momento. Ya demasiado tenía con el hecho de que las imágenes se sucedieran, una tras otra, en su mente, no dejándola en paz y haciéndola temer no poder conciliar el sueño.

-Bien, ¿y tú? ¿Qué haces despierto tan tarde y por qué Abraham estaba contigo? -lo interrogó.

No obstante, Roberto siempre había sido un hueso duro de roer y a la vez se había percatado de que su hija mentía. En verdad, no estaba nada bien, pero no quiso indagar más. Si ella quería contárselo, tarde o temprano, lo haría. Sin embargo, él tampoco daría respuestas a lo que le había preguntado. Si ella quería guardar secretos, estaba en su derecho, al igual que él tenía derecho a hacer lo mismo con los suyos.

-Necesito pedirte un favor -dijo, en cuanto Abril tomó asiento frente a él en el sofá de la sala.

La muchacha frunció el ceño, confundida. Su padre no solía pedirle favores; al menos, no de esa manera.

-Dime, ¿qué necesitas, papá? -preguntó, sin darle muchas vueltas. Si lo hacía, se enroscaría demasiado y sería totalmente en vano.

El hombre se dio media vuelta y, de un lado del sofá, tomó una caja y se la entregó.

-Ten. Necesito que caves un hoyo en el patio y que la entierres -le pidió, sin darle demasiadas explicaciones.

Abril alternó la mirada entre su padre y la caja, desconcertada.

-¿Qué? ¿Por qué quieres que haga eso?

-Lo mejor es que no hagas preguntas -le advirtió su padre con el rostro completamente serio-. Menos pregunta Dios, y perdona. Así que hazme el favor de hacer lo que te pido sin cuestionamientos. Tengo mis razones, cariño. No hace falta que las sepas. Espero que lo entiendas.

Abril se quedó en silencio por un par de segundos, mientras alternaba la mirada entre su padre y la caja que tenía sobre sus piernas.

¿Qué rayos había allí dentro? ¿Por qué tanto secretismo? No lo sabía y, por el rostro de su padre, sabía bien que lo mejor era que, en efecto, dejara de hacer preguntas.

Sin perder tiempo, se levantó del sofá, con la caja en las manos, se encaminó al trastero, tomó una pala y se dirigió al jardín.

No sabía muy bien qué sitio era el mejor para cavar un hoyo y enterrar aquella misteriosa caja que le había dado su padre. Sin embargo, después de meditarlo un tiempo, decidió que lo mejor sería hacerlo debajo de un viejo y enorme arce que había en el jardín, en un sitio que prácticamente nadie ni de la familia ni amigos de la familia visitaban.

Una vez cumplida su misión, subió al segundo piso, se dio una ducha y se acostó. Pensaba que, después de lo ocurrido, no podría dormir, pero el esfuerzo por cavar el hoyo y luego tapar la caja y dejarlo tan pulcro que pareciera que allí no había sucedido, nada hizo de las suyas y se durmió con solo apoyar la cabeza sobre la almohada.

Dos días más tarde, mientras Abril preparaba el almuerzo, su padre llegó a casa, con la mano en la cintura, sosteniéndose una herida en el costado derecho de su cuerpo.

-Hija... -dijo en un susurro apenas audible mientras se dejaba caer en una de las sillas del salón-, escúchame bien, recuerda esta dirección... -agregó, haciéndole señas para que se acercara y así poder hablarle al oído-: Pregunta por Karlo, él está en México, busca su protección. ¡Ahora! No pierdas tiempo -murmuró a duras penas.

-Pero, papá, te estás muriendo -replicó.

-¡Ahora! -exclamó el hombre con las pocas fuerzas que le quedaban.

Desesperada, sin saber si ayudar a su padre u obedecer sus órdenes, miró en derredor y sintió una punzada en el corazón, al comprender que no podría hacer nada por su progenitor. La vida se le estaba escapando y ella no tenía ni la más remota idea de medicina.

-Llamaré a una ambulancia -le informó mientras tomaba su móvil.

-N-no, no hay tiempo. Toma a Maite y márchense.

Los sentimientos de Abril se encontraron en ese momento, pero, como siempre había hecho y consciente de que no podía hacer nada por su padre, siguió sus órdenes. Él era el único que sabía lo que estaba sucediendo y ella no iba a juzgar lo que le pedía, aunque le resultara una locura.

Le dolía en el alma ver a su padre moribundo, sin embargo, lo mejor era tomar a Maite y marcharse cuanto antes.

Y así lo hizo.

A toda velocidad, subió las escaleras hasta la primera planta y le exigió a su hermana menor que, tan rápido como fuera posible, tomara algunas de sus pertenencias. Sin embargo, le advirtió que no fueran demasiadas, ya que tenían un largo viaje por delante y no podrían acarrear con tanto.

-¿Qué está sucediendo? -le preguntó su hermana menor mientras se ponía manos a la obra-. ¿Por qué debemos marcharnos?

Como pudo, Abril le comentó lo que acababa de suceder y lo que le había pedido su padre.

Los ojos de Maite se desorbitaron, pero no hizo más preguntas y obedeció cada una de las indicaciones de su hermana.

Tardó menos de cinco minutos en tomar unas cuantas mudas de ropa, su móvil, su portátil y su diario íntimo, antes de sentenciar:

-Estoy lista -le comunicó.

Abril asintió y, juntas, bajaron las escaleras.

Una vez que ambas estuvieron dispuestas a salir, angustiadas por dejar a su padre moribundo a sus espaldas, la puerta, por la que pretendían salir, se abrió de un fuerte golpe. El Manco, uno de los narcotraficantes más peligrosos, acababa de tirarla abajo de una patada.

Ambas muchachas dieron unos cuantos pasos hacia atrás, sobresaltadas y sintiendo como el miedo se apoderaba aún más de ellas.

Capítulo 2 Escape Forzado

Abril, totalmente desesperada, tomó a Maite de la mano y se la llevó rápidamente hacia el compartimento secreto, que su padre había enviado a construir hacía tiempo.

Le dolía en el alma dejar que su padre se enfrentara a El Manco, tan malherido como estaba. Pero no podía hacer más, si quería proteger su vida y la de su hermana pequeña. Lamentablemente, no podía enfrentarse al El Manco ni mucho menos acarrear en brazos a su padre hasta el búnker.

Una vez que ambas jóvenes estuvieron bien escondidas, Abril pegó la oreja a un pequeño ventanuco que no podía verse desde fuera y escuchó lo que sucedía en la sala.

-Dame el maldito mapa, Roberto. Hazte un favor. Estás por morir, ¿por qué seguir ocultándolo?

-No te lo daré -sentenció el padre de Abril-. No importa si muero o no, no importa lo que hagas conmigo, me llevaré el secreto a la tumba.

Roberto sabía que si lo decía lo mataría, aun si les decía donde estaba el mapa de El Gordo, el dueño de aquel tesoro que todos ansiaban, y por el que todos estaban dispuestos a derramar la sangre de quien fuera con el único fin de hacerse con él.

-¿Así que prefieres morir?

-Moriré de todos modos, te lo diga o no.

-¿O sea que prefieres una muerte terrible, antes que una simple ejecución?

-Tengo mis principios -respondió Roberto con seguridad, aun cuando su voz temblaba producto del dolor de sus heridas.

El Manco, con su única mano, lo cual le había granjeado su apodo, sacó un cuchillo y le hizo señas a un par de hombres que se habían mantenido en el umbral de la puerta a la espera de una orden de su parte.

-Átenlo -ordenó.

Una vez los hombres cumplieron con lo solicitado, El Manco comenzó a rajar lentamente la piel de Roberto. Primero, se dedicó a rasgarle la ropa y producir varias heridas en su pecho. No obstante, el hombre parecía ser inmune a aquel tipo de dolor. Por esto mismo, El Manco comenzó a hacer cortes, en su rostro y en el resto de su cuerpo, mucho más profundas que las primeras.

-Dime dónde está el puto mapa -repetía, una y otra vez, tras cada nueva herida.

-No lo haré. Mátame si quieres, tortúrame hasta la muerte, pero que sepas que de mi boca no saldrá absolutamente nada.

-Eres un maldito terco -espetó con los dientes apretados. A continuación, miró a sus hombres y les ordenó-: Vayan a la cocina a por sal, cloro y todo lo que encuentren, ya saben.

Roberto se retorció en el asiento, consciente de lo que se avecinaba. No obstante, se mantendría en sus trece hasta que la vida se le escapara del cuerpo.

En cuanto los hombres regresaron junto a El Manco, le entregaron todos los elementos que habían encontrado y que podían servir para su cometido.

El Manco tomó, en primera instancia, un salero que le ofreció uno de sus súbditos y comenzó a rociar sal sobre las heridas recién abiertas.

Roberto comenzó a retorcerse, pero no lo suficiente. Tenía un alto grado de tolerancia al dolor. No sabía por qué lo hacía, por qué se estaba sometiendo a esa tortura, pero no le daría el gusto de gritar siquiera. Sí, le ardía hasta el alma, pero no por ello dejaría de resistirse. Él era Roberto Cárdenas, uno de los hombres más fuertes que el mundo había conocido, y, aunque El Manco fuera cruel y despiadado, y terminara matándolo, no le daría el gusto de que lo hiciera viéndolo sufrir. No, tendría que conformarse simplemente con matarlo.

El Manco, irritado por la actitud y la poca reacción del hombre, tomó una botella de cloro y lo bañó por completo con ella. La sustancia desinfectante penetró en cada una de las heridas de Roberto, haciendo que tuviera que apretar los dientes para soportar aquel dolor. No obstante, en su rostro, más que un leve enrojecimiento, no apareció ni la más mínima expresión.

-¡Eres un maldito bastardo! -exclamó El Manco, soltando el cuchillo por un segundo y propinándole un fuerte golpe en el rostro.

Uno de los dientes de Roberto salió volando por la habitación y su boca y su nariz comenzaron a sangrar copiosamente. El gusto a salitre y a hierro invadió su lengua, la cual pasó por sus labios. A continuación, sonrió.

-No importa cuánto me golpees, no importa si quieres quemarme vivo. No importa nada de lo que hagas. No temo morir. Porque sé que, de una manera u otra, lo acabaré haciendo -dijo Roberto, ceceoso, por culpa del puñetazo recibido-. Así que mejor, mátame de una maldita vez y acaba con esto. Estás perdiendo el tiempo. No lograrás nada torturándome. Terminarás matándome tarde o temprano y te quedarás sin saber dónde está el mapa. No pienso decírtelo. No tengo nada que perder -sentenció, aun cuando no era así. Temía por sus hijas, aunque sabía que Abril podría apañárselas para poner a salvo a ambas.

El Manco continuó torturándolo por lo menos durante una hora más, en la cual Roberto no dijo ni una sola palabra.

Abril y Maite observaban la escena a través del pequeño ventanuco que había en el búnker en el que se habían escondido y que daba directamente a la sala en la que se encontraban los tres hombres y su padre.

Ambas muchachas temblaban de miedo y la angustia se había apoderado de sus cuerpos. Abril, por un momento, se tapó el rostro con su oscuro cabello, pero, aunque quería evitarlo, no podía dejar de mirar aquella macabra escena de su padre siendo torturado hasta la muerte.

Cuando El Manco comprendió que lo que había dicho Roberto era cierto, que no le sacaría ni una sola palabra de dónde estaba el maldito mapa, se giró hacia uno de sus hombres y ordenó:

-Mátalo.

A continuación, su subordinado, sacó un arma calibre 38, que llevaba sujeta en la parte posterior de sus vaqueros, apuntó y disparó sin siquiera pestañear.

Al momento de la detonación, Maite y Abril se taparon los oídos y, al ver a su padre, con la cabeza desplomada sobre su pecho, ambas comenzaron a llorar sin control, pero procurando hacer el menor ruido posible. No podían permitirse que El Manco y sus secuaces descubrieran su escondite.

Tras asesinar a Roberto, los tres hombres se dispusieron a registrar toda la vivienda, sin dejarse ni el más mínimo rincón.

-Ese maldito mapa debe estar en algún lado -murmuraba El Manco, una y otra vez, mientras le daba órdenes a sus hombres para que buscaran en rincones que, para él, con una sola mano, eran inalcanzables o imposibles de abrir.

Sin embargo, tras abrir todos los cajones, revisar cada mueble por dentro, arriba, debajo, detrás, en cada rincón de la bendita casa, ninguno de los tres fue capaz de encontrar lo que buscaban, por lo que, frustrados e irascibles, se marcharon de la vivienda, dejando atrás a Roberto.

Abril estaba horrorizada con todo lo que ella y su hermana habían presenciado. Y estaba segura de que jamás podría olvidar ese rostro. Ni siquiera le importaba la ausencia de su mano, en el mundo había muchas personas así, pero ese rostro, esa crudeza de su mirada y su sadismo jamás se le borraría de la mente.

Estaba totalmente aterrada y su hermana un poco más de lo mismo. Ambas sentían que sus cuerpos se habían quedado sin energías. Abril quería escapar cuanto antes, sin embargo, decidió esperar un tiempo prudencial para salir de la casa. Lo mejor sería escapar por la noche.

-Duerme un poco, Maite -le dijo a su hermana-. Pronto nos marcharemos de aquí -le aseguró.

Al caer la noche, ya de madrugada, Abril despertó a su hermana pequeña que, después de rehusarse por horas a cerrar los ojos, por fin se había quedado dormida y la obligó a ponerse de pie.

Abril se llevó el índice a los labios, indicándole que guardara silencio. A continuación, ambas salieron de su escondite, sigilosamente. Pasaron junto al cadáver de su padre y se encaminaron hacia la puerta trasera, que daba al patio.

Una vez que se sintieron un tanto más seguras, ambas inspiraron el fresco aire de la noche.

Cuando salieron a la calle, Abril miró a su alrededor y vio que había una gran cantidad de hombres con armas apostados en diferentes puntos estratégicos. Las estaban esperando y ella no podía permitir que le hicieran nada a su hermana ni a ella y, mucho menos, que se hicieran con el tesoro que su padre le había obligado a ocultar.

-Ven -le dijo a Maite y la tomó de la mano.

Rápidamente, la condujo hasta un callejón sin salida, lo completamente oscuro como para que nadie las viera. Los hombres se abalanzaron tras ellas. Sin embargo, cuando ellas llegaron al callejón y treparon el muro final, antes de que les dieran alcance, las perdieron de vista por unos minutos, los cuales las muchachas aprovecharon para cambiarse de ropa.

Abril tomó unas tijeras que había guardado en su mochila a modo de defensa y le cortó el cabello a Maite y luego le pidió que hiciera lo mismo con su cabello. Ambas tenían que cambiar de aspecto.

Se llenaron de barro que había en una de las esquinas del pasadizo y cuando volvieron a salir lo hicieron con toda la tranquilidad del mundo, rogando para sus adentros que las confundieran con unas simples vagabundas.

-Abril, no sé, pero me da que nuestro improvisado disfraz nos los distraerá por mucho tiempo -susurró Maite.

-No te preocupes, papá, hace un tiempo, me mostró un pasadizo secreto -le informó-. No sé por qué no se me ocurrió antes, pero tranquila, solo tenemos que llegar al final de la calle, girar a la derecha y cuando lleguemos al final de la siguiente, haremos lo mismo. Está detrás de casa. Pero apúrate y no levantes la perdiz.

Maite no tenía ni la más mínima idea de qué hablaba su hermana, pero siendo la mayor, le haría caso. A fin de cuentas, su padre siempre le confiaba los secretos a ella y eso la tranquilizaba.

Cuando llegaron a la parte posterior de la casa, Abril apuró el paso y fue en busca del objeto que, días atrás, había escondido debajo del enorme alce. Lo tomó entre sus manos y lo guardó en su mochila.

No estaba segura de si allí se encontraba el dichoso mapa que buscaba El Manco, pero lo mejor era no dejar atrás aquella caja, fuera lo que fuera que hubiese en su interior.

En cuanto estuvieron al resguardo del pasadizo secreto, Abril abrió la caja y comprobó que, tal y como había sospechado, allí se encontraba el dichoso mapa por el que El Manco había torturado a su padre hasta la muerte. Aquel, en efecto, era el mapa de El Gordo, el mayor traficante del siglo pasado. Abril no lo conocía más que por nombre, pero pudo deducir que se trataba de su mapa del tesoro, al ver su firma y reconocerla de inmediato. Aquella rúbrica era inconfundible. Su padre se la había mostrado tiempo atrás y ella, gracias a su memoria fotográfica, había logrado recordarla.

Rápidamente, guardó el mapa en la mochila, pensando en que la caja sería demasiado, por lo que la dejó a un lado del pasadizo mientras pensaba qué hacer a continuación.

-¿Y ahora qué hacemos? -le preguntó Maite.

Abril suspiró y tomó su teléfono móvil. Buscó un número de teléfono de confianza y le dio al botón de llamada.

Luego de unos cuantos tonos de llamadas, en los que Abril comenzó a desesperarse ante el temor de no conseguir ayuda, el hombre al que había llamado atendió.

-Abraham, soy Abril. Necesito tu ayuda para infiltrarnos en México cuanto antes -dijo y, a continuación, pasó a narrarle lo sucedido y lo que necesitaba-. Gracias, confío en ti -repuso al final y cortó la comunicación.

-¿Qué pasó? -le preguntó su hermana.

-Nada, me dijo que nos ayudará, que lo esperemos aquí.

No obstante, lo que no sabía Abril era que Abraham no había hecho más que tenderle una trampa.

Tan rápido como cortó la comunicación, marcó el número del El Manco.

-Señor, tengo información que podría serle útil.

Capítulo 3 Cruzando La Frontera

Abraham pasó a buscarlas por la casa de los Cárdenas, treinta minutos después de que Abril lo llamara.

Durante ese tiempo, ambas muchachas se dedicaron a intentar mentalizarse sobre lo que habían visto, sobre todo lo que había sucedido y lo que estaban viviendo. Ninguna de las dos se había imaginado, ni siquiera en sus peores pesadillas, encontrarse en aquella situación. Abril sabía que su padre se relacionaba con personas de dudosa moral, pero jamás creyó que él cayera a manos de uno de ellos por un trozo de papel. Sí, era cierto que, según lo que sabía, aquel mapa indicaba el tesoro de El Gordo, un reconocido mafioso narcotraficante del siglo pasado que había escondido sus tesoros, los ahorros de toda su vida, y había dejado un supuesto mapa, que ahora estaba en su poder, para poder dar con él.

Abril no comprendía por qué alguien haría algo como aquello, consciente del derramamiento de sangre que se sucedería por ello. No obstante, era un mafioso, que la sangre de las personas se derramara no era algo que le hubiese quitado el sueño alguna vez, de eso estaba segura.

Cuando Abraham llegó al escondite en el que ambas se encontraban y que él conocía porque Roberto se lo había revelado antaño, tomó a ambas muchachas, las condujo hasta un vehículo de vidrios tintados, sin decir palabras y comenzó a conducir hasta la frontera. La frontera entre Estados Unidos y México, para su fortuna, no se encontraba demasiado lejos de donde se encontraban. De hecho, hasta ese momento Abril, Maite y su padre habían vivido en una ciudad fronteriza. Para ser más precisos, vivían en Baja California del sur, a dos horas y cuarenta y cinco minutos de Tijuana, México, su destino.

-Cuando lleguemos a la frontera, tendrán que cambiar de vehículo -les comunicó Abraham-, ya que yo no puedo cruzar. Tendrán que entrar en el maletero de un coche que sí tiene permiso para pasar a México. -Miró por el espejo retrovisor, como ambas muchachas asentían, enmudecidas. Era más que evidente que estaban en estado de shock-. Una vez que crucen la frontera los recibirá uno de nuestros colegas. Así que estense tranquilas. -Su voz se entrecortó por un momento, pero ni Abril ni Maite se percataron de esto.

Luego de más de dos horas de viaje, Abraham se paró en el arcén y miró a las muchachas por sobre su hombro.

-Es ahora -les comunicó.

-Gracias, Abraham -dijo, sin ser consciente de lo que se avecinaba.

Ambas muchachas se apearon del vehículo del amigo de su padre y se trasladaron al que las estaba esperando. El hombre, de aspecto huraño, dueño del vehículo que las terminaría de transportar a su destino, abrió el amplio maletero del coche y esperó a que ambas se introdujeran en él.

Maite era claustrofóbica y por unos momentos dudó en hacerlo. Meterse en el maletero de aquel vehículo, propiedad de un completo desconocido, por Dios sabía cuánto tiempo, no le hacía la más mínima gracia.

Abril, quien era consciente de la fobia de su hermana de permanecer en lugares cerrados, sin la más mínima ventilación, la tomó por el antebrazo y se acercó a su oído.

-Tranquila, tan solo serán unos minutos -le aseguró en un susurro. No estaba segura de si realmente era así, pero quería confiar en eso y necesitaba infundirle ánimos a su pequeña hermana.

-Pero... estaremos encerradas... -Maite comenzó a agitarse, como cuando estaba a punto de tener un ataque de pánico.

-Vamos, Maite. Es esto o morir. ¿Qué prefieres? Hagámoslo por papá. Era lo que él quería. Tengo todo bajo control -afirmó, aunque no fuera del todo cierto.

Maite tragó saliva, asintió y, con todo el pesar del mundo, se metió en el interior del maletero.

-Estaremos juntas. No te preocupes -intentó tranquilizarla Abril, en cuanto ambas estuvieron en el interior del vehículo y el hombre cerró la compuerta del baúl del coche.

-Espero que sea rápido. -Maite suspiró y cerró los ojos, intentando visualizar un campo abierto, un lugar que la hiciera sentir en paz, tal y como le había enseñado su terapeuta durante los últimos años.

Los minutos dentro del coche se hicieron eternos, sin embargo, no fue demasiado en comparación a lo que ellas sentían.

-Vamos, Maite -le dijo Abril mientras movía lentamente el hombro de su hermana pequeña que, contra todo pronóstico, se había quedado dormida.

Ambas bajaron del coche y se despidieron del conductor, que se limitó a saludarlas con un escueto movimiento de cabeza.

Al cruzar la frontera, Abril comenzó a buscar a la persona que suponía que iría a su encuentro. No obstante, lo que encontró le puso la piel de gallina y le heló la sangre.

Aquello no podía estar sucediendo.

«¿Qué hace él aquí?», se preguntó al reconocer el rostro de El Manco.

-Hola, mis niñas -dijo y sonrió sádicamente.

Abril tomó a Maite de la mano y comenzó a correr. El Manco y sus hombres comenzaron a perseguirlas.

-¡Denme ese pinche mapa! -gritaba El Manco-. Sé que lo tienen ustedes. No se hagan. ¡Pendejas! -exclamó, cuando vio que ambas se metían por un pasadizo que llevaba a una zona de almacenamiento del puerto-. ¡Síganlas, no las pierdan de vista! -les ordenó a sus subordinados, que, en esta ocasión, eran más de una decena.

Una decena de hombres para dar caza a un par de muchachas.

«Todo por este maldito mapa», pensó Abril. «Si no fuera porque papá estuvo dispuesto a morir por él...».

Cuando las muchachas se sintieron acorraladas, Abril miró a Maite y, posando ambas manos sobre los hombros de la pequeña, le dijo:

-Quédate aquí, ¿sí? No te muevas. No dejes que te atrapen. -Suspiró y sacó el mapa de su mochila, lo colocó en el interior de una bolsa Ziploc. Lo último que quería era dañarlo-. Yo iré a distraerlos, ¿Okey?

Maite asintió, insegura. No le hacía ni pizca de gracia tener que quedarse a solas en el puerto, pero, como siempre, confiaba en Abril. Abril era firme, decidida y, para su gusto, demasiado temeraria. Pero siempre se salía con la suya. Por mucho que no le gustara el hecho de que se separaran, Maite no se lo impediría, quizás, lo que su hermana tenía en mente podría ayudarla.

Abril salió de su escondite y gritó:

-¡Ven por mí si puedes!

El Manco, que estaba a poca distancia de donde Abril se encontraba, le hizo señas a uno de sus hombres para que lo siguiera y corrió en la dirección de dónde provenía la voz. Al doblar la esquina de uno de los contenedores, se encontró de frente con la muchacha que agitaba en lo alto una bolsa con un papel en su interior.

-El mapa.

-¿Lo quieres? -Sonrió-. Ven por él -dijo a continuación y se lanzó en una carrera.

-Síganla, pendejos -les ordenó El Manco a sus subordinados, al ver que él había comenzado a correr y los hombres se habían quedado estáticos.

Ante aquella orden, los hombres intercambiaron un par de miradas y comenzaron a correr tras su jefe.

Sin saber para dónde diablos tomar, Abril se dirigió al borde de un precipicio. No estaba segura de qué haría a continuación, pero el mapa, estaba segura, no lo obtendrían.

«Al menos, no se acercarán a Maite», pensó.

Cuando llegó al borde del precipicio se dio media vuelta y agitó una vez más la bolsa. No sabía por qué, pero su única escapatoria, a donde no podrían atraparla, estaba tras ella.

-¡DAME ESE MALDITO MAPA! -vociferó.

-¿Lo quieres? ¿En serio? -preguntó en tono burlón-. Ven a buscarlo.

A continuación, saltó por el precipicio. Sabía que tenía altas probabilidades de morir, pero, al menos, debajo del océano no podría hallarla ni, mucho menos, al mapa.

-¡Maldita pendeja! -El Manco estaba fuera de sí.

Abril contuvo el aire lo máximo posible y permaneció sumergida un tiempo prudencial. Para su suerte, tenía buen manejo del aire, había practicado buceo y estaba acostumbrada al mar abierto.

Cuando salió a flote, vio que, como había imaginado, los hombres no la habían seguido y se habían marchado. Sabía que, si sobrevivía, no podría librarse fácilmente de ellos, pero no le importaba. Solo esperaba que su hermana estuviera a salvo.

Luego de nadar por lo que le pareció una eternidad, con la bolsa entre los dientes para no perderla, llegó a tierra firme y se encaminó hacia el sitio en el que se encontraría con su hermana. No obstante, la pequeña no estaba allí.

Su corazón dio un vuelco. ¿Dónde podía estar? ¿Acaso los hombres de El Manco habían dado con ella? No lo sabía ni tampoco conocía el país, por lo que le era imposible dedicarse a buscarla. Podía estar en cualquier parte de México. No tenía idea de los posibles escondites de esos hombres y si disponían de medios de transporte más rápidos que un coche o una camioneta.

Resignada y con un nudo en el pecho, Abril decidió que lo mejor para mantenerse a salvo, y luego poder encontrar a Maite, era seguir las indicaciones que su padre le había dado minutos antes de morir.

Sola y con el corazón en un puño, se dirigió a la dirección que su padre le había indicado.

Cuando pasó por un callejón oscuro, no pudo evitar ver a una prostituta que, en ese momento, estaba siendo acosada por un asqueroso vagabundo.

-¡Oye, tú! -gritó en dirección al hombre, quien inmediatamente dirigió la mirada hacia ella. Abril rápidamente tomó una gran trozo de ladrillo que encontró en una esquina del callejón y se lo lanzó, asestándole de lleno en la cabeza. El hombre se tambaleó y dio unos cuántos pasos hacia atrás-. Déjala en paz, si quieres vivir. Aunque con tu vida...

El hombre retrocedió unos cuantos pasos más mientras Abril se le acercaba con un palo que había tomado al pasar, tras guardar el mapa en el bolsillo de su humedecida chaqueta. Había practicado artes marciales y la verdad es que le estaba sumamente agradecida a su padre por haberla instado a que aprendiera sobre defensa personal.

-Ya, ya -dijo el hombre a media lengua. Era evidente que estaba más que borracho-. Tranquila. Ya me marcho.

-Espero no volver a verte por aquí. Yo que tú no sería tan pendejo y me marcharía ya mismo.

«Gracias, papá, por enseñarme tan bien tu castellano nativo», pensó con una media sonrisa.

El hombre se alejó tan rápido como se lo permitieron sus piernas.

-Gracias, niña -dijo la mujer-. La verdad es que ese wey estaba siendo insoportable. Ya no sabía cómo quitármelo de encima. Si no fuera por ti...

-No tiene nada que agradecer. Espero que su noche sea tranquila a partir de ahora.

Tras estas palabras, Abril dejó a la mujer, mientras ella se dirigía, gracias a la ayuda del GPS, -por suerte, recientemente, se había comprado un móvil a prueba de agua-, hasta la dirección indicada. No era difícil llegar, pero, con el cansancio a cuestas, le resultó toda una travesía.

-Hola -saludó al guardia, una vez llegó a su destino-. Necesito hablar con el señor Karlo.

-Lo siento mucho. El señor Karlo está de viaje por negocios -le informó el hombre.

Abril se mordió el labio inferior, pensativa. ¡¿Qué diablos haría?! No conocía a nadie en aquel país y no tenía dónde ir. ¿Dónde pasaría la noche? No se atrevía a hacerlo en la calle. Una desconocida en las calles ya era suficiente para que cualquier depredador se le acercara. Y mucho más peligroso resultaba que la vieran El Manco o alguno de sus hombres.

De pronto, tuvo una idea. No sabía si era lo mejor, pero era una opción, y eso siempre era mejor que no tener ninguna.

Rápidamente, se encaminó hacia donde se encontraba trabajando la prostituta que había defendido minutos atrás.

Al llegar junto a ella, la mujer la miró con el ceño fruncido, extrañada de volverla a ver.

-Hola, niña, ¿qué sucede?

Abril le explicó a grandes rasgos la situación en la que se encontraba, sin entrar en demasiados detalles.

-Entiendo, no tienes dónde quedarte. -Abril negó con la cabeza-. No te preocupes, mi casa no es demasiado espaciosa, pero cabemos las dos. Si quieres, vamos ahora. Yo ya terminé mi turno. Es demasiado tarde y no creo que aparezca ningún otro cliente. -Sonrió-. Por cierto, mi nombre es Sheila.

-Un gusto, Sheila, mi nombre es Abril -dijo y esbozó una sonrisa-. Gracias por ayudarme -agregó, cuando ambas comenzaron a andar.

-No hay de qué. Tú me ayudaste primero. Una mano lava la otra y las dos lavan la cara, o algo así dice el dicho. Creo. Nunca me acuerdo bien de esas cosas. -Rio.

Una vez que llegaron a la vivienda de Sheila, esta la invitó a pasar y le indicó dónde podía dormir.

-También tienes comida en la nevera. Siéntete como en casa.

-Gracias, solo estaré poco tiempo, lo prometo.

-No seas pendeja. Si te puedo ayudar, lo haré todo lo que pueda -le aseguró Sheila-. Ahora ven, te prepararé unas enchiladas. ¿Te gustan las enchiladas?

Abril asintió. Las había comido pocas veces en su vida, pero, por lo poco que recordaba, eran deliciosas.

Al día siguiente, Abril se despertó al temprano y comenzó a buscar a su hermana. Realmente, no sabía por dónde buscar, pero, por suerte, en su móvil tenía varias fotos de Maite, por lo que visitó cada sitio que encontró, mostrando el rostro de su hermana a todo aquel que pudiera saber algo. No obstante, después de varios días de intentarlo, sintió que sus intentos eran totalmente en vano. Nadie en, prácticamente, toda la ciudad había visto a la pequeña.

Aun así, no se daría por vencida. Sin embargo, era consciente de que necesitaba ayuda, por lo que, todos los días, se dirigía hasta la dirección que le había facilitado su padre y preguntaba por Karlo. Eso era todo lo que sabía y todas sus esperanzas estaban puestas en ese sujeto desconocido, pero que, según le había dicho su padre, era de fiar.

Cuando por fin Karlo regresó de su viaje de negocios, Abril lo estaba esperando en la puerta, dado que el guardia le había informado de que ese día regresaría. Abril no tenía idea de a qué hora lo haría, por lo que, para no perderlo de vista, decidió pedirle al guardia que le permitiera esperarlo allí, cosa que el hombre, sorprendentemente, aceptó de buen grado.

Mientras esperaba, Abril vio un coche que se detenía frente al edificio y de él se bajó un hombre alto, de cabello oscuro y de piel de color cobrizo.

-Ese es el señor Karlo -le informó el guardia.

Cuando el hombre se giró en su dirección, Abril abrió los ojos de par en par. No, no podía ser. Eso no podía estar ocurriendo. Él no podía ser Karlo, el hombre de confianza de su padre.

¿Cómo era posible que Karlo fuera el mismo que, días atrás, en el bar, la había amenazado de muerte si se iba de la lengua?

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