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Oblivio

Oblivio

Autor: : John Saursson
Género: Suspense
Un hombre al verse atrapado por las malas decisiones tomadas a lo largo de su vida decide quitarse la vida, sin embargo, esta muy lejos de acabar con todo lo que ha hecho y ahora deberá enfrentarse a sus miedos, recuerdos y demonios mas profundos para escapar del mal que él mismo se ha acarreado

Capítulo 1 SER MALO TIENE UN PRECIO.

La mente humana es de las creaciones más impresionantes que existen, controla todo, los órganos, la percepción del espacio, como vemos y entendemos todo, pero. También puede ser un verdugo increíblemente poderoso.

Ese mismo que no se conforma con proyectar los recuerdos de los momentos felices que los condenados no apreciaron y al mismo tiempo creyeron que nunca se agotarían, por supuesto que no es suficiente.

En estos casos incluso el cuerpo logra revivir por intensos y dolorosos momentos todo lo que sintió justo en ese momento, el oído escucha claramente lo que se le dijo e incluso el más mínimo ruido de aquel día, así es como la mente se convierte en tu peor enemigo, te masacra, tortura, disfruta con tu sufrimiento y al final simplemente te destroza.

Mas allá de todo esto, el desgaste emocional y mental me estaba llevando al extremo, sintiendo que me era prácticamente imposible configurar pensamientos lógicos e ideas coherentes, algo así como si mi propio sistema se estuviese apagando, mi mente no era clara respecto a lo que los recuerdos disparaban como películas defectuosas a las imágenes superficiales del cerebro; recordaba el frío, el filo y la sensación cálida que emanaba del líquido rojizo y vital.

Estaba tirado en mi cama, el edredón de color verde manzana y los cojines de similar tonalidad comenzaban a tornarse carmesí por el líquido que de mi escapaba como ríos de Babilonia. Si bien los recuerdos felices eran claros como imágenes de alta calidad, los momentos previos a este deprimente intento de autodestrucción no eran más que nubarrones oscuros de un cielo de invierno, perfectamente visibles, pero, intangibles, difíciles de diferenciar o descifrar. Poco a poco y más impulsado por el miedo que por el orgullo comencé a recordar con claridad el haber tomado el cuchillo de la cocina y como su superficie fría rasgaba la capa de piel de mis muñecas.

Era absurdo e infructuoso, pero, apelando a lo poco que me quedaba del instinto de autopreservación, como un niño cobarde que en el último instante decidió que no valía la pena su inútil en infantil pataleta. Llamé pidiendo ayuda, todo esto con el fin de evitar lo que me causé a mí mismo.

Viví mi vida entera pensando que las consecuencias jamás me alcanzarían, pero, en el fondo el conocimiento de la realidad era mayor que tanta fanfarronería, siempre fue de mi entero saber que el peso de todas las acciones pasadas me alcanzarían, como un guepardo inevitablemente alcanza a su presa gracias a la velocidad y fuerza de su anatomía.

Lo más curioso es que en mi repugnante y manipuladora mente, con total seguridad, en todo momento creía que saldría de esto de la misma manera que siempre me liberaba de cada estupidez que hacía.

Es trágicamente gracioso cuan equivocado estoy, antes que pudiese reflexionar con detenimiento y ayudado por la poca razón que se me concede en medio del dolor y la desesperación. De la nada llamaron a su puerta.

Estaba mareado y mi visión se tornaba borrosa y nebular, había un entumecimiento y una sensación helada en toda mi anatomía y con seguridad sabía que no tendría la fuerza suficiente en los pulgares como para girar la perilla.

La policía con la ayuda de un guarda de seguridad del conjunto residencial donde vivo tuvo que tumbar la puerta. Vaya escándalo. Todos los vecinos salieron a ver qué era lo que estaba sucediendo mientras que en lo único que pensaba yo era en todas las personas a las cuales les arruine la vida, en las pocas mujeres que tomaron la decisión de entregarme lo más profundo y hermoso de sus sentimientos solo para que yo encontrara la forma de convertirlos en polvo y resentimiento.

Siempre me vanaglorie del odio que otros podían sentir por mí, sentía que me hacía más fuerte, me hacía mejor. Todos aquellos seres humanos que tuvieron la desdicha de conocerme y sufrir por mis manipulaciones y excesos salvajes me odiaban y eso me hacía sentir... Invencible.

Mi consciencia, recuerdos y emociones me gritaban al oído con tanta fuerza que me era imposible discernir lo que me querían decir, era como si volcanes, maremotos y truenos me atacaran con sus impresionantes ecos en el infinito. Tuve que concentrarme tanto como pude porque había una mujer frente a mí, me apuntaba a los ojos con una linterna, respiré profundo y con un esfuerzo titánico le dije a mi mente que todo estaba bien, no había dolor y así pude por fin escuchar la voz de la gente que logro irrumpir en la casa.

Me hacían varias preguntas, pero, el sonido de sus voces seguía amortiguado, apenas si podía distinguir lo que de sus Bocas emergía.

Era como si yo hubiese perdido el oído, tal vez por la pérdida de sangre o la mezcla de arrepentimiento, miedo y deseo de morir. Una sensación detestable si me lo preguntan, pero, aquello que me destrozaba con toda agresividad era la idea de suponer lo inútil que yo era; al fin y al cabo, no pude tan siquiera acabar con mi propia vida.

Mientras la gente a mi alrededor se esfuerza por no dejar extinguir el ultimo fuego de mi vida. Yo. Aquí tirado como estoy solo puedo pensar en una cosa. ¿Cómo es que alguien con mi cinismo y descaro ha logrado vivir casi toda una vida haciendo lo que se me da la gana?

Nunca me he detenido a pensar ni por un instante en todo lo que le puedo causar a la gente que se ve envuelta en mis artimañas, he dicho tantas mentiras que a veces olvido la verdad y yo mismo creo cada palabra que digo, mitomanía lo llaman.

He tenido tantos vicios en mi vida que muy seguramente si sobrevivo esta noche, pasaré el resto de mi misera existencia desintoxicándome de todo aquello que he permitido de forma invasiva arruinar mi ser, drogas, sexo, alcohol, comida chatarra, todo en excesos, todo sin la más mínima consideración por mi propio ser.

Ahora que lo pienso con detenimiento, tantos males autoinfligidos debieron traerme los suficientes problemas para matarme hace varios años ya.

Es curioso cómo la naturaleza o Dios, como lo quieran llamar; te concede cierta forma de inmortalidad, tal vez solo para encontrar el momento idóneo para castigarte, si, castigo; yo no soy de los que creen esa basura que dice la gente 'si aún estás aquí es porque Dios tiene algo hermoso preparado para ti', Dios es cruel con aquellos que hacen el mal y yo he desatado tanto mal en esta tierra como si fuera una plaga de langostas.

Pensé durante todo el día; previo al momento de mi "corte" en todos aquellos elementos que damos por sentado día a día en nuestros hogares, elementos que pueden ser verdaderas armas mortales que pueden acabar con la vida humana. Eso siempre me hizo cuestionar la fragilidad de nosotros como mamíferos, nos hacemos llamar con orgullo y vanidad la especie más evolucionada y la verdad es que somos absurda y patéticamente débiles.

Observé por horas en la mañana mi patética y decadente humanidad al espejo como quien observa con detenimiento las ruinas de una antigua civilización pensando en lo hermoso que pudo ser ese templo, edificio u obra de arte cuando estaba en el pleno auge de su belleza; mis ojos se inundaron lentamente con lágrimas, mismas que se niegan a escapar del dominio de mis glóbulos oculares y todo lo que veo es un rostro cadavérico que a sabiendas que se trata de mi propio ser me causa terror y lástima.

Una cara que refleja la decepción y el fracaso cubierta por una barba desordenada de color negro, no estoy muy seguro si es su color natural o se ve así por la oscuridad de las baldosas grises del baño que no proporcionan nada de brillo debido también a mi renuencia a encender la luz y llevarme un susto aún peor al ver que mi ser, ante el tono artificial del foco pueda verse aún más mortuorio e insoportable de lo que ya creo que se ve.

Detallé como mi piel se oscurece y se abulta bajo mis ojos en tonos morados casi negros debido a las ojeras de varias noches sin dormir más que unos cuantos minutos o en algunos casos ni un segundo en lo absoluto.

Creí que dormiría la noche que ella vino, pero no fue así, ella no quería estar allí mas conmigo, la entiendo ¿Quién lo quería? Fue por un chiste oscuro de la naturaleza que un pequeño diluvio la obligo a permanecer conmigo, aceptó dormir en la cama, pero uso cuanto cojín encontró para crear una barricada entre nosotros. Eso me hizo sentir devastadoramente mal.

He dejado de comer y eso ha hecho que mis escasos cuarenta kilos se vean demacrados ante mi imponente metro con ochenta y cinco de estatura.

Supondría que, el verme en mi actual condición reflejaría lo mismo que se observa cuando detallas a una momia viviente a la cual la piel comienza poco a poco a pegársele a los huesos y le abandona el color vivo y natural de la carne radiante y le reemplaza una mezcla antinatural de amarillo y blanco derruido; como un pergamino viejo que no fue cuidado como debía ser para que su contenido se preserve por mucho más tiempo y su conocimiento sea compartido con más personas.

Mi cabello se ve más oscuro de lo que su castaño claro original realmente es y todo esto debido a las interminables horas en las que sujete mi cabeza por el desespero de no tener más salidas y lo ensucie al punto casi del degenero. Sin mencionar el hecho que no he tomado una buena ducha en días.

Yo mismo me acostumbre al nauseabundo hedor que mi ser emite y al igual que mi cuerpo, (templo más importante según muchas personas en el mundo) la casa está hecha un desastre total, la basura no se ha sacado en días, los trastes están tan sucios que sería más fácil botarlos que lavarlos.

La edificación siempre fue una hermosa construcción de tres pisos, incluso antes que yo mismo viviese en ella.

La primera planta tiene una hermosa sala de estar con cuadros de paisajes de selvas tropicales y adornos en madera de bovinos y algunas representaciones de dioses antiguos, tiempos aquellos cuando la humanidad creía que veníamos de seres nacidos exclusivamente de cuentos fantásticos y que cada elemento que conforma nuestro diario vivir estaba representado por un dios que usaba un taparrabo de oro o algún tipo de mineral precioso.

Al fondo podías llegar a un comedor de cuatro puestos con asientos de madera finamente tallada, cojines de terciopelo verde y un candelabro hermoso que ayudaba a la iluminación artificial del lugar, un bife de madera con muchas y variadas copas de cristal que la dueña original del lugar permitía usar.

Por temor a dañar alguna pieza de cristal siempre se quedaban tal cual como estaban. El comedor visto desde la perspectiva de la entrada daba a la derecha con una pequeña pero cómoda cocina integral que en otras épocas permanecía llena de música, júbilo y víveres.

Dicho lugar tenía una puerta de fondo que daba al cuarto de lavado que colindaba con un patio hermoso que poseía una chimenea, todo cubierto por un techo de tejas transparentes que permitían una hermosa entrada de luz durante las horas del día a la casa.

Entre la sala y la cocina usando las escaleras llegabas a la segunda planta de la casa donde había un baño y dos habitaciones, una desocupada desde el momento que empecé a vivir aquí y otra cuya ocupante jamás permanecía en casa, las escaleras que comunicaban a la tercera planta (donde yo resido) tenían una enorme pared que tenía un muy interesante cuadro que resaltaba de forma erótica la figura femenina ideal; cuya explicites no dejaba nada a la imaginación.

Al llegar finalmente a la tercera planta te encontrabas con una pequeña sala/estudio con un pequeño mueble para libros, un escritorio para un computador y un sofá de dos puestos cuyo material similar al terciopelo de color verde brindaba un ambiente refinado y daba la falsa impresión de ser un apartamento en miniatura.

Separada de esta "sala de estar" por una puerta se encuentran mis aposentos, una cama, un mueble con un televisor y un armario para guardar la ropa, es todo lo que allí hay y como digna habitación principal de una casa.

El baño privado al cual solo tienen acceso las personas que puedan habitar en la morada, ósea yo, es increíble cómo permití que tan hermoso lugar reflejara lo mal que me he sentido desde... Desde que todo acabo, me obligo a recordar lo mucho que me odio y lo rápido que quiero que todo esto termine.

Hay personas que me conocen y que bien, en su mayoría podrían decir con exquisito lujo de detalle que sería imposible que alguien como yo tuviese una conciencia y jamás podría en algún momento de esta vida tan mal usada; poder llegar a sentir remordimiento o culpa por todas mis acciones.

Mientras la ambulancia avanza detrás del sonido del motor, la paramédico está tomando mis signos y suministrando medicamentos y vendando mis cortés, puedo escuchar casi con claridad cristalina los embriagantes sonidos de la calle, sonidos que me recuerdan que no importa que tan mal te sientas, que tan cerca esté tu fin, el mundo sigue, el universo no se detendrá por nadie, todos somos puntos diminutos en una vasta construcción estelar llamada vida, el viento seguirá soplando, el sol brillara cada día con la misma intensidad.

Todo será igual, en resumidas cuentas, al universo le importa una mierda si te sientes bien o si te sientes mal, todo sigue; si decides poner fin a tu vida, esto seguirá así, nada cambiará, ni tú, ni yo, ninguno podremos sentir como todo avanza ni estaremos aquí para verlo o tal vez lo veamos y no seamos consciente de ello, la verdad desconozco cómo funciona la muerte, muchas cosas me empiezo a preguntar sobre eso.

Al morir iré a otro lugar, quedaré aquí atrapado viendo como todos siguen, viendo como hablan de mí en pasado sin tener la oportunidad de interactuar con nadie, tantas conjeturas y nada de concentración para formular una primera pregunta, aunque ¿Existe el cielo? ¿Quién estará esperando por mí en el infierno? Siempre pensé que llegaría a un lugar solitario donde mi tortura será recordar cada cosa que hice mal.

Lo único que tal vez será cierto es que finalmente podré liberar a personas que sí me importan (o creo que me importan) del karma que es mi vida, personas que tal vez en un momento de shock sufran un poco al saber que fallecí, más por el hecho de ver un cuerpo sin vida y el impacto normal que esto causa en la psique humana, pero más temprano que tarde recordarán mis deslealtades, mentiras, trampas, manipulaciones y engaños y se sentirán aliviados.

Mi existencia dejará de ser un problema y mi cuerpo cumplirá por fin una función útil alimentando gusanos tres metros bajo tierra en una fina caja de madera o tal vez me cremen y venden mis cenizas a algún torpe intento de brujo barato, me es increíble pensar en estas cosas y más sabiendo que al haber llamado a los paramédicos seguramente me salvaré del inevitable fin de la muerte.

Un acto de Dios a través de mi ser, un acto cuyo único fin será el permitirme un tiempo más de tortura divina antes de la eterna condena del fuego infernal.

Ha sido una costumbre casi de por vida el pensar en las peores cosas, ya que, siento que nadie le tendrá el más mínimo respeto a mi humanidad una vez que esta se convierta en un trozo inerte de carne; admito que ni yo mismo me tendría respeto una vez esté muerto.

A decir verdad me vendería como alimento, aunque ahora soy más hueso que carne, pero he de recordar que como parte de la cultura de muchas sociedades a los difuntos se les respeta más por el temor a que el alma del muerto regrese a atormentar a los vivos que por el valor que este tuvo en vida, es como un perro temeroso cuando su amo toma el periódico de la mañana y comienza a enrollarlo lentamente, en todo caso, es hilarante el intento de respeto que la gente brinda a una pedazo de carne en descomposición de lo que ya dejó de ser una persona.

¿Pero, qué fue lo que me llevó a este momento crucial donde ya no sentía hambre, la televisión me aburría, y llevó largas semanas sin dinero ni capacidad de hacer un sencillo chiste o tener la fuerza o el deseo de salir a la calle y hacer algo que me ayudará a distraer mi perturbada mente?

Me avergüenza un poco admitirlo, pero, todo se lo debo al amor, esa palabra de dos vocales, dos consonantes y dos personas donde en muchos casos solo una realmente lo siente hasta lo más profundo de su ser, muchos llaman al amor la fuerza más poderosa del universo, creo que en parte estoy de acuerdo con ellos, el amor pudo lograr que el más ruin de los seres (creo que ese sería yo) abandonará su zona de confort llena de facilismo y decidiera optar por el camino del bien, pero, ¿Quién dijo que lo que empieza mal termina bien? Exacto, nadie. Yo conocí al más bello de los ángeles en persona, quien llegó a mi vida con manto hermoso de luz y sonrisas, de juegos, caricias y amor, tanta luz trajo a mi vida que me sentí mal por quien yo era y trate con todas mis fuerzas de ser alguien digno de ella, cuando la conocí era un dulce mujer dotada de gran carisma y belleza, sus ojos claros te atrapan con facilidad, era muy complicado distinguir si eran verdes o azules, su cabello rojizo el cual posteriormente pintaría de rubio era ondulado, su piel pálida y sus curvas la hacían una mujer imposible de ignorar, pero, era su personalidad lo que hacía que yo me sintiera atraído, era como si ella encaja con el lado más escondido de mi verdadero ser, era graciosa, inteligente, ansiosa por saber y tierna como nadie que yo conociera antes y eso derribó todas mis defensas, sedujo mis nociones y drogó mi percepción y capacidad de analizar a cada criatura que se acercaba a mí al punto que lo que ella decía se convirtió en lo único que era verdad para mí, este inimaginable ser me llevó a olvidar las nociones del ser que yo realmente era, la persona ruin que me había fabricado a lo largo de los años y solo para mantenerla conmigo en todo momento, para que me amara decidí mentir sobre quién yo era y los vicios monstruosos de mi ser, las mentiras son una espiral en descenso y en esta espiral yo solo trataba de mantener la mentira original con más y peor elaboradas mentiras; con el tiempo me hacían confundir y olvidar la realidad todo con el fin de poder continuar con ella, que no se fuera de mi lado, pero. Ella lo notaba, sentía que yo no era el hombre de quien se había enamorado y como era natural en silencio el amor en ella empezó a morir y llegó a su vida una persona que si era lo que ella deseaba, una persona idónea, sincera, que le demostraba lo valiosa que ella era y lo que realmente representaba una relación de pareja, mientras yo trataba con todas mis fuerzas de cambiar y dejar de lado todas mis artimañas para evitar que ella llegara a descubrir quién era yo en realidad y así dejarme, no podía soportar la idea de estar lejos de ella, de no perderme en sus ojos, de no sentir su sexo, ella se había convertido en una poderosa droga para mí.

Durante un interminable periodo de tiempo me quedé observando lo que parecía un medidor de signos vitales, estaba apagado y pensé en las películas y series donde ves como trágicamente su sonido se hace unitario, un beep que te indica que el paciente había muerto, lo deseaba, deseaba ese beep, quería morir mientras mi mente parecía viajar por un eterno océano de pensamientos, recuerdos y arrepentimientos, el ruido de fondo trataba inútilmente de inundar mis oídos mientras mi mente seguía distraída; tratando de escapar de los hermosos y ahora dolorosos momentos con ella, su risa, sus caricias, sus mimos, sus momentos de ternura y las increíbles noches de sexo que solíamos tener, a tal punto que muchas veces su libido superaba el mío, mi resistencia física y mi gusto insaciable por los placeres carnales.

Sentí un agotamiento extremo, como las fuerzas me abandonan y de repente solo sentí que todo se calmaba, su rostro seguía en mi mente, sonreí, la sentí allí conmigo, mis párpados pesaban como jamás lo había hecho y no pude recordar más, solo sé que desperté en el escenario menos horrible que pude prever, una unidad de urgencias médicas.

Nunca me han gustado los hospitales, esa mezcla de heces humanas, sangre, medicamento y desinfectante son realmente detestables, pero ¿Qué esperaba? Es decir, puse en riesgo mi vida y aquí estoy, totalmente desagradecido con el hecho de que me salvaran, no he podido dejar de pensar en lo que fue el día que ella decidió irse.

Aquel fatídico día me quedé allí, mirando la puerta por horas, solo viendo el resultado contemplativo de la imaginación mientras recordaba lo feliz que fui cuando entre con ella de la mano y lo miserable que me sentía cuando ese día ella había decidido irse; la falta paulatina de brillo y como las sombras devoraban el entorno que rodeaban mi ser me hacían percatar que había llegado la noche, ante el manto oscuro que cubría el cielo y en cercanía de la hora final mis intestinos empezaron a rugir con la fuerza de la incontrolable tormenta en las llanuras, como si ninguna bestia real o mitológica pudiese emitir un sonido más grotesco y gutural que aquel que había logrado arrebatar mi mente de tantos pensamientos dolorosos como punzadas filosas a los más profundo de mi consciencia y fue en ese preciso instante que sentí el ahogo por la emoción y como el mareo dominaba mi percepción del lugar, el éxtasis del insaciable deseo por comida había opacado por un instante los recuerdos de mi amada y mis intenciones por darle un final a todo, no soporte el deseo candente que me quemaba desde el interior, necesitaba comer y debido a ese primitivo e instintivo deseo procedí a revolcar la casa entera para poder reunir la cantidad suficiente para poder hacerme de una hamburguesa, ese delicioso, peculiar, sencillo y tan mundano platillo rápido que está al alcance de todos aquellos y que realmente no necesita de una gran destreza culinaria para poder llevarse a cabo, la innegable realidad me ataco de golpe haciéndome notar lo débil que estaba, fue más que obvio mi endeblez en el momento que abrí cajones y moví muebles para reunir monedas de poco valor para poder reunir el valor necesario para mi alimento.

El descubrimiento de mi recién adquirida y exuberante astenia incrementaba conforme subía y bajaba los escalones, mis pasos eran lentos, pesados, como si mis pies fueran de concreto, mis piernas me pesaban como si el suelo se rehusara a que las plantas de mis pies abandonaran la superficie fría de las baldosas, mi cabeza daba vueltas como un incesante remolino en el mar y me era difícil conservar la concentración respecto a mis deseos en ese momento, es decir, la maldita hamburguesa.

Las calles empezaban a recordarme los momentos que compartía con ella, como si me gritaran burlándose de mí por lo que había perdido, como ese repudiable momento que sientes que el universo está en tu contra y lo único que tus ojos ven son las parejas felices, tomadas de la mano, demostrándose el amor y tú estás allí, tratando con cada molécula de tu ser no gritarles lo mucho que los odias por tener algo que tú tenías, que ahora anhelas y sabes que jamás regresará. Cada bocanada de aire, cada molécula de polvo, cada color, cada sensación, todo eran pequeños receptáculos de recuerdos de esa vida que a gritos en mi subconsciente pedía que volvieran, esos momentos saliendo a tener vida o social o simplemente para conseguir los víveres de la semana tomado de su pequeña y suave mano, el hambre finalmente impulsó una voz de ultratumba que me alejo de mi pasado, pero trayendo un macabro pensamiento en el momento. Esta será mi última cena. Y fue ahí, en ese momento, incluso siendo consciente de que venía barajando esta decisión desde hacía unas semanas atrás que sentí que todo mi ser se congelaba ante la idea de terminar con mi propia vida.

- ¿Cómo se siente? - escuché la voz de la paramédico, su voz era joven, denotaba cansancio.

-No lo sé con certeza- cada palabra que salía de mi ser parecía despojada de algún sentido coherente, más parecía una respuesta automática, una programada para que la gente me dejara en paz.

La mujer repitió algunos datos que había encontrado en mi documento de identificación, la verdad no sé si su actitud era amable, de lástima o impregnada de ese frío característico del profesionalismo; se marchó y pude ver a lo lejos como una enfermera se acercaba, me dio un par de pastillas, revisó las vendas y me aplico una inyección, nuevamente retome la posición fetal en aquella fría silla de acero que había en el pasillo de espera de la unidad de urgencias, sentí que la gente me observaba con ánimo prejuicioso –miren, ahí está el mentiroso que se enamoró, perdió el amor de su vida y ahora quiere llamar la atención matándose- o al menos eso creí yo que pensaban de mí.

Aquel día, eran casi las seis de la tarde, o al menos, eso creía yo. Caminé por las alegres calles con el frío típico del atardecer golpeando mi cuerpo casi cadavérico, obtuve mi preciado alimento mientras los demás comensales me observaban como un zombi traído a la vida para aterrar a cualquier ser humano que allí estuviese presente. Me tomó poco más de una hora el ir y volver no por culpa de la destreza de la cocinera, esa culpa la debe asumir mi debilitado cuerpo que a razón del descuido constante se hacía más lento para los movimientos más simples, al regresar a casa pude notar que no tenía nada apto para beber con mi última cena, así que, para mi decepción eterna mi última bebida sería agua del grifo, no me costó mucho notar que lo único que había en televisión eran noticias, deportes y repeticiones de dramas policíacos de años atrás, así que, para llenar mi acongojada mente de más motivos puse en el reproductor musical todas aquellas canciones que ella solía escuchar, odiaba la música que le gustaba, sus ritmos no eran difíciles, su letra era repetitiva y nunca podría llegar a generar un impacto trascendental, música que gustaba porque la gente la oía de forma masiva, es decir música popular, pero, era la música que con tan solo un segundo de oírla me la recordaba de inmediato, los días en los que caminábamos juntos o hacíamos los quehaceres del hogar y ella se enojaba tiernamente porque sus temas predilectos no lograban alcanzar tres minutos de duración y las canciones que yo escogía solían exceder los seis o siete minutos; recuerdo que llegamos a un entendimiento en ese aspecto. Ella escogía cuatro canciones y luego yo tenía permitido escoger una, en ocasiones solo para aburrirla yo escogía temas musicales que excedían los quince minutos y allí, en ese momento que se perdería en la eternidad yo necesitaba esos cortos temas musicales para llenarme de motivos y dejar de lado mis dudas.

La gente tiende a pensar que el suicidio es un acto de cobardía, unos cuantos lo consideran como un acto de valentía, pero, yo; realmente creo que el suicidio es un acto de egoísmo, iba a dejar un gigantesco problema al dejar mi cadáver inerte en este mundo y serían otros los que deberían limpiar mi desastre, pero no me importaba, yo solo quería morir y al diablo con los demás, nunca me importó la gente ¿Por qué debía empezar ahora?

La que debía ser una deliciosa cena se vio opacada por el salado sabor de mis lágrimas bañando con fuerza el pan, la carne y las verduras de la hamburguesa, mientras cada bocado bajaba con doloroso y lento pesar por mi garganta yo no podía parar de pensar en las cosas que pude haber hecho para que ella no se fuera o sencillamente el no haberme acercado y así tal vez nunca hubiese tenido el deseo de ser una buena persona y seguiría con facilidad engañando a cualquier alma incauta que tuviera la enorme desgracia de conocerme; (¡Dios, haz que esta tortura pare!) cada trozo de comida era más amargo que el anterior, las deliciosas salsas carecían de sabor, la carne se sentía podrida, el pan duro y las verduras sabían a tierra húmeda, pause lentamente la ingesta del alimento más que por el hambre, por el deseo de no dejar de lado mi última cena y volver a la idea inminente de mi muerte finalice con pequeñas mordidas, me dolía mover la quijada, los dientes se sentían que fueran a romperse contra la integridad del pan, odie la maldita hamburguesa con todo mi ser, me odie más que nunca, quería golpearme con tanta fuerza y tanta violencia que el llanto fuese lo que me ahogara para morirme, deje el papel aluminio donde mi alimento venía envuelto, mire el televisor sin verlo realmente, solo observaba la máquina y no el contenido que emitía, luego de unos segundos de seguir viendo el aparato y oprimir los botones del control remoto para que los canales cambiarán sin yo molestarme en observar qué era lo que había en pantalla me dispuse a ver una película cuyo tiempo exacto de duración alcanzaba para la hora final.

Me detuve en el canal seiscientos dos, allí había una película de comedia, una de mis preferidas, pero, no pudo arrancarme una sola sonrisa, en las carcajadas de los actores oía su dulce risa, en el rostro de la actriz principal venía su hermoso cutis que parecía resplandecer en un tono angelical cuando me observaba y pensaba ¿Por qué Dios? ¿Por qué elegiste forma tan desalmada y cruel para castigarme por mis actos? Como si de un parpadeo se tratara la hora por fin había llegado, noté que había un par de llamadas perdidas por parte de mi familia, mensajes y demás me llenó de gran decepción que ella hubiese sido la única que no llamara. Estoy seguro que eso habría evitado lo que estoy a punto de hacer, o quien sabe, tal vez lo habría hecho más fácil y rápido; no estoy seguro como, pero, sé que fui hasta la cocina y obtuve el metal filoso antes de volver a mi habitación, me ubique bajo las cobijas, el reloj marcaba las once horas, cincuenta y nueve minutos y unos segundos, lentamente rasgue las capas superiores de mi piel, no sentí dolor alguno, solo un líquido cálido que surgía de mí, la respiración se agitaba, sentía temor como nunca antes en mi vida pero una voz seguía susurrándome que era lo mejor que yo podía hacer.

-No puedo seguir aquí, ya murió lo que sentía por ti- dijo ella aquel fatídico día, justo después que la escuche decirle a él que lo amaba mientras hablaban por teléfono.

Mis sentidos fallaban, no podía respirar con normalidad, ver era casi imposible, mi cuerpo ardía en fiebre y sentía la urgente necesidad de vomitar, intentar hacerlo me producía un dolor indescriptible, mis piernas tampoco responden; sentía lentamente como mi cuerpo se apagaba como un dispositivo electrónico al que le toma unos segundos en finalmente llegar al estado del apagado total, con mucha fuerza empecé a moverme en dirección del teléfono, debía pedir ayuda, recuerdo que el aparato se encontraba a unos escasos tres metros, pero en mi condición actual esos tres metros podrían bien equivaler a tres kilómetros, cuando por fin lo alcance, mis manos habían perdido la habilidad para sujetar objetos, de hecho ya no podía yo sentirlas, el dolor se había ido también, no sentía tampoco el frío constante de la baldosa del suelo, mi cuerpo agotado dio su último intento por encontrar la comodidad y quedé allí, tirado en el suelo observando el techo de la habitación, techo de madera que crujía ya de lo viejo que era y entonces, alguien del otro lado de la línea respondió.

-Urgencias, buenas noches ¿en qué puedo ayudarle? -

Capítulo 2 BAJO EL MICROSCOPIO.

No tenía idea de que estaba sucediendo, no recuerdo haber cerrado los ojos, sólo sé que estaba sentado en una silla de cuero café, era cómoda y mullida, justo en la pared, sobre mi cabeza estaba mi nombre con los datos de mi vida, los relevantes y la inscripción decía 'paciente con aparente depresión e intento de autoflageló'

En la habitación se encontraba un escritorio donde impartía las órdenes la jefe de enfermeras que iban y venían consultando historias clínicas; también se encontraban varias sillas iguales a la mía, en dichas encontrabas personas de todas las edades y diversos tipos de diagnósticos, ninguno como el mío, todos eran producto de la naturaleza y no de la idea egoísta de acabar con el propio ser, sentí que me observaban con detalle clínico unos ojos perversos, era un enfermero, era de gran tamaño, brazos fuertes, se le notaba que se ejercitaba seguido, en su cuello colgaba una reliquia religiosa y su mirada era juzgadora, obviamente estaba molesto conmigo, la gente religiosa tiende a ver con malos ojos a aquellos que intentamos suicidarnos, consideran que estamos ofendiendo a Dios, pero, realmente les vale una mierda lo que nos llevó a tomar dicha determinación, solo importaba que papito Dios estuviera contento aun cuando tu maldita vida vaya directamente por el caño.

Muy por el contrario, las almas caritativas de otras personas me detallaron con pesar, el estar en un estado de dependencia y vulnerabilidad te hace ver el mundo desde otra perspectiva, te hace querer entender más y ser más empático con el mal que puede estar agobiando a una persona.

- ¿Alguien que venga a ver por usted? - me interrogó una voz de tono suave, creí que era ella por un instante, pero cuando me percaté de quien se trataba, era una enfermera, ella vestía un uniforme de color azul opaco, estaba perfectamente peinada, su mirada parecía radiante, no sé si acababa de iniciar su turno o era nueva en esto, pero, no tenía esa sensación de conformismo arraigado que adquieren los profesionales de la salud a medida que avanzan los años en su carrera,

-Mi madre, tal vez- respondí sintiendo vergüenza por la situación en la que me encontraba, di el número de teléfono para que la ubicaran y me quedé en completo silencio.

Ella detalló el cartel en la pared, su expresión cambió un poco luego de leer lo que tan amablemente habían colocado allí para no decir que me intente suicidar, se puso de rodillas frente a mi silla, me sujetó el rostro y me dijo que todo estaría bien.

-Solo debes estar listo para lo que viene- dicho esto, se marchó.

Si bien era hermosa, me quedé observándola mientras se alejaba por la forma tan amable en la que me había tratado, un hombre de aspecto desaliñado se tiró en el suelo justo a mi lado, se esforzó en ver el cartel y dejo salir una leve carcajada, empezó a hacer tronar cada uno de los huesos de sus manos y su cuello, empezó a suspirar y hacer que su respiración fuese más y más ruidosa, como si esto le fuese más fácil que saludarme o hacer cualquier cosa para intentar hablar conmigo.

-Creíste ser el más astuto y manipulador, que equivocado estabas- su voz era molesta a irritante, en condiciones óptimas de seguro lo habría golpeado.

- ¿Disculpé? - le pregunté reuniendo las pocas fuerzas de mi ser.

-Ustedes los suicidas deciden acabar con sus vidas cuando se dan cuenta que el universo no funciona como ustedes lo planearon, ¿No es así Mikael? - su calma al decirme las cosas me aterraba aún más conforme hablaba.

El hecho que, de manera tan altanera se refiriera a mí llamándome por mi nombre solo me hacía enojar más, pero, tenía razón, cuando me di cuenta que era el universo el que me controlaba a mí y no al revés fue cuando entre en una crisis, en estos momentos no sé qué pensará mi familia, el amor de mi vida jamás volverá, estoy aquí, tal vez con un expediente que nunca desaparecerá; donde a partir de ahora seré tratado de forma especial por ser un suicida y para acabar de completar, tengo comezón en las muñecas ¡y no puedo rascarme!

Como seres humanos creemos que somos únicos, que nadie es como nosotros y que en cierta forma somos irreemplazables, nada más alejado de la realidad, no existe nadie realmente superior a otro, algunos cantan, otros dibujan, algunos son buenos en negocios, son buenos deportistas, lo que sea, pero ¿Alguno de nosotros puede volar? ¿Respirar bajo el agua? ¿Vivir eternamente? La respuesta a todo es un contundente no, lo cual nos lleva a la innegable verdad, todos... Somos... Iguales.

Oí de fondo a la misma enfermera que me había consultado los datos decirle a otra –su madre no desea verlo- y aunque es comprensible que tras todos mis actos de maldad mi propia progenitora no desee verme, el dolor y la tristeza al saber que es un hecho real no deja de ser demoledor; por más que lo intente, las lágrimas salieron de mí, era oficial, estaba solo, había logrado con éxito lo que me había propuesto durante toda mi vida, todos finalmente me dieron la espalda.

Ahora los interrogantes empezaban a inundar mi atormentada cabeza ¿Qué pasará conmigo? ¿Será mejor estar muerto? Contemple las vendas que cubrían mis heridas, eran de color blanco, tenían una ligera sombra de color rojo carmesí, mi propia sangre se asomaba como si deseara escapar, o tal vez, solo tal vez decirme algo, aunque, podría decirse que solo estoy delirando; el enfermero que me observaba hacía unos minutos vino a mi encuentro, se detuvo frente a mí, estaba impecable igual que la chica que había venido hacía unos cuantos instantes.

-Mikael Venhel- me indico el hombre de enorme tamaño, su rostro era serio, ojos cafés, cejas pobladas, cabello recién cortado y bien peinado.

-Le molesta lo que hice, ¿verdad? - le dije mientras lo observaba directamente a los ojos, su mirada demostraba desprecio e incluso en mis peores momentos si algo o alguien parecía estar incómodo conmigo, yo haría lo que fuera por incrementar dicha molestia y eso puede decir un poco de mí personalidad.

Me ayudo a levantarme, parecía obligado a hacerlo, casi podía sentir la palabra pecador emanar de su mente, en su religión yo era un blasfemo, alguien que había atentado contra los designios de un Dios al cual nunca le tuve el más mínimo respeto, pero, ahora pienso que utilizó el momento idóneo para castigarme por todos mis actos corruptos en vida, eso también me hizo reflexionar; mi pena debía purgarse aquí, en una institución médica, viendo como todos están enfermos y yo aquí, atrapado en un mundo cuasi estéril donde todo es tristeza y melancolía, empecé a sentirme estúpido por lo que había hecho, intenté acabar mi propia existencia por amor, no sé realmente en qué mierda estaba pensando, acaso ella iba a ver este deprimente espectáculo y recordar que soy el amor de su vida y mágicamente mis engaños, mis comportamientos erráticos y todo mi desastroso pasado ¿Iban a desaparecer?

Caminamos alrededor de unos largos y extenuantes minutos, finalmente llegamos a una oficina donde había un grupo de mujeres en bata, una de ellas era la psicóloga y las otras eran estudiantes que por fin tenían la posibilidad de estar en el ambiente real y ¿Adivinen qué? Hoy les tocó el loco suicida, de mala gana el enfermero me empujo dentro de la oficina, sentí el deseo de responder con algún comentario irónico, pero, por primera vez en mucho tiempo, no se me ocurrió ninguno, me senté en una silla mientras todas estas mujeres me observaban. Sentí el impacto tremendo de la realidad, como el golpe en seco de una bofetada, como el aire frío del ventilador en una tarde calurosa; no era un sueño, estaba realmente allí, hasta ese momento no lo había notado pero mis piernas estaban ligeramente adormiladas y las cortadas dolían, había sucedido lo peor, algo peor que la muerte, yo ahora era un maldito sujeto de experimento para un grupo de estudiantes de mirada pedante y actitud de sabelotodo.

-Hola Mikael- me saludo cordialmente la psicóloga, odio los psicólogos, por cierto - ¿Duele mucho? - preguntó al ver que me sujetaba las muñecas e intentaba rascarme.

-Es más comezón que dolor-

- ¿Pensaste bien lo que ibas a hacer? -

-No estoy seguro de cómo responder a eso-

-Responde como lo estés pensando-

-Pienso que fui tan inútil que ni pude acabar con mi propia vida- las lágrimas emergieron otra vez.

- ¿Piensas que morir es la mejor opción? –

-Doctora ¿Ha visto que me vengan a ver o recoger? -

-No puedes responder una pregunta con otra-

-Y usted no puede preguntarme algo que ambos sabemos que responderé con un si-

La conversación avanzó en medio de pausas constantes en las cuales el llanto no me permitía contar del todo lo que había sucedido, conté todo, como he mentido toda mi vida, cómo estaba listo para cambiar por ella y como mi amada se había ido sin que yo pudiera hacer algo para detener su partida, me tomó cerca de cuarenta minutos contar toda la historia, la conté como sentí que debía hacerlo, recalcando mis mentiras y engaños, como yo creía que ella era una buena mujer y como yo había arruinado el más puro e inocente de los sentimientos que alguien me había demostrado, las cinco mujeres no paraban de observar y tomar notas, odie eso, no soy un estudio.

- ¿Cómo se llama? - interrumpió la doctora, me di cuenta de que en todo el relato jamás había mencionado su nombre.

-Ella se llama (sollozo) Rai... (sollozo)-

-Debes decirlo, no puedes recuperarte si no afrontas aquello que temes-

-No le temo-

-Temes afrontar la vida sin ella- indicó –no hay prisa, en el momento que deba suceder, dirás su nombre-

Sigo odiando ese rostro de esfinge que deben mantener los profesionales, es decir ¿No serían mejores psicólogos si abrazaran a sus pacientes? En fin, la psicóloga a la vista de sus insoportables estudiantes me indicaba que mi condición era de cuidado, que debía permanecer bajo observación, ya que, por la tristeza aún presente en mí y ante el riesgo de volver a cometer un acto similar lo mejor era que, yo, estuviese bajo observación unos días en el ala psiquiátrica de una clínica, lo cual es un término elegante para decir que me iban a recluir en un manicomio.

Una vez me regresaron al cómodo sillón en el que estaba hacía un rato, tuve que ver como llegaban familiares a preguntar por los suyos, como iba y venía gente mientras yo seguía allí, mirando a lo lejos, a la entrada, esperando que mi madre o tal vez a ella para llegarán por mí, me abrazarán, me dijeran que me amaban y que irían a casa conmigo... Eso no iba a pasar.

Jamás había sentido el tiempo moverse tan lento como ese día, no había un televisor para ver como avanzaba el mundo real, no tenía nada que leer, salvo, los carteles que pegan y despegan de otros pacientes con sus datos e historias clínicas, un horrible reloj redondo de marco verde y fondo amarillo (originalmente blanco) era el que me permitía visualizar cuánto tiempo había transcurrido, para que solo avancen cinco minutos parecía transcurrir una eternidad, por momentos sentía que el agotamiento me ganaba y caía dormido, parecía una de esas noches donde duermes profundamente durante horas, pero, al despertar la realidad era otra, en ninguno de mis micro sueños lograba dormir más de treinta minutos, apenas eran las dos de la tarde y de repente un carrito con comida interrumpió la normalidad aromática del lugar, olía a sopas, carnes, jugos de diversas frutas, arroz recién preparado, verduras, era algo delicioso, ese aroma era el de la comida hecha en casa, lo cual es absurdo, ya que, toda la comida venía empacada en recipientes blancos de poliestireno; durante toda mi vida había escuchado que la comida de hospital era por mucho la peor, así que, empecé a dudar de mis sentidos, mi olfato me decía que era deliciosa, que lo que allí venía debía tener un sabor exquisito, ahora pienso que estoy tan débil que toda comida debe ser un manjar, incluso si me sirvieran un plato llena de excremento de perro, sería una delicia.

Tomó varios minutos el que las enfermeras repartieran los respectivos almuerzos, yo estaba entre los últimos para repartir, sé que deje de lado toda mi educación, mi racionalidad y todas esas cosas que se supone nos caracterizan como la especie más evolucionada en el planeta, pero, el hambre manda y yo tengo mucha hambre, devoré los alimentos a gran velocidad sin siquiera tratar de sentir los diversos sabores que pudieran brindar a mi paladar, sentí que se me había servido muy poco, mi cuerpo estaba pidiendo con temblores más comida; necesitaba más alimento, necesitaba fuerzas, pero, aquí no es la casa de mi madre, aquí no puedo exigir o tan siquiera solicitar que me sirvan más comida.

El día avanzó sin mayor novedad, enfermos vienen y van, familiares molestos por el tiempo que toma el que los suyos sean atendidos, conforme avanzaban las horas mis fuerzas iban regresando a mí, pude levantarme en un par de ocasiones, caminaba con vagas esperanzas hacia la entrada para ver si alguien vendría por mí y debo admitirlo, también me movía buscando una posible forma de escape, me estaba aburriendo en ese lugar y no me era del todo agradable el hecho de quedar encerrado en un manicomio.

Sentí finalmente un cansancio terrible, pero no podía dormir, algo en mi ser lo impedía, comencé a sentir una sensación extraña, como si el mundo se moviera diez veces más lento que yo, era algo extraño y surrealista, creí que podía oír por separado lo que decían, como si sus voces habitaran un espacio íntimo en el ambiente, un espacio que no se mezclaba con ninguna otra voz allí presente, era inusual, pero, algo en mi parecía incluso percibir lo que sentían, la angustia y frustración que representaba el estar en un lugar tan estéril y lúgubre como lo es un hospital. Una vez que finalizó esta sensación mi mente comenzó a proyectar imágenes en simultánea de mis momentos felices, mi convivencia con ella, mi familia, amigos, todos los que me amaron y a la vez podía ver los hechos horribles que desencadenaron mi llegada aquí, cada recuerdo venía cargado con la sensación que produjeron en mi cuerpo, en mis sentimientos y en mi espíritu, así que, sentir, amor, felicidad, maldad y odio al mismo tiempo ya era bastante malo como para ahora sentirlos exponencialmente incrementados y sumados al remordimiento por haber atentado contra mi propia vida y estar ahora atrapado sin salida en este padecimiento que yo mismo me había causado, no solamente por haber tomado la decisión de ponerle fin a mi vida, ya que, eran todas aquellas malas decisiones que me condujeron hasta este horrible lugar.

- ¿Por qué lo hiciste? - decía una voz con una mezcla de tristeza y enojo, giré como loco buscando el origen de esta voz, no encontré a nadie.

No sé a ciencia cierta si era efecto de los medicamentos, el lugar o que era exactamente, pero, la veía allí, mi madre, con sus mejillas redonditas y sus tiernos ojos de color café iguales a los míos mientras sentía su cabellera castaña en mi cara, era curioso, podía verla, oírla, sentirla, pero no podía tocarla con mis manos, no podía tomar sus manos para rogarle su perdón y que me sacara de este lugar, lloré como jamás en mi vida lo había hecho, justo ahí su expresión cambió, dejó de lado su actitud reconfortante como madre y empezó a reírse con total descaro y beneplácito.

-Debí abortarte cuando tuve la oportunidad- su voz sonaba convencida, no daba señas de ser algo que estuviese siendo obligada a decir –lo único que trajiste con tu nacimiento fueron problemas en mi vida, un estúpido engreído que nunca hizo nada bueno por nadie, ni siquiera por mi quien te dio la vida- añadió en medio de gritos y sollozos.

En ese momento la perdí, ya no la veía ni oía su voz, desapareció, un enfermero estaba a mi lado, sujetando mis hombros, me pregunto si estaba bien, sé que debí observarlo con sorpresa y terror, estaba seguro de que lo que acababa de ver era real, o ¿No?

El enfermero me llevo con una mujer, ella indicaba trabajar para seguridad social o algo así, parecía enojada, no puedo determinar el porqué, su rostro tenía diversas líneas de expresión, su cabello era corto y negro como la noche, lo cual, me hacía dudar si las líneas de expresión en su cara se debían a su edad o tal vez al estrés producido en su línea de trabajo.

-Nombre, Mikael Venhel...- comenzó sin siquiera saludarme -edad 28 años, un metro con noventa centímetros- continuó mientras me miraba fijamente como si analizara todo en mí en búsqueda de algo que le pudiese servir.

-Supongo que no me va a preguntar nada- le dije en un intento banal de romper el hielo.

-Usted no tiene seguro médico-

-Ni usted don de gente- me miró con un profundo desprecio.

Su mirada se ubica por encima de unos gruesos lentes de marco amplio color negro, su iris parecía rojo, tal vez por la luz del lugar, pero, sentí una presión extraña en el momento que me observo.

Una vez finalizado el improvisado conteo de datos y hechos de mi vida dicha mujer solicitó que un enfermero me llevara de vuelta a la sala donde estaba anteriormente, pude notar como con un sello rojo esta mujer marcaba mi expediente, supongo que si no hay seguro el estado no se hará cargo de mí y me dejaran ir pronto de este lugar, no estoy seguro si intentaré exterminarme nuevamente una vez que me dejen ir.

-Abre bien los ojos- me indicó una voz femenina, era una voz calmada, no estoy seguro, pero, parecía la misma voz que había escuchado hacía unos momentos.

La jefa de enfermeras llegó con una lista en mano, en dicha lista había sólo cuatro nombres, el mío incluido, dio la orden de que nos sacaran de la sala, cuando un guardia apareció tenía en sus manos unas llaves de colores con un llavero de perrito, me pareció divertido, no pude prestar mayor atención, al momento siguiente caminaba en dirección de una ambulancia, allí estaban las otras personas de la lista, sus rostros tenían aspecto demacrado, mirada perdida, por un breve instante me sentí reflejado en ellos, sin vida, sin esperanzas, atrapado en la prisión que la mente había creado, locura o remordimiento, no importa los barrotes, seguía siendo una prisión.

Nos tomó un corto periodo de tiempo el llegar a nuestro destino final, durante el viaje nadie hablo con nadie, nadie miro a nadie, o bueno, yo observe a todos, no podía dejar de cuestionarme que los pudo llevar hasta ese lugar, ninguno parecía tener las heridas que yo cubría con vendas, sea cual fuese el motivo por el cual serian mis compañeros de manicomio, ninguno de ellos era un suicida, o eso creo yo.

Al llegar al lugar nos bajaron de la ambulancia, un guarda de seguridad nos observó levemente, supongo yo que ya estaba acostumbrado a este tipo de cosas, entramos al deshabitado lugar, un televisor sonaba al fondo, había una sala; allí que creo normalmente estaba llena de familiares o tal vez otros doctores, dicha sala ahora estaba sola, solo había un par de enfermeros dormidos en las sillas que habían acomodado para fungir como camas, dejando de lado esta sala, caminé por un largo lobby, pude ver un poco más cómo era el lugar al que se me había traído, el sitio estaba muerto, era silencioso, salvo el guardia de la entrada no parecía haber seguridad alguna, me cuestione si podría escaparme de aquí con facilidad o si tendría que idear una estrategia elaborada; subimos hasta el tercer piso de la edificación, allí nos entregaron como si fuésemos un paquete de entrega y los custodios hubiesen cumplido con el cometido de entregar la carga, nos formaron frente a una pequeña recepción que había luego de pasar por un cuarto de visitas aislado del resto del tercer piso, allí validaron los datos que ya habían obtenido de todos nosotros en la sala de urgencias, nos hicieron una inspección y nos despojaron de todo elemento que pudiésemos usar para dañarnos a nosotros mismos o a otros, luego, nos dirigieron a habitaciones separadas, a la que yo entré había dos cajones de madera donde se debían guardar ciertas pertenencias, ambas están aseguradas con candado, frente a estos improvisados casilleros estaba el baño, al adentrarse más había solo dos camas, una de ellas estaba ocupada, ¡genial! Tengo un compañero de habitación, me correspondía la cama que estaba junto a la ventana, me dieron una cobija, me indicaron las reglas del lugar (las cuales no escuche por estar observando la ventana con barrotes) y luego me dejaron solo en la oscuridad de la habitación.

La ventana me permitía ver el mundo real, unos conjuntos residenciales que colindan con este manicomio, como una línea imaginaria entre la cordura y la demencia, no pude evitar sonreír ante lo irónico de la situación, mi sonrisa desvaneció tan pronto como nació, pensé en ella, me pregunté si me estaba pensando, era ridículo, yo había destrozado todo lo hermoso que ella pudo pensar o sentir hacia mí, lo más seguro es que estuviera ya en brazos de aquel hombre que había logrado conquistar su corazón; no pude evitar, sentí rabia, sentí como comenzaba a sentir odio, un putrefacto sentimiento hacia mí mismo, a la persona que representaba, odio por no ser el hombre que ella amaba, porque yo no era ese hombre y a estas alturas ni yo mismo sé quién soy o si alguna vez existí, me recosté en la cama, cubrí toda mi humanidad con la cobija que me dieron y entre llantos y recuerdos quede dormido.

Capítulo 3 FELICIDADES, ESTÁS LOCO.

Apenas si estaba amaneciendo cuando escuché las estruendosas voces del cambio de guardia mientras se nos ordenaba despertar y bañarnos, le indiqué con voz adormilada al enfermero que entró a la habitación que yo no tenía ni ropa de cambio ni toalla, este salió de la habitación sin decirme gran cosa, mis cortadas me estaban doliendo un poco, era el recordatorio de lo ya sucedido y a la vez una pregunta interesante ¿Cómo iba a poder bañarme con la piel expuesta y adolorida?

El cielo tenía un tono azulado opaco, como si tuviese un manto gris que evitará el resplandor majestuoso del diurno firmamento, nuevamente pensaba en ella, reflexionaba sobre madre, pero mi mente se enfocaba especialmente en el hecho de saber que ninguna de las dos vendría a mi rescate, lloré mientras pensaba lo feliz que era cuando estaba con las dos, lo bien que se llevaban y lo amado que por fin me sentía, quise seguir durmiendo, no despertar jamás, quedarme atrapado en el sueño eterno, porque, en mis sueños seguía con ella, cuando dormía la sentía junto a mí, sentía sus besos, sentía su amor, el despertar era amargo, me estrellaba con mi realidad, con el hecho de estar encerrado entre locos y no saber realmente si soy uno de ellos, pero, a la vez sabiendo que me lo merecía si aquí me trataran a golpes como la rata miserable que siempre he sido.

-Usted no parece alguien que deba estar aquí- dijo una voz calmada, aterciopelada, la misma voz del hospital.

-Usted no sabe nada- le dije luego de verla y notar que era una enfermera más.

-Es verdad, pero, puedo ver en sus ojos que usted no pertenece aquí- no supe qué responder.

La mujer no era de mucha estatura, su cabellera era negra y estaba perfectamente recogida en una coleta, vestía de blanco de pies a cabeza, usaba unas gafas de marco color azul, su piel era blanca y un tanto arrugada por los años, en sus manos tenía una toalla, un par de chancletas, un pantalón al parecer de algodón color gris y un suéter de capucha color azul, ambas prendas denotaban por la decoloración que eran usadas, no me importó, traía jabón con ella, un tubo de crema dental y un cepillo de dientes totalmente nuevo, se acercó más a mi cama, vio la pared sobre la cabecera, yo no me había fijado, pero, el mismo cartel que había en la sala de urgencias ahora estaba sobre la cabecera, esta mujer me dedicó una mirada tierna, no sentí lástima en su mirar, eso me tranquilizó, luego de poner lo que traía sobre la cama sacó de sus bolsillos algodón, desinfectante, unas vendas plásticas y otras de gasa, me indico que debía remover las que yo traía, envolverlas en unas nuevas, plásticas mientras me duchaba, luego limpiaría mis heridas y las cubriría con vendas de gasa.

No tarde mucho en bañarme, el sitio dispuesto para la limpieza física era incómodo, no había cortina de baño, sin importar mis esfuerzos la letrina se mojaría por completo, el plástico me permitía ver los cortes con total claridad, sentí como el agua fría recorría todo mi cuerpo mientras un ardor cálido atravesaba toda la geografía de mis heridas, aún no había recuperado en su totalidad el movimiento de mis pulgares, sentí nuevamente la sensación del llanto, me enojé conmigo mismo por lo débil que me había vuelto y salí rápido de la ducha, la enfermera seguía allí, limpio mis heridas y las vendó, me indico que ya podía ponerme el resto de mis ropas y se fue no sin antes decirme –no dejes que tus sentidos te engañen, ve más allá del sentimiento-.

El día transcurría con una hermética y monótona tranquilidad, te toman signos vitales, te dan pastas, te reúnen en una sala común con todos los locos del lugar, te hacen hablar para explorar de forma inútil tu creatividad, en un inútil intento para que tu mente no caiga en el limbo y quedes atrapado en la locura que ya sabes que estás; no sé cuánto tiempo voy a estar aquí, pensar en ello me llena de incertidumbre; mi nueva morada no está fuertemente vigilada, pero, había muchos enfermeros y debo reconocerlo, todos ellos se ven en mejores condiciones físicas que yo, tal vez y solo tal vez si estuviera al máximo de mi capacidad física podría escapar de aquí, en mi estado actual no podría ni llegar a la puerta de vidrio que separaba el manicomio de la improvisada e inerte sala de visitas. Los enfermeros nos observan en todo momento, el contacto físico está prohibido y cuando alguno de los pacientes se percataba que era observado por uno de los encargados su rostro reflejaba terror; como si estos seres les provocan pavor y nauseas con solo verlos, todos los muros son gruesos y las ventanas poseen barrotes de aspecto hogareño, aquellos pacientes que lucen aún más esquizofrénicos observan a los demás allí recluidos como quien ve un trozo de carne en la parrilla ya lista para ser servida, este infierno me parecía ahora más una cárcel o un buffet de todo lo que pueda comer que un lugar de sanación psicológica, quiero cerrar los ojos nuevamente y tener una vaga idea de lo que es dormir y seguir soñando, cada sueño es una cápsula de recuerdos y una fantasía idílica donde yo anhelaba estar, como si estuviese esperando que todo esto no fuese más que un pesadilla y ella me despertara el domingo en la mañana con un beso para indicarme que era hora de alistarnos para visitar a mi madre. Siento una enorme curiosidad, una insaciable necesidad de saber, como si la hambrienta fuese mi mente y no mi anatomía, al avanzar a pasos lentos por este aparentemente apacible lugar puedo ver a más de los allí encerrados conmigo, personas que como yo tenían graves problemas que aquejan sus mentes y estaban allí con el único propósito de lidiar con esos demonios de la mente que los imposibilitan para compartir con la civilización racional, o al menos eso es lo que te hacen creer todos esos profesionales en bata con sus malditas libretas de apuntes.

Lo que parecía un sala de espera de un inquilinato estaba llena de personas de todos los sexos, etnias, razas y en ciertos casos edades, había una mujer que le indicaba a todo el que se le quedaba observando que ella era la esposa de Dios y como este la había abandonado por una virgen más joven y de mayores capacidades bondadosas, no tengo idea qué carajos significa eso; esta mujer a su vez le indicaba a todo el que le prestara la más mínima atención que si se los permitía les enseñaría cómo hacer milagros, pero cada que mencionaba las palabras 'Dios' o 'milagros' sentía un dolor agudo en el estómago que no disimulaba y posteriormente comenzaba a retorcerse en el suelo.

-Dios es un concepto vago- dijo un hombre de mediana edad dirigiéndose a mí, su voz sonaba tranquila, su aspecto no se veía desgastado o maltratado. Se trataba de mi padre.

La impresión y el susto no me permitieron configurar palabra alguna, de hecho, el suceso había hecho que yo mismo olvidase su nombre, me miró como quien ve a su retoño dar sus primeros pasos y me abrazó con fuerza, yo no podía creer lo que estaba viendo, pero, mi viejo estaba muerto ¿Qué carajos hacía aquí? Luego que se apartó de mí pude ver que estaba más limpio de lo que parecía en un principio, casi como si emanara luz a este horrendo lugar, miré en todas direcciones esperando que alguien notara lo que yo notaba, nadie, ni siquiera los guardas parecían estar al tanto de la limpia visión, luego pude verlo de forma más clara, no era mi padre, era un viejo senil que me había confundido con su hijo perdido en la guerra, pero ¿Por qué lo vi como si fuese mi padre?

Intenté con todas mis fuerzas apartarme de él, no pude, no tenía la fuerza, él se aferró a mí, lastimaba mi cuello y el forcejeo hizo que mis heridas se abrieran, sentí el líquido carmesí emanando de mi ser, dos enfermeros llegaron a mi auxilio, lo apartaron de mí y un tercer enfermero me sentó en una silla para ver qué tan grave era el daño a mi cuerpo.

-Aquí hay gente peligrosa- me dijo con tono de autoridad. –no debe permitir que se le acerquen; ni usted debe acercarse demasiado a nadie- añadió mientras sacudía con poca sutileza mi cabeza en busca de heridas.

Se alejó de mí, era un hombre ancho, aunque de poca estatura, cabello corto, casi de estilo militar, tal vez el jefe de esta guardia, no sabría decirlo con certeza.

-Todo tiene un fallo aquí- oí nuevamente la voz de la enfermera, aunque, no la vi por ninguna parte -tú eres el fallo, está intentando usar tu mente en tu contra- añadió.

- ¿Quién? - fue lo único que pude preguntar. A mi lado un hombre me respondió entre risas que el responsable sería el caballero de las tierras sórdidas, allí noté que había hecho la pregunta en voz alta.

-Siempre lo cuestionas todo, esa es tu salvación- me respondió con dulzura y ya no pude oírla más.

Un hombre de baja estatura se quedó de pie justo frente a mí, este hombre alegaba haber servido a las fuerzas militares de su nación, sus lapsos iban y venían, podía hablar de lo difícil que era el entrenamiento y enojarse para querer golpear a alguien y al instante estar llorando por los niños que tuvo que asesinar en cumplimiento de su deber, cuando esto último sucedía comenzaba a gritar con fuerza que se los quitaran de encima, que los cadáveres de los niños se lo estaban comiendo, se lastimaba con vigor, lacerando la piel sin posibilidad de detenerse; esto me permitió marcharme para seguir mirando el lugar donde pasaría mi "sanación", más allá, a lo lejos, como espectador vi a un hombre que parecía normal, pero por alguna razón no paraba de hablar, tanto que la gente e incluso en ocasiones los enfermeros preferían dejarlo solo, fui derrotado por mi curiosidad y me le acerque, mis pasos eran lentos y cautos, hay algo que me incomoda en la nuca, como un dolor punzante, esa sensación de que algo no está bien, ese algo que no debería sentir, en todo caso; cuando estuve lo suficientemente cerca de él pude ver como sus manos estaban maltratadas y sus ojos rojos por tanto llorar.

-Si tan solo no hubiese mentido, ellas seguirían vivas- dijo con voz cortada por las emergentes lágrimas y fue allí donde rompió en llanto y cólera.

El hombre comenzó a gritar, narraba con detalle macabro como una niña y una mujer casi cadavéricas estaban pegadas a él, este hombre hacía ademanes como si quisiera levantarlas para abrazarlas, pero parecía rendirse, como si estos cadáveres femeninos desaparecían y él comenzaba a hablar muy rápido sobre cómo tendría el dinero para el día siguiente, que no era su culpa, que por favor le perdonaran las vidas a cada una, algo que empezaba a parecerme atemorizante de este lugar era como las personas aquí recluidas compartían similitudes con mis patrones de mitomanía y comportamiento a lo largo de los años, ¿Me estaré volviendo loco?

El hombre soldado, mis mentiras con logros falsos solo para impresionar. La mujer esposa de Dios, mi complejo de superioridad que usaba de manera constante solo para hacer ver a otros inútiles ante mi saber. El parlanchín, mi maldita carencia de habilidad para cerrar la boca y evitar que mi cerebro siga procesando y creando mentiras solo para vender una estúpida imagen de mí mismo, ignorando por completo que si tenía en vida que ofrecer a la gente que pudiese ser considerado agradable o al menos útil.

Rápidamente y mientras yo me hundía en mi introspección y recuerdos reflexivos varios de los enfermeros tomaron a dos de los allí recluidos; estos miserables individuos gritaban con desesperación, insultaban y patean inútilmente a la par que eran llevados a un lugar en la parte más profunda de la ala psiquiátrica, este hecho me permitió observar a mayor detalle su arquitectura simplista y útil a la vez, una barra donde los guardias se reunían, como una especie de recepción o sitio de descanso para contarse las nimiedades del día, la sala para reunir a los pacientes y un largo pasillo donde se encontraban las habitaciones en las cuales cuando no se les (o nos) obligaba a interactuar con los demás internos se nos permitía tener la vaga idea de un descanso, como bálsamo irrisorio de escape a la realidad.

El punto es que, en el momento que se llevaron a los dos individuos yo los seguí llevado por mí ahora bastante imprudente curiosidad, la habitación del final del pasillo era más lúgubre que la mía, allí se podía percibir la maldad como si fuera parte del ambiente mismo, como si el odio fuese el cemento que se usó para unir los ladrillos de miedo y las baldosas estuvieran hechas con el brillante arrepentimiento y la pintura (si es que existe medio de saber cómo la luz refleja algún color aquí) fuese la intensa furia que ahoga a la humanidad día a día; al entrar vi como ataron a los dos individuos a lo que parecían mesas de sacrificio, atándolos de manos y piernas a ellos les era imposible moverse pero si les permitía llorar de forma desgarradora mientras clamaban piedad indicando que ya habían aprendido su lección por los pecados que habían cometido, los médicos, ocho en total, cada uno más aterrador que el otro se reían a carcajadas pidiéndoles que rogaran más, ya que, esto haría de su comida algo más delicioso, como un condimento adicional, como el picante en las empanadas o un poco más de mostaza en la hamburguesa. Uno a uno estos seres se acercaban a los rostros de sus víctimas y abrían sus fauces a tamaños inhumanos mientras absorbían energía que emanaba de los ojos y la boca de los allí atados, probablemente sus almas, yo estaba en ese lugar, paralizado, impotente sin posibilidad de hacer absolutamente nada y como siempre guiado por esa curiosidad inaudita que día a día me llevaba a pensar ¿Qué pasaría si estoy en...? Yo no podía quedarme sin la respuesta a esa pregunta y pues lo más seguro es que si funcionó y aquí estoy... en el "infierno".

- ¿Quiere ser el próximo? – indico la voz de uno de los enfermeros y con una fuerza sobrehumana me empujó dentro donde quede a total disposición de los guardias hambrientos que con sus fauces aún abiertas dejaban escurrir lo que parecía saliva.

Me levantaron del suelo, me tomaron a la fuerza y comenzaron a alimentarse a la vez de mí, cada noción del suceso presente fue prontamente reemplazada por cada risa, cada alegría, cada momento de ternura, cada beso, cada palabra bonita que alguien pudo llegar a decirme alguna vez, cada emoción fue arrebatada de mi con violencia y sin oportunidad de contemplarla nuevamente en busca de esperanza; como si yo fuese un gran lago y ellos varios depredadores sedientos queriendo beber más y más sin importar si se agotaba la fuente de su satisfacción, todos reían morbosamente tratando inútilmente de cubrir sus carcajadas con sus manos mientras yo sentía como toda la energía de mi ser era succionada y reemplazada por locura, desolación, angustia y miedo, mi cuerpo se veía fuertemente debilitado y cuando pude darme cuenta yo me estaba desvaneciendo literalmente, mi cuerpo comenzaba hacerse invisible mientras ellos se alimentaban de mí, los recuerdos, mis experiencias, mi sanidad y deseos de voluntad eran arrancados como quien quita los pétalos de una flor pero mucho más violento, más como si desmembrarás un cuerpo aún en vida, como si al atormentador le produjera aún más placer y satisfacción ver en los ojos de su víctima el cómo cada noción de lo que alguna vez pudo ser bueno y sus esperanzas se desvanece como algodón en el agua.

Cuando caí al suelo casi inerte como hoja seca en otoño pude oír como el enano jefe de enfermeros les mandaba que me dejaran en mis aposentos, sentí ira, sentí rabia y mucho odio, me levanté de la baldosa fría y los ataque con toda la fuerza que pude, sentí como los huesos de mis nudillos impactaron contra sus anatomías, como la sangre brotaba de ellos, se abalanzaron sobre mí, los patee con toda la fuerza que me quedaba, estaba dispuesto a morir allí, pero, eran demasiados y yo estaba débil, sentí un punzante dolor en el cuello y como un líquido parecía ingresar en mi sistema, mis fuerzas me abandonaron, mis párpados se cerraron y todo se hizo oscuro.

Cuando desperté la cabeza me daba vueltas, estaba en una habitación acolchada, vestía una de esas camisas de contención, ya saben, las de mangas largas y lindos arneses en la espalda, oí el crujir de la puerta y a mi encuentro llegó una doctora, rubia, de silueta preciosa, tenía un porte elegante, estaba a contraluz, razón por la cual no pude ver su rostro a plenitud.

- ¿Estás más calmado? - me preguntó, su voz era seductora.

-Se están comiendo a los pacientes- le indiqué.

- ¿Quiénes? -

-Los monstruos que ustedes llaman enfermeros-

-Hablas de estos que golpeaste mientras intentaban bañar a dos pacientes con discapacidad psicomotriz-

- ¡¿Que?!- no pude disimular mi sorpresa.

-Atacaste con extrema violencia a hombres que solo cumplen su trabajo-

- ¡No es cierto! Yo sé lo que vi-

- ¿Lo sabes? –

La mujer le pidió a un enfermero de gran tamaño que me ayudara a salir, estando fuera de la celda de colchón vi cómo atendían a tres enfermeros quienes tenían heridas en brazos y rostro, sus vestimentas blancas estaban salpicadas con sangre, la de ellos seguramente, tres, solo tres, yo había visto más y justo al lado de ellos vi dos hombres, los mismos que vi cómo arrastraban a gritos y eran devorados, los vi allí, preocupados por los individuos que los habían atacado, me miraban con rabia, no era posible.

-Creí que tu condición era debida solamente a depresión- indicó la doctora, su voz sonaba como un eco casi mudo, yo no podía evitar el seguir observando lo que allí ocurría.

-Fue tan real lo que vi- le indiqué con quebranto en mi voz.

-Tus problemas pudieron desencadenar una esquizofrenia pasiva- me dijo acariciando mi rostro.

Quise darle un abrazo, necesitaba uno, caí de rodillas al suelo gritando, gritaba que me perdonaran, no sabía que me había ocurrido, la doctora se arrodillo junto a mí, me dijo que para eso estaba allí, para ayudarme, la vi fijamente, era idéntica a ella, el parecido con mi amada era increíble

- ¡¿Raike!?- le dije con terror alejándome de ella.

- ¿Quién? – preguntó tratando de acercarse a mí.

Soy consciente que empecé a gritar con todas mis fuerzas, pedía que se la llevaran, estaba confundido, temeroso, Raike no podía estar allí, ella no era psicóloga ni psiquiatra, no era nada de eso. Es curioso cómo la mente humana funciona, intente quitarme la vida por amor, caí a este raro lugar que más parece una sucursal del infierno en la tierra, ataque hombres buenos, mi estabilidad mental están al borde del abismo y aun así, yo sigo extrañando a mi amada, pasados, quién sabe cuántos minutos de gritos y angustias fui arrastrado de nuevo a la habitación acolchada, oí la voz de la doctora del otro lado de la puerta, su voz seguía calmada, solo repetía que ella iba a ayudarme, luego se quedó en silencio, ya no oía nada.

Llore nuevamente, rogué a Dios que me sacara de allí y clame por su perdón, llore hasta que mis ojos ardieron como si de ellos brotara lava en lugar de lágrimas, me odie como jamás creí capaz de poder hacerlo, odie cada uno de mis actos, odie haber intentado suicidarme, odie a Raike, pero, no por ella, odie haber soñado un futuro con alguien que no merecía que yo me le acercara, pero lo que más odie fue seguir pensando en ella mientras era obvio que ella ya no pensaba en mí. En ese momento noté que por primera vez en mi vida estaba rogando a Dios por ayuda y a su vez noté la horrible idea de que tal vez Dios nunca hubiera existido, la habitación estaba oscura, no podía tan siquiera ver mis propios pies y nuevamente oí la voz suave y reconfortante de la enfermera que en la mañana me llevo los artículos de aseo.

-No eres tan malo como crees, no estarás por mucho tiempo aquí- no podía creer que en la oscuridad pudiese verla -he venido por ti, yo voy a ayudarte- repitió con esa voz calmada y sapiente mientras me daba agua limpia para beber -la verdadera prueba acaba de iniciar-.

Sus ojos eran cariñosos y tenía una sonrisa carismática me miraba sin parar mientras me decía que yo no merecía estar allí, para mí era un ángel, aunque si alucine el ataque de los enfermeros, cómo podría yo decir que ella era real, rápidamente me indico que no podía permanecer mucho tiempo.

-Aún necesito que permanezcas un tiempo aquí, tú no estás listo en estos instantes para lo que serás útil- me indicó, no entendí nada, pero parecía ser inmune a toda noción de oscuridad de ese lugar, me pregunté cómo podía estar allí y seguir emanando esta energía tan pacífica.

- ¿Eres real? - deje escapar de mis labios la pregunta sintiéndome culpable por el simple hecho de seguir siendo tan curioso.

-Aún en la oscuridad los cuestionamientos son la más intensa de las luces- respondió mirándome con dulzura a los ojos. -ten paciencia, aclara tu mente y no dejes de cuestionar- me dijo con una voz tan pedagógica que lo único que pude hacer fue asentir en silencio.

Fue en ese momento que tres enfermeros ingresaron a la habitación, sigo sin saber cuánto tiempo transcurrió; se dirigieron a mí, giré para verla, ya no estaba allí, me llevaron a mi habitación, me indicaron que había estado casi día y medio en la celda solitaria, en la cama contigua a la mía había una persona, no era el mismo sujeto que estaba allí el día que yo había llegado, el enfermero me libero de la camisa de contención y me ordenó con rostro intimidante que permaneciera en mi cama sin causar más problemas, así lo hice, aprendí a la mala manera (solo basto estar encerrado con una camisa de fuerza) que lo mejor aquí es obedecer, me dejaron a solas con el otro chico quien se veía más joven que yo, este abrió sus ojos con calma y mucho cansancio, me miró y con jolgorio me saludo.

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