Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Ojala Fueras Tú
Ojala Fueras Tú

Ojala Fueras Tú

Autor: : yumyp1901
Género: Romance
Emma, una joven tímida y abrumada por deudas heredadas tras la muerte de sus padres, trabaja en un pequeño café mientras trata de mantener a flote su vida. Vive en un apartamento pequeño y apenas puede pagar el alquiler. Una mañana, mientras sirve café, un hombre entra al establecimiento: Gabriel Montenegro, un CEO conocido por su fortuna y su mirada intimidante.Gabriel está buscando a alguien para un trato inusual. Observa la inocencia y la vulnerabilidad de Emma, lo que lo lleva a proponerle un acuerdo: fingir ser su prometida para evitar que su familia lo obligue a casarse con una mujer que no ama. A cambio, él pagará todas sus deudas.Emma duda, temiendo las consecuencias. Pero la desesperación por proteger lo poco que le queda la obliga a aceptar. Gabriel deja clara la única regla: "No te enamores de mí. Esto es un acuerdo, nada más."

Capítulo 1 El

Mi vida no era un desastre, pero tampoco era algo digno de admiración. Me había resignado a la rutina: levantarme temprano, trabajar largas horas en el pequeño café de la esquina, y regresar a un diminuto apartamento donde el eco de mi soledad parecía burlarse de mí cada noche. No tenía grandes sueños porque hacía mucho que aprender a sobrevivir se convirtió en mi único objetivo.

Ese martes por la mañana comenzó como cualquier otro. La cafetera chisporroteaba con el primer lote del día, y yo intentaba recordar si había apagado el calentador de mi apartamento antes de salir. El aroma del café llenaba el aire, mezclándose con las risas de los estudiantes universitarios que ocupaban las mesas del fondo y el murmullo de los clientes habituales que hojeaban el periódico.

Entonces, él entró.

La puerta se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire frío que recorrió el café como un anuncio de su llegada. Mis ojos se alzaron casi por instinto, y allí estaba: un hombre alto, de traje oscuro y corte impecable, con una mirada que podía cortar el aire. Su rostro era severo, como si sonreír fuera un acto indigno de su tiempo. Sus ojos, grises como el acero, escanearon el lugar antes de detenerse en mí.

Sentí que el aire me abandonaba por un segundo, pero rápidamente aparté la mirada, concentrándome en limpiar la barra con un trapo que de pronto me parecía demasiado interesante. Él no era el tipo de persona que entraba a lugares como este. Era el tipo de hombre que se reunía en restaurantes de lujo o despachos de cristal, no en cafeterías modestas con mesas cojas.

-¿Me puede atender? -su voz me sacó de mis pensamientos. Era profunda, firme, y tan fría como su expresión.

Asentí rápidamente, sintiéndome torpe mientras me acercaba a la caja registradora.

-¿Qué va a llevar? -pregunté, intentando sonar profesional.

-Un café negro. Sin azúcar.

Por supuesto. El hombre más intimidante que había visto en mi vida no podía tomar otra cosa que no fuera algo tan simple y contundente. Preparé su pedido mientras sentía el peso de su mirada en mi nuca. Cuando finalmente le entregué el vaso, sus dedos rozaron los míos, y por un instante, sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de afuera.

-Gracias -murmuró, y luego, en lugar de irse, se quedó allí, apoyado contra la barra mientras tomaba un sorbo de su café.

Intenté ignorarlo, pero su presencia era imposible de ignorar. Cada vez que levantaba la vista, allí estaba él, observándome con una intensidad que me ponía nerviosa. Finalmente, no pude soportarlo más.

-¿Algo más en lo que pueda ayudarle? -pregunté, tratando de mantener la compostura.

Él esbozó algo que podría haber sido una sonrisa, aunque en su rostro parecía más una mueca.

-Sí, en realidad. Necesito hablar contigo.

Mi ceño se frunció.

-¿Conmigo?

-Sí. ¿Tienes algún lugar donde podamos hablar en privado?

Mis instintos me gritaron que dijera que no, que lo ignorara y siguiera con mi día. Pero había algo en su tono, en su presencia, que me hizo asentir lentamente.

-Puedo tomar mi descanso en diez minutos -dije, señalando una pequeña puerta al fondo del café que daba a un almacén vacío.

-Perfecto. Te espero.

Y así lo hice. Diez minutos después, me encontré frente a él en ese pequeño almacén, rodeados de cajas de cartón y el aroma a café molido. Crucé los brazos, tratando de parecer más segura de lo que me sentía.

-¿Qué quiere?

Él se presentó como Gabriel Montenegro, un nombre que resonaba con poder y riqueza. Era dueño de una de las empresas más grandes del país, y por alguna razón que aún no comprendía, estaba en ese café hablando conmigo.

-Sé que tienes problemas financieros -dijo sin rodeos, como si estuviera leyendo un informe.

Mi cuerpo se tensó. ¿Cómo sabía eso?

-No es de su incumbencia -respondí, aunque mi voz tembló ligeramente.

-Quizás no lo sea, pero tengo una propuesta que podría solucionarlos.

Lo miré con incredulidad.

-¿Una propuesta?

-Sí. Necesito una prometida. Alguien que pueda fingir estar a mi lado durante unos meses. En intercambio, pagaré todas tus deudas y te daré una suma considerable para que puedas empezar de nuevo.

Parpadeé, esperando que en algún momento soltara una carcajada y dijera que era una broma. Pero no lo hizo. Su rostro permaneció serio, impasible.

-¿Por qué yo? -pregunté finalmente.

-Porque eres perfecta para lo que necesito. Eres... inofensiva. Nadie sospechará de ti.

No sabía si sentirme insultada o aliviada por su comentario. Pero una pregunta más grande ocupaba mi mente.

-¿Por qué necesita hacer esto?

Gabriel suspiró, como si esta parte de la conversación le aburriera.

-Mi familia insiste en que me case con alguien de su elección. No estoy dispuesto a ceder. Si llevo a alguien como tú, los convenceré de que tengo mi vida bajo control.

Había algo en su tono que me hizo creer que no estaba contándome toda la verdad, pero no quise presionar.

-Esto suena... loco -admití.

-Lo es. Pero también es una oportunidad para ti. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir en este lugar, ahogándote en deudas?

Sus palabras golpearon un nervio. Él no sabía nada de mi vida, pero había dado en el clavo.

-Hay una condición -añadió, interrumpiendo mis pensamientos.

-¿Cuál?

Sus ojos se fijaron en los míos, y sentí que el aire en la habitación se volvía más denso.

-No puedes enamorarte de mí.

Solté una risa amarga.

-No se preocupe. Eso no será un problema.

Él no respondió, pero algo en su mirada me dijo que no creía en mis palabras. Y, en el fondo, yo tampoco estaba tan segura.

Cuando finalmente salí del almacén, mi mente era un torbellino de pensamientos. ¿Podría realmente aceptar algo así? ¿Era capaz de fingir ser alguien que no era, por dinero?

No tenía respuestas, pero una cosa era segura: mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Capítulo 2 La farsa

Acepté el trato. No lo hice porque quería, sino porque la realidad me había aplastado tanto que cualquier alternativa parecía mejor que seguir ahogándome en un océano de facturas impagas y noches en vela. Gabriel Montenegro no solo era mi salvación financiera, sino también el hombre más intimidante que había conocido. A pesar de mi aceptación, no dejaba de cuestionarme si había tomado la decisión correcta.

El día después de nuestra conversación en el café, una limusina negra me recogió frente a mi destartalado apartamento. El chofer, un hombre mayor y extremadamente educado, me saludó con una sonrisa discreta.

-Señorita, el señor Montenegro la espera en su residencia.

Residencia. La palabra en sí parecía pertenecer a un mundo que no tenía nada que ver conmigo. Apreté el asa de mi bolso, una de las pocas cosas decentes que tenía, y me acomodé en el asiento de cuero, intentando no parecer una niña perdida en un parque de diversiones.

El trayecto fue corto, pero suficiente para que mis pensamientos se descontrolaran. ¿Qué pasaría si Gabriel cambiaba de opinión? ¿Si decidía que yo no era lo suficientemente buena para este plan? Tragué saliva y apreté las manos en mi regazo mientras la limusina se detenía frente a una mansión que parecía sacada de una película.

Era enorme, de un blanco inmaculado, con columnas de mármol y jardines que parecían diseñados a mano por artistas. Sentí que cada paso que daba hacia la puerta principal era como caminar hacia el patíbulo.

Gabriel me esperaba en el vestíbulo, impecablemente vestido como siempre. Parecía tan fuera de mi alcance que me pregunté, por enésima vez, por qué me había elegido.

-Llegas puntual. Eso es bueno -dijo, evaluándome de pies a cabeza con esos ojos grises que parecían ver más allá de la superficie.

No sabía si era un cumplido o una simple observación, pero decidí no preguntar.

-Gracias... supongo.

Él sonrió ligeramente, aunque más parecía un gesto automático que un reflejo de emoción.

-Ven conmigo. Tenemos mucho que discutir.

Lo seguí por pasillos que parecían interminables, hasta llegar a una sala de estar decorada con muebles que probablemente costaban más que todo lo que yo había ganado en mi vida. Gabriel tomó asiento en un sofá de cuero oscuro y me indicó que hiciera lo mismo frente a él.

-Bien, Emma. Ahora que has aceptado el trato, hay cosas que debes saber.

Asentí, aunque mi garganta estaba seca y mi corazón latía con fuerza.

-Durante los próximos meses, serás mi prometida. Eso significa que asistirás a eventos, reuniones familiares y cualquier otra situación que lo requiera. Necesitamos que todo el mundo crea que estamos realmente comprometidos.

Me obligué a mantener la mirada fija en él, aunque su intensidad me hacía querer desviar los ojos.

-Entendido.

-Habrá un equipo que se encargará de tu imagen. Necesitas parecer... adecuada para este papel.

Mis mejillas se sonrojaron. Adecuada. La palabra golpeó mi orgullo, pero sabía que tenía razón. Yo no encajaba en su mundo, y una parte de mí sentía que nunca lo haría, por mucho que me vistieran de seda.

-Lo que más importa es que seas discreta. No puedes hablar de este acuerdo con nadie. Ni amigos, ni familiares.

Solté una risa seca.

-No tengo a quién contarle.

Gabriel me miró durante un segundo más largo de lo necesario, como si intentara descifrar algo en mis palabras. Pero no dijo nada.

-Perfecto. Entonces, comenzamos hoy.

-¿Hoy? -pregunté, sintiendo cómo mi estómago se retorcía.

Él asintió.

-Hay una cena esta noche en casa de mis padres. Es la oportunidad perfecta para presentarte como mi prometida.

Casi me atraganto con mi propia saliva.

-¿Tus padres? ¿Hoy?

-¿Hay algún problema con eso? -preguntó con una ceja arqueada.

Había muchos problemas, pero ninguno que pudiera decir en voz alta. Así que simplemente negué con la cabeza.

-Bien. Mi estilista llegará en una hora para prepararte.

Antes de que pudiera responder, Gabriel ya se había levantado, dándome la espalda mientras salía de la habitación. Yo me quedé allí, sintiéndome como una pieza más en un tablero de ajedrez.

---

Una hora después, estaba sentada frente a un espejo enorme mientras un grupo de personas trabajaba en mí como si fuera un lienzo en blanco. Mi cabello fue lavado, cortado y peinado en una cascada de ondas suaves que enmarcaban mi rostro. Mi rostro fue maquillado con precisión, resaltando mis ojos y labios de una manera que me hacía sentir como otra persona.

El vestido que me pusieron era un sueño: negro, ajustado pero elegante, con detalles que insinuaban sin revelar demasiado. Cuando me miré al espejo, apenas reconocí a la mujer que estaba frente a mí.

-Perfecta -dijo el estilista, sonriendo con aprobación.

No me sentía perfecta. Me sentía como una impostora, una intrusa en un mundo que no era mío. Pero cuando Gabriel entró en la habitación y me vio, su reacción fue lo suficientemente honesta como para hacerme dudar.

Él se detuvo, recorriéndome con la mirada de una manera que me hizo sentir expuesta y, al mismo tiempo, poderosa.

-Bien -dijo finalmente, aunque su tono era más suave de lo habitual-. Estás lista.

---

La cena fue una prueba de fuego. La mansión de los Montenegro era aún más intimidante que la de Gabriel, y su familia no tardó en hacerme sentir como si estuviera bajo un microscopio.

Su madre, una mujer elegante pero fría, me miró como si fuera un insecto al que podía aplastar con un simple movimiento. Su padre apenas me dirigió la palabra, y sus hermanos, aunque educados, parecían más interesados en averiguar qué veía Gabriel en alguien como yo.

Aquí tienes el enfrentamiento en la cena, incluyendo la conversación inicial y la tensión con la familia de Gabriel, siguiendo el tono del capítulo dos:

---

La cena comenzó tensa desde el momento en que entré al comedor. Todos estaban ya sentados alrededor de la enorme mesa de madera oscura, hablando entre ellos como si yo no existiera. Gabriel estaba al final de la mesa, con una copa de vino en la mano, luciendo impecable como siempre. Cuando sus ojos encontraron los míos, su expresión era ilegible, aunque su leve inclinación de cabeza me indicó dónde debía sentarme: en un lugar al extremo, lejos de él.

La madre de Gabriel, la señora Irene, estaba en el centro, como una reina en su trono. Su mirada evaluadora me recorrió de pies a cabeza cuando me acerqué a mi asiento. No había hostilidad abierta en su expresión, pero su desaprobación era evidente.

-Así que esta es Emma -dijo Irene finalmente, su tono impregnado de una dulzura falsa que me puso los nervios de punta-. Gabriel, cariño, ¿no crees que deberíamos haberle conseguido algo más apropiado para esta noche? Ese vestido... bueno, no parece estar a la altura.

Mis mejillas ardieron. Me sentí expuesta, como si todos estuvieran esperando que me derrumbara.

-Madre, eso es suficiente, para mi es mas que suficiente, si mi relación se basada en ropa estaría como mis primos -respondió Gabriel con un tono cortante, aunque no me miró.

-Solo estoy diciendo -continuó Irene, ignorándolo- que, si va a estar en nuestra familia, debería esforzarse un poco más. Después de todo, las apariencias son importantes.

-Lo siento -murmuré, aunque no tenía por qué disculparme.

Uno de los hermanos de Gabriel, un hombre joven con la misma mirada astuta, soltó una risa burlona.

-¿Siempre eres así de sumisa?

-¡Sebastián! -interrumpió Gabriel, su voz un látigo en el aire.

-¿Qué? Solo pregunto. No parece el tipo de mujer que aguantaría en este ambiente, eso es todo.

El padre de Gabriel, un hombre mayor con un aire distante, habló por primera vez:

-Debiste elegir a alguien más adecuado, Gabriel. Sabes que nuestra posición requiere una imagen impecable, y esto... -hizo un gesto en mi dirección- no es precisamente eso.

Me mordí el labio para no llorar. La comida frente a mí seguía intacta, pero no tenía estómago para comer.

-Emma es perfectamente adecuada -dijo Gabriel, su tono firme pero neutral-. Y nadie en esta mesa tiene derecho a cuestionarlo.

-Por favor, Gabriel -dijo Irene, riéndose suavemente-. Sabemos que esto es temporal. No te pongas sentimental.

La palabra "temporal" me golpeó como un balde de agua fría. Claro, esto no era real. Lo sabía desde el principio, pero escucharlo tan descaradamente me hizo sentir insignificante.

-Estoy aquí porque... -intenté hablar, pero mi voz tembló.

-Porque necesitas el dinero -interrumpió Sebastián con una sonrisa burlona-. Todos lo sabemos. No necesitas fingir otra cosa.

El cuchillo de Gabriel chocó contra el plato con un ruido fuerte, haciendo que todos callaran.

-Eso es suficiente -dijo, mirando directamente a su hermano-. No olvides que esta es mi casa, mi herencia, mis Bines, todos ustedes dependen de mi para sobrevivir, y quien no respete mis decisiones no tiene cabida aquí, puede irse ahora mismo, incluyéndote madre.

La tensión era palpable. Irene cruzó los brazos, claramente molesta por la defensa de Gabriel hacia mí, pero no dijo nada más.

-Emma -dijo Gabriel de repente, volviendo su atención hacia mí-, ¿quieres decir algo?

Todos los ojos se clavaron en mí. Quería desaparecer. Pero también sabía que, si no hablaba, seguirían viéndome como alguien débil, insignificante.

-No tengo nada que demostrarles -dije finalmente, sorprendida por la firmeza en mi voz-. Sé que no pertenezco a este mundo, pero tampoco voy a disculparme por ello.

Un silencio incómodo llenó la habitación. Irene levantó una ceja, como si no esperara que yo tuviera el valor de responder. Sebastián sonrió, divertido, mientras que el padre de Gabriel simplemente volvió a concentrarse en su plato.

Gabriel, sin embargo, me miró con algo que casi parecía orgullo.

-Bien dicho -comentó antes de tomar un sorbo de vino.

La cena continuó en silencio, pero algo había cambiado. Había enfrentado a esa familia y, aunque me sentía agotada, también sabía que no iba a dejar que me pisotearan tan fácilmente. Sin embargo, una pregunta persistía en mi mente: ¿por qué Gabriel se molestaba en defenderme? ¿Era parte del trato o había algo más?

Gabriel jugó su papel a la perfección. Me tomó de la mano, habló de nuestra "relación" con una sinceridad que incluso yo creí por un momento. Cada vez que sentía que el suelo se desmoronaba bajo mis pies, su presencia a mi lado me mantenía firme.

Cuando la cena terminó y regresamos a su casa, estaba exhausta, tanto física como emocionalmente. Gabriel me acompañó hasta la puerta de la que seria mi habitación y me miró con algo que casi parecía respeto.

-Lo hiciste bien esta noche.

-Gracias -murmuré, aunque apenas podía mantenerme en pie.

Antes de que pudiera responder, se dio la vuelta y se alejó, dejándome sola con mis pensamientos. Me desplomé en la cama, mirando al techo, y me pregunté cuánto tiempo podría mantener esta farsa sin perderme a mí misma en el proceso.

Capítulo 3 Emociones

No sé cuánto tiempo pasé mirando al techo, incapaz de conciliar el sueño. Mi cuerpo estaba exhausto, pero mi mente era un torbellino. Las imágenes de la cena en la mansión Montenegro no dejaban de repetirse: las miradas inquisitivas de su madre, las preguntas disfrazadas de cortesía de sus hermanos, y, sobre todo, la presencia imponente de Gabriel a mi lado. Su mano cálida sobre la mía había sido mi ancla, pero también un recordatorio constante de que todo era una mentira.

Finalmente, la luz del amanecer se filtró por las cortinas de mi habitación. Mi nueva habitación. Un espacio que no se parecía en nada al pequeño apartamento donde había pasado los últimos años sobreviviendo a duras penas. Aquí, cada detalle parecía gritar lujo: las sábanas de algodón egipcio, las cortinas de terciopelo, el armario lleno de ropa que no era mía.

Me levanté y me dirigí al baño. El espejo me devolvió la imagen de una mujer que apenas reconocía. Mi cabello todavía estaba impecablemente peinado, aunque el maquillaje de la noche anterior se había desvanecido. Me lavé la cara, tratando de disipar la sensación de irrealidad que me envolvía.

Cuando bajé las escaleras, la casa estaba en completo silencio. Por un momento, pensé que estaba sola, pero el aroma del café recién hecho me llevó hasta la cocina. Allí estaba Gabriel, vestido de manera casual por primera vez desde que lo conocí. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos y pantalones oscuros. Se veía casi... normal. Pero su presencia seguía siendo tan intensa como siempre.

-Buenos días -dije, tratando de sonar natural mientras entraba en la cocina.

Él levantó la vista de su taza de café, sus ojos grises analizándome con la misma intensidad que siempre.

-Buenos días. ¿Dormiste bien?

Mentirle parecía inútil.

-No mucho.

-Era de esperarse. Ayer fue una noche difícil para ti.

Asentí, acercándome a la cafetera para servirme una taza. El silencio entre nosotros era pesado, pero no incómodo. Era como si ambos supiéramos que las palabras no eran necesarias.

Finalmente, él habló.

-Hoy tienes libre. No habrá eventos ni reuniones. Aprovecha para acostumbrarte a tu nueva vida.

-¿Y qué supone que haga? -pregunté, dándole un sorbo al café.

-Lo que quieras. Recorre la casa, sal de compras, o simplemente relájate. Pero recuerda las reglas, Emma. La discreción es lo más importante.

Asentí, aunque no estaba segura de qué hacer con mi día libre. Mi vida antes de Gabriel había estado llena de trabajo, preocupaciones y pocas distracciones. Ahora, con todas mis necesidades cubiertas, me sentía perdida.

---

Pasé la mañana explorando la casa. Cada habitación parecía más impresionante que la anterior. Había una biblioteca con estanterías que alcanzaban el techo, una sala de cine privada y un jardín que parecía sacado de un cuento de hadas. Sin embargo, todo ese lujo solo reforzaba la sensación de que no pertenecía a este lugar.

Al mediodía, decidí salir. Gabriel había mencionado que podía hacer compras, pero yo no tenía interés en gastar dinero en ropa o accesorios. Lo que realmente necesitaba era un poco de aire fresco, un escape de esta burbuja opresiva.

El chofer, el mismo hombre que me había recogido en mi apartamento el día anterior, me llevó hasta el centro de la ciudad. Caminé por las calles sin rumbo fijo, disfrutando del anonimato que me ofrecía la multitud. Pero incluso allí, no podía dejar de pensar en Gabriel y en la complejidad de nuestra situación.

---

Regresé a la casa al caer la tarde, sintiéndome un poco más tranquila después de mi paseo. Sin embargo, la calma no duró mucho. Al entrar, me encontré con Gabriel en la sala de estar, revisando unos documentos. Al verme, dejó lo que estaba haciendo y se levantó, acercándose con ese andar seguro que tanto lo caracterizaba.

-Emma, necesito hablar contigo.

Mi corazón dio un vuelco. Su tono era serio, casi frío, y no podía evitar temer lo que iba a decirme.

-¿Pasa algo malo?

-No exactamente, pero necesito que entiendas algo. Este acuerdo no es solo para mi beneficio. También te afecta a ti.

-Eso lo sé -respondí, cruzando los brazos frente a mí como si eso pudiera protegerme de la intensidad de su mirada.

Él suspiró, pasando una mano por su cabello oscuro. Era la primera vez que lo veía mostrar algo parecido a frustración.

-No creo que lo entiendas del todo. Mi familia es... complicada. Lo que vimos anoche fue solo una muestra de lo que vendrá. Ellos no confían en nadie, y estarán atentos a cada uno de tus movimientos.

Su advertencia hizo que mi piel se erizara.

-¿Y qué se supone que haga?

-Nada fuera de lo que ya estás haciendo. Mantén la calma, sigue el guion que hemos establecido y, sobre todo, no te dejes intimidar.

Quise responder algo, pero su mirada me detuvo. Había algo en sus ojos que me hizo darme cuenta de que, aunque él nunca lo admitiría, esta situación también lo afectaba. Gabriel Montenegro no era solo un hombre arrogante y controlador. Había algo más bajo esa fachada, algo que todavía no podía descifrar.

---

Esa noche, me encontré pensando en lo que me había dicho. ¿Cómo podía mantener la calma cuando todo en mi vida había cambiado de la noche a la mañana? ¿Cómo podía enfrentarme a una familia que me miraba como si fuera un intruso? Pero, sobre todo, ¿cómo podía cumplir la regla más importante del acuerdo? Porque, aunque no quería admitirlo, cada vez que Gabriel me miraba con esos ojos grises, sentía cómo una parte de mí comenzaba a derrumbarse.

Mientras me acostaba en la cama, mirando el techo de esa habitación que todavía no sentía como mía, una sola pregunta resonaba en mi mente: ¿cuánto tiempo podría fingir antes de que todo se desmoronara?

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022