El aroma a café y el caos de la cafetería eran mi día a día, un engranaje más en la hora pico de "El Tinte de la Séptima".
Pero de repente, los colores se apagaron, una niebla gris me envolvió y la oscuridad me tragó por completo. Me desplomé, mi mundo se hizo añicos.
Mi vida se convirtió en una carga, una sombra que se movía a tientas por un mundo que ya no podía ver. Los años pasaron en la oscuridad, despojándome de mi carrera, de mi sueño, de casi todo.
Veinte años después, cuando ya era masajista y mis manos reemplazaban mis ojos, escuché a dos voces familiares en mi sala de espera. Eran clientes de aquel día fatídico.
"La ceguera no fue un accidente, primo. Yo me encargué de ello. Necesitaba una distracción, y un barista ciego era la distracción perfecta."
No fue un accidente. Fui envenenado, mi vida arruinada, solo para que alguien pudiera hacer trampa en un examen, y el culpable se burlaba de mi inutilidad. Quise gritar, pero el shock me paralizó.
Y entonces, el dolor helado en mi espalda. Una, dos, tres veces. Caí al suelo.
Y desperté.
El aroma a café y el pánico llenaban el aire. Podía ver. "Patrick, ¡dos lattes y un americano para la mesa cuatro!", gritó mi jefe. Era el mismo día, veinte años atrás. Faltaban diez minutos para que me quedara ciego. Esta vez, no sería la víctima. Sería el cazador.
El olor a café tostado y a pánico llenaba el aire. Era la hora pico de la mañana en "El Tinte de la Séptima", nuestra cafetería, un hervidero de estudiantes con los nervios a flor de piel. Justo al lado, la universidad más prestigiosa de Bogotá abría sus puertas para el examen de admisión, un evento que paralizaba esta parte de la ciudad cada año.
Mi mundo, en cambio, se estaba encogiendo.
Primero, los colores se apagaron, como si alguien le hubiera bajado la saturación a la vida. Luego, una niebla gris se instaló en los bordes de mi visión, avanzando implacable hacia el centro.
"Patrick, ¡dos lattes y un americano para la mesa cuatro!", gritó mi jefe desde la caja.
Intenté enfocarme en la máquina de espresso, pero mis manos temblaban. Las tazas de cerámica blanca eran solo manchas borrosas. El vapor silbante de la máquina sonaba lejano, ahogado. El pánico me subió por la garganta.
"No veo", susurré, pero nadie me escuchó por encima del estruendo.
La oscuridad se cerró por completo, como una cortina de teatro cayendo sobre mi última escena. Me desplomé, el sonido de la porcelana rompiéndose fue lo último que registré antes de que el silencio se lo tragara todo.
Mi vida se hizo añicos. Adiós a mi carrera como barista, adiós a mi sueño de volver a las competencias de cata. Me convertí en una carga, una sombra que se movía a tientas por un mundo que ya no podía ver. Los años pasaron en un borrón de oscuridad y desesperación.
Aprendí a ser masajista. Era uno de los pocos oficios donde mis manos podían reemplazar a mis ojos. Mi paladar, antes mi orgullo, ahora solo servía para recordarme lo que había perdido.
Veinte años después, en una camilla de masajes de mi pequeño local, la verdad me encontró.
Dos hombres hablaban en voz baja en la sala de espera. Reconocí sus voces. Eran clientes de la cafetería, de aquel día. Mi memoria auditiva, agudizada por años de ceguera, nunca fallaba.
"Todavía no me creo que funcionara", dijo una voz, la de Víctor Byrd, ahora más grave pero con el mismo tono arrogante. "El barista se quedó ciego de repente, todo el mundo se volvió loco. Fue el momento perfecto para que me pasaras la nota con las respuestas".
La otra voz, fría y calculadora, la de Máximo Sanderson, respondió.
"La ceguera no fue un accidente, primo. Yo me encargué de ello. Necesitaba una distracción, y un barista ciego era la distracción perfecta".
El aire se me heló en los pulmones. No fue un accidente. Mi vida no se arruinó por el azar. Fue un plan.
"¿Qué hiciste?", preguntó Víctor, con un nerviosismo que no recordaba.
"Un pequeño truco de química. Nada que se pudiera rastrear. Una pena por el tipo, pero gracias a eso entraste en la universidad".
Quise gritar, levantarme, enfrentarlos. Pero mi cuerpo estaba paralizado por el shock. Ellos se levantaron para irse.
"¿Y el masajista?", preguntó Víctor.
"Él no importa. No puede ver, no puede hacer nada", dijo Máximo.
Pero yo había escuchado. Lo sabía todo.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, me obligué a moverme. Tenía que ir a la policía. Tenía que hacer algo. Me levanté, tropezando con mis propios pies.
La puerta de mi local se abrió de nuevo. No tuve tiempo de girarme.
Sentí un dolor agudo y helado en la espalda. Una, dos, tres veces. Caí al suelo, un charco caliente extendiéndose bajo mi cuerpo. La última sensación fue el frío del suelo contra mi mejilla.
Y entonces, desperté.
El olor a café tostado y a pánico llenaba el aire. El estruendo de la cafetería era ensordecedor. Parpadeé. La luz del sol de la mañana me cegó por un instante. Podía ver. Podía ver los colores vibrantes de los pasteles de Lina en el mostrador, las caras ansiosas de los estudiantes, mi propio reflejo en el acero pulido de la máquina de espresso.
"Patrick, ¡dos lattes y un americano para la mesa cuatro!", gritó mi jefe.
Era el mismo día. Veinte años atrás.
Miré el reloj en la pared. Faltaban diez minutos para que me quedara ciego.
Esta vez, no sería la víctima. Sería el cazador.
Mi corazón latía con la fuerza de un martillo contra un yunque. El sudor frío me recorría la espalda. Diez minutos. Tenía diez minutos para cambiarlo todo.
Mi mente corría a toda velocidad, repasando las caras en la cafetería. Estudiantes. Docenas de ellos. ¿Quiénes eran? ¿Quién era Víctor? ¿Quién era Máximo? En mi vida pasada, sus caras se habían borrado de mi memoria, reemplazadas por el recuerdo de sus voces veinte años después.
Ahora estaban aquí, en algún lugar de esta multitud ruidosa y anónima.
"¡Patrick, muévete! ¡La gente está esperando!", me urgió mi jefe.
Asentí, mis movimientos eran torpes, robóticos. Cogí una bandeja, mis manos temblaban tanto que las tazas tintineaban como campanas de alarma. Tenía que crear una distracción. Una distracción diferente. Una que no me dejara ciego.
Mi mirada se fijó en la mesa más cercana a la puerta, donde se sentaban dos jóvenes que encajaban vagamente en el recuerdo que tenía. Uno parecía nervioso, el otro tenía un aire de superioridad. ¿Eran ellos? No podía estar seguro.
No importaba. El plan era para toda la cafetería.
Respiré hondo. Caminé hacia el centro del local, donde el pasillo era más estrecho y el flujo de gente, constante.
"¡Cuidado!", grité.
Y con un movimiento deliberado y exagerado, tropecé.
La bandeja voló de mis manos. Tazas, platos, café hirviendo, leche espumosa... todo se estrelló contra el suelo en una explosión de ruido y caos. El líquido caliente salpicó a varios clientes, que gritaron de sorpresa y dolor.
El silencio que siguió fue instantáneo y pesado. Todos los ojos se clavaron en mí.
Mi jefe corrió hacia mí, con la cara roja de furia.
"¡Castillo! ¿Qué demonios te pasa? ¿Estás loco?".
"Lo siento, tropecé", dije, intentando sonar torpe y arrepentido, no aterrorizado y calculador.
"¡Tropezaste! ¡Casi quemas a media clientela! ¡Mira este desastre!", gritaba, señalando el caos de porcelana rota y café derramado. "¡Estás despedido! ¡Recoge tus cosas y lárgate de aquí ahora mismo!".
Sentí una punzada de humillación, pero fue ahogada por una ola de inmenso alivio. Despedido. Estaba fuera. Lejos del veneno, lejos de la oscuridad. Era un precio pequeño a pagar por mi vista, por mi vida.
"Sí, señor", dije, manteniendo la cabeza gacha.
Mientras caminaba hacia la parte de atrás para coger mi chaqueta, pasé junto a mi compañera, Lina Hewitt. Era la pastelera, una madre soltera que trabajaba sin descanso para su hijo. Me miró con una mezcla de pena y confusión.
"Patrick, ¿estás bien?".
"Estoy bien, Lina. Cuídate", le dije, con una urgencia en mi voz que no pude ocultar.
Salí de la cafetería y respiré el aire contaminado de Bogotá como si fuera el más puro de los Alpes. Lo había logrado. Había cambiado mi destino.
Caminé sin rumbo durante horas, el alivio recorriendo mis venas. Por la tarde, mi teléfono sonó. Era un número desconocido.
"¿Hola?".
"¿Hablo con Patrick Castillo? Soy del Hospital San Ignacio. Su contacto de emergencia en la cafetería 'El Tinte de la Séptima' nos ha llamado. Su colega, Lina Hewitt, ha sido ingresada".
Mi estómago se encogió.
"¿Qué ha pasado? ¿Está bien?".
La voz al otro lado del teléfono dudó un segundo.
"Ha sufrido un episodio de ceguera repentina. Los médicos no entienden qué lo ha causado. Está en estado de shock".
El teléfono se me resbaló de la mano y cayó al asfalto. El alivio que había sentido se convirtió en un horror helado.
No había evitado la tragedia.
Solo se la había pasado a otra persona.