Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Urban romance > Ojos Febriles, Alma Rota
Ojos Febriles, Alma Rota

Ojos Febriles, Alma Rota

Autor: : Yixi Yuhuan
Género: Urban romance
Mateo Rojas, un arquitecto con una vida aparentemente perfecta, cimentó su matrimonio de cinco años con Sofía en una promesa inquebrantable: lealtad absoluta. "El Faro", nuestro majestuoso edificio Art Decó, era el símbolo de nuestra unión inexpugnable. Pero en nuestro quinto aniversario, al ir a su galería para una sorpresa, mi mundo se desmoronó al descubrir una escultura hiperrealista de Sofía, desnuda, obra de Leo, el artista callejero obsesivo que ella defendía. El shock no fue la ofensa, sino el orgullo radiante en sus ojos al ver su propia profanación. Desde ese instante, mi vida se convirtió en una pesadilla. Los ojos febriles de Leo acechaban en mi estudio, Sofía abandonaba citas cruciales -incluso me dejó tirado en una avenida, costándome el contrato de mi vida- para calmar las crisis manipuladoras de su "musa". Un chupetón en su cuello y un tango íntimo en una milonga clandestina, el baile que destruyó a mi padre, confirmaron la cruda realidad de su traición. ¿Cómo pudo pisotear nuestra promesa, profanar nuestro santuario e incurrir en cada una de mis peores pesadillas? El asco se apoderó de mí. La traición no era solo física; era la destrucción de mi identidad, mi legado y mi alma. Pero la rabia silenciosa me dio claridad. Recordé la cláusula de infidelidad en el acuerdo de "El Faro". Con una frialdad inusitada, contacté a mi vieja rival, Valentina Morales, para vender el edificio, sacrificialmente, a un fondo de Dubái. Me iría, sí, pero mi desaparición sería el primer acto de una venganza meticulosamente orquestada.

Introducción

Mateo Rojas, un arquitecto con una vida aparentemente perfecta, cimentó su matrimonio de cinco años con Sofía en una promesa inquebrantable: lealtad absoluta. "El Faro", nuestro majestuoso edificio Art Decó, era el símbolo de nuestra unión inexpugnable.

Pero en nuestro quinto aniversario, al ir a su galería para una sorpresa, mi mundo se desmoronó al descubrir una escultura hiperrealista de Sofía, desnuda, obra de Leo, el artista callejero obsesivo que ella defendía. El shock no fue la ofensa, sino el orgullo radiante en sus ojos al ver su propia profanación.

Desde ese instante, mi vida se convirtió en una pesadilla. Los ojos febriles de Leo acechaban en mi estudio, Sofía abandonaba citas cruciales -incluso me dejó tirado en una avenida, costándome el contrato de mi vida- para calmar las crisis manipuladoras de su "musa". Un chupetón en su cuello y un tango íntimo en una milonga clandestina, el baile que destruyó a mi padre, confirmaron la cruda realidad de su traición.

¿Cómo pudo pisotear nuestra promesa, profanar nuestro santuario e incurrir en cada una de mis peores pesadillas? El asco se apoderó de mí. La traición no era solo física; era la destrucción de mi identidad, mi legado y mi alma.

Pero la rabia silenciosa me dio claridad. Recordé la cláusula de infidelidad en el acuerdo de "El Faro". Con una frialdad inusitada, contacté a mi vieja rival, Valentina Morales, para vender el edificio, sacrificialmente, a un fondo de Dubái. Me iría, sí, pero mi desaparición sería el primer acto de una venganza meticulosamente orquestada.

Capítulo 1

Leo, el artista callejero, se estaba convirtiendo en una molestia. Sus performances eran cada vez más extrañas. La última vez, se colgó boca abajo de un semáforo, cubierto solo con pintura roja, gritando el nombre de mi esposa.

Sofía.

La gente en los círculos de arte de Buenos Aires lo llamaba una "leyenda urbana". Yo lo llamaba un acosador.

Pero Sofía, mi esposa desde hace cinco años, no lo veía así. Ella era una influyente galerista de arte. Veía "potencial" en él.

Yo era Mateo Rojas, un arquitecto. Mi vida se basaba en la estructura, en la lógica. Mi matrimonio con Sofía se basaba en una promesa: lealtad absoluta. Ambos veníamos de familias rotas por la infidelidad. Odiábamos la traición más que nada en el mundo. Nuestro mayor orgullo era "El Faro", un edificio Art Decó que diseñé y que poseíamos juntos. Era el símbolo de nuestra vida perfecta.

Hoy era nuestro quinto aniversario. Compré un collar de diamantes que ella quería desde hacía meses. Fui a su galería en Palermo para darle una sorpresa.

La galería estaba cerrada. Extraño. Usé mi llave y entré.

El espacio principal estaba vacío, pero una cortina negra cubría la sala trasera. Escuché murmullos. Me acerqué en silencio.

Detrás de la cortina, había una exposición secreta. Solo para un puñado de críticos y coleccionistas. Y en el centro de la sala, sobre un pedestal de mármol, había una escultura.

Era una escultura hiperrealista de Sofía. Desnuda.

La única prenda que la cubría era uno de sus pañuelos de seda, el que yo le regalé en nuestro primer aniversario, colocado estratégicamente sobre su pelvis. La postura era provocativa. La expresión, una mezcla de éxtasis y sufrimiento.

Sentí una oleada de náuseas.

Un hombre bajo y con barba, uno de los críticos más famosos de la ciudad, le decía a su acompañante:

"Es crudo. Visceral. Leo Ferri tiene un don para capturar la esencia de su musa."

Leo. El artista callejero.

Me quedé paralizado, escondido detrás de la cortina. Mi sorpresa se había convertido en una pesadilla.

Entonces llegó Sofía. Entró en la sala con una sonrisa radiante. Esperé su horror, su indignación.

Pero no llegó.

"¿No es magnífica?", dijo ella, su voz llena de orgullo. "Es la honestidad brutal hecha arte."

Se acercó a la estatua. Tocó la mejilla de su réplica de yeso con una delicadeza que me revolvió el estómago.

Salí de mi escondite.

Todas las cabezas se giraron hacia mí. El silencio se hizo pesado.

"Mateo", susurró Sofía, su sonrisa desapareciendo.

No dije nada. Solo miré la estatua, luego la miré a ella. Ella no entendía. O no quería entender.

"Es solo arte, mi amor", dijo en voz baja, acercándose.

"¿Arte?", mi voz sonó hueca. "¿Desde cuándo posas desnuda para él?"

"No posé. Él trabaja a partir de fotos, de la observación. Es su interpretación."

Su defensa era tan fría, tan desconectada de lo que éramos, que sentí un abismo abrirse entre nosotros. Me di la vuelta y me fui. Cerré la puerta de la galería detrás de mí, dejando dentro el murmullo confuso de sus invitados y su llamada desesperada.

"¡Mateo, espera!"

Esa noche, en casa, el silencio era un grito. Ella intentó hablar, pero yo no podía escucharla. Fui a mi estudio, nuestro santuario personal dentro de la casa.

Y allí, en la pared, sobre mi mesa de dibujo, había un pequeño cuadro. Un par de ojos. Los ojos de Sofía. Pintados con una intensidad febril y perturbadora. La firma en la esquina era una "L" garabateada.

Leo.

Ella lo había colgado en nuestro espacio más íntimo.

Recordé la primera vez que vi su trabajo. Unos meses atrás. Un mural horrible en una pared de San Telmo. Ella se detuvo. "Hay algo en él", dijo. "Una desesperación auténtica". Yo solo vi mediocridad.

Ahora esa mediocridad estaba en mi casa, en mi estudio, en la forma desnuda de mi esposa exhibida para extraños.

Me senté en mi escritorio. Abrí el cajón y saqué la carpeta de "El Faro". Busqué el acuerdo de copropiedad que firmamos. Lo había redactado un abogado, pero yo insistí en una cláusula. Una cláusula que Sofía llamó "drástica" pero que aceptó con una sonrisa, diciendo que nunca la necesitaríamos.

La cláusula 12B.

"En caso de infidelidad probada y documentada por una de las partes, la propiedad total e indiscutible del inmueble conocido como 'El Faro' pasará a ser del cónyuge traicionado."

Recuerdo sus palabras ese día, mientras firmaba. "Tú y yo, Mateo, somos a prueba de esto. Sabemos lo que se siente. Nunca nos haríamos eso."

La ironía era un sabor amargo en mi boca.

Tomé mi teléfono. Busqué un número. Una arquitecta. Mi rival más feroz, pero la única persona en este negocio cuya inteligencia respetaba.

Valentina Morales.

Sonó dos veces.

"¿Morales?", su voz era cortante, como siempre.

"Valentina. Soy Mateo Rojas."

Hubo una pausa. "¿Rojas? ¿A qué debo el honor? ¿Te quedaste sin ideas y necesitas inspiración?"

Ignoré su sarcasmo.

"Necesito que me hagas un favor. Necesito que encuentres un comprador. Discretamente."

"¿Un comprador para qué? ¿Tu alma?"

"Para El Faro."

Capítulo 2

El silencio al otro lado de la línea fue largo. Podía imaginar a Valentina Morales, en su oficina minimalista, levantando una ceja.

"¿El Faro?", su voz perdió el tono burlón y se volvió seria, casi incrédula. "¿Tu obra maestra? ¿El bebé que tuviste con Sofía Elizalde? ¿Qué pasó, Rojas, te aburriste de la perfección?"

"Solo hazlo, Valentina. Encuentra un comprador serio. Alguien con dinero rápido y sin preguntas. Te daré una comisión del diez por ciento."

Una comisión del diez por ciento por El Faro era una fortuna. Una suma que cambiaría su vida.

"Diez por ciento...", repitió lentamente. "Por esa cantidad, te consigo al Papa. Pero esto tiene un precio, Mateo. Quiero el proyecto del Banco Patagonia. Retírate de la licitación."

El proyecto del Banco Patagonia. Era el contrato de mi vida. El que consolidaría mi legado.

"Hecho", dije sin dudar.

Colgué antes de que pudiera decir nada más.

Retirarme del proyecto del Banco Patagonia era un golpe duro, pero vender El Faro era la única forma de cortar el cáncer de raíz. Necesitaba dinero, liquidez, para desaparecer. Para ejecutar la cláusula, necesitaba pruebas. Pero para mi propia paz mental, necesitaba irme. El edificio era nuestra alma conjunta. Si el alma estaba podrida, había que demoler la estructura.

Sofía entró en el estudio. Llevaba una bandeja con dos copas de vino. Su rostro mostraba una preocupación ensayada.

"Mateo, tenemos que hablar. Lo de la galería fue un error de juicio. Estaba emocionada por el artista, por la obra... no pensé en cómo te sentirías."

No respondí. Mi mirada estaba fija en la pantalla de mi ordenador.

Ella dejó la bandeja sobre la mesa. Vio la carpeta de "El Faro". Su expresión se tensó.

"¿Qué estás haciendo?"

"Trabajando."

Se acercó y me entregó una pequeña caja de terciopelo azul.

"Feliz aniversario", dijo en voz baja.

La abrí. Dentro había un reloj Patek Philippe. El modelo Calatrava. El que había admirado en una revista hacía meses. Un reloj que costaba más que un coche.

"Sofía...", empecé a decir.

"Te amo, Mateo", me interrumpió, sus ojos llenos de lágrimas. "Más que a nada. Eres mi centro, mi hogar. Lo de Leo... es una distracción estúpida. Un capricho de curadora. No significa nada. Eres tú. Siempre serás tú."

Sus palabras eran hermosas. Las mismas palabras que me había dicho cientos de veces. Pero ahora sonaban huecas, como un eco en una casa vacía. En mi mente, solo veía la estatua desnuda y su mirada de orgullo.

Asentí lentamente. "Gracias por el reloj. Es precioso."

Me levanté y fui a mi caja fuerte. Saqué una pequeña caja envuelta en papel de regalo. Se la entregué.

"Yo también tengo algo para ti."

Ella la abrió con entusiasmo. Dentro había una memoria USB de plata.

"¿Un pendrive?", preguntó, confundida.

"Es un proyecto. Algo en lo que he estado trabajando. Una sorpresa. Pero no lo abras hasta que yo te diga. Prométemelo."

"Lo prometo", dijo, sonriendo, aliviada por mi aparente calma. Me abrazó. "Te haré la cena más increíble. Olvidemos este día horrible."

Mientras ella iba a la cocina, mi teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido.

"Ella te miente. No es solo arte. Abre los ojos."

No había firma. No la necesitaba.

Más tarde, mientras cenábamos, el teléfono de Sofía sonó. Estaba sobre la mesa. El nombre en la pantalla era "Leo". Ella lo cogió rápidamente, pero no antes de que yo viera cómo su pulgar se movía con una familiaridad automática para desbloquearlo. Tenía su huella registrada.

"Ahora no", susurró al teléfono y colgó.

"¿Quién era?", pregunté, mi voz tranquila.

"Nadie. Un número equivocado."

El teléfono volvió a sonar. Y otra vez. Y otra vez. La vibración era un insecto molesto sobre la mesa de madera.

"Contesta, Sofía", le dije. "Parece importante."

"No lo es."

"Si no contestas, lo haré yo."

Me miró, sus ojos llenos de pánico. Finalmente, contestó, poniendo el altavoz como un gesto de transparencia forzada.

"¡Sofía! ¡No puedes abandonarme!", la voz de Leo era un grito desesperado. "Estoy en el puente. Si no vienes, voy a saltar. Será mi última performance. Un tributo a ti."

"Leo, basta. Estás loco. Estoy con mi marido", dijo ella, su voz temblorosa.

"¡Tu marido no te entiende! ¡Yo te adoro! ¡Yo te hice inmortal! ¡Ven ahora o me mato!"

"Sofía", le dije, mi voz era hielo. "Ve. Tu artista te necesita."

"No. Me quedo aquí. Contigo."

Pero mientras lo decía, ya se estaba levantando, cogiendo su bolso, sus llaves.

"No tardo", dijo, corriendo hacia la puerta. "Es solo para calmarlo. Vuelvo enseguida."

Salió tan rápido que la puerta se cerró de un golpe.

Me quedé solo en la mesa, con la cena a medio comer. El vino. El reloj caro en mi muñeca.

Esperé cinco minutos. Luego tomé las llaves de mi coche y la seguí.

La encontré aparcada cerca del Puente de la Mujer. Él no estaba allí. Estaba esperándola junto a su coche. Discutían. Él lloraba. Ella lo abrazaba.

Conduje despacio, pasando a su lado. Ella no me vio. Estaba demasiado ocupada consolando a su "artista".

Volví a casa. Esperé.

Dos horas después, ella regresó.

"Ya está todo bien", dijo, forzando una sonrisa. "Era solo un drama. Ya se calmó."

"Bien", dije.

Me levanté para ir a la cama. Ella me siguió.

"Mañana tengo esa reunión crucial para el proyecto del Banco Patagonia", le dije. "Es a las nueve en punto. ¿Puedes llevarme? Mi coche tiene poco combustible."

"Claro, mi amor. Por supuesto."

A la mañana siguiente, íbamos en su coche por la Avenida 9 de Julio. El tráfico era un infierno. Yo repasaba mis notas. Mi futuro dependía de esa reunión.

Su teléfono sonó. Era Leo.

"Sofía, ¡la policía! ¡Me van a arrestar! ¡Dije que iba a vandalizar el Obelisco y alguien llamó! ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Arruinará tu reputación! ¡La galería!"

El pánico se apoderó de su rostro.

"Mateo, lo siento, yo..."

"Ni se te ocurra, Sofía. La reunión es en quince minutos."

Frenó en seco en medio del carril. Los coches detrás de nosotros tocaban la bocina furiosamente.

"¡Bájate!", me gritó, con los ojos desorbitados. "¡Lo siento! ¡No puedo dejar que esto explote!"

La miré. En sus ojos no había duda. Su elección estaba hecha.

Abrí la puerta y me bajé en medio del caos del tráfico. Ella aceleró, haciendo un giro ilegal, y desapareció.

Me quedé allí, de pie, con mi portafolio en la mano, mientras los coches me esquivaban. Perdí el contrato de mi vida. Pero gané la certeza que necesitaba.

Días después, la preocupación me carcomía. No por ella, sino por la locura de la situación. Usé un contacto para rastrear su teléfono. La señal me llevó a una clínica de salud mental privada en Belgrano.

La esperé fuera. Cuando salió, parecía agotada. Se acercó a mí, con lágrimas en los ojos.

"Mateo, perdóname. Está ingresado. Necesitaba asegurarme de que estuviera bien."

Iba a decir algo, pero entonces lo vi. Justo debajo de su mandíbula, parcialmente oculto por el cuello de su blusa, había un chupetón. Una marca morada, inconfundible. Fresca.

Ella siguió mi mirada. Se llevó la mano al cuello, horrorizada.

"No es lo que parece", balbuceó. "Fue... fue un momento de debilidad. Para calmarlo. Estaba fuera de sí."

Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. El dolor era físico, una presión en el pecho que me impedía respirar.

La confirmación final llegó una semana después. Un impulso me llevó a seguirla de nuevo. La vi entrar en una vieja casona en San Telmo. Una milonga clandestina.

Pagué la entrada y me senté en un rincón oscuro.

Y allí, en el centro de la pista, la vi. Bailando un tango con Leo.

No era un baile cualquiera. Era íntimo, cargado de una pasión desgarradora. Sus cuerpos se movían como uno solo. La forma en que él la sostenía, la forma en que ella se abandonaba en sus brazos...

Mi padre había sido un famoso bailarín de tango. Mi madre lo abandonó por un bailarín más joven, destruyendo su carrera y su espíritu. El tango era sagrado para mí. Era la historia de mi familia.

Y ella estaba bailando la tragedia de mi padre con él.

Fue el sacrilegio definitivo.

Salí de allí sin que me vieran. El dolor se había transformado en un frío glacial. Ya no había dudas. Solo quedaba la ejecución.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022