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Oscuro, Hermanos Dracul 1

Oscuro, Hermanos Dracul 1

Autor: : CassHart
Género: Fantasía
Alec es un vampiro engreido que rompió el corazón de Emly muchos años atrás. Justo el día en que ella va a casarse, reaparece diciéndole que le pertenece y que no le permtirá unirse a otro hombre. Emily, lejos de considerarlo un gesto romántico, estilo novelas de héroes, parece capaz de golpearlo con lo que tiene a mano. ¿Alec de verdad pensó que regresaría y ella saltaría con emoción a sus brazos?

Capítulo 1 La princesa perdida

Sorina, la reina del inframundo, no llevaba mucho tiempo como inmortal, pero sabía reconocer cuando una batalla estaba perdida. Su corazón latía con fuerza al pensar en su esposo, con quien había compartido no solo amor sino también desafíos constantes. Sin embargo, su prioridad inquebrantable era mantener con vida a su hija, la futura heredera al trono. A pesar del dolor que le causaba abandonar el castillo y a su amado, Sorina tomó la difícil decisión de trasladarse al mundo de los mortales, el mismo que hasta hace poco había sido su hogar antes de alcanzar la inmortalidad.

El enemigo, una sombra oscura y persistente, la seguía incansablemente. Sentía en lo más profundo de su ser cuán cerca estaba de ellos, la amenaza palpable en el aire. Con el corazón en la garganta y su hija en brazos, Sorina corrió a través de las calles desiertas hasta encontrar un hospital. Su mente, en un torbellino de emociones y pensamientos, solo tenía una súplica: rogarle a Dios que la ayudara a esconder a su pequeña hija.

Con lágrimas en los ojos y una oración silenciosa en sus labios, Sorina buscó a alguien en el hospital que pudiera cuidar de su niña, al menos hasta que ella pudiera regresar. Sabía que debía volver para luchar al lado de su esposo, aunque el riesgo fuera grande. Al encontrar una enfermera compasiva, le explicó con voz temblorosa y desesperada la situación, confiándole la vida de su hija.

Antes de partir, besó a su hija en la frente, murmurándole palabras de amor y promesas de un futuro mejor. Con una última mirada cargada de determinación y tristeza, Sorina se dio la vuelta, preparándose para enfrentar su destino. La reina del inframundo debía regresar a la batalla, con la esperanza de que algún día su familia pudiera reunirse y vivir en paz, lejos de la sombra que ahora los perseguía.

Capítulo 2 La boda

Emily Gold estaba a punto de casarse. Claro que aquella boda no era real, pero se llevaba a cabo para que ella, pudiese escapar de su madre. Una de esas mujeres que no se le desean ni al peor de nuestros enemigos y no exageraba ya que su relación nunca había sido buena, para ella siempre fue un estorbo, una criatura que nació solamente para incomodarla.

Y no es que se sintiera triste, de verdad que no, porque una persona no podía realmente extrañar aquello que nunca había tenido así que vivir lejos de ella y de sus tratos déspotas, sería increíble.

Emi era hija única, su papá la amaba pero no la amaba, es decir, un padre amoroso jamás permitiría que su pequeñita sufriera tanto a manos de la persona que, en teoría, debería de amarla. Y él, estaba tan enamorado de su esposa que entonces, se hacía de la vista gorda ante los horrores que Emi vivía. Pero no todo era completamente malo, pues contaba con el apoyo de su abuelito, August. Pero aunque lo amaba, si se permitía ser honesta, no era suficiente para quedarse en casa ya que su querido viejito, ni siquiera vivía con ellos.

Lo único malo de todo aquello era que su abuelito, no soportaba a su prometido, y eso que Michael era un verdadero encanto. De ahí que no estuviese muy animada en ese sentido, porque una vez que uniera su vida a Michael, no vería tanto al abuelo salvo, que fuese a visitarlo sola, porque en teoría, todos pensaban que aquel matrimonio era real.

La cosa es que solo Emi, podía crearse situaciones tan complejas, pues Michael no era solo su amigo, sino que a la vez, era uno de los mejores amigos del hombre al que ella amaba con todo su corazón y con el cual nunca podría casarse.

No es que no lo hubiese intentado, ¡santo Dios! Si no existía una sola persona en su círculo cercano, que no fuese consciente de la campaña de acoso que había mantenido para llegar al corazón de Alec Dracul. Y este, había dejado muy en claro, que no la veía más que como a un pequeño marimacho y que además nunca estaría a la altura de su apellido y de su mundo.

¡𝑰𝒅𝒊𝒐𝒕𝒂, 𝒑𝒐𝒎𝒑𝒐𝒔𝒐, 𝒆𝒏𝒈𝒓𝒆𝒊́𝒅𝒐!

Solo porque tenía un apellido realmente famoso, no significaba que fuese mejor que ella.Y claro que el rechazo le dolió, no solo en su amor propio pues trajo a flote todas sus inseguridades, sino porque de verdad lo amaba. No entendía bien que fuerza de la naturaleza, la hacía querer estar con él sí o sí.

Y cada vez que pensaba en el apellido Dracul, fantaseaba con que Alec era un vampiro que veía en ella a su compañera predestinada. Y la culpa de todos aquellos pensamientos infantiles la tenía no solo el apellido de su amado, sino las emociones tan dramáticas que tenía por él.

Las novelas de fantasía describían la unión de compañeros como una necesidad imperiosa de estar con el otro, como una quemazón que la atacaba y quería consumir. Y aquello definía a la perfección lo que sucedía en su corazón.

Pero él no era un vampiro y ella, solo era una mocosa hormonal.

A su favor, y para salvaguardar algo de su honor, parte de la culpa la había tenido Alec, porque por meses le dijo palabras bonitas, la hizo creer que la amaba, le dijo que pasarían la vida juntos y por alguna extraña razón, la noche en la que supuestamente iba a proponerle matrimonio, se dedicó a humillarla.

Después de eso y aunque coincidieron en diferentes actividades pues la familia Dracul era dueña de la empresa en la que trabajaba su padre, la relación entre ambos se volvió fría. Y cuando se daba cuenta de que él la observaba, Emi notaba que Alec parecía triste pero no volvería a buscarlo, había aprendido por las malas.

Pero retomando el tema de la boda, ni Alec ni nadie podría decir que Michael era un amigo desleal ya que la enamorada había sido ella y no Dracul, además, tanto Emi como Michael tenían situaciones que ameritaban conseguir una boda.

La de él, si se quería era más compleja.

Su padre estaba a punto de morir y su último deseo era el de verlo casado y Michael era gay, no se atrevía a decirle la verdad y por eso, estaban a punto de "unirse" en sagrado matrimonio.

La noche anterior mientras cenaba con Michael, charlaron sobre la boda. Jack Gold no estaba realmente convencido de que aquello fuese en verdad cierto así que solo tenían una opción.

-Llámalo, Emi.

-¿Has perdido la cabeza? Alec me masticará y luego me escupirá viva, es un hombre con el que definitivamente no quiero meterme, han pasado años desde que charlamos.

-Créeme que es necesario.

-No va a importarle.

-¿Estás segura? Lo conozco y sé que llamará a tu padre, y recuerda que lo que buscamos es darle más realismo a nuestra sagrada unión.

-No quiero.

Michael se acercó a ella y tras ayudarla a ponerse de pie la estrechó entre sus brazos. La amaba, era muy importante en su vida aunque había luchado para que no fuera así.

-Sé que te aterra el que te diga que no le importa.

-Eso sería lo mejor.

-Sigues soltera porque le entregaste tu corazón.

-Michael...

-Si Alec te dice que le da igual, te romperá en pedazos de nuevo y lo mataré. Sé lo que esta llamada significará para ti y lo lamento, pero si no fuese necesario, no te lo mencionaría.

-De acuerdo, pero no le diré sobre mi secreto, sobre lo que me sucedió de niña.

-Mira, por más que me siento alagado de saberlo, creo que si él acaba siendo algo más que un conocido, debería saberlo.

-Maté a varios hombres.

-No, eras una bebé de menos de seis años, que fue vendida por tu madre, y que, por alguna cosa rara de la vida, tenía poderes raros y sus atacantes murieron calcinados.

-Es muy raro.

-Mira, que seas rara significa que aceptarás las rarezas de Alec.

-¿Rarezas?

-Él mismo te lo dirá.

Emi pasó la noche en vela, mirando fijamente el techo. Compartía la misma opinión de Michael sobre esa llamada pero sus manos temblaban tanto que apenas si podía sostener el teléfono.

Llamar a Alec Dracul para informarle de la boda, era una cosa rara, meditaba mientras consideraba la posibilidad de no hacerlo. En teoría, -𝒖𝒏𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒍𝒂 𝒕𝒆𝒏𝒊́𝒂 𝒄𝒐𝒎𝒑𝒍𝒆𝒕𝒂𝒎𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒄𝒍𝒂𝒓𝒂-, no debería interesarle lo que pensaba, pero por otro lado, ansiaba saber si él del todo, no estaba interesado en ella.

Era algo similar a tener un diablito bueno en un hombro y un angelito en el otro. Claro que le dolería descubrir que le valía un kilo de chorizo el que ella estuviese a punto de casarse, pero por otro lado sería algo bueno, glorioso, maravilloso, descubrir que la amaba con locura y que al enterarse enloquecería por haber sido un idiota con ella.

Así que era un juego peligroso, con dos únicas posibilidades. Y no es que si este le dijera que la amaba, pensase en suspender todo, pero sería una especie de victoria personal.

Imaginarlo sufriendo resultaba demasiado agradable. ¡Ojalá llorara al menos la cuarta parte de lo que ella lloró aquella noche!

Y bueno, las posibilidades de que sufriera, de acuerdo con Michael, eran fuertes, y su amigo no consideraba que hacer aquello estuviese mal, ya que estaba bastante intrigado, pues tampoco entendía cómo había podido tratarla tan mal, y luego, pasar los días hablando de ella con amor. Y lo conocía bien, Alec era un hombre misterioso, posesivo y cínico, que nada más terminar la charla con ella, llamaría deprisa a su padre para corroborar que era cierto todo eso de su matrimonio.

¡Y lo que ella daría por verle la cara!

Si Emi se basaba en lo que conocía de él, actuaría posesivo. Porque lo era, si un hombre la miraba, Alec gruñía, si un socio de la empresa la miraba, gruñía, era como de la línea: ¡𝑵𝒊 𝒎𝒊́𝒂 𝒏𝒊 𝒅𝒆 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆!

¿Cómo acabó conociéndolo? La familia Dracul poseía una empresa de importaciones en la que Jack, el padre de Emi era uno de los socios mayoritarios, y Dracul, empezó a participar de forma activa hasta más o menos la época en que Emi cumplió dieciséis años.

Alec en aquel momento no parecía mayor de veinticinco años y contrario a lo que pensó pues era bastante insegura, cuando lo vio en la oficina de su padre, mostró un abierto interés hacia ella. Y aunque nunca dio un paso más allá de su posición rígida y fría, su mirada la seguía por todas partes.

Pero lo suyo en definitiva, -se repetía Emi una y otra vez, durante cada segundo de su día-, era simplemente un enamoramiento adolescente. Porque era risible tan siquiera considerar la posibilidad de que Alec le pidiera matrimonio algún día.

No ayudaba a que la viese como una posible candidata a esposa, el que al inicio actuase como una adolescente hormonal, ¡pero es que era una adolescente hormonal!

Y como tal, se aseguraba de estar en la oficina apenas acababa sus clases en casa, pues no asistía al colegio, sino que tenía tutores. En más de una ocasión, se quedaba dormida en el sofá de la oficina de Jack y al despertar se encontraba con alguna manta encima y con un café y pastelillos en la mesita frente a ella.

Pensaba que era su papá hasta que un día abrió los ojos apenas sintió que la cubrían y encontró a Alec a su lado. Después de saberse descubierto siempre le daba miradas llenas de promesas de amor y contra todo lo que creyó, cuando alcanzó la mayoría de edad le confesó que la amaba y salieron varias veces.

La noche en que iba a pedirle matrimonio o al menos entendió eso por las cosas que le dijo, todo acabó mal. Pero es que de verdad, que le hizo creer que aquella noche se convertiría en su prometida.

¡Vaya fiasco! Y lo recordaba con total claridad pues aún le generaba dolor e ira. El día anterior a la cita, le dijo que empezarían una vida distinta, que estarían juntos durante la eternidad.

Y no es que malinterpretara sus palabras, ¿Porque qué otro significado podrían tener? Aquella fue la primera vez en su vida, que se arregló de forma femenina, quería mostrarle que era algo más que la joven de zapatillas deportivas.

¡Cuan idiota fue!

Capítulo 3 Dejar los recuerdos atrás

Tras esperarlo de forma tan ansiosa que parecía como si estuviese por darle un ataque cardiaco, este llegó a su casa. Jack abrió la puerta e intercambió algunas palabras con Alec y por el lenguaje corporal de ambos, Emi supo que no había sido algo agradable.

En el auto, Alec iba en silencio y sus manos, agarraban con fiereza el volante mientras líneas de tensión surcaban su rostro, por lo que en definitiva fue un viaje incómodo. Aquella, había sido una advertencia de que las cosas no acabarían bien.

¡Y como lamentó el haber ignorado a esa vocecilla interna!

En fin, aquella noche en que se sentía toda una princesa y que incluso, había decidido que lo femenino sí le sentaba bien, Alec no le dijo nada. No es que esperara horas y horas de un inagotable discurso sobre su exquisita belleza, pero anhelaba al menos algún tipo de comentario agradable sobre su vestido o su maquillaje, pero solo recibió un silencio tan frío, que parecía capaz de helarle la sangre.

Realmente quería pedirle que detuviera el auto para subirse a un taxi y regresar a casa, pero era joven e ingenua. Su corazón pesaba más que la razón y ahora sabía que no debió ser así.

Al llegar al restaurante bajó sin esperar por ella, lo que incluso sorprendió al joven que aguardaba para estacionar el auto. Y en su mirada vio la clase de pena y compasión que sentimos al mirar a una mujer agredida por su esposo.

O a un cachorrito herido.

Emi le dio alcance cuando ya estaba sentado en la mesa y aguardó en silencio, porque de verdad que no entendía que había sucedido para que cambiara tan drásticamente. Y la estocada final llegó cuando mientras cenaban, le preguntó si no había forma de que dejara de ser tan masculina, porque si de verdad quería que la incluyera en su vida y en su mundo, debía parecer una mujer y no un adolescente. Porque de acuerdo con lo que él pensaba, los deportes de extremo no le iban.

-Quisiera una mujer, Emi. Sigues siendo un pobre chico jugando a ser mujer. En mí círculo social, abundan las damas con clase, y no te veo así.

Esa noche, le arrojó el vino encima y salió a la calle. Un auto la golpeó y aunque no pasó de una conmoción leve, Emi vio en sus ojos la pena, el dolor y el arrepentimiento. Lo curioso de todo aquel momento, fue que descubrió algo demasiado increíble, Alec la había visto antes, cuando era una niña.

Sus sueños sobre alguien rescatándola no eran producto de su imaginación, eran recuerdos reales. Había pensado que se conocieron en la oficina de su padre, pero lo cierto era que le había visto varias veces a lo largo de su infancia. Cuando tenía cinco años y cayó de su bicicleta, fue Alec el hombre que estuvo a su lado, quien la recogió del suelo y la consoló.

A los nueve cuando cayó al suelo mientras practicaba fútbol en el jardín, la llevó al hospital y luego, de nuevo a los doce años cuando unos matones del barrio iban tras ella, apareció y les hizo huir para luego decirle que siempre la protegería. Pero no había sido sino hasta que el auto la arrolló que los recuerdos volvieron a ella. Y resultaba raro que no hubiese envejecido nada de nada.

En aquel momento, rodeada de testigos, cuando aún estaba enojada y a eso, había que añadirle dolor y vergüenza, Alec quiso que hablaran, pues de alguna forma comprendió que él ya sabía que ella lo recordaba todo, pero no lo dejó, no lo quería cerca.

Aquella no había sido la forma en que imaginó que la noche acabaría y mientras las lágrimas caían por sus mejillas, Alec se veía furioso.

El técnico de emergencias miraba sus lágrimas y asumiendo que todas se debían al dolor de cabeza que tenía, le aseguró que pronto llegarían al hospital y que ahí le darían algo para que se sintiera mejor, pero ningún tipo de medicamento aliviaría esa quemazón asfixiante que rasgaba sin compasión su corazón.

Una vez en el centro médico Alec tomó el control, en parte lo notaba asustado, para él era imperioso saberla bien, pero por otra parte, asumía un papel de macho alfa, dando órdenes a diestra y siniestra, como si fuese el amo y señor de todo el lugar.

-¿Te duele mucho?

Le preguntó después de que el médico le diera dos puntadas en la nuca, ¡cómo si realmente le importara!, y honestamente podría haberle respondido con una buena grosería, pero no estaba enojada sino dolida. Y él lo notó, la derrota en la mirada de Emi dejó en claro que tan profundo la había herido. Y sus siguientes palabras marcaron la línea que acabó con cualquier tipo de interacción entre ambos.

-¡Hasta aquí llegué!

-Emi, debes calmarte.

-No tenías derecho a herirme como lo has hecho, pero no debo preocuparme de que suceda de nuevo pues nunca más, me pondrás en una situación tan humillante como la de hoy.

-No es lo que parece. No quiero dejarte, me preocupa que cometas alguna locura.

-¿Realmente piensas que debido a ti, podría cometer suicidio? ¡Pero que ego tan grande el que tienes, Alec! Además, creo que has dejado en claro que nada de lo que tenga que ver conmigo, es realmente de tú incumbencia.

-Pequeña...

-Ya lo entendí, ¿de acuerdo? He sido majadera, insistente y me has dado una lección.

-No es lo que sucede.

-Solo dejémoslo hasta aquí. Te prometo dejar de acosarte y solo te pido que no le digas a mí padre sobre el ridículo que he hecho esta noche.

-¿Ridículo?

-Este vestido, las horas arreglándome... tontamente asumí que me pedirías matrimonio y tú, me has dejado en claro que soy el chico con el que ningún hombre se casaría. No hablemos más de esto por favor.

El silencio entre ambos fue incómodo, pero no escucharlo replicar corroboró lo que sentía en ese momento. Lo mejor era cortar de una vez con él.

Mientras salía de la habitación en la que la atendieron, dio gracias a Dios de que su padre siempre la había acostumbrado a salir llevando sus tarjetas de crédito.

No necesitaba a Alec para volver a casa.

Sin darle tiempo para procesar sus decisiones se acercó a pagar por la atención médica y salió a la calle. Alec venía tras ella, pero no volteó, lo escuchó profiriendo maldiciones pero ni siquiera le prestó atención.

Cuando llegó a casa, sus padres estaban dormidos-gracias al cielo-, así que se metió a su habitación y en la oscuridad de su refugio se puso a llorar sin imaginar que fuera de su ventana estaba Alec, furioso ante su dolor.

Él había escogido hacerle aquello y debía mantenerse firme en su decisión.

Agotada de llorar decidió meterse a la tina, siendo cuidadosa de no mojar los puntos. Habían pasado más de dos horas desde que llegó a la casa y no presentaba mareos ni nada. Mientras disfrutaba de aquella tranquilidad llegó a la conclusión de que todo aquello había sido su culpa. No es que excusara la forma tan cruel que tuvo Alec para dejar en claro de una vez por todas, que no la encontraba atractiva, pero entendía que había sufrido acoso de su parte durante años.

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