La Mansión Morgan se erguía majestuosa en el corazón de la Toscana, rodeada por viñedos dorados y una brisa fresca que anunciaba el inicio de un día especial. En su interior, el lujo y la elegancia se fundían con la calidez de la familia, creando el escenario perfecto para lo que debía ser la boda del año.
Alicia Michelle estaba sentada frente a un espejo ornamentado, envuelta en un albornoz de satén blanco mientras un grupo de estilistas trabajaba meticulosamente en su cabello y maquillaje. Su madre, Alicia Morgan, supervisaba cada detalle con una mezcla de emoción y orgullo en sus ojos.
-Hoy es el día, mi amor -susurró su madre, acariciándole el rostro con ternura-. Serás la novia más hermosa que el mundo haya visto.
Sus hermanas, Sofía y Alexandra, junto con su cuñada Katerina, reían suavemente mientras ayudaban a preparar los últimos detalles del vestido. Había alegría en el ambiente, un aire de celebración que flotaba en la habitación como una melodía invisible.
Alicia sonreía, pero su estómago estaba enredado en un nudo de nervios. No de miedo, sino de emoción. Amaba a Marcus con todo su ser. Desde que lo conoció, había sentido que su destino estaba ligado al suyo, y hoy, finalmente, sellarían ese amor ante el mundo.
Tomó su teléfono distraídamente mientras una de las estilistas retocaba su labial. Quería enviarle un mensaje a Marcus, decirle cuánto lo amaba, cuánto ansiaba verlo al final del altar. Pero en cuanto desbloqueó la pantalla, un nuevo mensaje entró a su bandeja de entrada.
Era de Viviana.
Su mejor amiga, su hermana del alma.
Alicia frunció el ceño. No esperaba ningún mensaje de ella en ese momento. ¿Tal vez algo sobre la decoración? ¿Una broma para aliviar los nervios?
Pero en cuanto abrió la conversación, su mundo se detuvo.
El aire abandonó sus pulmones de golpe.
Era un video.
Y en la miniatura, aunque pequeña, la imagen era inconfundible.
Marcus.
Viviana.
Juntos.
El corazón de Alicia latía con fuerza descontrolada mientras, con dedos temblorosos, presionaba play.
La pantalla cobró vida, y la escena se desplegó ante sus ojos con una crudeza que destrozó cada fibra de su ser.
Marcus sujetaba a Viviana con una intensidad poco común, la besaba con la misma devoción con la que le había prometido amor eterno. La ropa desordenada, los jadeos entrecortados... No había lugar para dudas, Marcus estaba teniendo intimidad con Viviana.
Era una traición.
Una puñalada al alma.
Alicia sintió que su garganta se cerraba, que su piel se volvía de hielo.
No.
No.
No podía ser real.
Pero lo era.
Antes de que pudiera reaccionar, el mensaje desapareció. Viviana lo había eliminado.
Pero era demasiado tarde.
Alicia había tenido la pantalla grabada.
La evidencia seguía ahí.
Un sollozo desgarrador brotó de su pecho antes de que pudiera contenerlo. El sonido era tan crudo, tan lleno de dolor, que la habitación entera se sumió en un silencio tenso.
-¿Alicia? -La voz de Sofía sonó preocupada.
Los dedos de Alicia se cerraron con tanta fuerza sobre el teléfono que los nudillos se le pusieron blancos. Su mirada, perdida, temblorosa, se alzó del dispositivo y se encontró con los ojos expectantes de su madre y hermanas.
El mundo que había construido con tanto amor, con tanta ilusión, se derrumbó en un solo instante.
Las paredes de la mansión parecieron estrecharse a su alrededor, el aire se volvió irrespirable. Sintió una punzada en el pecho, un dolor tan profundo que la hizo encorvarse sobre sí misma.
-No... -murmuró con la voz rota-. No puede ser.
Sofía se acercó rápidamente, arrodillándose a su lado y tomándole las manos.
-¿Qué pasó? ¿Alicia? ¿Qué viste?
Pero Alicia no podía hablar.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin control, manchando su piel maquillada. Un segundo antes, había sido la mujer más feliz del mundo. Ahora, estaba rota.
-Él... ellos... -Intentó hablar, pero su garganta era un nudo de puro sufrimiento.
Katerina le quitó con cuidado el teléfono de las manos, y junto a Alexandra y Sofía, revisaron la grabación que había quedado. Sus rostros se transformaron en máscaras de horror.
-¡Ese bastardo! -exclamó Alexandra con furia-. ¡Voy a matarlo!
Pero Alicia no podía escuchar nada más.
Todo lo que podía ver era la imagen de Marcus prometiéndole amor eterno, mientras en la sombra se entregaba a su mejor amiga.
Aquella joven que ella tanto aprecia, la había destruido.
La traición se sentía como un incendio en su pecho, devorándola desde adentro, reduciendo a cenizas cada recuerdo, cada promesa.
Las lágrimas ardían en su piel, pero no eran suficientes para apagar el dolor que la consumía.
El día de su boda, el que debía ser el más feliz de su vida, se había convertido en su peor pesadilla.
La opulenta Mansión Morgan se convirtió en un caos en cuestión de segundos. Alicia Michelle no podía respirar, no podía pensar con claridad. El dolor en su pecho era un incendio que la devoraba, y la única forma de apagarlo era con respuestas.
Se levantó de golpe, sus lágrimas aún cayendo, pero sus ojos reflejaban algo más allá del sufrimiento: una ira ardiente, desgarradora.
-¡Alicia, espera! -gritó Sofía, intentando sujetarla.
-No puedes ir a ningún lado así -insistió Katerina, tomándola del otro brazo.
Pero Alicia las apartó bruscamente, sus fuerzas impulsadas por la traición.
-¡No me detengan!
Sus ojos marrones, antes llenos de amor e ilusión, ahora ardían con el fuego de la decepción. Su madre, Eleanor, se acercó con desesperación, queriendo calmarla.
-Hija, por favor, piensa bien lo que vas a hacer...
Pero Alicia negó con la cabeza. No había tiempo para pensar. No cuando su mundo se había hecho pedazos en cuestión de segundos.
Salió corriendo, sus pies descalzos resonando contra el mármol de la mansión. En su prisa, no vio a las figuras que entraban por la gran escalinata.
-¿Qué está pasando aquí? -La voz profunda de Alessandro Morgan, su padre, resonó en la sala.
Aaron, su hermano mayor, frunció el ceño con preocupación, mientras ajustaba la pequeña corbata de su hijo.
-Alicia, ¿a dónde vas? Faltan minutos para la boda - Expuso Alessandro.
Pero ella no podía hablar. No podía detenerse.
Los miró, y en sus ojos vieron algo que los dejó fríos. Algo dentro de Alicia había muerto.
Sin responder, pasó de largo, sintiendo el corazón golpearle el pecho como un tambor de guerra.
Cuando llegó al garaje de la mansión, sus manos temblorosas buscaron las llaves de su auto. Sin pensarlo dos veces, se subió a su Aston Martin negro y arrancó con un rugido ensordecedor.
El camino a la ciudad fue un borrón. Su visión estaba nublada por la furia, sus manos apretaban con tal fuerza el volante que los nudillos se le pusieron blancos.
Cada imagen del video se repetía en su mente como un tormento sin fin.
Marcus besando a Viviana.
Marcus tocando y teniendo intimidad con la mujer que ella consideraba una hermana para ella.
Marcus, el hombre con quien se suponía que compartiría su vida, su futuro... y que ahora la había destruido.
-Cásate con Viviana y olvídate de mí.
La frase se formó en su mente como un veneno letal.
Cuando llegó al lujoso departamento de Marcus Aponte, estacionó de golpe, bajó del auto y subió las escaleras con furia.
Golpeó la puerta con fuerza, sin importarle quién pudiera escuchar.
-¡Marcus! ¡Abre la maldita puerta!
Pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera, y ahí estaba él.
El hombre que hasta hace unos minutos era el amor de su vida.
Vestido con un elegante traje negro, con su cabello perfectamente peinado, listo para el altar.
Su expresión era de confusión, como si no entendiera por qué su prometida estaba ahí, con lágrimas en los ojos y respiración entrecortada.
-Alicia, ¿qué haces aquí? -preguntó con el ceño fruncido - Deberías d e estar ya lista.
Su voz, que antes le parecía cálida y reconfortante, ahora sonaba hueca, repulsiva.
Alicia sintió una punzada de náuseas.
-No te atrevas a hacerte el desentendido -susurró, su voz rota por la rabia - Se que me engañabas con Viviana.
Marcus dio un paso hacia ella, pero Alicia retrocedió.
-No sé de qué estás hablando... -intentó decir, pero antes de que pudiera terminar, Alicia sacó su teléfono y le mostró la pantalla.
El video.
El maldito video que lo delataba.
Marcus se quedó helado.
Alicia vio cómo su rostro cambiaba, cómo el color desaparecía de su piel.
Por primera vez, lo vio titubear.
Por primera vez, lo vio sin palabras.
-¿Qué excusa tienes ahora? -le espetó, sintiendo su propia voz quebrarse.
El silencio entre ellos fue sofocante.
Marcus entreabrió los labios, buscando alguna mentira, alguna justificación, pero nada salió.
-Alicia...
-¡No te atrevas a decir mi nombre! -gritó, sintiendo las lágrimas arderle en los ojos.
Metió la mano en su bolsillo, sacó el anillo de compromiso y, sin dudarlo, lo arrancó de su dedo.
-Aquí tienes.
Marcus la miró, pero ella ya no era la misma mujer que había amado.
Alicia sintió que todo dentro de ella se rompía mientras lanzaba el anillo contra su pecho.
-Cásate con Viviana y olvídate de mí.
La declaración fue cortante, definitiva.
Marcus atrapó el anillo por reflejo, su expresión era una mezcla de incredulidad y desesperación.
-Alicia, escúchame...
-¡No hay nada que escuchar! -su voz se quebró-. Todo lo que teníamos, todo lo que fui para ti... ¡lo destruiste!
El pecho de Alicia subía y bajaba con fuerza, su respiración entrecortada.
Marcus alargó la mano, pero ella retrocedió como si su toque fuera veneno.
-No quiero volver a verte nunca más -dijo con firmeza-. Nunca.
Se giró y salió de ahí sin mirar atrás, dejando a Marcus con el anillo en la mano y el peso de su traición sobre los hombros.
El hombre que había sido su todo ahora no era más que un extraño.
Y ella...
Ella era una mujer destruida, pero no vencida.
La rabia no había desaparecido. Aunque su encuentro con Marcus la había dejado destrozada, había alguien más con quien debía enfrentarse.
Viviana.
Su mejor amiga.
La mujer en la que confiaba ciegamente.
La misma que le había robado todo en cuestión de segundos.
Alicia Michelle sentía su cuerpo temblar mientras conducía. No lloraba. No podía. Había cruzado la línea del dolor y solo quedaba vacío.
Sabía exactamente dónde encontrar a Viviana.
El departamento de su amiga no estaba lejos, y cuando llegó, no dudó en bajarse del auto y subir hasta su puerta. Golpeó con fuerza, sin importarle si los vecinos escuchaban.
-¡Viviana, abre la puerta!
Hubo un silencio tenso.
Alicia golpeó de nuevo, con más fuerza.
-¡Sé que estás ahí! ¡No intentes esconderte, Viviana!
Después de unos segundos, la puerta se abrió lentamente, revelando a la mujer que había sido su amiga por años.
Viviana estaba impecable.
Vestía un conjunto de seda color champán, su cabello estaba recogido en una coleta alta y sus labios rojos dibujaban una media sonrisa.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera destruido la vida de Alicia hace menos de una hora.
-Vaya, vaya... -murmuró Viviana, apoyándose contra el marco de la puerta-. Qué sorpresa verte aquí, querida.
Alicia sintió un nudo en la garganta.
Su amiga ni siquiera parecía avergonzada.
Ni siquiera intentaba ocultarlo.
-¿Cómo pudiste? -su voz sonó rota, pero llena de furia-. ¿Cómo pudiste hacerme esto, Viviana?
Viviana se cruzó de brazos, observándola con una expresión de diversión.
-Sabía que vendrías, pero no pensé que serías tan predecible -respondió con tono despreocupado-. ¿Vienes por respuestas?
Alicia sintió que sus piernas temblaban, pero no retrocedió.
-¿Cuánto tiempo? -susurró.
Viviana ladeó la cabeza.
-¿Cuánto tiempo qué?
-¡No te hagas la estúpida! -gritó Alicia, sintiendo su respiración agitarse-. ¿Cuánto tiempo llevas acostándote con Marcus?
El silencio de Viviana fue la peor respuesta.
Finalmente, la mujer suspiró y apoyó una mano en su cadera.
-Desde la noche de tu compromiso, aunque la primera no pudo ser por el nacimiento de tu sobrino, aquella noche ya le había robado un beso y la siguiente noche escogida si hicimos el amor como nunca, y todos los demás dias siguientes.
Alicia sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
-No... -susurró, negando con la cabeza.
Pero Viviana no había terminado.
-Esa noche, cuando todos celebraban tu felicidad, Marcus y yo nos encontramos en la habitación del hotel -su tono se volvió más cruel, como si disfrutara cada palabra-. Fue una noche inolvidable.
Alicia sintió un nudo de náuseas subir por su garganta.
-Eres una mentirosa...
Viviana rió con burla.
-¿Soy una mentirosa? ¿Aún dudas después del video? -ladeó la cabeza con una expresión victoriosa-. Pobrecita, Alicia. Siempre viviendo en su burbuja, creyendo que Marcus realmente te amaba.
Los ojos de Alicia se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran.
-Él... me eligió a mí.
Viviana soltó una carcajada.
-No, querida. A él lo obligaron a elegirte, su familia lo obligó a jugar como el chico enamorado.
Alicia sintió como si algo dentro de ella se rompiera con un crujido doloroso.
-¿De qué estás hablando?
Viviana sonrió con malicia.
- Marcus nunca tuvo opcion Alicia. Nunca te quiso. Solo aceptó porque era lo que su familia esperaba, él fue obligado, porque todos saben lo que significa ser Heredera e Hija de Alessandro Morgan, ser la hija de Alicia Montero, hermana de Aaron Morgan.
Alicia sintió su garganta cerrarse.
-Eso... no es verdad, su familia no lo pudo haber obligado.
Pero Viviana siguió.
-Yo era la única a la que él realmente deseaba. La única que él buscaba cuando te dejaba en casa después de sus viajes de negocios.
Alicia sintió que le faltaba el aire.
-No...
-Y hay algo más.
Viviana hizo una pausa dramática, disfrutando el momento.
-Quedé embarazada de él. Dos veces.
Alicia sintió como si su corazón se detuviera.
-Mientes...
Viviana negó lentamente.
-¿Por qué crees que desaparecí por meses? -susurró con voz venenosa-. Perdí dos bebés de Marcus... bebés que sí quería tener conmigo.
Las piernas de Alicia fallaron por un momento.
Se aferró a la pared, sintiendo que su mundo se hacía pedazos.
Viviana la miró con superioridad.
-Eres la Heredera Morgan, sí, pero eso no significó nada para Marcus. Aunque para su familia si. Yo fui la mujer que él realmente amó. La que realmente deseaba, por algo nunca te toco, por algo nunca te hizo suya.
Alicia sintió que todo dentro de ella se apagaba.
Su confianza.
Su dignidad.
Su amor propio.
Viviana la miró con una sonrisa satisfecha.
-Mírate. Estás rota, Alicia -se burló-. Qué patético, no eres nadie, nunca serás nadie, cualquier hombre que esté cerca de ti va a cansarse porque eres mojigata, eres de las que espera la noche de bodas para entregarse a un hombre, estas guardando tu castidad y aquello a ningún hombre le importa, es más quitarte la virginidad sera un reto para los hombres para después desecharte como a una basura, sabes algo, me hubiera encantado que te hubieras casado con Marcus porque tenía la fantasía de que tuviera sexo conmigo en tu cama en tu cuarto de baño, en tu sofá favorito, en tus muebles.
Alicia respiró con dificultad, su pecho subía y bajaba violentamente.
Cada palabra de Viviana la había destrozado más de lo que creía posible.
Quiso responder, quiso gritarle en la cara que todo era mentira.
Pero...
¿Qué podía decir?
Marcus la había traicionado.
Y Viviana acababa de destruirla con la verdad.
Sin decir una sola palabra más, Alicia giró sobre sus talones y salió del departamento, sintiendo su cuerpo temblar incontrolablemente.
Cuando llegó a su auto, sus manos apenas pudieron sostener el volante.
Sus labios se separaron en un intento de respirar, pero el llanto ahogado la atrapó.
Todo había sido una mentira.
Marcus nunca la amó.
Y Viviana... Viviana lo había tenido en sus manos todo este tiempo.
Apretó los dientes con fuerza, sintiendo la desesperación tragársela entera.
Desde ese momento, Alicia Michelle Morgan nunca volvería a ser la misma.
La carretera estaba vacía a esa hora de la noche. El viento helado soplaba con fuerza, pero Alicia Michelle apenas lo sentía, era como si su cuerpo después de tanto dolor en pocas horas haya creado un caparazón de protección.
Estaba sentada en el borde del asfalto, con las rodillas dobladas y los brazos abrazando su cuerpo.
Las lágrimas seguían cayendo sin control. Todo se sentía irreal.
Todo se sentía como una pesadilla de la que no podía despertar, como una cruz cargando con todo el peso del dolor marcada por la traición.
El sonido de un motor acercándose la sacó de su trance.
Un auto negro de lujo se detuvo a pocos metros de ella.
Alicia no levantó la cabeza, pero supo quién era en el momento en que vio los zapatos de cuero negro detenerse frente a ella.
-Alicia.
La voz de Alessandro Morgan era profunda, autoritaria, pero llena de preocupación.
A su lado, Aaron bajó del auto con rapidez.
-¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! -preguntó su hermano con voz dura, acercándose con pasos rápidos-. ¿Por qué estás sola en la carretera a esta hora?
Alicia no respondió.
Ni siquiera levantó la cabeza.
Aaron apretó los dientes, furioso por verla en ese estado.
-¡Respóndeme, Alicia! ¿Qué pasó?
Pero entonces, su padre se arrodilló frente a ella.
Alicia levantó la mirada y vio los ojos de Alessandro.
Ojos que la habían protegido toda su vida.
Ojos que nunca la habían visto tan rota.
No pudo soportarlo.
Soltó un sollozo desgarrador y se lanzó a los brazos de su padre, como cuando era pequeña.
-Papá... -susurró con la voz temblorosa.
Alessandro la sostuvo con fuerza, abrazándola contra su pecho.
-Aquí estoy, mi pequeña. Aquí estoy.
Alicia se aferró a él como si fuera su único ancla en el mundo.
-Papá, duele... -su voz se quebró-. Duele tanto...
Alessandro acarició su cabello con ternura.
-Lo sé, mi amor. Pero no dejaré que esto te destruya.
Alicia sollozó con fuerza, hundiendo su rostro en el abrigo de su padre.
-Me engañaron... -susurró con un hilo de voz-. Marcus... Viviana...
El cuerpo de Alessandro se tensó.
Aaron dio un paso hacia adelante, con los ojos encendidos de furia.
-¿Qué dijiste?
Alicia cerró los ojos con fuerza, sintiendo una oleada de dolor atravesarla de nuevo.
-Me engañaron, Aaron...
Aaron sintió cómo la rabia lo consumía.
Alessandro cerró los ojos por un momento, conteniendo su propio enojo.
Pero cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba llena de determinación.
Acarició las mejillas de Alicia con suavidad, obligándola a mirarlo.
-Escúchame bien, Alicia Michelle Morgan.
Su voz era grave, pero firme.
-Nadie, absolutamente nadie, tiene el poder de definir tu valor. No un hombre. No una traición.
Alicia sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.
-Pero, papá...
-No. -Alessandro negó con la cabeza-. No dejaré que creas ni por un segundo que eres menos por lo que te hicieron. Eres una Morgan. Eres mi hija. Y el mundo entero va a saberlo.
Alicia tembló, sintiendo el amor incondicional de su padre envolverla.
Pero en su corazón, las palabras de Viviana seguían resonando como un eco envenenado.
Como si hubieran dejado una grieta en su alma.
Aaron dio un paso al frente.
-Marcus Aponte y su familia acaban de firmar su sentencia de muerte.
Su voz era fría, carente de cualquier rastro de la calidez que solía tener con su hermana.
-Voy a destruirlos. Morgan Enterprises va a aplastarlos. Se quedarán sin nada.
Alicia lo miró con los ojos enrojecidos.
-Aaron...
Pero su hermano no la dejó terminar.
-No es negociable. -su tono era letal-. Esto no se queda así.
Alessandro asintió lentamente, sin soltar a su hija.
-Los Aponte cometieron un error que les costará todo.
Aaron sacó su teléfono y marcó un número sin apartar la mirada de Alicia.
-Empiecen a mover los hilos. Quiero que cada contrato, cada inversión y cada socio que tengan los Aponte caiga en desgracia. Que no quede nada de su imperio.
Alicia sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Aaron colgó y guardó el teléfono en su chaqueta.
-Esto apenas comienza.
DIAS DESPUÉS
El viento italiano soplaba con suavidad aquella mañana, llenando la Mansión Morgan con el aroma de los viñedos cercanos. La imponente residencia seguía en silencio, casi melancólica tras los días caóticos que habían sacudido a la familia.
Alicia Michelle se encontraba en el balcón de su habitación, no había vuelto a su departamento, había elegido pasar su duelo causado por el desamor en la Mansión Morgan, observando el horizonte con una taza de café entre sus manos. Sus ojos, que antes reflejaban alegría y confianza, ahora tenían un matiz sombrío, como si en su interior aún quedaran escombros del desastre emocional que había vivido.
Habían pasado 5 días desde la traición.
Cinco días desde que su mundo se vino abajo.
Pero ella había tomado una decisión.
Ya había llorado suficiente.
Ya había sentido el dolor atravesarla como mil dagas.
Era hora de seguir adelante, aunque no supiera cómo.
Sus hermanos ya volvieron cada uno en los respectivos paises en los que se encuentran, Inglaterra, España y Estados Unidos. Su cuñada Katerina se quedó el tiempo suficiente para ayudar a organizar los asuntos empresariales antes de partir junto a Aaron y su pequeño sobrino Alexander era de gran ayuda emocional para ella.
Alicia Michelle había dejado el control de las empresas en manos de su hermano mayor, aunque la Italiana no necesitaba de mucho por Aaron, pero su hermano de todos modos había dado un vistazo hasta que ella volviera y aun Alicia Michelle no estaba lista.
No podía hacerlo ahora.
No podía ponerse al mando cuando ni siquiera sabía quién era en este momento.
-¿Estás segura de esto?
La voz de su madre, Alicia Morgan, la sacó de sus pensamientos.
Alicia Michelle volteó y la vio de pie en la puerta de la habitación, con los ojos llenos de preocupación.
Era la única que aún no la había dejado sola.
Su madre había insistido en quedarse con ella, pero Alicia Michelle sabía que debía enfrentar esta etapa por sí misma.
-Sí, mamá. Necesito estar aquí. Necesito estar sola.
Su madre suspiró, acercándose para tomar su rostro entre sus manos con ternura.
-No quiero dejarte, mi amor. No después de todo lo que ha pasado, sabes perfectamente Alicia que puedes irte con nosotros a Estados Unidos.
Alicia Michelle esbozó una pequeña sonrisa, una que no alcanzó a iluminar sus ojos.
-Lo sé. Pero ir a Estados Unidos no arregla nada mamá.
Alicia Morgan apretó los labios con tristeza.
No quería dejarla.
Pero entendía.
Su hija estaba herida.
No físicamente, pero sí de una forma más profunda.
De una manera que solo el tiempo podía sanar.
-Si en algún momento necesitas algo, cualquier cosa... -susurró-, llámame. No importa la hora ni el lugar.
Alicia Michelle asintió.
-Lo haré, mamá.
Su madre la abrazó con fuerza, como si intentara transmitirle todo su amor en un solo gesto.
Cuando la soltó, sus ojos estaban cristalinos.
-Te amo, Alicia Michelle. No lo olvides nunca.
Alicia Michelle tragó el nudo en su garganta.
-Yo también te amo, mamá.
La vio marcharse con el corazón encogido.
Vio cómo su auto desaparecía por el camino de piedra hasta la carretera principal.
Y cuando se quedó completamente sola en aquella mansión inmensa, se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, solo se tenía a sí misma.
Suspiró y cerró los ojos.
Había elegido estar sola.
Pero eso no significaba que la soledad no doliera.