Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > PERDIDA EN TI
PERDIDA EN TI

PERDIDA EN TI

Autor: : Salej
Género: Romance
Catalina despierta en una clínica de lujo frente al mar sin recordar cómo llegó ahí. Le dicen que tuvo un colapso nervioso. Que alguien muy importante la salvó. Ese "alguien" es Vittorio Leone, un joven enigmático que asegura ser su prometido. Rico, educado, con ojos que no parpadean cuando miente. Le habla de su historia, de viajes juntos, de un amor intenso. Pero Catalina no recuerda nada. Nada... salvo el sabor metálico del miedo cuando él se acerca. Cada día, algo no encaja. Una enfermera la vigila demasiado. Las puertas se cierran con llave. Y su cuerpo, traidor, reacciona con deseo a la cercanía de Vittorio . ¿Es amor? ¿Dependencia? ¿Una mentira repetida hasta volverse verdad? Cuando Catalina encuentra una vieja grabación en su celular, la verdad se tuerce: ella misma pidió ser encerrada. Y advirtió: "Si llego a olvidar esto... no confíes en Vittorio . Ni en tí." Ahora Catalina debe recuperar su memoria antes de perder la cordura... o enamorarse de su carcelero.

Capítulo 1 Mi despertar

Desperté envuelta en una luz blanca que me hería los ojos.

No era una luz natural, sino esa luz que usan en la clínica, cruda, como la de un quirófano. Las paredes relucían con una limpieza inhumana. Todo olía a desinfectante. A encierro.

Mi cuerpo no respondía.

Sentí mi lengua pesada, como si hubiese dormido con piedras en la boca. El sabor metálico me revolvió el estómago. Vomité solo aire.

El silencio era tan absoluto que podía escuchar mi respiración quebrada.

¿Dónde estaba? ¿Quién era?

Un zumbido me perforó el cráneo. Me llevé la mano a la frente. No llegué. Algo me sujetaba la muñeca. Una vía intravenosa. La otra mano, atada al costado de la cama con una cinta blanca.

El terror subió como un río helado por mi espalda.

Una sombra se movió a mi izquierda.

-¿Catalina? -La voz era masculina. Grave. Suave. Como seda que oculta un cuchillo.

Giré la cabeza. Lo vi.

Tenía el rostro cincelado, elegante, de una belleza peligrosa. Pelo oscuro, traje sin arrugas, y esos ojos... demasiado claros para ser cálidos.

No lo conocía. Pero mi cuerpo sí. Mis poros lo reconocieron antes que mi mente. Una corriente me cruzó la piel.

Su presencia no me era ajena.

Me dio náuseas. Y deseo. Al mismo tiempo.

-¿Dónde estoy? -pregunté, con un hilo de voz.

-En una clínica de reposo -respondió, sin dudar-. Un lugar seguro. Cerca del mar. Italia.

Italia. La palabra me pareció ridícula. Como si la hubiera inventado.

Miré alrededor. Todo parecía demasiado perfecto para ser real.

Demasiado lujoso para estar enferma.

-¿Qué me pasó?

El hombre no respondió enseguida. Sus ojos me estudiaban. Como un científico que observa un experimento.

-Te hiciste daño, Catalina. Grave.

Tragó saliva.

-Intentaste... desaparecer.

Sentí un temblor en los dedos. No sabía si era miedo, rabia o frío.

-¿Quién eres tú?

-Vittorio Leone.

Hablaba como si eso debiera decirlo todo.

-Tu prometido.

Mi corazón se detuvo por un instante.

¿Prometido?

La palabra se sintió absurda en mi boca.

No recordaba haber amado a nadie. No recordaba nada.

Pero algo me dolía al escucharlo decirlo. Como si algo perdido en mí llorara por volver.

-¿Por qué no te recuerdo?

-Has estado sedada. Tu cerebro... necesitaba descanso. Las emociones intensas te desbordaron.

-¿Me drogaron?

Él frunció los labios.

-Te protegemos. De ti misma.

La habitación giró. Un sudor frío. Vértigo.

Intenté incorporarme. Vittorio me tomó del brazo con rapidez. Sus dedos eran cálidos, fuertes.

Su tacto me provocó un escalofrío. Quise apartarme, pero mis músculos eran de trapo.

Él me sostuvo con una mezcla de ternura y control.

-No te esfuerces -murmuró-. Has estado muy enferma. Te tomará tiempo adaptarte.

-¿Adaptarme a qué?

Vittorio sonrió. No era una sonrisa feliz. Era una sonrisa entrenada.

-A la verdad.

Pasaron horas. O días. No había relojes. Solo sol y sombras, turnándose en la ventana.

Las enfermeras hablaban poco. Algunas me evitaban la mirada. Otras eran amables... demasiado amables.

Como si yo fuera algo delicado que podría romperse al contacto.

Vittorio venía todos los días. Siempre con flores. Siempre con esa voz suave que ocultaba algo más.

Un día, me trajo fotos. De nosotros.

Sonrisas. Vacaciones. Un anillo en mi dedo.

-Esto fue en Grecia -dijo, mostrándome una imagen donde yo sonreía junto a él.

-Aquí dijiste que querías pasar el resto de tu vida conmigo.

No me reconocí. Era como si me mostrara fotos de una extraña.

-¿Por qué no me acuerdo de nada de esto?

-Porque tu mente bloqueó lo que vino después. El accidente. La crisis.

-¿Qué accidente?

Él no respondió.

En cambio, se acercó y me besó la frente.

Mi cuerpo reaccionó con una oleada de calor. Cerré los ojos un segundo.

Y en ese instante...

...una imagen fugaz atravesó mi cabeza:

Una habitación en llamas.

Una mujer gritando mi nombre.

Una puerta cerrada.

Abrí los ojos de golpe. Mi respiración se agitó.

Vittorio me miraba.

-¿Qué viste?

-Nada. Un... recuerdo. Al menos eso parece.

-Perfecto. Estás comenzando a sanar.

Esa noche, no dormí.

Me quedé sentada en la cama, mirando la luna reflejada en el mar. Todo era demasiado silencioso.

Había empezado a escribir en la parte trasera de un libro que encontré en la mesita. Palabras sueltas. Frases que no recordaba haber pensado:

No confíes en nadie.

No todo lo que sientes es real.

La piel también miente.

Me levanté. Caminé descalza hasta la puerta.

Cerrada con llave. Por fuera.

Toqué el pomo. Nada.

Vittorio había dicho que era por mi seguridad.

Pero no me sentía segura.

Me sentía contenida.

El tercer día, encontré mi celular en el cajón de la mesita. Alguien lo había olvidado ahí. O me lo habían dejado a propósito.

Estaba bloqueado. Pero probé mi huella. Funcionó.

El corazón me latía en la garganta. Abrí la galería. Fotos. Videos.

Una vida entera que no recordaba. Una Catalina sonriente. Bronceada. Enamorada.

Y sin embargo, sentí asco.

Algo no encajaba.

Encontré una carpeta llamada "SÓLO SI OLVIDO".

La abrí.

Un video. Solo uno.

Le di play.

Aparecí en la pantalla.

Cabello revuelto. Ojeras. Pánico.

Yo. Pero otra.

Mi voz estaba quebrada.

-Si estás viendo esto... significa que olvidaste.

Tragué saliva. En el video. Y en la vida real.

-No confíes en Vittorio .

Pausa.

-Ni en tí.

El video se cortó.

Me quedé congelada, celular en mano, sintiendo que el mundo se desarmaba bajo mis pies.

Cuando Vittorio regresó esa noche, fingí estar dormida.

Lo vi desde la rendija de mis pestañas.

Se sentó junto a mi cama. Me miró por largo rato.

Luego sacó un frasco del bolsillo. Lo colocó en la mesita. Pastillas rosas.

-Para tus sueños -susurró.

Me acarició la mejilla con el dorso de la mano.

-No quiero perderte otra vez.

Sentí lágrimas en los ojos. No sabía si eran mías. O de la otra Catalina que hablaba en los videos.

Esa madrugada, tuve un sueño.

Estaba en un jardín. Oscuro. Con flores negras.

Había una mujer de espaldas. Cabello largo. Vestido blanco.

Se volvió.

Era yo.

Pero tenía los ojos vacíos.

Desperté gritando.

Vittorio no estaba. Pero la puerta estaba abierta.

Y en el pasillo, había huellas mojadas en el suelo.

Pequeñas. Descalzas.

Las seguí hasta el final del corredor temblando de miedo.

Una puerta entornada. Oscuridad adentro.

Alguien respiraba. Lento. Profundo. Como si me esperara.

Una mano se apoyó en mi hombro.

Salté del susto. Me giré.

No había nadie.

Cuando regresé a la habitación, mi celular ya no estaba.

Me dejé caer en la cama. Temblando.

La puerta volvió a cerrarse con el mismo clic seco.

Me sentí prisionera.

Pero lo peor no era la jaula.

Lo peor era que, en lo más profundo de mí, una voz decía:

Elegiste esto.Y eso...

me aterraba más que cualquier recuerdo.

Capítulo 2 El hombre tras la jaula

Esa noche no dormí. La imagen del video seguía repitiéndose en mi mente como una advertencia en bucle. "No confíes en Vittorio . Ni en tí." ¿Por qué habría de grabarme diciéndolo? ¿De qué me protegía? ¿De él? ¿De lo que fui?

El aire en la clínica se había vuelto más denso, cargado. Cada paso que daba fuera de mi habitación era medido, controlado. Y, sin embargo, él se movía por los pasillos como si el lugar le perteneciera.

A la mañana siguiente, cuando entró con su impecable camisa blanca remangada hasta los codos, la primera reacción de mi cuerpo fue física: el estómago se contrajo, mi piel se tensó, y mi respiración se aceleró como si recordara algo que mi mente aún no había alcanzado.

-Dormiste poco -dijo, dejando una bandeja sobre la mesa auxiliar. Té, frutas cortadas con precisión quirúrgica. Pan tostado. Miel. Todo en proporciones exactas.

-¿Me estás vigilando?

Su sonrisa fue leve. Ambigua.

-Cuido de ti. Es diferente.

-¿Y las cámaras en la habitación?

-Protocolos. No siempre sabemos cuándo puedes sentirte mal o necesitar algo.

-No soy una niña -dije, con un hilo de voz.

-No. Eres Catalina. Y Catalina a veces se rompe.

La forma en que pronunció mi nombre me hizo contener la respiración. Como si lo lamiera. Como si tuviera sabor.

Pasaron tres días. O cinco. No lo sé. El tiempo en la clínica no era lineal. Cada día parecía una repetición alterada del anterior. Pero ese día, Vittorio propuso algo distinto.

-¿Quieres salir al jardín? Estirar las piernas te hará bien.

Acepté. No porque confiara en él. Sino porque necesitaba sentir el viento. Ver si el mar aún era real.

Me condujo por un pasillo lateral que nunca había visto. Las puertas eran todas idénticas, pero algunas tenían cerraduras dobles. Otras, sensores.

-¿Es esto una clínica o una prisión?

-La diferencia está en la voluntad, ¿no crees? -respondió-. Tú elegiste quedarte.

No recordaba haberlo hecho. Pero su mirada era tan segura, tan profunda, que casi me convencía de que sí. Que lo había rogado. Que me había entregado a él por voluntad propia.

El jardín era desbordante. Jazmines. Bugambilias. Un limonero maduro. El mar al fondo, hipnótico. Su belleza me impactó.

Caminamos en silencio. Cada paso me acercaba a una versión desconocida de mí misma. Vittorio se detuvo bajo un sauce. Me ofreció asiento en una banca de hierro forjado. No me senté.

-¿Quién era yo antes?

-Eras fuego -dijo, sin dudarlo-. Y también hielo. Insoportable y fascinante. Tenías un don para herir, incluso sin querer. Pero eras mía.

La palabra "mía" retumbó en mi pecho como una amenaza camuflada.

-¿Y tú? ¿Qué eras tú para mí?

Vittorio se acercó un paso. El suficiente para invadir mi espacio. Su perfume me golpeó de lleno. Sándalo. Tabaco suave. Piel cálida.

-El hombre que intentaba sostenerte mientras te derrumbabas.

-¿Y fracasaste?

-No. Te perdí por elección.

-¿Y ahora me recuperas a la fuerza?

Sus ojos se oscurecieron.

-Tú volviste sola.

Mentía. O creía decir la verdad. Con él, nunca lo sabía.

Esa noche tuve otro recuerdo.

Estaba en un auto. Llovía. Vittorio conducía. Gritábamos. Yo lloraba. Él detenía el coche. Me pedía que bajara. Me negaba. Alguien golpeaba el parabrisas desde afuera.

Me desperté empapada en sudor. Las sábanas pegadas a la piel. El corazón estaba fuera de ritmo.

Fui al baño. Me miré en el espejo. Ojeras. Labios partidos. Un moretón apenas visible en la clavícula. No recordaba haberlo visto antes.

Bajé la mirada. Sobre el lavamanos, alguien había dejado un pequeño frasco ámbar sin etiqueta.

Lo abrí. Olí. Reconocí el aroma al instante. El mismo que usaba Vittorio después de afeitarse. ¿Por qué estaba eso ahí?

A la mañana siguiente, lo confronté.

-¿Entraste anoche a mi baño?

-Nunca me iría sin asegurarme de que estés bien.

-¿Me estás drogando?

Su mandíbula se tensó. Por primera vez, perdió la compostura.

-No.

-Entonces, ¿qué es eso? -le mostré el frasco.

Lo miró. Lo sostuvo entre los dedos.

-Recuerdos. Ayudan a reconstruir.

-¿Qué tipo de recuerdos se inhalan?

-Los que se niegan a ser recordados de otra forma.

Quise arrojarle el frasco. Quise besarlo. Estaba tan cerca de él que no sabía si lo odiaba o si necesitaba perderme en su cuerpo para entender quién había sido yo.

Por la tarde, me llevó al invernadero. Nadie más parecía usarlo. Flores tropicales. Orquídeas negras. Temperatura húmeda. Las paredes de cristal empañadas por la condensación.

Me mostró una flor en particular. Roja. Carnosa. Venosa. Casi viva.

-La trajiste tú. Dijiste que era la única que sobrevivía al encierro.

La toqué. Era tibia. Como piel.

Vittorio me miraba con una intensidad que me quemaba. Sentí cómo la humedad del lugar me recorría los muslos. Quise alejarme. Quise tocarlo.

-¿Tú me amabas? -pregunté.

-Te amaba tanto que tuve que dejar de hacerlo para no destruirte.

Su sinceridad me cortó la respiración.

Me sostuvo el rostro. Rozó mis labios con los suyos. No fue un beso. Fue una amenaza. Una promesa de algo perdido.

-¿Y ahora?

-Ahora no sé si te amo o si te estoy castigando por todo lo que me hiciste.

Mis piernas flaquearon. El invernadero giraba lentamente. El aire era demasiado espeso.

-¿Qué te hice?

Vittorio sonrió. No respondió.

Esa noche, otro video apareció en mi celular. No lo busqué. Estaba ahí.

Yo, con los ojos rojos.

-No te dejes convencer. El amor de Vittorio se siente como un abrazo... y una soga. Si llegas a amarlo otra vez, estás perdida.

Lo apagué. Me temblaban las manos.

Afuera, los pasos en el pasillo eran más frecuentes. Alguien susurraba detrás de las paredes.

Miré la puerta. Cerrada. Por dentro. Esta vez, yo misma había echado el pestillo.

Me había encerrado sola.

A la madrugada, una alarma se activó en el ala norte. Voces. Gritos. Zapatos golpeando el suelo.

Me acerqué a la ventana. Una camilla cruzaba el jardín a toda velocidad. Alguien gritaba "¡la encontró, estaba en la galería!"

Y entonces lo vi.

Vittorio.

Cubierto de sangre.

Con una sonrisa leve. Como si lo hubiera estado esperando.

La revelación no fue que alguien había muerto.

La revelación fue que algo en mí... sonrió también.

Capítulo 3 Lo que veo no es real

Desperté sudando. No por calor, sino por la angustia espesa que se había anidado en mi pecho como un animal dormido y tenso, listo para morderme desde dentro. Afuera aún no amanecía del todo, pero una luz azulada, pálida, se colaba por las rendijas de la persiana. Mi garganta estaba seca, como si hubiese gritado toda la noche sin emitir un solo sonido.

Tuve un sueño. O un recuerdo. O algo entre ambas cosas.

Vittorio me abrazaba. Su boca en mi cuello, cálida, como si murmurara algo que no podía oír. Luego, su mano, firme, sobre mi nuca. Y un instante después, oscuridad. Una caída. El sonido de un pestillo.

Me incorporé bruscamente y un mareo me obligó a cerrar los ojos. Las imágenes flotaban en mi cabeza como fragmentos de vidrio, reflejando cosas que no alcanzaba a tocar. Me dolía la memoria, como si fuera un músculo forzado.

La puerta se abrió con ese clic suave que ya conocía. Vittorio entró con una bandeja de desayuno. Siempre igual: café, frutas, pan tibio. Él, como siempre: camisa blanca, el primer botón abierto, un reloj caro en la muñeca izquierda. Cada detalle suyo era tan preciso que repugnaba. Como si lo hubiese ensayado mil veces frente a un espejo.

-¿Dormiste bien? -preguntó con voz melosa, dejando la bandeja sobre la mesa.

-No. Soñé contigo. -Lo miré con fijeza-. Me encerrabas.

No se sorprendió. Ni un músculo de su rostro se movió. Se acercó, se sentó a mi lado en la cama.

-Es normal. El subconsciente busca salidas -susurró, casi acariciando el borde de mis pensamientos-. Pero no siempre lo que vemos en sueños es real.

Su cercanía me provocaba una sensación contradictoria: mi piel se tensaba por el miedo, pero algo en mí... también lo deseaba. No podía evitarlo. Era una atracción química, visceral. Como si mi cuerpo aún lo reconociera aunque mi mente gritara huye.

-¿Puedo mostrarte algo? -preguntó, sacando una caja de madera de la repisa-. Tal vez ayude a que recuerdes quién eres.

-¿Quién dices que soy?

-Catalina Rossetti -dijo, y me besó la mano-. Mi futura esposa.

Abrió la caja. Dentro, había una colección de fotos impresas. Las primeras eran mías con él: en la playa, en un café, en lo que parecía ser un velero. Mi sonrisa era amplia, mis ojos brillaban. ¿Era yo? ¿De verdad?

Había una foto que me detuvo: estábamos abrazados frente a un espejo. Mis brazos rodeaban su cuello, y él me besaba la mejilla. El reflejo en el cristal mostraba algo extraño: mi expresión no era la misma que la de mi cuerpo. En el espejo, parecía... ¿asustada?

-¿Dónde fue esto? -pregunté.

-En Nápoles. En el hotel Excelsior, para tu cumpleaños.

-No lo recuerdo.

-Pronto lo harás -dijo con voz baja, como un conjuro. Luego sacó otra foto.

Mi madre.

Una mujer de cabello negro y gesto fuerte. Estábamos juntas en una cocina. Yo sonreía. Ella también. Pero algo en esa foto me dolió. Me dolió como un cuchillo hundido en una herida vieja.

-¿Está viva?

-No -dijo él, con tristeza fingida-. Murió el año pasado. Tú no quisiste hablar de eso después. Fue demasiado.

Un nudo se formó en mi estómago. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero las contuve.

-No sé si quiero ver más.

-Deberías.

Insistió en mostrarme una grabación. Sacó una tablet y me puso un video donde yo -supuestamente yo- caminaba por un jardín con él, riendo. Mi voz decía: "Nunca había sido tan feliz."

Pero no sonaba como yo. Era mi rostro, mi cuerpo, pero mi alma no estaba allí.

-No recuerdo haber dicho eso.

-Tampoco recuerdas el accidente. La mente bloquea lo que la hiere -respondió, y me acarició el cabello con ternura.

Me estremecí.

El calor de su mano en mi nuca hizo que la escena del sueño regresara con violencia: su mano ahí, apretando... y luego la caída.

Me aparté. Me levanté de la cama con torpeza.

-Quiero salir -dije-. No puedo seguir aquí encerrada.

Él no respondió de inmediato. Caminó hacia la ventana y miró el mar, como si hablara con el horizonte.

-Si sales ahora, podrías volver a herirte. No es el momento.

-¿Tú decides eso?

Se giró. Sus ojos se oscurecieron un segundo. Un destello de algo más profundo que el amor o la preocupación.

-Yo te cuido. Aunque no lo entiendas.

Me acerqué a la puerta. Él la cerró con llave sin que yo lo notara.

-¿Me estás reteniendo?

-Te estoy protegiendo.

Nos miramos en silencio. Una batalla sin palabras.

Entonces, un ruido seco. Un papel bajo la puerta.

Vittorio fue a recogerlo, pero yo fui más rápida. Lo abrí con manos temblorosas.

Solo decía:

"Lo que ves no es real."

Y nada más.

Lo miré. Él me miraba.

El papel temblaba en mis manos.

"Lo que ves no es real."

Esa frase era un zumbido dentro de mi cráneo. Como si alguien hubiera escrito exactamente lo que yo sentía y no me atrevía a decir en voz alta. Vittorio se acercó con lentitud, como si tuviera miedo de asustarme, o de lo que pudiera hacer con ese pedazo de papel.

-¿Quién lo dejó? -pregunté, mi voz ahora seca y aguda, como quebrada en la garganta.

-No lo sé -respondió él-. Aquí no entra nadie que no deba. Tal vez es parte de tus... proyecciones. ¿Lo habrás escrito tú misma?

-¿Por qué haría eso?

Él alzó los hombros, una expresión de falsa compasión en el rostro.

-No sería la primera vez.

Esa frase me hizo temblar. ¿Qué otras cosas había hecho yo, supuestamente, que ahora él podía usar como argumento para dudar de mi cordura?

Apreté el papel en el puño.

-Quiero ver las cámaras de seguridad.

-¿Qué cámaras?

-Las que tengas en el pasillo. O en esta habitación. Sé que hay.

Vittorio suspiró, se acercó aún más. Su aliento me rozó el cuello. Lo sentí recorrer mi piel como un líquido tibio, entre nauseabundo y adictivo.

-Catalina... -susurró-. Estás alterada. Estás cansada. Te estás saboteando, como otras veces. Necesitas descansar. ¿Te acuerdas de lo que pasó la última vez que no me escuchaste?

Una imagen me atravesó como un rayo: el borde de una bañera, agua roja, mi muñeca, o tal vez solo un flash. Pero algo ardió en mi piel, como si la sangre aún estuviera ahí.

No supe si ese recuerdo era verdadero.

-No me acuerdo de nada -dije, con un hilo de voz.

Él me abrazó desde atrás. Su pecho contra mi espalda, su brazo cruzando mi abdomen.

-Entonces déjame cuidarte -murmuró.

No me resistí. Pero tampoco cedí. Me quedé quieta. Como una estatua atrapada en el tiempo.

Ese día no volví a ver el papel. Vittorio lo había desaparecido, como tantas otras cosas. Pero no lo olvidé. La frase se repetía:

Y entonces, de a poco, las grietas comenzaron a ensancharse.

Todo empezó con las fotos.

Las observé de nuevo en la noche, cuando él dormía en el sillón. Una foto en particular llamó mi atención: yo, en lo que parecía un invernadero, regando flores. Pero había un espejo detrás. Y ahí, el reflejo era distinto. Ligeramente desplazado. Como si la mujer en el espejo no estuviera del todo sincronizada conmigo.

¿Edición digital? ¿Un montaje?

O peor: ¿y si esa mujer no era yo?

Cerré los ojos y traté de recordar.

La humedad del invernadero. El olor de la tierra mojada. El zumbido de un insecto.

Y entonces, un sonido sordo. Un golpe. Alguien me jalaba del brazo.

Abrí los ojos. Mi respiración estaba entrecortada. El sudor me empapaba la nuca.

¿Quién era yo, debajo de todo esto?

A la mañana siguiente, una nueva rutina. Vittorio con el desayuno. Su voz calmada. Sus preguntas suaves.

-¿Qué soñaste hoy?

-Con flores -mentí.

Él me miró, como si supiera que no decía la verdad.

-¿Y conmigo?

-Siempre.

Sonrió. Me besó la frente.

-Hoy vas a ver algo especial.

Sacó un álbum de cuero negro, viejo, gastado. Lo abrió frente a mí.

-Esto no lo habíamos visto juntos en mucho tiempo.

Las fotos eran distintas. No solo de nosotros, sino de lugares. Sitios que apenas reconocía. Un campo de amapolas. Una biblioteca antigua. Una cama deshecha. Una cabaña de madera.

-Fuimos felices ahí -dijo.

Toqué una foto. En ella, yo tenía un vestido blanco. Estaba descalza, corriendo por un pasillo.

Entonces, un destello.

Un grito.

Mi propio grito.

Volví a mirar la imagen. Había algo en mi rostro que no cuadraba. Mi sonrisa era demasiado amplia. Como forzada. Como... programada.

Me aparté del álbum.

-Estas fotos están mal.

-¿Mal cómo?

-No soy yo. O soy yo, pero... editada. Manipulada.

-¿Por qué haría eso?

-No lo sé. ¿Por qué alguien dejaría un papel bajo la puerta diciéndome que esto no es real?

Vittorio me observó en silencio.

-Porque estás enferma.

Ese "enferma" me golpeó como un balde de agua helada.

-¿Y si no lo estoy?

-Lo estás. Por eso intentaste matarte.

-¿Y si eso también es mentira?

Un silencio denso cayó entre nosotros.

Entonces, se levantó. Caminó hacia la repisa, tomó una caja metálica y la colocó frente a mí.

-¿Quieres saber la verdad? Ábrela.

Lo hice.

Dentro, había un frasco de pastillas, una hoja arrugada con mi nombre escrito con tinta roja, y un diario.

Abrí el diario.

La letra era mía.

Pero no era mi voz.

Leí frases sin sentido, tachaduras, páginas arrancadas. Fragmentos: "Me está matando de a poco", "Hoy también dijo que me amaba", "No sé si es real o solo quiere destruirme".

La última página tenía una advertencia escrita a mano:

"Si estás leyendo esto, no confíes en él. Y tampoco en ti."

El mundo giró.

Me levanté, tambaleante.

-¿Qué es esto? -pregunté.

Vittorio se acercó. Su voz era un susurro afilado.

-Tu historia. La que tú escribiste.

-¿Por qué lo escondiste?

-Porque no sabías lo que hacías.

-¿O porque sí lo sabía?

Me miró con una tristeza extraña, como si en el fondo lamentara algo.

-Catalina, yo solo quiero que seas feliz. Aunque tengas que olvidar todo para lograrlo.

La sinceridad en su voz me desarmó. Por un segundo, lo creí. Por un segundo, deseé creerlo.

Entonces, el sonido.

Un golpe.

Algo o alguien se había estrellado contra la ventana del pasillo.

Corrí. Vittorio intentó detenerme, pero lo empujé.

La ventana estaba agrietada. En el suelo, una piedra. Atada a ella, otro papel.

Lo desaté con dedos torpes.

"No estás loca. Él te hace dudar."

Lo guardé en el bolsillo antes de que él lo viera.

Me giré. Él estaba tras de mí, con una expresión que no supe leer.

-¿Qué era?

-Un pájaro. Nada.

Me creyó. O fingió hacerlo.

Esa noche no dormí. Fingí estar dormida hasta escuchar su respiración pesada.

Tomé el diario, lo escondí bajo el colchón. Volví a revisar el celular. Las fotos. Los videos. Algunos eran evidentemente montajes. Había errores: relojes duplicados, sombras que no correspondían, mi rostro superpuesto.

Pero también había uno real.

Un video selfie.

Mi voz, mi rostro, mi pánico.

-"Estoy grabando esto en caso de que todo se borre. Si estás viendo esto... escapa. Él no te ama. Te necesita rota. Si dudas de ti, ya ganaste medio paso. No olvides lo que sentiste la primera vez que despertaste. El miedo. Ese miedo es la clave. Eso es real."

El video se cortó con un golpe.

Me eché hacia atrás.

Y supe, en ese momento, que tenía que irme.

Que todo era una cárcel maquillada.

Al día siguiente, Vittorio me llevó a lo que llamó "el jardín de los recuerdos". Un lugar oculto tras la casa, cubierto de flores exóticas y bancos de mármol. El aire olía a jazmín y a mentiras.

-Aquí solías venir a escribir -dijo-. Este era tu lugar feliz.

Me senté. Miré el cielo. El mismo cielo que debía haber visto cuando intenté huir.

-¿Tú me encerraste?

Vittorio se tensó. No respondió.

-Si de verdad me amas, déjame recordar por mí misma. Sin empujarme. Sin controlarme.

Él se inclinó hacia mí.

-Si te dejo sola, te rompes.

-Tal vez necesito romperme -susurré-. Para saber quién soy.

Su expresión se volvió dura. Por primera vez, lo vi como era. No como mi salvador, no como mi prometido.

Sino como mi carcelero.

Cuando regresamos, la puerta de mi habitación estaba entreabierta.

Dentro, alguien había revuelto el colchón.

El diario había desaparecido.

Me giré hacia él.

-¿Fuiste tú?

-No.

Pero en su rostro, algo tembló.

Y antes de que pudiera responder, escuchamos un sonido en la planta baja.

Un portazo.

Pasos.

Una voz.

-¿Catalina?

Era una voz femenina. Joven.

Corrí hacia la escalera. Vittorio me alcanzó.

-¡No bajes! -gritó, y me sujetó del brazo con fuerza.

-¡¿Quién está ahí?! -grité, desesperada.

-¡Catalina! ¡No creas en nada! ¡Tú eras mi hermana! ¡Él te borró!

Y entonces...

Un disparo.

Un grito.

Silencio.

Vittorio me empujó hacia atrás.

-Fue un intruso. No importa quién era. Está todo bien.

Mis piernas flaquearon.

No podía respirar.

No podía mirar.

Solo podía pensar en lo que acababa de escuchar:

Hermana.

Él te borró.

Y supe que todo acababa de cambiar.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022