AMANDA
«Las palabras brotaron de sus labios, iluminando su luminosa mirada; mostrando le que no había belleza más etérea que la desprendida por su pálido rostro. Entonces la tomó entre sus brazos, uniendo la frente con la de ella, pensando que, si aquello era un pecado, con gusto arderá en las llamas del infierno».
¿Luminosa mirada?
Solté un bufido y arranque la página del cuaderno, volviéndola una bola y dejándola en el piso, donde una pequeña montaña de papel empezaba a acumularse; busque una nueva página y empecé a escribir de nuevo. Era de las pocas personas que necesitaban plasmar sus ideas en papel para que estás pudieran empezar a tomar forma, si intentaba hacerlo en la computadora me quedaría en blanco. No llevaba ni tres líneas cuando un sonido estridente me sobresalto, ocasionando que trazará una enorme línea en la mitad de la hoja, arruinando la por completo.
Dejé caer la libreta sobre la mesa, frustrada y enojada.
«¿Otra vez? Es la tercera en la semana» pensé ofuscada.
Casi por instinto me levanté de la silla frente a la ventana de mi departamento; el lugar donde solía trabajar durante la semana. Caminé hasta la puerta y la abrí de un tirón. El pasillo estaba completamente desierto, aquel molesto sonido volvió a interrumpir la tranquilidad del edificio, aunque esta vez seguido por unas risitas. Arrugué la nariz, aquello era completamente ridículo; crucé el pasillo con rapidez sin molestarme en cerrar la mi puerta, a esa altura ya empezaba a ver rojo.
Bajé las escaleras de dos en dos hasta estar en el piso de abajo. Llegué hasta la puerta de uno de los departamentos y le leí el número en la placa dorada, que ya me era tan familiar como el propio: 251. Toqué con fuerza, sin molestarme en ser amable o cortés.
Una mujer de cabellos morados, alta y de sonrisa despreocupada me abrió la puerta; Emiliana Basile ya vivía en aquel condominio cuando me mudé hacía dos años y desde el primer momento en que nos topamos supe que era la cruz que debía cargar por todos mis pecados, que dicho sea se pasó, no eran tantos como para merecer aquel castigo.
Pero volviendo a Emiliana, tenía 30 años, la piel bronceada tan típica de los italianos y su familia era oriunda de Palermo, (me enteré por un comentario de nuestro casero, no porque estuviese averiguando acerca de ella) y por lo que sabía podía dedicarse a venderle metanfetaminas a los adictos.
La italiana me observó con diversión que no se molestaba en ocultar. Con una gracia que le envidie, apartó un mechón corto de su frente y se lo llevó detrás de la oreja. No pronunció palabra, pero tenía la mirada color zafiro posada sobre mí, a la expectativa. No siendo primera vez, pensé que era una injusticia desperdiciar tal color de ojos en una persona como aquella. Me aclare la garganta tratando de que mi voz sonara segura.
-Lamento mucho molestarte tan temprano. Estoy segura que tienes actividades muy importantes que hacer, así que seré breve. -Una nota de sarcasmo se filtró en mis palabras. -Pero lo que sea que estés haciendo se escucha hasta mi departamento y no me deja trabajar. -le expliqué en un tono conciliador.
Por un momento su rostro adquirió un ligero tono rosáceo a causa de la vergüenza; me sentí bien pensado que había logrado mi objetivo, sin embargo, esa expresión desapareció, siendo sustituida por una sonrisa traviesa y una mirada burlona. Instintivamente cuadre los hombros, preparándome para un enfrentamiento.
-¿Puedes decirlo, sabes? Tu lengua no se profanará por pronunciar una simple palabra. -inquirió en un tono de falsa cortesía. -Repite después de mi: S-E-X-O. -pronunció abriendo mucho la boca para enfatizar cada una de las letras.
Ahora era yo la que estaba completamente roja, aunque no sabía si era por la pena o el enojo, a lo mejor un poco de ambas. Negué con la cabeza, quizás demasiado rápido para resultar convincente y sabía que Emiliana se daría cuenta de ese pequeño desliz, sólo esperaba que no lo comentará o el hermoso suelo terminaría manchado de sangre y una de nosotras condenada por asesinato. Pude notar por el brillo de sus ojos que sí lo hizo, sin embargo, no dijo nada al respecto.
«Bien por ti».
-No me interesa lo que estabas haciendo. -dije arrastrando las palabras.
-¿Entonces qué haces aquí? Sabes que estaba teniendo sexo, no es ningún secreto. -interrogó ladeando la cabeza.
Definitivamente debía dejar de pronunciar esa palabra. Ella sabía que me molestaba y lo hacía a propósito. No era ninguna monja, pero tampoco llevaba una vida promiscua y no discutiría mi sexualidad en medio del pasillo y menos con ella. La fulminé con la mirada, observándola de arriba abajo, fue allí dónde me di cuenta que Emiliana sólo llevaba puesta una delicada bata semitransparente que dejaba a la vista su ropa interior de encaje.
«¡Santo cielo! Ese conjunto debe costar más que todo mi guardarropa».
Si no fuese mi enemiga declarada le pediría el nombre de la tienda donde lo compró, aunque sólo fuese para ver, pues dudaba que mi sueldo me permitiría adquirir algo así. De pronto la idea de que vendía drogas no se me hizo tan descabellada.
-Los sonidos y las risitas no me permiten concentrarme. Eres muy escandalosa. -Tan pronto esas palabras abandonaron mis labios, supe que no debía haberlas dicho, al ver que la sonrisa de Emiliana se extendía aún más, si es que eso era posible.
-Perdóname, soy buena en lo que hago y mis amantes suelen hacer mucho ruido. -admitió sin pudor alguno y apoyando su cuerpo sobre la puerta. Deseaba ahorcarla allí mismo, pero me obligué a recordar que el asesinato era un delito y en la cárcel no me darían las libretas que estaba acostumbrada a usar para escribir. El pensamiento me calmo.
-Pues limita el sonido a tu espacio. -sentencie tajantemente.
-Si tanto te molesta, puedes unirte. -Me invitó con una sonrisa pícara. Parpadee una vez y luego dos para asegurarme que lo que había escuchado era cierto y no producto de mi imaginación, aunque...
¿Por qué me imaginaria esas palabras?
-No es precisamente mi tipo. -dije cruzando los brazos.
-¿Los tríos? -preguntó levantando una ceja.
-Compartir pareja.
-¿Acaso crees en la monogamia, vecina? -inquirió divertida, pero note que estaba verdaderamente entretenida con la conversación.
¡Fantástico! Me había convertido en el bufón de esa mujer de piel bronceada y piernas largas.
-Creo en evitar una ETS. -contraataque rodando los ojos. Emiliana soltó una risita por lo bajo, pero al final asintió, algo que en realidad no me sorprendió, siempre era la misma rutina cuando le reclamaba por algo, lo que era casi todo el tiempo.
-Trataré de bajar el volumen para no molestarte. -cedió.
Solté un suspiro, aliviada de poder solucionar la situación. Me despedí con un asentimiento de cabeza y giré sobre mis talones para volver a mi departamento. No fue hasta más tarde, mientras tomaba un baño, que repare en no había escuchado a Emiliana cerrar la puerta del suyo.
Me mudé a Roma hace dos años, tras completar mis estudios universitarios, tenía un título en letras; poco después fui contactada por una editorial italiana que estaba interesada en publicar uno de mis manuscritos, así que no lo pensé mucho, armé mis maletas, tomé mis ahorros y viaje desde USA hasta la capital de la pizza, la pasta y el buen vino.
Mi yo de 25 años deseaba convertirse en la siguiente Jane Austen o J.K Rowling, sin embargo, pronto aprendí que alcanzar ese tipo de fama requiere más que un talento innato para la escritura.
Al principio mi historia se vendía bien, aunque no tanto como yo esperaba, lo cual me lleva a recordar, que quién espera hacerse rico en este medio, puede esperar sentado. Las regalías por ventas a penas me ayudaban a llegar a fin de mes, por lo que termine siendo parte del montón de escritores que tienen que buscar un segundo ingreso para sobrevivir; por lo cual hacía dos meses que estaba trabajando en la Sapienza University of Roma, una de las casas de estudio más importantes del país.
No me malinterpreten, me sentía orgullosa de haber encontrado un puesto en una Universidad en donde todos se lo disputaban, sin embargo, eso nunca había sido parte de mi sueño, quería y ambicionaba más, no sólo ser docente. Entré a mi departamento y luego de haberla cerrado, me dejé caer sobre la puerta deslizando el cuerpo hasta el piso. Enterré la cabeza entre mis rodillas.
«¡Heteros!» me dije a mi misma.
Definitivamente todos estaban propensos a la promiscuidad y luego decían que los LGBTQI somos los que saltamos de una pareja a otra, resumiendo lo en una sola palabra: Hipócritas. Iba continuar despotricando acerca de aquellos que se sentían atraídos por el sexo opuesto, pero el timbre de mi teléfono me hizo salir de mis pensamientos, tomé el aparato y miré la pantalla.
Sonreí automáticamente, era Joshua, mi mejor amigo aquí en Italia.
«¿Dónde estás? Te estoy esperando en el café» leí en el mensaje.
Me golpeé la frente con la mano, había olvidado por completo que se suponía nos íbamos a reunir hoy porque era mi último día libre antes de que las clases comenzarán de nuevo.
«Estoy saliendo para allá» teclee con rapidez, la respuesta no tardó mucho en llegar.
«Se te olvido, ¿Cierto?».
«¡Por supuesto que no!» Escribí de vuelta tratando aparentar en indignación.
«Sabía que pasaría, date prisa» respondió Joshua dando por finalizada la conversación.
Me levanté dejando el celular sobre la mesa, quería darme una ducha rápida antes de salir. Mi departamento era pequeño, sólo tenía una habitación, un baño y espacio común que hacía las veces de cocina-comedor-sala, aunque la cocina estaba separada del resto por un mesón de color gris. Lo que más me gustaba era la ventana que daba vista hacía la calle, así no me sentía tan encerrada; entré directamente al baño dónde me deshice de la ropa y abrí la regadera, dejando caer una lluvia de vapor sobre mi espalda.
El agua caliente se llevó la tensión que sentía tras mi conversación con Emiliana, me deslicé el jabón por mi cuerpo con delicadeza, adoraba el aroma a piña que desprendía. Cuando me enjuague cerré la llave y me cubrí con una toalla para salir; me fijé en que había dejado mi libreta en la sala y la tomé con cuidado de no mojarla.
Mi habitación era el lugar más espacioso allí, pero seguía siendo pequeño comparado con otros. No me quejaba, estaba soltera así que todo tenía el tamaño perfecto para mí: tenía una cama matrimonial en la esquina derecha de la habitación, un closet, un librero que compre de segunda mano, una mesa de noche y, para mí felicidad, otra ventana con cortinas de color verde.
Guardé la libreta en uno de los compartimientos de la mesita y empecé a vestirme. Las gotas se deslizaban desde mi cabello por mi espalda, para terminar, cayendo en el piso dónde comenzaba a formarse un charco. Me quite la toalla y me seque el pelo con ella, lo llevaba más o menos largos así que me tomó un buen tiempo retirar toda la humedad.
Una vez lista me empecé a vestir. No voy a describir la ropa interior que me puse, sólo puedo decir que sí, tenía dibujos y no me avergonzaba admitirlo. Me gustaba sentirme cómoda. Saqué un par de pantalones para hacer yoga de color beige y los convine con una camiseta corta negra que dejaba mi obligó al descubierto. Me coloqué unos tenis que en algún tiempo fueron blancos y tomé un peine para desenredar mis rizos pelirrojos.
Mientras me miraba en el espejo, decidí dejarlos sueltos, recogiendo unos mechones que caían sobre mi frente con unos ganchos blancos, apliqué un poco de brillo en mis labios y estuve lista para irme. Recogí mi celular y la riñonera que solía utilizar para salir, junto con mis llaves.
Si, es un accesorio de lo más versátil y no me importa que me den apariencia de niña pequeña.
Cerré la puerta tras de mí y llamé el ascensor. Envié un mensaje rápido a Joshua diciéndole que ya estaba cerca del cafetín, que dejará de lado el plan de asesinarme que su mente retorcida le había recomendado, como respuesta recibí un emoji del dedo corazón. Reí llamando la atención de unos vecinos que se habían congregado, también esperando el elevador.
Me monté con el resto de las personas y en un par de minutos estuve en la entrada, saludé a nuestro celador, el signore Lucianno, era un hombre anciano, de unos 60 años aproximadamente, pero eso no le quitaba la jovialidad y el encanto con el que nos saludaba todas las mañanas. Lo apreciaba mucho, a pesar de que cada vez que me veía quería mostrarme fotos de la gran cantidad de nietos y bisnietos que tenía.
-Buongiorno, signorina Amanda. -saludó con una sonrisa. Estaba sentado detrás del escritorio de recepción, comiendo un sfogliatelle acompañado por una taza de café humeante.
-Buongiorno signore Lucianno. -repetí levantado la mano en señal de saludo. -Sarai fuori tutto il giorno?. -preguntó levantado una ceja.
Si viniera de otra persona, aquella pregunta hubiese resultado impertinente e imprudente, sin embargo, sabía que no lo hacía con maldad o segundas intenciones, sino porque de verdad se preocupaba por nosotros, lo cual me enterneció.
A veces me preguntaba porque un hombre de su edad continuaba trabajando, pues ya iba siendo hora de que se jubilará. Una vez me atreví a plantearle me duda, a lo que simplemente respondió que disfrutaba lo hacía y mientras tuviera fuerzas, continuaría haciéndolo.
-No, esco solo per un po' con un'amica. Tornerò prima che faccia buio. -respondí. No pude oír la respuesta pues salí inmediatamente.
Vivía en la 56 Vía Alberto Giussano, en el barrio Pigneto. En un edifico color ladrillo de cuatro pisos, que estaba en medio de una panadería y puesto de frutas; definitivamente no era la zona más glamorosa de Italia, sin embargo, era lo suficientemente cómoda y tranquila para mí, además de que La Sapienza sólo me quedaba a veinticuatro minutos en metro y la estación más próxima estaba a cuatro minutos a pie.
El viento sopló, ocasionando que se me erizarán los pelos, me arrepentí de no haber tomado un abrigo antes de salir, pero recordé que a mediodía el sol calentaba lo suficientemente como para prescindir de usarlo, después estaría toda sudorosa.
Para mí buena suerte, el lugar donde me reuniría con Joshua no estaba para nada lejos de mi vivienda, sólo tuve que caminar cinco minutos y estuve en la Piazza dei Condottieri. Uno de los lugares más hermosos del barrio, a esa hora estaba bastante concurrido por personas que se dedicaban a leer, tomar un desayuno, alimentar a las aves, etc.
Todo lo que uno quisiera hacer se veía cubierto por la encantadora estructura de la plaza; con la mirada busque entre la mesa de picnic a Joshua, no tarde mucho en dar con él, quién se acercaba a mí con dos cafés y una sonrisa ladeada.
EMILIANA
El juicio estaba a punto de concluir y no podía sentirme más complacida por la forma en que lo llevé acabo, estaba segura que el juez fallaría a nuestro favor.
Volteé la mirada para encontrarme con la expresión preocupada de la signora Maria Contrera, mi actual cliente; disimuladamente estiré mi mano y le di un apretón en la suya para proporcionarle cierto apoyo.
Todos nos levantamos en cuanto la mayor autoridad que había allí salió por la puerta ubicada en una esquina de la sala. Nos hizo una seña para que tomáramos asiento de nuevo
-Después de escuchar a ambas partes, estoy listo para dictar mi resolución, sin embargo, quiero oír los argumentos finales. Así pues, tiene la palabra abogada Basile. -me indicó con un movimiento de la muñeca
Me levanté hasta quedar cerca del estrado. Normalmente no necesitamos hacerlo, bien podía hablar desde el escritorio, pero yo me sentía más cómoda y con mayor control de la situación de esa forma
-Hasta el momento en que alcanza la mayoría de edad, el hijo tiene derecho a ser mantenido por sus progenitores -señale aquel punto de forma escueta, pues era lo primero que se había comentado, sin embargo, no quería dejar de hacer hincapié sobre él. -Ambos padres se ven en la obligación de aportarle al menor lo necesario para su subsistencia, esto en base de las ganancias de cada uno. -continué, podía sentir la mirada de mi colega en contraparte. -Mi cliente ha cumplido a cabalidad con cada uno de estos aspectos, sin embargo, solicita lo que por derecho le corresponde a su hijo: que su padre vea económicamente por él. -agregué a mi discurso con una expresión confiada. -Nada más que agregar vostro onore. -Finalicé regresando a mi lugar
El juez asintió en mi dirección y le dio la palabra al abogado defensor, este se negó alegando que no tenía nada más que añadir
«Por supuesto, aunque esa táctica fue un error. Debió haber tenido la última palabra si quería al menos darle una oportunidad a su cliente» pensé observando el error de principiante que había cometido
-Muy bien, entonces daré un receso de medio hora para analizar mi decisión. Nos vemos entonces. -afirmó dando por terminada la sesión
Maria y yo abandonamos la sala. Me sentía confiada y tenía seguridad en el veredicto del juez. No era arrogante, pero sabía que tan buena era en mi trabajo. Decidí estudiar derecho cuando tenía diez años, supongo que ver a mi padre entre tantos documentos y casos me había calado profundamente. El sentido de la justicia estaba muy arraigado en mi desde niña, por lo que siempre supe cuál sería mi vocación en el mundo.
No la tuve fácil, cuando llegué a la Universidad me tocó demostrar que estaba allí por mis propios medios y no por intervención de mi progenitor, quién para eso entonces era un abogado relativamente reconocido en su campo. Estudié mucho y puse todo mi esfuerzo en adquirir la mayor cantidad de conocimientos posible.
Debo confesar que a pesar que, a día de hoy trabajo en un bufete de renombre en la ciudad, mis calificaciones en época de estudiante dejaban mucho que desear; principalmente porque no creía que el éxito laboral fuese proporcional a una calificación extraordinaria. Memorizar un concepto no te daba ninguna garantía de que serias capaz de aplicarlo en el mundo laboral.
-¡Tu, dannata cagna! -El insulto proveniente de una voz masculina me sacó de mis recuerdos, nos encontrábamos en un pasillo del tribunal a punto de salir al exterior.
-Avvocato Lombardo, debería aconsejarle a su cliente mantener el debido respeto, aunque sea por el lugar en el que estamos. -sugerí con firmeza.
Mi colega me miró con disculpa y trató de llevarse al signore Marcus, si es que podía llamarse de esa forma, lejos de nosotras. Sin embargo, este no lo permitió y volvió a hablar, esta vez con mayor furia.
-Ya conseguiste lo que querías, embaucarme. Ese hijo ni siquiera debe ser mío. -afirmó escupiendo las palabras como si fuesen veneno.
Por el rabillo del ojo noté como a María le dolía aquellas palabras, su rostro se había vuelto rojo y estaba dispuesta a contestarle. Le puse una mano en el hombro y negué disimuladamente con la cabeza para evitar que dijera algo que podría poner en riesgo lo que habíamos logrado hasta ese momento. Yo contesté en su lugar, mi voz salió fría e inexpresiva, el tono de una profesional que había perfeccionado con el paso de los años.
-Hay una prueba de ADN que confirma su paternidad signore Marbello. Puede solicitar una copia a su abogado, si es que aún no la tiene. -afirme con sarcasmo. -Y todas las dudas que tenga, puede plantearlas al juez. -dije con firmeza, aunque la amenaza estaba implícita en mis palabras. Él también debió darse cuenta pues no hizo ningún comentario.
Satisfecha con su reacción, tomé a Maria por un brazo y las dos salimos del tribunal. Hacía un día precioso, soleado y alegre; el clima le daba un aspecto encantador al ambiente, casi como si saliera de una revista de farándula.
-No le hagas caso. -le ordené al ver su expresión entristecida. -Sabe que tiene las de perder y sólo está sangrando por la herida. -¿Me permites invitarte algo de comer? -pregunté al ver que su semblante seguía igual.
-No, no podría abusar de su amabilidad de esa forma... -dijo apenada, pero se interrumpió al ver mi rostro. -De acuerdo... ¿No hay forma de hacerla cambiar de opinión?
Negué con la cabeza riendo.
-La terquedad es aspecto importante cuando quieres dedicarte a lo que yo. No puedes rendirte tan fácilmente y debes ser capaz de insistir hasta el final. -expliqué mientras la guiaba hacía un pequeño restaurante que había del otro lado de la calle.
El lugar se encontraba repleto de comensales debido a la hora, casi daban la 1:00 pm, a pesar de eso, no se nos dificultó obtener una mesa, pues a mí ya me conocían allí. Disfrutaba mucho del sitio, prácticamente me la pasaba en los juzgados así que era lugar más cercano que tenía para almorzar rápidamente. Nos ubicamos en una mesa cuya vista daba a la calle, no pasó mucho tiempo antes de que un mesero viniera a atendernos.
-Cosa posso offrirvi ragazze oggi? -preguntó en italiano mezclado con un asentó que no supe reconocer, lo que inmediatamente lo delató como un extranjero. Era de tez bronceada, ojos azules y contextura delgada, pero en forma, fácilmente podía pasar por un italiano auténtico.
Sonreí y ordené inmediatamente, venía seguido así que me conocía todo el menú de arriba abajo. Al ser un negocio familiar, no solían renovar mucho su esencia, aunque esa era precisamente la marca distintiva: un ambiente acogedor y clásico dónde se podía disfrutar de una comida italiana tradicional. Los muebles eran de color marrón claro, que combinaban a la perfección con las paredes de tonos borgoña y las pinturas que representaban distintas zonas turísticas de la ciudad.
-Ne voglio un piatto di Rigatoni alla gricia, per favore. -le dije, luego miré a mi clienta. -¿Cosa vuoi, María?
-Lo stesso. -respondió sonrojada.
Aquella reacción me enterneció, a pesar de tener dos años viviendo en Italia aún no dominaba del todo el idioma. Me pregunté cómo una joven tan encantadora y tímida había terminado con hombre como aquel, tan asquerosamente desagradable. En algunas ocasiones quise interrogarla acerca de ello, pero me parecía tomarme demasiadas libertades. Ella me había contado lo que necesitaba saber de la historia entre ambos, pero intuía que esa cuerda seguía siendo demasiado extensa.
-Perfetto, vuoi qualcosa da bere? -interrogó de nuevo el mesero anotando en una pequeña libreta nuestro pedido.
Miré de nuevo a Maria, esperando que eligiera algo de su gusto.
-No se mucho de vinos, lo dejó a su criterio. -afirmó sin ninguna duda.
Lo dicho, no entendía que había visto esa joven encantadora en aquel idiota.
-Una bottiglia di Pinot Grigio, per favore. -Habiendo escrito lo último, el mesero se despidió con un asentimiento de cabeza y fue por la comida.
Pose mi vista sobre María, la pobre se notaba un poco incómoda, esperaba que no se sintiera fuera de lugar pues aquel no era ni de lejos el restaurante más caro en el que había comido, si supiera la cantidad de dinero que me gastaba en un platillo, le daba un paro cardíaco allí mismo. No me negaba a disfrutar de los placeres más mundanos de la vida.
Mientras esperábamos nuestra comida, nos dedicamos a hablar de cosas banales, sobre todo de su pequeño hijo, que aún no cumplía los dos años. Para ese punto ya sabía bastante de la vida de María.
Era latina, lo que explicaba su cabello lacio y oscuro, piel aceitunada, ojos color miel y estatura baja. Su familia provenía Panamá, eran de clase media y ella era la menor de cuatro hermanos. También era relativamente joven, pues contaba con tan sólo 24 años de edad.
¿Cómo entonces había podido pagar una vida en Italia?
Sencillo, María tocaba el violín estupendamente y se le había otorgado una beca en una de los conservatorios más importantes del país. Había conocido al padre de su hijo en bar, ya que aquel imbécil era amigo del hijo del dueño. Fue en esa época cuando todos sus planes se fueron por la borda: salió embarazada, el hombre desapareció para no hacerse cargo y tuvo que sacar a su hijo adelante sin ayuda.
Aunque trataba de evitarlo, no podía evitar sentir lástima por ella; sin familia, sola y en un país extranjero. Obviamente abandonó sus estudios, cambió su violín por un traje y una computadora, ya que trabajaba como secretaria en una editorial de poca monta. Por eso no dude ni un segundo en ponerme a sus órdenes cuando se presentó en el bufete. Ninguno de mis compañeros quiso llevar el caso por ser pro-bono, es decir, que no le cobraríamos nada por mis honorarios. Francamente el dinero me tenía sin cuidado.
Si las mujeres no nos apoyamos entre nosotras.
¿Quién más iba a hacerlo?
El almuerzo no tardó mucho en llegar y ambas nos dedicamos a comer, rechazando el ofrecimiento de un postre por parte del mesero, explicándole que teníamos el tiempo justo.
-Bon appetit. -brinde chocando mi copa con la de ella, para luego darle un trago al vino, disfrutando del agradable sabor de la bebida.
-Está delicioso. -admitió María mirando su copa con adoración.
Sonreí. Definitivamente, de tener la oportunidad, debía mostrarle a esa joven lo que era la buena cocina italiana.
Comimos en silencio, para cuando terminamos quedaban cinco minutos para que volviéramos al tribunal; María insistió en pagar la mitad de la cuenta, pero me negué, manteniéndome firme, ella necesitaba ese dinero más que yo. Además, me correspondía a mi hacerlo, pues la había invitado, eso era lo justo.
Salimos del restaurante, cruzamos de nuevo la calle y subimos los escalones de dos en dos hasta llegar a la sala que nos correspondía. Mi contraparte ya se encontraba ahí con su representado, no me digne a mirarlos e inste a María a que hiciera lo mismo. Su señoría hizo acto de presencia y nos mantuvimos de pie para recibirlo, ya estando todos sentados nos dispusimos a escuchar el veredicto.
-Después de debatirlo extensamente, he decidido guiarme por lo mejor para el menor. Por lo tanto, defino lo siguiente: El señor Marcus Miller deberá pagar la manutención del niño Andrés Contreras en virtud del parentesco que existe entre ambos y hasta que cumpla la mayoría de edad. -decretó el juez con seriedad. -La cantidad será estipulada en base al poder adquisitivo del demandado y se hará llegar a ambas partes. Eso es todo, feliz tarde a todos. -afirmó levantándose, todos lo imitamos y lo vimos desaparecer por a su despacho.
No me contuve más y abracé con fuerza a María; la joven hizo lo mismo y cuando nos separamos vi que tenía los ojos brillosos y lágrimas rodaban por sus mejillas. Tenía una expresión de alivio y felicidad que me hizo recordar porqué había decidido estudiar derecho.
-¡Lo logramos! Molte grazie, signorina Basile, molte grazie. -inquirió agradeciendo. La tomé de las manos y le di una sonrisa tranquilizadora.
-No tienes que darme las gracias. Sólo hice que se cumpliera la ley. -afirmé. Y era cierto, lo único que había hecho era hacer justicia para ella y su hijo.
-Nunca tendré como pagarle. -continuó María entre lágrimas.
-Si me llevas de esas deliciosas empanadas que preparas, ten por seguro que me daré por bien servida. -dije en un tono de broma.
Maria asintió enérgicamente.
-Eso delo por seguro, le enviaré todas las que quiera o mejor, las llevaré yo misma. -afirmó decidida.
Dejamos la sala del juzgado, antes de despedirnos le expliqué a María lo que faltaba para dar por concluido el caso y los datos que necesitaría para que se le hicieran llegar los depósitos mes con mes, también le comenté que mañana iría por el documento con el resultado de juicio, que era importante tuviéramos una copia. La acompañé hasta la entrada del metro y luego tomé un taxi que me llevará hasta el bufete: Calaglieri e soci.
Las calles estaban repletas, había un atoro por todas partes, así que tarde más de lo usual en llegar. Normalmente eran unos 20 minutos desde Il Tribunale Ordinari di Roma hasta el despacho Calaglieri que quedaba en la Vía Prisciano, pero duré 40 minutos en llegar al edificio, tomar el ascensor que me dejará en el piso número 4 y encontrarme con el familiar ambiente de trabajo cuando las puertas de este se abrieron.
Caminé con dirección a mi oficina, en el camino saludé a algunos colegas y personal que allí laboraba, no me entretuve mucho porque tenía muchos pendientes por revolver, aun así, todos me devolvieron el saludo con efusividad, pues era bien sabido el aprecio y respeto que suscitaba en mí equipo de trabajo. Entré a mí oficina cerrando la puerta en el proceso, levanté una ceja al ver a una figura masculina sentado en mi escritorio con toda la confianza.
-Fuera, Camilo. -le ordené sacudiendo las manos para espantar al hombre como si fuese un insecto molesto.
El aludido sonrió mientras se levantaba de mí puesto y se acercaba para dejar un beso en mi mejilla a modo de bienvenida, resistí la tentación de limpiarme la zona con la mano, ya era su con que uno de los dos fuese completamente descortés. Cuando estuve en mí silla le hice una seña para que tomará asiento frente a mí.
-¿Qué quieres? -pregunté yendo directo al grano. Conocía a Camilo, era mi amigo, pero eso no restaba el hecho de que la única razón que pudiera tener para visitar mi despacho era un favor.
-Me enteré que ganaste el caso de manutención. ¡Felicidades! -gritó en un tono efusivo. -Se que esa no es tu área, así que estoy muy orgulloso de ti. -afirmó en un tono zalamero.
Lo examiné con una mirada escrutadora. No le creía ni una sola palabra. Aunque agradecía el gesto, pues tenía razón, yo me iba por el derecho penal y esa demanda había sido de derecho familia, por supuesto no lo mencioné; sabía cuál era su juego y no le daría la satisfacción de verme caer en él. Sólo trataba de darle la vuelta a la página para distraerme.
-Muchas gracias, que bueno que lo notaste. -admití, aunque el sarcasmo era palpable en la cortesía. -Repito: ¿Qué quieres? -interrogue de nuevo, más firme que antes.
Camilo me sonrió con inocencia, he inmediatamente me tense, nada bueno salía de aquella expresión.
¿En qué nos había metido el idiota?
AMANDA
Tomamos asiento en una de las mesitas de picnic, hacia un día precioso: el cielo despejado, las aves cantando, niños jugando y martirizando a sus padres, quienes habían tenido la errónea idea de traerlos al mundo, pero aun así los amaban con todo su corazón, pues eran parte de ellos. Odiaba los días de ese tipo, tanta dulzura me provocaba ganas de vomitar, sobre todo si no había tomado mi dosis de cafeína diaria.
Mi supuesto amigo, es decir Joshua, me observaba de frente con una expresión de diversión al notar mi malestar; de haber sido una persona con menos autocontrol le habría dado un puñetazo, pero como la gran dama que era, me limite a mostrarles los dientes en un gesto casi animal.
Si, era la representación misma de la gracia y elegancia.
Al parecer mi acción asustó de verdad a Joshua porque se encogió de hombros y me entregó una de las tazas de café que traía. Observé la bebida con adoración, como si dios mismo se hubiese presentado ante mi adoptando esa forma, se la arrebaté de las manos, quizás con demasiada agresividad y le di un largo sorbo. Mí humor mejoró considerablemente en cuanto la cafeína hizo efecto en el sistema, quien dijera que el café no influía en el comportamiento de los seres humanos, era obvio que nunca había tomado una taza cuando estaba estresado.
-El día acaba de comenzar, ¿tan mal inicio? -preguntó Joshua en un tono burlón señalando la bebida que me había terminado sin darme cuenta.
-Cállate -sisee entre dientes. Mi amigo levantó las manos en señal de rendición, pero mantuvo la misma expresión, lo que me hizo gruñir en respuesta. -Tanto amor y colores me provoca nauseas. -admití fingiendo una arcada.
Joshua me observó como si me hubiese salido un tercer ojo. No podía decir que su reacción me sorprendía, objetivamente las personas a nuestro alrededor no hacían nada malo y en realidad se veían muy felices entre sí. Lamentablemente yo era del tipo de ser increíble y único que esperaba que su entorno combinara con el estado de ánimo en que me encontraba actualmente. Si yo me sentía mal, ¿Por qué el resto del mundo actuaba como si tuvieran vidas perfectas? Ese sería para siempre uno de los grandes misterios de mi existencia.
-¿Cuándo inician las clases? -interrogó Joshua con cautela. Deje caer mi cabeza sobre la mesa, soltando un suspiro de frustración; debía de existir una especie de regla tacita que prohibiera a tus amigos conocerte tan bien, sin duda alguna yo aprobaría su promulgación al instante.
-En una semana. -respondí en un tono lastimero muy extraño en mí. Por lo general no solía ser tan quejumbrosa, o eso depende de a quien le preguntaras; me gustaba mi trabajo y procuraba dar mi cien por ciento cada día que dictaba cursos de escritura en la universidad. Pero aquel año seria completamente diferente a los anteriores, me habían asignado la sección más complicada y tendría que pasar los siguientes nueve meses alejada de una cuerda o terminaría por atármela al cuello.
-¿Por fin te asignaron a los de nuevo ingreso? -preguntó dándole un sorbo a su propia taza de café, no entendía como era capaz de tardar tanto bebiéndola cuando yo ya había acabado con la mía y sopesaba si ir por otra sería una buena idea o me pondría más ansiosa de lo que ya estaba
-Así es, pero... ¿tu cómo lo sabes? -. Enarque una ceja mirándolo con suspicacia. No había tenido tiempo de contarle a nadie mi más reciente desgracia, por el simple hecho de que ni siquiera yo aún la asimilaba del todo.
Joshua se acomodó en supuesto, adoptando una posición parecida a la de un maestro universitario cuando quiere explicarle algo obvio. Me miró como si estuviese impresionado de que no lo captara a la primera y junto ambas manos, apoyando su barbilla sobre ellas.
No pude evitar compararlo con Montgomery Burns, un personaje muy famoso de la caricatura Los Simpson, solté una risita por lo bajo, sabiendo que entre el millonario cruel y mi amigo no había ningún tipo de apariencia en común. Por el rabillo del ojo observé como el parque empezaba a llenarse cada vez más.
-Llevas el último mes solamente hablando de eso. Tal parece atrajiste tu propia mala suerte. -respondió en un tono de gran conocedor que me hizo rodar los ojos. -Velo por lado positivo.
-¿Y ese cual sería?
Joshua se encogió de hombros.
-No lo sé, pero debe haber alguno.
-Es fácil decirlo cuando no tienes que pasar seis horas de tu vida con chicos recién graduados de bachillerato que no tienen ni idea de lo que les espera en la universidad. -afirme llevándome las manos a la cabeza. -Y no fuera tan malo, pero es que la mayoría ni siquiera me impresionan. Todos parecen que han sido cortados con el mismo patrón, conversaciones iguales, intereses idénticos y sin ningún tipo de aporte enriquecedor. -aseguré estremeciéndome, no había nada más terrorífico que eso. -¿Dónde quedo nuestra individualidad? ¿En qué momento nos convertimos en una copia barata de la personalidad de alguien más?
-¿Te levantaste filosófica hoy? -Le lancé una mala mirada. -De acuerdo, hablando en serio, creo que estas actuando más como escritora que como maestra. Tu trabajo es evaluar sus conocimientos, no la profundidad de sus almas. -respondió haciendo un movimiento con las manos para restarle importancia. Asentí, pero no me sentía más tranquila, iba a responder cuando el teléfono de Joshua sonó. -Es un mensaje de Katherine, nos invita a un toque tiene esta tarde. -dijo leyendo la información, su expresión se tornaba cada vez más asustada conforme avanzaba.
-No. -respondí casi por instinto.
-Es nuestra amiga. -dijo Joshua frunciendo el ceño.
-Ya lo sé, y me sabe mal dejarla plantada. Pero no hay manera en el infierno de que yo me presente allí.
-Han pasado ocho meses, deberías superarlo. -dijo estirando una de sus manos para tomar la mía, me aparte rápidamente. -No puedes simplemente no ir a la presentación de tu amiga porque tu ex también es parte de la banda. -alegó en un tono de reproche. Bajé la cabeza, me sentía como una adolescente siendo reñida por sus padres cuando la encuentran con su novio en la habitación, no que yo tuviese algún tipo de experiencia en eso por supuesto, pero me imaginaba que así debía ser.
-Ya lo superé, pero aún no estoy lista para verla de nuevo. -dije cruzándome de brazos. -¡Es la verdad! -chille llamando la atención de algunas personas que pasaban por allí.
Era muy consciente de que Joshua tenía razón y que mi actitud estaba rayando lo infantil. Mi última pareja y yo habíamos terminado así casi un año, después de la que encontré engañándome con alguien más, en ese entonces ya vivíamos juntas y la separación fue el doble de dramática.
Nos conocimos por medio de Katherine cuando nos presentó a la bajista del grupo e hicimos clic casi al instante, teníamos una química increíble y gracias a eso cometí el terrible error de proponerle que se mudara a mi apartamento, con apenas seis meses de estar en un noviazgo. La luna de miel, como le gusta llamarle a mis amigos, no duro demasiado, solo vasto un par de meses para que las discusiones comenzaran.
Ciertamente no me sorprendió que me engañara, era lago que venía sospechando. Pero sus razones para hacerlo fueron tan estúpidas e incoherentes que las recuerdo y me causan gracia: aparénteme yo no podía complacerla en la intimidad y termino buscando alguien que si lo hiciera. Que intentara hacerme sentir culpable, como si yo hubiese orillado a tomar esa decisión fue la gota que derramó el vaso. Le pedí que recogiera sus cosas y se marchara, no tenía intención de volverla a ver nunca más.
-Sabes que las cosas no terminaron bien entre nosotras. -Joshua asintió, claro que lo sabía, yo misma se lo conté y se ofreció a perseguirla y raparle el cráneo en venganza. Cuando me negué termino por quedarse toda la noche conmigo, viendo películas de terror clásicas y comiendo helado.
-Pero fue su responsabilidad, ella decidió acabar lo que tenía contigo. Y no puedes pasarte el resto de tu vida escondiéndote de esa forma. -Esbocé una pequeña sonrisa, él tenía razón. -Al menos prométeme que lo pensaras, por favor. -pidió apretando mis manos, asentí y las soltó visiblemente más calmado. Nos levantamos de la mesa para ir a una cafetería que quedaba cerca por algo para desayunar, mi estomago empezaba a rugir de hambre.
En el camino nos topamos con algunos turistas que pedían ayuda con alguna dirección o para tomar una foto, Joshua se ofrecía encantado mientras yo me quedaba un poco alejada del resto. Mi amigo poseía un encanto magnético casi natural, le agradaba a todo el mundo y era fácil confiar en él porque desprendía una alegría contagiosa, resultaba casi imposible no sentirse cómodo a su lado. A lo mejor por eso trabajaba para una pequeña agencia publicitaria, todos sus clientes admiraban tanto sus creaciones, que a veces ni notaban que detrás de esa sonrisa fácil y expresión afable se escondía un hombre ambicioso que sabia venderse como un producto, ofreciendo su mejor perfil al mundo. Era afortunada por ser de las pocas personas que conocían al verdadero Joshua, no solo a la marca y disfrutaba burlándome de aquellos que presumían de hacerlo, porque él conocía a muchos, pero era amigo de pocos.
-A veces envidio la facilidad que tienes para relacionarte con todo el mundo. -admití cuando llegamos al café. El nombre del lugar resaltaba en un enorme cartel de color marrón y letras doradas: Caffé Marceletti.
Joshua me observó con una ceja alzada, de haberlo intentado estoy segura que podría escuchar los engranajes de su mente trabajar a toda velocidad, desesperados por encontrar algún sentido en lo que acaba de decir. Sus parecían hablarme, eso o comenzaba a ver demasiadas películas de ciencia ficción y fantasía, donde los protagonistas eran capaces de comunicarse con una sola mirada.
<< ¿A que demonios se debe eso? >> leí en ellos.
Nos sentamos en una de las mesas que daban al exterior, Joshua y yo solíamos venir aquí al menos tres veces a la semana desde que descubrimos los deliciosos panecillos que servían. Una mujer de edad mayor se acercó, esbozando una sonrisa radiante en cuanto nos vio; era la dueña del establecimiento, Marcela Dinusso, la conocía más o menos desde que llegué a Roma. Era regordeta y un poco baja, aunque sin salirse de la estatura promedio, sus cabellos negros relucían todo el tiempo como el ala de un cuervo, pero yo sabía que se los teñía constantemente.
Marcela abrazó a cada uno con la fuerza suficiente para rompernos un hueso si así lo hubiese querido, impregnándonos del característico olor a mantequilla y harina que había llegado a asociar con ella. Dejó un beso en nuestras mejillas y se sentó a nuestro lado, la anciana se veía radiante y me sonroje porque no estaba acostumbrada a provocar ese tipo de reacción en los demás. Quizás solo se debía a la presencia de Joshua. Usaba un vestido de color borgoña que le llegaba a la altura de las rodillas, que resaltaba sus profundos ojos marrones y lo combinaba con un delantal blanco y zapatillas negras planas.
-Ma guarda chi c'è qui. Miei cari figli! -gritó con efusividad. -Pensé que se habían vuelto un par de malagradecidos, pero los hijos pródigos siempre regresan a su hogar. -afirmó en tono enojado.
Unos cuantos comensales observaban con diversión mal disimulada la situación, pues era de conocimiento público el carácter que poseía la dueña del local. Nadie, y en esto quiero hacer mucho hincapié, pero absolutamente nadie, quería tener problemas con esa mujer; a lo mejor su sangre irlandesa tenía algo que ver en ello, pero todavía no llegaba al nivel de superstición donde creía que la ascendencia de una persona definía su conducta para con los otros. Bien podría ser que se debiera a que su signo era tauro, uno nunca estaba del todo seguro cuando de estas cosas se trata.
-Siamo molto dispiaciuti di offenderti, Marcela! -se disculpó Joshua tomándola de una mano y regalándole una mirada inocente junto con una sonrisa encantadora. -Pero déjame decirte que hoy estás bellissima. -inquirió dejando un beso en sus nudillos, que provoco el sonrojo inmediato de la dama, cuyo rostro adquirió el mismo color de los tomates maduros.
-Ragazzo dispettoso. -siseó Marcela golpeándolo con uno de los trapos que traía para limpiar las mesas. -Debes tener más respeto por tus mayores. -afirmó poniendo los brazos en jarra, aunque sus mejillas aun mantenían la prueba de su vergüenza.
Ambos reímos sin poder evitarlo y pasamos un brazo por cada hombro, besando los cachetes de la anciana, quien se limitó a refunfuñar y mirarnos enojada. Los sacudió a los de su espacio, pero yo era consciente de que solo no quería que la vieran mostrar debilidad por nosotros, según sus propias palabras: "Luego todos pensaran que soy una vecchia de corazón blando".
-¿Van a ordenar algo o solo vienen a molestar mi negocio? -inquirió sacando una libreta de los bolsillos del delantal para anotar lo que pidieran.
Moví la cabeza de un lado a otro, impresionada y sin poder creer el orgullo de la mujer. Pero era precisamente eso lo que me gustaba de ella, era una total cascarrabias que había quedado viuda muy joven y sin hijos, tampoco tenía hermanos, así que luego de la muerte de sus padres quedo totalmente sola en el mundo. Lejos de que eso la detuviera, descubrió su pasión por la repostería y luego de mucho trabajo arduo, logró montar su propio cafetín que estaba pronto a cumplir los treinta años desde su apertura. Vivía sola y sin más compañía diaria que la de sus clientes y alguna ocasional amigao, manteniéndose plena con la compañía de sí misma. Creía fielmente que, si contaba con suerte, cuando fuese mayor tendría la misma vida que ella.
Marcela tomó nuestro pedido y se dio la vuelta para ir a buscarlo, mientras tanto Joshua y yo aprovechamos para explotar en carcajadas. Sin duda alguna esos eran los pequeños placeres de la vida de los que nunca me cansaría y por los que me levantaba cada mañana. Regresó demasiado pronto, por lo que tuvimos que enseriarnos rápidamente para evitar otra regañina; con cuidado dejó los platos sobre la mesa y se despidió besando nuestras coronillas, el enojo ya se había esfumado.
Atacamos el desayuno sin detenernos a pensar ni un segundo, habíamos pedido dos croissants rellenos de mermelada de cereza y nutella. Habría querido tomarme un expresso, pero Joshua insistió en que ya había bebido demasiada cafeína por la mañana, por lo que terminamos ordenando dos vasos de jugo de naranja. En cuanto la masa enmantequillada tocó mi boca solté un gemido de complacencia, no era creyente, pero en ese momento no supe a quién agradecerle por la inversión de tan deliciosa comida.
<< Si he de morir, espero que se ahora>> pensé dándole un nuevo mordisco al croissant. El chocolate se esparció por la comisura de mis labios y tuve que tomar una servilleta para limpiarme.
-Ganaríamos mucho dinero si fueses actriz porno. -aseguró Joshua, aunque por el rabillo del ojo note que le daba una mordida a su propio pan hojaldrado e imitaba mi gesto sin disimular mucho.
-Quebraríamos rápido, nadie tendría pagar mis altos precios. -afirmé chupándome el dedo pulgar, que había quedado cubierto de chocolate y dándole un sorbo a mi jugo.
El desayuno me sentó bien, después de comer mi ánimo siempre despegaba y ya no actuaba como un perro rabioso cada vez que me hablaban. Me distraje observando las calles romanas, nunca me arrepentí al tomar la decisión de mudarme para acá, a pesar de las dificultades no podía negar que había crecido como persona durante los últimos años y también académicamente pues la ciudad me dio la oportunidad de aprender, ya que en si misma era una enciclopedia de conocimientos. A la que solo le hacía falta exponerse al mundo y permitir que los demás la conocieran.
<< Complimenti per l'italia!>> pensé terminando mi bebida.