Capítulo 1: El Callejón
Las calles de Palermo respiraban una mezcla de lujo y peligro cuando caía la noche. La ciudad tenía dos rostros: el de la elegancia y el de la oscuridad. En los barrios iluminados, la vida nocturna vibraba con risas y copas de vino; pero en los callejones apartados, como el que Carla Rossi acababa de elegir, la historia era otra.
La joven caminaba con prisa, el corazón aún latiéndole con fuerza por la discusión con su madre.
-No tienes derecho a preguntar por él, Carla. No después de todo lo que hizo.
Pero ella sí tenía derecho. Lo sentía en cada fibra de su ser. Durante diecisiete años, su madre se había negado a decirle la verdad sobre su padre. ¿Por qué tanto misterio? ¿Qué tan malo podía haber sido para que ni siquiera mencionara su nombre?
Necesitaba despejar su mente. Sacó un cigarro y lo encendió con manos temblorosas.
El primer suspiro de humo la calmó un poco.
Entonces, escuchó un ruido.
Un quejido bajo.
Su cuerpo se tensó al instante.
A unos metros de ella, en el suelo, había un hombre.
No era un indigente ni alguien ebrio. Su traje negro, aunque desarreglado, era de alta costura. Su camisa blanca estaba empapada de algo oscuro y espeso.
Sangre.
Carla sintió un escalofrío recorrer su espalda.
El hombre respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba de forma errática. Su mandíbula estaba apretada, como si luchara contra un dolor insoportable.
Pero lo que más la impactó fueron sus manos.
Tatuadas.
Líneas gruesas, símbolos oscuros, letras que parecían contar una historia de violencia y poder.
Quiso correr. Su instinto le gritaba que huyera. Pero sus pies no respondieron.
Se obligó a hablar.
-Señor... ¿está bien?
El hombre apenas logró abrir los ojos. Eran oscuros, tormentosos, intensos.
-Mi teléfono... -murmuró, su voz rota por el dolor-. Franco... llama a Franco.
Carla tragó saliva. ¿Quién diablos era este tipo?
Dudó un segundo, pero la urgencia en su mirada la obligó a moverse. Buscó en los bolsillos del hombre hasta dar con su teléfono. La pantalla estaba manchada de sangre. Lo encendió y vio que el último contacto registrado era Franco.
Marcó.
La llamada apenas sonó dos veces antes de que una voz grave respondiera.
-¿Dónde estás?
Carla abrió la boca, pero su voz salió temblorosa.
-H-hay un hombre herido... dijo que lo llamara.
Silencio.
Luego, un tono más frío.
-¿Quién eres?
-Me llamo Carla. Lo encontré en un callejón... está sangrando mucho.
Franco maldijo en voz baja.
-Dime la dirección exacta.
Carla miró a su alrededor y tartamudeó el nombre de la calle.
-Voy en diez minutos. No te muevas.
La llamada se cortó.
Diez minutos.
Carla bajó la vista al hombre herido. Diez minutos podrían ser demasiado.
Se arrodilló a su lado sin pensar y le tocó la mejilla suavemente. Estaba sudando, su respiración cada vez más pesada.
-Oiga... tiene que aguantar -le dijo, con una voz más firme de lo que esperaba-. Respire. No se muera en mis brazos.
Él abrió los ojos con esfuerzo. Una sombra de arrogancia brilló en su mirada, incluso en ese estado.
-No soy tan fácil de matar, piccola...
Carla sintió que su pecho se apretaba ante ese tono de voz, bajo y peligroso. Pero el miedo no la dejó moverse.
Lo vio parpadear varias veces, su cuerpo temblar levemente.
-¡No! -exclamó, sacudiéndolo un poco-. No se duerma. ¡Manténgase despierto!
El hombre soltó un suspiro pesado y sonrió apenas.
-Eres mandona...
Carla entrecerró los ojos.
-¡Cállese y respire!
El sonido de un motor interrumpió la escena.
Un coche negro apareció al final del callejón. Los faros iluminaron a Carla y al hombre herido como si fueran los únicos dos habitantes del mundo.
La puerta trasera se abrió, y de él salió un hombre alto, vestido de traje, con una expresión severa.
Franco.
Sus ojos pasaron de la figura en el suelo a Carla en un segundo.
-Joder, jefe... -murmuró mientras se arrodillaba junto al herido-. ¿Qué diablos pasó?
El hombre herido apenas pudo responder.
-Después...
Franco endureció la mandíbula y desvió su mirada a Carla.
-¿Quién es esta?
Carla sintió el peligro crecer a su alrededor. No le gustó la forma en que la miró, como si fuera un problema que debía resolverse.
-Ella... me encontró -susurró el hombre herido.
Franco se tensó.
Carla sintió que algo acababa de cambiar.
-Súbela al coche.
-¿Qué? ¡No, yo no-!
Franco no le dio oportunidad de reaccionar. Antes de que pudiera correr, una mano fuerte la sujetó del brazo y la arrastró hacia el vehículo.
Cuando la puerta se cerró tras ella, comprendió algo aterrador.
Acababa de cruzar la línea entre su vida normal y un mundo del que quizás no podría salir.
Uno donde los hombres sangraban en callejones oscuros.
Uno donde un desconocido de mirada tormentosa acababa de decidir su destino.
El rugido del motor y la suavidad con la que el auto recorría las calles de Palermo deberían haberla tranquilizado, pero Carla Rossi no sentía nada parecido a calma.
Estaba atrapada.
Intentó abrir la puerta, pero estaba bloqueada. Sus manos temblaban, su respiración era errática. ¿Qué demonios estaba pasando?
-Déjame salir -dijo, con la voz más firme que pudo.
Franco, el hombre del traje, ni siquiera la miró.
-No vas a ir a ninguna parte.
Carla apretó los dientes y desvió la mirada al hombre herido junto a ella. Fabrizio. Aún estaba pálido, su camisa manchada de sangre, pero había algo en su expresión que la hizo estremecer. No miedo. No dolor. Solo paciencia.
Como si todo estuviera bajo control.
El coche cruzó grandes avenidas y luego tomó un camino más solitario, rodeado de árboles oscuros que se mecían con el viento. Cuando las grandes rejas de hierro aparecieron frente a ellos, Carla comprendió que ya no estaba en Palermo.
Era otro mundo.
Las puertas se abrieron automáticamente, y el auto avanzó por un camino de piedra que llevaba a una enorme mansión iluminada. Carla sintió su estómago revolverse.
El vehículo se detuvo frente a la entrada. Franco bajó primero, luego abrió la puerta y, con una firmeza que no admitía protestas, la obligó a salir.
-Muévete.
Carla miró la imponente mansión, sintiendo que cada paso que daba era otro clavo en su tumba.
Una vez dentro, la grandiosidad del lugar la abrumó. Todo era lujo: mármol, arañas de cristal, arte en las paredes. Pero había algo frío en esa riqueza, algo que no se sentía como un hogar.
Franco no le dio tiempo de observar más.
-Aquí es donde te quedarás.
Empujó una puerta y la metió dentro.
Una habitación enorme.
Las paredes eran de un color beige cálido, había un gran ventanal con cortinas de seda, un baño privado y una cama que parecía más cómoda de lo que cualquier persona normal necesitaría.
-No pienso quedarme aquí -espetó Carla, dándose la vuelta.
Pero Franco ya había cerrado la puerta.
Y por el sonido del cerrojo girando, también la había encerrado.
Carla estaba atrapada.
Horas después...
Carla no sabía cuánto tiempo había pasado. Se había sentado en el borde de la cama, abrazándose a sí misma, tratando de calmar su respiración. Tenía miedo.
La herida de Fabrizio... la sangre... todo lo que había pasado parecía un mal sueño. Pero estaba despierta.
Cuando la puerta se abrió de golpe, su cuerpo se tensó.
Fabrizio entró primero.
Había cambiado de ropa. Ahora llevaba una camisa negra abierta en el cuello, su piel aún pálida, pero con menos rastros de dolor. En su torso, entre los tatuajes, una gasa cubría la herida de bala.
Franco entró detrás de él, cruzándose de brazos con el mismo gesto severo de siempre.
Carla se puso de pie de inmediato.
-¿Quiénes son ustedes? -exigió, su voz temblando un poco-. ¿Qué quieren de mí?
Fabrizio la miró en silencio por un momento. Sus ojos negros la estudiaron, como si midieran cada parte de su ser.
-Solo quiero darte las gracias.
Su tono era bajo, grave.
Carla sintió un escalofrío.
-¿Gracias? -repitió, incrédula-. ¿Me secuestran y ahora dices que solo quieres agradecerme?
Franco soltó una carcajada fría.
-Jefe, déjame deshacerme de ella.
Carla palideció.
Fabrizio giró la cabeza lentamente hacia Franco, su mirada volviéndose más afilada.
-No.
Fue una sola palabra. Pero el aire en la habitación cambió.
Franco frunció el ceño.
-Es una chica cualquiera. No sabemos si podemos confiar en ella.
-Me salvó la vida -cortó Fabrizio, sin levantar la voz-. Ahora la protegeré.
El silencio que siguió fue tenso.
Carla miró a los dos hombres, su pecho subiendo y bajando rápidamente.
-No necesito tu protección -espetó, sintiendo su rabia ganar terreno sobre el miedo-. Solo quiero irme a mi casa.
Fabrizio la observó por un momento antes de hablar.
-No puedes.
Carla entrecerró los ojos.
-¿Por qué no?
Fabrizio dio un paso más cerca, y ella casi retrocedió. Casi.
-Porque ahora tu vida corre peligro.
Carla sintió su pulso acelerarse.
-¿De qué estás hablando?
-Mis enemigos saben que fuiste tú quien me salvó -respondió él, su voz tan tranquila que resultaba escalofriante-. Y eso te convierte en un problema para ellos.
Carla negó con la cabeza.
-Eso no tiene sentido... yo no sé nada. No sé quién eres, ni qué haces, ni por qué estabas herido.
Fabrizio ladeó la cabeza.
-Pero estuviste allí. Y en este mundo, eso es suficiente.
Las palabras se quedaron suspendidas en el aire.
Carla sintió que todo su cuerpo se volvía de piedra.
¿Qué clase de mundo era este?
-Te pido que te quedes -continuó Fabrizio, con un tono casi suave-. Aquí estarás segura.
Carla apretó los puños.
-No quiero.
Fabrizio suspiró, como si su respuesta no lo sorprendiera.
-No tienes opción.
Carla sintió un nudo formarse en su garganta.
Estaba atrapada.
No en una simple habitación.
Sino en un juego del que no sabía nada.
Y el hombre que tenía enfrente, con sus tatuajes y su mirada de tormenta, era el dueño de las reglas.
El pecho de Carla subía y bajaba rápidamente. No podía aceptar esto. No podía quedarse allí, encerrada en una mansión que parecía más una jaula que un refugio.
Los ojos de Fabrizio seguían clavados en ella, firmes, impenetrables. Fríos. Como si ya hubiera tomado una decisión y nada pudiera hacerlo cambiar de opinión.
Pero Carla sintió el nudo en su garganta romperse.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
-Por favor... -susurró, su voz quebrándose.
Fabrizio frunció el ceño.
Carla apretó los puños, temblando.
-Por favor, déjame ir a casa. No sé nada de ti, no diré nada... solo quiero volver con mi madre.
Franco soltó una carcajada baja y sarcástica.
-No le hagas caso, jefe. Siempre dicen eso.
Carla lo ignoró, sus ojos empañados solo estaban fijos en Fabrizio.
-Te lo suplico.
Él no respondió.
Solo la miró.
Y por primera vez en su vida, Fabrizio Antonucci sintió algo extraño en el pecho.
Era un sentimiento que no reconocía, algo que lo hacía sentirse incómodo.
Miedo.
No miedo por él. No miedo por su vida, ni por la guerra que enfrentaba cada día.
Era miedo de verla así.
Tan pequeña, tan indefensa, con las lágrimas cayendo por su rostro mientras lo miraba como si él tuviera el poder de salvarla.
Y lo tenía.
Fabrizio cerró los ojos un momento, respiró hondo y luego habló.
-Franco.
Su hombre de confianza lo miró de inmediato.
-Llévala a su casa.
El silencio que siguió fue denso.
Carla apenas podía creer lo que había oído.
Franco, en cambio, reaccionó con el ceño fruncido.
-Jefe, ¿estás seguro?
Fabrizio lo fulminó con la mirada.
-Llévala. Pero mantenla vigilada.
Carla tragó saliva.
Franco chasqueó la lengua, claramente molesto con la orden.
-Como quieras.
Fabrizio desvió su mirada de él y la clavó en Carla una vez más.
-Puedes irte -dijo, con voz neutra-. Pero si algo llega a pasar, no vuelvas a llorar.
Carla sintió un escalofrío.
Había algo en su tono, en su manera de decirlo, que la hizo preguntarse si realmente estaba a salvo.
Pero no le importaba.
Solo quería irse.
Y por ahora, eso era suficiente.
El viaje de regreso a Palermo fue silencioso.
Franco conducía con expresión tensa, sin siquiera mirarla. A su lado, Carla mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo, los nudillos blancos de tanto apretarlos. Aún no podía creer que Fabrizio la hubiera dejado ir.
Pero lo había hecho.
Aunque su última advertencia aún resonaba en su mente: "Si algo llega a pasar, no vuelvas a llorar."
Era una amenaza y una promesa al mismo tiempo.
Cuando el auto se detuvo frente a su edificio, Carla sintió su corazón latir con fuerza. Estaba en casa.
-Bájate -ordenó Franco, sin mirarla.
Carla tragó saliva y salió del coche rápidamente. Pero cuando dio un paso hacia su puerta, Franco habló de nuevo:
-No intentes hacer nada estúpido.
Ella se volteó y lo encontró mirándola con una sonrisa fría.
-¿Qué quieres decir?
-Que no estás libre -susurró él-. Fabrizio dijo que te quiere vigilada. Y eso haré.
Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Franco encendió un cigarro y se inclinó sobre la ventanilla del auto.
-Dulces sueños, princesa.
El coche arrancó y desapareció por la calle.
Carla permaneció de pie, congelada en su lugar, hasta que su madre abrió la puerta.
-¡Carla! -exclamó con el ceño fruncido-. ¿Dónde estabas?
El corazón de Carla se detuvo por un segundo.
-Yo... estaba con Jaquelin.
Su madre entrecerró los ojos.
-Te llamé y no contestaste.
-Tenía el celular en silencio -mintió rápidamente.
El rostro de su madre se relajó un poco, aunque aún la miraba con desconfianza.
-La próxima vez avísame, ¿sí? Me preocupé.
Carla solo asintió, sintiendo que su pecho aún estaba demasiado apretado.
Porque, aunque estuviera en casa, no se sentía libre.
Y algo en su interior le decía que Fabrizio Antonucci aún no había salido de su vida.
Capítulo 2: Un Secreto Peligroso
El sol de la mañana bañaba las calles de Palermo con un brillo dorado, pero para Carla Rossi, la ciudad ya no se sentía igual.
Todo parecía normal. Demasiado normal.
Los autos pasaban, la gente caminaba apurada con sus cafés en mano, las voces de los vendedores llenaban el aire. Pero ella no podía sacarse la sensación de que alguien la observaba.
Caminó con paso rápido hasta la plaza donde siempre se encontraba con Jaquelin. Su mejor amiga ya estaba ahí, sentada en una banca bajo la sombra de un árbol, con sus gafas de sol y el cabello oscuro suelto sobre los hombros.
-¡Carla! -exclamó al verla-. ¿Dónde demonios estuviste anoche? Te mandé mensajes y no respondiste.
Carla se sentó a su lado y sacó un cigarro de su bolsillo. Necesitaba calmarse.
-Tengo que contarte algo -susurró, encendiéndolo con manos temblorosas.
Jaquelin la miró con el ceño fruncido.
-¿Qué pasa?
Carla dio una calada profunda antes de soltar el humo lentamente.
-Anoche... me pasó algo.
Su amiga la miró con más atención, quitándose las gafas.
-¿Algo malo?
Carla asintió y tragó saliva.
-Pero antes de contártelo... júrame que no dirás nada. A nadie. Ni a tu madre.
Jaquelin frunció el ceño.
-¿Es en serio?
-Júralo.
Su mejor amiga la miró por un momento, antes de suspirar.
-Está bien, lo juro.
Carla apagó el cigarro contra la banca y la miró con los ojos llenos de miedo.
-Jaquelin... anoche salvé la vida de un mafioso.
El rostro de su amiga cambió por completo.
-¿Qué?
Carla respiró hondo.
-Me encontré con un hombre herido en un callejón... y resultó ser Fabrizio Antonucci.
Jaquelin abrió la boca, pero no pudo decir nada.
Porque en Palermo, ese nombre lo significaba todo.
Jaquelin se quedó en silencio por varios segundos, mirando a Carla con los ojos muy abiertos. Luego negó con la cabeza, como si hubiera oído mal.
-Carla... ese hombre es muy peligroso.
Carla soltó un suspiro tembloroso y se pasó una mano por el cabello, todavía sintiendo la tensión en su cuerpo.
-Lo sé -murmuró-. Pero eso no es todo.
Jaquelin se cruzó de brazos, expectante.
Carla tragó saliva antes de continuar.
-Dice que ahora mi vida corre peligro por haberle salvado.
Su amiga parpadeó varias veces, intentando procesar sus palabras.
-¿Cómo?
-Que sus enemigos me vieron, que podrían ir tras de mí... -Carla hizo una pausa, sintiendo el peso de lo que estaba diciendo-. Me quería retener en su casa.
Jaquelin se tensó.
-¿Qué?
-Sí... me encerró en una habitación. Quería que me quedara allí porque, según él, era la única forma de mantenerme a salvo.
Jaquelin se llevó una mano a la boca.
-Dios... ¿Y cómo saliste de ahí?
Carla dejó caer la cabeza entre sus manos y exhaló con fuerza.
-Lloré... entré en pánico... y no sé cómo... de repente me dijo que me podía ir a casa.
Jaquelin la miró como si hubiera perdido la cabeza.
-¿Fabrizio Antonucci simplemente te dejó ir?
Carla asintió lentamente.
-Sí.
Jaquelin negó con la cabeza de nuevo, incrédula.
-Eso no tiene sentido. Ese tipo no es conocido por ser compasivo. Si te dejó ir... debe haber una razón.
Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Porque, en el fondo, ella también lo sabía.
Fabrizio no hacía nada sin un motivo.
Jaquelin miró a Carla con preocupación, pero no insistió más.
-Nos vemos después, ¿sí? -dijo finalmente.
-Sí... nos vemos.
Jaquelin le lanzó una última mirada antes de alejarse.
Carla se quedó allí, sintiendo su corazón aún latiendo con fuerza.
Sacó otro cigarro con dedos temblorosos y lo encendió. Dio una calada profunda, tratando de calmarse, pero su mente no dejaba de reproducir lo que había ocurrido la noche anterior. La sangre. La herida. Sus ojos.
No podía creer que hubiera pasado por todo eso.
Exhaló el humo lentamente y siguió caminando hacia su casa.
Pero cuando estaba a solo unos pasos de su edificio, una voz masculina rompió el silencio.
-Ragazza, no deberías andar sola.
Carla se detuvo en seco.
El miedo la recorrió antes de siquiera darse la vuelta.
Giró la cabeza lentamente y su sangre se congeló.
Un hombre estaba allí, a solo unos metros de ella. Ojos fríos, expresión dura... y en su mano, una pistola.
Apuntándola.
Carla sintió su cuerpo paralizarse.
No podía moverse. No podía gritar.
El hombre apretó los labios y ajustó la pistola, su dedo deslizándose hacia el gatillo.
Pero nunca llegó a disparar.
¡BOOM!
El sonido del disparo retumbó en el aire.
El hombre cayó al suelo de inmediato, su pistola resbalando de sus dedos.
Carla sintió su respiración atraparse en su garganta. Su cuerpo entero temblaba cuando, con el corazón desbocado, levantó la vista.
Fabrizio Antonucci estaba a unos metros de distancia, con su arma aún humeante.
Su rostro era pura piedra, su mirada oscura y peligrosa.
Carla quería moverse. Quería correr.
Pero estaba congelada.
Fabrizio se acercó a ella en dos grandes zancadas y la sujetó del brazo.
-Sube al coche -ordenó con voz dura.
Carla negó rápidamente, retrocediendo un paso.
-No... no...
-Carla, sube al coche.
-¡No!
Pero Fabrizio no le dio opción.
Antes de que pudiera hacer algo, él la tomó con fuerza y prácticamente la metió en el auto negro que esperaba a un lado de la calle.
La puerta se cerró con un golpe seco y, segundos después, el motor rugió mientras el coche se ponía en marcha.
Carla respiraba rápido, sintiendo el pánico ahogarla.
-No puedes hacer esto -dijo con voz entrecortada-. No puedes obligarme.
Fabrizio no la miró, sus ojos estaban fijos en la carretera.
-Acabo de salvarte la vida.
Carla apretó los puños.
-Eso no significa que puedas secuestrarme.
Fabrizio finalmente giró el rostro y la miró fijamente.
-Si no vienes conmigo, vas a morir.
Carla sintió un escalofrío recorrerle la piel.
-Eso no es cierto...
-¿Ah, no? -Su voz fue un susurro peligroso-. ¿Has visto lo cerca que estabas de morir?
Carla bajó la mirada.
Sí. Lo había visto. Lo había sentido.
-No puedo ir contigo -susurró-. Mi madre...
-No tienes opción.
-¡Sí la tengo! -soltó de golpe, con desesperación-. Si me voy, mi madre me buscará, llamará a la policía...
Fabrizio no dijo nada.
Carla respiró hondo, tratando de controlar su miedo.
-Si quieres que vaya contigo, tiene que ser con una condición.
Fabrizio alzó una ceja, pero no dijo nada, esperando que continuara.
-Déjame decirle a mi madre que me voy por un tiempo. Que encontré un trabajo en otra ciudad. Así no me buscará. No llamará a la policía.
El silencio en el auto se alargó.
Fabrizio la miró por un largo rato, su mandíbula tensa.
Finalmente, suspiró y volvió la vista al frente.
-Tienes una llamada.
Carla sintió su cuerpo relajarse un poco.
Pero en el fondo, sabía la verdad.
No había escapado de Fabrizio Antonucci.
Solo había logrado negociar su propia jaula.
El auto avanzaba a toda velocidad por las calles de Palermo. Carla miraba por la ventanilla, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
No tenía opción.
Fabrizio tenía razón. Había estado a segundos de morir.
Con manos temblorosas, sacó su teléfono y marcó el número de su madre.
El tono sonó dos veces antes de que ella contestara.
-¿Carla?
La voz de su madre la golpeó con fuerza en el pecho.
Carla cerró los ojos por un momento antes de obligarse a hablar con calma.
-Mamá... te llamo para decirte algo.
-¿Qué pasa? ¿Estás bien?
-Sí, sí... estoy bien. Es solo que... -tomó aire-. Encontré un trabajo en otra ciudad.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
-¿Qué? ¿Cómo que en otra ciudad?
-Es algo temporal -mintió-. Una oportunidad que no podía rechazar.
-¿Desde cuándo estabas buscando trabajo fuera? -preguntó su madre, claramente confundida.
Carla mordió su labio con fuerza.
-Salió de repente. Es en una empresa importante... me pagarán bien.
-No sé, Carla... esto suena raro.
-Mamá, estaré bien -insistió-. Solo quería avisarte para que no te preocuparas.
Su madre suspiró al otro lado de la línea.
-¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Carla miró a Fabrizio de reojo.
Él seguía conduciendo, su expresión fría e impenetrable.
-No lo sé... pero te llamaré.
-Carla...
-Te quiero, mamá.
No esperó a que ella respondiera. Colgó.
Sus manos temblaban cuando bajó el teléfono.
Pero no había terminado.
Abrió la conversación con Jaquelin y escribió rápido.
"Estoy bien. No te preocupes. Estaré con él."
Tres segundos después, Jaquelin respondió.
"¿Qué? ¿Qué significa eso?"
Carla la ignoró.
Guardó el teléfono en su bolsillo y cerró los ojos por un momento.
Sentía que su vida acababa de dar un giro del que ya no había vuelta atrás.
El auto se detuvo frente a una imponente mansión en las afueras de Palermo. Era enorme, majestuosa y aterradora al mismo tiempo.
Las verjas negras se abrieron lentamente, y Carla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Fabrizio no dijo nada mientras conducía por el largo camino de piedra que llevaba a la entrada principal. El silencio entre ellos era pesado, sofocante.
Cuando el coche finalmente se detuvo, Carla sintió su cuerpo entumecido.
La puerta se abrió de golpe.
Franco la miraba con su expresión dura y arrogante.
-Baja -ordenó.
Carla tragó saliva y salió del auto.
El aire fresco de la noche la envolvió, pero no logró calmar su ansiedad. Sus ojos recorrieron la mansión, la fuente en el jardín, las luces cálidas iluminando la fachada de piedra... parecía sacada de una película, pero ella no era una invitada.
Era una prisionera.
Fabrizio salió del auto sin apurarse. Se sacó la chaqueta y caminó hacia la puerta sin siquiera mirarla.
Antes de entrar, se detuvo y se giró hacia ella.
-Depende de ti -dijo con frialdad- si esto es una cárcel o tu nueva casa.
Su voz era baja, controlada, pero con un matiz peligroso.
Carla sintió un nudo en la garganta.
-No quiero estar aquí...
-Dúchate y ven a mi oficina. -Su tono no admitía discusión-. Tenemos que hablar.
Y sin esperar respuesta, desapareció dentro de la mansión.
Carla apretó los puños.
No quería estar allí. No quería depender de él. Pero tampoco quería morir.
Con pasos lentos y el corazón acelerado, cruzó la puerta. Su vida, tal como la conocía, había cambiado para siempre.
Capítulo 3: Una Propuesta Peligrosa
Carla caminaba por los pasillos de la mansión con el corazón en la garganta.
Era impresionante.
Las paredes estaban decoradas con obras de arte caras, los suelos de mármol brillaban bajo la luz de las lámparas doradas, y todo desprendía un aire de lujo que jamás había imaginado.
Nada de esto era para ella.
Subió las escaleras con pasos lentos hasta llegar a la habitación que le habían asignado. Al entrar, se quedó sin aliento.
El baño era más grande que su propia sala de estar en casa.
Había una bañera enorme de mármol blanco, una ducha de vidrio con detalles dorados, y toallas suaves perfectamente dobladas sobre una mesa.
Se acercó al espejo y vio su reflejo. Su rostro estaba pálido, sus ojos asustados.
Se mordió el labio y empezó a desvestirse con movimientos mecánicos.
El agua caliente cayó sobre su piel y cerró los ojos, dejando que el vapor la envolviera.
Pero su mente no se calmaba.
Pensaba en Fabrizio. En su propuesta. En cómo la había metido en su coche sin opción. En cómo había disparado a un hombre frente a ella sin dudar.
Pensaba en su mirada intensa, en la forma en que la había observado como si ya le perteneciera.
Un escalofrío la recorrió.
Cuando salió del baño, se puso un vestido sencillo que encontró en el armario. Seguramente alguien lo había dejado ahí para ella.
Respiró hondo, tratando de reunir valor, y salió de la habitación.
Cada paso que daba hacia la oficina de Fabrizio se sentía como un paso más hacia el abismo.
Cuando llegó a la puerta, dudó.
Pero no podía evitarlo.
Llamó suavemente.
-Entra.
Su voz profunda traspasó la madera y le revolvió el estómago.
Carla giró el pomo y entró.
La oficina era igual de lujosa que el resto de la casa. Un enorme escritorio de madera oscura dominaba la habitación, y detrás de él, sentado con una expresión indescifrable, estaba Fabrizio Antonucci.
Sus brazos tatuados descansaban sobre el escritorio, y sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo con intensidad.
Ella tragó saliva.
-¿De qué quieres hablar? -preguntó, su voz temblorosa.
Fabrizio se recargó en su silla.
-Carla, ¿cuántos años tienes?
Ella frunció el ceño, sorprendida por la pregunta.
-Diecisiete... recién cumplidos.
Fabrizio asintió lentamente.
-Hmmm...
Se levantó de su silla y caminó hacia ella con pasos calculados.
Carla sintió su cuerpo tensarse cuando lo vio acercarse.
Fabrizio era alto, fuerte, demasiado imponente.
Cuando estuvo justo frente a ella, levantó una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
Carla contuvo la respiración.
-Para protegerte como debe ser... -su voz era baja, grave- tienes que ser mi mujer. Y lo serás.
Su mujer.
La frase la golpeó como un balde de agua fría.
Fabrizio la miraba con intensidad.
-Te daré todo lo que quieras. -Su pulgar rozó suavemente su piel-. Eres preciosa.
Carla estaba paralizada.
Fabrizio también era demasiado atractivo. Su mandíbula cincelada, sus ojos oscuros, su cuerpo fuerte cubierto de tatuajes...
Nunca había estado tan cerca de un hombre. Y menos de alguien como él.
Temible. Peligroso. Letal.
Pero su belleza era hipnótica.
Su olor a madera y tabaco, su voz ronca... todo en él era una trampa.
Una trampa en la que no quería caer.
Carla respiró hondo y se obligó a apartarse.
Negó con la cabeza, su voz temblando pero firme.
-No quiero casarme.
Fabrizio la observó sin expresión.
-No quiero ser tu mujer.
Su mirada se oscureció.
-No quiero tu mundo. No quiero nada de ti.
Su pecho subía y bajaba con fuerza.
-Solo quiero mi LIBERTAD.
El silencio cayó sobre ellos.
Pero Carla supo en ese momento que su deseo no importaba.
Porque Fabrizio Antonucci siempre conseguía lo que quería.
El aire en la oficina se volvió más pesado, cargado de tensión. Carla sentía su corazón golpear con fuerza contra su pecho, pero no apartó la mirada de Fabrizio.
No quería mostrarse débil.
Pero él no parecía afectado en lo más mínimo por su rechazo.
Fabrizio la observó en silencio por un momento, su expresión inescrutable, su mirada oscura y penetrante.
Entonces, con una calma inquietante, pronunció las palabras que la hicieron estremecerse hasta los huesos:
-No tienes opción.
Carla sintió que el estómago se le encogía.
-Aquí mando yo. -Su tono era frío, autoritario, indiscutible-. Y las reglas son las siguientes.
Caminó lentamente alrededor de su escritorio, acercándose a ella con cada palabra.
-Uno. Harás lo que yo te diga y actuarás como mi mujer.
Carla abrió la boca para protestar, pero Fabrizio levantó una ceja, desafiándola a interrumpirlo.
-Dos. No saldrás de la mansión sin mí o sin algunos de mis hombres.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Fabrizio se acercó más, su voz bajó un tono, pero fue aún más amenazante.
-Y tres. Recuerda que me perteneces.
Carla sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro.
-Tu cuerpo me pertenece. No tienes permiso para rechazarme.
Sus palabras la golpearon como un puñetazo.
Los ojos de Carla se llenaron de lágrimas de rabia y miedo, pero se negó a derramarlas frente a él.
-¿Lo entiendes? -preguntó Fabrizio con tranquilidad, como si estuviera dictando las normas de un simple contrato.
Carla tragó saliva con dificultad. Su instinto le gritaba que corriera, que escapara, que hiciera lo que fuera para salir de esa mansión...
Pero no tenía escapatoria.
Fabrizio inclinó la cabeza, como si esperara su respuesta.
Ella apretó los puños y asintió apenas con un movimiento de cabeza.
Un destello de satisfacción cruzó los ojos de Fabrizio.
-Bien. -Se giró y caminó de regreso a su escritorio-. Ya que las reglas están hechas, vete a tu habitación de momento.
Carla no se movió.
-Después te buscaré.
Su tono le erizó la piel.
-Martina estará a tu disposición. -Continuó hablando con naturalidad, como si nada hubiera pasado-. Lo que quieras, se lo pedirás a ella.
Carla sintió que sus piernas pesaban una tonelada mientras daba media vuelta y caminaba hacia la puerta.
Cuando su mano tocó el pomo, la voz de Fabrizio la detuvo.
-Y, Carla.
Ella se quedó paralizada.
-No intentes nada estúpido.
El miedo la paralizó por un segundo.
Pero no respondió.
Abrió la puerta y salió de la oficina con el estómago revuelto.
Sabía que su pesadilla apenas comenzaba.
Carla estaba sentada en el borde de la cama, abrazándose las piernas.
El miedo aún recorría cada fibra de su cuerpo.
Las palabras de Fabrizio resonaban en su cabeza como un eco constante.
"Me perteneces."
Sintió un escalofrío y se mordió el labio para contener las lágrimas, pero era inútil.
El llanto silencioso la sacudió, el nudo en su garganta se hizo más fuerte. Quería despertar de esta pesadilla.
Entonces, un golpe suave en la puerta la hizo saltar.
Se quedó inmóvil, su respiración se aceleró.
-¿Señorita Carla?
Era una voz femenina, tranquila, con un acento italiano más marcado.
-Soy Martina. Estoy aquí para ayudarla.
Carla tragó saliva.
-Pase... -su voz salió quebrada.
La puerta se abrió lentamente y una mujer de unos cuarenta años entró en la habitación. Martina tenía el cabello castaño recogido en un moño y un rostro amable, aunque su expresión estaba cargada de cautela.
-El señor Fabrizio me ha pedido que esté a su disposición -explicó-. Cualquier cosa que necesite, puede pedírmela a mí.
Carla asintió lentamente, sin decir nada.
Martina la observó por un momento antes de sonreír con dulzura.
-¿Quiere cenar algo?
Carla negó con la cabeza de inmediato.
No tenía hambre. No podía comer cuando sentía que el estómago se le cerraba de miedo.
Pero Martina no pareció convencida.
-Tiene que comer algo, signorina.
Carla suspiró.
-No tengo hambre...
-Hago una sopa riquísima -insistió Martina-. Le va a gustar.
Carla la miró con los ojos vidriosos.
Por alguna razón, la calidez de la mujer le recordaba a su madre.
-Solo un poco... -susurró.
Martina sonrió y asintió.
-Bien. No se arrepentirá.
Carla sintió una ligera sensación de alivio en su pecho.
Por primera vez desde que llegó, alguien la trataba con algo de humanidad.
Pero ese pequeño alivio duró apenas unos segundos.
Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sintió una presencia a sus espaldas.
Un silencio sepulcral llenó la habitación.
Martina se tensó de inmediato.
Carla sintió cómo el aire se volvía más denso antes de girarse lentamente.
Fabrizio estaba allí.
De pie en la puerta, observándolas en completo silencio.
Su mirada oscura pasó de Martina a Carla, analizándolas.
Martina bajó la vista de inmediato, mostrando respeto.
-Scusi, Don Fabrizio... -murmuró con nerviosismo antes de inclinar la cabeza y apresurarse hacia la puerta-. Me retiro.
Carla sintió su corazón acelerarse.
Martina cerró la puerta detrás de ella.
Y ahora estaban solos.
Fabrizio no dijo nada. Solo la miraba.
Carla sintió que la habitación se hacía más pequeña.
Sabía que él no había venido solo para verla.
Había venido a reclamar lo que creía suyo.