Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Pacto con el Diablo.
Pacto con el Diablo.

Pacto con el Diablo.

Autor: : Escritora Rouss
Género: Romance
Samantha Brown lo perdió todo en un instante. Después de tres años de relación, su exnovio Leandro Sandoval la dejó para comprometerse con Olivia Decker, una mujer adinerada y con estatus social, y, como si eso no fuera suficiente, envió a su padre a la cárcel con cargos falsos. Desesperada y traicionada, Samantha busca ayuda, pero el mejor abogado del país, Liam Decker, resultó ser nada menos que el futuro cuñado de Leandro. En una noche de debilidad, el destino la pone frente a Liam en circunstancias inesperadas. Lo que comienza como un encuentro fortuito se convierte en un juego de voluntades, en el que Samantha debe decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para salvar a su familia. Liam, un hombre poderoso y enigmático, parece mantener una postura distante, pero su interés en Samantha es innegable. Mientras la lucha legal contra Leandro se intensifica, Samantha descubre que Liam no solo es un abogado implacable, sino también un hombre con secretos. A medida que la atracción entre ellos crece, también lo hacen las amenazas, las traiciones y los giros inesperados. ¿Podrá Samantha confiar en Liam o solo será otra pieza más en su juego? ¿Estará dispuesta a arriesgar su corazón nuevamente por un hombre tan peligroso como fascinante? Entre la justicia y la venganza, el amor y la desconfianza, Samantha deberá encontrar su propio camino antes de que sea demasiado tarde.

Capítulo 1 Prólogo.

Prólogo

Las luces del hotel eran tenues, lo justo para dar al ambiente un halo de intimidad peligrosa.

La música del bar, un murmullo bajo y persistente, aún resonaba en los oídos de Samantha Brown, mientras se llevaba la copa a los labios. El sabor del whisky ardió en su garganta, aunque no lo suficiente para opacar el torbellino de emociones que la asfixiaba.

Nunca había sido una mujer impulsiva. Ni había sido el tipo de persona que tomaba decisiones sin calcular las consecuencias. Pero esa noche, después de ver a Leandro Sandoval de la mano de su nueva prometida, con un anillo ostentoso brillando bajo los flashes de las cámaras, algo dentro de ella se rompió.

El hombre al que había amado durante tres años, al que había defendido, apoyado y creído en él por encima de cualquier cosa, la había cambiado como si fuera un objeto sin valor. Y no solo eso, sino que había destruido a su familia en el proceso, enviando a su padre a la cárcel con falsas acusaciones.

La crueldad de la traición le pesaba en los huesos, y el alcohol no hacía más que avivar su furia y su desesperación.

Su mirada vagó por el bar, buscando algo (o alguien) que le ayudara a ahogar aquel vacío. No quería pensar en lo que había perdido, en cómo su mundo se había venido abajo en cuestión de días. Quería olvidar, aunque fuera por unas horas.

Y entonces lo vio.

El hombre que estaba sentado frente a ella era la personificación del poder. Alto, con el porte de quien está acostumbrado a dominar cualquier habitación en la que entra. Su traje perfectamente entallado era solo un reflejo de su impecable control. Su cabello oscuro, peinado con precisión, contrastaba con la sombra de barba que endurecía su rostro. Pero lo que realmente la atrapó fueron sus ojos: fríos, calculadores, con un brillo de peligro que la hizo estremecer.

Samantha no tenía idea de quién era, pero en ese instante no le importó.

Él notó su mirada y, con la seguridad de un depredador que sabe que su presa ha caído en la trampa, se acercó.

-¿No es una noche demasiado solitaria para una mujer como usted? -su voz era grave, sedosa, cargada de un magnetismo que la obligó a mirarlo.

Samantha sonrió, aunque el gesto no fue del todo sincero.

-Tal vez. Pero hay noches en las que la soledad es la mejor compañía.

-O noches en las que es un triste castigo.

Ella alzó una ceja.

-¿Y usted cómo lo sabe?

El hombre se inclinó un poco, lo suficiente para que su perfume, una mezcla sutil de madera y especias, invadiera sus sentidos.

-Porque sé reconocer cuando alguien está huyendo de algo... O de alguien.

Las palabras la golpearon más de lo que quiso admitir. Bajó la vista a su copa, preguntándose si realmente era tan transparente. Pero antes de que pudiera responder, sintió el roce de sus dedos en su mejilla. Un gesto inesperado. Un contacto que la hizo contener la respiración.

Entraron juntos a una habitación, la más ostentosa de todas, con luces tenues y un ventanal que reflejaba las luces parpadeantes de la impetuosa ciudad.

Estando dentro, Samantha cerró los ojos al sentir la calidez de sus manos rozando su piel, con una destreza impecable como si conociera a plenitud cada punto débil de su cuerpo.

Sus dedos acariciaron la curvatura de su espalda al momento en que deslizó la cremallera de su vestido.

Sus labios se encontraron por primera vez en un beso desesperado, lleno de un fuego implacable que encendía cada fibra de su piel.

Con una mano el hombre atrapó su cintura, atrayendo su figura hacia su propio cuerpo y con la otra apretó su cabello a la altura de la parte trasera de su cuello y fue allí donde ambos se dejaron llevar por el deseo y la pasión que emanaba de su cuerpo.

Poco tiempo despues, sus labios descendían lentamente por el abdomen de Samantha, arrancándole pequeños gritos ahogados y gemidos de placer.

Las manos de Samantha apretaban el cabello de aquel hombre mientras que él con su boca se deleitaba de todo su nectar, Sam, no podía más, le pidió a gritos que se introdujera en ella y él quiso complacerla, dándole fuertes embestidas, sin dejar de besar su piel.

Y en ese instante, entre el alcohol, la tristeza y la rabia, ella dejó escapar un nombre que no debía.

-Leandro...

El ambiente cambió de inmediato. El hombre se detuvo en seco sintiendo una oleada de furia incomprendida.

Se alejó de golpe. Las pocas luces, que antes parecían cómplices de su momentáneo escape, se volvieron más crudas. Samantha parpadeó, tratando de enfocar su vista, y cuando lo hizo, el aire se le atascó en los pulmones.

Liam Decker.

El abogado más influyente del país. Un hombre de poder, de leyendas. Y lo peor de todo, el futuro cuñado de Leandro.

Su expresión había cambiado. Ya no había rastro de la cortesía o el interés casual de hace un momento y el fuego que ardía dentro de ellos se disipó rápidamente hasta su extinción.

Ahora, en su mirada solo había una mezcla de burla y algo más peligroso: curiosidad.

-Muy interesante, señorita Brown -murmuró, su sonrisa calculadora provocándole un escalofrío.

Samantha sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Quiso alejarse, pero sus piernas se negaron a moverse. Sabía quién era Liam Decker, aunque nunca había tenido el infortunio de encontrarse cara a cara con él. Era un tiburón, un hombre que jugaba con el destino de otros como si fuera un simple tablero de ajedrez.

-¡Esto no debió pasar! -exclamó ella, intentando sonar firme y levantarse.

Liam soltó una risa baja, oscura.

-No creo que esto sea cuestión de lo que nunca debió pasar y pasó, señorita Brown. Es más bien una cuestión de lo que ya ha provocado usted.

Samantha apretó los labios, sintiendo cómo el pánico comenzaba a arañarle la piel.

-No tengo nada que ver con eso. Me equivoqué, fue mi error y lo acepto.

-¿Está segura de eso? -Liam entrecerró los ojos, estudiándola con la misma intensidad con la que seguramente desarmaba a sus oponentes en la corte-. Porque me parece que acaba de involucrarme en su historia mucho más de lo que cree.

La amenaza implícita la hizo tragar saliva.

No podía permitirse estar en la órbita de ese hombre. No cuando su objetivo era destruir a Leandro y limpiar el nombre de su padre. Liam Decker era un aliado de su enemigo. Un hombre peligroso que jugaba en un nivel al que ella jamás podría aspirar.

Y sin embargo, algo en su mirada le dijo que ya era demasiado tarde.

Esa noche había marcado el inicio de un juego peligroso. Uno en el que las reglas no estaban claras y donde cada movimiento tendría consecuencias.

Lo que Samantha no sabía era que aquel hombre, al que había conocido en la peor noche de su vida, se convertiría en su única oportunidad de salvar a su padre... o en su mayor perdición.

Capítulo 2 El Derrumbe.

Capítulo 1

El Derrumbe.

El café humeaba en la taza de cerámica blanca, esparciendo un aroma que, en otro momento, habría sido reconfortante. Pero en ese instante, nada podía aliviar el nudo en la garganta de Samantha Brown.

La notificación en su celular parpadeaba insistente, como si quisiera obligarla a enfrentar la peor noticia de su vida. Respiró hondo y deslizó el dedo por la pantalla, sin saber que aquel gesto sencillo marcaría un antes y un después.

El titular en la revista digital de sociedad brillaba con crueldad:

"El empresario Leandro Sandoval y la heredera Olivia Decker anuncian su compromiso en una lujosa gala".

Samantha sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Un zumbido sordo reemplazó todos los sonidos a su alrededor. Sus ojos se deslizaron por las palabras con incredulidad, buscando desesperadamente algún indicio de que se trataba de un malentendido.

Pero no lo era. Había fotos.

Leandro estaba de pie, con su porte impecable y su sonrisa encantadora, esa misma sonrisa que una vez había sido solo para ella. Pero ahora pertenecía a Olivia Decker, la mujer que se aferraba a su brazo con una elegancia casi ofensiva. El anillo de compromiso en su mano relucía como una burla silenciosa.

El dolor se convirtió en furia. Pero lo que más le dolía era ver una y otra vez esos pequeños fragmentos de videos donde Leandro, su novio, se puso de rodillas ante otra mujer, con un lujoso anillo de diamante en su mano y una sonrisa auténtica grabada en su rostro.

-No puede ser... -murmuró Samantha, su voz apenas un hilo.

Pero lo era. Era real.

La notificación explotó en más mensajes. Su celular vibró con llamadas de amigas, de conocidos, de personas que se morían por saber cómo se sentía ser reemplazada por una mujer como Olivia, así de la noche a la mañana.

Pero lo peor no era el compromiso.

Lo peor era la última línea del artículo:

"Leandro Sandoval, quien recientemente colaboró con las autoridades en un caso de fraude empresarial, ha sido reconocido por su compromiso con la justicia."

El celular resbaló de sus manos.

-No...

Sus piernas flaquearon, y tuvo que apoyarse en la mesa de la cocina. Un escalofrío helado recorrió su espalda y se extendía rápidamente por todo su cuerpo.

Sabía perfectamente qué caso mencionaban.

Su padre.

Su padre estaba en prisión por un crimen que no había cometido. Un fraude que jamás habría sido capaz de ejecutar. Y ahora entendía quién había estado detrás de todo. Leandro.

El mismo hombre que le había prometido amor eterno.

Las lágrimas nublaron su visión, pero no las permitió caer. No ahora. No cuando la verdad la golpeaba con tanta fuerza.

La traición tenía un sabor amargo, una mezcla de desesperación y rabia que le quemaba la garganta.

La noche cayó sobre Nueva York con una frialdad acorde a su estado de ánimo. Samantha se sentó en el suelo de su apartamento, rodeada de cajas de pizza vacías y botellas de vino a medio terminar. No tenía fuerzas para nada.

Las luces parpadeaban en la ciudad, y el eco lejano de bocinas y voces le recordaban que el mundo seguía adelante, ajeno a su tragedia.

El sonido del teléfono de casa la sacó de su ensimismamiento.

Era su mejor amiga, Valeria.

-¿Sam? ¿Por qué no me contestas las llamadas?

Samantha cerró los ojos. No quería hablar. No quería escuchar más palabras de lástima.

-Estoy bien -respondió en un hilo de voz-. No hay de qué preocuparse.

-No, no lo estás. ¡Vi la noticia! Dios, Sam, lo siento tanto. Ese maldito bastardo...

Samantha dejó escapar una risa amarga.

-No sé qué duele más, si el hecho de que me haya cambiado como si yo no significara nada o que haya destruido a mi familia en el proceso.

-Te juro que esto no quedará así -gruñó Valeria-. Hay que hacer algo, demandarlo, exponerlo.

-¿Con qué abogado, Val? Leandro tiene todo el dinero del mundo, y Olivia... bueno, su apellido lo dice todo. Nadie se enfrentaría a ellos.

Un silencio tenso se instaló en la línea.

-Tal vez haya alguien -dijo Valeria con cautela.

-¿Quién?

-Liam Decker.

El nombre cayó como un ladrillo en su estómago.

-El hermano de Olivia -susurró-. Debes estar bromeando.

-Sí... pero también el mejor abogado del país. Es implacable, y si hay alguien que pueda desenredar esta maraña de mentiras, es él.

Samantha frotó su frente con frustración.

-Dudo que quiera ayudarme -sopesó

-No lo sabes hasta intentarlo.

La idea quedó suspendida en el aire mientras Samantha finalizaba la llamada.

Se levantó tambaleante, sintiendo el peso del cansancio y la tristeza sobre sus hombros. Caminó hasta la ventana y miró la ciudad.

No podía quedarse así. No podía permitir que Leandro ganara.

Apretó los puños, sintiendo que una nueva determinación comenzaba a formarse en su interior.

Si Liam Decker era su única opción, entonces haría lo que fuera necesario para que la ayudara. Incluso si eso significaba entrar en la boca del lobo.

La ciudad se extendía ante ella como un mar de luces titilantes, indiferente a su dolor. Samantha presionó la frente contra el vidrio frío de la ventana, tratando de encontrar algo de claridad en medio del caos que se había convertido su vida.

Pero no había claridad. Solo había un torbellino de emociones en su pecho, un revoltijo de ira, desesperanza y algo que comenzaba a parecerse peligrosamente a la sed de venganza.

Su padre estaba en prisión. Leandro estaba celebrando su compromiso con otra mujer. Y ella... ella se estaba hundiendo en una espiral de autodestrucción que no podía permitirse.

No podía quedarse así.

Tomó aire profundamente, alejándose de la ventana. Con pasos tambaleantes, se dirige al baño. Encendió la luz y se miró en el espejo.

La imagen que le devolvió el reflejo era devastadora. Ojeras profundas marcaban su rostro pálido, su cabello enmarañado caía en mechones caóticos, y sus labios estaban secos y agrietados. No parecía la misma mujer que tres años atrás había creído en el amor.

Lentamente, abrió el grifo y dejó que el agua helada corriera sobre sus manos antes de llevársela al rostro. Sintió el frío despertarla, sacudirla, obligarla a salir de su letargo.

Capítulo 3 Recuerdos y sensaciones.

Capítulo 2

Recuerdos y sensaciones.

Samantha no podía permitirse ser una víctima más.

Con un último respiro tembloroso, salió del baño, tomó su celular y, sin darse tiempo de dudar, buscó el número de Valeria.

-¿Sam? -respondió su amiga al segundo tono, con voz preocupada.

-Necesito verlo -dijo, sin rodeos.

Valeria tardó un par de segundos en responder.

-¿A quién?

Samantha cerró los ojos.

-A Liam Decker.

El silencio al otro lado de la línea fue denso.

-Sam, ¿estás segura?

-No tengo otra opción. Es eso o sentarme a ver como mi padre se pudre en la cárcel por un crimen que no cometió.

-Liam no es... -Valeria suspiró-. No es un hombre fácil. Es frío, calculador, arrogante. Si vas a pedirle ayuda, más te vale estar preparada para jugar bajo sus reglas.

-No me importa cómo sea -afirmó Samantha, con una determinación recién nacida en su interior-. Si él es el único que puede ayudarme a sacar a mi padre de prisión, entonces haré lo que sea necesario para lograrlo.

Valeria maldijo en voz baja.

-Está bien. Puedo conseguirte una reunión con él. No será fácil, pero lo haré.

-Gracias, Val.

-No me lo agradezcas todavía. Y, Sam... no bajes la guardia. Liam Decker no es un hombre con el que se pueda jugar.

Samantha terminó la llamada y dejó el celular sobre la mesa.

Sus dedos se cerraron en puños mientras su mirada se endurecía.

No tenía intención de jugar. Tenía intención de ganar.

Dos días después, Samantha se encontraba en el vestíbulo de uno de los edificios más exclusivos de Nueva York. La oficina de Liam Decker ocupaba el último piso, un símbolo claro de su estatus y poder.

El recepcionista, un hombre de traje impecable, la miró con escepticismo cuando mencionó su nombre.

-El señor Decker no suele recibir visitas sin cita previa -dijo con voz cortante.

-Dígale que Samantha Brown está aquí -insistió, tratando de mantener la compostura.

El hombre la evaluó con la mirada, claramente dudando de que su nombre tuviera algún peso. Sin embargo, tomó el teléfono y marcó un número interno.

-Señor Decker, hay una señorita Brown aquí. Dice que quiere verlo.

Hubo un silencio tenso mientras escuchaba la respuesta del otro lado.

Finalmente, el recepcionista colgó y la miró con expresión neutra.

-El señor Decker la recibirá en cinco minutos. Puede subir en el ascensor privado.

Samantha sintió un extraño alivio y nerviosismo al mismo tiempo.

El ascensor subió con rapidez, y cuando las puertas se abrieron, se encontró en un pasillo minimalista con paredes de vidrio.

Al fondo, una puerta de madera oscura se abrió, y una mujer de traje negro la hizo pasar.

El despacho de Liam Decker era imponente. Una pared de cristal revelaba la ciudad a sus pies, y el mobiliario era sobrio pero lujoso.

Y allí estaba él.

Liam Decker.

Alto, con el porte de un depredador, vestido con un traje perfectamente confeccionado. Su rostro era severo, con rasgos afilados y una mirada que irradiaba inteligencia y peligro.

Se encontraba de pie junto a su escritorio, con las manos en los bolsillos de su pantalón, observándola con una mezcla de curiosidad y desinterés.

-Señorita Brown -saludó, con voz profunda y controlada-. Me intriga saber por qué está aquí.

Samantha sostuvo su mirada.

-Necesito su ayuda -fue lo más directa posible.

Liam enarcó una ceja, sin moverse.

-¿Y por qué debería ayudarla?

Ella tragó saliva.

-Porque sé que le gusta ganar. Y si me ayuda, esta será una victoria que nadie podrá ignorar.

Liam sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un hombre que disfrutaba del juego.

-Interesante respuesta. Tome asiento, señorita Brown. Vamos a ver si tiene algo que valga la pena.

Samantha exhaló lentamente y se sentó.

El juego había comenzado.

Samantha sintió el peso de la mirada de Liam Decker sobre ella, fría y calculadora, como si pudiera diseccionarla con solo observarla. Sus ojos, de un gris acerado, la escrutaban con un matiz de interés apenas perceptible.

Y entonces, sin previo aviso, su mente la traicionó.

Un destello.

Un recuerdo enterrado que la golpeó con la fuerza de un latigazo.

Aquellos ojos...

La música retumbaba en el bar, un murmullo constante de risas, vasos chocando y conversaciones entrecortadas. Samantha había llegado allí sin un plan, sin un destino. Solo quería perderse en la multitud, ahogar su dolor en tragos amargos y olvidar, aunque fuera por una noche, la pesadilla en la que se había convertido su vida.

-Otro -pidió, deslizando su vaso vacío hacia el bartender.

El hombre le lanzó una mirada de advertencia antes de servirle más whisky.

-¿Noche difícil?

Samantha soltó una risa seca.

-Podría decirse que la peor de mi vida.

Se llevó el vaso a los labios y sintió la quemazón del alcohol recorriendo su garganta.

-No deberías beber sola -dijo una voz masculina a su derecha.

Giró la cabeza con lentitud y lo vio.

Un hombre alto, de porte impecable, vestido con una camisa negra y el primer botón desabrochado, lo que le daba un aire de peligro innegable. Su rostro era severo, con una mandíbula fuerte y unos labios que parecían esbozar una sonrisa apenas insinuada.

Pero lo que la atrapó fueron sus ojos.

Grises.

Fríos.

Hipnóticos.

-No recuerdo haberte pedido compañía -respondió Samantha, con la lengua un poco torpe por el alcohol.

El desconocido apoyó un codo en la barra, estudiándola con una intensidad que la hizo estremecer.

-No lo hiciste. Pero aquí estoy.

Había algo en su presencia que la hacía querer apartar la mirada y, al mismo tiempo, quedarse atrapada en ella.

-Entonces, dime, ¿qué hace un hombre como tú en un bar como este?

Él escuchó, pero no le respondió de inmediato.

Tomó su propio vaso y bebió con calma, como si sopesara si valía la contestar.

-Tal vez lo mismo que tú -dijo finalmente-. Olvidar.

Samantha dejó escapar un suspiro amargo.

-No creo que puedas superarme en eso.

Él inclinó levemente la cabeza.

-¿Quieres apostar?

Había un atisbo de desafío en su tono, algo que encendió una chispa en el pecho de Samantha. Una chispa peligrosa, que la hizo sentir viva por primera vez en mucho tiempo.

Y así empezó todo.

No recordaba exactamente en qué momento la conversación se volvió coqueteo o cuándo su risa se mezcló con la suya. Solo recordaba la calidez de su aliento cuando se inclinaba para susurrarle algo al oído, el roce de sus dedos sobre su muñeca, la forma en que su corazón latió con fuerza cuando la tomó de la mano y la sacó de ese bar.

La noche se desdibujó en sensaciones.

El ascensor del hotel.

Los labios de él sobre los suyos, demandantes, hambrientos.

El calor de su piel bajo sus manos, el aroma a whisky y algo inconfundiblemente masculino.

Las sábanas frías y la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente con el suyo.

Samantha cerró los ojos un instante, atrapada en el recuerdo.

Había huido antes de que amaneciera, antes de que pudiera verlo a la luz del día, cuando todo habría sido demasiado real. No sabía su nombre. No quise saberlo.

Hasta ahora.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022