Llevábamos diez años juntos, Javier y yo, desafiando a un mundo que nos gritaba que nuestro amor era un error.
Pero esa burbuja de amor se rompió cuando un accidente dejó a Javier, un rejoneador de élite, con las manos destrozadas, necesitando un trasplante experimental.
Sin dudarlo, sacrifiqué mis propios tobillos, la fuente de mi arte como bailaora, para salvar sus manos, perdiéndolo todo.
Sin embargo, al despertar, él me miró con ojos vacíos mientras su madre e Isabela, la ambiciosa prometida, le mentían, haciéndole creer que ella fue su salvadora.
Mi amado Javier, por quien lo di todo, me humilló hasta el extremo, tratándome como una sirvienta, y finalmente, me echó a la calle sin piedad.
Al borde de la desesperación, sin hogar ni esperanza, su primo Mateo me ofreció un escape: casarse con él.
Hoy, Javier lo ha recordado todo, ha visto la verdad de mi sacrificio y su monstruosa crueldad.
Me ha llamado, suplicando mi perdón, rogándome que vuelva a él.
Pero su mundo se ha venido abajo al escuchar mi simple respuesta: "Es demasiado tarde, Javier. Ya estoy casada... con Mateo."
Llevábamos diez años juntos. Diez años en los que el mundo entero nos gritaba que nuestro amor era un error, una mancha. Yo, una bailaora de un barrio obrero. Él, Javier, el heredero de la ganadería más prestigiosa de Andalucía.
Pero a nosotros no nos importaba.
Hasta hoy.
El teléfono sonó, rompiendo el silencio tenso de la sala de espera del hospital. Vi el nombre de la madre de Javier en la pantalla. Contesté con manos temblorosas.
"¿Sofía?"
Su voz era fría, distante.
"¿Cómo está? ¿Qué han dicho los médicos?"
"El rejoneo se ha acabado para él. Las manos están destrozadas. Necesita un trasplante de tendones, algo experimental y muy arriesgado. Nadie quiere ser donante."
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. La pasión de Javier, su vida entera, eran los toros y los caballos. Sin eso, no era él.
"Yo lo haré," dije sin pensar.
"¿Tú?" soltó una risa seca y cruel. "¿Qué vas a donar tú? ¿Tu orgullo de gitana?"
Colgó.
Miré mis tobillos. El doctor me lo había explicado antes, era una posibilidad remota. Usar los tendones de los tobillos para reconstruir las manos. Era una locura. Para un bailaor, los tobillos son la vida.
Pero la vida de Javier era mi vida.
Hice la llamada. Encontré a un cirujano en Madrid dispuesto a realizar la operación experimental en secreto. Pagué con los ahorros de toda mi vida, el dinero para nuestra futura casa.
Dos semanas después, salí de la clínica con cicatrices ocultas bajo los vendajes y un dolor que me partía el alma a cada paso. Mi carrera, mis sueños, todo se había acabado.
Pero Javier podría volver a montar.
Cuando llegué a la finca, lo encontré en el jardín, con las manos vendadas, pero de pie. Isabela estaba a su lado, sonriendo.
Corrí hacia él, cojeando.
"Javier, mi amor."
Él me miró con unos ojos que no reconocí. Eran fríos, vacíos.
"¿Quién eres tú?" preguntó.
Su madre apareció detrás de él, con una sonrisa triunfante.
"Javier, cariño, no te esfuerces. Has tenido un accidente, has perdido la memoria. Ella es Sofía, una de las empleadas de la finca."
Me quedé helada. El mundo se detuvo.
Isabela se acercó y le tomó del brazo.
"Amor, no te preocupes. Yo estoy aquí. Siempre estaré aquí para ti."
Javier la miró, y una sombra de ternura cruzó su rostro.
"Gracias, Isabela. Mis padres me han contado lo que hiciste por mí. Donar tejido de tus propias muñecas... es el mayor sacrificio que nadie ha hecho por mí. Por eso, quiero que todo el mundo sepa que eres mi prometida."
"¿Prometida?" La palabra salió de mi boca como un susurro ahogado.
Javier ni siquiera me miró. Su atención estaba completamente en Isabela.
"Sí. Una mujer que hace algo así por mí merece todo."
Su madre se acercó a mí. Su voz era un veneno dulce.
"Sofía, ¿no tienes trabajo que hacer? La cena no se va a preparar sola."
Me quedé paralizada, mirándolos. Mirando a Javier, mi Javier, besar la mano de Isabela. La mano que supuestamente le había salvado.
"¿Qué haces ahí parada? ¿Eres sorda?" gritó la hermana de Javier desde la puerta. "¡Muévete!"
Sentí un empujón en la espalda. Era ella. Tropecé, el dolor en mis tobillos operados me hizo gritar.
Javier se giró, su rostro lleno de irritación.
"¿Qué es todo este escándalo? Isabela necesita tranquilidad para recuperarse. Si no sabes comportarte, lárgate."
"Pero Javier, soy yo... Soy Sofía."
"Ya sé quién eres," dijo, su voz cortante. "Una empleada. Conoce tu lugar."
Isabela fingió una mueca de dolor, tocándose la muñeca vendada.
"No te enfades, cariño. Quizás está confundida. La pobre..."
La humillación me quemaba por dentro. Me di la vuelta y caminé hacia la cocina, cada paso una tortura física y mental. Escuché sus risas a mis espaldas.
En la cocina, la cocinera de toda la vida me miró con pena.
"Niña, ¿qué has hecho?"
No pude responder. Me apoyé en la encimera, tratando de respirar.
Esa noche, me ordenaron servir la cena. Tuve que llevar los platos a la mesa donde Javier e Isabela se sentaban juntos, actuando como la pareja perfecta.
"La sopa está fría," dijo Isabela, apartando el plato con desdén.
"Lo siento, señora. La traeré de nuevo."
"No te molestes," dijo la madre de Javier. "Es evidente que no sirves ni para esto. Mañana empezarás a limpiar los establos."
Javier no dijo nada. Simplemente comía, ignorando mi existencia. Era un extraño. Un extraño cruel que llevaba el rostro del hombre que amaba.