La vida es una ruleta; unas veces puede caer en el día de tu suerte y sacarte la lotería; otras, perderlo absolutamente todo lo que has apostado en ella, incluso si ese significa la mismísima muerte. Elena era a lo único que había apostado con los ojos cerrados, porque con su dulzura y su amor me demostró que no había ningún límite que nos separara, que no había frontera que pudiera poner distancia a nuestro amor. Ella no conocía de maldad ni rencores, y cada día durante 15 años no hizo más nada que estar para mí; amándome y acompañándome incondicionalmente.
Desde que vi sus ojos de color verde, quedé embrujado y cautivado en el brillo y en el hechizo de ellos. No había persona más solidaria, amable y carismática que Elena. Aun creo estar viviendo un sueño, no puedo creer que una mujer con la vida por delante se haya marchado de mi vida de un momento para otro. ¿Por qué no la amé más de lo que lo hago? ¿Por qué no la abracé para por lo menos brindarle un poco de mi calor? ¿Por qué no le exigí que luchara por su vida, por nosotros, por nuestra hija? ¿Por qué fue tan poco el tiempo el que la tuve a mi lado?
Cada segundo que va pasando, después de habernos enterado de la noticia que tanto miedo tenía de escuchar, el dolor y el vacío es más agonizante que el anterior. Más el ver a mi hija llorar desconsolada por la muerte de su madre termina por romperme por dentro. Quisiera morir, quisiera no sentir este dolor punzante quemarme vivo, quisiera estar acompañando al amor de mi vida en su ausencia, quisiera poder abrir los ojos y tenerla en frente de mí diciéndome que no había sido más que un sueño, pero debo ser fuerte por mi hija; ella me necesita ahora más que nunca en la vida. Katie es lo único que me queda de mi esposa, es por lo único que esta vida tan dolorosa tiene algo de significado y sentido.
¿Qué se supone que le diga a mi propia hija, cuando ni yo mismo sé cómo despertar de esta realidad tan cruel? Viéndola a lo lejos llorando en brazos de su amiga, el corazón se me hizo aún más chico. No sé cómo seguir sin ella. Todo ese color mágico que había pintado con la yema de sus dedos, ha quedado en negro.
-Queridos hermanos, hoy nos encontramos reunidos para darle cristiana sepultura a una mujer que luchó hasta el final ante una guerra con pocas oportunidades de salir vencedora; sin embargo, Elena nunca se dio por vencida, ella siempre tuvo la fe en poder tener una paz eterna, sin importar que significaría partir de este mundo. Muchas veces perder es ganar, sus palabras transmitían un miedo, pero para ella fueron el descanso de su cuerpo y de su alma. Ella fue una mujer excepcional, bondadosa, llena de buenas virtudes con todos nosotros. Quien la haya conocido, nunca podrá decir una sola mala palabra de ella; porque su corazón era enorme, tan enorme como las ganas de vivir...
Los recuerdos inundaron mi mente, sumergiéndome en esos años dónde fui el hombre más dichoso del mundo: Elena vestida de blanco. Elena gritando a los cuatro vientos que aceptaba ser mi esposa y amarme hasta la eternidad. Elena dedicándome esa sonrisa tierna y dulce que hacía derretirme en microsegundos. Elena en el momento más feliz de su vida; convirtiéndose en madre por primera y única vez. Elena llorando en cada etapa del embarazo. Elena llorando y riendo cuando nos dieron la noticia de que sería niña. Elena comprando cada cosa que nuestra hija necesitaba cuando llegara a la vida. Elena dando a luz a Katie. Elena estando cada día para nosotros. Elena dándonos amor, ternura y comprensión. Elena envuelta entre mis brazos. Elena besando mis labios cada noche mientras éramos un solo cuerpo... Elena deteriorándose cada segundo de su vida, a la vez que mostraba ser una mujer fuerte y guerrera.
«¿Sabes? Casarme contigo fue lo mejor que me pudo haber pasado en la vida, Keith. ¿Y sabes otra cosa? Por eso mismo no puedo ser tan egoísta y permitir que mueras estando solo. Prométeme que volverás a creer en el amor. Prométeme que te darás la oportunidad de conocer, tal vez a la mujer que te vaya a acompañar hasta la muerte. Prométeme ser feliz, mi amor; porque si tú lo eres, yo desde donde quiere que me encuentre lo seré por ti, y entonces habrá valido la pena todo este sacrificio. De eso se trata el amor, ¿no? De permitir la felicidad del ser amado, así no sea con uno mismo. Nunca olvides que te amo, y que te amaré aún y estando en muerte». Sus últimas palabras y el último beso antes de morir jamás los podré olvidar de mi mente.
La impotencia de no haber podido hacer algo más por ella me hace ser culpable, porque no hice lo suficiente para salvarla. Todo fue muy tarde cuando esa bomba explotó en su ser y la dejó echa cenizas. No importan los años que pasen, ella será a la única mujer que ame por el resto de mi vida.
-Discúlpame por no poder cumplir esa promesa, cielo. Tu eres y serás la única mujer que siempre estará aquí en mi corazón, en mi mente y en mi mundo - susurré, dejando una rosa blanca encima de su ataúd, antes de que este mismo fuera cubierto de tierra.
-¡Mami, no te vayas, por favor! ¡No nos dejes! - la desgarradora voz de mi hija acuchilló mi corazón-. ¡Papá, no dejes que se vaya! Por favor... yo aún te necesito, mamá.
La envolví entre mis brazos, apretando su cabeza contra mi pecho mientras cubrían el ataúd de tierra. Los llantos de mi niña se agudizaron con los segundos, llenándome de impotencia y mucho dolor por no poder evitar ese sufrimiento. Su cuerpo no dejaba temblar, al igual que el mío. No encontraba que decir, por lo que solo mi limité a abrazarla fuertemente. Varios minutos después, sus gritos cesaron, solo quedaron sollozos y suspiros sonoros. Ahí caí en cuenta que había llorado hasta quedarse profundamente dormida entre mis brazos. No quería irme del cementerio, no aún, pero Katie me necesita a su lado, de la misma forma en la que yo necesito de ella. Juntos saldremos, aunque los recuerdos nos sigan marcando cada día de su ausencia.
-Todo va a estar bien, mi amor. Papá está contigo - besé su frente, llevándola al auto en mis brazos una vez el funeral se dio por terminado.
Antes de subirme en el auto y marcharme a casa, escuché do golpecitos del lado de mi ventana. Melanie me dedicó una sonrisa triste, desviando la mirada a mi hija por breves momentos. En sus ojos noté preocupación.
-Sr. Keith, ¿será que puedo ir con usted a casa? Sé que es atrevido de mi parte decirlo eso, pero me preocupa mucho Katie. Ella está muy afectada y no es para menos. Quiero estar a su lado y brindarle de mi apoyo. Claro está que, si le molesta, entenderé su decisión.
Me tomó por sorpresa su pedido, pero en una cosa sí tiene razón; Katie necesita compañía, y de ella quien es su única amiga. Además, mi hija acompañó su dolor cuando su padre murió hace unos años atrás.
-Sube, por supuesto que no le veo problema - le abrí la puerta de atrás, y una vez subió la miré por el retrovisor-. Gracias por estar con ella, Melanie.
Los años fueron pasando rápido, pero muy lentamente para mí. Cada día me pierdo en el pasado, en los recuerdos de la vida que tenía con mi Elena; en lo felices que éramos y en lo poco que duramos uno en brazos del otro. Son cinco años los cuales aún creo estar en un sueño; pienso que en cualquier momento despertaré y ella estará de nuevo con nosotros; dándonos el amor y la felicidad con tan solo una sonrisa y una mirada. Ella tenía ese don de arreglar los días grises con su mera presencia, en cambio, ahora todo se ha vuelto negro.
Mi amor por ella sigue intacto, tan intacto como desde el primer día que mi corazón empezó a amarla.
Mi hija ya es una mujer, hecha y derecha, pero con el dolor aún vivo en su corazón y en su mente. Hemos aprendido a sobrevivir con la ausencia de ella, pero no soportamos y tampoco aceptamos la decisión que tomó el cruel destino. Nos arrebató lo que tanto amábamos, y ese hecho nos hace morir cada día de forma lenta y agonizante.
«Seremos tú, mama y yo para siempre, papá». Recordar las palabras de mi hija, tienen un poder desgarrador y destrozador que nadie más, a excepción de mí puede sentir ese dolor que me carcome día tras día. Si pudiera pedir un deseo; ese sería traerla de vuelta, dar mi propia vida por salvar la suya. No obstante, la realidad nos golpea, nos lleva al abismo de la resiliencia; una la cual parece no querer llegarnos. Incluso la casa perdió el brillo, la paz y el color tan armonioso que sentía con ella cuidando de ella. Elena era una mujer que transmita paz y felicidad, aunque por dentro ella se tragaba en silencio todo el dolor.
Tomé su fotografía entre mis manos; aquella donde su cabello largo, ondulado y castaño jugaba en el viento, mientras sonreía ampliamente, el corazón deja de latir cada que los recuerdos me atacan con fuerza. Lo único que siento por dentro de mi piel, es un enorme vacío. Jamás me había sentido tan solo en la vida, ni la fortaleza que debo tener con mi hija me hace sentir vivo.
Ella, por su parte, ya no necesita más de mí. Incluso puedo contar los días en que se vaya de casa y forme su vida. El hecho de pensar que, lo único que me ha mantenido de pie todo este tipo se vaya de mi lado, más muerto y miserable me siento. Aunque tengo que tener claro que los hijos no son eternos, y que tarde que temprano ellos deben construir su propio camino. Además, no soy quien para negarle la felicidad a mi hija. Ella merece conocer el mundo, enamorarse, sufrir un poco y volver a levantarse con la cabeza en lo alto. Katie es mi mayor orgullo...
-Es nuestro orgullo, mi amor. No tienes idea de lo mucho que nuestra bebé ha crecido; ya no es más la pequeña traviesa que hacía de tus días felices. Ahora es igual de hermosa e inteligente como lo eras tú - el nudo que se formó en mi garganta me quemó el pecho y destrozó los latidos de mi corazón-. Nos hace mucha falta. Te necesito tanto. Daria mi vida para que regresaras así sea unos pocos segundos.
Besé la fotografía con las manos temblorosas, permitiendo liberar ese dolor que hay guardado en mi corazón, pero entre más trato de salir adelante, más me hundo en un pozo sin fondo. En la soledad y frialdad de nuestra cama me abracé a los enormes recuerdos que me brindada la calidez de sus brazos. Las lágrimas que brotan de mis ojos, son ácido y veneno para mi alma.
-Despiértate pequeño dormilón - sentí una leve y suave caricia en mi cabello, la cual me hizo remover en la cama e ir despertando poco a poco-. Ya amaneció, papito.
-Me quedé hasta tarde trabajando - le mentí a mi propia hija, pero ella no objetó a nada-. ¿Qué hora es, mi amor?
-Son las: 7AM., aun estás a tiempo de arreglarte e ir a la oficina - dejó un beso en mi mejilla, se levantó de la cama y antes de salir de la habitación me dio una mirada por encima de su hombro-. Preparé el desayuno; lo que más te gusta y lo único que sé cocinar, desde luego. No tardes.
Entre risas salió de la habitación. ¿Qué sería de mi vida si no tu viera ese pequeño rayo de luz entre tanta oscuridad?
Me organicé lo más rápido que pude, tengo los minutos contados y no quiero perder la costumbre de desayunar con mi hija. Es el vínculo más sagrado entre ella y yo.
-Está noche Mel se quedará en la casa - avisó, una vez estábamos en la mesa comiendo del desayuno que había preparado-. No te molesta, ¿verdad?
-Sabes que no me molesta. Melanie es una buena chica.
-También saldremos a bailar un rato - se encogió de hombros-. Te prometo que nos cuidaremos.
-Confío en ti, mi amor. Solo no regresen tan tarde... pero diviértete - me levanté de la mesa, tomé mi maletín y dejé un beso en su frente-. Regresaré tarde, tengo mucho trabajo. Cuídate, y si me necesitas no dudes en avisarme.
-Regresaremos temprano.
Caminé hacia la puerta, pero antes de abrirla sus palabras me detuvieron.
-Tú tampoco regreses tan tarde, papito. Últimamente llegas a la madrugada.
-He tenido mucho trabajo, mi amor.
-Lo sé, pero también debes cuidarte - suspiró-. No quiero que enfermes por exceso de trabajo. Papá, de verdad considera lo que te dije hace poco; unos días de vacaciones te sentaría de maravilla.
-Lo pensaré, mi amor - sonreí-. Prometo llegar temprano. Ten un bonito día en la universidad. Te quiero - salí de la casa con el corazón estallándome en el pecho.
¿Cómo le explico que, muero en la soledad que hay en la casa? Por ello, es que ella y mi trabajo es lo único que me hace olvidar por pocos segundos el dolor de mi corazón.
Me encontraba en la oficina, clavado en una montaña de papeles y trabajo retrasado. No tenía ni la menor idea de donde había salido tanto trabajo estos últimos meses, pero agradecía que así lo fuera, pues las horas que dedico a mi trabajo me olvido hasta del mismo dolor que siente mi corazón.
Escuché la puerta abrirse, sabiendo del intruso que no respetaba mi tiempo laboral ni personal, seguí estudiando el plan de negocios para la próxima reunión. Si consigo cerrar el trato, la empresa tendrá un doble crecimiento. Gabriel tosió y acto seguido oí el chirrido de la silla del frente, lo que me llevó a mirarlo por encima de los espejuelos. Una sonrisa inocente apareció en su rostro.
-Es casi medio día, ¿sabías que es hora del almuerzo?
-Qué bueno saberlo - regresé la atención al documento, y resopló-. ¿Me necesitas?
-Vine a invitarte a almorzar.
-No tengo tiempo, aun no debo ajustar varios puntos del plan de negocios - y para ser sincero, no me apetece comer.
-Todos los días te inventas una nueva excusa para sacarme el cuerpo. Pensé que era importante en tu vida.
-No estoy para tus bromas, Gabriel.
Se formó un silencio entre nosotros para nada incomodo, sabía que él no se iba a rendir tan fácilmente por lo que deduje lo que debe estar pasando por su mente para convencerme. Gabriel ha sido mi mejor amigo desde que cursamos el primer año de universidad. Él es el único que me ha acompañado en todo este proceso aparte de mi hija. Agradezco tenerlo como amigo, porque muchas veces sin ayuda me he sentido perdido.
-Está bien, deja termino con esto y te acompaño a almorzar - accedí.
-Perfecto. Te veo en 10 minutos; ni más ni menos en el restaurante que queda al lado. No vayas a llegar tarde, quedas advertido - sus palabras me sacaron una sonrisa.
A veces actuaba como novia celosa, pero no dejaba de ser el buen amigo que ha sido desde siempre. Una vez habiendo acabado el plan de negocios, salí hacia el restaurante. Gabriel ordenó por mí, por lo que al llegar a la mesa nos dedicamos a comer en silencio.
-Tengo una propuesta que hacerte, Keith.
-Ah, ¿sí? Y de qué se trata - mostré falso interés, aunque ya sabía por dónde iba la cosa-. No me digas; otra de tus citas a ciegas. Sabes que no soy partidario de ese tipo de... encuentros.
-No, esta vez no se trata de eso. Aunque te digo, no está mal que hagas amistades y conozcas a más personas. Han pasado años desde que Elena...
-No sigas, Gabriel. Olvida todo lo que tengas en mente; entiende que no me interesa conocer a nadie, y más cuando de mujeres se trata. Y espero que puedas entender de una vez por todas que no es lo que necesito en mi vida, ¿sí?
Se quedó en silencio por breves segundos, para después sacar del interior del bolsillo de su chaquea una tarjeta colorida y extenderla en mi dirección. Con un poco de curiosidad la tomé y me quedé viendo las letras sin comprender.
-Dentro de un mes harán una fiesta de disfraces. Me gustaría que me acompañaras y así no sentirme solo y desentonado en el lugar. Quien sabe, de pronto y conozca la mujer de mi vida. Y antes de que me digas que no, piénsalo, ¿sí?
-Lo pensaré, aunque no te prometo nada - guardé la tarjeta en el bolsillo, y seguimos almorzando sin volver a tocar el tema.
El resto de tarde y parte de la noche, me dediqué de lleno al resto del trabajo. Las horas se me pasaron rápido, cuando me di cuenta que faltaba un cuarto para las 2 de la mañana decidí parar e irme a casa. Estaba preocupado por mi hija, son muy pocas las veces que sale de noche y cuando lo hace, la preocupación no me deja pensar con claridad.
Llegué a la casa tan rápido como pude, pero al ver su auto en el garaje pude respirar de nuevo. Al notar la luz encendida de su habitación, entre a la casa y fui directo al bar. Un par e tragos antes de dormir es lo que siempre llena y le brinda calidez a mi estómago. Quería asegurarme que estaba sana y salva, pero sé cuánto detesta que invadan su privacidad cuando su amiga se encuentra en casa, por lo que ya mañana tendría oportunidad de preguntarle del cómo había sido su noche.
-¡Oh, Dios mío! - exclamaron a mi espalda.
Giré la cabeza por encima de mi hombro, viendo a Melanie parada en el marco de la puerta y con su mano en el pecho. Por lo menos ella se veía muy bien, como si no hubiera bebido ni una sola copa en la noche. Eso me tranquilizó un poco.
-Lo siento tanto - murmuró-. Pido su permiso para servirme un vaso de agua.
-Adelante, sabes que esta es tu casa - volví la vista al frente, y la vi cruzar hacia la cocina-. ¿Qué tal estuvo la noche? ¿Katie ya está dormida?
-Muy bien, Sr. Keith - abrió la nevera y sacó la jarra del agua-. Esa chica aún tiene mucha energía. ¿Necesita hablar con ella? Si quiere le digo que la necesita - sirvió dos vasos de agua y sonrió.
-No, no hace falta - negué con la cabeza, y se me quedó viendo sin decir nada-. Ya mañana hablaré con ella. Buenas noches, Melanie.
-Buenas noches, Sr. Keith.
Ella agarró los dos vasos de agua, yo tomé la botella y me perdí en el pasillo que me lleva al lugar más sagrado de la casa; a seguir torturando mi mente con el recuerdo de mi esposa.