Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Pasión Secreta "Lo prohibido de amar"
Pasión Secreta "Lo prohibido de amar"

Pasión Secreta "Lo prohibido de amar"

Autor: : ANKH
Género: Romance
Anna, una joven soñadora y romántica, anhela casarse con el apuesto príncipe Rodrigo y convertirse en la futura reina. Sin embargo, su destino da un giro inesperado cuando una difícil situación con la Reina Emma II, madre de Rodrigo, le arrebata la oportunidad de casarse con el amor de su vida. En un giro sorprendente de los acontecimientos, la reina Emma II decide que sea Elisa, la hermana menor de Anna, la elegida para casarse con el príncipe Rodrigo. El matrimonio se lleva a cabo con una gran celebración; pero la felicidad de la pareja se ve truncada cuando la joven sufre un terrible accidente mientras monta a caballo. Es entonces cuando la lealtad y el amor fraternal de Anna se ponen a prueba. Obligada a cuidar de su hermana herida, Anna se enfrenta a una encrucijada emocional entre sus sentimientos por el príncipe Rodrigo y su deber de proteger y apoyar a su hermana Elisa en su recuperación. A medida que Anna se sumerge en esta compleja situación, se ve obligada a confrontar sus propias emociones y deseos, al tiempo que lucha por mantener la lealtad hacia su familia y sus propios valores. ¿Será capaz Anna de encontrar el equilibrio entre el amor, la lealtad y la responsabilidad, o sucumbirá a las fuerzas de un amor prohibido?

Capítulo 1 El encuentro

Justo en ese momento la puerta se abre, su mirada de sorpresa es simplemente mi mejor venganza. Ansiaba ver ese gesto en su rostro, llevarlo al mismo límite de sus emociones, las mismas que sentí yo, al saber de su traición. Sabía que le dolería ver que su mejor amigo y yo, estábamos juntos.

Antuam se levanta tratando de darle explicaciones de lo que realmente no necesita ninguna aclaratoria. Lo miro fijamente y con frialdad le digo:

-¡Somos amantes! -Rodrigo me lanza una mirada de desprecio, me sujeta de ambos brazos sacudiéndome con fuerza.

-¿Cómo has podido, Anna?

Antuam aprovecha el descuido de su gran amigo para escabullirse de la situación, mientras Rodrigo sale enardecido detrás de él, yo solo sonrió. Era lo único que esperaba. Me coloco el vestido sin apuros, con absoluta parsimonia. Aunque me encantaría saber que le está diciendo, prefiero disfrutar de aquel dulce sabor de la venganza. Salgo de la habitación y camino por el largo pasillo, como si nada hubiese ocurrido minutos atrás.

Quizá pensarán que soy cruel y despiadada. Su opinión cambiará cuando les cuente mi historia y por qué decidí vengarme del único hombre que he amado toda mi vida.

Soy la segunda de cuatro hijas, mi madre es apenas una moledora de trigo para el pan que luego amasa y prepara para venderle al rey, y mi padre el mejor herrero de la comarca. Mientras ellos se encargan de trabajar para mantenernos, nosotras permanecemos largas horas en nuestra habitación leyendo las historias de las grandes mujeres que lograron casarse con reyes de la monarquía española. Una especie de adoctrinamiento subliminal que nos dice muy claramente que es lo que debes hacer si deseas estar casada con alguno de los príncipes más importantes de España. Sin embargo, no me agradan las historias de reyes con mujeres sumisas; quiero ser reina, pero ir más allá de ser doblegada por alguno de ellos.

Ese fin de semana en el palacio, se realizará la gran fiesta, el príncipe Rodrigo y próximo heredero al trono, elegirá a su futura esposa. Bueno realmente, es su madre, la Reina Emma II quien la escogerá, por lo que resulta más fácil caerle bien a la Reina, que al mismo príncipe.

Tanto yo como mis hermanas, soñamos ser la esposa del príncipe Rodrigo.

-Hijas, pronto vuestro padre os llamará para saber cual de vosotras será la ideal para el príncipe Rodrigo, así que es mejor que estudien bien todo lo que habéis estado leyendo. El príncipe quiere una mujer culta, pero además que sepa respetarlo y obedecerlo.

Teresa, Martina y Elisa serían las mujeres perfectas para él, han estado todas las noches memorizando sus libros de modales y buenas costumbres, mientras yo leo mi libro de poesía de Dostoievski. Quizá suene cursi, pero sí, creo en el amor y que nada puede ser más fuerte que él, nada.

Luego que mi madre sale, ellas se disputan el trono, insultándose una a la otra, recurriendo a mí para que desempate el juego.

-Yo me quedaré con el príncipe, soy la mayor de las tres, me corresponde a mí, ser la reina. -exclama Teresa.

-Olvídate de ello, soy más joven que tú y por lo tanto más guapa. -discrepa Martina.

Teresa la toma del cabello, y ambas luchan como tontas. Elisa ríe sin parar. Luego Teresa la mira con repulsión y termina enfrentándose a ella.

-¿De qué te ríes? Te crees la mejor, verdad. -increpa a la menor de las hermanas.

-No, no me creo la mejor, pero soy la más astuta y sé que lograré casarme con Rodrigo.

Las miró y sonrío.

-Anna, di tú ¿Quién de las tres es la más hermosa de todas para casarse con Rodrigo?

-Todas tres son igualmente hermosas, creo que será difícil para él escoger entre alguna de vosotras.

Cada una de ella, mira a la otra por encima del hombro y refunfuña "Humm".

Yo me recuesto, apago la luz de la lámpara y me quedo en silencio, viajo en el tiempo a través de mis recuerdos, reviviendo aquella tarde de verano.

Tres años atrás...

En ese entonces, apenas tenía trece años, al igual que lo soy ahora, suelo ser la mas madura de todas mis hermanas. Mi madre me pidió que esa tsrde, la acompañara al campo para recoger el trigo. Tomé una de las cestas y salí junto a ella. El sol era algo fuerte, por lo que acomodé lo más rápido que pude la cantidad de trigo que ocupaba mi cesta. Mientras mi madre seguía cortando las ramas. Yo caminé hasta el río para lavar mis manos y mi rostro.

Me acerqué a la orilla, mojé mis pies y sentí el agua tibia humedecerlos. Lentamente me fui adentrando al agua como hipnotizada por aquel lugar, la tela húmeda de mi vestido se acicalaba a mi cuerpo, el sol iluminaba mi rostro. Me encantaba escuchar el canto de los pájaros al atardecer. De pronto oí el tropel de los caballos acercándose, así que me apresuré a salir de allí y traté de ocultarme detrás de una de las rocas que rodeaban el río.

Mi corazón latía apresurado cuando vi al apuesto hombre que se lanzaba del caballo acompañado de uno de sus sirvientes.

-¡So caballo, so! -el hermoso alazán de pelaje oscuro resplandecía con los rayos del sol poniéndose.- Demos de beber agua a los caballos -Lo oí decir.

Pensé en huir de allí, hasta el lugar donde estaba mi madre; di el primer paso, pero mi pie resbaló y caí nuevamente al agua.

Él se giró hacia mí, se quitó las botas, le entregó las riendas del caballo a su criado y se lanzó al agua casi sin parpadear. Lo vi aproximarse e instintivamente cubrí mi pecho con mis manos ocultando la desnudez de mis senos.

-¿Quién eres? -preguntó sonriéndome, mientras me sujetaba del brazo.

-Soy Anna, su majestad. -comencé a titiritar, y no sabía si era el frío o su presencia lo que me hacía estremecer.

-Bonito nombre, Anna. ¿Eres la hija del herrero? Verdad. -me preguntó y eso me llenó de emoción ¿Cómo, me conocía?, me apresuré a responderle.

-Sí, su majestad.

-¡Príncipe! -le gritó el criado desde lo alto.- ¿Necesita ayuda?

-No, no te preocupes Cleotaldo. Ya subo. -respondió y se volteó a verme- ¿Qué haces sola por estos lados?

-No, no estoy sola; estoy con mi madre. -respondí con voz trémula.

Me ofreció su mano, la sostuve y sentí que él me sostenía el alma. Entonces subió y yo detrás de él, avergonzada de la tela transparente que se amalgama a mi cuerpo. Al llegar a la parte de la colina, me miró sonriendo. Yo me ruboricé ante su hermosa sonrisa.

Fue entonces cuando acarició mi rostro y me dijo:

-Eres una hermosa niña.

Y si el sol es tibio, aún más lo eran sus suaves manos.

-¡Anna! -el grito de mi madre me sacó de aquel embeleso.

-Es mi madre, debo irme. -no dije más nada y corrí hacia el campo después de recoger mi cesta.

Mientras me alejaba sentía su intensa mirada persiguiendo mis pasos, hasta que desaparecí, y me encontré con mi madre, viéndome más que preocupada.

-Anna, cariño. ¿Otra vez en ese río? Vas a resfriarte -me regañó, en tono cansado, pero yo estaba tan encantada con mi reciente encuentro que no tuve ánimos de explicarle lo que había pasado, pues mis pensamientos solo podían dirigirse a la cálida mano del príncipe, y la forma en que me sentí a su lado; algo nuevo, algo que me removió el pecho.

-¿Te encuentras bien, madre? -le pregunté cuando regresamos a casa, y la vi callada y sudorosa-. ¿Madre?

Rápido la tomé en mis brazos antes de que cayera al suelo. De inmediato mis hermanas menores llegaron hasta nosotras para ayudarme a llevarla hasta su habitación. Al encontrarnos allí, Teresa, mi hermana mayor, dejó de perfeccionar uno de sus vestidos y regresó con paños y té natural.

-Tranquila madre. Estás agotada, es todo -expresé, preocupada.

-Pues... por el pueblo se escucha que hay una enfermedad que es mortal...

-¡Elisa! -Todas le gritamos en reclamo, pues al ser la meno, solía ser un poco inoportuna.

-Tranquilas. Estaré bien antes de que el sol vuelva a salir -mi madre declaró-. Pero Anna, por favor lleva el pan al palacio real. El rey espera por él, y no tengo energía para llevarlo.

-¿Pero por qué siempre debe ser Anna la que vaya? -reprochaba Martina, con cara larga.

-Porque Anna conoce a los cocineros del reino. Si quieren ese privilegio deberían ayudarnos más en el campo, ¿no creen?

Todas mis hermanas se vieron a las caras, así que vi a mi madre verme de reojo, y entonces sonreí, feliz, porque tal vez podría ser una nueva oportunidad para ver al príncipe.

En menos de dos horas, después de cambiar mi vestido mojado a uno limpio, floral y bastante cálido, me encontraba con la gran cesta de pan fresco en una de las puertas del palacio. No era la primera vez que iba, pues a veces solía ir con mi madre mientras me quedaba fuera, viendo con admiración las grandes estructuras en donde habitaban las personas más importantes del reino, entre ellos, el príncipe que conocía ya.

-Buenas tardes, señorita. Veo que viene usted sola, ¿y su madre?

-Se ha quedado en casa, señor. Vengo a entregar el encargo del rey y la reina.

El mismo hombre, quien era uno de los ayudantes de la cocina, me sonrió amablemente, me dejó entrar, y quitó la cesta de pan de mis manos para envolverlos en una mucho más fina y costosa; luego, me extendió el dinero, entonces lo conté.

-¿Por qué lo cuenta?, ¿acaso cree que voy a robarle?, ¿quién cree que soy?

-Un ayudante de cocina, no menos que yo -dije sin más, molesta por su tono de voz.

El hombre me examinó de abajo arriba con el rostro entre enfurecido y atento, me sentí incómoda, así que me dispuse a salir, pero este decidió abrir su bocota.

-Mujeres... No importa cuan joven o cuan altaneras sean, todas se rinden a nuestros pies.

-¡En sus pies la bosta! -le dije indignada.

Fue entonces cuando el hombre me tomó del brazo de forma grotesca, y ante mis gritos e intentos de zafarme, una de las mangas de mi vestido floral se rompió, dejando todo mi hombro izquierdo descubierto.

-¿Qué está pasando aquí? -La voz detrás de nosotros me hizo estremecer. Al cruzarme con su mirada un tsunami me invadió por completo.

Capítulo 2 ¿Será qué...

A pesar de saber que el príncipe estaba allí, me armé de valor y le lancé una bofetada a aquel irrespetuoso hombre.

"Mis hijas jamás deberán ser tratadas ni tocadas de una forma despectiva, porque aunque no tenemos una vida dentro del palacio, trabajamos para ellos honradamente, y eso nos hace valer", eran siempre las palabras de mi padre.

-Su majestad... -El hombre bajó la mirada-. Esta plebeya ha osado a...

-¿A qué? -le interrumpí-. Él empezó, su majestad... -aclaré, controlando mi humor, mientras hacía una corta reverencia para él.

Este lucía igual de encantador como lo había visto horas antes, sólo que su rostro estaba serio, mientras veía al ayudante.

-Creo que la señorita merece una disculpa -expresó, viendo por un breve momento mi vestido-. Mira lo que has hecho.

-S-sí, lo siento su majestad...

-A ella.

El hombre me miró, obligado y con los ojos inyectados de sangre, entonces murmuró:

-Disculpe, señorita.

-Disculpa aceptada.

Sonreí nerviosa cuando el príncipe se acercó más a mí, y entonces me señaló la puerta de repente.

-¿Me haría el honor de llevarla hasta su hogar, señorita Anna? -Con una encantadora sonrisa que me hizo sentir mariposas en todo el cuerpo.

-Nuevamente te pido disculpas por el irrespeto de mi criado. Muchos son personas sin estudios, incapaces de hacer honor a una hermosa y delicada doncella. -las mejillas se me encienden por segunda vez y él debió notarlo porque con el dorso de su mano recorrió el lado izquierdo de mi rostro.

¡Dios, sus manos! No sé que me ocurre pero cada vez que siento su suavidad y tibieza, dentro de mí emerge en un fuego intenso que abrasa mis entrañas.

-¡Gracias su majestad, por defenderme!

-Mientras yo esté cerca, nadie podrá hacerte daño. -dijo y mi corazón se aceleró.

¿Dijo, cerca? Nada más desearía que ver esa sonrisa todos los días y verme reflejada en aquel verdor de sus ojos.

Como si el tiempo volara, el carruaje se detuvo y justo estábamos frente a mi humilde morada. Desciendo del coche, luego que el cochero abre mi puerta, antes de bajar, el príncipe toma mi mano y la besa, sus labios húmedos provocaban que mi piel de erice y mi vagina se humedezca vertiginosamente.

-¡Hasta pronto, Anna!

-¡Hasta pronto, príncipe!

Caminé hasta la entrada de mi casa sin voltear a verlo, no quería que pensara que me derretía por él aunque fuese una gran verdad. Mis hermanas me observan todas con las manos cubriendo sus bocas.

-¿Era él? -se incorporó Martina del sofá. Asentí y me encogí de hombros.

-¡Oh por Dios, Anna! ¿Qué te dijo? -insistió Teresa. Preferí no causar polémica entre ellas y sólo respondí:

-Nada, sólo me trajo hasta aquí.

-¡No puedo creerlo! -gritó Elisa dando saltos de alegría. Ella siempre es la más espontánea y efusiva de todas, pero también la más sensible.

-Ya dejen de sorprenderse, simplemente fue un favor. Nada que exagerar.

Aunque fingí estar tranquilidad, lo cierto es que me moría por gritar de emoción y decirles que besó mi mano. Sin embargo, en mi interior también sentía dudas, ¿Realmente un hombre tan guapo como él, podía fijarse en una chica como yo?

Han pasado tres años desde aquel encuentro. No sé si me recuerda como yo a él, nada me hace tanta ilusión como volver a verlo en la fiesta del sábado. Exhalo un suspiro y cierro mis ojos deseando encontrarlo en alguno de mis sueños.

Amaneció y todas corren de un lado a otro preparando el traje que usarán para la gran celebración en el palacio. Con mucho trabajo y esfuerzo, mis padres lograron reunir el dinero para mandar a hacer con la costurera del pueblo los cuatro hermosos vestidos.

Mientras Teresa teje el cabello dorado de Martina, yo ayudo a Elisa a hacerse unos bucles. Cada una de nosotras es diferente no sólo físicamente sino emocionalmente. Teresa, quien es la mayor, es segura, decidida y extrovertida; en tanto, Martina es coqueta, tiene los ojos más hermosos que he visto, grandes, verdosos y con su cabellera color castaño como el de mi madre, yo en cambio soy la más reservada de todas, la que no discute por tonterías, pero cuyo corazón es rebelde e impetuoso, y Elisa, la más pequeña, es tierna y muy alegre, siempre está sonriendo.

Con la ayuda de mi madre terminamos de arreglarnos, mi corazón late con rapidez y mis manos sudan copiosamente, con sólo la idea d que volveré a verlo. He esperado tanto este momento que me parece increíble que fugazmente y luego de tres años vuelva a verlo.

¿Habrá pensado en mí? No lo sé. Quisiera creer que aquella momento permanece intacto en su memoria como ha permanecido en el mío. Todas subimos al carruaje que mi padre ha contratado para llevarnos, lo amplio de la falda de nuestros vestidos, lo hace algo incómodo, pero el deseo de verlo a él, lo vale todo, por lo menos para mí.

Minutos después llegamos finalmente al palacio, mi corazón parece que quisiera salirse de mi pecho, todo está mucho más hermoso que hace tres años, por supuesto, en aquella oportunidad fui recibida en la cocina. Hoy haremos la entrada por la puerta principal. Las piernas me tiemblan, mientras intento subir los escalones siendo sostenida de la mano por uno de los guardias que nos conduce al salón principal de aquel mágico lugar.

La entrada de un lujoso palacio es impresionante. Las puertas se abren lentamente, revelando el majestuoso vestíbulo iluminado por candelabros de cristal que arrojan destellos de luz sobre las paredes revestidas de mármol y los suelos de mosaico pulido.

Una alfombra roja de terciopelo se extiende por el suelo, guiándonos hacia el corazón del palacio, donde una escalera de mármol blanco con barandillas de oro se eleva majestuosamente hasta el siguiente nivel. En las paredes, se pueden apreciar cuadros de antiguos monarcas y escenas de batallas épicas, bordeados por marcos dorados.

Tanto mis tres hermanas como yo, seguimos con la mirada, atónitas y con asombro aquel maravilloso lugar. Somos recibidas por criados vestidos con elegantes uniformes que nos ofrecen bebidas exquisitas y pequeños aperitivos en bandejas de plata. El ambiente está impregnado de un suave perfume de flores frescas y madera pulida, envolviendo cada uno de mis sentidos.

Suenan las trompetas de los soldados anunciando la entrada de la Reina Emma III. Recuerdan lo que les comenté sobre ser la elegida, es ella quien se encargará de ver quien de las más de cincuenta doncellas, es la merecedora de ser la esposa del Príncipe Rodrigo.

La Reina Emma II es una mujer muy hermosa, pero mucho se rumora sobre su carácter soberbio y actitud arrogante. Aunque muestra una espléndida sonrisa, siento que es una mujer difícil de sobrellevar. Esa noche, viste un hermoso traje rojo de seda con mangas largas cuyos bordes dorados se repiten en la amplia falda del elegante vestido, una hermosa corona con incrustaciones de zafiros rojos que hacen juego con su hermoso vestido y la hacen sobresalir del resto de los invitados. Su postura es elegante y su actitud refleja calma y serenidad.

Por algún motivo siento, que no será nada fácil agradarle, aunque sé que su opinión es lo más importante para el príncipe Rodrigo. En el carruaje, hace tres años atrás me lo hizo saber cuando en medio de la intermitente platica mencionó "Mi madre es la mujer que más admiro y respeto, su temple y la manera en que acierta en sus decisiones, han sido mi mayor ejemplo a seguir"

Aún así, jamás dejaría de ser quien soy para complacer a otros ¿u otras?...

En cuanto el anuncio de la reina acaba con la presentación del apuesto príncipe, no puedo más que sentirme tensa y emocionada al verlo buscar a alguien con la mirada. Entonces justo cuando pienso que su mirada se encontrará con la mía, otro hombre con pequeñas risas lo hace girar, por lo que luego puedo verlo también sonriendo gustosamente.

Es la primera vez que lo veo reír de esa forma y me encanta. Me encanta como el primer día que lo conocí.

Pronto anuncian que se dará inicio al baile y veo cómo todos los empleados que estaban repartiendo aperitivos se hacen a un lado, colocándose todos en línea recta cerca de las grandes cortinas rojas. Es después de esto que mis hermanas y yo nos miramos sonriendo, emocionadas, al los Duques y caballeros posicionarse en fila frente a la nuestra.

Doy gracias a mis hermanas e incluso a mis padres por insistirme a aprender el baile, pues aunque soy romántica, a veces estos bailes me parecen bastante incómodos por la perfección en que tienen que realizarse.

Hay silencio entre los demás cuando el mismo mayordomo anuncia con voz grave:

-Ahora el príncipe Rodrigo Fernández de Córdoba escogerá entre las doncellas, princesas y duquesas, con quién dará inicio al gran baile real.

Los nervios comienzan a atacarme cuando veo al guapo príncipe saludar con una sonrisa a la primera mujer de la gran fila. La garganta se me seca porque desde aquí puedo ver que todas las mujeres de alta sociedad son muy hermosas, aunque estoy segura de que la belleza de mis hermanas se iguala a la de ellas. Sin embargo, nuestros vestidos al no ser de alta costura, son evidentemente menos resaltantes ante los demás.

Mientras el vestido de Elisa es de seda rosado, que evoca ternura e inocencia, de mangas largas, adornado con encaje simple, el de Martina es azul claro como el cielo, muy parecido al de Elisa a excepción de las mangas largas; en cambio, Teresa con su clara madurez física, usa un vestido esmeralda con un pequeño escote en el pecho, mangas cortas y encaje delicado. En tanto, yo visto uno de tela roja que encaja perfectamente con mi tono de piel y cabello, con corte de corazón en el pecho, de mangas abullonadas, y como el de todas mis hermanas, con faldas largas y sueltas al cuerpo.

Elisa, quien está a mi lado, me toma la mano con una sonrisa, ansiosa, al señalarme con la mirada que el príncipe finalmente está comenzando a saludar a nuestra hermana mayor, como todas, con un asentimiento de cabeza y una gran sonrisa. Es entonces cuando mi respiración se tranca mientras no dejo de verlo, pues me doy cuenta que ha pasado por más de treinta mujeres, mucho más, y no ha escogido a ninguna, ¿será qué...?

Capítulo 3 El baile real

El encantador perfume que recuerdo como si fuera ayer invade mis fosas nasales de inmediato cuando, al llegar a Elisa, este ha levantado la vista y se ha encontrado con la mía, y como un imán viene a mí.

En el momento en que me sonríe ampliamente y hacemos una reverencia mutua, las piernas comienzan a temblarme. El príncipe Rodrigo me invita a tomar su mano, y cuando lo hago, siento cosquillas que comienzan a desplazarse desde la palma de mi mano, sin poder despegar mi mirada de la suya, ni al parecer él de la mía.

Damos un paso adelante al ser pegada ligeramente a su cuerpo por sus firmes manos, y jadeo. Puedo sentir mi pecho retumbar junto al suyo cuando examina todo mi rostro ruborizado, y al darme una media vuelta para comenzar el baile, me susurra frente a frente:

-Ni el amanecer más cálido y brillante se compara con tu belleza esta noche, Anna. Eres toda una hermosa señorita, mucho más encantadora de como recordaba.

Su voz hace estragos en todo mi cuerpo, dejándome como el mismo títere en sus manos, completamente bajo su control en toda la pista danzando al ritmo de la música y al compás de la coreografía aprendida.

Entre vueltas, sus manos en mi cintura, nuestras miradas fijas y las sonrisas que se congelan gustosas por el otro, me tomo el tiempo de detallarlo. Su traje tiene un corte impecable y refinado, confeccionado todo en lana fina; con un frac negro con adornos dorados en el pecho y solapas terciopelo, pantalones a juego con rayas laterales, chaleco bordado dorado, camisa blanca con cuello alto y corbata de lazo. Entonces suspiro, casi temblando, por lo atractivo y hermoso que se ve.

-¿Sucede algo, señorita Anna? No me ha dirigido la palabra en todo el baile. ¿Acaso cometí un error en nuestro primer encuentro? Dígame, prometo recompensarlo.

Ante su comentario, espabilo. Entonces, siguiendo los pasos y viéndolo a la cara, apenada, consigo mi voz.

-No, su majestad. No creo que pueda hacer usted algo voluntariamente para quitarle el habla.

Me levanta sin despegarme de su cuerpo, tomando con fuerza mi cintura, me baja lentamente friccionando nuestros cuerpos, sin quitarnos la mirada, y soy gelatina al llegar al suelo. Entonces escucho su risa en mi oído, y tiemblo en sus brazos. Me sorprende, pero me gustan todas las sensaciones que experimenta mi cuerpo a su lado con un simple baile.

-¿Dices "voluntariamente"?, ¿acaso he hecho o hago algo que cause un efecto en ti? -me cuestiona.

Trago hondo mientras seguimos moviéndonos sobre la pista, y asiento, aunque seguramente más que sonrojada.

-No hay mujer en esta sala, además de su madre, claro, que no se encante por su presencia, majestad.

-Pues también noto a muchos hombres en esta sala que lucen encantados al vernos, ¿eso qué quiere decir?

Aquello me resulta gracioso, así que escondo mi cara en su cuello para reír cuando encuentro la oportunidad. Y siento al príncipe Rodrigo apretar mi cintura con más fuerza y respirar con dificultad en mi oído.

Mi piel se eriza lentamente.

-No tengo idea, su majestad -respondo aún con una sonrisa.

-Pues están pensando en lo mucho que quieren bailar contigo, Anna.

Nuestras manos se separan mientras damos dos pasos hacia atrás para incluirnos en la fila, seguimos la coreografía y pronto nos encontramos agitados y pegados al otro, de nuevo.

-¿Por qué cree eso, señor? Soy una simple plebeya.

Noto cómo el príncipe muerde su labio inferior unos segundos y después pasa ligeramente su lengua por ellos, causando que mi ropa comience a molestar.

-Aunque lo seas, Anna, juro que no he visto mujer más hermosa en este reino.

-Ni yo a un hombre como usted, su majestad... -me atrevo a decirle.

El príncipe sonríe y me regala una mirada que siento desnuda mi alma.

-Es bueno saber eso.

El baile acaba con mi cuerpo siendo sujetado por el suyo casi en el aire, y al levantarme, realmente soy consciente del mundo a mi alrededor al escuchar los aplausos.

Jadeo cuando su mano toma la mía delicadamente y me planta un beso cálido sin dejar de verme.

-Aguarde, bella señorita, estaré de vuelta con usted en unos minutos.

Asiento rápidamente, y siento el vacío en todo mi cuerpo cuando se aleja con su rostro sonriente.

Las manos que atacan mis hombros mientras me sacuden me sacan de mi hipnosis.

-Sí, yo también estaría así -comenta Teresa.

-¡Bailaste con el príncipe, Anna! -exclama Martina.

-Te escogió a ti entre todas...

-Mamá no va a creer esto -es lo que digo, y las risas de mis hermanas se juntan con la mía, aunque pronto veo a Elisa verme con nostalgia.

Quiero hablarle pero esta me da una mirada extraña para tomar el brazo de nuestra hermana Martina y caminar hacia los sirvientes seguramente a buscar agua.

-Tranquila -Teresa me dice-. Es solo una niña.

-Estaba muy ilusionada... -expreso viéndola a lo lejos-. ¿Crees que lo supere?

-Sí, Anna. Tampoco es como si el príncipe pudiera escoger a alguna de nosotras las plebeyas para casarse. Eso jamás se ha visto, y conociendo a la reina, jamás se verá.

El comentario de mi hermana mayor me deja con la garganta seca y un pequeño dolor en el pecho. Si bien es cierto que todas en el fondo guardamos la esperanza de que eso pueda ser posible, al conocer a la reina, lo dudo; pues esta mujer de carácter e inteligente, no tendría nada de beneficio si su primogénito se casa con alguna plebeya. Y me atrevo a decirlo porque sabemos que en otros reinos los matrimonios bailan al compas de la conveniencia del reino y no como debería ser: por el amor.

Me dirijo a uno de los sirvientes, en busca de alguna bebida para refrescar mi garganta y también para apaciguar la temperatura extraña de mi cuerpo. Entonces al sonreírle a uno de estos, me consigo con la mirada del hombre que me faltó el respeto hace años, el ayudante de cocina. Este me ve de forma intensa, apuntando luego su mirada en mi pecho, con descaro, entonces me doy vuelta para quitarme de su vista, disgustada, pero pronto lo tengo frente a mí.

-Te veías muy feliz bailando con el príncipe eh.

-Sí, permiso... -intento irme.

-¿No te gustaría bailar conmigo también?

Alzo la mirada para saber si alguien nos observa, a sabiendas de que está por rebasar mi paciencia, porque desde aquella vez no me cae bien y podría descontrolarme; pues no quiero causar un espectáculo, menos después de haber tenido la atención de todos en mí al bailar con el príncipe.

-No, gracias.

-Por favor, ¿Qué acaso ya te crees la futura esposa del príncipe? -me cuestiona, con ese tono de voz asqueroso y esa mirada que me irrita.

Respiro hondo y alzo la mirada, sin miedo.

-Por supuesto que no, ahora, permiso...

Él vuelve a interponerse.

-Ohhh, ya entiendo. Alguien como tú seguramente tuvo que haber hecho algo completamente valioso aquella vez que te llevó en el carruaje real. ¿No es así, Anna?

Respiro profundo intentando controlar mis impulsos, pero cuando no le doy respuesta e intento irme, este vuelve a interferir en mi camino, causando que mi control abandone la sala y lo empuje con todas mis fuerzas. Sin ver que detrás de él venía la mismísima reina, sin poder reaccionar cuando este del impacto cae sobre ella, la corona se le cae, y rápido ambos se encuentra en el suelo, con la mirada de todos puesta en ellos y en mí.

-¡Ayuden a la reina! -todos gritan, así que de inmediato me acerco junto a su mayordomo para levantarla, pero entonces justo antes de que uno de los sirvientes pueda recoger la corona, uno de los perros reales la toma en sus dientes.

-Oh no, ¡no, no, no! -exclamo, viendo como el perro corre con la corona en su poder. Deseo ir tras él pero me detengo al ver a los sirvientes hacerlo, entonces me giro para ver a la reina, quien está siendo atendida por su mayordomo como si hubiera caído por un precipicio.

-¿Qué pasó aquí? -El príncipe llega hasta nosotras, luciendo confundido.

-Nada, hijo. Me disponía a hablar con la plebeya que escogiste para bailar, y ha atentado contra mí.

-No, su majestad... -intento explicarle, con el corazón en la garganta-. No es lo que piensa. ¡Ese hombre! -Señalo al ayudante-. Me estaba intimidando, así que tuve que...

-¿Actuar como una salvaje? -me interrumpe la reina, con su tono de voz duro e hiriente-. Ese no es el comportamiento de una señorita recta y con buenos modales.

Sus palabras me irritan.

-¿Entonces qué debía hacer, su majestad? -le digo, y escucho en el fondo el asombro de algunas personas por mi atrevimiento-. ¿Aceptar bailar con él después de haber bailado con el príncipe?, ¿bailar aunque no lo quisiera?, ¿obligarme?, ¿eso dice?, ¿acaso permitiendo que otro tenga control sobre mí es que puedo tener buenos modales? Porque sí es así, vaya, está usted y todo el reino equivocados.

-¡Niña insolente! -la misma reina me grita, perdiendo la postura, roja al igual que yo seguramente-. ¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma, retarme e insultarme?

-Madre... -El príncipe se interpone entre nosotras, mirando a su madre a la cara, permitiendo que pueda concentrarme en otra cosa, como la cara de mis hermanas sacudiendo la cabeza en total negación por mis acciones y palabras-. Por favor, no llevemos esto a otro nivel. Estamos en la fiesta en donde se supone debo escoger a mi esposa y...

-¡Y nada, Rodrigo! -esta le dice, y todos parecen temblar por su tono de voz-. Saquen a esta muchacha insolente del palacio. No permitiré que nadie me falte el respeto, ni que nada arruine nuestro propósito.

Su mandato me hace jadear asustada por robarme la posibilidad de estar más tiempo con el príncipe. Entonces veo a todos lados a los guardias acercándose a mí, a la reina mirándome con molestia fijamente, y a Rodrigo a punto de refutar para salvarme.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022