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Pasión del caribe

Pasión del caribe

Autor: : Rossetica
Género: Romance
Él quería cerrar un gran negocio para su empresa. Ella no quería que el millonario sexy que le proponía la fusión de sus compañías, supiera que estaría en línea directa con el negocio. Mientras ella finge ser su asistente designada, se desata la pasión del caribe. Él sabe que no debe enamorarse de una empleada, y ella sabe que no debe desarrollar sentimientos por un socio, que se cree su jefe. ¿ Podrá convertirse él, en el jefe de toda la vida de ella?...

Capítulo 1 Pasión 1

1

Camino desesperadamente por mi habitación en busca de conjuntos para un mes en una isla del caribe.

Pero necesito que no delaten mi acomodado estatus económico.

Perchas y más perchas de ropa se mueven entre mis dedos, buscando cosas adecuadas para despistar a mi acompañante. Consiguiendo casi ninguna.

Tengo que perder la costumbre de comprar marcas. Pienso y me regaño mentalmente, aceptando que la ropa es algo demasiado básico como para darle tanta importancia; pero no en este caso.

En este caso mi atuendo puede delatar los ceros en los cuentas.

Me iba en dos horas para el caribe. Específicamente a Cuba. País pródigo en manifestaciones artísticas y creadores de renombre universal.

Estaríamos un mes entero allí, en la mayor isla del caribe, fingiendo ser ambos, lo que ninguno era.

Con bondades naturales disponibles para arroparnos, junto a un clima cálido y un mar ideal; pero ni él ni yo íbamos de excursión, más bien íbamos de incógnito en los planes del otro.

Mi nuevo jefe, el billonario Rodrigo Arias, me había contratado descaradamente para ser su asistente personal, asumiendo que obtendría de mí, información sobre la empresa de la que en realidad era dueña, mientras el creía que había sido allí, una simple secretaria. Solo que él no sabía, que la supuesta asistente era su próxima socia, si todo salía bien.

Decidí tomarme unos minutos para organizar mis ideas, y tomando mi tasa de café, salí al balcón de la terraza de mi penthouse viendo como la ciudad de Madrid cobraba vida matutina debajo de la visión periférica que enviaba imágenes citadinas a mi caótica mente.

Apoyé mis brazos en el muro de granito y colocando la tasa a mi lado, volví a vagar por los pensamientos que me tenían tan aturdida en estos días.

Aquel hombre moreno, de ojos negros intensos, barba elegante de no más de los dos días que se veía que se permitía, y que me la estaba jugando.

El muy cabrón había contratado a mi antigua asistente, todo supuestamente claro está, para sacarle información sobre mi empresa antes de fusionarse y así, conociendo mis puntos débiles, obtener ventaja del negocio.

Yo... rubia, ojos verdes, cuerpo divino que me trabajaba bastante y mente privilegiada, había decidido que mi proyecto, que sería pionero en la industria, no lo fusionaría con la empresa de un tío, que iba con segundas intenciones y no de frente.

Era buenísimo en su trabajo, sí, podía reconocerlo; pero yo también lo era en el mío y no podía dejar que un idiota que se creía listo me vacilara.

Cuando supe que estaba buscando una asistente personal, que hubiese trabajado conmigo, tracé mi plan.

Me haría pasar por su perfecta chica de los recados y con el currículum que le preparé de verdades a medias, no pudo negarse, sobre todo, porque había puesto que me llamaba Lucy Stuart.

No era del todo incierto, debe especificar... Mi nombre completo es Lucía Figueroa Stuart. Mi madre era británica, pero mi padre español, así que en realidad solo había jugado un poco con mi nombre y evidentemente, él no lo había tenido tan en cuenta, pues me contrató enseguida, a través de su verdera asistente personal, que a juzgar por la mala cara y trato con que me atendió, no le había sentado bien saber que el bombón de su jefe no la llevaría a Cuba, y en su lugar lo haría yo...

" La nueva"

Me sonreí mirando los taxis aglomerarse en el semáforo, pensando en lo equivocada que estaba la muy tonta y lo mucho que disfrutaría ver su cara el día que supiera que yo también sería su jefa en el futuro, si llego a confiar del todo en Rodrigo durante este mes.

- Traigo refuerzos - el sonido de la voz de Blanca, mi asistente personal... la verdadera, se coló estrepitosamente por mis tímpanos y me obligó a entrar a mi habitación nuevamente, para encontrarla soltando dos maletas en el medio de mi suelo de mármol negro pulido - me siento como en la novela el príncipe y el mendigo, pero versión femenina.

Sonreí, caminando hasta ella y besando sus dos mejillas. Éramos amigas también, pero era una excelente asistente.

- ¿ Me explicas? - le pregunté señalando las maletas y sentándome sobre una de ellas, cruzando mi pierna de manera elegante.

- Como imaginé esto - señaló mi cama llena de ropa y mis zapatos por todo el suelo de mi vestidor - te traje dos maletas llenas de mis mejores trapos - abrió los brazos sonriente y encogiendo los hombros - no son de las mejores marcas como tu ropa, pero tienen buena calidad y por suerte, tenemos las mismas medidas, solo que zapatos si, tienes que exponerte a usar los tuyos. Si se da cuenta, le dices que robas a ancianitos que salen del bingo para comprarte las mejores marcas del mercado. Puedes alegar trastorno fetichista patológico.

No pude reprimir una carcajada grosera para mi estilo refinado. Casi me caigo de la maleta, de las convulsiones que daba mi cuerpo con la escandalosa risa que me había producido su ironía mañanera.

- Eres única.

- Lo sé - me sacó la lengua de manera infantil - pero me gustaría que me lo dijeras más veces.

Me pasé el resto de la siguiente hora, haciendo las maletas con las cosas de Blanca.

Decidí que mejor llevar pocos zapatos y comprar allá cosas del país, así disimulaba mi sobrada economía, y pasaba como la típica chica que ama los zapatos y no puede evitar comprarse todos los que puede pagar con los ahorros de un sueldo básico.

Tampoco es que él fuera a estar pendiente de mi calzado pero no podía arriesgarme. Soy una perfeccionista por naturaleza.

Durante mi ausencia, Blanca se encargará de todo mi trabajo y mantendremos una estrecha comunicación nocturna para estar al corriente de mi negocio.

Una pequeña, pero en ascenso empresa de creación de programas para las mejoras de funcionamiento rápido y eficaz para las grandes empresas. Acababa de diseñar una aplicación pionera en ese sentido, y el listo de Rodrigo además de comprar mi aplicación, quería que fusionaramos las empresas para mantener mis habilidades como uso privativo para él.

No podía negar que me convenía, era un gran empresario y todos sus millones se volverían nuestros, a partir de los por cientos en la fusión, pero aún así quería ver desde dentro, si era transparente e íntegro como decían. No iba a asociarme con ningún delincuente, que terminara arrastrandome a la cárcel, si alguna vez sucedía algo.

Avanzaba por el aeropuerto, apresurada y ataviada en un vestido sin mangas, de algodón color crema a la altura del final de mis muslos, que combinaba con mis botas de cuero Louis Vuitton, que esperaba no se hicieran notar las fabulosas.

Esquivaba personas en todo el maldito sitio, cosa que no solía pasarme porque viajaba en vuelos privados, pero debía fingir.

Tirando de mis dos maletas, con el pelo rubio cenizo rozando el final de mi cintura, suelto y rebelde y las gafas de sol, que gracias a dios llevaba, lo ví.

La protección que colgaba de mis orejas y entrecejo, me aislaba de su fija mirada por mi cuerpo, evitando que sus ojos colisionaran con los míos.

Estaba allí, en la puerta de embarque esperando por mí, rodeado de tres hombres y a pesar de no saber quién era yo, definitivamente para mí no era lo mismo. Sabía perfectamente quién era él. Pero verlo en persona, supuso un desnivel hormonal brutal en mi hipófisis.

Tenía un traje negro, con los puños por la mitad de sus brazos, dejando ver la blanca camisa enroscada bajo ellos también. Sin corbata y con los tres primeros botones de su camisa abiertos, dejando que su pecho revelara algunos vellos varoniles que me excitaban solo de pensar que pudiera tirar de ellos con mis dedos resbalando por su piel.

¡Joder!

¿Que demonios estaba pensando?

Tenía una gafas de sol negras, que bajó con descaro, haciendo un gesto estudiado para visualizarme con frescura de arriba a abajo y sonrió ladino el muy perverso.

Retomé la marcha que había detenido por la intensidad de su mirada, y relamió sus labios consiguiendo que me temblaran las piernas aunque continué mi avance.

- Buenas tardes caballeros - pronuncié con la voz firme a pesar del candor del momento. Los otros me devolvieron un educado gesto de sus cabezas, un poco frío pero protocolar y me obligué a fijar mi vista de regreso al morenazo.

Él volvió a poner los espejuelos en su sitio y sacó una de sus manos de los bolsillos de su pantalón, dónde ambas se encontraban refugiadas, alzando un dedo para mí.

- ¿Eres Lucy Stuart?

- Encantada señor Arias - repondí y estiré mi mano con elegancia hacia la suya y él la tomó, acariciándola de manera sutil pero atrevida para ser mi supuesto jefe - es un placer conocerlo y trabajar con usted.

- Estupendo señorita, prefiero no pronunciar mis placeres todavía. ¡Vamos por aquí por favor!

¡Maldito imbécil!

Ya quería matarlo.

Me había dejado en ridículo delante de los otros tres hombres, que tomaron nuestras maletas y avanzaron detrás nuestro.

Finalmente estaba en zona vip. Por fin aislada del bullicio de la otra parte del aeropuerto. Con un refrescante y poderoso aire acondicionado que refrescaba el calor de mi cuerpo.

Cómo había asumido que haríamos dada la clase de mi jefe, tomaríamos un vuelo privado, en uno de sus aviones que estaban habilitando por un imprevisto de última hora.

A paso rápido, tuve que seguirlo hasta la pista. Perdiendo la climatización exquisita de la sala vip.

Verlo delante de mí, avanzando con seguridad, los hombros anchos y cuadrados. El traje perfectamente ajustado a su espléndida espalda, un culo marcado en los pantalones, me hacía perder la vista allí, hasta que casi tropiezo con él, por ir de mongólica mirándole el trasero a mi jefe.

- ¿Está bien señorita? - preguntó él, medio sonriendo el puñetero.

- Maravillosa señor - contesté sacando mi pecho, obteniendo su mirada en ellos.

- Ya lo veo ya, Lucy. Sube...

Su orden y su frasesita con doble sentido me hizo sentir relajada.

Había dejado de turearme y no parecía inmune a mis encantos, cosa que me fascinaba porque yo no lo era a los suyos aunque, trabajaría duro para serlo.

No podía liarme con mi actual jefe y futuro socio si todo iba bien.

Me hizo un gesto para que abordara el avión, y cuando puse un pie en la escalerilla, se colocó a mi lado y puso su palma abierta y caliente sobre el final de mi espalda, haciendo que casi saltara ante su potente toque.

Subíamos uno al lado del otro y me hizo una pregunta que me descolocó completamente...

- ¿ Hay algún otro hombre aparte de mí en tu vida Lucy?

Me detuve en seco, haciendo que los cuatro hombres que subían conmigo imitaran mi gesto porque no tenían otra opción.

- Esa pregunta está fuera de lugar señor - apunté girándome hacia él, que se perdió en la unión de mis labios.

No podía descifrar lo que su expresión proyectaba. Miraba mi boca con deseo y me extrapolaba ese deseo a mí también, que si hubiera podido elegir en aquel momento, me habría encaramado a su cuerpo y lo tendría embistiendo el mío en plena escalerilla de lo mucho que me ponía su actitud descarada y directa, debo decir.

Recorrió mi cintura un poco más, y lo noté acercarse a mí, haciendo que su mano se estirarse hasta la otra parte de ella y con un gesto de su cabeza, indicó a sus hombres que pasaran.

- Repondeme siempre que te haga una pregunta Lucy.

¡Oh dios mío nunca debí venir!

Me fascinaba el tono ronco que había adoptado su voz. Era tan fuerte y dominante que podía sentirme deseosa entre mis piernas por volver a oírlo, pero sobre todo, por sentirlo en mi piel. Tendría que ser maravillosa la sensación de aquel macho potente hablando así sobre mis piernas abiertas en su boca.

¡Joder, joder, joder... Lucía céntrate!

- No hay hombres en mi vida, porque no quiero nada con nadie y eso - me acercó a él tanto, que tuve que poner mis manos en su pecho y, madre del amor hermoso que bien se sentía - también lo incluye a usted. Suélteme...

Esto último lo susurré cuando me pegó todavía más, si es que eso era posible.

Sus ojos conectaban con los míos por encima de las gafas y nuestros alientos se mezclaban demasiado, lo que marcaba una enorme cercanía de los dos.

- ¿Quieres ser mi asistente en este viaje , o mía simplemente?

- Eres muy directo - dije anonadada por su franqueza.

- Te deseo y sé que me deseas también; pero no me acuesto con mis empleadas - pasó su nariz por mis labios con gloss transparente - así que decide ahora si subes como mi acompañante o mi empleada. Me gusta como huele tu boca.

Por mucho que deseara dejar que la probara, no podía olvidar a qué habíamos venido y de seguro no podría dejar que mi socio, entrara en mi vagina, por mucho que lo deseara. Eso pondría en peligro nuestro futuro negocio.

Además del hecho de que asumiera que puede tratarme como a una señorita de compañía.

Su pretensión me molestaba.

- Respete mi espacio personal señor Arias por favor.

Levantó las manos instantáneamente, como si lo hubiese quemado algo de mí.

Supongo que mis palabras secas, duras y directas, que nos devolvieron al trato de usted, fueron las que le quemaron y le respondieron a la vez.

Estiró una mano para indicarme que subiera, asumiendo así, que sería su asistente y no su juguete en este viaje.

Sin embargo cuando subí dos escalones más, lo volví a escuchar hablar con aquella voz que ya me estaba volviendo loca en su segunda ocasión.

- ¿Estás segura de que eso es lo que quieres?

Volví a detenerme. Con la mano aferrada al pasamanos y apretando con fuerza los ojos también, para impedirme saltar sobre él y rodar incluso,escaleras abajo con tal de pegarme a su cuerpo que emanaba poder, promesas de sexo salvaje y mucho erotismo.

Miré hacia atrás por encima de mi hombro y dejando que mis ojos pasearan a su antojo por aquel cuerpo, aquel hombre y aquella escencia masculina arrolladora dije...

- ¡ No!

Capítulo 2 Pasión 2

- ¿Entonces...? - preguntó él, arrastrando la palabra, esperanzado con una respuesta que no podía darle.

Lo veía desde mi altura, un par escalones por encima del suyo, y aún así se veía enorme. Era altísimo, podía hacer sido jugador de básquet, estaba segura, asumía que mediría más de metro ochenta. Mis ojos aceptaban lo que aquel hombre pidiera, pero yo no podía responder de manera afirmativa.

- Nos espera un largo viaje por delante señor Arias- dejé implícita mi negativa a ser suya, y me lamenté internamente por no poder dejar de lado mi verdadero interés en él, y ser una mujer jóven, que lo deseaba solo de verlo y con toda la disposición del mundo a pasar un mes en sus brazos disfrutando de unas vacaciones improvisadas en el caribe.

Dicho esto, me giré y comencé a subir hacia el interior del avión. Podía sentir sus pasos detrás de mí, y no necesitaba voltear a verlo para saber, que admiraba mi anatomía trasera.

Sonreí internamente y continué mi ascenso. Cuando me detuve en la puerta, una de las azafatas me tomó el bolso, y me dió un cortés saludo, además de una botella de agua que agradecí, tenía la boca seca.

Los tres hombres que lo acompañaban, se mostraban distantes y serenos. Habían tomado sus asientos en la parte delantera del avión, por lo que nos tocó avanzar hacia la zona final.

- Póngase cómoda señorita - susurró en mi oído, demasiado cerca de mí, al tiempo que pasaba por mi lado, rozando mi cuerpo con el suyo, provacando que ambos se trabaran entre los dos asientos.

Finalmente, colocó su mano en la franja dorsal derecha de mi cuerpo y la palma era tan grande que casi roza mi ombligo con su dedo corazón. Suspiramos y me sopló su aliento en el oído. Ese hombre me hacía temblar las piernas y lo acababa de conocer.

¿Cómo podría aguantar un mes entero con él, sin caer?...

Difícil reto, pero no había más remedio que intentarlo.

Finalmente, se apartó de mí y avanzó hasta el final de su avión, haciendo que todos miraramos el tirón que le dió a la puerta, mostrando enfado al cerrarla.

- ¿Desea algo señorita antes de despegar? - me preguntaba muy amable la azafata, morena de ojos que parecían violetas y un cálido aspecto general.

- Me podría funcionar un antifaz, tengo sueño y será un viaje largo.

Ella asintió, y con un...

« enseguida », se marchó hacia la cabina, sin que pudiera dejar de ver la pequeña caricia que le hizo en el cuello, a uno de los acompañantes de mi jefe mientras pasaba por entre los asientos.

Me pareció lindo.

Nueve malditas horas de vuelo para llegar a Cuba. Era un infierno.

Desde que habíamos despegado, hacía dos horas ya, Rodrigo seguía metido en su habitación y a mí me dolían los tobillos. Probablemente se me habían hinchado por llevarlos colgando de mi silla.

Tenía puesto el antifaz, fingiendo dormir y evitando el sol de la mañana que entraba por la ventanilla del avión, pero no podía quitarme los zapatos en un avión privado que no era mío, con tres tíos delante que no conocía.

La noche anterior no había dormido mucho, pensando en todo el tiempo que estaría fuera, y fingiendo ser una asistente común, cuando montones de negocios requerían mi atención y yo aquí, haciendo los recados de mister intenso.

¡Vale!... Lo había rechazado y eso pudo haberle sentado mal. Pero tirar la puerta y dejar a sus empleados solos, durante nueve horas por un berrinche conmigo, no me parecía muy maduro de su parte.

Aunque claro está... Todo eso, asumiendo que haya sido por mí, conclusión bastante egocéntrica por mi parte. Supe admitir.

En fin, que me dormí. Con las piernas hinchadas o no, me dormí.

Desperté cómoda, demasiado pude notar. Una cama suave cargaba mi agotado cuerpo. Mis pies resbalaron por hilos de seda, que sabía identificar perfectamente, porque así eran los sábanas. Pero cuando resbalé una de mis manos por debajo de la almohada y gemí bajito, abrazándola y hundiendo mi nariz en su cuerpo, recordé que ni esa era mi cama, ni mi almohada ni tenía la más mínima idea de cómo había acabado en la cama del avión de mi jefe, con el acostado a mi lado.

- Buenas tardes preciosa. Me encantan los sonidos que haces cuando duermes y la calidez de tu cuerpo junto al mío.

Lo empujé de pronto y el sonrió descarado. Ya se le había pasado la perrera evidentemente.

- ¿Que hago aquí? Y ¿Mi ropa? - me miré hacia abajo, y noté que llevaba solamente una camisa suya puesta, y eso me hizo darme cuenta de su pecho glorioso y varonil desnudo ante mi vista.

- Estoy asombrado de lo profundo que puedes llegar a dormir. Te he desvestido, sacado las botas, que por cierto - señaló hacia ellas, perfectamente acomodadas en una esquina de la habitación y se recostó sobre un codo de costado en la cama - son carísimas para una mujer con un sueldo de asistente personal, pero aún así - se mordió los labios distraído cuando me senté lejos de él, sobre mis talones en una esquina de la cama, dejando parte de mis muslos a la vista - lo más sorprendente es la belleza que posees toda tú - se levantó y yo lo imité, caminé hacia atrás porque el se acercaba demasiado y terminamos contra la esquina derecha del pequeño cuarto - quiero tenerte Lucy - susurró seducido por mí y tratando de seducirme él a mí, mientras colocaba sus brazos en los lados de mi cabeza, acercando su rostro demasiado al mío - se mía por este mes y déjame convencerte de quedarte - puso una de sus piernas entre las mías y cuando nuestros muslos se rozaron, el suyo dentro de su pantalón pero el mío en la piel directa, ambos aumentamos la frecuencia de nuestras respiraciones - me muero por tenerte preciosa, dime qué sí.

Su olor me enloquecía. Sus ojos oscuros se diluían en el verde de los míos y madre mía, como me gustaba. Hubiese pasado mi lengua por su boca sin detenerme hasta hundirla en su boca, le habría abierto las piernas con un solo movimiento y hasta podría haberle suplicado que me hiciera suya; pero el dominio que parecía ejercer sobre mi voluntad me irritaba y me hacía resistirme y recular.

Me escapé de entre sus brazos que me tenía enjaulada contra la pared, y saliendo por debajo de uno de los suyos, lo ví recostar vencido su cabeza en la pared.

- Podría denunciarte por acoso sexual - me senté en la cama, con urgencia de vestirme y alejarme de aquella tentación - esto que has hecho es ilegal - metí el pie en mi bota y cuando me incliné hacia atrás, haciendo fuerza para colarlo dentro, él se giró y se acercó a mí perdido en la vista de mis piernas desnudas - ¿ Que haces Rodrigo?

Ya no lo trataba de usted. Qué sentido tendría el hacerlo, cuando me había visto desnuda.

- No es acoso si tú también me deseas - terminó de ponerme la bota y tomó la siguiente, arrodillado entre mis piernas para repetir el ejercicio con mi otra pierna, mientras yo veía extasiada lo que hacía - no te sientes acosada porque no te estoy acosando lucy - terminó de subirla y cerró ambos zippers en los dos zapatos - te estoy seduciendo y te estás dejando - colocó sus palmas en mis muslos desnudos y no pude evitarlo, me gustaba demasiado, estaba intensamente involucrada con lo que me hacía - solamente te asusta lo mucho que me deseas y quieres ponerme un alto, y yo no me dejo - llevó sus manos a mis nalgas, colandose por dentro de la camisa, poniendo a hervir mi piel y me impulsó hacia adelante, haciendo que rodara por la cama y él quedara más metido entre mis piernas y más cerca de mi boca - somos dos adultos que se desean, y dedicaré este mes a minar tus defensas y conseguir que te entregues por completo a mí, ¿Te parece bien eso?

Entre mis muslos, un volcán de lava se preparaba para erupcinar en la primera oportunidad, y que sus manos, hicieran caricias a las carnes voluptuosas de mis caderas desnudas bajo sus dedos, no ayudaba a concentrase.

Verlo delante de mí, arrodillado entre mis piernas, y tratándome como si me conociera de siempre. Como si mi cuerpo reconociera el suyo y como si tuviera todo el derecho de hacerlo, me perdía en un mar de confusión y lascivia a la vez, que no me dejaba pensar con claridad.

Estar delante de un hombre tan prepotente, presuntuoso, dominante y delicioso como aquel, era algo que no se debía hacer en bragas y menos con su rostro entre tus piernas.

Aprovechando el momento en que más perdida me encontraba por su pregunta, bajó su nariz a mi vientre y pegó sus orificios en la piel de esa zona, haciendo que diera un salto que le provocó una sonrisa de dientes expuestos...

- ¡ Repóndeme!...

Capítulo 3 Pasión 3

- Por favor no hagas eso - supliqué molesta conmigo misma por ser tan débil y dejarme llevar por alguien que tenía conmigo conflictos de intereses, y alguna que otra cosa más.

Todo eso, si ignoraba el hecho de que era mi jefe( supuestamente), y casi no nos conocíamos.

- ¿Que no haga que Lucy?... Como me gusta el sonido de tu voz - decía al mismo tiempo que me iba acostando sobre la cama y seguía inclinado sobre mí, apoyando sus manos abiertas sobre el espléndido colchón, oliendo mi vientre, pasando la punta de su nariz por mi piel. Las manos se le fueron por mis muslos desnudos y manteniendo una sonrisa socarrona, que provocó que mi sexo latiera del deseo que me regalaba su acción, lo sentí pronunciar mi nombre tan descontrolado, que hacía que me descontrolara yo también.

- No me trates como si fuéramos conocidos Rodrigo - exigí con equivocada familiaridad.

- ¡Dios!... Me encanta como pronuncias mi nombre - me interrumpió y me tomó de las manos llevándome con él hacia atras haciendo que yo adelantara mi cuerpo y volviendo a sentarme sobre la cama, con él agachado entre mis piernas - moriré de placer cuando te escuche gritarlo mientras te haga mía.

¡Ay dios, que me derrito!

Mi acalorada mente no podía concentrarse en emitir algún planteamiento coherente, solamente de sentir el poder que su voz tenía sobre toda yo. No hacía más que mirarlo borracha de seducción.

Quería desesperadamente cerrar los ojos, tomarlo de los hombros y fundirme con su cuerpo. Dejarme llevar y volver a sentir ese cosquilleo nervioso de la primera vez con un hombre.

Y no cualquier hombre. Era ese hombre que tenía delante de mí, dispuesto a todo, con una seguridad y poderío impresionantes, el que me enloquecía poderosamente los sentidos.

- Voy a pedirle por favor, señor Arias - pronuncié detenidamente cada palabra, para marcar una distancia figurada, ya que la física era más que invisible, entre los dos - que me respete y no me trate como a una zorra, asumiendo que puede follarme mientras le hago los recados en todo el mes que estaremos de viaje, para luego volver a España y continuar como si nada.

Conseguí a una velocidad aplaudible, un rostro duro y una mirada cargada de intensidad por su parte. Se había molestado.

Esas simples palabras pudieron con todo lo que él había avanzado hasta mí, y lo hicieron retroceder enseguida.

Lo ví erguirse, pasar las manos por su pelo y reprochar con tono poco calmo...

- Sal de aquí - se detuvo y suspiró, dibujando el puente de su nariz con sus dedos- y espero que seas tan profesional como aparentas y sepas hacer bien tu trabajo.

En otras circunstancias me hubiese insultado por su comentario pero en aquel entonces, tenía que tomar la oportunidad de marcar aquel espacio entre ambos, porque tenía un objetivo y él, no debía cambiar eso.

Era una profesional y como tal debía comportarme.

Por mucho que me gustara ese hombre y por muy dispuesta que estuviese en cualquier otro escenario a dejarme llevar y vivir una aventura con él, no me parecía lo más conveniente en aquel instante y definitivamente no estaba allí para eso.

Otras muchas horas pasaron hasta que nos avisaron que tomaramos los asientos adecuados y nos pusiéramos los cinturones para aterrizar.

Él se había mantenido distante pero su maldita mirada enloquecedora no me dejaba existir con tranquilidad.

Llevábamos horas viéndonos. A ratos lo había visto trabajar en su laptop y el otro espacio de tiempo lo pasaba mordiendo su dedo índice, flexionado dentro de sus labios y perdido en mi cuerpo que ya era tanto el tiempo que pasaba bajo la intensidad de su mirada, que hasta lo reconocía cuando me estaba viendo. Era como una atracción eléctrica que no podía repeler.

Bajar de aquel avión, en pleno aeropuerto de la Ciudad de la Habana, fue como tropezar con un volcán ardiendo.

No sabía si era la erupción que hacía sentir a mi cuerpo su presencia en mi espalda, o el calor abrasador que había en aquel país.

- Por favor avanza - lo escuché susurrar, con la voz comprometida detrás del lóbulo de mi oreja, sintiendo un estremecimiento en todo mi cuerpo cuando me pasó un dedo por entre los pelos de mi nuca, limpiando una gota de sudor que me recorría el cuello desde el cuero cabelludo hasta donde él la capturó.

Ni siquiera me había dado cuenta que estaba detenida en lo alto de la escalerilla del avión, perdida en el verde profundo que se dibujaba en la copa de algunos árboles que se veían desde donde estaba yo, con toda la tripulación y otros seres humanos esperando con paciencia a que bajara.

- Lo siento - comenté hacia atrás, mirando como sus labios se escurrían entre sus dientes, dejando claro que se los había estado mordiendo mientras me limpiaba la piel del cuello en su parte posterior.

Tratando de ignorar aquel despliegue de sensualidad y seducción que tenía detrás de mí, inicié el descenso.

En medio de la pista había un Mercedes plata esperando por nosotros, mientras el chófer mantenía la puerta abierta, como todo un profesional.

Nada más llegar al bajo de la escalera, y tocar suelo cubano, sentí la mano de mi jefe acomodarse en mi franja dorsal derecha, con una confianza de pareja de luna de miel, y ese no era el caso.

Apretó su agarre en mi piel, pegándome más a su cuerpo, cuando el chófer me miró directamente a los ojos, y como primera elección me sonrió y me dió la bienvenida a su país, deseando que mi estancia fuera provechosa y memorable, y prometiendo ser un buen conductor en ese mes.

Le sonreí educada. Pero algo en la postura de Rodrigo me dijo, que no estaba muy a gusto con el conductor designado para los dos.

Sin embargo yo, a pesar de tener un exquisito adonis a mi lado, pude deleitarme en la piel morena del chófer, labios llenos y rojos, sin barba y con unos ojos verdes, que parecían capaces de devorarme en dos miradas. Era alto y se veía muy profesional, a pesar del ataque de testosterona que podía sentir que tenía Rodrigo a mi lado, en plan machito alfa que quiere demostrar quién está al mando de la manada, rollo Mufasa, pude valorar su anatomía.

- ¿Quieres que te deje a solas con él? - me giró con furia y se puso de espaldas al coche - no me apetece seguir viendo como te deleitas en nuestro empleado.

- No seas tan basto Rodrigo, eso me insulta, y espero que este ataque de celos que tienes no te dure todo el mes porque ni siquiera sé cómo te atreves a permitírtelo - mis manos no podían evitar estar sobre su pecho, porque había poco espacio entre ambos y no les quedaba más remedio que aferrarse a él, para que mi cuerpo evitara caer al suelo de la impresión que significaba tenerlo tan cerca de mi boca nuevamente.

Habíamos quedado en ser profesionales y no comportarnos como un par de enamorados, pero no parecía que lo estuviéramos consiguiendo la verdad.

- Tienes razón - comentó y parecía sincero hasta que hizo algo que me dejó estupefacta - vamos cariño, sube...

Aquellas palabras fueron un mando a distancia para el pobre conductor, que no había hecho nada más que ser amable y ahora estaba como en pausa por culpa del idiota de mi jefe, que se hacía pasar cuando menos, por mi novio.

- Pero..., ¿Que demonios te pasa? - le dije por decirlo, pues me subí al coche, entrando por la puerta que el muchacho tenía abierta para ambos y enfurruñada, me rodé por el asiento hasta el otro lado, evitando así que el chico tuviera que abrir otra puerta para el imbécil del jefe, evitando que subiera otro nivel la ya presente incomodidad.

- A pesar de que he notado lo que has hecho - me dijo en el oído al instante de entrar sin dar ni un saludo al muchacho - te perdono porque sé que ya él entendió que eres terreno vetado.

- No puedo creer lo que está pasando y no consigo entender lo que haces...

Esa última frase la dije en voz alta, solo para acotar mi punto de vista, pero no obtuve respuesta, porque es que no la había, la verdad. Creía que él, también era incapaz de explicarse qué demonios hacía y qué maldita cosa le pasaba.

El viaje fue de lo más incómodo que había tenido en todo el día.

Nadie, absolutamente nadie en aquel coche emitía sonido alguno más allá de nuestras respiraciones y el run run del motor del Mercedes que era casi imperceptible. Pero la molesta ausencia de sonido humano, hacía que incluso las marchas se escucharan una tras otra, según las iba cambiando el moreno, del que no podía saber ni el nombre o correría el riesgo de propiciar otra crisis absurda e inentendible del señor Arias, Don Mufasa.

Cuando nos adentramos en algunas de las calles de la ciudad, amé cada espacio colonial que iba viendo.

Era como un paseo a un pasado que no había visto jamás y que hacía de esta ciudad de construcciones antiguas, una verdadera pasada.

Mi enfado bajó de nivel, cuando me sumergí en el estilo cálido y afable que se respiraba en las calles y por cada transeúnte, que se podía ver claramente desde lejos, a pesar de ir dentro de un coche climatizado.

Si antes había estado cocida del calor, ahora me sentía llena de deseos por caminar bajo aquel sol iluminador y brillante que cerraba el cielo, empezando a despedirse de la vida diurna citadina.

Al menos dos cuartos de hora después, llegamos al majestuoso hotel que nos alojaría los días que estuviésemos en la capital de la pequeña isla.

El hotel " Paseo del prado", era el más elegante y caro que poseía la ciudad. Así como el más moderno que se había construido hasta la fecha en Cuba.

Quedaba justo en el final de un conocido parque, que denominan como mismo se llamaba el hotel y estaba decorado con leones a cada lado de toda su extension, y que me hacían sonreír de pensar en la ironía de mi comparación de antes con la actitud de Rodrigo.

Sin embargo, toda mi alegría se convirtió en otro sentimiento, cuando la voz de mi jefe irrumpió en mi sistema auditivo...

- Esta noche te haré el amor mirando hacia este parque colmado de cubanos que serán testigos mudos de nuestra pasión del caribe...

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