La luz del sol se filtraba por las persianas, hiriendo los ojos de Sofía. Pero el dolor de cabeza por el champán barato y la falta de sueño no era nada comparado con el dolor exquisito que latía entre sus piernas.
Se arrastró fuera de la cama, sintiendo cada músculo protestar. Al entrar al baño y dejar caer la sábana, el espejo le devolvió una imagen que apenas reconoció.
Sofía encendió la ducha, pero se detuvo un momento para observar los daños. Su piel pálida era ahora un lienzo de violencia y placer. Había marcas púrpuras, la forma perfecta de unos dedos grandes y brutales, marcadas en la carne suave de sus caderas. Un recordatorio visual de cómo la había sujetado, como si quisiera incrustarla en la pared.
Entró bajo el agua caliente y cerró los ojos, y de repente, la imagen de él desnudo la asaltó con la fuerza de un golpe físico.
Recordó el momento en que se bajó los pantalones. Recordó la visión de sus muslos: gruesos, bandas de músculo duro como el granito, cubiertos de vello oscuro. No había nada suave en ese desconocido. Su torso, que había vislumbrado brevemente entre la apertura de la camisa y el esmoquin deshecho, era una pared de pectorales definidos y un abdomen marcado que se contraía con cada embestida.
Sofía se pasó el jabón por los senos, siseando cuando sus pezones, hinchados y sensibles por la fricción de la boca de él, rozaron la esponja. Recordó la vena gruesa que palpitaba en el cuello de él, el sudor brillando en su clavícula ancha mientras gruñía su nombre... no, no su nombre. Él nunca preguntó su nombre.
-Estúpida -susurró, apoyando la frente contra los azulejos húmedos.
El agua corría por su espalda, llevándose el aroma de él, pero no la sensación de estar llena, estirada y poseída. Se tocó brevemente, solo un roce, y sus rodillas casi cedieron. Todavía estaba dilatada. Todavía lo sentía dentro.
Pero la fantasía tenía que morir allí. Hoy era el día. Thorne Enterprises. El salario que salvaría a su familia de la ruina.
Una hora después, Sofía era otra mujer. O al menos, fingía serlo.
Llevaba una blusa de cuello alto color crema -necesaria para cubrir la marca rojiza en la base de su garganta- y una falda lápiz negra que gritaba profesionalismo. Su cabello estaba recogido en un moño tirante, sin un solo mechón fuera de lugar.
El edificio de Thorne Enterprises era una aguja de cristal y acero que atravesaba el cielo de la ciudad, intimidante y frío. Al igual que la reputación de su CEO.
-El señor Thorne la verá ahora -dijo la secretaria de recepción, una mujer de cincuenta años con cara de pocos amigos.
Sofía asintió, alisándose la falda con manos sudorosas. Agarró su bolso con fuerza, respiró hondo y empujó las pesadas puertas de caoba.
La oficina era inmensa. Paredes de cristal de piso a techo ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad. La decoración era minimalista, todo cuero negro y cromo. Y allí, detrás de un escritorio que parecía una fortaleza, estaba él.
Estaba de espaldas, mirando por la ventana, hablando por teléfono en un tono bajo y cortante.
-Dije que liquidaras los activos. No me interesa lo que lloren los accionistas. Hazlo.
Esa voz.
El corazón de Sofía se detuvo en seco. La sangre se drenó de su rostro. Esa voz ronca, autoritaria... era la misma que le había susurrado mía en la oscuridad hace solo unas horas.
No. No puede ser. Es una coincidencia.
El hombre colgó el teléfono y giró la silla lentamente.
Cuando sus miradas se encontraron, el tiempo se congeló.
Gabriel Thorne era devastadoramente guapo a la luz del día, pero de una manera cruel. Cabello oscuro, mandíbula cuadrada y una boca que parecía incapaz de sonreír. Pero eran los ojos los que confirmaron la pesadilla de Sofía. Esos iris de un color gris tormenta, fríos y analíticos.
Eran los ojos de la máscara.
Sofía dejó de respirar. Quiso correr. Quiso vomitar. Quiso caer de rodillas. El recuerdo de ese cuerpo poderoso sobre el suyo, de esa misma boca mordiendo su labio, se superpuso con la imagen del hombre impecable en el traje italiano de tres piezas que tenía enfrente.
Gabriel se quedó inmóvil. Por una fracción de segundo, solo una fracción, sus ojos se abrieron ligeramente. Su mirada bajó, barriendo el cuerpo de Sofía con una familiaridad insultante. Se detuvo en su cuello, justo donde el cuello alto de la blusa ocultaba su marca. Sus fosas nasales se dilataron ligeramente, como si pudiera oler su propio aroma en ella.
Él sabía.
Sofía esperó el despido. Esperó que llamara a seguridad.
En cambio, Gabriel se puso de pie. Era enorme. Ocupaba todo el espacio. Caminó alrededor del escritorio con la gracia depredadora de un felino, acercándose a ella hasta invadir su espacio personal. Sofía tuvo que alzar la vista, temblando, atrapada en su sombra.
-Señorita... -Gabriel hizo una pausa, consultando mentalmente un archivo que no tenía delante. O quizás, saboreando la ironía-. Señorita Miller.
Su voz era hielo seco. No había rastro de la pasión de la noche anterior. Solo desprecio corporativo.
-Se-señor Thorne -tartamudeó ella, odiándose por la debilidad en su voz.
Él la rodeó lentamente, como un tiburón inspeccionando una nueva adquisición. Se detuvo detrás de ella. Sofía sintió el calor de su cuerpo irradiando contra su espalda y los vellos de su nuca se erizaron.
-Su currículum es... adecuado -dijo él, su boca cerca de su oído, demasiado cerca-. Pero en esta oficina exijo obediencia absoluta. Disponibilidad total. Día... y noche.
Sofía tragó saliva, el sonido audible en el silencio tenso.
-¿Entiende lo que eso implica? -preguntó él, bajando el tono.
Ella se giró para enfrentarlo, reuniendo el poco coraje que le quedaba.
-Vengo a trabajar, señor Thorne. Soy una profesional.
Gabriel la miró a los ojos. Una comisura de su boca se curvó hacia arriba, una sonrisa que no llegó a sus ojos y que prometía un infierno.
-Eso espero, Sofía -dijo, usando su nombre de pila como una caricia sucia-. Porque odio las decepciones. Y tengo muy buena memoria.
Se volvió hacia su escritorio, dándole la espalda como si ella no valiera nada.
-Está contratada. Su escritorio está afuera. No me moleste a menos que el edificio esté en llamas.
Sofía salió de la oficina con las piernas temblando, cerrando la puerta tras de sí. Se apoyó contra la madera, tratando de calmar su corazón desbocado.
Estaba a salvo. Tenía el trabajo. Él no había dicho nada explícito.
Entonces, su celular vibró en el bolsillo de su falda.
Lo sacó con manos temblorosas. Un mensaje de un número desconocido brillaba en la pantalla.
"Llevas mi marca debajo de esa blusa. Espero que te duela cada vez que te muevas. A mí todavía me duele la espalda donde clavaste las uñas".
Sofía levantó la vista hacia la puerta cerrada de la oficina. Al otro lado, sabía que Gabriel Thorne estaba sonriendo.
El silencio en el piso 50 era más pesado que el ruido del tráfico cuarenta y nueve pisos más abajo. Eran las ocho de la noche. El resto del personal se había ido hacía horas, las luces de los cubículos se habían apagado una a una, dejando a Sofía sola en la penumbra de la recepción, con la única luz proveniente de su monitor y de la rendija bajo la puerta de la oficina de Gabriel.
No había recibido órdenes de irse. Y después de su advertencia sobre la "disponibilidad total", no se atrevía a moverse.
El intercomunicador zumbó, un sonido seco que la hizo saltar en su silla.
-Entra -dijo la voz de Gabriel. No era una pregunta.
Sofía se puso de pie, sus piernas todavía sentían el eco fantasma del temblor de la mañana. Al abrir la puerta, lo encontró sentado no detrás del escritorio, sino en el borde del mismo, con las piernas estiradas y cruzadas por los tobillos, aflojándose la corbata de seda negra.
La oficina estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor de la ciudad nocturna a través del inmenso ventanal. Gabriel la miró, sus ojos grises brillando con una intención oscura.
-Cierra la puerta con seguro -ordenó.
Sofía obedeció, el clic del cerrojo sonó como una sentencia.
-Acércate.
Ella caminó hasta quedar a un metro de él, entre sus piernas abiertas. Podía olerlo: sándalo, café caro y esa feromona masculina y agria que le revolvía el estómago de deseo.
Gabriel no la tocó. Simplemente la escaneó de arriba abajo.
-Dijiste que eras una profesional -murmuró, su voz ronca bajando de tono-. Vamos a ver qué tan comprometida estás con tu puesto. Desnúdate.
El aire se congeló en los pulmones de Sofía.
-Señor Thorne, yo...
-Obediencia absoluta, Sofía. ¿Lo recuerdas? -la interrumpió, su tono endureciéndose-. No voy a repetirlo. Quítate esa ropa ridícula. Quiero ver si las marcas que dejé siguen ahí.
Sofía tragó saliva, sus manos temblando mientras iban a los botones de su blusa. Uno a uno, cayeron. La falda se deslizó al suelo. El sujetador y las bragas siguieron. En menos de un minuto, estaba completamente desnuda en medio de la oficina del CEO, expuesta al aire acondicionado y a su mirada voraz.
Gabriel dejó escapar un suspiro áspero. Sus ojos recorrieron su cuerpo como manos físicas. Se detuvo en sus senos, redondos y pálidos, con los pezones endurecidos y oscuros por el frío y la excitación. Bajó por su vientre plano hasta el triángulo de vello castaño claro y los muslos internos, donde las marcas violáceas de sus dedos de la noche anterior destacaban contra la piel blanca como pinturas de guerra.
-Preciosa -gruñó él-. Date la vuelta.
Ella giró lentamente. Gabriel extendió la mano y trazó con un dedo caliente la curva de sus nalgas, haciendo que ella arqueara la espalda involuntariamente.
-De rodillas -ordenó él, dando un golpecito en el suelo alfombrado.
Sofía se arrodilló entre sus piernas, sintiéndose pequeña, vulnerable y terriblemente excitada. Gabriel no perdió el tiempo. Se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera. Cuando liberó su erección, Sofía contuvo el aliento.
Estaba duro como una roca, grueso y palpitante, con venas azules marcadas que recorrían el tronco hasta un glande ancho y rojizo que ya brillaba con una gota de fluido preseminal. El olor a sexo, almizcle y hombre llenó las fosas nasales de Sofía, embriagándola.
-Cómeme -dijo él, poniendo una mano en la nuca de ella-. Sírveme.
Sofía no necesitó más invitación. Abrió la boca y envolvió la cabeza de su pene con sus labios, probando el sabor salado y metálico de su deseo. Gabriel siseó, sus dedos apretándose en su cabello. Ella comenzó a mover la cabeza, su lengua trazando el frenillo sensible, chupando con fuerza mientras intentaba acomodar el grosor de él en su garganta.
Él se movió, empujando sus caderas hacia adelante, forzándola a aceptarlo más profundo, controlando el ritmo con la mano en su cabeza. Sofía gemía alrededor de él, la fricción de su dureza contra su paladar y lengua enviando descargas eléctricas a su propia entrepierna, que ya estaba empapada.
-Eso es... buen chica -jadeó Gabriel, mirando hacia abajo cómo ella lo devoraba-. Eres mía.
Antes de que pudiera llegar al límite, él la detuvo. La agarró por los brazos y la levantó como si no pesara nada, sentándola sobre el escritorio de madera fría, apartando papeles y bolígrafos con un barrido de su brazo.
Empujó sus rodillas para abrirlas de par en par, exponiendo su intimidad a la luz de la ciudad.
-Ahora es mi turno -susurró, arrodillándose ante ella.
Gabriel agarró sus caderas y hundió la cara directamente en su entrepierna.
El primer contacto de su lengua ancha y áspera contra su clítoris hizo que Sofía gritara, echando la cabeza hacia atrás. Gabriel no tuvo piedad. Separó sus labios vaginales con los pulgares, exponiendo la carne rosada y húmeda, y lamió desde la entrada vaginal hasta el botón sensible con una presión experta.
Su lengua era implacable. Se adentraba en ella, imitaba el acto sexual, y luego volvía a torturar su clítoris con movimientos rápidos y circulares. Sofía se retorcía sobre el escritorio, sus manos agarrando el cabello negro de él, sus talones golpeando la madera cara.
-Por favor... Gabriel... -gimió ella, olvidando el "señor Thorne".
El sonido de su nombre en los labios de ella pareció encenderlo más. Succionó su clítoris con fuerza, mientras introducía dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la haría estallar.
La combinación de su lengua y sus dedos fue devastadora. La tensión se acumuló en el vientre de Sofía como un resorte a punto de romperse.
-Córrete para mí -ordenó él contra su piel mojada, la vibración de su voz enviándola al abismo.
El orgasmo la golpeó con una violencia cegadora. Sofía gritó, su cuerpo convulsionándose, sus paredes internas apretando los dedos de Gabriel mientras los fluidos de ella empapaban la barbilla y la boca del hombre más poderoso de la ciudad.
Gabriel no se detuvo hasta que ella quedó completamente laxa, jadeando, con la piel brillante de sudor.
Él se puso de pie lentamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con una mirada de satisfacción salvaje. Se subió la cremallera, ocultando su propia erección dolorosa. No había terminado, pero el juego de control era más importante que el alivio inmediato.
-Vístete -dijo, su voz volviendo a ser fría, aunque sus ojos seguían ardiendo-. Mañana tienes mucho trabajo.
Se giró hacia el ventanal, dándole la espalda mientras ella bajaba del escritorio con las piernas temblorosas, buscando su ropa esparcida por el suelo.
Sofía se vistió apresuradamente, sintiendo la humedad en su ropa interior como un secreto sucio y delicioso. Cuando llegó a la puerta, se detuvo.
-Buenas noches, señor Thorne.
Gabriel no se giró.
-Descansa, Sofía. El verdadero trabajo apenas comienza.
Cuando la puerta se cerró, Sofía supo que estaba perdida. No solo su carrera estaba en juego. Su cuerpo, su voluntad y tal vez su cordura, ahora le pertenecían a él.
La sala de juntas principal de Thorne Enterprises olía a café fuerte, miedo y testosterona corporativa.
Doce hombres en trajes oscuros estaban sentados alrededor de la inmensa mesa de caoba, pero solo una voz importaba. Gabriel caminaba de un lado a otro frente a la pantalla de proyección, desmantelando la propuesta de fusión de la empresa rival con una precisión quirúrgica y despiadada.
Sofía estaba sentada a su derecha, con la espalda recta, la libreta abierta y un bolígrafo en la mano. Su trabajo era tomar notas. Su realidad era intentar no retorcerse en la silla.
Llevaba un vestido azul marino, conservador por delante, pero con una abertura en la pierna que ahora le parecía un error táctico. Gabriel no la había mirado en toda la mañana. Ni una palabra sobre lo que pasó en su escritorio la noche anterior. Solo un "Trae los informes a la sala 1" ladrado por el intercomunicador.
-Sus proyecciones son optimistas, señor Valdés -dijo Gabriel, deteniéndose justo detrás de la silla de Sofía. Su voz resonó en el pecho de ella-. Pero en este edificio no trabajamos con optimismo. Trabajamos con hechos.
Sofía sintió el calor de su cuerpo a centímetros de su hombro. El aroma de su colonia la envolvió, disparando un reflejo condicionado en su cuerpo: su corazón se aceleró y sus muslos se apretaron instintivamente.
Gabriel apoyó una mano en el respaldo de su silla, inclinándose hacia la mesa para dirigirse a los directivos.
-Sofía, pásame el desglose financiero del tercer trimestre -ordenó, sin mirarla.
Ella buscó el archivo con manos temblorosas y se lo deslizó. Al hacerlo, sus dedos se rozaron. Fue eléctrico. Gabriel tomó la carpeta con una mano, pero la otra no regresó a su costado.
Bajó.
Sofía dejó de respirar cuando sintió la mano grande y caliente de Gabriel aterrizar sobre su rodilla, oculta bajo la pesada mesa de madera.
-Como pueden ver en la página cuatro... -continuó Gabriel con un tono de voz perfectamente estable, abriendo la carpeta con una mano mientras la otra comenzaba un ascenso lento y tortuoso por el muslo de ella.
Sofía clavó la vista en su libreta, fingiendo escribir, pero su caligrafía era un desastre tembloroso. Los dedos de Gabriel eran firmes, audaces. Acariciaron la piel sensible de la cara interna de su muslo, subiendo centímetro a centímetro, empujando la tela del vestido hacia arriba.
Nadie podía verlos. Todos los ojos estaban fijos en Gabriel o en los documentos. Pero el riesgo era palpable. Si alguien dejaba caer un bolígrafo... si alguien se inclinaba...
-La liquidez es insuficiente -dijo Gabriel, y sus dedos rozaron el borde de las bragas de Sofía.
Ella soltó un pequeño suspiro, que rápidamente disfrazó como una tos.
Gabriel apretó su muslo con fuerza, una advertencia silenciosa: Contrólate. Luego, con una destreza aterradora, deslizó su mano bajo el encaje de su ropa interior.
Estaba mojada. Vergonzosamente empapada. Gabriel debió sentirlo, porque su pulgar hizo un movimiento de aprobación contra su piel resbaladiza antes de encontrar su clítoris.
-Señorita Miller -dijo Gabriel de repente, dirigiéndose a ella en voz alta.
Sofía levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos y las mejillas ardiendo. Gabriel la miraba desde arriba, con una ceja arqueada y una expresión de aburrimiento profesional, mientras su dedo medio comenzaba a frotar su clítoris con un ritmo circular y lento bajo la mesa.
-Sí... ¿sí, señor? -Su voz salió una octava más aguda de lo normal.
-¿Anotó la objeción del señor Valdés?
Gabriel hundió el dedo dentro de ella al mismo tiempo que hacía la pregunta.
Sofía tuvo que morderse el interior de la mejilla para no gemir frente a toda la junta directiva. Sus caderas se movieron imperceptiblemente hacia la mano de él, buscando más presión, traicionándola.
-S-sí, señor Thorne. Anotada.
-Bien. Léala para el grupo.
Era un sádico. Un maldito sádico. Quería verla romperse. Quería ver si podía mantener la fachada de secretaria eficiente mientras él la tenía empalada en su dedo.
Con las manos temblando violentamente sobre el papel, Sofía intentó descifrar sus propios garabatos. Mientras leía la nota con voz entrecortada, Gabriel aumentó el ritmo. Su pulgar rozaba su clítoris, su dedo entraba y salía de ella, creando un sonido húmedo que a Sofía le parecía ensordecedor, aunque el murmullo de la sala lo cubría.
-El... el señor Valdés sugiere que... que los activos líquidos... -Sofía cerró los ojos un segundo, sintiendo una oleada de placer recorrer su columna. Gabriel rotó el dedo dentro de ella, golpeando ese punto dulce-. Que los activos son... suficientes.
-Incorrecto -dijo Gabriel, sacando la mano de golpe.
La pérdida repentina del contacto la dejó vacía, palpitando y al borde del abismo.
Gabriel se enderezó, limpiándose discretamente los dedos en el pañuelo de su bolsillo, oculto por la mesa, antes de caminar hacia la cabecera.
-La reunión ha terminado. Valdés, su oferta es rechazada. Salgan todos.
Los ejecutivos comenzaron a recoger sus cosas, murmurando entre ellos. Sofía se quedó paralizada en su silla, incapaz de ponerse de pie. Sentía las piernas de gelatina y la humedad enfriándose en su piel.
Esperó a que el último hombre saliera. Cuando la puerta se cerró, dejando a Gabriel y a ella solos de nuevo, levantó la vista.
Gabriel estaba apoyado contra la puerta cerrada, mirándola. Sus ojos brillaban con un triunfo oscuro.
-Casi te corres mientras leías las actas, Sofía -dijo suavemente-. Muy poco profesional.
Ella abrió la boca para protestar, pero él la cortó.
-Límpiate y ve a mi oficina en diez minutos. Tienes una lección que aprender sobre mantener la compostura bajo presión.
Se dio la vuelta y salió, dejándola sola, excitada, frustrada y completamente a su merced.