¿Qué harías si una noche descubrieras que el hombre al que as amado toda tu vida, en realidad ama a otra?
Esa noche amelia no podia dormir, tenía una extraña sensación en el cuerpo, no se sentía en paz, una notificación de L se mostró en la pantalla del celular, sus manos temblaron al sujetarlo en sus manos, su esposo dormía profundamente junto a ella, quiso abrirlo, pero estaba bloqueado, esa noche, Amelia estaba a punto de descubrir que el hombre que dormía a su lado podía estar ocultándole mucho más que una infidelidad. Y lo que todavía no sabía era que esa sería apenas la primera grieta de una vida que estaba a punto de cambiar para siempre.
Todos los días Amelia se despertaba a las cinco de la mañana. Preparaba el desayuno de su esposo, guardaba su almuerzo, se despedía de él y volvía a acostarse a escuchar las noticias de la mañana. Revisaba su celular esperando encontrar algo interesante en las redes sociales, hasta que llegaban las ocho y era hora de despertar a su hijo.
-Buenos días, mi amor. ¿Ya despertaste?
-Aún tengo sueño, mamá.
-Ya es tarde. A lavarte los dientes y cámbiate el pijama.
Ambos bajaban a la sala y, mientras Amelia preparaba el desayuno, su hijo veía dibujos en la televisión. De vez en cuando ella tomaba su celular y le escribía un mensaje a su esposo, deseándole que hubiera llegado bien a su trabajo. Todos los días eran iguales. Todos.
Pero ese día, algo estaba a punto de cambiar.
Como cada tarde, Amelia llevó a su hijo al parque que estaba cruzando la calle. Lo vigilaba como un halcón desde una banca frente a los columpios mientras él jugaba. Fue entonces cuando percibió un perfume. Era agradable, diferente.
Amelia giró ligeramente la cabeza, buscando de dónde provenía aquella exquisita fragancia, y se encontró con un hombre. A primera vista le pareció atractivo.
Llevaba zapatos deportivos y ropa deportiva, como si acabara de salir a caminar o a correr.
Amelia no le prestó mayor atención y volvió a mirar hacia los columpios.
Pero su hijo ya no estaba donde lo había dejado. Se levantó de golpe.
- ¡Matt!
- ¡Matt!
Nada. Miró alrededor. El parque estaba prácticamente desierto. El niño apareció detrás de uno de los árboles.
- ¡Aquí estoy, mamá!
Amelia soltó el aire que había estado conteniendo y caminó rápidamente hacia él.
- ¿No escuchaste que te llamé la primera vez? ¿Dónde estabas? ¡Me asustaste!
-Estaba acá atrás viendo unas hormigas que llevaban unas hojitas a su casita.
-No te vuelvas alejar sin decirme, ¿está bien?
-Está bien, mamá.
Amelia suspiró. El hombre que hasta ese momento solo había observado la escena se giró hacia ellos.
-Niños, ¿eh? Hacen que uno se vuelva loco en segundos.
-Sí.
- ¿Cuántos años tiene tu hijo?
-Tiene seis.
Amelia sonrió. El hombre cambió de lugar y se sentó en la misma banca. Amelia se movió ligeramente para darle espacio. Tenía un acento extranjero.
Ahora que estaba tan cerca, era inevitable no mirarlo.
Su rostro tenía facciones delicadas, pero la barba le daba un aspecto mucho más varonil. Tenía un pequeño hoyuelo en la barbilla, ojos marrones claro y unas pestañas largas que, por alguna razón, llamaban demasiado la atención. Sus cejas eran espesas, pero perfectamente perfiladas. Una nariz fina y unos labios carnosos completaban aquel rostro que Amelia intentó dejar de mirar. Pero fue demasiado tarde.
Por alguna extraña razón, al fijarse en sus labios sintió un cosquilleo en su entrepierna. Apartó la mirada inmediatamente.
- ¿Usted es nuevo en el barrio?
-Sí y no.
- ¿Cómo es eso?
-Vivo a unas cuadras de aquí, pero paso la mayor parte del tiempo viajando por mi trabajo. El tiempo no me da para salir. Llego a mi casa a dormir y vuelvo a salir.
-¿Y qué trabajo es ese que lo consume tanto?
-Soy abogado. La mayoría de mis casos están fuera de la ciudad o del país.
-Debe ser divertido que le paguen por pelear.
-Sí, pero no es tan divertido cuando pierdo la pelea.
Amelia lo miró. Amelia sonrió. El hombre soltó una carcajada. La conversación continuó sin que Amelia pudiera explicar exactamente cómo.
Cuando quiso darse cuenta, habían pasado varias horas y la noche comenzaba a caer. Amelia llamó a su hijo.
-Matt, ya es hora de irnos.
El pequeño corrió hacia ella. Amelia tomó su mano y antes de marcharse miró al hombre.
-Un gusto haberlo conocido, señor...
-Christopher. Pero mis amigos me dicen Chris.
-Está bien, señor Christopher.
-Dime Chris, por favor.
-De acuerdo, Chris. Un gusto conocerlo.
-El gusto fue mío.
Amelia sonrió. Amelia tomó a su hijo de la mano y comenzó a caminar hacia su casa.
Habían avanzado unos metros cuando escuchó un grito detrás de ella.
-¡No me has dicho tu nombre!
Amelia se giró. Chris seguía de pie junto a la banca.
-Nunca lo preguntaste.
Él sonrió. Amelia negó con la cabeza y continuó caminando.
Cuando llegó a casa encontró la mochila de su esposo sobre el sofá. Subió al dormitorio y lo encontró dormido. No lo despertó.
Se quedó unos segundos observándolo antes de cambiarse.
Sin embargo, aquella noche, mientras se metía en la cama, no pudo evitar pensar en el hombre que acababa de conocer. Un abogado. Atractivo. Extraño.
Y por alguna razón que no comprendía, había conseguido despertar algo dentro de ella.
................
Pasaron varias semanas desde aquel encuentro. Amelia continuó con su rutina como todos los días, hasta que una mañana decidió que ya era momento de ponerse en forma.
Y, ¿por qué no aprovechar el parque que estaba tan cerca de casa?
Después de que su esposo se fue al trabajo, se puso ropa deportiva, comprobó que su hijo todavía estuviera dormido y salió.
Eran las cinco cuarenta y cinco de la mañana. El parque estaba vacío.
Solo había algunos guardias y una persona trotando alrededor de la piscina. Amelia comenzó a estirarse. Después calentó y empezó a caminar.
Mientras avanzaba iba haciendo mentalmente una lista de todo lo que tenía que hacer ese día. Lavar la ropa. Ir al mercado. Coser unas prendas que estaban rotas.
Terminar de leer aquel libro que llevaba semanas posponiendo.
Su caminata tomó un rumbo que no había planeado cuando un hombre se detuvo frente a ella.
Llevaba una capucha y Amelia no podía ver bien su rostro.
Solo alcanzó a notar lo alto que era. Sintió un pequeño escalofrío.
-¿Hay algún problema?
-Buenos días, desconocida.
El hombre descubrió su rostro. Sonrió. Amelia soltó el aire y llevó una mano al pecho.
-¡Chris! Casi me mata del susto.
-No sabía que venías a caminar tan temprano.
-Es la primera vez. Tengo tiempo libre y decidí aprovecharlo.
-Qué coincidencia. Yo igual.
Amelia lo miró con los ojos entrecerrados. Si no fuera porque dice que es la primera vez que sale a esta hora, diría que no es coincidencia.
¿Qué posibilidades había de que un hombre al que había conocido semanas atrás y visto una sola vez apareciera justamente allí?
Y esta vez no había nadie que pudiera interrumpirlos. Un ligero viento sopló entre los árboles. Amelia decidió continuar caminando.
-Bueno, Chris, debo terminar mi caminata.
Siguió su camino. Pero después de unos segundos se dio cuenta de que él caminaba detrás de ella. Comenzó a ignorarlo. No quería prestarle mayor atención.
Pero Chris parecía empeñado en arrancarle unas palabras. Finalmente, Amelia se detuvo. Giró y lo miró fijamente.
-¿Qué quiere?
-Solo ser tu amigo.
-Soy una mujer casada.
-¿Y eso qué tiene que ver? Quiero ser tu amigo, no el de tu esposo.
Amelia abrió ligeramente los ojos. Ahora podía ver mejor sus ojos. La última vez le habían parecido marrones. Ahora podía notar que eran verdes, con pequeñas notas marrones.
Llevaba una barba de dos días y aquella sonrisa encantadora que parecía aparecer cada vez que conseguía incomodarla. Chris la observó detenidamente. Cabello castaño. Ojos cafés. Largas pestañas.
Las mejillas ligeramente rosadas por el frío de la mañana. Y esos labios.
Los mismos labios que, desde el primer día, no había conseguido sacar completamente de su cabeza. Ella tenía el ceño fruncido. Parecía molesta.
-Yo no quiero ser su amiga.
-Es una pena. Soy un excelente amigo. De hecho, soy el mejor amigo que podrías tener.
-¿Ah, sí?
-Por supuesto. Pregúntale a cualquier vecino de mi cuadra. O mejor dicho, vecina. Tengo un don con las mujeres.
Chris sonrió. Antes de que Amelia pudiera responder con algún comentario sarcástico, la alarma de su reloj sonó. Siete cuarenta y cinco. En cualquier momento Matt despertaría.
¿Cómo se le había pasado el tiempo hablando con aquel hombre?
-Me tengo que ir.
-Te acompaño.
-No, gracias.
Amelia se alejó despidiéndose de los guardias, que habían permanecido atentos por si necesitaba ayuda. Cuando llegó a casa, Matt todavía dormía.
Puso agua a calentar en la cocina y fue a ducharse.
Mientras se lavaba el cabello, pensó nuevamente en la mirada de Chris. Aquellos ojos verdes. La forma en que la miraba fijamente.
Por un instante tuvo la sensación de que podía verla más allá de la ropa. Sintió un cosquilleo en su entrepierna. Cerró los ojos. No. Apartó esos pensamientos.
..................
El desayuno ya estaba listo cuando Matt despertó, como siempre, a las ocho.
Después de dejarlo en la escuela, Amelia pasó por el supermercado.
Le hacía falta comprar algunas cosas para la casa. Tomó lo que pudo recordar. Pero su mente estaba en otra parte.
¿Quién era ese hombre?
De alguna manera había despertado una curiosidad que Amelia no sabía explicar.
Una terrible tentación que jamás había imaginado sentir.
Ya en la caja se encontró con una conocida del barrio.
-¡Hola! Mamá de Charlotte... lo siento, no recuerdo tu nombre.
-No se preocupe, me pasa igual. Mi nombre es Carla.
-Carla. Carlita. Ya no se me va a olvidar. Mi nombre es Amelia, la mamá de Matt.
-Sí, lo sé. ¿Y cómo está Matt?
-Bien. Inquieto como siempre. Lo pasé dejando en la escuela.
-Así son los niños. Charlotte es igual.
-¿Ya conociste al nuevo vecino? -preguntó Carla-. Lo he visto trotando en la mañana en el parque. Es muy atractivo y misterioso.
-Sí. Lo conocí hace unas semanas, por casualidad.
-¡¿De verdad?! ¿Y cómo es?
-Como todos los hombres, supongo.
-¿Es casado? ¿Tiene hijos? Dicen que es abogado.
-No tengo idea. Nos vemos otro día.
La mujer sonrió. La fila avanzó lentamente. Amelia sintió algo extraño. Carla soltó una pequeña risa. Amelia tomó sus compras. Pagó y salió a toda prisa. No entendía por qué aquella mujer la había bombardeado con tantas preguntas.
Y mucho menos entendía por qué le había molestado tanto escuchar hablar de él.
Lo peor era que, mientras caminaba hacia su automóvil, se descubrió pensando en algo que jamás debería haber pensado. Quería volver a verlo.
......................
Ya en casa, su esposo había llegado del trabajo con una noticia. Lo habían trasladado de destacamento.
Amelia permaneció escuchándolo mientras una pregunta aparecía en su cabeza.
¿Chris tenía esposa?
¿Tenía hijos?
Eran preguntas normales cuando conocías a alguien. Pero ella no las había hecho. Ni siquiera la segunda vez que lo vio.
¿Por qué?
Tal vez porque no quería que Chris pensara que estaba interesada en él.
-¿Y tú qué opinas, mi amor?
-¿Qué?
-¿Qué opinas del cambio de destacamento?
-¿Qué? ¿Cómo te van a cambiar de destacamento?
-Sí. Te estoy contando que me acaban de transferir al destacamento del condado vecino. Estaré veintisiete días allá y siete días aquí en casa.
-Lo sé, es algo repentino, pero sabías que tendrían que transferirme en cualquier momento. Así es la vida militar.
Amelia levantó la mirada. Hizo una pausa. Amelia se quedó en silencio. Una sola palabra comenzó a repetirse en su cabeza. Transferir.
....................
Ernesto hacía las maletas y guardaba todo lo que iba a necesitar. Ropa limpia. Zapatos. Uniformes. Amelia lo observaba sin decir palabra.
Estaba más distante de lo que él pensaba. Sus ideas estaban en otro lugar. En Chris.
Ahora que su esposo no iba a estar... Podría...
No quiso terminar aquella oración ni siquiera dentro de su cabeza. Miró a Ernesto.
-¿Por cuánto tiempo estarás lejos de casa?
-No estoy muy seguro. Hasta que me informe bien prefiero no especular, pero calculo unos tres meses, hasta que llegue el siguiente relevo.
-¿Tanto tiempo?
Ernesto se marchó a primera hora de la mañana siguiente.
Amelia lo despidió con un beso y un fuerte abrazo.
No entendía por qué sonreía al verlo marcharse.
Por muy terrible que sonara, sintió una especie de alivio mezclado con tristeza. Sabía que volvería pronto. Y eso la reconfortaba.
Como se había vuelto habitual despertarse temprano para atender a su esposo, ahora que él ya no estaba Amelia no sabía qué hacer con aquellas horas. Esperó hasta las cinco y media. Después salió al parque.
Esta vez estaba segura de encontrarse con Chris. Pero no llegó hasta las seis.
Amelia tuvo tiempo de hacer su rutina y, cuando estaba a punto de marcharse, escuchó su voz.
-Buenos días, desconocida.
-Buenos días... y chao.
-Pero ¿te vas tan pronto? Acabo de llegar.
-Porque llegas es que me voy.
-Auch.
-Por lo menos dime tu nombre.
-¿Con eso va a dejar de molestarme?
-Probablemente.
-Amelia Ferrer.
-Mucho gusto, señora Ferrer. Mi nombre es Christopher Daniels.
Amelia sonrió sin querer. Chris sonrió. Amelia suspiró. Chris extendió la mano. Amelia estrechó su mano. Sintió el pulgar de Chris acariciar ligeramente el dorso de la suya. La soltó inmediatamente.
-Bueno, me tengo que ir.
-Te veré mañana.
-Espero que no...
Chris sonrió. Amelia comenzó a caminar. Aunque en el fondo de su corazón quiso decir exactamente lo contrario.
Llegando a casa, Amelia se dio cuenta de lo rápido que latía su corazón. Observó su mano y recordó la sensación de la caricia de Chris.
¿Qué tenía ese hombre que la ponía tan nerviosa?
Tal vez por eso era tan tajante con él. Si mantenía las distancias, quizá podría controlar lo que sentía.
Se duchó como de costumbre y esperó a que Matt despertara. Su día había comenzado con aquel inesperado ataque al corazón y ahora tenía que continuar como si nada hubiera pasado.
Después de dejar a Matt en la escuela, se dirigió a la universidad. Tenía asuntos urgentes que atender. Se aproximaba el período de inscripción para la carrera que llevaba tanto tiempo postergando y esta vez estaba decidida a terminarla.
Para su suerte todavía había cupos, aunque únicamente quedaban horarios nocturnos. No había más opción. Se matriculó.
De regreso a casa pensó en el sacrificio que tendría que hacer. Dejar a su hijo al cuidado de su hermana mientras estudiaba no era algo que le gustara, aunque Ernesto nunca había estado en contra de que retomara sus estudios. Era ella quien siempre sentía que todavía no era el momento. Pero habían pasado años.
Matt ya estaba grande y, con el tiempo, aprendería a comprender que su mamá también necesitaba hacer cosas por ella. Semanas después... Había dejado de ir al parque.
No quería volver a encontrarse con Chris. No había razón ni motivo para provocar otro encuentro con aquel hombre.
En su lugar, dedicó las primeras horas de la mañana a releer sus antiguos libros y recordar las materias que había dejado atrás. Los años de ausencia habían hecho que bajara de semestre y prácticamente tuviera que comenzar de cero, pero aquello no la desanimó. Todo lo contrario. La motivó todavía más. Finalmente llegó el gran día.
Dejó a Matt con su hermana, se despidió de él con un beso y le explicó que solo serían unas horas.
-Así como tú vas a la escuela, mamá también tiene que ir a estudiar.
Le partió el corazón verlo llorar, pero sabía que lo superaría pronto. Esa era una de las habilidades de los niños: podían llorar con todo el corazón y, poco después, volver a sonreír.
Llegó a la universidad a las seis en punto.
Como era típico el primer día de clases, no había casi nadie.
Buscó su nombre en el tablero de asignación y caminó hacia su salón. La facultad no había cambiado demasiado. Todo seguía prácticamente igual, salvo por algunos letreros nuevos que indicaban que estaba prohibido fumar dentro del edificio.
Caminó por el pasillo buscando el salón Iván Pávlov. No estaba en la planta baja.
Subió las escaleras hasta el segundo piso pensando que, si se había equivocado, siempre podía volver a bajar. Después de dar un par de vueltas finalmente encontró el salón 304.
Había una persona sentada en la cuarta mesa, junto a la puerta de entrada.
Amelia saludó al entrar, pero no recibió respuesta.
Se acercó un poco más para poder verla mejor. Su sorpresa fue enorme.
-¡Amelia! ¿Cómo estás? ¿Cómo así por aquí?
-Pues... asumo que lo mismo que tú.
-¿Retomarás la carrera? ¡Qué emoción! Volveremos a estar juntas.
-Hay tanto que contar. No supe nada de ti desde mi embarazo.
-Lo sé. Perdón por no responder tus mensajes. Estaba pasando por una situación difícil.
-¿En serio? No sabía. ¿Por qué nunca dijiste nada?
-Supongo que por vergüenza. Me dijiste tantas veces que Carlos me era infiel y no quise escucharte. Y bueno... estamos divorciados.
-No sabes cuánto lo siento. Nunca fue mi intención hacerte daño.
-Todo lo contrario, amiga. Si no hubiera sido por ti, ese maldito todavía me estaría viendo la cara.
-¿Y los niños?
-Les pasa la pensión y los visita los fines de semana. Fue un poco difícil para ellos, pero con el tiempo se adaptaron.
-Siempre es difícil para ellos.
Katte bajó la mirada, se limpió las lágrimas que comenzaban a recorrer su rostro.
Amelia la observó durante unos segundos antes de preguntar.
-¿Aún lo amas?
-Nunca dejé de hacerlo. Siempre me pregunto qué hice mal. ¿Por qué se enamoró de esa mujer?
-No pienses en eso. No te hagas más daño.
-¿Y tú cómo has estado? ¿Cómo está tu esposo? ¿Y tu hijo?
-En lo que cabe, bien. Matt tiene seis años, es muy inquieto, pero inteligente. Y Ernesto pues... hace unas semanas lo enviaron a otro destacamento. Está en otra ciudad. Hablamos a diario, aunque solo son mensajes cortos.
-Lo extrañas.
-¡Claro! Es mi esposo, lo amo, aunque...
-Aunque... ¿qué?
Amelia soltó una pequeña risa triste. Kate respiró profundo y la miró directamente. Amelia se sonrojó e intentó desviar el tema.
Para su desgracia, Katte llevaba demasiados años conociéndola como para dejar pasar aquella palabra.
Antes de que pudiera insistir, la puerta se abrió. Un hombre muy elegante entró al salón.
Llevaba un traje estilo italiano color gris, camisa rosa claro y una corbata de un tono rosa más oscuro. Amelia no le prestó demasiada atención. Estaba distraída guardando unas chucherías que había dejado sobre la mesa.
El hombre caminó hasta la pizarra y comenzó a escribir. Katte se inclinó hacia ella.
-¿Qué pasó? Dímelo ahora. No me dejes con la intriga.
-Conocí un hombre.
-¿Qué?
Amelia tragó saliva. El sonido salió demasiado fuerte. El hombre frente a la pizarra dejó de escribir, aunque no se volteó.
Katte se llevó una mano a la boca.
-Perdón.
- ¿Quién es? ¿Cómo se llama?
-Se llama Chris. Lo conocí en el parque de mi casa. No, me deja en paz.
-Te gusta.
-No...
-No...sí...no lo sé.... aunque es peligrosamente atractivo. Para ser sincera, no lo quiero volver a ver nunca más.
El hombre continuó escribiendo. Kate volvió a acercarse. Amelia hizo una pausa. El hombre dejó de escribir. Se giró lentamente. Tomó un cuaderno de su mochila y habló.
-Buenas noches, estudiantes. Mi nombre es Christopher Daniels y seré su profesor de Derechos Humanos.
La sangre se le fue a los pies. Amelia se quedó completamente inmóvil. Katte la miró. Chris también.
- ¿Son solo ustedes?
-Espero que no, profesor. Por lo general son pocos los que vienen la primera semana-dijo alguien de la parte de atrás-.
-Mm... bueno. En ese caso esperaremos hasta el lunes para registrar la asistencia.
Amelia no encontró palabras. Katte respondió por las dos. Aunque habló para las dos, Chris no pudo evitar mirarla. Amelia bajó la mirada inmediatamente.
No quería que Katte notara el color que comenzaba a subir por sus mejillas. Fue inútil. Katte ya lo había visto.
-Y... bueno, ¿qué hacemos? -preguntó.
-Si no tienen más clases, pueden retirarse.
-Gracias.
Amelia tomó su mochila. Salió casi corriendo. Caminó hasta el baño que estaba al final del pasillo, entró a uno de los cubículos y maldijo su suerte.
¿Cómo podía ser su profesor?
Intentó usar la lógica. Pensándolo bien, la clase era de Derechos Humanos y él era abogado. Era solo una coincidencia.
Además, la mayoría de los profesores del horario nocturno eran mayores y ella había estado ausente durante años. No había forma de saber que él sería su profesor. Cuando revisó la lista de docentes de la materia, ni siquiera aparecía el nombre de Christopher Daniels.
Escuchó que la puerta del baño se abría. Era Katte. Estaba hablando por teléfono.
Unos segundos después colgó y se dirigió directamente hacia el cubículo donde estaba Amelia.
-Ya me vas a decir qué pasó y, por favor, no insultes mi inteligencia mintiendo.
-Daniels... es el hombre del parque.
-Sí.
- ¿El que quieres que te deje en paz?
-Sí.
- ¿Cómo no querer ver a ese papasito?
Amelia abrió la puerta. Katte la miró y sonrió. Amelia salió del cubículo y la miró con reproche.
Se acercó al lavabo, abrió el grifo y se mojó el rostro.
Su reflejo en el espejo parecía el de un fantasma. Seguía asustada. Su corazón latía a mil por hora.
Se llevó una mano al pecho y luego sacó el celular del bolsillo de su pantalón. Apenas eran las seis de la tarde.
- ¿Quieres ir a tomar algo? -preguntó Katte-. Todavía es temprano y tenemos mucho que hablar.
-Sí. Claro. Déjame enviarle un mensaje a mi hermana.
-Y quiero que me cuentes todo sobre el profesor.
..................
Amelia suspiró. Katte sonrió. Salieron de la facultad y caminaron hasta un bar que quedaba a unas cuantas cuadras de la universidad. Ya era de noche.
El campus se veía diferente después de que caía el sol. Los arbustos servían como escondite para jóvenes amantes o simplemente para quienes buscaban un lugar donde recostarse sobre el césped y descansar.
Los faroles proyectaban una luz entre amarilla y naranja que le daba al lugar una apariencia casi de bosque tenebroso.
Al llegar al bar pidieron una jarra de cerveza.
Katte encendió un cigarrillo, dio una larga pitada y expulsó el humo lentamente por la nariz. Su rostro denotaba placer.
-No sabía que fumabas.
-Desde antes del divorcio.
-Eso te va a matar.
-Sobreviví a la infidelidad. Sobreviví al divorcio. Estoy segura de que sobreviviré a esto.
-Por lo menos el cigarrillo no me engaña.
Katte sonrió, dio otra pitada. Amelia soltó una carcajada. Tomó un gran sorbo de cerveza y después encendió un cigarrillo de menta. Katte la miró con los ojos entrecerrados.
Amelia sonrió y expulsó el humo haciendo una pequeña curva con la lengua.
- ¿Y no que fumar mata?
-Solo quería saber si estabas consciente del daño que causa.
- ¿Y tú por qué fumas?
-Hace años fumaba, pero lo dejé cuando nació Matt. Ahora lo hago muy de vez en cuando.
La conversación continuó durante horas. Hablaron de sus vidas, de los años que habían pasado separadas y de todo lo que había cambiado.
Amelia hablaba de lo hermoso que era ser madre y de lo sola que podía sentirse algunas veces.
Katte hablaba de sus hijos y de cómo habían reaccionado al divorcio.
Aurelio, su hijo mayor, había decidido quedarse con su padre.
Dylan, el menor, había llorado durante los tres primeros meses después de la separación.
Emy, tres años menor que Aurelio, todavía no le hablaba a su padre.
Entre risas, cerveza y humo de cigarrillo, el tiempo se les pasó sin darse cuenta. Amelia miró su celular. Tenía una llamada perdida de su hermana.
Le dejó un mensaje de voz por WhatsApp diciéndole que ya iba de camino. Finalmente salieron del bar.
Se despidieron y tomaron un taxi cada una en direcciones opuestas.
...........................
Al llegar a casa, Amelia encontró a su hermana dormida en la sala frente al televisor. La llamó suavemente.
-Anna...
Su hermana abrió los ojos, murmuró algo y se levantó para ir a su habitación.
Amelia subió a la suya, se duchó y, antes de acostarse, tomó el celular y le envió un mensaje de voz a Ernesto.
Mensaje de voz:
-Amor, ¿cómo estás?... No me has escrito en todo el día. Espero que estés bien. Mi primer día fue tranquilo. No adivinarías a quién me encontré... ¿Recuerdas a Katte? Espero que sí. Pues está en mi salón. Aún no sé si también estará Leslie. Bueno, espero que hayas tenido un buen día. Te amo. Matt te ama. Te amamos.
Dejó el teléfono sobre la mesa de noche. Se quedó mirando el techo.
Y, sin quererlo, pensó nuevamente en aquellos ojos verdes.
....................
El día de Amelia pasó como de costumbre, con una pequeña variante.
Ahora tenía que arreglarse para ir a la universidad.
Mientras elegía qué ponerse, se sorprendió frente al espejo sonriendo.
La idea que rondaba su cabeza era absurda.
¿Le gustaría a Chris?
¿Su figura se dibujaba bien con ese vestido?
¿O sería mejor utilizar jeans y una blusa de cuello de tortuga, algo más conservador?
Se miró nuevamente. Terminó eligiendo lo segundo. Se despidió de Matt y de su hermana y caminó hasta la parada del metro.
Ya en el bus, se colocó los audífonos y escuchó una canción de Ricardo Arjona.
"Dime que no".
¿Dime que no?
¿Qué pasaría si Chris era de esos hombres que no toleraban un rechazo?
La frase le pareció graciosa. Sacudió la cabeza. No. No tenía por qué pensar en eso. Puso atención a lo que ocurría a su alrededor.
El metro se había llenado y había muchas personas de pie, cada una perdida en su propio mundo, utilizando audífonos y mirando hacia algún punto en el infinito.
En la siguiente parada subió una mujer embarazada. Amelia no dudó en cederle su asiento. Dos paradas después llegó a su destino.
Mientras caminaba hacia la facultad se alisó el cabello con los dedos, se acomodó el pantalón, se colocó un poco de perfume, crema en las manos y una menta en la boca. Su primera clase era con Chris. Y estaba muy nerviosa. Esperaba que ya hubieran llegado más compañeros. En especial Leslie.
Era curioso cómo Leslie se había alejado de ellas.
Las pocas veces que Katte había tocado el tema, siempre decía lo mismo: Era mejor así. Amelia no sabía por qué.
Pero algo le decía que tarde o temprano descubriría la razón.
Amelia llegó a la facultad, subió hasta su salón y se sentó a esperar. Aún no había nadie, como siempre.
Sacó su celular y comenzó a mirar unas fotografías antiguas de ella junto a sus amigas. Sonrió al recordar cuando conoció a Katte, seis años atrás. Ambas estaban en la fila para matricularse. A primera vista, Amelia no tuvo mucho que pensar sobre ella, Katte era de estatura baja, de complexión gruesa, cabello rojo y ojos marrones.
Se hicieron amigas casi de inmediato.
Habían encontrado demasiadas cosas en común.
Pero cuando conoció a Leslie, la impresión fue diferente.
Leslie había llegado una semana después del inicio de clases. Era hermosa, de complexión delgada, cabello negro y ojos oscuros. Tenía una mirada coqueta que parecía saber exactamente el efecto que provocaba en quienes la observaban.
Amelia deslizó otra fotografía.
Recordó también la primera vez que les presentó a sus amigas a Ernesto.
Él nunca había sido un hombre de muchas amistades. Las pocas personas que consideraba amigos eran amigos de años, hombres con los que había compartido demasiado como para necesitar demasiadas palabras.
Aquella noche, Ernesto y Carlos hablaban tranquilamente junto al mesón de la cocina, cada uno con una cerveza en la mano. Amelia no alcanzaba a escuchar lo que decían por culpa de la música, pero sus carcajadas se escuchaban en toda la casa.
Leslie se había marchado temprano sin explicar el motivo.
Había sido extraño, pero su ausencia no impidió que las demás continuaran divirtiéndose.
Cuando la fiesta terminó, Amelia agradeció a todos por haber asistido. Katte se quedó para ayudarla a recoger.
-Gracias por ayudarme. No deberías hacerlo, eres mi invitada.
-No pasa nada. Eres mi amiga.
Amelia recogió unos vasos de la mesa y los llevó a la cocina.
-¿Sabes por qué Leslie se fue así de pronto?
Katte hizo una pausa.
-Mm... no tengo idea. Seguro mañana nos cuenta.
Amelia la miró.
-¿Crees que a Ernesto le agradó?
Katte levantó la mirada.
-No lo sé. No me fijé.
Hubo un silencio incómodo.
Amelia conocía demasiado bien a su amiga para no notar que algo le molestaba.
-¿Por qué estás molesta? ¿Qué pasó?
Katte dejó el vaso que tenía en la mano.
-Tú sabes cómo es Carlos.
Amelia dejó de recoger.
-¿Qué hizo?
-Mientras bailábamos, no dejaba de mirar a Leslie. Así que me acerqué y le pregunté si estaba bien.
-¿Y qué te dijo?
-Que todo estaba bien.
-¿Le creíste?
Katte soltó una pequeña risa sin humor.
-Claro que no.
Mientras ellas terminaban de recoger dentro de la casa, Ernesto y Carlos salieron a botar la basura.
La noche estaba fresca y el ruido de la fiesta apenas llegaba hasta la calle.
-¿Cuánto tiempo llevas casado? -preguntó Carlos.
-Como ocho años, sin contar el noviazgo.
-Es mucho tiempo.
Ernesto sonrió.
-Mucho más de lo que crees. Nos casamos después de cuatro años de novios. Ya era momento de... ya sabes, sentar cabeza.
Carlos soltó una carcajada.
-¿Y cómo haces? Por lo que me contó Katte, casi no pasas tiempo en casa.
-Fue difícil al comienzo, pero creo que poco a poco nos hemos acoplado.
Carlos continuó hablando de deportes, trabajo y otras cosas sin demasiada importancia.
Hasta que mencionó a Leslie.
-Y... ¿qué tal? Eh... muy guapa Leslie.
Ernesto tardó un segundo en responder.
-Mm... supongo.
Carlos sonrió divertido.
Había conseguido incomodarlo.
Era la primera vez que ambos hablaban realmente, aunque por sus esposas ya sabían algunas cosas el uno del otro.
Ernesto terminó de tirar la basura y sacó un cigarrillo. Le ofreció uno a Carlos, quien lo aceptó sin dudar.
Se apoyaron contra el automóvil estacionado frente a la casa.
Carlos volvió a intentarlo.
-¿Ya conocías a Leslie?
Ernesto lo miró de reojo.
-¿Qué te dio esa impresión?
-Nada... solo tu expresión cuando tu esposa te la presentó.
-No, nada que ver.
Ernesto no quiso continuar hablando del tema.
Sabía perfectamente que Carlos seguiría preguntando.
Terminaron sus cigarrillos y regresaron a la casa.
Más tarde, cuando Amelia y Ernesto estuvieron en la cama, ella hablaba sobre el éxito de la fiesta y los elogios que había recibido como anfitriona.
Ernesto apenas escuchaba.
En su mente había aparecido otro recuerdo.
La primera vez que había visto a Leslie.
Había sido durante la despedida de soltero de su mejor amigo.
El regalo de toda la pandilla había sido una stripper dentro de una enorme caja de regalo.
Ernesto había ido, pero no bebió. Era el conductor designado.
Cuando la fiesta terminó, llevó a cada uno de sus amigos a casa. Después pasó por el departamento del novio para asegurarse de que todo estuviera bien y continuó su camino.
Dos cuadras más adelante, vio a una muchacha haciendo señas para detener un taxi.
Era muy tarde para que una joven estuviera sola en la calle.
Llevaba un bolso enorme del que sobresalían unas plumas.
Ernesto redujo la velocidad.
-Señorita, ¿la llevo a alguna parte?
Ella se acercó al vehículo y lo observó con desconfianza.
-¿Es algún tipo de depredador, violador, asesino...?
Ernesto sonrió.
-No. Soy un hombre inofensivo. Solo quiero ayudarla.
-No tengo cómo pagarle. Quedaron en recogerme después de un trabajo.
-Tranquila. Suba. Dígame dónde la llevo.
La muchacha dudó unos segundos antes de abrir la puerta.
-Mucho gusto. Mi nombre es Leslie.
Ernesto asintió mientras la observaba por el retrovisor.
-¿Y qué hace usted a esta hora en la calle?
-Soy bailarina. En ocasiones hago despedidas de soltero.
Ernesto la miró por el espejo.
-Usted fue la bailarina de la despedida de César Andrade.
Leslie sonrió.
-Sí. ¿Tú estabas ahí?
Lo observó unos segundos.
-Ahora te reconozco. El tipo serio del fondo. Cuando me acerqué a ti me rechazaste y tus amigos te gritaron aburrido.
Ernesto soltó una pequeña risa.
-Sí. Ese mismo.
Leslie inclinó la cabeza.
-¿Eres gay?
-No.
-Nunca nadie me había rechazado.
-Estoy casado.
-Con que casado... ¿y tu esposa es fea y gorda?
Ernesto sonrió.
-No. Ella es hermosa.
Leslie sonrió al escuchar la respuesta.
-Así que felizmente casado.
Ernesto estacionó frente al edificio.
-Bueno, llegamos. Sana y salva.
-Gracias, mi héroe. No me dijiste cuál es tu nombre.
-Creo que así es mejor. Tómalo como la ayuda de un buen samaritano.
Leslie abrió la puerta, pero antes de bajar lo miró.
-¿Y mi buen samaritano no va a acompañarme hasta la puerta? Algo podría pasarme.
Ernesto sonrió divertido.
Intentó mantener la compostura, pero aquella muchacha le había removido algo que no estaba preparado para sentir.
Salieron del automóvil y caminaron hasta la entrada.
-¿Qué hora es? -preguntó Leslie.
Ernesto sacó su celular.
Ella se lo quitó de las manos, anotó algo y se lo devolvió.
-Ahora tienes mi número.
Ernesto la miró sorprendido.
-¿Para qué?
-Por si algún día quieres hablar con alguien. Llámame. No importa la hora.
Ernesto extendió la mano para despedirse.
Leslie la tomó.
Y antes de que pudiera reaccionar, se acercó y le dio un beso.
Ernesto se quedó petrificado.
Pero correspondió.
Cuando se separaron, Leslie sonrió.
-Tenía que pagar de alguna manera.
-Eso no era necesario.
-Hombres como tú no existen. No sé si volveré a verte y quería tener un recuerdo de mi buen samaritano.
Ernesto llegó a casa con el sabor de aquellos labios todavía en la boca.
Mientras se duchaba cerró los ojos.
Y volvió a verla.
Sus ojos negros.
Su cuerpo delgado, pero lleno de curvas.
Su largo cabello oscuro.
Al salir de la ducha encontró a su hermosa esposa dormida.
Sintió un poco de remordimiento.
Pero sacudió aquellos pensamientos de su cabeza.
Había sido solo un momento.
Algo que había pasado.
Algo que él no había buscado.
O al menos eso se repetía para poder dormir.
Amelia se había quedado dormida sobre la mesa mientras esperaba a sus compañeros.
Katte estaba sentada a su lado revisando su celular.
A su alrededor ya había más personas.
Tres estudiantes ocupaban la mesa de la esquina, dos estaban en la mesa del centro y una mujer rubia de cabello corto permanecía sentada frente al pizarrón.
Amelia se frotó los ojos.
-¿Cuánto tiempo me quedé dormida?
Katte levantó la mirada y sonrió.
-Solo te diré que todos aquí escucharon tus ronquidos.
Amelia abrió los ojos de golpe.
-¡¿Qué?!
Katte soltó una carcajada.
La puerta se abrió.
Y entonces volvió a sentirlo.
Ese perfume.
El mismo.
Un nudo se formó en su estómago.
Chris entró con su maletín cruzado sobre el pecho. Vestía un pantalón blanco, camisa celeste y saco y cinturón azul marino.
Saludó a la clase, se disculpó por llegar tarde y comenzó a llamar a cada estudiante de la lista.
Amelia respiró profundamente.
Intentaba calmar su estómago.
No lo consiguió.
Hasta que escuchó su nombre.
-Amelia Ferrer.
Ella levantó la mano.
Chris la miró.
Tenía el cabello ligeramente revuelto, barba de dos días y unos lentes que ocultaban parcialmente sus ojos verdes.
Su mirada parecía risueña.
Su expresión, en cambio, permanecía rígida.
-Muy bien. Veo que ya están todos. Mi nombre es Christopher Daniels, para quienes no me conocen. Soy abogado y seré su profesor de Derechos Humanos.
Dejó la lista sobre el escritorio.
-Mi materia no es fácil. Y lo más importante: lean. Lean mucho.
Algunos estudiantes sonrieron.
-Conmigo tienen la última hora. Sé que es pesado, así que intentaremos terminar lo más pronto posible. Los llamaré por la lista para irlos conociendo.
Comenzó por los estudiantes de la mesa de la esquina.
Después continuó con los del centro.
Y finalmente llegó a ella.
Amelia se puso de pie.
-Buenas noches. Mi nombre es Amelia Ferrer, tengo veintiséis años, estoy casada, tengo un hijo de seis años y estoy retomando la carrera porque tuve que posponerla debido a mi embarazo.
Chris la observaba con los ojos entrecerrados.
Ella llevaba una blusa de cuello de tortuga. Su perfume llegaba hasta él con claridad: dulce, con suaves notas florales.
Amelia estaba a punto de sentarse cuando Chris habló.
-No le he dicho que puede sentarse.
Ella lo miró confundida.
-Mi presentación terminó.
-Por favor, vuelva al frente y responda por qué eligió esta carrera.
Amelia frunció el ceño.
-A ninguno de mis compañeros les ha preguntado eso.
-Se lo estoy preguntando a usted.
Ella respiró profundamente.
-Para ayudar a las personas.
-¿En qué forma? ¿Ayudarlas? ¿No considera que ya existen suficientes profesionales en el campo laboral?
-Supongo que sí, pero planeo especializarme...
La mujer rubia sentada frente al pizarrón levantó la mano.
-Profesor, disculpe la interrupción, pero el tiempo corre y aún faltan compañeros por presentarse.
Chris la miró.
-Disculpada. Ya que hizo evidente su preocupación por sus compañeros... ¿quién falta?
Todos miraron alrededor.
-Así que solo falta usted. A ver, señorita, preséntese.
La joven se puso de pie.
-Buenas noches, compañeros. Mi nombre es Lucrecia, pero me dicen Lu. Tengo veinticuatro años, soy soltera y en la mañana trabajo como secretaria en una importante empresa de importación y exportación.
Chris asintió.
-Bueno, chicos. Para la siguiente clase traigan un ensayo sobre cómo se constituyeron los Derechos Humanos.
Cerró su carpeta.
-Eso es todo. Nos vemos en la siguiente clase.
Los estudiantes comenzaron a recoger sus cuadernos.
Amelia tomó rápidamente su mochila.
Solo quería salir.
Pero Chris se acercó a ella.
Antes de que pudiera decir una palabra, Lucrecia se interpuso.
-¡Chris! ¿Puedo llamarlo Chris? Tengo una duda.
-¿En qué la puedo ayudar, Lucrecia?
-Por favor, llámeme Lu.
Chris observó por encima de ella.
Amelia acababa de cruzar la puerta.
Su mirada cambió.
-A ver, Lu. ¿En qué puedo ayudarla?
-La tarea, ¿de cuántas páginas debe ser?
-Las que usted quiera.
Tomó su maletín.
-Permiso. Me tengo que ir.
Salió rápidamente detrás de Amelia.
Pero ya no la encontró.
Subió a su automóvil y salió por la calle principal del campus.
Su celular comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Era su ex.
Se orilló y contestó.
-¿Qué quieres?
-Quería saber cómo estabas.
Chris soltó una risa seca.
-¿No es un poco tarde para eso?
-Lo sé. Me equivoqué. Ya te lo he dicho de mil maneras.
-Nada será suficiente.
Hubo silencio al otro lado.
-Tú estarías igual si estuvieras en mis zapatos.
Ella suspiró.
-Aún te amo.
Chris cerró los ojos.
-Sí, claro.
La llamada continuó.
Pero por primera vez desde que había visto a Amelia, Chris no estaba pensando en su ex.
Estaba pensando en la mujer que acababa de desaparecer por aquella puerta.
Y eso era un problema.