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Peligrosas Mentiras

Peligrosas Mentiras

Autor: : den1
Género: Romance
Stefan huye de la mafia desde hace más de dos años. Ha recorrido parte del mundo buscando un refugio donde no lo encuentren, pero siempre tiene que estar en constante movimiento. Cuando se muda a Toronto, Canadá, conoce a una linda muchacha que tiene un gran futuro por delante. Pero todo cambia cuando ambos se enamoran. La mafia está dispuesta a arruinar a Stefan y a cualquier persona que él aprecie. Y Cande no será la excepción. ¿Podrá Stefan protegerla?

Capítulo 1 La desconocida

Stefan

No hace mucho tiempo que me mudé a la ciudad de Toronto, Canadá.

Vengo escapando de un pasado abrumador del que quería desligarme de una vez por todas, pues estuve dentro de la banda de mafia más peligrosa de todo Australia. Ni siquiera sé cómo es que yo seguía vivo, cómo es que todavía no me habían encontrado para asesinarme por haberme salido de aquella agrupación después de robarles tanto dinero. Temía que algún día me encontraran, y es por eso que durante bastante tiempo estuve en constante movimiento, de país en país, de ciudad a ciudad, intentando no ser encontrado y no dejar rastros. Hasta ahora me había funcionado, pues el contante movimiento de ciudad era un buen plan para confundir a los mafiosos. Sin embargo, después de tanto tiempo de moverme de un lado a otro, estaba agotado. Quería poder instalarme de una vez en un lugar. Quería poder tener un nuevo lugar al que llamarle hogar. Quería una vida tranquila y sin peligros.

Desde las tres de la tarde, he recorrido el centro de Toronto, un lugar lleno de locales, buscando trabajo. Necesitaba un empleo si quería quedarme. Mis ahorros no iban a durar toda la vida. Creo que dejé alrededor de trece currículums en distintos locales, con la esperanza de que alguien me llamara. El problema, es que llevaba haciendo lo mismo desde hace unos meses, y todavía no tenía suerte.

Dejé un nuevo currículum en una tienda de comidas rápidas, donde tomaron el papel sin ganas y lo dejaron dentro de un cajón lleno de otros papeles y dijeron que me llamarían si lo veían conveniente. El tema es que es lo mismo que llevaban diciéndome casi todos los locales a los que había entrado.

Caminando, aún por el centro de Toronto, noté que, en la vereda de en frente, caminaba una chica, distraída y con su celular en manos. Al parecer escribí un mensaje. A metros de ella, dos tipos encapuchados caminaban de forma sospechosa. Me quedé observando la situación, con la sensación de que algo iba a pasar. Para colmo, no había muchas personas en esta calle, por lo que sólo éramos esa chica, los dos tipos encapuchados y yo.

Noté que ambos intercambiaron mensajes entre ellos. Sin darme cuenta, ya me encontraba cruzando la calle, cerciorándome de que no le pasara nada. Pero los tipos salieron casi corriendo hacia ella de un segundo a otro. El de capucha negra empujó a la muchacha y el otro le quitó su teléfono justo antes de que ella se cayera al suelo toda sorprendida.

Sentí impotencia. Demasiada.

Y yo sé que yo no era ningún santo, porque era un ex mafioso. Pero eso que le hicieron no estuvo bien.

No pensaba en quedarme de brazos cruzados.

-¡Oye, tú! -le grité a quien le quitó su teléfono y salí corriendo detrás de él para quitárselo.

Los dos tipos corrieron rápidamente cuando me vieron perseguirlos. Me llevaban la delantera, pero no sería por mucho, pues ellos no tenían el entrenamiento de la mafia como yo lo tenía. En cuanto los agarrara, se arrepentirían de hacer lo que hicieron.

Tomé a uno de ellos de la parte trasera de su campera y lo lancé contra la pared, haciéndolo caer y quejarse del fuerte golpe. El otro tipo giró para ver qué ocurría y quiso ayudar a su amigo, atacándome. Pero terminó igual que su compañero: contra la pared y en el suelo.

Cuando se levantaron, sabía que vendría una pelea contra ellos. Sabía que querrían lastimarme. Pero podían intentarlo y ver que los que saldrían perdieron aquí, serían ellos y no yo.

Esquivé sus golpes. No mentía cuando decía que ninguno de los dos pudo llegar a darme un puñetazo. Mis reflejos eran excelentes. Tuve años de preparación física y de defensa persona en la mafia. Por más que fueran dos contra uno, no me iban a ganar.

Uno de ellos sacó su arma y me apuntó en la cabeza. El otro, se quedó al lado de quien me apuntaba, mirándome. Los dos se notaban muy jóvenes, como de mi edad.

-¡Quieto o te disparo! -Noté el nerviosismo en su voz.

Seguramente esta era la primera vez que él le apuntaba a alguien. Le sonreí y le quité el arma en un parpadeo. Los chicos me miraron con terror.

-Quiero el teléfono de esa chica ahora.

-Ni hablar -contestó el de capucha roja.

-¿Ah, no? -pregunté, con mi mirada de chico malo.

Enseguida me tendió el teléfono. Le saqué las balas a la pistola y arrojé el arma bien lejos.

-Yo no necesito un arma para acabar con ustedes. Si no quieren meterse en verderón problemas, es mejor que corran ya mismo -advertí.

Y eso fue lo que hicieron.

Corrieron.

Ahora que tenía el celular de la chica en manos, esperaba encontrarla en alguna parte para devolvérselo, aunque en ningún momento vi su rostro. Me apresuré a llegar al lugar en donde la asaltaron y no la vi, pero noté que a lo lejos caminaba con algo de prisa. Corrí hasta alcanzarla.

-¡Oye! Tengo tu teléfono -dije.

Pero ella se asustó y, sin siquiera mirarme o tomar su teléfono, salió corriendo, huyendo de mí. Creo que me confundió con los ladrones. Se la notaba muy asustada. Lamentablemente, otra vez no pude ver su rostro.

-¡Déjame en paz!

La seguí, no a las corridas, pero la seguí para que no me tuviera miedo. Mi intención era darle su teléfono, nada más.

Unos minutos más tarde, la vi entrar a una especie de discoteca. ¿O era un bar? Entré allí, encontrando mucha gente de clientela. Vi que la chica, quien todavía me daba la espalda, entraba a un cuarto que era solo para empleados con otra chica a su lado, que parecía estar consolándola.

Entonces ella trabaja aquí... En este bar.

-¿Te ayudo en algo? ¿Qué haces ahí parado?

-¿Trabajas aquí? -le pregunté al señor que me miraba.

-Soy el dueño -respondió.

-Oh, bueno -le tendí el teléfono de la chica, el cual tenía la pantalla protectora rota. Supongo que cuando la tumbaron para quitárselo se rompió-. Es el teléfono de una de sus empleadas. Se lo robaron y yo lo recuperé.

-Ah, está bien -el tipo solo tomó el teléfono de mala gana.

Creo que era el destino. Pues noté un cartel en la barra que decía que solicitaban empleados.

-¿Tiene alguna bacante? -Consulté justo cuando el hombre se dio la vuelta.

Se giró a verme.

-¿Tienes interés en trabajar?

-Sí. Puedo trabajar de lo que sea. Aprendo rápido.

-Necesito un guardia de seguridad. Pero tendrían que dejarme tu currículum y veré si me interesa llamarte para una entrevista.

Para mi mala suerte, ahora misma ya no me quedaban currículums.

-Vendré mañana con un currículum.

El hombre solo asintió y se dio la vuelta de forma grosera. Se notaba que era un amargado.

Miré la puerta de aquél cuarto donde aquella chica entró. No vi su rostro, pero ella me llamaba la atención.

Quería conocerla.

Capítulo 2 EL MISTERIOSO CHICO

Cande

Le escribía una respuesta al mensaje de mi madre cuando caí al suelo de repente, sin entender qué había pasado. Noté a dos chicos frente a mí, encapuchados.

¿Por qué ese chico me empujó?

Fue la primera pregunta que apareció en mi cabeza.

Pero tuve la respuesta de inmediato, cuando sentí y vi en cámara lenta cómo me arrancaron el teléfono de mis manos. Ahí comprendí que se trataba de un robo, y que por eso me atacaron y me tumbaron al suelo. Quise resistirme a que me lo quitaran, pero era demasiado tarde para ello, y mis temblorosas y torpes manos no iba a ser de gran ayuda.

Mis ojos se cristalizaron al instante, pues me había costado mucho comprarme ese teléfono. Era demasiado injusto. Escuché que una voz varonil les gritó a esos chicos y vi que fue tras de ellos. Cuando miré a mi alrededor, apenas un auto iba pasando por la calle. No había nadie más allí. Sentí pánico y me levanté algo adolorida del suelo, llorando, pues no pensaba quedarme ahí yo sola, y no iba a esperar a que ese chico que fue detrás de los ladrones viniera a verme.

Con una sensación de impotencia en el pecho, caminé con destino a mi trabajo.

Qué humillación.

-¡Oye! -gritó alguien detrás de mí, y dijo algo más que no llegué a atender, pues me asusté. Mi corazón latía como loco.

-¡Déjame en paz! -supliqué, empezando a correr.

No vi quién era la persona que me hablaba, y tampoco me importaba. Seguramente era alguno de esos ladrones que querían robarme algo más. Corrí, lejos, y me metí en el bar cuanto antes. El alivio me recorrió el cuerpo entero cuando mi compañera de barra me observó, notando que algo me pasaba. No me agradaba mi trabajo, pero hoy me sentía más a salvo aquí, que allí afuera.

-¿Qué pasó? -me preguntó, acercándoseme.

-Me han robado -las lágrimas se me caían.

-¿Qué? -dijo, sorprendida, y mirándome con pena-. Ven aquí, Cande -pasó su brazo por mis hombros y empezamos a caminar hasta la sala de descanso que había para los empleados.

Estuve unos minutos allí, calmándome, decepcionada por lo que pasó. No esperé que me pasara algo como eso. Iba tan distraída...

Tuve que salir a trabajar porque no había forma de que me quedara ahí en la sala llorando toda la noche, pues había clientes que esperaban ser atendidos, y mi compañera no podía encargarse ella sola. Y ni hablar de que mi jefe me despediría si me viera aquí sentada cuando no era hora de mi descanso.

Salí del cuarto e intercambié una mirada con mi compañera, quien me regaló una sonrisa y se acercó a mí rápidamente.

-¡Buenas noticias para ti! -exclamó con emoción.

-¿Qué? -pregunté sin muchos ánimos.

Ella sacó algo de su bolsillo.

Para mi sorpresa, era mi teléfono.

-Pero, ¿qué...? -la miré sin entender nada.

-Me dijo el jefe que un muchacho vino aquí a entregar tu teléfono.

¿Un chico? ¿Y si fue el muchacho que corrió detrás de los ladrones? ¿Y si fue él quien me habló y de quien yo corrí asustada?

Tomé mi teléfono con una sonrisa, completamente agradecida. Busqué con la mirada a alguien, pero realmente no sabía a quién estaba buscando.

-No está aquí. Se ha ido ya. ¡Pero qué bueno que lo ha recuperado!

-Sí... Estoy muy agradecida con él -sonreí, tan aliviada. Y yo que pensaba que había perdido todo el contenido guardado en el teléfono.

-Al parecer tienes un héroe -sonrió, y se alejó para seguir trabajando.

Un héroe... sí.

Tenía ganas de saber quién era él.

Capítulo 3 LA ENTREVISTA

Cande:

El chico que recuperó mi teléfono seguía presente en mis pensamientos desde hace unos días, pero intentaba no pensar mucho en ello cuando estaba en el trabajo, para no distraerme.

La discoteca en la que trabajaba había aumentado enormemente su clientela. Creo que se trataba de una de las discotecas más conocidos en todo Toronto. Y no es que fuese muy experta en lo que a alcohol se refiere ni el rubro en sí, pero podía apostar a que la discoteca Black and White, manejaba alcohol de mala calidad. Pero los clientes nunca se quejaban, o, al menos, jamás lo hicieron conmigo. Sin embargo, en otra cosa en lo que la discoteca fallaba demasiado, es que no tenía guardia de seguridad en la sección de adentro. Había uno en la parte de afuera, que se dedicaba a dejar pasar a las personas y quien revisaba que no tuvieran ningún objeto letal con ellos para evitar problemas, pero yo insistía en que el jefe debía encontrar pronto a un nuevo guardia que vigilase la pista de baile.

En diversas ocasiones presencié peleas. Pero peleas violentas. No simples pleitos. Por eso odiaba trabajar en esta discoteca, no solo porque el ambiente no resonaba conmigo, sino porque algunos clientes no eran capaces de comprender que el machismo y el acoso era repulsivo y no debía pasar. También, porque arruinaba mis fines de semana, en los que se suponía que yo debía usar para estudiar tranquila o relajarme. Pero todo esfuerzo iba a valer la pena cuando terminase la universidad y tuviese mi título en las manos. Todo lo hacía para poder tener dinero para pagar la renta compartida de mi departamento, para poder darme algún que otro gusto y poder seguir viviendo en Toronto.

Aunque, sí, debo admitir que todos los días tenía ganas de renunciar, y eso que solo trabajaba los fines de semana.

¿Por qué? Porque, a pesar de la fama, la mayor parte de la clientela eran hombres. Siempre había mujeres, pero no muchas. Los hombres venían aquí a charlar sobre sus problemas como si esto fuese un simple bar, y los comentarios asquerosos y la falta de respeto nunca hacían ausencia. Y nosotras, las empleadas encargadas de la barra, nos llevábamos aquellos estúpidos comentarios por parte de los clientes.

Afortunadamente, hoy había una entrevista. Un hombre estaba interesado en el puesto de guardia. Eso me haría sentir más segura.

Subí las escaleras para avisarle al jefe que el muchacho estaba por llegar. Él me pidió que se lo recordara porque tenía mala memoria. Golpeé la puerta de su oficina varias veces, mientras en mi mente me preguntaba a quién rayos se le ocurría hacer una entrevista a las nueve de la noche. Me parecía algo muy poco profesional. Mi jefe no hacía bien las cosas. Era un idiota.

-¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieres ahora? -preguntó mi jefe cuando abrió la puerta, con expresión molesta.

Me quedé un poco atontada por su manera brusca de hablarme, pero reaccioné antes de que él perdiera la poca paciencia que le quedaba.

-Lo siento, señor, no quise molestarlo.

-¿No ves que estoy viendo el partido de fútbol de hoy? Pedí que nadie me molestara, Candela.

Candela... Así no era mi nombre.

-Soy Cande, señor.

-¿Qué es lo que quieres, Candela? -me ignoró.

Mi nombre sol era Cande, no Candela. Desde que empecé a trabajar estoy repitiéndoselo, y nunca recuerda cómo me llamo, o es tan idiota que lo hace apropósito.

-Me dijo que le avisara cuando el hombre de la entrevista esté por llegar. Ya van a ser las nueve.

-Ah... -se rascó la nuca. Él olía a alcohol. Todos los fines de semana él bajaba de su oficina, tomaba una botella entera de vodka y se la llevaba a su oficina para bebérsela él solo-. Bueno, hazte cargo tú.

¿QUÉ?

-¿Qué? ¿Yo?

-Sí, y después me cuentas.

-Pero yo no sé cómo hacer una entrevista, jefe. ¿Qué se supone que le pregunte al muchacho?

-El currículum del chico está en la sala de descanso, busca ahí y hazle preguntas. Ahora no me molestes y vete a trabajar, Candela, que para eso te pago. -Prácticamente él ignoró mis palabras.

Sí, él me pagaba por servir tragos, no por hacer entrevistas. Yo no sabía cómo hacer una.

-Pero... -No me dejó terminar la oración.

Mi jefe me cerró la puerta prácticamente en la cara. Me quedé sorprendida, quieta unos segundos.

Esto no era justo...

Quise golpear otra vez, pero ese tipo era capaz de echarme del trabajo por molestarlo, y la verdad, aunque no quería trabajar más aquí, yo necesitaba el dinero para pagar mis cosas. No podía darme el lujo de renunciar por más que así lo deseara.

Bajé las escaleras con mala cara.

-¿Qué te pasa? ¿Todo está en orden? -me preguntó, Caroline, mi compañera, mirándome un momento.

-Tiraría al jefe por las escaleras -respondí.

-Yo puedo ayudarte a hacerlo -bromeó.

Me alejé de ella para atender al nuevo cliente.

-¡Buenas noches! ¡Bienvenido a Black and White! -fingí emoción-. ¿Qué le sirvo, señor? Tenemos una gran cantidad de alcohol para elegir -comenté, cansada. El hombre me miró descaradamente y solté un suspiro de frustración por eso.

-Mhhh... No lo sé. No soy muy bueno bebiendo alcohol. ¿Qué me recomiendas, bonita? -sonrió, como si se creyese el hombre más atractivo del mundo y como si su coquetería fuese a funcionar conmigo. No sé qué esperan los hombres al hacer esto. Nos producen asco, no nos conquistan-. ¿Qué tomarías tú?

¿Yo? Yo no creo que tomaría nada de aquí. No era una buena bebedora tampoco.

-¿Vodka? -me encogí de hombros. La verdad, no era buena bebedora, así que no sabía qué recomendar, pues no tenía idea de qué bebida era más rica que otra.

-Vodka será -respondió.

Le serví su trago rápidamente e ignoré sus miradas. Si le prestaba atención, iba a ser peor.

Me llegó un mensaje de mi madre al celular. Lo leí. Ella quería hablar conmigo un momento. Con lo ocupada que he estado estos días con la universidad, casi no tuvimos tiempos de hablar.

-Caro, vuelvo en un momento -le avisé a mi compañera. Debía ser rápida en la llamada a mi madre por la cantidad de clientes que había.

Marqué el número de mamá.

-¿Cande? -mamá se vio sorprendida-. No pensé que me llamarías ahora, creí que verías mi mensaje hasta dentro de unas horas, o mañana. ¿No estás trabajando?

-Lo estoy, pero quise llamarte, mamá -sonreí. Si había algo que extrañaba tanto de Vancouver, era a mi madre. Bueno, a mi familia entera. Pero sobre todo a mamá, pues ella, para mí, era la persona más importante en toda mi vida.

Cuando decidí que quería mudarme de ciudad para estudiar en la universidad, mamá y yo tuvimos una de las peleas más grande de toda nuestra vida. ¿Por qué? Porque ella estaba asustada y no quería que me estuviese lejos de casa, temía que no me fuera bien aquí sola. Se negó rotundamente a dejarme, pero no pudo impedirlo, pues yo ya tenía mis diecinueve años cumplidos y podía decidir por mí misma. Además, este era un crecimiento personal para mí, no podía dejar pasar la oportunidad. Era momento de madurar de enfrentarme a la vida sola. Siempre estuvo mucho con mi familia, muy encerrada en casa, quería vivir la vida un poco más.

Tengo que admitir que, a pesar de lo complicada que puede ser la universidad y lo pesado que era el trabajo, me sentía feliz de estar cumpliendo mis objetivos.

-Tengo solo un par de minutos -aclaré.

-¿Cómo estás?

-Muy bien, algo cansada, pero bien. ¿Papá? ¿Mis hermanos? ¿Tú cómo estás?

-Todos estamos bien, pero te extrañamos bastante.

-Yo también.

-¿Qué es esa música que suena? Es un poco rara para un restaurante, ¿no?

-No, suelen poner mucho de esto aquí -mentí. Lo cierto es que mamá no sabía que trabajaba en un discoteca, ella pensaba que mi trabajo era ser camarera en un restaurante los fines de semana. Si le decía la verdad, se iba a disgustar, porque diría que no era un lugar para mí, no cuando muchos borrachos asquerosos frecuentaban el lugar. No quería mentir, pero era lo mejor.

-Te extrañamos mucho -repitió mamá-. Quisiera que volvieras a casa. Es difícil tenerte lejos de nosotros.

-Estoy bien aquí, estoy madurando. Me siento bien, mamá. No te preocupes. -Sabía que gran parte de su intención, era que volviera a casa. Mamá era una gran persona, pero podía ser muy egoísta también.

Mantuvimos una conversación de un par de minutos, hasta que me asomé por la puerta del baño y noté la cantidad de personas que había.

-Tengo que colgar, mamá. Te llamo mañana -me despedí.

Guardé el teléfono y salí del baño. Atendí a un par de personas y procedí a limpiar el vodka que un borracho derramó de su vaso en la barra.

-Disculpa que te moleste, pero estoy buscando al dueño de la discoteca -dijo alguien. Seguido de eso, unas manos con algunos tatuajes se apoyaron en la barra.

Él me observó como si me conociera de algún lado.

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