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Perdición

Perdición

Autor: : Paola Arias
Género: Romance
En el mundo de Logan, el silencio y la paz era lo que reinaba desde hace muchísimos años, pero en una noche, esa tranquilidad a la que vivía sometido, se verá interrumpida por la maldad y la tentación de un cuerpo hermoso y un rostro de ángel, dándole vía a libre a ese demonio para poseer cada uno de sus deseos más profundos. ¿Podrá Logan, resistirse a la tentación, o caerá en los divinos brazos de su más aterradora perdición?

Capítulo 1 Prólogo

La tentación siempre estuvo al acecho, rodando mi alma cuando me detenía a pensar en mi propia vida y siguiendo cada uno de mis pasos sin importar cuán largos podrían ser, pero bien pude librarla con mi buena fe y mis oraciones; no obstante, mi amor por Dios se vio en tela de juicio cuando ella apareció en una noche tan fría y solitaria en medio de mi camino; tan hermosa como un ángel, tan frágil como una rosa y tan malherida como una pequeña palomita que busca a como dé lugar protección.

Me perdí en sus labios rojos y carnosos, en sus curvas perfectas y bien pronunciadas, en el aroma dulce y putrefacto de su sangre y su alma; pero, sobre todo, en la pureza de su ser cuando la muerte estaba a poco de llevársela bajo su abrigo.

La cuidé, la curé, la protegí y la mantuve conmigo hasta que sus alas se abrieron y me mostraron la oscuridad que en ellas habita listas para atrapar a todo aquel buen samaritano para destruirlo en sus abrazos pasionales y maquiavélicos.

Ella es el ángel más puro y cruel que haya tenido el gusto de adorar; la bella perdición eterna que me condenó a bajar la cabeza y pedir perdón de rodillas a mi Dios por haber pecado en pensamiento y palabra, más cuando los instintos de todo ser humano me rasgaron la piel y el corazón, haciéndome arder de goce tras los suspiros de lo mundano. En ella conocí el verdadero néctar dulce de su ser; ese que había perdido cuando su inocencia se vio manchada por la muerte, el poder y la maldad del mundo bajo.

Samantha; la más venenosa de las serpientes y la más pura de los angeles; la ruina de mi alma y la reina de mi mundo. La perdición más sensata y triste en la que decidí navegar por mis propios medios, palpando lo prohibido entre mis dedos y amando con la punta de una daga pura e inocente lo suave y letal de su corazón...

🔸🔸🔸

Hola, mis guapuras bien hechas. ¡Espero que esta novela les haga hervir cada uno de sus pecados con la dulzura del padre Logan!🤣

(Las actualizaciones serán un poco lentas, por lo menos mientras termino de actualizar "Venganza" que, por cierto, está a pocos capítulos de llegar a su fin. Luego les daré más seguido actualizaciones de esta y otra historia que tengo en remojo)

Les dejo este pequeño prólogo para que se hagan una idea corta de los hechos...

¡Los adoro!

¡Buenas vibras!✌️

🔸🔸🔸

Capítulo 2 Correcto

-Siempre es un honor contar con su santa presencia, padre.

-Sabe que lo hago con el mayor de los gustos, Srta. Collins.

-Espero que pronto pueda regresar.

-Cuando tenga mi día libre, cuente una vez más con mi presencia. Ahora si me permite, debo irme. El camino es largo.

-Tenga mucho cuidado, padre.

-Lo tendré. Hasta pronto.

-Bendición, padre.

-Que Dios te bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo - marqué la señal de la cruz en su frente, mientras cerraba sus ojos.

-Gracias, padre.

Me despedí con la mano antes de salir del orfanato donde crecí e irme en mi auto en dirección a la iglesia.

Durante el camino decidí escuchar un poco de música clásica, de esa manera no me siento tan solo a tan altas horas de la noche.

Mientras la música suave infestaba mis oídos, me perdí en los recuerdos de mi niñez. Desde pequeño tenía claro que quería servir a Dios, supongo que la Sra. Collins, la madre de la actual propietaria del lugar, fue quien me guio por ese camino del bien, pues ella era una mujer muy religiosa y devota. Me inculcó valores que al día de hoy guardo y práctico con gran recelo. Ella fue como mi madre, es una pena que haya tenido que marchar tan pronto, pero sé que debe estar sonriendo junto a la presencia de Dios.

No recuerdo mucho de mi niñez antes de llegar al orfanato. No sé quiénes serán mis padres o si tengo hermanos. No sé absolutamente nada de ellos durante mis casi treinta y cinco años de vida. Cada día rezo porque aún se encuentren bien. No importa la razón por la que me hayan dejado en un orfanato, en mi corazón no hay ningún tipo de rencor hacia ellos; todo lo contrario, espero que, dónde sea que se encuentren, Dios los mantenga a salvó de todo peligro.

Estaba tan perdido en mis pensamientos que no me di cuenta en el momento que una silueta se interpuso en medio del camino.

-¡Santo Dios! - frené de golpe, a escasos centímetros de llevarme por delante a la persona que se apoyó del auto.

Con el corazón a punto de salirse de mi pecho y con las manos temblando sin control, bajé del auto y me acerqué a la mujer que estaba doblada y recostada en el auto.

-¿Señorita, se encuentra bien? - me acerqué un paso, pero al ver la sangre que brotaba de su vientre, me congelé por unos instantes-. ¡Está herida! Déjeme ayudarla.

-Deme las llaves del auto ahora mismo - levantó la cabeza al tiempo que me apuntaba directamente con un arma.

-Señorita, si quiere que le entregue el auto, se lo daré, pero no veo necesidad de usar la violencia. Bajé el arma y permita que la ayude.

Por la misma oscuridad y el cabello que se regaba en todo su rostro, no podía hacer contacto visual con ella. Aunque por dentro estaba muriendo de miedo, y no es para menos, esa mujer puede disparar en cualquier momento, me preocupaba mucho más toda la sangre que salía de su herida.

Se tambaleó, perdiendo el equilibrio y fue ahí donde aproveché para acercarme y asegurarla entre mis brazos. Percibí en el aire el olor metálico de la sangre al instante.

-La voy a llevar a un hospital, está perdiendo mucha sangre.

-No... - aunque su voz salió en un susurro, sonó firme y enojada-. Lléveme a su casa, padre.

-N-no puedo llevarla a la iglesia estando en este estado. ¡Necesita atención médica cuánto antes!

-Y yo dije que me lleve a su casa, padre - dejó el cañón en mi cabeza, ahora observándome fijamente y parlizándome por completo-. No querrá que el dedo se deslice sin querer, ¿o si?

-Baje esa arma, por favor. Dios...

-Su Dios no le va a salvar el culo si no hace lo que yo le digo - cerraba los ojos con frecuencia, y en otras veces aflojaba la presión del arma en mi cabeza, pero me era imposible dejarla ahí estando en tan malas condiciones-. Suba al auto.

-Está bien, la llevaré conmigo a la iglesia, pero, por el amor a Dios, guarde esa arma.

-No se asuste, padre, esta belleza nos va a cuidar contra todo aquel que nos quiera hacer daño - presionó el arma, soltando una risa extraña-. Lo que menos me llevaría por delante sería a un hombre de bien como un cura. Así que relájese, que no va a pasar nada...

Se desplomó en mis brazos en solo cuestión de segundos. Cómo pude, agarré el arma y la dejé sobre el auto para luego llevarla en mis brazos a la parte de atrás del mismo y subir a mi lugar y arrancar a toda velocidad para llegar a la iglesia lo más pronto posible.

No sé si estoy haciendo bien en no llevarla a un hospital para que le brinden la debida atención. Tampoco podía dejarla en medio de la carretera si bien está en mis manos ayudarla. Puede que no sea doctor, pero de algo han de servir los pocos estudios que poseo sobre medicina. En el fondo quiero creer que estoy haciendo lo correcto.

Capítulo 3 Fiebre

Una vez llegué a la iglesia, dejé a la chica en mi cama y me dispuse a preparar toallas limpias, alcohol, vendas y una aguja esterilizada para suturar, lo que en efecto, es una herida de bala. Tenía muchas preguntas, entre ellas: ¿por qué una mujer tan joven se encontraba en esta situación en medio de la carretera? Tal vez sea alguien importante y quisieron robarla, o quizás es alguien a quien debo dejar en manos de las autoridades. No sabía qué hacer, pero tampoco tengo tiempo para juzgar su proceder, más cuando su vida pende de mí.

Limpié toda la sangre con la ayuda de las toallas y el alcohol, dejando su piel limpia para proceder a realizar el siguiente paso. La bala la pude apreciar, brillando en el medio de su carne, por lo que, con mucho cuidado de no hacer ningún movimiento en falso, la logré retirar con un par de pinzas que encontré en el botiquín de los primeros auxilios. Ella se quejó, más no abrió los ojos.

-Padre, salva a tu hija de la muerte, aún no es momento para que la llames a tus brazos. Te pido que la salves en el nombre de tu Hijo y del Espíritu Santo... - rezaba mientras limpiaba una vez más toda la sangre que salía de ese pequeño agujero.

Seguidamente, tomé la aguja con el hilo y traté de hacer lo mejor posible, pero es muy difícil tratar de cerrar una herida con este tipo de hilo; no obstante, está siendo útil, pues la sangre a dejado de salir. Tan pronto despierte, la voy a convencer para llevarla a un hospital. Debe ser tratada por profesionales, no por un cura.

Toqué su frente y, al darme cuenta que hervía en fiebre, me dediqué a ponerle paños húmedos cada cinco minutos. Esta noche será larga, más porque ella parece estar cada segundo peor que el anterior. No sé si llevarla al hospital o esperar a que despierte por su cuenta.

Luego de limpiar y botar las toallas manchadas de sangre, me recosté un poco en el único escritorio que hay en mi habitación y no tardé en quedarme dormido, pero no fue un sueño de esos que descansan los músculos, pues cada cierto tiempo me despertaba para comprobar que aún tenía fiebre.

La noche se me hizo eterna, pues a la mujer no parecía bajarle la fiebre por más paños húmedos que le colocara en la frente. Me sentía agotado, más porque no dormí casi nada, pero tengo responsabilidades que cumplir y un deber con el pueblo y con Dios que el cansancio no comprende. Contra toda voluntad, me di un baño, me puse mi ropa fúnebre, como muchos suelen llamarla, el clériman y, por último, mis hábitos para dar la misa de las siete de la mañana.

Antes de salir a cumplir con mi deber con mi iglesia, le dejé una nota a la mujer por si llegaba a despertar mientras me encontraba en la misa. Espero que pronto despierte y pueda hablar mejor de lo ocurrido con ella, además de que lo más conveniente es que vaya a un hospital y se haga ver esa herida que milagrosamente logré cerrar con éxito.

La misa terminó a las once de la mañana, pero tuve que quedarme, cómo era lo habitual, en el confesionario a escuchar las confesiones del ser humano. Por dentro estaba muy ansioso de volver a la parte que es mi hogar y saber cómo se encontraba la mujer, más no podía dejar de lado a quienes necesitan de mí.

-¿Padre? - escuché que me llamaban a lo lejos, por lo que fruncí el ceño e hice un agudo ruido con mi garganta-. Padre ¿me escucha?

-Sí, hija, te estoy escuchando.

-Oh, que bien, creí que se había quedado dormido - su risita me hizo sentir culpable, porque en efecto era lo que estaba tratando de hacer-. ¿Cree que he obrado mal, padre Logan? Pero es que esa mujer saca lo peor de mí y no puedo evitar, por más que quiera, tratar de socializar de buena manera con ella...

-¡Padre Logan! - escuché el grito desesperado de una mujer-. ¡Padre, ayúdenos!

-Espérame un momento, Clarisa, ya regreso - salí del confesionario apurado, encontrándome con la chica en los brazos de una de las feligreses-. ¿Qué pasó?

-No sabemos de dónde ha salido, pero está mal herida, desnuda y con sangre...

Me quité la sotana y cubrí su cuerpo desnudo con ella, luego la tomé entre mis brazos y la llevé hasta la nave con las demás mujeres siguiendo mis pasos.

-¿Llamamos a emergencias, padre?

-¡No! - rugió ella, aferrándose de mi cuello con fuerza.

-Pero está muy mal...

-Tranquilas, yo me hago cargo de ella.

-¿Seguro, padre?

-Sí, muy seguro. Adela, me podrías hacer el favor de conseguir un vestido, lo más suelto posible para ella.

-Sí, padre, ya mismo lo traigo.

-¿En qué podemos ayudar?

-Vayan a casa, mañana seguiremos con las confesiones. Y por ella no se preocupen, yo mismo la llevaré a emergencias para que la puedan atender.

Las mujeres salieron de la iglesia envueltas en murmullos, pero una risita en mi cuello y la calidez de su aliento me hizo estremecer.

-Me merezco un Oscar por tremenda actuación, ¿no cree, padrecito? - en sus labios se ensanchó una sonrisa maliciosa, pero a la vez angelical, logrando que los latidos de mi corazón se aceleraran de repente-. ¿Aún puede confesarme? Porque le confieso que acabo de pecar al tener pensamientos suculentos con usted - soltó otra risita, acariciando con la punta de su nariz mi cuello.

-Ten un poco más de respeto... - murmuré, pero al fijarme muy bien en lo caliente de su piel, me di cuenta que estaba bajo el efecto de la fiebre.

-No sé sobre esa palabra, pero le aseguro que podemos irrespetarnos mutuamente si se deja querer como yo quiero, padre.

-Te guste o no, te llevaré a un hospital para que traten esa fiebre. Y te pido que no digas más esas cosas. Respeta la casa de Dios.

-Si amas tu vida de mierda como párroco, no me llevará a ningún lado - sus ojos azules tiene un hado de maldad y pureza que atrapan con facilidad-. Cierre la iglesia, padre, que sus más sucios deseos se harán realidad.

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