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Perversa obsesión

Perversa obsesión

Autor: : As de Trébol
Género: Romance
Recién llegada a la universidad de Yesca, Kendra Erazo debe enfrentarse a la ruptura de su novio. Con el corazón roto, Kendra decide ir a la fiesta de bienvenida que organizan los hermanos Diener; tres guapos universitarios de la alta sociedad que no suelen hablar mucho, pero imponen demasiado. Al otro día, Kendra despierta rodeada de cadáveres en una casa desconocida. No tiene recuerdos de la noche anterior, solo que fue a la fiesta en la mansión de los Diener y que bebió de más. Antes de poder acudir a la policía, la contacta un extraño personaje que amenaza con revelar un secreto que Kendra luchó por enterrar. Ahora debe cumplir las instrucciones de su acosador quien se vuelve más agresivo por momentos o descubrir quién está detrás de los asesinatos para revelar su identidad. Los principales sospechosos son los hermanos Diener y tendrá que acercarse a ellos para buscar respuestas.

Capítulo 1 Prefacio

Siempre he pensado que la vida trata de hacer lo que mejor sabes hacer, estando lo mejor posible con la persona que mejor es para ti. Como mi novio quien es lo que siempre soñé.

Aunque, siendo sincera, nunca me había puesto a pensar en lo que buscaba en un hombre, pero estoy tan a gusto con él que mis expectativas son él. Y está bien porque Juan Pablo es el tipo de chico que estarías feliz de presentar a tu familia; cálido, formal, caballeroso, con metas bien dispuestas en su vida y con un futuro profesional decente, siempre encaja a la perfección en cualquier situación.

Sabe adaptarse y sabe cómo hacer que uno pudiera adaptarse más fácilmente.

Y para mí nuestra relación iba bien, pensaba que éramos esa pareja estable entre el montón de relaciones tóxicas o que iban en picada o que ya eran historia. Sin embargo, el hecho de que llevara tres días sin responder mis mensajes y uno ignorando mis llamadas me decía todo lo contrario.

Al principio atribuí su distancia a los preparativos que hacíamos para la universidad, pues después de mucho papeleo, trámites y nervios, lo aceptaron en la Universidad de Yesca, una universidad privada cuyo renombre era tal, que ni siquiera la llegué a considerar como opción alguna vez. La colegiatura era fuerte, sí, cuando me metí a investigar solo por curiosidad tuve que cerrar la computadora portátil y fingir que no había visto nada.

Pero la mejor parte de todo es que el fue transferido por un semestre, así que le respetarán la cifra de la colegiatura que paga en la humilde Universidad de Sores, la del pueblo en donde vivimos. Su sueño se hizo realidad: Estudiar Arquitectura en la mejor universidad del país, sobre todo en ese ámbito.

Y la cereza del pastel es que yo también quedé. Me considero buena novia, leal, cariñosa y comprensiva; sinceramente y mi mejor amiga me llama ingenua, me veo casada con Juan Pablo, tendremos un perro, tal vez un loro y mientras él diseñaría plazas comerciales, viviendas o parques, yo atendería pacientes en el hospital del pueblo. Un arquitecto y una doctora, desde mi punto de vista todo es rosa.

Así que cuando me insistió para aplicar también en la universidad para ver si podíamos irnos juntos, no tuve que pensar mucho para aceptarlo. Casi al día siguiente dije que sí. Una parte de mí (la más grande) creyó que no sería aceptada, la otra parte tenía la ilusión porque entonces seríamos una hermosa pareja. Me imaginaba a nuestros nuevos amigos celosos de nuestro amor, tal vez algunos deseando tener algo con el otro, pero nosotros demasiado enamorados para ver a alguien más.

Me convencí de que, al regresar, nuestro amor sería más fuerte y entonces sería el momento idóneo para realmente empezar a planear un futuro a largo plazo juntos.

Pero antes del futuro a largo plazo va el futuro mediato y este no se ve muy prometedor. Ya no le adjudicó su distancia a los preparativos, mi instinto ahora dice que todo va mal y aunque las señales son muy obvias, no lo quiero creer.

Recibo un mensaje de texto en el que informa que debe hablar conmigo y pasará en diez minutos a mi casa.

Son los diez minutos más largos de mi vida.

Cuando llega, no puedo evitar sonreír, es casi un reflejo: Lo veo y automáticamente sonrío. Pero esta vez él no me devuelve la sonrisa. La punzada en mi interior amenaza con hacerme llorar. Su rechazo fue palpable, su mirada entre confusa, derrotada y enojada. Todo él es un muro de hielo que me pega tan fuerte, que ni siquiera puedo pensar bien.

-¿Pasa algo? -atino a decir una vez que el silencio se vuelve insoportable-. Me da gusto verte.

-Debemos romper -dice con voz firme-. La universidad será un ambiente nuevo, habrá cambios y también conoceremos a más personas. No es buena idea ir atados a algo... O alguien.

Oí a la perfección cada una de sus palabras, sin embargo, lo que escuché fue: "Ahora que se me abrió el mundo quiero follar con alguien diferente". Hijo de perra.

-¿Es broma?

―No, Kendra ―si pudiera aventarle algo, lo haría, pero solo hay un cojín y eso no le hará ni cosquillas―. Mira, habrá experiencias nuevas, debemos estar abiertos a todo.

Río nerviosamente, esto es una pesadilla. Metí mis papeles, recibí y envié mil correos, me imaginé un semestre divertido juntos. Creí en sus palabras de amor y caí en sus mentiras como una tonta.

Fui una estúpida al basar mi futuro en un hombre.

No deberíamos acceder a los caprichos de la pareja. Valemos más que eso.

―Me transferí por ti ―digo con lágrimas en los ojos―. Y me estás dejando

―hago todo lo posible por conservar la calma―. Ahora que no puedo cancelar, no puedo decir que no y quedarme aquí ¡Me metí allá por ti!

No digo más, él no dice más, nos quedamos en silencio mientras me siento en un sillón y me cruzo de brazos. Maldita sea, mi mundo acaba de irse a la mierda, pues Yesca es totalmente el tipo de universidad que no me favorece: Grande, con miles de alumnos, todos ellos desconocidos. Ese no es mi ambiente. Estaré lejos de mi hogar, de mi madre, de mi tía. Por dios, lejos de Dana, mi mejor amiga.

―Espero que tengas éxito y te vaya bien.

Juan Pablo sale por la puerta de entrada y no se detiene a mirarme. Hijo de puta, no, esto no puede quedar así. Me apuro a seguirlo, pero cuando llego al patio, veo su automóvil alejarse por la calle. Suelto un grito de furia, azoto la puerta, golpeo un cojín y lloro. Por más llamadas que le hago, me batea.

Me metí en una situación de mierda y ahora debo vivir con las consecuencias. Tendré que ir a la Universidad de Yesca. Un semestre, solo es un maldito semestre, podré aguantar... Debo aguantar. Y si voy a ir de todas formas, tengo que disfrutarlo; algo bueno debe de salir de ello, estoy segura.

Más tarde y con más optimismo, me preparo. Es una nueva etapa, interesante tal vez, lo peor que puede pasar es que sea una rechazada a la que todos ignoran y al final me voy y nadie notará mi ausencia. Puedo vivir con ello.

Intentaré pasarla bien, no dejaré que Juan Pablo me lo arruine.

Capítulo 2 UNO

La Universidad de Yesca es más grande de lo que se ve en los folletos. Tres de los edificios son modernos y dos de los más antiguos aún conservan el estilo gótico. Lo más llamativo es la biblioteca que está en el centro del campus; tiene forma hexagonal y la pared es color barro.

Me presento en un módulo de bienvenida en el que me entregan una llave electrónica y firmo el reglamento el cual tiene la letra tan pequeña que únicamente leo lo importante.

1. Prohibido introducir tabaco, alcohol o cualquier sustancia adictiva.

2. No se permitirá la entrada después de la medianoche ni en estado de ebriedad.

3. Cualquier daño ocasionado al mobiliario será repuesto como nuevo.

4. Prohibida la entrada a personas del sexo opuesto después de las nueve de la noche y antes de las nueve de la mañana.

Arqueo una ceja ¿creen que no se puede follar durante el día? ¿Qué no se puede coger con alguien del mismo sexo?

Una vez que entrego el documento me dirijo a la residencia, subo al tercer piso y me detengo frente al número 301. Al parecer mi compañera ha llegado temprano, pues la puerta está entreabierta.

-¡HOLA! -una chica de cabello castaño ondulado me grita en la cara-. Soy Giuliana.

Puedo identificar a la perfección cuál es su lado del cuarto, pues la mitad pegada a la ventana está excesivamente organizado, tanto, que me resulta un poco incómodo. La cama está libre de arrugas, sobre la mesa de noche hay esmaltes de uñas acomodados por colores y los libros del escritorio están en orden alfabético. No hay ropa en la cama, ni en el suelo, no hay maletas ni mochilas, parece fotografía de revista inmobiliaria.

-Hola -sonrío amablemente-. Soy Kendra, me transfirieron.

-¡Qué emoción! ―chilla―. ¿De dónde vienes? ―antes de poder responder me interrumpe―. Necesitas un tour de bienvenida.

Giuliana toma la mochila color azul de mis hombros y la pone sobre la cama, también agarra una de mis maletas y la pone junto al escritorio, la imito y pongo la otra maleta ahí. Esta chica sí que tiene prisa.

―El primer día nadie va a clases ―me jala hacia la puerta―. Es para socializar y más en El Queso.

¿El Queso? Medito la idea de preguntar qué es, pero apuesto a que lo sabré muy pronto.

El campus está sumido en un ambiente alegre, despreocupado y jovial. Todos se saludan, se abrazan, las parejas se besan. Parece una maldita película de comedia romántica.

Después de caminar durante un gran tramo, llegamos a una zona algo alejada del campus con forma de coliseo pequeño. No es necesario preguntar, ahora sé que eso es El Queso. Hay tanta gente en las gradas que me es imposible calcular el número, tal vez tres mil personas. Trago saliva mientras me imagino entrando a la masa de gente para complacer a mí compañera de habitación.

Santo cielo, las cosas que hago para tener amigas.

Nos abrimos paso, Giuliana entre empujones y yo pidiendo disculpas detrás de ella hasta que llegamos a la parte más baja de las gradas. Escucho un grito agudo que se pierde entre el ruido y veo a Giuli lanzarse hacia un chico pelirrojo, de cabello rizado y ojos claros que sostiene un vaso rojo. Cuando se separan, el chico me mira. Vaya, creo que es momento de presentarme.

―Eh... Hola ―no me considero tímida, pero no me gustan las presentaciones―. Soy Kendra Erazo ―Genial, el apellido estuvo de más―. Me transferí.

Extiendo la mano en un acto reflejo, el chico mira mi mano con una mezcla de confusión y burla, pero la estrecha.

―Soy Hernán, mucho gusto.

Automáticamente pienso en Hernán Cortés, ahora es seguro que no olvidaré su nombre. Nos quedamos viendo y todo se vuelve incómodo. Ya no sé qué decir, mi mente se ha quedado en blanco. Al final solo suelto palabras al aire.

―Estoy en ciencias ¿tú?

―Uy, no, aquí hay puro de Economía, la mejor ―me guiña un ojo―. Bueno, no, Joan está en Literatura.

De pronto, un chico de lentes, ojos oscuros, cabello castaño y alto llega a lanzarse contra nuestro grupo.

― ¡Hey! Quiten esas caras de muerto porque ya llegué para alegrar ―toma el vaso de Hernán y le da un buen sorbo―. A que ni adivina, me saqué la lotería, me alcanzaba para publicar un libro y dejar de estudiar, pero lo aposté en el casino y lo perdí todo.

Hernán saca más vasos de la mochila que está en sus pies, vierte un líquido de una botella de agua y nos lo ofrece. Acepto por educación, pero hace dos días me embriagué por mi ex y la cosa terminó conmigo hablándole; por suerte, Dana, mi mejor amiga en Sores, me quitó el teléfono y evitó la tragedia.

El chico recién llegado toma un sorbo de su vaso, nos mira con una sonrisa boba, pero cuando repara en mi presencia se limpia la boca y se irgue.

―Oh, caras nuevas ―saludo con la mano―. Disculpa mi irreverencia, soy Joan.

Claro, el de Literatura, vuelvo a presentarme e intercambiamos un par de palabras, pero mi atención va un poco más allá pues mis ojos buscan a Juan Pablo. Oh, por favor, no puedo hacer eso, debo tener dignidad y olvidarlo. Digo, solo han pasado tres días desde la ruptura, tampoco es que llevemos tanto tiempo alejados.

Busco a un chico alto, de cabello castaño, tez clara, un tatuaje con forma de p en el cuello y ojos acaramelados, sin embargo, mi vista se detiene en alguien muy distinto.

El hombre en cuestión es alto cuyo cabello rubio platinado desprende brillo con el sol, es de brazos y torso fuerte. No lo aprecio bien porque está de perfil, pero su playera polo color negro realza su piel y se ve malditamente bien.

Detrás de él, una chica de melena espesa del mismo color que el cabello del chico con un broche rojo que lo peina, piel blanca, labios gruesos y rojos avanza con gracia. Sus facciones son inexpresivas, pero tiene porte regio. Quien abre la marcha es el rubio platinado, pero la que atrae miradas y deja boquiabiertos tanto a hombres como a mujeres; es ella. Viste un pantalón ancho color negro y blusa blanca escotada. Va tomada de la mano de una chica bajita, de cabello castaño y cuello largo.

El último es un hombre fornido, alto, con siete líneas negras verticales tatuadas en la nuca apenas cubiertas por su mata rebelde color negro. No creo en auras ni esas mierdas, pero juro que veo un halo de luz alrededor de él. Un burbujeo extraño nace en mi estómago. Es sexy, pero es la clase de chico a quien, por amor propio, no te acercarías.

―Tierra llamando a Kendra ―Giuliana chasquea los dedos frente a mí―. Hay que ser discretas, amiga.

Los tres chicos me miran divertidos, genial, acabo de quedar como una pervertida. Pero viéndole el lado bueno: No pensé un solo segundo en Juan Pablo y eso ya es logro.

―Son los Diener, hazte un favor y no te claves ―dice Hernán―. Su círculo social se reduce a ellos y la otra que se llama Neli Torres. Son súper calientes, pero inalcanzables. Conocí a una chica que estuvo con Tristán y la pobre no hablaba de ello. Un día metió su baja y desapareció.

―Marlene es la peor ―Giuli lo dice como si recitara poesía―. Es hermosa, he tenido pensamientos lésbicos con ella, pero te mira y trata como escoria. No sabemos por qué Neli está con ella.

Porque son novias, es más que obvio. La tal Neli la mira como si fuera una diosa. No sé quién sea Tristán, pero ambos hombres son tan sexys que debo apartar la mirada para no tener pensamientos inmorales.

―¿Y a quién le importa? ―Joan echa un vistazo a los cuatro y vuelve a su actitud despreocupada―. Son narcisistas, se creen perfectos y piensan que debemos alabarlos. Hay que mandarlos a la mierda.

Confirmo.

―Gracias, no estoy interesada ―afirmo con seguridad―. Aún lloro por mi ex, no estoy para clavarme con uno nuevo... O dos.

El pelirrojo suelta una carcajada burlona.

―Corazón, ningún ex compite con ellos ―Giuliana asiente en acuerdo, Joan se encoge de hombros dando a entender que a él le da igual―. ¡Míralos! No hay comparación.

Regreso mi mirada a los Diener quienes se asentan en el centro del coliseo y charlan entre ellos. Neli no encaja ahí, cualquiera puede verlo, es como un punto de luz entre sombras y penumbras. Algo en ellos es atrayente, como si desearas pertenecer a ese grupo, nunca percibí algo parecido.

―¿Por qué todos los miran como si fueran... Superiores?

Joan les echa un vistazo rápido y luego se centra en beber de su vaso. Giuli adopta una actitud desconfiada, quien responde es Hernán.

―Son misteriosos, hacen fiestas exclusivas en su mansión, tienen buenas calificaciones ―explica en un susurro―. ¿Cómo es que tienen una mansión? La respuesta está en sus padres, pero parece que no existen.

Bueno, si nacieron es porque tienen padres, tal vez son los típicos que se la pasan viajando y sus hijos malcriados viven una vida sin adultos. Aunque a esta edad ya somos adultos. No lo sé, no me convence el argumento de Hernán, porque además de que parecen respetarlos, muy por debajo hay un tinte de miedo. Se ve que tienen complejo narcisista, pero no es para ponerlos en un pedestal ni para temerles.

―A mí me da miedo Tristán por lo de su exnovia o eso, solo se fue sin decir nada.

Eso explicaría en parte el miedo, pero no me parece un argumento suficiente. Si la chica cortó con él y quiso alejarse, es normal que metiera su baja. Cuando uno atraviesa una ruptura es capaz de hacer tonterías.

-O lo del cuarto hermano -murmura Hernán, de pronto meditabundo-. Dicen que hay otro, pero no sé si más pequeño o grande. Creo que se fue a vivir a otro país

-No, yo oí que está en drogas y lo metieron a rehabilitación.

-¿O habían dicho que era retrasado? -observo a Giuli y Hernán discutir-. Nadie sabe, nadie lo ha visto.

―Tal vez porque no existe ―Joan interrumpe, irritado-. Solo olvídalos -se dirige a mí y me incita a tomar un trago del vaso rojo―. Casi no se ven en público. Oirás rumores, te enterarás de sus fiestas exclusivas para sus amigos millonarios y verás a Ventura con una chica diferente cada mes, pero a los otros ni el polvo les verás. Odian estar aquí ―he decidido que Joan me agrada―. Disfruta el semestre, embriágate y ten el sexo más loco de tu vida.

Alza su vaso en un gesto de brindis y bebe lo que queda de un sorbo. Sonrío genuinamente y doy un pequeño sorbo a la bebida, es dulce. Cuando por fin me empiezo a sentir a gusto, aparece el imbécil de Juan Pablo. Nuestras miradas se encuentran y me bloqueo. Mi ex no sabe qué hacer, va en compañía de una chica morena y dos chicos. Les dice algo y entonces se acerca a mí.

No puedo enfrentarme a esto. Trato de subir las escaleras, pero un grupo de personas cantando me impiden el paso. Solo me queda bajar. Escucho que Juan Pablo dice mi nombre, pero no me detengo.

Llego hasta el centro del coliseo, pero al dar un paso tropiezo con una grieta. Me alcanzo a sostener de un hombro, específicamente el del hombre de cabello rubio quien mira mi mano como si fuera lo más asqueroso del mundo. Y entonces sus ojos encuentran los míos. Son color verde esmeralda, tan fríos, tan duros. Con un rápido y elegante movimiento de su mano, avienta la mía y se da la vuelta para alejarse. Ah, muy cabrón, estoy por decirle algo, cuando mi ex llega.

―Kendra ―echa un vistazo hacia las gradas―. Mmm... Hola, por favor no hagas una escena.

¿Yo? Fue él quien se acercó a mí.

―Si te largas de inmediato, prometo mantener la calma.

―¿Podemos hablar como gente civilizada?

―Me hiciste promesas de amor de mierda―siseo, siento tanta furia qué si me presiona más, voy a explotar―. Y me cortaste hace menos de una semana. No me pidas ser civilizada. Jódete.

Me mira entre exasperado y arrepentido, pero alza los brazos en señal de derrota y se va. Me siento ridícula parada con un vaso rojo en la mano. Así que doy un paso hacia las escaleras, pero antes de poder avanzar, una sensación de incomodidad se adueña de mí, alguien me mira.

Giro la cabeza y me encuentro con un par de ojos color verde esmeralda, al contrario que la del rubio platinado, esta no es gélida. La mirada profunda me atraviesa, me hace sentir desnuda y vulnerable. Logro romper la mirada y me voy. Gente con complejo inalcanzable conocí en Sores y aprendí que lo mejor es alejarse.

Al otro día llego tarde a mi primera clase, algo comprensible dado que me quedé dormida mientras soñaba con pingüinos rosados que visitaban la universidad. Maldita sea, ahora que entro al salón soy el centro de atención. El profesor pregunta mi nombre para pasar lista y me manda a sentar atrás.

―Señorita ―¿ahora qué quiere este?―. Los junté en parejas para que entreguen un trabajo, su compañero es Tristán Diener.

¿Trabajos en equipo? Es lo peor, se rompen amistades con eso y si le agrego el apellido me queda claro que tengo mala suerte. Sabía que debía enviar a diez personas esa cadena que me llegó por correo para evitarme los diez años de mala suerte.

Por favor, que no sea el rubio.

―Soy Tristán.

Dice una voz grave y de tono hostil. Increíble, es el rubio. Quisiera decir algo, pero se me corta la respiración cuando lo veo recorrerme con la mirada de arriba abajo.

―No eres la compañera ideal para practicar Anatomía.

El salón no irrumpe en carcajadas como si estuviéramos en la preparatoria, pero escucho las risas bajas de dos compañeros cercanos.

¡Hijo de la gran puta! No tengo el mejor cuerpo, pero me considero bonita, gracias.

―¿Fue una intento de ofensa? ―tomo asiento sin mirarlo―. Supongo que tu creatividad está por debajo del promedio.

Mi atención se centra en el pizarrón por el resto de la clase, llegar tarde el primer día no me define como estudiante. Aun poniendo atención es difícil, sé que la materia no es pan comido, pero no creí que fuera tan complejo; es mucha información.

Los últimos cinco minutos son para reunirnos con nuestra pareja y discutir sobre el estúpido proyecto. El profesor intenso quiere que hagamos un modelo de cuerpo humano con las venas, arterias, vasos linfáticos y nervios más importantes.

―Tenemos dos meses para hacerlo ―comienza Tristán―. Quiero pensar que es suficiente tiempo para hacerlo.

―Si insinúas que no tengo la capacidad ―le lanzo una mirada irritada―, te equivocas. Tú eres el poco creativo.

Sus ojos reflejan una mirada carente de emoción, parece que ni está vivo, qué miedo.

―De una vez te advierto que no aceptaré menos que un diez, si algo llega a ocurrir...

―Mira, campeón ―lo miro de arriba abajo, ahora sí me enojé―. Estoy jodida porque me tocó estar contigo, está bien, pero no voy a aguantar tus intentos fallidos de ofensas. Así que mete tus palabras por donde te quepan y cuando quieras hablar profesionalmente, lo hacemos.

Y me largo de ahí. Lo atractivo se le quita cuando abre la maldita boca.

La última clase del día se trata de Geometría Analítica, ahí conozco a Raquel, una chica de ojos color miel y sonrisa amable. En cuanto me siento junto a ella, me hace la plática. Es alegre y vivaz, me cae muy bien.

―Se supone que estudio Leyes ―comenta mientras salimos del aula―, pero la verdad estoy en Ingeniería. Es mi secreto.

―¿Qué tipo de Ingeniería?

―Civil ―sonríe y alza la mano por encima de su cabeza, como si fuera porrista―. Voy a construir una autopista que atraviese el país y será hermosa.

¿Qué hace alguien que entrará el próximo año a la licenciatura en medicina tomando Geometría con el tronco común de Ingeniería? Ni idea, supongo que quien hizo el plan de estudios de la universidad estaba drogado cuando lo redactó.

La mayor parte del día lo paso con Raquel quien me acompaña a hacer las compras. Ella no vive en la residencia, pues desde su nacimiento ha vivido en el pueblo; su casa está a veinte minutos de camino, dice que la ventaja es que no tiene que cocinar porque su padre es experto en la comida. Incluso me invita a comer algún día que tenga libre y así podemos hacer ejercicios de Geometría juntas.

Por primera vez desde que llegué a Yesca, siento que el semestre no será un martirio.

Más tarde, llego con los alimentos y los guardo en una alacena pequeña en la cocina, no es que piense mal de las compañeras, pero la cierro con candado. Más vale prevenir que lamentar y sí lamentaría ver que mi comida ha desaparecido misteriosamente.

El resto de la semana transcurre tranquilo; las clases son monótonas, livianas y al ser la primera semana, no dejan tanta tarea, Giuli trata de socializar conmigo, pero es muy extrovertida para mi gusto, prefiero pasar tiempo con Raquel, somos más afines.

Y entonces llega el viernes y como una tormenta, pone de cabeza mi vida.

Metí dos clases con Juan Pablo, una era Bioética, esa sí es útil para mí, pero la di de baja porque puedo cursarla intensiva intersemestral, pero la otra es una optativa y como en primer año metí ninguna, tengo que cubrir esos créditos o me atrasaré. Se trata de Pintura en lienzo, no puedo creer que la metiera por mi ex.

Para mi pésima suerte, al intentar entrar al aula, me raspo con el marco metálico de la puerta y salto debido al dolor. La buena noticia es que apenas me hice un raspón leve, sale poca sangre; la mala noticia es que colisiono con alguien que suelta un quejido de desagrado. Me volteo para pedir disculpas y me encuentro de frente con Marlene Diener.

Me mira como si fuera una cucaracha que ansía pisotear. De frente es mucho más hermosa aun con la mueca de desagrado pintada en el rostro. Y los ojos... Tiene heterocromía, un ojo es color verde esmeralda y el otro es café, si fueran cuchillos, ya estaría muerta.

Pasa de mí después de hacerme sentir como escoria. La golpeé por accidente, pero ahora me siento como la peor persona por haberle causado molestia. Ay, bueno, ni fue para tanto.

Aparte de tener que tomar clase con mi ex, tendré que tomarla con una Diener. Hoy es mi día.

Juan Pablo entra al salón sin mirarme, sabe que estoy ahí, pero finge que no. Maldito idiota, lo mandé a la mierda, pero su indiferencia me hiere. Está un par de lugares atrás de mí, junto a él hay un espacio vacío y después está Marlene; solitaria y con cara de tener mierda bajo la nariz.

Y entonces ocurre lo imposible: A Marlene se le cae el lápiz con el que dibujaba las líneas que nos dejó el profesor y rueda hasta el lugar de Juan Pablo. Mi ex se da cuenta y se agacha para recogerlo, voltea a ver a Marlene y se lo ofrece. Juraba que ella le haría el feo y rechazaría el lápiz porque ¿cómo sus regias manos tocarían algo que estuvo en las manos de alguien de la plebe? Pero la chica le dedica una sonrisa encantadora y le agradece, cuando toma el lápiz, incluso se avienta a tocar la mano de Juan Pablo quien la mira embelesado.

Siento tanta rabia que lágrimas de furia se acumulan en mis ojos. No es culpa de Marlene que mi ex esté tonto, pero no por eso la odio menos.

Una vez que termina clase, me siento liberada, salgo lo más rápido posible y me voy hacia Geometría, veré a Raquel y seguro me hará reír con sus ocurrencias. Apenas me confesó que tiene un crush con Ventura Diener. Al menos no con Tristán porque eso sería... Creíble, pero de mal gusto.

―Es agradable ―me dijo mientras almorzábamos―. La mayoría les tiene miedo, pero todos los rumores son idiotas. Son como borregos que siguen el rebaño. Los que tenemos sentido común sabemos que no defines a alguien por los chismes.

Igual que los demás, cuando pregunté por los rumores, solo me dijo que no importaba, que eran tonterías.

El profesor nos deja una serie de ejercicios para entregar hoy antes de las doce de la noche. Sé que lo hace con el fin de arruinar el viernes.

―¿Te has enterado? ―me dice Raquel―. Los Diener harán una fiesta de bienvenida y será pública. Tenemos que ir.

Definitivamente no.

―Tenemos tarea.

―¿Y eso qué? ―me lanza una mirada suplicante―. Es la primera semana y amerita alcohol.

Concuerdo con ella, este día lo amerita, sobre todo después de ver a Marlene sonreír a Juan Pablo. Necesito bailar y beber, puedo ligarme a alguien, ¡Puedo ligarme a Marlene! Apuesto que eso sería algo que nadie espera. Juan Pablo quedaría helado. Bueno, es una simple fiesta, ¿qué es lo peor que podría pasar?

Capítulo 3 DOS

Escucho un golpe en sueños, es como un martillo colisionando contra una barra de metal cuyo eco golpea toda mi cabeza.

Al mismo tiempo que despierto con un regusto amargo en la boca, una alarma en mi mente grita que algo está mal. Trato de incorporarme mientras un potente hormigueo sube por mi pierna, siento los piquetes atravesar piel y músculo, maldita sea, me quedé dormida en mal posición.

Poco a poco recupero la sensibilidad, el hormigueo cesa y comienzo a moverme. Busco el teléfono móvil durante unos segundos, en algún momento me llega una corazonada y reviso la capucha de la sudadera negra que traigo puesta, la cual, por cierto, no es mía. Pero al menos encuentro el teléfono. Pulso la tecla de desbloqueo solo para que la pantalla negra del jodido aparato me devuelva la mirada.

Se ha descargado.

La cabeza me punza fuertemente, tengo la boca tan seca que duele tragar saliva, además siento un ligero mareo cuando me siento en el sofá. Necesito tomar agua urgentemente, tengo tanto calor y bebí demasiado que seguramente estoy sudando alcohol.

Tomo una profunda respiración antes de ponerme en pie, en cuánto la planta derecha ejerce presión sobre el suelo, un pinchazo fuerte y doloroso sube hasta el estómago. Caigo de nuevo en el sillón con un quejido mientras saco de la piel un trozo de vidrio. Mierda, eso dolió. Toco la herida para sentir el calor y la viscosidad de la sangre. El dolor aminora en segundos, pero de todas formas mantengo presionado para detener el sangrado.

Ahora sí, me levanto del sillón y tengo cuidado al pisar.

Lo primero que veo es un bulto recostado en el suelo, al lado de este, se alza la mesa de centro que tiene sobre ella un condón, latas de cerveza, una botella sin el cuello (seguro con eso me corté), porros y un polvo blanco disperso en el cristal. ¿Polvo blanco? Presiento que talco no es. Bajo la mesa encuentro mis zapatos, que rápidamente me calzo.

Ya que tengo la mente más clara, trato de recordar cómo terminé aquí. El día anterior me dejé convencer por Raquel para ir a la fiesta en casa de los Diener. Quise negarme por el asunto de la tarea de Geometría, la cual debía entregar antes de las doce... Han de ser más de las tres de la mañana, creo que se me pasó la hora de entrega.

Una vez que vi la hermosa mansión y el montículo de gente esperando, no me pareció mala idea haber asistido, asimismo, quería fomentar mi amistad con Raquel. La pasé bien, el alcohol corría como agua... En fin, era el escenario perfecto para el desconecte. Bebí cerveza y tequila como si se tratara de agua natural, Raquel no paraba de decir que estaba enamorada de Ventura Diener y que daría todo por acostarse con él.

Ella también tomó mucho.

No debí ir a ese lugar, Giuliana me advirtió sobre ellos desde el primer día, pero tenía la esperanza de encontrarme con Juan Pablo y vigilar que no cayera en las garras de Marlene Diener. Es un patán y me cortó, pero no por ello estoy contenta de que esté con esa chica. ¿Dónde estará Raquel?

¿Dónde estoy? Esta no es la casa de los Diener.

Tengo un vago recuerdo de que mientras reía pregunté por qué les daban miedo los Diener si hacían fiestas estupendas a lo que alguien cuyo rostro no recuerdo me dijo que por lo del asesinato del chico que le hizo la novatada a Tristán, le cortaron la garganta. Otra persona se metía y decía que arrestaron a un ladrón por eso, confesó y todo. El otro insistía que seguro sí fue Tristán, pero como era millonario logró zafarse.

Con el argumento de que si fuera cierto o se sospechara mucho no estaríamos disfrutando de la fiesta, el tema quedó zanjado. Sinceramente, si se corriera el rumor de que maté a alguien por una simple novatada y todos me vieran como bicho raro, también me volvería asocial y odiaría estar en ese lugar.

Lo último que recuerdo fue decirle a Raquel que debíamos irnos pronto porque nos restringirían la entrada a la residencia estudiantil (aparte seguro apestábamos a alcohol), y luego... Nada. Oh, santa mierda, me puse muy ebria ¡He olvidado partes de la noche! Jamás experimenté una laguna mental y me da ansiedad no saber lo que fui capaz de hacer. ¿Bailar lascivamente? ¿Cantar con mi voz de guacamaya moribunda? ¿Llorar?

En otro sillón, una figura se envuelve en una manta oscura. Es pésima idea levantarse primero después de una fiesta, pues toca ver el escenario de la decadencia. Siento pena por quien limpiará todo este desastre.

En el comedor, bajo una maceta, veo otro bulto. ¿Cómo terminó ahí? En una silla hay alguien sentado con los brazos recargados sobre la mesa, parece estar dormido. Doy un par de pasos hacia enfrente, debo encontrar agua.

Entre tambaleos y pasos titubeantes, llego a la cocina. Veo el garrafón y me lanzo hacia él. Hay tres vasos puestos uno sobre otro, tomo el primero y lo lleno de agua. Me sabe a gloria, lo termino en apenas tres tragos. Suelto un par de toses, casi me ahogo por la velocidad. Vuelvo a servirme agua, esta vez la bebo más tranquilamente.

Debo encontrar a Raquel, no me pareció que fuera ninguna de las personas que vi en la sala. Por alguna extraña razón, me viene a la mente el rostro de Tristán Diener, su cabello rubio platinado rebelde, los brazos fuertes, la piel pálida... Joder, este no es momento para andar fantaseando.

Percibo un aroma extraño, como algo metálico. El olor se cuela en mi nariz y me provoca náuseas. Respiro varias veces para acostumbrarme al aroma, no me permitiré vomitar... El retortijón es inevitable, corro hacia la tarja para evitar hacer un cochinero a media cocina, pero apenas doy un par de pasos y resbalo con algo viscoso en el suelo. Alcanzo a sostenerme del borde de una mesa de mármol, menuda de la que me salvé, el golpe habría sido duro.

Maldita sea, ¿qué tiraron?

Busco a tientas el interruptor de la luz en la pared más cercana, pero, un segundo antes de presionarlo, caigo en la cuenta de que hay algo raro en todo: El silencio es anormal. Es tan profundo y denso qué al percatarme de ello, cae un peso sobre mis hombros. No hay voces, no hay insectos, no hay ronquidos.

Se hace la luz y tengo que entrecerrar los ojos para mitigar el brusco cambio. Parpadeo un par de veces y entonces veo la escena que jamás podré olvidar.

La sustancia con la que resbalé es viscosa y rojiza. El olor metálico proviene de la sangre que mana de la herida del pecho de un cuerpo de chica ¡Tiene un cuchillo enterrado! ¿Qué mierda? Esto no es normal, esto no es... Alcanzo a ver otra herida en el cuello, la visión roja es demasiado para procesar.

Mi pulso se dispara y un peso aplastante cae sobre mi pecho, el dolor de cabeza pasa a segundo plano e intento no desmayarme a media cocina. Mi mente se paraliza por unos segundos, quiero correr en dirección contraria, pero las piernas no me responden. Reacciono gracias a que me olvidé de respirar y la sensación de asfixia me golpea.

Inhalo una bocanada de aire y entonces me dejo llevar por el pánico.

Grito, o al menos hago el intento.

Debo avisar a la policía, pero primero necesito algo para defenderme en caso de que el culpable siga aquí. Me acerco a la mesa y tomo una pala. No, esto no servirá de nada. Corro hacia un cajón para tomar un cuchillo y entonces noto la presencia de un segundo cuerpo, es un chico. La cabeza y el brazo están doblados en un ángulo extraño, la mandíbula está desencajada y los ojos sin vida abiertos de par en par reflejan puro dolor.

Esta vez el grito sale con fuerza, sin embargo, es acallado por un potente estrépito que por poco me detiene el corazón. Me debato entre ir hacia la fuente del sonido o escapar; mi mente grita que en las películas de terror el curioso siempre muere, pero si yo estuviera en peligro, querría que me ayudaran. Si termino muerta, sabré que fue por pendeja.

El sonido provino de una habitación con la puerta entreabierta pues es la única habitación de la que sale luz. Aún tengo la pala en la mano, no es tan útil como el cuchillo, pero peor es nada. Si Raquel me abandonó en este lugar de locos, la voy a odiar por siempre.

Tomo una profunda respiración antes de abrir la puerta de un empujón. Esperaba toparme con alguien cubierto con una máscara quien sostuviera un hacha en la mano, esperaba ver a alguien luchando por su vida o simplemente tirado en el suelo porque su ebriedad pudo con él.

Definitivamente ver tirada a Raquel con una soga atada al cuello superó mis expectativas.

Sus ojos color miel están inyectados en sangre y tiene el rostro hinchado con los labios azulados. Bajo su cuerpo está el lavabo convertido en añicos. Aparte, un chico de ojos azules reposa sobre el agua rojiza de la tina. Mira fijamente los azulejos, sus brazos están rajados desde la muñeca hasta el codo, se ve tan relajado que parece estar tomando un baño.

Esta vez no hay forma de evitarlo, vomito.

Hay una tercera persona, una chica de tez negra y cabello negro rizado hasta la espalda. Usa lentes cuadrados muy grandes cuyas micas se ven sucias. Tras los anteojos, un par de ojos grises se abren de par en par, reflejan terror.

No puedo respirar, siento que el aire me quema. ¿Qué mierda pasó? ¿Por qué Raquel está muerta? Ya no podrá construir la carretera, su padre no le cocinará más... Está muerta. Quiero llorar, quiero gritar, pero los alaridos de terror de la chica me impiden pensar con claridad. Trato de calmarla, pero es inútil.

-¡Calma! No grites -claro, como es normal ver muertos en el baño-. Por favor, tranquila.

-¡Estaba colgada de ahí! -señala un barandal roto-. Vine a orinar y se cayó.

Así que eso causó el estrépito. Ay, no, no puedo creer que esto sea real. Quisiera ponerme a llorar junto a la chica, pero mi mente está ofuscada.

-Esto está mal, quien hizo esto... -se me corta la voz-. Tenemos que llamar a la...

Me interrumpe el sonido de varios golpes, son desesperados, aunado a ello, escucho algo parecido a quejidos. La chica deja de llorar y me voltea a ver expectante. Esta vez siento que sí está alguien en peligro. Corro hacia la fuente de sonido, proviene del interior de una habitación; específicamente del interior de un armario. La chica niega con la cabeza dando a entender que no le abra, pero es demasiado tarde, ya estoy destrabando las puertas.

Como si tuviera un cohete en el culo, sale volando un chico con un trozo de tela en la boca a modo de mordaza. Tropieza y cae, entonces me percato de que tiene ambas manos amarradas con un cinturón. Se retuerce como loco en el piso mientras intenta decir algo, así que me acerco a él para quitarle la mordaza.

-¡¿Qué mierda de broma es esta?! -escupe saliva y me cae en el rostro-. DESÁTAME.

Hey, que no me reclame, no soy la culpable. Desatarlo es difícil, me hago un barullo con el nudo.

¿Quién hizo esto? Busco ayuda en la chica, pero está ocupada abrazándose a sí misma.

- ¿Están muy divertidas? Idiotas.

Los ojos claros del chico me miran con furia, su piel blanca adquiere un tono rojizo y traga saliva. A pesar de la poca luz, alcanzo a ver un retazo de barba mal afeitada. No puedo evitar sentir una pizca de ira hacia él, por mil demonios, que agradezca estar vivo, es mejor estar encerrado que desangrado.

-Hay dos muertos en el baño.

Maldita sea la chica inoportuna. No es manera de decir las cosas y menos algo tan grave.

-¿Qué?

El chico se nota incrédulo, furioso y parece que está viendo a dos personas con cabezas de gallina. Nos lanza una mirada irritada antes de salir corriendo de la habitación. Antes de salir, murmurar un: "Pinche gente loca". Intercambio una mirada confundida con la chica, no pasan ni cinco segundos cuando oímos una exclamación seguida de un golpe.

Creo que ese idiota ya se partió la madre.

En la sala de estar, dos personas están hundidas en una lucha cuerpo a cuerpo, uno de ellos es el de la mordaza; alto y esbelto. El otro es fornido y va ganando la pelea. Me acerco mientras grito que paren, que no es momento de pelear. Trato de separarlos, pero son reacios a escucharme. Entonces llega la chica y también trata de separarlos. Ambas gritamos, pero somos ignoradas épicamente.

-YA PAREN

El grito de la chica fue precedido por un silbido de albañil que nos toma por sorpresa a los tres, hasta los chicos detienen la pelea.

-Este pinche loco me atacó.

-Hay muertos en la sala, idiota -sisea el chico robusto, tiene rasgos asiáticos-. Pensé que eras el asesino.

¿Los de la sala también están muertos? Oh, no, por favor, no. Quiero vomitar otra vez, siento un mareo y me sostengo de una pared cercana. Creo que es el momento perfecto para decir que hay otros dos en la cocina.

-¿¡Hay más!? -la chica grita-. ¿Quién los mató? Ay, no. Esto es...

Otra vez entra en pánico, pero esta vez es más sencillo calmarla.

-¿Cómo te llamas?

-Dalia -dice en un murmullo-. Me puedes decir Dali.

-¿Esta es una puta reunión de asesinos anónimos y hay que presentarse? -dice el de la mordaza, molesto, mientras va hacia la puerta-. Yo no maté a nadie, me largo.

No puede irse, es un testigo. Estamos aquí por alguna razón y la policía querrá saber todo. La información es vital, cualquier dato es necesario para cerrar el caso.

-¿Escapas? -le reprocha el fornido, desde aquí noto los ojos oscuros-. ¿Qué escondes, cabrón?

El de la mordaza se da la media vuelta y se acerca en dos zancadas al otro. Están tan cerca, que parece una pelea por ver quien tiene la polla más grande.

-No me acuses, pedazo de mierda -murmura enfadado-. No hice nada malo.

-Pero estás aquí.

Y debemos ser útiles para algo. Hay que organizarnos, facilitaremos el trabajo de la policía.

-Hay que tener una historia para cuando llegue la policía -todos me miran conmocionados-. Y no hay que levantar sospechas. No matamos a nadie, ¿cierto?

Niegan con la cabeza.

-No podemos traer a la policía -dice Dalia, segura-. Seguro querrán inculparnos.

-Hay puta cocaína y mota en la mesa -el fornido la señala-. La posesión de drogas es delito. Juego de delantero en soccer, si me levantan cargos perderé mi beca y mi puesto. No quiero más mierda.

No puedo creer que hay ocho muertos... Siete, pues el de la maceta ya no está; supongo que es el fornido, y a este imbécil le preocupa que le quiten la puta beca. Que agradezca que no le quitaron la vida.

Hay que tener un poco de empatía, los muertos merecen justicia.

-No necesitamos a la policía -mierda, el de la mordaza también concuerda con ellos-. Nos investigarán, involucrarnos en esto no se verá bien en el currículum. Podrían suspendernos y no quiero perder un semestre.

Estoy a punto de explotar, hay muertos, universitarios como ellos y como yo cuya vida se detuvo en un instante. Malditos chicos egoístas. Entiendo que la cocaína, el alcohol y los muertos no se ven bien, pero... Estoy en la casa y no maté a nadie, aunque definitivamente seré sospechosa. Nos harán un examen de sangre u orina, tengo laguna mental, no sé si consumí algo. Si el examen sale positivo... Oh, no, aparte lo de investigarme... No he hecho nada malo, ni ilegal, pero si hurgan en mi pasado encontrarán sucesos que no quiero recordar.

Odio aquí.

-¿Alguien recuerda algo?

Dalia hace la pregunta del millón. El chico del armario parece avergonzado, algo comprensible dado que estuvo encerrado, tenía una mordaza y estaba atado. Literalmente salió del clóset. El fornido niega con la cabeza, traga saliva y frunce el ceño, parece estar concentrándose.

-Fui dónde los Diener -claro, media escuela fue hacia allá-. Todo es borroso, bebí cerveza, pero no para ponerme anal. Y a juzgar por esto ―mira alrededor―, terminé astral.

-¡Yo igual fui a la fiesta! -exclama Dalia, su voz hace eco-. Iba a encontrarme con alguien, pero no llegó. Y me puse muy mal.

El de la mordaza alza los brazos en señal de rendición, dice que también fue a la fiesta: bebió mucho, fue al baño y no recuerda más. Relato mi historia, la laguna mental me hace sentir impotente. Debí haberme quedado a hacer la tarea de Geometría. Ahora Raquel está muerta y yo...Yo...

―¿Conocen a alguien de los muertos? ―pregunto tímidamente―. Es que... No los vi a todos.

No sé por qué dudé en decir que una amiga mía está entre los asesinados. De repente me pareció mala idea.

Dalia no quiere ver a los muertos, pero jura que no es posible que conozca a alguien, el chico de la mordaza dice lo mismo. El fornido se acerca a quien tenemos más cerca (la persona de la mesa) y al descubrirle el rostro, suelta una maldición.

―¡La puta que me parió! Es Neli Torres ―su rostro refleja terror y angustia―. Alguien... Esto va a terminar muy mal.

Neli Torres y seis más. Vale, entiendo que les da terror pensar en los Diener, pero un muerto es un muerto. Aunque no estuviera Neli Torres, esto estaría de la chingada.

―Vámonos ―Dalia también está asustada―. Limpiemos nuestro rastro y finjamos que no estuvimos.

Lo correcto es llamar a la policía, esperar a que vengan y descubrir la verdad, pero no quiero ser investigada.

-Estoy de acuerdo -aspiro una bocanada de aire-. Por cierto, soy Kendra.

El fornido se llama Pavel y el de la mordaza es Sebastián.

La siguiente media hora la dedicamos a limpiar cada objeto y huella que pueda servir como evidencia. Borro mis huellas de la pala, las cerraduras y las malditas huellas de cuando pisé el charco de sangre.

Una vez que nos sentimos seguros, nos largamos de ahí. Aunque vamos hacia el mismo lugar, tomamos caminos distintos. La residencia estudiantil no está lejos, cuando Sebastián busca la ruta en el GPS, vemos que está a diez minutos caminando. Ya son las cinco de la mañana, es tarde, más vale que vuelva pronto, conociendo a Giuliana, puedo jurar que, si despierta y no estoy, empezará a hacer preguntas.

Más tarde, cuando estoy en mi habitación y me cercioro de que Giuliana sigue dormida, meto la ropa en una bolsa de plástico, tomo una ducha y me derrumbo. Lloro por Raquel, por los muertos, por mi ex. En medio de mi desesperación, caigo en la cuenta de lo que falló: El vidrio que me clavé, no lo recogí. Tiene mi sangre así que es evidencia.

Apago el grifo, sin detenerme a secarme, me pongo lo primero que encuentro y salgo hacia la casa.

Cuando llego, ya es demasiado tarde: La policía ha llegado, veo las patrullas y una ambulancia

¿Cómo pude ser tan idiota?

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