Carlos Lomas nació en un pueblo de calles pedregosas, de abundante polvo, pocos mercados. Durante la noche los jóvenes caminaban a lo largo del andén de la estación de trenes, otros deambulaban en busca de un lugar para compartir con su pareja. Pasada la media noche se tornaba desesperante, los bares eran visitados por borrachos, guapos y rameras. En las casas los hambrientos les pedían a Dios el pan nuestro de cada día. Su padre, que se llamaba igual que él, era minero donde no ganaba suficiente dinero para sustentar a la familia, es decir, su madre, su hermano y a él.
Varias noches se acostó con un pedacito de pan y un trago de agua de azúcar en su estómago, pues, no había para más. Esa noche se sentó indignado en el borde de la cama. "¡Oh, Dios!" -se dijo-. ¿Será posible que mi padre sea de por vida un desgraciado minero, mientras hay quienes explotan a los hambrientos, y Dios no le corrige ese pecado? Mientras hacia estas reflexiones se quedó profundamente dormido, y de repente apareció un insólito sueño.
Corría el año 1950, había alcanzado los dieciocho años, y se encontraba en La Habana. Recién llegado tuvo que pernoctar por varios días en los bancos de los parques, y en los portales de las casas; luego se acomodó en un cuarto que le habían prestado. Logró emplearse como aprendiz o auxiliar de plomería, poca cosa, pero era algo en esa época llena de hambrunas, había adquirido gran destreza. Hacia de todo un poco: reparaba la tubería sanitaria, cambiaba instalaciones hidráulicas; en fin, diversidades de cosas para mantenerse en vida. Haciendo trabajos domésticos, conoció así los interiores de muchas de las moradas más lujosas de la ciudad. Bien; se le había encargado uno de esos trabajos de plomería en una morada en el Vedado: la tubería que llegada hasta el baño estaba rota. La reparación era compleja; había que romper la pared y el piso. Era aquella una morada vieja, de paredes sólidas y gruesas, pues teñía doble hilera de ladrillos. Mientras trabajaba escuchó un ligero ruido en la habitación contigua. La puerta intermedia estaba abierta, y en la pared opuesta había un espejo, y por el pudo ver lo que estaba ocurriendo. Un hombre, que no era el dueño, ya que le había abierto la puerta y le dijo que el mismo estaba para Camagüey con la familia. Daba al pequeño disco de una caja fuerte que estaba incrustada en la pared.
Cuando abrió la puerta tomó un paquete. Vio perfectamente que sacaba algunos fajos de billetes, y puso el bulto en su lugar. No quiso ver más y reanudó su quehacer. Aquello no le interesaba, y no se preocupó más por el asunto. Antes de marcharse, puso el bolso con las herramientas sobre una mesa pequeña que estaba en el piso bajo junto a la puerta de entrada, y fue al patio a revisar la tubería, al no haber problema, regresó y recogió el bolso. Ya en el taller vació las herramientas en el suelo y encontró un fajo de billetes. Tal vez fue echado maliciosamente por el hombre que había violentado la caja fuerte. Lo demás es fácil de concebir. Pero pensó que debiera habérselo dicho al dueño del taller, y haberle entregado el fajo de billetes. Lo habría hecho, pero él ya no estaba; se había marchado temprano, encargándole el cierre del local. Lo que debió haber hecho entonces era regresar a la morada y devolver el dinero. Pero era tarde y estaba algo agotado y hambriento. Lo dejó, por aquella noche, proponiéndose arreglar el asunto al otro día. Tampoco lo hizo. Estuvo trabajando desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche y no halló ninguna oportunidad para hacerlo. En varios días se olvidó del dichoso fajo de billetes y, en los venideros ya no volvió a recordarlo.
Había perdido el empleo y sus necesidades se acrecentaron. No tenía dinero y... Bien, salió con sus herramientas para pregonar su venta. Estando en este accionar. Revisó el bolso, y entonces retornó el fajo de billetes. En cuanto lo tuvo a la vista, se lo censuró. De todos modos lo guardó en uno de sus bolsillos. Volvió a la morada con la sana intención de restituirlo. Le animaba la esperanza de que le confiaran algún trabajo, aunque fuese de jardinero. Llegado allí, tocó a la puerta, no vino nadie abrir. Insistió sin que le contestaran. Se dispuso a retirarse; pero algo lo instigaba y se retuvo. Caminó de un lado a otro mientras meditaba; sus manos se movían en los bolsillos con desaliento, humillada la cabeza y mirándose los pies acordes los movía. En eso, apareció un joven vendedor de periódico, que salió de una de las casas próximas, y, viéndolo nervioso le dijo que en la morada no había nadie. Lo instó para que le dijera por qué estaban abiertas las ventanas del piso alto, pero todo fue en vano. Le preguntó si sabía cuál era la ocasión más propicia para encontrar a la criada. Le respondió que no estaba enterado, pero le sugirió lo que sin preguntarle debió sugerirle el sentido común: que probara por la noche. En consecuencia volvió al cuarto y esperó la noche. Entonces fue cuando la malvada idea empezó a germinar, y se mezcló en su mente con sus necesidades. Fue creciendo sin que él lo advirtiera, y estos crecimientos son fatales. Y todo contribuía a irse fuera de lo razonable. Tenía apenas cinco centavos y no alcanzaba para comer. Temía que el dueño del cuarto se lo pidiera, lo cual iba a suceder en cualquier momento. Bien: la idea creció como el gigante de las siete leguas, mientras permanecía sentado en el borde de la cama tentado por aquel fajo de billetes. Hacia las ocho de la noche, poco después de oscurecer, salió y se dirigió de nuevo a la morada, todo estaba concebido. Llegó a la esquina cercana a la morada, se detuvo allí un instante, y pudo ver que adentro había luces encendidas que iluminaban las ventanas del piso bajo. Frente a la morada había un auto en espera de alguien. Las luces se apagaron y unos minutos después una muchacha salió caminando y el auto se retiró. Pudo haberla alcanzado antes que se marchara calle abajo, pues no parecía darse prisa. No lo hizo. Sus pies, como sembrado allí, no lo dejaban moverse. Permaneció innoble viéndola partir, deseando que se alejara. Ella vestía de una forma no acostumbrada y cuando las personas de clase se vestían de ese modo no era para ir de compra, se alejó también. Estuvo dando vueltas alrededor de un parque que había cerca de la morada, tentando en el bolsillo el fajo de billetes, luchando con el hambre y su mente. La lucha fue dura, aunque supuso que lo fue suficiente. Estaba con el estómago vacío, y así es difícil mirar el peligro. No había llevado el bolso con él, pero si tenía colgado en su cintura un destornillador y una pinza, era todo lo que necesitaba para una urgencia. Esta vez no tuvo que torturarse la mente. En una oportunidad, a fin de excluir la tentación, llegó a echar el fajo de billetes en un tanque de basura. Pero de nada sirvió, antes de un minuto había regresado para recuperarlo. Desde ese momento desechó toda vacilación y se dirigió a la morada. Estaba vencido. Tocó la puerta por pura rutina. Sabía que no había nadie. Entonces, introdujo el destornillador por una ranura que estaba visible. La puerta se abrió fácilmente, pues la incauta muchacha no se preocupó por ponerle el seguro. Prescindió de luz para orientarse. Subió la escalera, como hizo cuando fue a reparar la avería. Se dirigió a la habitación. Encendió la luz, ya en las ventanas había puesto una cortina de tejidos gruesos, y dio vueltas al disco sin saber si podía acceder a la combinación; pero no se resistió, echó a un lado la puerta. Entonces, tomó un paquete y puso el fajo de billetes. Su mente traqueó fuertemente, y cambió bruscamente de idea. Tomó el fajo de billetes. Cerró la caja. Apagó la luz y se dirigió a la puerta. Antes de salir, atisbó por unos minutos para cerciorarse de que nadie lo miraba. Cerró la puerta con sumo cuidado, salió a la calle, y se alejó aligeradamente del lugar. Casi de inmediato comenzó a pagar la novatada... ¡Dios, y de qué manera! Antes que hubiese caminado una cuadra miraba a la gente cara a cara, iba encogido, la calle lo presionaba, permanecer en ella se le hacia espantoso. Las personas que venían hacia él, si lo miraban con demasiada fijeza le daban la impresión de que lo espiaban. Las que venían caminando detrás de él, peor aún; sus hombros temblaban en espera de que las manos de un representante de la ley se posaran sobre ellos. Lo peor de todo, ahora que tenía el dinero no sabía que hacer. Una hora antes de tenerlo habría dado cualquier cosa por ostentarlo. Creía también sentir hambre, pues desde hacia varios días no había probado un bocado de comida, pero en ese momento se encontraba con que ni eso sentía. Entró en el más lujoso restaurante que encontró, y pidió los mejores manjares del menú, como había soñado tantas veces. Mientras iba pidiendo, todo marchaba bien; pero cuando los platos comenzaron a llegar a la mesa y los presentes a mirarlo, experimentó un cambio, un salto en el estómago. Se le hacia imposible llevar nada a su boca. Era como si algo cubriese su garganta. Cada vez que ponían en la mesa un nuevo plato, y los presentes lo atisbaban, toda gana de comer se iba siendo más insoportable. Al cabo de un rato no pudo soportar más; sacó no sé qué cantidad de dinero, y lo dejó sobre la mesa y abandonó el lugar. Al encontrarse en la calle, no pudo menos que recordar que su familia estaba hambrienta y que su padre en particular tenía que arriesgarse para trabajar en los pozos de la mina. Será tal vez que era tímido por naturaleza, y que súbitamente no podía cambiar de una cosa a otra, es decir, de hambriento a un tipo acaudalado. Un cambio de este tipo debe hacerse lentamente, tal vez venciendo otros obstáculos. Poco después echo a andar por la calle en esa condición, temeroso de los ojos que los miraban, de los pasos que les seguían, de la honradez de su familia, y la de él propia. Vio una iluminaría que anunciaba un bar. Había visto un sujeto que no le agradó mucho, dos o tres cuadras atrás que parecía seguirlo para explorarlo, y cuando creía que no lo miraba, apresuró los pasos y entró al bar. Parecía un buen lugar para estar un rato y despistar a aquel tipo que lo seguía con demasiada persistencia. Entresacó una buena suma de dinero para permanecer allí hasta el final, sin especular, y miró en torno. La primera muchacha que allí lo vio, movió la cabeza presumiendo una invitación, "es a mí a quién buscas". "Sí es a mí", repitió ella con gesto ansioso, pasando una y otra vez su mano sobre sus labios. Sobrevino un silencio. En los últimos momentos había hablado sin interrumpirlo, debido a lo cual el silencio pareció más largo, por contraste, de lo que realmente fue. Su mente estaba revuelta, se preguntó, "¿y qué hago ahora?" "¿Qué puedo hacer?" Es inevitable. El dueño de la morada descubrirá la falta del dinero en cuanto regrese de Camagüey. Y, probablemente aquel vendedor de periódico lo estaba espiando. Además, el dueño del taller le diría quién era él y dónde vive, o quizás vivía últimamente. Todo esto le llevará poco tiempo. Sabrá quién es, lo atrapará, no hay duda. "¿Qué más da?" Siempre los consiguen. El dinero mueve el mundo, y los adinerados tienen la posibilidad de conseguir lo que apetecen con solo un movimiento de mano. En esta reflexión la noche cedió su turno al día y junto a ella se acabó el sueño. Su padre se había levantado y se preparaba para ir a trabajar a los pozos de la mina. Él quedó acostado en aquel descalabrado camastro y la pequeña mente llena de desigualdades. Fijó la vista en el techo, sin que pudiera aún convencerse de cómo había sucedido aquello. Reflejó en su rostro una disparidad de dolor, de resignada decepción, que le conmovía el estómago destrozado por el hambre. Había ido a La Habana con ansias de acabar con la miseria y, en cambio, ella lo había vencido.
Hay pocos hombres que no pueden recordar días afortunados, pero serán muchos los que no olviden años enteros de hambruna. La dicha de Carlos Lomas nunca lo favoreció. Todos eran dificultades para no decir adversidades.
Tenía Carlos Lomas diecinueve años cuando su padre murió y su hermano mayor que él se había trasladado para la ciudad de Santiago de Cuba, según sus cartas las cosas andaban bien. Había logrado conseguir un empleo, cosa que extrañó mucho, pues, esa ciudad estaba revuelta. Un grupo de jóvenes habían asaltado el Cuartel Moncada, uno de los recintos de la tiranía batistiana. El país se había convertido en un volcán en plena erupción. De punta a cabo no faltaba el peligro de ser atrapado, torturado y luego asesinado. Aquello nada le gustaba a Carlos Lomas, y tomó la determinación de marcharse para La Habana a probar suerte, antes, hizo algunos trabajos domésticos, y logró recaudar el dinero que necesitaba para el viaje, lo hizo en tren.
A medida que se acercaba a La Habana, sus pensamientos se hacían más sombríos. Le preocupaba su madre, allá, sola en un pueblecito con extrema pobreza. Imaginaba que su madre podría recibir algunas atenciones de una hermana, que estaba casada con un comerciante, pero no podía asegurarlo.
Cuando terminó de reflexionar se puso a recordar su infancia y en que se convertiría su destino al llegar a La Habana, ya que tenía muy poca calificación educacional, y para colmo no tenía oficio alguno. Se convertiría quizás en un ladrón, en un limosnero, o realmente formaría parte de una banda de narcotraficantes. No es que él creyese que el diablo le retorcería su humildad, pero no podía explicarse su trágico final. Sabía que iba para la capital, y que todo sería distinto y difícil, incluso, hasta para adaptarse al tipo de vida que allí se llevaba, con mucha agitación.
Las horas iban pasando así, en profundas reflexiones, cuando de repente el tren entró al andén y detuvo su marcha. Fuera de la estación fue a dar a un parque que hay cerca. La golpiza que un policía le estaba dando a un individuo lo consternó porque se trataba de un joven y, además, sus quejidos tenían algo sombrío. Un instante después, se acercó a aquel adolescente quien se mantenía tirado en medio del parque y tras un breve esfuerzo logró levantarlo, "¡qué horror!", los bastonazos estaban marcados en su espalda. El joven le dijo que no debía alarmarse, pues, seguramente vería varias de estas golpizas y, peor aún, personas destrozadas en medio de la calle. El miró en derredor, la ciudad le pareció embellecida con los vivos colores; el ir venir de los autos, la agitación de la gente, las edificaciones, los mercados, el capitolio, en fin, cuantas cosas se reflejaban ante sus ojos era emocionante. Era un mundo para él, totalmente ignorado.
El adolescente le hizo una invitación en un gesto de gratitud.
-¿Por qué no vas conmigo a mi casa? -dijo-, mi madre te agradecería esto que has hecho por mí... ¡Ay!, por qué no habré hecho caso a lo que ella me dijo. Bien... ¿Vienes conmigo o no?
Aceptó de buen gusto. Cierto es que no faltaban en las calles algunos prostíbulos, bares, casas de juegos, no sé sabe cuantas vicisitudes que imperaban vicios. Habiendo caminado hasta la casa del joven, dejaron la calle y entraron en un solar de muy mal aspecto, ropas tendidas en improvisados cordeles, papeles y desechos de comida tirados en el suelo. En ambos lados había varias puertas, al fondo, tres tipos de características similares, de cuyos labios colgaban sendos cigarrillos, y a quienes se abstuvo de mirarlo, si ellos lo observaban. En principio imaginó que en el solar no viviera tantas personas, ni que en la ciudad no hubiera tanta miseria.
Tuvo la curiosidad de echar una ojeada más amplia alrededor del solar, pero el joven se detuvo, llamó a la puerta, y al ver que no le abrían, la empujó y entraron.
Sin duda, las pocas cosas que había denotaban las condiciones en que vivía dicho joven. Sobre una mesa estaban dos platos de esmaltes boca abajo, un jarro con algunas abolladuras, y tres muebles donde imperaba la suciedad, y los fondos destruidos. En un rincón había un altar con una Virgen de la Caridad y un conjunto de piezas propias de la religión. Daba la impresión que se practicaba el espiritismo, y que se hacían consultas espirituales. Carlos Lomas convencido de que el curioso lugar solo sería utilizado para un breve descanso, no vaciló en quitarse la deslucida camisa que estaba adherida a su espalda por el sudor, puso el deteriorado maletín en el suelo, se quitó los zapatos y los echó a un lado, los había soportado con demasía, unos clavos que sobresalían les pinchaban los pies.
-El viaje en tren no es nada bueno. Necesito tomarme un descanso.
El joven le echó una mirada donde dejaba ver una sonrisa de complacencia.
-No me estés pidiendo permiso, ¿verdad? Mira el espacio que hay en el piso. En el caben varios como tú. Arriba, no lo pienses más.
El tiempo iba pasando así, en un examen visual. Un instante después, se abrió la puerta, y entró a la pequeña sala-cocina-comedor una bella morena con un paño rojo amarra do a la cabeza. La mujer se fue acercando, estaba como distraída, le dirigió a Carlos Lomas una profunda mirada, y le dijo en un tono más bien emocional. -¿Qué haces tú aquí?
-Pues usted verá. Vine acompañar a su hijo. Ella apretó los labios y clavó en él las lucecitas que desprendían sus pupilas. Como Carlos Lomas esperaba esa actitud silenciosa, continuó.
-Si le molesta hablar, no lo haga. Pero su hijo está metido en problema. La policía acaba de golpearlo.
Se le aflojó el maxilar inferior y sus ojos se entrecerraron. Con una de sus manos intentó hacer la señal de la cruz; pero desistió, acaso porque se viera cara de irreligioso. Él esperó unos segundos para darle chance a derramar algunas lágrimas, parece que no las tenía todavía maduras.
-¿Usted ha comprendido el motivo de mi visita? -preguntó, él.
Se apagaron las lucecitas. Su mohín le dejó ver que le gustaba la ironía.
-Necesito saber si eres amigo de Pedrito -replicó-. Es como único puedo recibirte en esta humilde casa.
Él se tomó unos minutos. De ningún modo estaba dispuesto volver to volver a la calle, sin antes haber tomado su respectivo descanso. Estaba firmemente decidido a contestarle afirmativamente.
-Sí, señora... Yo soy amigo de Pedrito, y me llamo Carlos Lomas.
-Mi nombre es Esther Quintero... para servirte. Se sentó en el único asiento que estaba vacío, los otros restantes los ocupaban él y Pedrito Cruz.
Pedrito Cruz no pudo mantenerse callado. Le clavó a Carlos Lomas su mirada grande y negra. -Es posible que te veas enredado en este enredo. Sin embargo, no temas.
-Lo único que te pido es que seas sincero conmigo -le dijo-, que me digas que esta ocurriendo. ¿Me lo prometes?
Pedrito Cruz usó la cabeza para afirmar. Golpeó la frente con el índice y le dijo.
-El policía me vigilaba... Como todos...
Es cierto que Pedrito Cruz andaba en alguna fechoría y el policía le aplicó una píldora tranquilizadora con el bastón; pero quizás Carlos Lomas puso en sus palabras algunas dosis fuertes de un calmante más eficaz. El caso es que una sonrisa -una de esas sonrisas que se llaman purasse abrió paso entre sus labios. Insistió.
-Seguro que te vigilaba por algún motivo. Es necesario que hablemos de ese asunto.
-Oiga, jovencito, aquí quien habla soy yo -dijo, Esther Quintero con tono reservado-.Pedrito no debió regresar al parque. Por no seguir mis advertencias recibió esos golpes.
Pedrito Cruz hizo un gesto y seguidamente una mueca con sus labios. Carlos Lomas se dio cuenta de que se trataba de un suceso casual. Al instante Esther Quintero rompió el corto silencio.
-Ese policía pudo haberte matado -dijo, con tono seco.
-Sé que nada puedo hacer sin los consejos tuyos -habló, Pedrito afligido.
La imaginación de Carlos Lomas voló tan rápido como el relámpago. Pedrito Cruz se estaba dedicando a hurtar y cartera, o al robo, y uno de los escenarios era aquel parque donde fue golpeado. Tal vez él hubiese sido una de sus víctimas.
Carlos Lomas hizo un gesto de fastidio y le dijo. -No creo que usted se atreva a tanto.
Ella echó mano a su reserva de impudor y le preguntó.
-¿Te interesa mi vida íntima? Él dedicó unos segundos de meditaciones antes de responderle.
-Entienda una cosa, Esther: Si algo tengo de excepcional es que no me gusta meterme en los problemas ajenos. Me basta con los míos.
-Está bien. Te entiendo. -expresó Esther.
En el acto, decidió desafiarla. Y no es que Carlos Lomas hubiese estado convencido de correr la misma suerte de Pedrito Cruz, sino que, la necesidad de abrirse paso era imperante. No podía ocupar su tiempo en analizar cosas que no tenían que ver con su presencia allí. De todos modos se ofreció voluntariamente a prestarle ayuda.
-Si en algo puedo servirle -fijó, decidido-, pueden constar conmigo.
Esther Quintero hizo una leve inclinación de cabeza en señal de desacuerdo.
-Es imposible que te involucres en este asunto -asintió, ella con desaliento-. La policía te puede matar.
A Carlos Lomas le pareció prudente callar. Pero, por solo un momento, pues, no pudo aguantar sus impulsos y sus palabras salieron como un torrente.
-Vine a esta ciudad a buscar un empleo. Tengo una situación económica nada agradable, y pienso que para vencer tengo que enfrentar el peligro.
Al escuchar esto, ella sonrió.
-Eres un desconocido -dijo, Esther-. No sé hasta dónde puedo confiar en ti.
Él entabló una lucha consigo mismo. De un lado, le disgustaba la idea de enfrentarse al reverso de su educación y el honor de su padre. Sentía que alguien lo encaminara en su afán de encontrar un empleo. Por lo visto esto no iba ser posible, tenía que probar suerte hasta lograr ubicarse en otro lugar donde existiesen las buenas costumbres. Reafirmó su voluntad, y se sintió orgulloso de ser hijo de un padre minero y, además, feliz en parte por estar a punto -y a tiempo- de aclarar todo aquel misterio que ahora le parecía elemental.
Esther sonrió y cambió de tema.
-Es primera vez que vienes a La Habana -preguntó, ella con cierto cinismo.
Aunque Carlos Lomas no había comido el día anterior, y ya eran alrededor de la una de la tarde, le contestó con una falsa inocencia que ella debió verle a flor de piel.
-Sí.
Volvió a mirarlo, esta vez con cara de incrédula. -¿Y no te avergüenza decirlo?
-En estos tiempos, señora, cada cual anda en los suyos -contestó, Carlos.
-Cierto, cierto...
-A propósito: dígame ¿cuál es mi encargo?
No le permitió que advirtiese su sorpresa.
-Como cuento con tu sensatez -le dijo-, voy a decirte que Pedrito tiene que buscar el sustento de la casa, aquí no se puede estar de más.
-No se preocupe. Si quiero que acabe de decirme qué debo hacer.
Esther puso una mano en su hombro y habló, con tono de guía espiritual.
-Eres muy joven, Carlos. Sé bien que carece de cierta facilidad para enfrentarte a este mundo... -calló para mirar su cara de tímido-. No conoces las perversidades de la vida. En esta ciudad hay que robar para vivir, y para esto tienes que cambiar esa cara.
No se habló más del asunto. Ella le preparó el baño, a continuación puso sobre la mesa un plato con una comida ligera. Instaló después una colchoneta en el suelo. Luego de devorar la comida, se acostó y cruzó sus manos sobre el tórax y permaneció sin decir palabra.
Era tanto el cansancio y el sueño que no salió de aquella inmutación de robar. Su pasividad lo llevó a creer que un poder sobrenatural lo había inmovilizado impidiéndole toda libertad de movimiento. Sintió como sus cabellos se erizaban sobre su cabeza, se quedó profundamente dormido.
Mientras dormía tuvo como especie de una pesadilla, el cielo se llenó de nubes; un súbito torbellino abrió la puerta y un resplandor azulado recorrió la pequeña sala, dejándola luego más sombría. En medio de aquella oscuridad oyó a su padre lanzar un regaño que los ecos lejanos repitieron a través de los espacios nocturnos. Él quiso levantarse, pero estaba paralizado, impotente para hacer el menor movimiento y salir corriendo.
Se despertó sobresaltado y vio a Esther envuelta en una sabana delante del altar, luego, se sentó frente a él que parecía estar esperando el momento de su despertar. Su mirada era viva y penetrante, pero al mismo tiempo dulce y seductora.
Cuando ella advirtió que estaba totalmente despierto, le manifestó.
-Hijo mío; te llamo así porque te considero como si ya me perteneciera, a primera hora te vas para la calle con Pedrito, él te dirá que debes hacer. Has sido abandonado por Dios, y por tu familia, pero yo no te abandonaré.
-Señora -le respondió-, dice usted que he sido abandonado por Dios, y por mi familia. En cuanto a Dios, es cierto, pero no creo que mi madre pueda nunca abandonarme.
-Tu observación es justa -asintió, Esther desde... desde cierto punto de vista; ya te explicaré esto en lo adelante. Por lo pronto, descansa que mañana debes enfrentar tu destino.
Dichas estas palabras, Esther le dio una palmada y se retiró. Él hizo un giro hasta quedar de espalda al altar y no tardó en quedarse nuevamente dormido.
El sol se hallaba ya bastante alto cuando despertó y vio a Esther que sirviéndose de un pañuelo espiritual de color rojo le apartaba lo que pudiera turbar su camino. Cerró los ojos para fingir que dormía y entonces escuchó su voz cuando pedía una clemencia a la Virgen de la Caridad. De pronto se dejaron escuchar los pasos de Pedrito y se detuvieron al lado de Esther, y con voz gruñona, le expresó.
-Esther, ¿qué haces? Te suponía que estabas en el lugar acordado, y mira lo que estás haciendo.
-Cállate, Pedrito -dijo, Esther-. No ves que se lo estoy entregando a la Virgen de la Caridad.
-Pero, Esther -contestó, Pedrito-, ¿no me has dicho que los rezos no son suficientes?
Él se ve que es una gente noble.
-No es muy meritorio -replicó, Estherque esté en esta casa sin aportar nada.
-Mi querida, Esther. Él no conoce la ciudad y eso puede ser fatal para este abobado. En vez de mandarlo a robar debieras encargarle que pida limosna.
-Vaya. Ahora si que me has hecho un lindo encargo. Pero veamos. En verdad que su rostro se presta para esos trajines.
-Él no puede hacer otra cosa. Así Carlos va conociendo la ciudad, y las cosas les serán más fáciles.
Esther pasó suavemente el pañuelo rojo por todo su cuerpo. Él pensó entonces que era inútil seguir fingiendo que estaba dormido, se sentó y abrió bien los ojos. Esther hizo un gesto para marcharse, pero Carlos la retuvo.
-Esther, soy tan humilde como inocente, pero el pedir limosna me causa gran timidez.
-Carlos, si estabas fingiendo que dormía, pudiste escuchar que te he entregado a la Virgen de la Caridad. Ciertamente, tienes que conocer la ciudad para que puedas moverte sin ninguna dificultad.
-Señora -le respondió-, yo estoy dispuesto a enfrentar el peligro. No puedo dedicarme a pedir limosna... ¡ni loco...!
-Por el momento no puedes hacer otra cosa -le señaló, Esther.
-Ya ustedes los saben. No me gusta lo fácil. Ella alzó los ojos hacia el techo y exclamó.
-¡Oh, Dios mío, si es que me oyes, ten piedad de mi alma, quítale a los ricachones el pan nuestro de cada día!
Al decir esta frase, Esther no pudo contener algunas lágrimas.
-Usted no tiene que llorar -le habló Carlos, algo lastimado-. Las penas tienen un final. Los ricos no están obligados a cometer pecado.
-A cometer pecado no -indicó, Pedrito bastante enfadado-. A robar para vivir. Esther, rezas también por mí.
-Tú eres para mí algo especial, Pedrito.
A Carlos le pareció haber descubierto el misterio que se ocultaba en las intimidades de Esther y Pedrito, pese a la diferencia de edad entre ellos, estaban envueltos en unas relaciones amorosas. Miró a Esther de arriba abajo, luego lo hizo con Pedrito. Había quedado claro que era ella quien dirigía las acciones delincuenciales. Aunque él era el centro de las atenciones, por parte de Pedrito no había tal preocupación. Éste lo miró con cierto aire de arrogancia y le pareció incluso que evitaba salir con él. Carlos Lomas se sintió algo herido por su actitud. Para evitar que eso diera lugar a los innecesarios celos, estuvo lo más complaciente posible.
Se levantó del piso y se dispuso a realizar el aseo, luego salió a tomar el aire en el solar, los oyó besarse. Escuchó tras la puerta un instante, luego decidió salir a la calle. De las tantas puertas que estaban abiertas, un tipo salió tras de él logrando darle alcance, caminó a su lado, las manos introducidas en los bolsillos les daban un aspecto de ser un tipo vacilador. Ya en la calle, él se detuvo y se separó unos pasos del aparecido, quien mostraba con una fingida sonrisa una dentadura cubierta de oro. Sus ojos estaban enrojecidos y su mirada se hacia incierta. Mientras se ocupaba en provocarlo, Carlos le preparó una respuesta contundente. Apenas lo escuchó el individuo se turbó, y empezó a hablarle de modo confuso. Por último le confesó que Esther y Pedrito fueron miembros de una banda que había sido dispersada por la policía. Le propuso que rompiera las relaciones nada halagadora para él. Añadió que, si quería podría prestarle un apartamento en Centro Habana. La propuesta le pareció absurda, y le dijo que podía irse al diablo, y que no había ido a La Habana a caer en una trampa. Lo obedeció, y se retiró al instante, moviendo la cabeza de un lado para otro y encogiéndose de hombros. Un momento después llegó Pedrito, y acordaron coger rumbos opuestos. También le aclaró de las cosas que había que hacer, que para él eran muy riesgosas. No aceptó, naturalmente, su consejo, y le indicó que tomara su rumbo que él tomaría el suyo. Se marchó murmurante, y cuando se alejó, Carlos se mantuvo tranquilo, fijando cada cosa que había alrededor del solar, por si tenía que regresar. Hubo algo que le llamó la atención, en la esquina varios jóvenes compartían de un cigarrillo, pero lo que más lo entretuvo fue la forma de inhalar el humo. Pensó que era una costumbre de los fumadores de la ciudad. Salió caminando, y a medida que se acercaba a los jóvenes, sus miradas se hacían impacientes de tal modo que Carlos le mostró su rostro duro, y se apresuraron a retirarse. A pesar de todo, uno de ellos le mostraba el cigarrillo en son de invitación. Le preocupaba cruzar por el lugar donde los jóvenes complacían su vicio, la atmósfera estaba cargada de un olor penetrante, a yerba quemada. Carlos hubiera seguido oliendo, pero no se detuvo hasta no encontrarse fuera de su alcance, ya que se habían agrupado a la entrada de un solar.