La noche era oscura. Afuera, los truenos se sucedían y los relámpagos iluminaban el cielo. Después de todo, había estado lloviendo todo el día.
Adeline Dawson estaba acurrucada en la cama, envuelta en un edredón, y no dejaba de temblar.
Les tenía miedo a noches como esas desde niña. Sentía como si muchas manos invisibles fueran a agarrarla y arrastrarla al abismo.
Entonces se mordió el labio. A pesar de que tenía todo su cuerpo cubierto de sudor, no se atrevía a mover un músculo ni a emitir sonido alguno.
Crac.
La puerta de la habitación se abrió lentamente, y ella oyó el sonido de unos zapatos de cuero contra el suelo de madera.
Su corazón empezó a latir rápidamente, y aguantó la respiración, tanto que empezó a tener dolores en el pecho. Su mente se llenó de horribles escenas que la hacían temblar.
Estaba sola en esa gran villa. Para garantizar la privacidad de los amos, los sirvientes se alojaban en otra casa detrás de la residencia principal.
Lo siguiente que sintió fue que alguien le estaba quitando la colcha, lo que la hizo temblar más todavía.
"No...", gritó presa de pánico, pero eso no impidió que el intruso le quitara la colcha con fuerza. A través de sus lágrimas, vio a un apuesto hombre con camisa blanca delante de ella. Era Brendan Clemons, su esposo.
"¿Qué haces aquí?". Al mirarlo, la chica sintió que sus temores se disipaban de a poco. Su corazón, que se le quería salir, se fue calmando lentamente.
"¿Por qué? ¿Acaso esperabas a alguien más?", resopló él mientras soltaba el edredón y empezó a desabotonar su camisa con sus delgados dedos, dejando al descubierto su tonificado pecho.
Entonces, Adeline se sonrojó y se dio la vuelta de inmediato.
"¿Sientes timidez?". Brendan se quedó mirando a su mujer, que estaba sentada en posición fetal en la cama. Llevaba un camisón de seda. Se veía muy nerviosa y no se atrevía a mirarlo a los ojos. Uno de los tirantes de su camisón se había caído del hombro, y la forma en que estaba acurrucada levantaba el dobladillo hasta el muslo. Bajo las tenues luces, su impecable piel se veía aún más seductora.
Él tragó saliva al sentirse un poco excitado.
Llevaban casados tres años y tenían relaciones sexuales con frecuencia. Al ver la expresión de su rostro, ella supo de inmediato lo que estaba pensando.
"Ve a ducharte". Adeline saltó de la cama, sacó el pijama de él del armario, se lo entregó y lo empujó al baño.
Al cabo de un rato, escuchó el sonido del agua. Al pensar en lo que pasaría cuando este terminara de ducharse, ella sintió que le escocían los ojos.
En los últimos tres años, había desempeñado obedientemente el papel de la señora Clemons. Pero cuando anochecía, y los dos se quedaban solos en la habitación, él la torturaba en la cama.
Era como una bestia loca e insaciable que no paraba hasta que ella quedara completamente agotada.
Mientras seguía aturdida, la puerta del baño se abrió y su esposo salió. No se había puesto el pijama que ella le dio. Por el contrario, solo se había envuelto una toalla de baño alrededor de la cintura. El agua goteaba desde su pelo hasta su abdomen y era absorbida por la toalla.
Antes de que Adeline estuviera lista, Brendan se quitó la toalla y la tiró al suelo. Luego la agarró a ella y la puso de espaldas en el colchón. Lo siguiente que la mujer sintió era un terrible dolor.
Así empezaron su rutina de ejercicio. El aire caliente que él exhalaba hacía que a ella le picaran los lóbulos de las orejas y el cuello. Entonces se movió para besarla. Ella no pudo evitar gemir y temblar por la excitación.
Brendan estaba muy excitado y duro dentro de ella, y sus empujones eran cortos y rápidos. Ella tenía que admitir que su esposo era hábil en la cama. Después de tres años, él ya había memorizado los puntos más sensibles de su esposa. En ese momento, había encontrado uno de esos puntos y se apoyó en ello, volviéndola loca de placer.
La sensación de éxtasis hizo que la cabeza de Adeline diera vueltas, y pudo sentir cada una de las sacudidas que le subían por la columna vertebral. Era adicta a esa sensación. Ella retorcía su cuerpo contestando los movimientos de Brendan. Estaba desesperada por recibir cada una de sus embestidas, y necesitaba que la llenara.
Los sonidos húmedos y las palmadas llenaron la habitación junto con los gruñidos sensuales de él.
"Quiero escucharte, cariño. Vamos. Deja salir los sonidos". La voz profunda y seductora de Brendan embrujó a Adeline por completo.
Ella finalmente abrió sus labios y dejó que su satisfacción se transformara en suaves pero incontenibles gemidos de placer. Al escuchar tal sonido, él se excitó aún más, y no pudo detenerse.
Después de terminar en la cama, la levantó, la puso en el suelo y lo hizo allí. También al baño y al balcón. La hizo correrse una y otra vez como si no se cansara nunca. Al final, ella quedó exhausta y se durmió en sus brazos.
Después de un largo tiempo, ella abrió los ojos, y al oír la respiración constante de Brendan, supo que estaba profundamente dormido. Quitó su mano de la cintura, se deslizó fuera de la cama y se dirigió de puntillas a la ventana. Se sentó y se quedó con la mirada perdida en el cielo nocturno.
Habían pasado tres años, y en todo ese tiempo, Brendan nunca la había llamado "cariño" a menos que estuvieran teniendo sexo.
Ella se giró y miró el hermoso rostro de su esposo. Salvo cuando estaban en la cama, sus ojos eran siempre fríos y sin emoción cuando la miraba.
Hacía tres años, el padre de Adeline fracasó en los negocios y acabó teniendo demasiadas deudas. A raíz de ello, muchos acreedores fueron a exigir su dinero. Para poder pagar cuanto antes, la familia Dawson no tuvo más remedio que acudir a la familia Clemons en busca de ayuda, ya que habían hecho un trato años atrás para casar a sus hijos. Esperaban que Adeline se casara con Brendan y que la familia Clemons les diera una gran cantidad de dinero para ayudarlos a superar la crisis.
Los Clemons eran ricos y poderosos, pero Brendan Clemons era un notorio playboy.
Adeline no lo conocía, y había otro chico que le gustaba. Al principio, cuando su padre le pidió que se casara con Brendan, se negó. Pero entonces, este la amenazó con su madre mentalmente enferma. Al final, no tuvo más opción que aceptar.
Antes de la boda, las dos familias habían concertado un encuentro entre ambos.
La chica se mostró muy renuente a ir a la casa de los Clemons.
Ese día, el sol brillaba con intensidad. Cuando ella vio a Brendan por primera vez, los ojos del hombre se llenaron de impaciencia. Él se veía muy atractivo. Le hacía evocar a Romeo, el de aquella clásica historia de amor.
Cuando Brendan se le acercó, ella sintió que su corazón se aceleraba y las palmas de sus manos se humedecían por el sudor. No esperaba que su futuro marido fuera el mismo chico del que había estado enamorada por muchos años.
Todavía podía recordar su primera conversación aquella tranquila tarde. Con alegría, ella le dijo: "Hola. Me llamo Adeline Dawson, y soy tu futura esposa".
Como respuesta, él se burló. Sentado en el sofá con sus largas piernas cruzadas, le dijo fríamente: "¿Adeline Dawson? Como sea. La verdad es que mi abuelo está gravemente enfermo y postrado en cama. Pero quiere tener un bisnieto antes de morir. Si tuviera una salud excelente, no me casaría contigo. Mi familia le dará a la tuya una suma de dinero para que resuelva sus problemas. Pero luego de casarnos, solo seremos marido y mujer de nombre. No esperes que te quiera y te cuide. Tu tarea consistirá solo en dar un heredero a la familia Clemons. ¿Te quedó claro?".
Mirando sus ojos fríos y sin emoción, Adeline supo que no le gustó a él.
Pero seguía siendo Brendan Clemons, el hombre que ella quería.
Y esta era la única forma de acercarse a él.
Ella se casaría con él y guardaba esperanza.
Se esforzaría al máximo. Sería amable con él y lo amaría, y tal vez algún día él sintiera algo por ella.
No obstante, resultó que se había equivocado increíblemente.
En los últimos tres años, ella le había dado todo su corazón. Todas las mañanas se levantaba temprano a prepararle el desayuno, y hacía todo por él, pero a cambio, él la trataba como si fuera nada.
No recordaba su cumpleaños ni mucho menos su aniversario de bodas. Cuando los mayores celebraban sus cumpleaños y se suponía que debían aparecer juntos en las fiestas, pero él nunca iba. Hubo un momento en que tuvo un dolor de estómago tan fuerte que se estremecía y hacía gestos de dolor. Y cuando ella lo llamó, él le dijo: "Estoy muy ocupado ahora mismo. No me llames si no es urgente".
Entonces le colgó.
En ese momento, a ella le costó llegar al hospital por sí misma. Firmó sus propios papeles y contrató a una enfermera para que la cuidara. Tras recibir el alta, volvió a casa sola. Brendan nunca se molestó en preguntarle dónde había estado. Ni siquiera estaba segura de que él se hubiese dado cuenta de que no había estado en casa durante días.
Sin embargo, sí se preocupaba mucho por Tiffany Clemons.
Arreglaba cualquier asunto trivial para ella.
Cuando ella se casó con él, conoció a Tiffany, la cuñada de su esposo. Brendan, su hermano mayor, y Tiffany eran amigos de la infancia y crecieron juntos.
Tanto Brendan como su hermano se enamoraron de ella, pero esta eligió al mayor. Más tarde, su hermano tuvo un accidente y resultó gravemente herido. Desde entonces, su salud era precaria. Después de que su hermano y Tiffany se casaran, decidieron vivir en el extranjero.
Lamentablemente, el hermano de Brendan falleció, y él se fue al extranjero para traer sus cenizas. También se llevó a Tiffany con él y le dio uno de sus apartamentos para que viviera en él.
Cada vez que le pasaba algo a ella, Brendan iba a verla inmediatamente.
Siempre estaban juntos como si fueran una pareja de verdad, mientras que Adeline, la esposa legal de Brendan, era como una extraña para él.
Ella se consolaba diciéndose que Tiffany era solo la cuñada de su marido, y que él nunca tendría una aventura con ella.
Pero un día recibió una foto de Tiffany, y en ella, Brendan llevaba un delantal y estaba en la cocina preparando comida. Adeline llevaba tres años casada con él, y ni una sola vez le había preparado una comida.
La chica no quería creerlo, así que decidió hacerle una visita a Tiffany.
Y fue Brendan quien le abrió la puerta. Con una simple camisa blanca, él se quedó en la puerta, la miró y le preguntó con frialdad: "¿Y tú qué haces aquí?".
Por su tono, se notaba que estaba disgustado. Se dirigió a ella como si su mera presencia ya hubiera arruinado todo su día.
Tiffany estaba de pie detrás de él, y solo tenía una toalla de baño envuelta en su cuerpo. Y entonces le guiñó un ojo a Adeline con una sonrisa traviesa.
Esta se quedó mirando la escena que tenía delante. No lo podía creer.
Tiffany era la cuñada de Brendan. ¿Cómo podía estar en la misma habitación que él vestida de esa forma?
Adeline esperó a que salieran sus lágrimas enfurecidas, pero no sintió absolutamente nada. Pensó que se enfadaría al verlos en esa situación, pero estaba tranquila.
Tal vez porque Brendan la había decepcionado tantas veces que había perdido toda esperanza. Se había terminado. Se dio la vuelta y se marchó a casa.
Cuando el primer rayo de sol de la mañana se filtró a través de la fina cortina, Adeline abrió los ojos. Ya había amanecido, y era hora de empezar un nuevo día, pero para ella era una nueva vida.
Como todas las mañanas, desde que se convirtió en la esposa de Brendan, tomó la ropa que este iba a llevar durante el día, la planchó y la colocó en el sofá. Luego bajó las escaleras para preparar el desayuno.
Una taza de café caliente, un huevo frito y una tostada con mantequilla, era el desayuno favorito de su esposo.
Luego de prepararlo, subió las escaleras. Brendan ya se había levantado, y se estaba colocando los pantalones. No se había abrochado el cinturón y le colgaba de la cintura. Al recordar lo que había pasado la noche anterior, ella se sonrojó.
"Anoche estabas agotada y te has levantado muy temprano. Deberías acostarte de nuevo cuando me vaya". De espaldas a ella, él le habló con voz suave pero distante, como siempre.
Adeline bajó la cabeza, agarró el dobladillo de encaje de su delantal y frotó sus dedos contra él una y otra vez. Las palmas de sus manos empezaron a sudar a medida que se ponía cada vez más nerviosa.
Respiró profundamente, y decidió soltar lo que quería decir.
"Divorciémonos", murmuró. Dejar salir esa palabra pareció haber agotado toda su fuerza.
Tras una breve pausa, Brendan siguió abotonando su camisa. Después se puso los gemelos y el reloj.
"Brendan, te acuestas conmigo para que pueda darle un heredero a la familia Clemons, que es el deseo de tu abuelo, ¿cierto?".
Incluso en ese momento, ella todavía no quería darse por vencida. El sexo de anoche fue verdadero y el placer también. Tal vez lo único malo eran sus sentimientos por él.
Se imaginó que, aunque fuera por un breve momento, quizá él realmente la amaba.
El hombre se quedó rígido un momento y después frunció el ceño.
"¿No lo tienes todo claro?".
Al segundo siguiente, vio que Adeline asentía y sonreía amargamente.
Él recordaba que su esposa siempre había sido obediente y afable. Pero ese día, parecía ser otra persona.
Bajando la vista, ella respondió: "Sí, lo sé todo muy bien. Sé que nunca te he gustado. Me odias, y cada segundo que pasas conmigo es una tortura para ti".
El sol brillaba en su pálido rostro.
Brendan vio la frialdad y la firmeza en sus rasgos.
"Así que a partir de ahora no tienes que tolerarme más. Terminemos con esta farsa. Te dejaré, así como lo quieres".
Ella eligió irse, para que él y Tiffany pudieran finalmente estar juntos.
Ya no quería ser la tercera en discordia. Estaba cansada de sentirse como una bufona poco apreciada en la corte de su propio marido. Ya se había cansado de mendigar el amor que merecía.
Así que dejaría ir a Brendan. Ya no necesitaba acostarse con ella mientras pensaba en otra mujer.
A veces, cuando estaba borracho, la llamaba por el nombre de otra mujer.
Los últimos tres años habían sido como un sueño. Pero ya era momento de despertar. No quería seguir engañada.
Al principio, Brendan se sorprendió, pero luego la miró con desdén.
Desde que se casaron, ella lo había estado complaciendo y esperaba que él se enamorara. Sin embargo, él le había dejado las cosas muy claras desde el primer día.
"No sueñes con cosas que no te pertenecen". Eso era lo que le había dicho desde un principio.
Entonces la miró con los ojos entrecerrados. Sentía que su esposa era cada vez más irracional.
Y se burló: "¿Nos vamos a divorciarnos? ¿De verdad ya lo has decidido?".
"Sí".
La chica asintió, luego sacó el acuerdo de divorcio firmado y se lo entregó. "Yo ya lo firmé. Por favor, fírmalo también y avísame cuando tengamos que ir al juzgado".
Después agarró sus maletas y bajó las escaleras.
Brendan no esperaba que hablara en serio.
Se quedó mirando su delgada figura y luego habló en un tono sin emoción.
"En cuanto cruces esa puerta, no hay vuelta atrás".
¿Vuelta atrás?
Adeline había hecho todo lo posible por demostrarle a Brendan su amor real y sincero, solo para ser herida. Ya tenía suficiente.