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Por amor a los dioses

Por amor a los dioses

Autor: : ZKenway
Género: Romance
Encantador, carismático, sobrenatural y misterioso: Adam Henson nunca se ha sentido parte de este mundo, ¿será tal vez porque no lo es? Un Dios entre mortales intentando aprender de ellos se ve envuelto en un romance con la jefa de su empresa, Editoriales Henson, la joven Olympia Bellini que nunca ha tenido problemas para evadir los encantos de un hombre, no al menos hasta que lo conoce y se da cuenta que después de todo tendrá que hacer un esfuerzo sobrehumano para no terminar enamorada de él y metida en problemas que ni ella misma podrá controlar. Una historia de romance y acción.

Capítulo 1 Donde todo comenzó.

La chica caminaba de un lado hacia otro observando la pantalla frente a ella, la fiesta iba en su auge y aun así no se detuvo ni por un segundo, entregando a todos su mejor sonrisa, ese día era muy importante, la entrega del nuevo libro de la saga que traía a todas las chicas vueltas locas.

-Olly -murmuró su amiga, ella giró para verla con el ceño fruncido-. Debes descansar un poco, todo va muy bien. El jefe aún no se aparece, la comida está deliciosa, así como tú.

Soltó entre risas, la chica arrugó la nariz enfada, su amiga constantemente le soltaba palabras que la hacían sentir extrañamente reconfortada, al menos alguien le agradecía el hecho de que había pasado más de 3 horas intentando descifrar cómo le quedaba mejor el peinado y el mejor maquillaje para que sus ojos no mostraran los días que llevaba sin dormir.

-Lo sé Anne, por los cielos que lo sé, pero, quiero que todo salga perfecto.

-Escucha, sólo relájate un poco, yo me encargo a partir de ahora -golpeó su hombro y la empujó-. Estás hermosa hoy, ve a meterte en la cama de alguien.

La chica negó.

-No es precisamente lo que quiero, sí quiero meterme en una cama, y es la mía -Anne fue ahora la que frunció el ceño.

-Siempre tan relamida, diviértete.

Estaba por replicar cuando alguien más se acercó a ella para platicar. Le tomó por su desnuda espalda. Llevaba un vestido largo color verde brillante, de tirantes y espalda descubierta. No podría decir que su perfecta figura lo modelaba, a ella no le gustaba alardear sobre su ascendencia caribeña que le había regalado el don de comer por montones y no lograr subir de peso. Tenía curvas, lo sabía, pero, para ella sólo eran un impedimento de que las personas a su alrededor tomaran en serio su trabajo.

Y con años de esfuerzo y muchas dietas, pudo bajar de sus 75 kilos a 66, estaba orgullosa de eso.

-Buenas noches, señorita Bellini, ¿cómo se encuentra hoy?

-Perfectamente, Sr. Leigh, me alegra que haya podido acompañarnos el día de hoy.

-No me lo perdería por nada, todo se ve de maravilla, no me sorprendería saber que fue usted la que logró esto -comentó, la música inundaba el salón del Hotel.

La fiesta de presentación del libro era estupenda, la autora manejaba fácilmente a los medios y a los invitados, no le sorprendía por qué su libro tenía tanto éxito, el carisma para ella era muy importante. Se excusó del Sr. Leigh que aún tenía su mano divagando por toda su espalda y huyó hacia las mesas donde pescó un pedazo de zanahoria de su plato y siguió caminando hacia la entrada.

Todos en el lugar le sonreían, la saludaban. Le felicitaban por lo perfecto de la fiesta, ella sólo asentía como de costumbre con una enorme sonrisa en el rostro, se le daba muy bien hacerlo, y más con la perfecta dentadura que ella misma se había encargado de tener siempre.

-Señorita Bellini, quedamos en que usted no se acercaría a la puerta.

-No recuerdo haber dicho o estado de acuerdo con eso.

-Su amiga Anne me lo pidió, vaya a sentarse un rato y platicar, como todo ser humano.

Con un resoplido volvió a su plato y por fin se sentó. Estaba muy concurrido, personas bailaban lentamente en la pista, otras más platicaban. Tomó su copa de champán y le dio un gran sorbo. Imaginó por unos segundos llegar a su casa pronto a descansar y siguió tomando. Agarró otra zanahoria, luego una galleta en la que untó un poco de paté.

Se empezó a mover al son de la música clásica y sonrió por el esfuerzo que había hecho para lograr todo eso. A pesar de ello, ser la editora en jefe no es sencillo. No cuando todos en el piso que la llamaban por maneras que ni ella se podía imaginar.

Estaba divagando entre los rostros recordando cada nombre, puesto e incluso número de teléfono, hasta que no reconoció a uno.

Por unos segundos sus ojos recorrieron de arriba hacia abajo a la persona que se paseaba entre los invitados, sonriendo. Sus largas piernas se movían de manera ágil y con gracia, más arriba descansaba un trasero del que jamás se imaginó desear, le acompañaban unos pantalones formales y zapatos negros muy limpios. Frunció el ceño al ver que traía una camisa blanca arremangada junto con un chaleco tejido de color beige y rombos blancos. Su cabeza dejó de dar vueltas por el espectacular cuerpo del hombre y enseguida se puso de pie para seguirlo.

Se acercó con paso apurado, el clic clac de sus tacones retumbaban en sus oídos renuente de lo que pasaba al rededor suyo. Sus ojos se posaron en el rostro del hombre ahora que lo tenía más cerca, tenía un encantador perfil perfectamente cincelado, con cejas medianamente pobladas que adornaban unos ojos de color miel, en cuanto soltó una sonrisa el mundo se detuvo por unos segundos, el hoyuelo en su mejilla izquierda y la sonrisa con una brillante sed seductora, las piernas le temblaron de pronto. Subió la mirada hacia su cabello ligeramente ondulado perfectamente recortado.

- ¡Ah! Olympia, por fin te acercas a saludar -gritó el hombre regordete con el que estaba hablando el hombre, este volteó a verle y sonrió, era lo único que sabía hacer, sonreír, no lo culpaba, también lo hacía constantemente frente a los jefes. El hombre mayor la tomó de la mano y la dirigió hacia su acompañante-. Te presento a Olympia, Adam, es nuestra editora en jefe, sin ella, la fiesta no sería tan espectacular.

-Es todo un placer señorita Olympia -dijo tomando su mano para luego besarla en el dorso, sus piernas volvieron a temblar, su cálida piel aperlada le atrajo una vez más, en comparación de la suya que era tan blanca que no sentía que tuviera chiste, muchas veces imaginaba ser de un color más azucarado, después de todo su madre debió haberle heredado eso por ser de un lugar tan cálido-. He escuchado mucho sobre usted en toda la velada, es una pena que apenas nos hayamos topado, en el momento que tengo que regresar por asuntos urgentes.

Tragó saliva y su manzana de adán se movió.

"Bendito seas", murmuró su subconsciente.

-Me intriga mucho joven Adam, ¿cómo es que no lo había visto? Si viene con tan peculiar vestimenta a una fiesta de gala.

Él soltó una risa.

-Es cierto, y lo lamento ahora que sé que usted se esforzó tanto en hacer que todo estuviera tan perfecto -miró al hombre regordete y se despidió-. La próxima vez que nos veamos señorita Olympia, prometo estar más presentable.

-No hay por qué, tal vez no lo invite la próxima vez -murmuró en cuanto el hombre abandonó su círculo-. Sr. Hank, me alegra mucho que haya venido, una disculpa que no pudiera acercarme antes a saludar como se debe.

Era de su misma altura y con los tacones por lo menos sobrepasaba unos centímetros al hombre, llevaba un elegante traje negro y su cabello canoso bien peinado, después de todo el jefe de la editorial debía ser el más presentable.

- ¿Has bailado ya? Porque me apetece mucho una pieza.

La conmovió su petición escondida de timidez y tomó la mano que este le ofrecía. Le debía todo a él, siendo el único que le regaló la paciencia y oportunidades. Le contrató sin más en cuanto la vio entrar a la entrevista, pero por supuesto que no había iniciado de editora, sino que escaló con esfuerzo y apoyo, después de todo entregar correos fue un estupendo comienzo, incluso cuando el Sr. Hank le ofrecía cursos y mandados que le ayudaron a ser mejor con el tiempo.

Bailó dos o tres piezas con el hombre que luego se excusó de retirarse por la edad, no le culpaba, luego de tantos años debía descansar y más si ese día no pudo acompañarlo su esposa debido a emergencias médicas.

Un alivio se formó en su corazón en cuanto el último invitado se fue, por fin podía respirar. Se sentó en la silla más cercana y dejó caer sus tacones mientras tomaba otro largo trago de champán. Realmente tenía que dejar de hacer las cosas tan bien, aunque su egocéntrico ser hablaba, sabía que era verdad su propio pensamiento, el estrés la estaba matando.

Caminó con sus zapatos a rastras y subió al taxi que su amiga Anne había conseguido para ella. No tenía certeza de por dónde se fue hasta que por fin abrió los ojos. Pagó y bajó.

Su departamento diminuto era lo único que le quedaba, sabía que los editores ganaban bien, pero luego de las deudas a las que se tuvo que afrontar, no quedó otra cosa más que cientos de deudas. Apenas un mes atrás terminó de pagarla y parece que nunca en su vida se sintió más aliviada. Lo único que quería en esos momentos era entrar a la ducha y sumergirse en sus pensamientos hasta quedarse dormida desnuda en la cama. No esperaba otra cosa más que eso.

Se sentía tan patética, no pudo evitar soltar lágrimas, sollozando por lo que ya no era su vida. Sino el recuerdo de haber sido tan exitosa.

Capítulo 2 Como Pepper.

Entró por las puertas del edificio recibiendo de inmediato todas las miradas en el vestíbulo, desearía que fuera por lo hermosa que era o por su gratificante trabajo que entregaba a la editorial, en cambio sólo fueron murmullos y chismes que la rodeaban constantemente acerca de su exesposo y lo bruja que todos creían que era. Sujetó con fuerza su termo azul claro y sorbió un poco de chocolate. Llevaba botas café al tobillo con tacón, una falda lápiz con un suéter gris, por encima llevaba su saco largo para el frío.

Su cabello era el problema, tenía demasiado, aunque en el pasado no sabía qué hacer con él, ahora se le hacía fácil amarrarlo en una coleta o un moño alto.

-Buenos días, Olly -sonrió Anne con su agenda en manos-. Tu día está libre hoy, así que te he agendado...

-Si vas a decir que abriste otra vez una cuenta de Tinder a mi nombre, te juro que te tiraré el chocolate encima.

-Esperaba que esta vez fuera café, madura -replicó la joven-. Y no, te agendé un almuerzo en el restaurant que te agrada.

-Eso me gusta mucho -respondió aliviada de saber que no se había metido en su vida personal y romántica otra vez, la última vez dejó una caos, y aunque no le agradeció las citas que tuvo con los hombres más raros que pudo encontrar, uno de ellos hasta llevó a una de sus mascotas a la cita, no rechazaba a un hombre con gusto por las mascotas, sino a precisamente el que llevaba una iguana de nombre Jeff y que comía en una silla como cualquier persona normal-. ¿Comerás conmigo?

Preguntó esperanzada de que así fuera, en cambio sólo la observó estupefacta. El ascensor se abrió frente a ellas y entraron.

-Con agendado un almuerzo hoy, no me implica a mí contigo.

- ¿Entonces con quién?

-Bueno para empezar, yo no lo agendé -confesó apretujando su agenda contra el pecho. Un tic se formó en el rostro de Olympia, no le gustaba hacia dónde iba esto-. Fue el Sr. Henson, él dijo que fueras y yo sólo te estoy avisando.

-Bueno, me gusta comer con él -asintió aliviada, al menos no era ninguna cita alocada de la cual luego se arrepentiría-. Y de pronto ya me siento hambrienta.

Su sonrisa se borró en cuanto se alejó de su mejor amiga, pasó entre varios cubículos otra vez con la mirada de los empleados sobre de ella.

Si por ella fuera, todos estarían despedidos, todos y cada uno de los que contaban chismes e incluso noticias falsas acerca de su vida personal.

-Y una última cosa -detuvo a Olympia antes de abrir la puerta-. Cameron está aquí.

Su exesposo estaba ahí, resonaban las palabras en sus oídos. Entró de golpe y enseguida el hombre se puso de pie observándola, cerró detrás de sí al entrar y sonrió.

-Buenos días -murmuró, se acercó al escritorio ignorando la fija mirada que le seguía por todo el camino. El hombre entonces habló.

-No ha llegado el cheque. Y necesito el dinero.

-Lo sé, lo sé, perdón. Es sólo que, no he tenido tiempo de hacerlo, de ir al banco, y...

-Olympia -gruñó-. Quedamos en ese cheque, tú ganabas más dinero que yo. Necesito el dinero.

Repitió ignorando las palabras que balbuceaba la mujer.

-Puedo dártelo ahora mismo -su semblante se volvió rígida. El hombre que había amado desde mucho tiempo atrás no era más que un farsante, bufó sacando su chequera. Lo odiaba, y no dejaría de repetírselo mil veces.

- ¿Y qué esperas? Tengo que volver con Gina -sintió punzar su corazón, sabía que ya no lo amaba, lo único que quedaba era odio y aun así su comentario hirió sus sentimientos. Podrían ser los celos que ella sí pudo darle un hijo y ella no, desde que comenzaron a salir, Cameron mencionaba emocionado la idea de tener tantos hijos como pudiera mantener, era el sueño desde siempre, cual fue la sorpresa y el reproche del hombre cuando se enteraron de que no podían tener debido a un problema médico que tuvo luego de un accidente de automóvil. Él sintió que la culpable no era nadie más que ella.

Asintió entregando el papel. Vio irse al hombre que alguna vez proclamó como el amor de su vida.

Dejándose caer sobre la silla una vez más masajeó sus sienes.

No supo cuánto tiempo pasó sentada en esa posición cuando escuchó su celular sonar. Canceló la llamada. Otra llamada entró y nuevamente la pasó al buzón.

Levantó la mirada al reloj y soltó una maldición.

Llegó al restaurant Donatello en diez minutos, eran pasadas las 12. Entró esperando ver un rostro conocido.

-Has llegado tarde -dijo alguien detrás de ella, su profunda voz le erizó la piel, sabía perfectamente de quién era la voz con la que soñó la noche pasada. Buscó con la mirada al apuesto hombre y lo encontró a unas cuantas mesas, este se levantó abrochando los botones de su saco color gris, de manera instintiva mordió su labio al verlo acercarse a ella.

-Te ves más presentable el día de hoy, ¿no estaba limpio el horrendo chaleco tejido que tenías puesto ayer? -soltó una risa que la embelecó por completo-. Disculpa, ¿eres mi cita de almuerzo?

Asintió tomando su mano para dirigirle hacia la mesa.

-Disculpa que haya sido tan repentino, quería verte.

¿A ella? Quedó perpleja ante lo sincera de la respuesta-. Espero no te moleste, le he preguntado a tu asistente lo que te gusta y pedí por ti. Ella dijo que estarías hambrienta en cuanto llegaras.

-Y tiene toda la razón, estoy hambrienta en realidad, gracias.

-Me alegra, yo también -respondió profundizando su voz, se estremeció por completo y fingió toser, acercó su silla un poco más a la mesa y tomó una galleta que acompañaba la entrada, luego sorbió un poco de agua de la casa-. No me he presentado debidamente. Soy Adam Henson.

-Y yo soy una estúpida -él negó-. Olympia Bellini, pero, ya lo sabes. Dios, perdón de verdad, no quise ser grosera.

-Está bien, aunque mi padre es tu jefe, me gustaría que fuéramos amigos.

-No tienes por qué repetir que es tu padre, mi jefe, yo... -suspiró-. Ahora entiendo de dónde sacaste el encanto.

-No tienes por qué decir ese tipo de cosas. No me adules -aflojó su corbata-. Sólo quiero aprender un poco acerca de ti.

- ¿Sobre mí? -repitió incrédula-. ¿Qué tendrías que aprender sobre una mortal como yo?

Adam tragó en seco y continuó.

-Han subido las acciones desde que eres la editora en jefe, has logrado muchas cosas que realmente impresionan.

-Me gusta hacer mi trabajo -replicó-. No es gran tema, simplemente no acepto cualquier libro mediocre, sólo por ganar unas cuantas monedas más.

Observaron al mesero llegar con sus platos, de pronto salivó. Adam sólo la miró por unos segundos y tomó sus cubiertos.

-Estoy seguro de que haces bien tu trabajo lo sé, pero, estamos atrapados tú y yo en esto -la incógnita en su rostro lo hizo explicarse-. Soy el rostro detrás de los libros de cocina de Henson, sólo deseo volver a mi mundo sin necesidad de estar preocupado por un trabajo que no me interesa del todo, en casa tengo mis propios problemas con los que lidiar.

La imagen del hombre frente a ella cocinando con un delantal y nada más, la asaltó.

- ¿Qué edad tienes, perdón?

-30, ¿por qué la pregunta?

-Así que la responsabilidad que tuviste que haber tomado hace 5 años fue opacada por la cocina -Adam asintió sonriendo-. ¿Y cuál es tu plan? ¿Seguir haciendo comida y hacer socio a alguien más?

-Bingo -contestó- Sé mi socio.

Se atragantó con el pedazo de su carne a medio cocinar, no estaba segura de a dónde iba esa conversación, pero, no le agradaba.

-Sólo quiero hacer mi trabajo joven Henson, de verdad, que no quiero ninguna otra carga más que la de mis compañeros llamándome bruja por el pasillo.

-Si piensas que es una broma, no lo es. Mi padre te tiene confianza, y quiero confiarte las 10 sedes de editoriales Henson.

-No, en definitiva, no, esperaba un aumento de salario, no esto.

-Puedo darte el aumento de salario si así lo deseas.

-Joven Henson -dejó los cubiertos en la mesa frunciendo el ceño. Adam la miraba apacible, parecía muy contento con la decisión que estaba tomando.

-De acuerdo, hagamos un cambio, seré el jefe, y tú mi asistente -arqueó las cejas pensando-. La asistente que en realidad tiene el mando. Como Pepper en IronMan. Ignorando el hecho de que se enamoran y casan. A menos a que tú lo desees, no me molestaría en lo absoluto.

- ¿Está escuchando lo que dice? -asintió orgulloso de su decisión-. No voy a aceptarlo, gracias, pero no, aún tengo dignidad.

-Veámonos el sábado, para darte una idea más profunda.

-Negativo, estaré ocupada con un juicio -respondió de inmediato.

- ¿Qué tipo de juicio?

Intrigado por la mujer frente a él, deseó verla aceptando su petición. Ninguna otra hubiera dejado escapar la oportunidad de ver sus ideas más profundas. Y no podía dejar de seguir insistiendo, la mirada de la chica se posó en la suya, aquellos ojos marrones le atrajeron de inmediato, y su cabello lacio hasta los hombros. Rechinaba los dientes de sólo pensar que no había caído en sus encantos como otras mujeres.

-Por mi divorcio.

Petrificado ante la idea de que en realidad era una mujer casada. Su siguiente pregunta salió atropellada.

- ¿Estás casada? ¿Por qué no traes un anillo de bodas?

-Bueno, he dicho que es por mi divorcio, no debería estar utilizando el anillo si ya me quiero separar del hombre -él asintió de nuevo tomando un poco de agua-. Nos divorciamos hace un mes, firmó los papeles, pero, en cuanto se le metió a la cabeza de que yo posiblemente le estaba mintiendo en cuanto a los activos que tenía, entramos a juicio.

- ¿Dividieron todo? ¿Por qué no está satisfecho con lo que tiene?

-Porque tiene una hermosura mujer embarazada de 4 meses.

-Oh, lo lamento -murmuró-. ¿Y tienes muchas acciones?

Soltó un resoplido, sólo era la casa de sus padres, ahora se reclamaba por no haber cambiado el nombre en las escrituras a tiempo, se sentía una tonta. Y por supuesto que le darían la razón si alegaba que tenía un hijo próximo a nacer.

-Los hombres son unos idiotas.

-Lo somos -confirmó tomando su mano acariciándola, un destello reconfortante apareció en sus ojos y sonrió, instintivamente él también lo hizo-. Si no te molesta, puedo acompañarte al juicio ese día, puedo llegar a ser muy vigorizante en las situaciones tristes.

Asintió agradeciendo su gesto. Tal vez no era tan mala idea tener a alguien cuando determinara el juez que debía entregar la mitad de la casa.

Capítulo 3 Es un Dios.

Exhaló dejando la pluma de color rojo en el escritorio, apenas las 3 de la tarde, y su frustración era cada vez más grande, el juicio se celebraría mañana y no estaba segura de cómo salir de esa, ni siquiera tenía cara de decirle a sus padres que debían mudarse otra vez, tal vez incluso con ella, a su diminuto departamento en Liberty Village cerca del centro. Le asqueó pensar en lo tanto que había defendido a Cameron, incluso lo ayudó a terminar su carrera de enfermería y paramédico, dejó de hacer tantas cosas con tal de hacerlo feliz en una carrera en la que él no pegaba para nada.

¡Teatro!, esa hubiera estado fantástica que hiciera.

Llevó sus manos al rostro, no quería saber cómo acabaría ni siquiera aquella historia. Con pesadez levantó su anatomía para acercarse a tomar un vaso de agua y asomarse por la ventana. Ahí estaba Adam, esperando el semáforo para poder cruzar, tampoco estaba segura de cómo alguien tan simple como él era dueño de una multimillonaria, al menos los que conocía tenían la pinta de malcriados. Llevaba un pantalón formal de color azul, chaleco de este mismo color y camisa blanca. ¿Cómo es que se veía tan perfecto? Los pocos cabellos que no alcanzaron el gel revoloteaban en su frente. Y la manera en que comenzó a caminar entre las personas, era un sueño.

Se llevó una uña a los labios imaginando el por qué tenía interés hacia ella. No negaría el buen cuerpo que traía ese hombre, encanto, carisma y aparte, dinero. ¿Y ella? A pesar de seguir presumiendo sus kilos deseados, seguía teniendo los chamorros y muslos regordetes, lo cual le frustraba.

Dos golpes se escucharon en la puerta, dejó el vaso que sostenía en la mesita auxiliar y caminó con lentitud hacia la puerta, realmente no deseaba lidiar con alguien ese día.

-Buen día -dijo Adam entrando con un ramo de flores amarillas-. Te traje flores y un café.

- ¿Un café tan tarde?

-El café siempre cae bien, pero, si no lo deseas, que bueno que en realidad traje chocolate caliente.

-Me da dolor de cabeza tomar tanta azúcar y ya me acabo de tomar uno.

-Por eso dije que era té de manzanilla con miel.

La chica rio tomando el vaso desechable, efectivamente era té, frunció el ceño por unos momentos. -Está delicioso, muchas gracias -este se sentó en el sofá de la oficina-. ¿Cómo evitó a los empleados chismosos mientras llevaba un ramo de flores?

-Tengo mis métodos, en realidad subí por la escalera de emergencias -revisó su celular y luego lo lanzó hacia la mesa, hizo su cuerpo hacia adelante colocando los codos en sus rodillas-. Pero, debido a que me estuviste espiando por la ventana mientras entraba, no me vas a creer mucho que subí por ahí.

Ahogó un leve chillido, no era posible que supiera que lo estaba viendo. Sus mejillas enrojecieron y lo único que pudo hacer fue sentarse frente a él a admirar las flores.

- ¿Cómo supo que me gustan los tulipanes? -se encogió de hombros-. No aceptaré un: "Lo adiviné".

-Es precisamente lo que hice, además eran las más hermosas en la florería, debían parecerse a su futura dueña.

- ¿Qué hace aquí? -comentó ignorando lo que acababa de decir, no era porque le molestaba, sino que, ya no quería relacionarse con alguien de la oficina-. Mañana es el juicio, no hoy.

-Lo sé, estoy consciente de ello...

La puerta de la oficina se abrió de pronto de par en par, la chica de cabello corto entró con unos cuantos papeles y su agenda en las manos, Anne nunca era consciente de la privacidad.

-Olly, necesito que firmes esto para el lanzamiento del... -detuvo sus palabras al pie del escritorio-. ¿Cómo entraste? No se te permitió la entrada.

-Anne, no, tranquila -detuvo a su amiga antes de que se lanzara encima del hombre a atacar-. Debes conocer a...

-Adam, es un placer -tomó la mano de la chica saludándola-. Olympia me ha contado muchas cosas acerca de ti.

- ¿Lo ha hecho? -preguntó incrédula.

-Por supuesto, son mejores amigas, ¿no?

-Lo soy sí. Olly, ¿de dónde sacaste a tu nuevo guapo amigo?

-Oh vaya, es una larga historia, él es mi...

-Podría decirse que somos amantes -comentó divertido al ver la expresión de respuesta de la chica-. Sólo que Olly aún no lo sabe.

-Llevo apenas unos días conociéndote, ni siquiera podría decirse que somos amigos.

-Golpe bajo -replicó-. Somos amantes, pero, ella aún no lo sabe.

Repitió dirigiéndose sólo a Anne.

-Comprendo -confirmó con una enorme sonrisa en el rostro-. Y te trajo flores, que dedicado, y tan lindo. Y tan sexy, ¿haces pesas?

-Anne, no es buena idea que sigas aquí, firmaré tus papeles.

-Oh cariño, los papeles pueden esperar, quiero seguir platicando con Adam.

La mirada asesina de la chica sólo pasó desapercibida en cuanto los dos comenzaron a platicar. Estuvo escuchando las adulaciones de su mejor amiga por unos minutos más cuando decidió volver a su trabajo, no era posible que a ella sí le aceptaba adularlo, cuando a ella le comentó mil y unas veces que no le gustaba que hiciesen eso frente a él.

Tomó su pluma y siguió leyendo. Adam la observó de reojo, era realmente una mujer muy interesante, a pesar de su largo tiempo en la Tierra conociendo mujeres, ella era distinta. Lo sentía. Y lo único que pudo seguir pensando era en ella, para su mala suerte no era muy afortunado con el "multitasking" y su mente sólo se concentró en descifrar lo que estaba haciendo, o pensando. Su aroma a lavanda le encantaba, desde que la conoció era un sabor que no podía quitarse de la boca y que deseaba con ansías probar él mismo. Seguía maldiciéndose por el hecho de que su encanto no era suficiente para atraerla, aunque también le agradaba eso, nadie entraba a su espacio personal, le hacía sentir especial. Nadie más, además de su exesposo, de pronto quiso saber por qué lo había dejado, de por qué el idiota no sabía cómo valorar a una mujer tan independiente y hermosa.

-Creo que es momento de que me retire, ha sido un día muy largo y veo que Olympia se encuentra cansada. Deberías tomar un descanso, estoy seguro de que el jefe lo permitiría.

-Estoy seguro de que al jefe no le interesa si estoy cansada o no -replicó.

-Créeme que sí -guiñó un ojo que no pasó desapercibido por su amiga, quien no pescaba aún la insistencia de los mensajes-. Fue agradable conocerte Anne, un placer haber estado con tan hermosas mujeres. Nos vemos.

Se levantó dejando un vacío en la habitación.

-Es un Dios, me encanta.

-Te lo regalo.

- ¿Él te trajo las flores?

-Y un té con miel.

-Realmente es un Dios, ¿por qué no sales con él?

-La verdad es que deseo primero salir del problema del divorcio, y entonces veremos si me interesa tener otra relación.

-No tienes que quedarte sola porque un idiota no supo quererte -comentó agarrando la pluma de las manos de su amiga-. Además, necesitas mantenimiento, y se nota que ese hombre sabe dónde meter mano.

Olympia soltó una carcajada y enseguida hizo una cara de indignación.

-Por ahora no quiero mantenimiento -respondió entre risas-. Pero, sí se nota que debe ser un buen técnico, si lo necesito en un futuro le llamo.

Dijo finalmente volviendo a sus asuntos. Daba un brazo por ese comentario, se veía que no recibía un "no" por respuesta, y aunque algo muy dentro de ella deseaba tirarse a sus brazos durante toda la noche, no quería salirse de su objetivo. Tenía que terminar por lo menos el manuscrito ese día, y otros dos la siguiente semana, además de revisar los que llevaba pendientes desde hacía dos semanas. No debía detenerse por un par de ojos que la miraban muy dentro de su alma.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo completo al imaginárselo. Se quedó por lo menos hasta las 2 de la mañana revisando, leyó la portada del libro que tenía frente a ella, "Te deseo", que buena reseña le daría en un futuro.

Era la buena redacción del autor o la manera en la que se había imaginado a Adam en todas las escenas candentes, vaya que odiaba su imaginación en esos momentos. Levantándose de su silla revisó el celular: "Te espero mañana en la entrada del juzgado a las 10 am".

Asintió regresando a su realidad. Tomó su abrigo y se dirigió al ascensor, no era más que otro día en su vida cotidiana, lo único diferente era Adam. Se maldijo una vez más por volver a pensar en él. Llegó a su departamento pasadas las 3 de la mañana. Giró el pomo de la puerta y dejó escapar un suspiro. El departamento no era muy grande, con una sola habitación, el baño, sala/cocina y claro, una pequeña terraza que daba al esplendor de una vista magnífica era lo que más le fascinaba de ello. Dejó los zapatos en la entrada y se fue desvistiendo en el camino, entró en su cama con un abominable cansancio encima. Dormir caería muy bien. De pronto, soñó con él.

-Olympia -murmuró acercándose a ella-. Te he estado esperando.

Vestía con un traje y corbata de color negro, camisa blanca. Sus zapatos perfectamente limpios, y él tan pulcro, incluso podía oler la colonia que usaba, suave y atrayente.

-Adam -respondió tomando la mano que le tendía.

Despertó minutos después con una extraña sensación de calidez, tuvo que parpadear rápidamente para acostumbrarse a los rayos de luz que entraban por su ventana, maldijo por no cerrar las cortinas la noche anterior.

8:35 decía su reloj.

Enseguida se escucharon dos golpes en la puerta. Con pesadez se levantó y observó por la mirilla. Abrió enseguida.

- ¿Cómo sabes dónde vivo?

- ¿Cómo sabes que iba a venir? -replicó Adam lanzándole una mirada furtiva, no sabía a lo que se refería cuando bajó la mirada hacia ella misma, tuvo que cerrar la puerta de inmediato-. No me malinterpretes, te queda muy bien ese color en tu ropa interior. Me gusta.

-No debe gustarte -gritó entrando a su habitación otra vez. Se dio una ducha rápida, ni siquiera pensó en qué momento se levantó para abrir la puerta en esa condición, y aun así se ruborizó por completo al pensar que él la había visto.

¿Le habrá gustado su cuerpo?

¿Acaso vio sus regordetes muslos?

¿Habrá visto sus vellos a medio depilar?

Salió con unos pantalones de mezclilla y una blusa blanca de rayas azules. Él estaba ahí, sentado en una de las sillas de la cocina, vestía igual, de traje gris, le frustraba que siempre estuviera tan impecable, y apenas llevaba pocos días conociéndolo.

-Te mandé mensaje, íbamos a ir juntos al juicio, ¿recuerdas? -Olympia no tenía palabras para hablar-. Tranquila, Anne me proporcionó todo, incluso qué te gusta para desayunar. ¿Vamos?

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