Tenia mis motivos para venirme hasta Bournemouth , y los cuáles que me habían llevado
allí no podían esperar hasta el verano, mucho menos yo, tampoco quería esperar; odio desde siempre esperar, porque yo era de vivir «aquí y ahora».
La ansiedad de la espera no iba conmigo a menos que tuviese entre manos algo que hacer. Por eso bajaba del tren haciendo rodar mi maleta por detrás de mí, porque tenía trabajo, uno nuevo que había aceptado cuando todos los demás lo rechazaron por distancia, por el sitio, por la persona, inconveniencia o tal vez por miedo, porque lo que se leía en el dosier no era precisamente un augurio de una tarea sencilla.
De todos modos, no iba a empezar a temerle a mi trabajo en ese momento cuando nunca lo había temido antes.
Avancé por el andén junto con un grupo de personas que más parecía regresar a casa que necesitar indicaciones para poder moverse por las calles de la ciudad.
Entre esas personas, una mujer con dos cachorros, uno era mayor de tamaño y edad que el otro, iban lloriqueando porque su dueña no les soltaba sus correas para que puedan correr libres, nunca entenderé el sentido de tener a una mascota, si la tendrás siempre encerrada o atada. Me acerque a los cachorros, mientras esperábamos que abriera el semáforo para cruzar, el cachorro más grande y su dueña , ni notaron mí presencia, en cambio el cachorro pequeño, con sus largas orejas, y su cuerpo entero de un color chocolate, se abalanzó sobre mis piernas. Inmediatamente me arrodille al suelo hasta quedar de su altura.
El cachorro jugueteaba feliz, y yo sentía alegría por su gesto inocente y juguetón, el otro cachorro ni siquiera reparó en mi presencia; en cambio, la dueña... No podía tener más de uno o dos años más que yo, ella centró su atención en mí, en mi estatura, mí cabello y mí ropa, recorrió con suma atención, su mirada por mí. Yo era al menos dos cabezas más alta que ella, y eso hacia que ella me mirara con sumo interés.
Le sonreí , deje de acariciar el cachorro y me pare frente suyo, ella me miraba intimidante y nunca devolvió un gesto amoroso de regreso, simplemente jalo la correa y empezó a cruzar la calle. Cuando llegamos del otro lado de las vías del tren, nos agarro otro semáforo, pero estábamos separadas, con una distancia de unos quince metros, sin contar que mirábamos a direcciones opuestas, volteo y la diviso fijarse en mi abrigo, de paño con un vibrante azul plateado, y su sonrisa se ensanchó cuando se encontró con que las zapatillas deportivas que llevaba eran del mismo color.
-Muy linda combinación-me dijo con una dulce voz burlona, todavía más almibarada por un súbito arrebato de vergüenza que tiñó sus mejillas de rosa.
-Gracias, tienes unos cachorros adorables. Sobre todo el más pequeño, es tierno y juguetón. En cambio el más grande, se nota que es idéntico a ti... viejo, sobrador y arrogante. -le dije mientras me giraba sobre los pies para retomar la caminata, ella bajó la vista para echarle un vistazo al cachorro, frunció su seño y su mirada empezó a irradiar irá.
Alzó la cabeza sonriéndome, volteo y la miró de pies a cabeza, le lanzó un beso volador y retomo mi camino en búsqueda del auto de la persona que vino a buscarme.
La mujer, al igual que yo, volvió a recorrer mi altura de arriba abajo con la mirada y, sin emitir ninguna opinión más, giró la cabeza al frente y se llevó a sus dos cachorros lejos de mí.
Para la época del año y de no ser verano, la estación de Bournemouth estaba bastante concurrida. Entre los presentes, un hombre de facciones redondeadas, pecas y ojos color azul claro corría sin camiseta por la acera. No sé si estaba loca, pero podía jurar que el aire olía a agua de mar, a esa mezcla de sal con un fondo de vida marina y lejanos toques del aroma de una buena porción de pastel de queso y te de frutas, que debía de adquirirse junto a la playa.
Eso y también tostados, o panes recién horneados, risas del atardecer en la orilla, pisadas de niños en la arena, olor a libros y al sudor después de un buen rato de ejercicios.
Todo eso y mucho más, olía el aire que me rodeó tan pronto como puse un pie en la acera antes de bajarme del tren al andén.
Luego cruce a un encuentro amoroso de parejas, un señor canoso tira su maleta al suelo y corre hacia a su amada, no pude ver la reacción de ella ante el reencuentro, pero sí la de él. Ni estando ciega habría podido pasar por alto su felicidad. Al señor, se le llenaron los ojos de lágrimas y su boca fue directa a posarse sobre la de ella mientras, el la abrazaba por la cintura.
A mí no iban a recibirme con tanta efusividad en la estación; tampoco la esperaba de nadie.
La señora Gomeri, debía de estar por algún lado, porque habíamos quedado en que pasaría a recogerme para llevarme a la casa; de todas formas, en lo que llevábamos tratándonos, que no era mucho, me había bastado para estimar que no era adepta a los abrazos, a los besos o ni siquiera a que la tutearan. La señora Gomeri era seca y economizaba palabras, y no solamente en los correos electrónicos, si no que también al teléfono.
Y me dije a mí misma que, en la casa aún me recibirían con menos...
Bueno, sabía que mi incorporación allí no iba a resultar nada sencilla, pero estaba acostumbrada a lidiar con los gajes del oficio y estos formaban parte del desafío, sobre todo en ese caso, porque sabía que no era la primera en aceptar el trabajo..., en realidad, era la cuarta; los otros tres cuidadores no habían aguantado más de veinte, diez y siete días, respectivamente, y que abandonaran su labor tan pronto había complicado el hecho de que un cuarto cuidador tomara el relevo.
Por eso me vine de Manchester hasta Bournemouth, dispuesta a no renunciar con tanta facilidad; a decir verdad, jamás había abandonado un trabajo, no al menos por voluntad propia, aunque sí por motivos de fuerza mayor, que en esas circunstancias eran más que comunes; en muchas ocasiones, los casos se acababan pronto, justo cuando el cariño y la confianza tenían el sabor a momentos compartidos toda una vida.
Desde luego que la vida no es un pasatiempos, sino intensidad, y yo procuraba conseguir eso, intensidad en los días, felicidad o, al menos, el mayor bienestar posible, viendo, lo que unos tomaban como el final, el principio. Ese era invariablemente mi principio, uno que para mí duraba para siempre. Un montón de principios formando una cadena sólida.
Entre que yo iba perdida en mi arrebato de melancolía por culpa del olor a mar , te, pan caliente y todo lo demás, y que el tipo debía de ir con mucha prisa, por poco no pierdo mi hombro derecho.
El hombre se disculpó, y yo ni siquiera alcancé a poder ver su rostro. También le pedí disculpas, porque tampoco lo había visto; él creo que ni me oyó, siguió a paso raudo hacia mi derecha.
Mi camino quedaba hacia la izquierda y comenzaba al otro lado de la calle, por dónde daba el sol del mediodía, que en ese momento lograba atravesar la gruesa capa de nubes de acero, proporcionándome una visión estupenda del lugar, porque, cuando el sol brilla así entre las nubes de tormenta... resulta imposible no percatarse de la vulnerabilidad de ese fugaz instante de vida, en el que queda en evidencia que todo lo vivido luchará por resistir hasta que se agoten las opciones, hasta que la vida misma se rinda al infinito.
La gente, los árboles, incluso los coches allí fuera, todo estaba tan enmarañado en ese instante, indefenso a todo lo que pudiese suceder.
Puse un pie en acera, ya buscando a la señora Gomeri, cuando el cielo se cerró otra vez y todo perdió luz y fuerza para ponerse rígido y a la defensiva.
En cualquier momento iba a caer una buena tormenta de mucha lluvia, viento y esperaba, para entonces, estar ya en el coche de quien me había contratado.
-¡Anahí! -me llamó una voz desde mi derecha que me sonó ligeramente familiar.
Giré la cabeza espiando por encima de otras tantas y la vi. Lo primero que detecté fue su cabello blanco que llevaba con elegancia, con un corte con forma de garçon. Procurando contener mi sonrisa, pensé que aquella estructura seguramente resistiría la fuerza de un tifón.
-¡Anahí por aquí! -me llamó la señora Gomeri nuevamente, como si su mirada y la mía no se hubiesen cruzado ya.
Le pegaba su apariencia, si casi era lo que podía adivinarse de sus correos electrónicos y sus mensajes.
Llevaba un abrigo y pantalones de estilo tweed oscuros de un tono gris y opaco, un cárdigan morado y de su hombro izquierdo colgaba un bolso también en tono gris.
Su aspecto no podía ser más estricto y el mío no podía ser más extravagante sobre todo porque, con mi altura y complexión física, yo ya de por sí llamaba la atención.
Dando un primer paso con mis largas piernas, alcé una mano y la saludé para que comprendiese que ya la había visto.
Mi maleta blanca con mariposas verdes me siguió mientras yo reacomodaba mi pesada mochila sobre mis hombros y mi bolso sobre el derecho.
Sonó un trueno cuando pasé por delante de la patrulla de policía estacionada a un par de metros de la entrada de la estación. Los tres agentes que estaban fuera y yo alzamos la cabeza al cielo. Una primera gota cayó sobre mis mejillas.
Uno de los policías bajó la vista y me dio las buenas tardes para sonreírme con una resplandeciente sonrisa blanco.
-Buenas tardes oficial -respondí, llamando la atención de los otros dos, que me saludaron con menos entusiasmo y un poco de suspicacia.
Seguí mi camino porque no quería empaparme, no con mi abrigo azul brillante.
-Bienvenida seas Anahí.
-Gracias, señora Gomeri. Espero no haberla hecho esperar mucho; ha habido una demora en la estación anterior.
-Sí, sí, nos han informado, no te preocupes; mientras tanto he aprovechado para hacer unas llamadas. ¿Has tenido un buen viaje?
-Sí, tranquilo. Gracias.
-Por aquí , parece que va a llover de un momento a otro. ¿Qué tal si nos ponemos en marcha? En el trayecto te pongo al tanto. Thiago está ahora con Hebert. Ya lo he avisado de que tu tren llegaba con retraso. Nos espera allá.
-Ah, bien.
-Mi coche está por aquí. -Con un gesto un tanto vago de su mano apuntó en dirección al parking. Ella dio el primer paso y yo la seguí, agradeciendo que Thiago fuese bastante más amable y conversador que la señora Gomeri.
Con Thiago había hablado por teléfono en dos ocasiones en los últimos tres días, cuando al final se confirmó mi traslado allí para hacerme cargo del señor Hebert.
Thiago era su fisioterapeuta y uno de los pocos asistentes que sobrevivían al fuerte carácter del señor Hebert. De sus labios no salían más que elogios para con su paciente y, a diferencia de los que habían abandonado el trabajo, desde que Hebert fuera dado de alta del hospital, no tenía más que palabras de cariño para con él. Tanto era así que, Thiago pasaba a visitar a Hebert, fuera de sus horarios oficiales, él y algunos amigos y vecinos del señor, llevaban una semana ocupándose de él desde que su último cuidador se rindió.
Hasta lo que yo sabía, el señor Hebert no tenía familia en la ciudad. Su hijo vivía en Londres y eso era todo lo que me habían informado sobre él; hijo que no era ni el primero ni el único que dejaba a su padre a cargo del Estado.
De todos modos, por aquello de que la situación era más que común y que mi objetivo no era la familia del paciente, sino el paciente mismo, no me preocupaba lo que el hijo hiciera o dejara de hacer; allí el único que realmente era importante, era el mismísimo señor Hebert, y mi trabajo era cuidar de él.
Llegamos al coche de la señora Gomeri cuando las primeras gotas se hacían notar de un modo mucho más evidente, estallando contra la carrocería bordo y los cristales.
Las dos tuvimos que correr a meternos en el coche, puesto que, en un mínimo parpadeo, el cielo se cernió sobre nosotras.
Con la lluvia repiqueteando fuerte sobre la carrocería, la señora Gomeri, sin mayores preámbulos, me pasó una copia de la historia clínica del señor Hebert y también una del informe. Puso el motor en marcha y comenzó a explicarme sus rutinas.
Patricia, una de las voluntarias de la galería de arte y amiga del señor Hebert de toda la vida, iba tres veces por semana a leerle; su amigo Gasper solía llevárselo a cenar los viernes por la noche y a pasear todas las tardes de domingo; Thiago lo veía tres veces por semana (oficialmente, y eso yo ya lo sabía porque había conversado largo y tendido tiempo con este), y la terapeuta ocupacional, Rosie, lo visitaba dos veces por semana, lunes y miércoles. Los sábados, sus amigos del pub se turnaban para llevarlo a comer con ellos.
La señora Gomeri, se puso a repetir el listado de medicaciones que debía administrarle y cuya rutina yo ya me sabía de memoria porque había leído y releído, hasta aprendérmelas, esas mismas líneas que en ese momento tenía delante, en el papel que sujetaba entre mis dedos, mientras al otro lado de la ventanilla, además de caer agua de las nubes, se abría una gran extensión de agua que en ese instante lucía tan gris y tormentosa como lo estaba el cielo.
Dejé de oír su voz e incluso la lluvia quedo en el olvido; dentro de mi cabeza sonaban suaves olas que acariciaban con pereza la playa.
Thiago me habí contado que a dos calles de la casa había una salida a la playa, a la enorme playa que yo ya había visto en fotos y por la cual deseaba hacer mi rutina matutina de trotar.
Tendría al menos dos ocasiones de hacerlo por las mañanas, cuando él estuviera con Hebert, y posiblemente las tardes de los fines de semana, cuando no lunes y miércoles, cuando Rosie se quedara con el paciente, o bien podría hacerlo cada mañana muy temprano antes de que Hebert despertara.
Thiago también me había contado que Hebert no iba a la playa, pero planeaba convencerlo de acompañarme, porque tenía entendido que a sus amigos les costaba cada vez más sacarlo de la casa y todos los que teníamos la responsabilidad de cuidar de él teníamos muy claro que, encerrado, su estado no haría más que empeorar a paso acelerado.
El último informe de la psiquiatra que seguía su caso nos ponía al tanto de un creciente estado de depresión acompañado de un exilio que, cuando se interrumpía, era para dar paso a estallidos de su temperamento.
En los últimos quince días los episodios de confusión y pérdida de memoria se habían incrementado de modo destacable, y si bien los médicos que lo trataban consideraban que cabía la posibilidad de que fuese por culpa del estrés por la situación con sus cuidadores, tendríamos que estar todos muy atentos, porque, además del accidente cerebrovascular que lo había llevado al hospital hacía más de un mes, sus médicos estaban especulando con la posibilidad de que también padeciera un trastorno neurocognitivo mayor, sin contar su problema grave de corazón.
Sí así era, el pronóstico no auguraba nada bueno, porque su estado no haría más que degenerar.
Tragué saliva intentando digerir todo aquello, sin quitar la vista de la extensión de agua. Thiago había prometido ayudarme con todo lo que estuviese en sus manos para evitar que Hebert continuara empeorando, porque había modos de retrasar la enfermedad; no eternamente, pero sí desacelerar su avance.
-¿Te parece bien? -le oí preguntarme a la señora Gomeri, sin tener la menor idea de a qué se refería, porque yo estaba pensando en el señor Hebert, en su estado, en el tiempo que pudiésemos compartir juntos, en mis ganas de poder convertirme en una compañía agradable y reconfortante para él, sino mucho más, porque mi esperanza residía en que confiara en mí, en que comprendiese que me tenía de su lado y que yo no lo abandonaría.
Parpadeé un par de veces a toda prisa y la miré.
El castaño gélido de los ojos de la señora Gomeri me dijeron que en ese instante dudaba de mis capacidades para cuidar del señor Hebert, porque yo debía aparentar que me había perdido en el limbo.
-¿Perdón?
-Decía que si te parece bien que de ahora en adelante te encargues de hacer las compras. Como quedamos en que le cocinarías tú, me parece coherente que...
-Sí, claro, no hay problema. Llevar al señor Hebert a comprar conmigo será una buena excusa para sacarlo de la casa.
Sus ojos fueron desconfianza cruda.
-Bueno, tal vez al principio puedas ir mientras alguien se queda con él. Costará convencerlo. Tienes permiso para utilizar su coche, Hebert ya no tiene carnet de conducir.
-Claro, veremos.
No tenía planeado rendirme de buenas a primeras y con gusto había aceptado cocinar para el señor Hebert; creía que ese podía ser un modo más de llegar a él, si bien la persona que solía prepararle las comidas había renunciado junto con el último de sus cuidadores porque, palabras textuales que figuraban en el informe, «ya no soportaba a ese hombre desagradecido y maleducado».
En el dosier figuraban al menos tres denuncias de la persona que cocinaba para él por maltrato verbal. La relación entre ambos se terminó cuando el señor Hebert lanzó contra uno de los armarios de la cocina la que fuera la última cena que ella le había preparado, diciéndole que era una bazofia.
-En cuanto lleguemos, te pondré al día de los otros gastos de la casa.
Asentí con la cabeza.
-¿La casa está muy lejos?
-Un poco, pero de cualquier modo se llega pronto. No te preocupes, hay un centro comercial no muy lejos de la propiedad y los fines de semana instalan un mercado con productos de la zona. De todas maneras, encontrarás cosas en la despensa y en la nevera. Los vecinos han estado ayudándonos con las cenas los últimos días.
-Me ocuparé de la cena esta noche.
Otra vez me miró con desconfianza.
-Anahí, hija. Admiro tu buena predisposición, pero Hebert es una persona muy difícil. No estaría mal que esta noche dejaras que sus vecinos le acercasen la cena... para evitar fricciones desde el comienzo -me dijo ladeando la cabeza en mi dirección-. Además, debes instalarte.
-Yo puedo preparar la cena señora Gomeri todavía es temprano. Además, la cocina, me encanta y se me da de maravillas.
-Sí, me lo dijiste, pero... Hebert no quería que llevásemos a nadie más a su casa. Accedió porque su hijo lo llamó para advertirle de que más bien cedía o bien tendríamos que ingresarlo en una residencia. Hebert no quiere dejar a su hogar.
-Bueno, por lo que tengo entendido, eso no es necesario por el momento; él todavía...
-¡No! Él no puede quedarse a solas Anahí, y ha estado pasando todas esas noches sin compañía, solo, desde que se fue su última cuidadora. No es lo mejor para él.
-A partir de esa misma noche, ya no se quedará más solo en esa enorme casa, señora Gomeri.
-Esa sería la intención, pero... -La señora Gomeri se interrumpió y por un largo período de segundos lo único que se oyó fue la lluvia cayendo y los limpiaparabrisas resbalando por encima del cristal-,por eso mismo, porque no queremos que pase la noche solo, mejor no darle motivos para quejarse y echarte a tí también.
-Cuando pruebe mi comida, hecha por mis manos, no se quejará y encima pedirá repetir otro platillo -insistí sonriéndole. Si comenzábamos con ella impidiéndome crear vínculos con el señor Hebert, eso no resultaría para nada, y yo no pensaba regresar a casa derrotada sin ni siquiera haberlo intentado.
Las cejas de la señora Gomeri se crisparon; yo, en respuesta, amplié mi sonrisa.
-Ojalá una de estas noches pueda pasar a cenar con nosotros, eso sería agradable.
Le faltó reírse a carcajadas en mi cara; ella debía de creer que yo no podía ser, más que una niña ingenua.
-Entiendo que tú tengas muchísima experiencia...
-Le preguntaré cuál es su plato favorito, tal vez sepa prepararlo -lancé interrumpiéndola.
No dijo nada más y siguió conduciendo, "Que alivio."
Pasamos por encima del puente por encima del agua con la lluvia todavía cayendo sobre nosotras, más bien, del auto, nos metimos por una zona de casas más bajas con vistas a la costa, a la hermosa costa y continuamos avanzando para que, a mi derecha en la ruta, por fin apareciera la playa con su arena mojada por la tormenta.
Me dieron ganas de bajarme del coche y correr por la arena húmeda y blanca, inspirar profundo; la mezcla de olor a lluvia con el mar, debía de ser más que exquisito.
Pero tuve que contenerme, y dejar que la idea se marche, mientras mi mente desaparece con la imagen de mi cuerpo tendido sobre la arena blanca, y también porque la señora Gomeri me empezó a explicar cómo se realizaban los pedidos en la farmacia; también me pasó otra nota más, con los números de urgencia; me indicó dónde quedaba el hospital, la biblioteca, el pub; y la galería de artes con sus esplendidas exposiciones, me contó algo acerca de los vecinos más cercanos al señor Hebert, y también volvió a repetir mi planificación de horas libres y mis obligaciones... Lo que yo ya sabía de antemano, porque, después de todo, no había aceptado hacer el trabajo a ciegas y a lo loca, más bien, yo necesitaba largarme de Manchester lo antes posible.
Todavía resonaban en mis oídos las opiniones de mal gusto y de negación, que tuve que escuchar de mis conocidos y familiares, cuando acepté el trabajo, las opiniones que había vuelto a recibir por mensaje de texto cuando venía hacia aquí.
-La casa te encantará, es muy bonita, la que será tu habitación la encontrarás estupenda. Hay un enorme jardín, lo está bastante descuidado pero de cualquier modo es encantador. Y no te tienes que preocupar por nada, encontrarás que el sitio es súper tranquilo, incluso en pleno verano cuando llegan los turistas. Aquí es una zona residencial y los vecinos no solo aparentan ser muy respetuosos, lo son. De toda forma, no dudes en llamar a alguno si necesitas algo, lo que sea y la hora que sea.
-Gracias señora Gomeri. Eso haré, si el caso amerita-le contesté guardando la carpeta con los papeles dentro de mi bolso, lo que pareció no caerle muy bien; debía de estar esperando que los leyera a todos otra vez. Me entraron ganas de recitar para ella los nombres de los medicamentos, las dosis y los horarios de todas las tomas que debía administrarle al señor Hebert. Pero, no lo hice. No batallaría su desconfianza con palabras, sino con hechos, porque todavía estaba latente aquello de que ella no creía que fuese una buena idea que al señor Hebert, lo cuidara una mujer, "una cuidadora mujer", puesto que con la persona que cocinaba para él habían surgido problemas de sobra; nada más allá de lo verbal, pero aun así fueron graves.
Yo le había explicado que el señor Hebert, no era el primer paciente hombre, con un carácter complicado que tendría a mi cuidado.
No lo era, pero, de todos modos, desde que le dije que sí, no había podido hacer otra cosa que rogar para que todo saliera bien con él. En cuanto había visto su fotografía y leído un poco acerca de su vida, sentí la desesperante necesidad de trasladarme allí a cuidarlo, y ni su mala fama había podido con eso.
Hebert tenía unos ojos de un verde cálido que en la fotografía, que tenía al menos diez años de los que tiene ahora, sonreían igual que su amplia boca. Ya por aquel entonces poco cabello blanco le quedaba, pero ni aquel detalle ni las arrugas en su rostro pudieron con lo que vi: a un señor Albert rodeado de libros, pinturas y garabatos abstractos, que algunos eran pinceladas cargadas de color y energía, sus escritos llenos de explosiones de tonalidades, sabiduría y una bienvenida a un mundo de fantasía que estaba segura de que aún debía vivir en algún rincón de su cabeza. Hebert aparecía con la ropa y los dedos de las manos manchadas de tinta y pintura, con un pincel en la mano, junto a una mesa repleta de papeles escritos, garabatos y varios botes de pintura, pinceles, tazas de te, café copas y montañas de papeles hechos bollos.
El señor Hebert llevaba varios años descuidando su arte y oficio, desde donde lo tengo entendido, pero su taller seguía en pie en la biblioteca de su casa. Su terapeuta ocupacional no conseguía siquiera que él volviese a poner una mano en el pincel, o en el lápiz, mucho menos lograba que metiera un pie allí en la biblioteca.
Thiago me había contado, que la casa estaba repleta de sus escritos y algunas pinturas, también las casas de sus amigos y vecinos, y que incluso había un par de sus libros en la biblioteca y en la peluquería del sitio, donde la mayoría de sus admiradores leían mientras hacían un poco de barbería y corte.
Si tan solo lograse que Hebert retomará la rutina de escribir, o tal vez pintar... Con la tecnología de hoy, él puede hablar y que la laptop escriba todo lo que dicte...
La lluvia tampoco cesaba, continuaba cayendo el resto del trayecto y la vi perderse entre frondosos arbustos y árboles que formaban tupidos bosques entre las casas, admire todo hasta que la señora Gomeri anunció que ya estábamos a algunas calles.
El lugar era una preciosidad, realmente paradisíaco, incluso en un día tan gris como estaba.
La calles dibujaron una curva que se internaba tierra adentro.
-Esa es, la segunda casita que ves allí -indicó apenas alzando un dedo del volante.
La vivienda resultó ser muy bonita y no tenía nada de casita, era una nación y se veía muy acogedora, contaba con dos plantas más de altura, en ladrillos anaranjados que en ese instante se veían oscurecidos en un tono bordo por la lluvia que la mojaba. Sus ventanas blancas, y algunas chimeneas también, creo que una por habitación.
Resultaba más que evidente que el jardín delantero necesitaba una enorme limpieza, cuidado y plantas nuevas, el pasto estaba alto y tapado casi por completo por algunas malezas, si bien los arbustos que estaban formando el cerco perimetral, no se hallaban tan descontrolados en forma y altura, del terreno del señor Hebert.
Había una camioneta roja aparcada en el camino que se perdía hacia el fondo de la propiedad. Entonces, supuse yo que debería de ser el vehículo de Thiago.
La señora Gomeri ingreso por el camino a la entrada y al instante la puerta delantera de la casa se abrió.
Reconocí su rostro porque Thiago me había pedido amistad por Instagram y Facebook, si bien a mí no me gusta usarlos casi nunca las redes, no pude decirle que no uno aceptar su amistad.
Thiago con su juvenil y varonil rostro sonriente, iluminaron el día e hizo más que eso. Las fotografías de sus perfiles no le hacen verdadera justicia a pesar de mostrar muy bien su apariencia.
Llevaba puesto un uniforme , uno típico de enfermeros, pantalones y chaqueta de manga corta en verde agua, pero encima se cubría con una chaqueta negra de punto de mangas largas que se había arremangado hasta los codos, dejando a la vista los antebrazos más sexis que yo hubiese visto en mi vida. Era demasiado hombre para mi salud mental, y para ser así de dulce y amable como me había parecido al teléfono.
Además era alto, tenía una melena castaña clara imperturbable por la humedad de la tormenta, la mirada almendra más cálida imaginable y una sonrisa que provocó que me entraran ganas de orinar (en el mejor sentido, porque hay un buen sentido en orinarse encima de la emoción al ver a un tipo con un ancho de hombros que es puro músculo, con una entrepierna que no se puede pasar por alto y que, además, alza unas manos enormes de dedos masculinos pero estilizados para saludarte con toda efusividad).
Atontada por la presencia de Thiago a unos tres metros de distancia, procuré recordar si el reglamento decía algo en contra de que los colegas pudiesen mantener relaciones más allá del ámbito laboral. Rogué que no fuera así, aunque tal vez estuviese yendo demasiado lejos. Que Thiago fuese amable conmigo al hablar de trabajo no implicaba que no tuviese novia o que estuviese interesado en mí. Otra vez me encontré intentando hacer memoria para recordar si en su perfil de Facebook figuraba su estado civil. Sí decía que tenía veintisiete añitos. Unos dulces y terriblemente sexis y arrebatadores veintisiete años, cuyo poseedor en ese instante exclamó mi nombre con emoción.
La señora Gomeri apagó el motor y me miró después de oír a Thiago llamarme con efusividad.
Un tanto nerviosa, le sonreí. Ella frunció el entrecejo, nada convencida con la situación.
Por el rabillo del ojo vi a Thiago abrir un gran paraguas negro para correr hacia el coche por el lado de la señora Gomeri, quien en ese momento abría la puerta para salir.
-¡Entren! Yo recojo el equipaje -nos avisó moviéndose hacia la parte trasera del vehículo.
Mientras yo recogía mi bolso y mi mochila, la señora Gomeri
abrió el maletero.
Cargando con eso, corrí hacia la entrada por detrás de la señora Gomeri mientras oía a Thiago luchar con mi equipaje.
Cerró el maletero de un portazo justo cuando nosotras, a resguardo del alero, nos sacudíamos la lluvia.
Giré la cabeza y lo vi cargando mi maleta. Thiago me dedicó una sonrisa que me dio la sensación de que era mucho más que la sonrisa de un colega. Para delicia de mi sentido de la vista, su sonrisa fue un gesto sexy, la demostración de que a ese chico debía costarle poco y nada ganarse a la mujer que quisiera.
Yo era un tanto torpe para ser considerada tan sexy como evidentemente lo era él, pero lo intenté y le devolví la sonrisa. No debí de hacerlo tan mal, o quizá él se compadeciera de mí, porque con su sonrisa de mil voltios todavía en alto me guiñó un ojo. Mis piernas, que en condiciones normales funcionaban estupendamente bien, piernas que podían correr kilómetros sin quejarse, se reblandecieron y apenas si fueron capaces de sostenerme en pie.
-¡Pero ¿qué es lo que sucede aquí?! -rezongó una voz áspera que vino acompañada de un andar cansino que se apoyaba en un bastón metálico de mango gris.
Mis ojos castaños dieron con los ojos acuosos de Hebert Strong.
Este no sonreía y, de hecho, lucía muy enfadado, además de elegante. Llevaba pantalones de vestir, mocasines, camisa de un blanco cremoso y chaleco. Su cabello, de un blanco grisáceo, aunque no era mucho, estaba meticulosamente peinado.
Se quitó las gafas de montura negra para estudiarme sin piedad de pies a cabeza y entonces vi que la mitad izquierda de su rostro estaba ligeramente caída; se notaba especialmente en su párpado superior y en la comisura de sus labios. Hebert se apoyaba sobre su lado derecho. Según constaba en el informe, después de sufrir el ictus había padecido dificultades con la movilidad de su lado izquierdo, por eso Jamie aún estaba por allí. Fue él quien me explicó que la mano izquierda de Hebert todavía daba un poco de problemas y que debía tener cuidado con los terrenos por los que andaba porque con la pierna izquierda no siempre acertaba las distancias, tanto al subir o bajar escaleras como al andar por superficies un tanto tramposas.