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Por siempre mía

Por siempre mía

Autor: : Sunflowerfield
Género: Romance
Cuando Ricardo, el Benjamín de los Villamonte vuelve a casa, tras cuatro años estudiando en el extranjero, conoce a Josefina, la hija de la cocinera, y se enamora de ella en cuanto la ve. En apenas 2 meses ya viven juntos y ella queda embarazada, pero la familia Villamonte no está deacuerdo, así que deciden librarse de ella y le hacen creer a Ricardo que ha muerto. Años después él ya se casó por conveniencia con una joven que no ama y el destino hace que se encuentre de nuevo cuando él la contrata como sumisa, aunque no se reconocen ya que ella debe llevar los ojos vendados, pero Ricardo queda completamente prendado con esa mujer, así que esta vez romperá sus propias reglas de no repetir jamás con la misma mujer y volverá a verla. ¿Qué sucederá cuando descubren quién es el otro y los secretos que los rodean?

Capítulo 1 Prefacio.

Harto estaba ya de María y su obsesión por ser madre, tenía la seguridad de que ni siquiera poseía instinto maternal, solo miedo de que él terminara embarazando a cualquier mujer y un hijo bastardo, o peor, la madre que lo hubiera engendrado, la destronaran de la comodidad en la que vivía, si supiera que eso era algo en lo que él jamás fallaría, porque nunca una mujer le haría perder la cabeza, había amado una sola vez con resultados desastrosos y eso había sido suficiente para una vida entera, de hecho, Ricardo estaba seguro de que el amor era un privilegio que no todos los seres humanos lleg

aban a conocer de verdad y quién, como él, tenía la dicha de encontrarlo, debía vivir el resto de su existencia en el castigo constante de conocer ese sentimiento y haber perdido luego.

Ni siquiera estaba seguro de ser capaz de sentir ese amor fraternal por un futuro hijo y mucho menos dejar sus responsabilidades para atenderlo. No, Ricardo era mucho más feliz así, sin joderle la existencia a ningún niño, la vida le había arrebatado muchos años atrás la posibilidad de ser feliz y era consciente de que no estaba hecho para criar niños, además, el legado de su familia no se perdería. Como el viejo dicho explica, a quién Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos y en este caso se había lucido, ciertamente, los hijos de Miguel, su hermano mayor, parecían gestados en las mismísimas llamas del infierno.

¿Quería ser padre? Sin duda no lo quería, ni ser padre, ni hacerle la vida miserable a ningún niño con su egoísmo, porque si algo tenía claro, era que él era lo único que le importaba, su felicidad, sus lujos, sus excesos, su vida a su manera. Él mismo era el centro de su mundo y ni siquiera su esposa, con la que tenía una relación aceptable, pero carente de un amor que jamás se permitiría volver a sentir, era imprescindible en su vida, eso era lo mejor, tener personas a su alrededor de las que fuera capaz de desprenderse sin problema alguno, para no volver a sentir ese dolor que le había provocado aferrarse a alguien para luego perder.

Necesitaba sacarse esa tensión, necesitaba saciar sus instintos, necesitaba sacar esa parte oscura de él que se había creado hacía mucho tiempo y que le era imposible mantener encerrada siempre. Era otra de las razones por las que jamás una mujer llegaría a tener el privilegio de reclamarle con un hijo ilegítimo y es que Ricardo jamás tenía amantes que fueran más allá de una noche, cada vez una nueva mujer y ninguna jamás sabría su verdadera identidad, ni él la de ellas, eso quitaba la posibilidad de que ninguna lo buscara luego o lo involucrara en ningún tipo de escándalo, sin contar el exhaustivo control que ejercía sobre las chicas antes y después de mantener relaciones con ellas.

Todas cobraban una considerable suma de dinero por esa única noche que pasaban con él, pero las exigencias no eran pocas, análisis médico exhaustivo de enfermedades venéreas, inyección anticonceptiva obligatoria y la obligación firmada de informar a, Julio, su hombre de confianza, en la siguiente menstruación para dejar completamente zanjado y buen cerrado cada uno de los contratos. Porque obviamente también se cubría las espaldas con los correspondientes contratos de confidencialidad y de consentimiento.

- Señor, estoy seguro de que la chica de hoy va a ser de su completo agrado.

Le aseguró Julio, quien se encargaba de buscar, seleccionar a las chicas personalmente, también de hacerles los controles pertinentes antes y después de pasar esa noche con él, asegurándose de que no hubiera contratiempo alguno.

Aquella noche parecía realmente contento, sin duda esa chica debía poseer una belleza extraordinaria si estaba tan seguro de su elección o, tal vez, debía poseer mucha destreza para satisfacerlo. En realidad ni siquiera le importaba, lo único que quería era que firmaran el contrato y se comprometieran a abandonarse a todos sus deseos, también dejaba un espacio para que ellas pusieran los límites que no pretendían pasar, era algo que Ricardo respetaría, pero a menudo, esos límites eran bastante aceptables, igualmente Julio tenía muy claro lo que su patrón quería disfrutar y lo que no le convenía y no le traería nada que no fuera a disfrutar, de eso estaba más que seguro.

Lo siguió hasta la mazmorra que ya estaba preparada para él y la vio allí, tan perfecta, dándole la espalda, con ropa interior de encaje negro que enmarcaban a la perfección esos hermosos glúteos y un cabello larguísimo y Lacio que le caía por la espalda y terminaba justo al inicio de su trasero.

Ricardo dibujó una sonrisa ladeada en el rostro mientras se desabrochaba los botones de la camisa para arremangarla y le hacía un gesto a Julio para que se marchara y lo dejara solo con ella para luego caminar en dirección a la fémina.

Se movía con lentitud a su alrededor, como un depredador, observando a su presa antes de cazarla y devorarla hasta que quedó parado frente a ella y pudo comprobar que sus ojos estaban completamente tapados y no era capaz de ver nada. Era otra de sus múltiples exigencias, todas las mujeres que estaban con él debían llevar un antifaz con el que fueran incapaces de verlo y, del mismo modo, él tampoco pudiera reconocerlas luego, no quería saber más de ellas fuera de allí, no le interesaba intimar con nadie ni tener cariño por nadie, su vida era perfecta y ordenada tal y como la llevaba hasta entonces.

- De rodillas - la orden fue dada con voz firme, pero tranquila - Esta será la única cosa que voy a permitir que elijas tú - aseguró caminando en dirección al armario de los juguetes donde Julio solía dejarle el contrato, se tomó unos momentos para leer sus límites y sonrío complacido al ver que ninguno se le hacía imprescindible, tomó una de las fustas acariciándola con suavidad entre los dedos y volvió frente a ella observándola desde arriba - Dame tu palabra de seguridad.

- Agave, esa es mi palabra clave - Dijo la chica tras estar unos segundos callada, posiblemente analizando cuál sería la mejor en su caso.

Ricardo no fue capaz de evitar esa leve sonrisa que surcó sus labios al escuchar la elección de su palabra de corte. Su familia se ganaba la vida con eso, eran los dueños de la industria de tequilera más importante de la región y una de las más exitosas del país, por supuesto, con exportación mundial, tenían enormes plantaciones de Agave por todo el país. Por un instante eso le hizo preguntarse Qué clase de relación tenía esa mujer con el Agave, si algo había aprendido, era que todas buscaban seguridad en cosas que les aportaban tranquilidad.

Llevó la fusta que había tomado antes del armario bajo la barbilla de la fémina y le hizo levantar el rostro, era la primera vez en todos esos años, que le hubiera gustado ver tras ese antifaz, porque estaba seguro de que el rostro que cubría debía ser realmente hermoso, lo que veía incluso con el puesto, eran esos labios perfectos que le apeteció besar al instante, ni demasiado gruesos ni demasiado finos, perfectos para disfrutar hinchándolos en un beso lleno de pasión y calentura, casi podía verlos enrojecidos tras una buena mordida que sin duda le apeteció darle.

Negó sacando la fusta de su barbilla, algo confundido con sus propios pensamientos, él jamás besaba a esas chicas, solo conseguía placer a través de su cuerpo, su obediencia y dedicación, solo les otorgaba placer y luego se iba para pasar a la siguiente mujer, la próxima vez que necesitara desahogarse. Tal vez podía parecer un hombre vacío y era cierto, Ricardo no tenía intención de llenarse de nada, estaba bien así, vacío, imperturbable.

- No hablarás, no llorarás, ni siquiera gemirás sin mi permiso, esas son mis normas, lo único que tienes permitido decir en cualquier momento es la palabra de seguridad, si lo haces pararé lo que esté haciendo al instante sea en la situación que sea si no quieres seguir puedes usar esa palabra.

Primero quería explorar a la chica, su resistencia, su entrega, su facilidad para sentir o no placer...

-En pie... ahora- Exigió tomándola firmemente del brazo, pero sin ejercer presión para guiarla hasta las cadenas que, ya previamente preparadas, colgaban del techo con dos grilletes forrados de cuero negro, le levantó los brazos y los alzó hasta poder atarle las muñecas.

Algo le sorprendió en esa mujer que no se sentía como en las demás, las otras tenían esa aura de confianza, excitación, curiosidad e incluso desprecio, pero ninguna reflejaba aquella duda, aquella inexperiencia que podía sentir provenir de ella.

Tras dejarle las muñecas atadas le acarició los brazos delicadamente con los dedos, piel suave y lisa que disfrutaría marcar. Quedó callado frente a ella, tomándose un momento para observar su rostro y la forma en que se mordía levemente el labio, como alguien que duda o, tal vez, se contenía para no decir algo y llevó el pulgar a esa boca, acariciándola con suavidad deseando que relajara el gesto, porque con esa simple acción lo provocaba, lo instaba a querer saborear esa boca y no podía permitírselo, un beso era demasiado personal era el primer paso a la caída que él quería evitar a toda costa.

- Olvida lo que dije antes, tienes permitido hablar y sobre todo gemir si lo necesitas. Dirígete a mí con el apelativo de señor, gatita.

Caminó de nuevo hasta el armario de las herramientas y juguetes, eran solo suyos, de hecho él pagaba al dueño del burdel por tener esa mazmorra en exclusiva para sus prácticas. Tomó un bisturí para acercarse otra vez a ella, ni siquiera habían empezado y ya había algo que lo fascinaba sobremanera de esa mujer.

Deslizó lentamente el bisturí por su escote, por la parte que no cortaba hasta llegar al trozo de tela que sujetaba las dos partes del brasier y, solo entonces, utilizó la cuchilla para cortarlo, observando como los senos de la mujer se abrían paso hacia afuera mostrándose ante él, con dos pezones rosados y erectos que lo invitaban a probarlos, pero no aún, primero tenía que dejar enteramente su cuerpo desnudo.

Rompió los tirantes y dejó que la pieza de ropa cayera al suelo, luego se arrodilló entre sus piernas y pasó el bisturí nuevamente por sus muslos, con la parte que no cortaba. Lento, tortuoso, adoraba tomarse su tiempo y averiguar cómo reaccionaba la mujer que esa noche accedía a sus deseos. Rompió los laterales de aquellas hermosas braguitas brasileñas y las dejó caer junto al sujetador roto en el suelo.

Aprovechó que estaba allí para alargar la mano hasta conseguir atrapar otra herramienta, era una barra separadora que le sumaría incomodidad, pero a él le encendía mucho tenerlas así, con las piernas abiertas sin que fueran capaces de cerrarlas.

Ató la barra a sus tobillos para obligarla a tener las piernas separadas. Sabía que aquello le causaría incomodidad al no poder apoyar los pies más que de puntillas, sus muñecas sustentarían la mayor parte del peso de su cuerpo. Ya podía empezar a descubrirla, ahora estaba completamente expuesta y preparada para él, era el momento de disfrutarla.

Capítulo 2 La gente habla por hablar.

La vida no era justa, menos para quien tenía la desgracia de no saber cuál era su procedencia.

- Ahí viene la zorra y su hija - la mano de su madre la detuvo justo cuando ella iba a lanzarle una piedra al grupo de niños que las estaba importunando.

- No, no hagas eso, son niños y no saben lo que dicen.

- Pero madre ellos...

- Ellos solo repiten lo que han escuchado en sus casas, si se debe castigar a alguien por el comportamiento de esos niños es a su padre.

Josefina se mordió los labios, incapaz de llevarle la contraria a su madre, vivían en una pequeña casa modesta que era propiedad de Don Federico, dueño de una de las mayores plantaciones de agave de Tamaulipas, en México, solo eran ellas dos, nadie más.

Pese a que Josefina siempre deseaba saber alguna cosa sobre su padre, jamás le preguntaba a su madre y, la única vez que lo hizo, le dijo que había cosas que era mejor que ella no conociera. Pero tenía 18 años y, pese a ser como la mayoría de la gente del pueblo, pobre y sin demasiado para vivir, no era igual a ellos, al menos no físicamente, ella tenía los ojos azules y una piel demasiado blanca y suave para ser autóctona de ese lugar, tampoco se parecía a su madre en eso, de no ser por qué siempre andaba con el rostro cubierto de polvo sería muy fácil confundirla con un integrante de la casa grande.

Esa simple y complicada diferencia era la que la hacía buscar constantemente la manera de saber quién era su padre, y no solo eso, también le molestaba lo que los demás decían de su madre y cómo las señalaban e inventaban cosas, que estaba más que segura, no tenían nada de cierto.

- No hagas caso por favor, la gente habla por hablar, lo único que debes tener claro es que yo nada tengo que ver con don Federico.- aseguraba siempre Magdalena, su madre y ella la creía, no había visto jamás a su madre y al patrón en una actitud inadecuada o demasiado cercana - Él ha sido muy bueno con nosotros, porque es una persona buena y nos tiene lástima, por eso nos dio esta pequeña casa y trabajo en la hacienda. No olvides ser siempre agradecida y ahora deja de prestarle atención a palabras necias de esos niños y vámonos a la hacienda, hoy llega familia de don Federico y tenemos que atenderlos lo mejor que se pueda.

La joven no tuvo más remedio que soltar la piedra, ayudar a su madre con las bolsas y así poder llegar más rápido a la hacienda. Además, tenía curiosidad, sería cierto que ella se parecía a alguno de los miembros de la familia Rodríguez.

- Josefina deja de estar viendo hacia la sala y ayúdame. - soltó un suspiro y se alejó de esa puerta, la impaciencia le podía, comprobar si aquello que decían era cierto, pero también había una parte de ella que incapaz de evitar preguntarse ¿Qué haría? Si lo que decían las lenguas afiladas del pueblo era verdad.

Movió la cabeza, golpeando sus mejillas, debía dejar de soñar, de pensar en imposibles. No importaba si aquello era cierto. Ella no podría dejar a su madre, ni siquiera tendría el valor para reclamarle nada. Magdalena era una gran madre, mejor que muchas en el pueblo, trabajaba desde el alba hasta el atardecer para que el alimento jamás faltará en la mesa y que ella tuviera una buena educación, no había nada que reprocharle, salvó no decirle quien era su padre.

Magdalena no la dejó salir de la cocina, la mantuvo ocupada todo el almuerzo sirviendo los platos preparados.

- No, todavía no es hora de que te hagas cargo de servir la comida a los patrones, solo un año más Josefina, solo un año más y podrás hacerlo, aún eres demasiado joven.

Cuando ella pudo salir de la cocina y ayudar a quitar los platos del almuerzo en el gran comedor, Magdalena se había asegurado de que ya no hubiera nadie en la mesa.

- Ándale muchacha - se quejó su madre al verla tomar su tiempo recogiendo. - Debes dejar limpios los trastes antes de irte y hacer los deberes de la escuela, antes de acostarte.

Ella ya no respondió, simplemente, recogió todo saliendo de la casa grande una hora después tras ayudar a su madre.

- Deberes... deberes, siempre tengo que hacerlos - eran las seis de la tarde cuando terminó, justo a tiempo para escaparse e ir a nadar. Salió de su casa por la puerta de atrás, la dirección que tomaron sus pasos, era un camino que ella podía hacer con los ojos cerrados. Pero no lo haría, no podría perderse del paisaje a su alrededor, de ver cómo el gavilán buscaba la manera de tomar entre sus garras alguno de los pajarillos que regresaba en ese momento con el pico lleno de insectos para sus crías, o el sol colándose entre las copas de los árboles, que al moverse creaba interesantes figuras en el camino de tierra por el cual se desplazaba, o disfrutar de llevar su mano hacia arriba viendo esas mismas figuras mezclarse con su piel. Si, definitivamente, ella adoraba esos momentos a solas, siendo una con la naturaleza, sobre todo al escuchar el sonido del agua corriendo libre a través del afluente del lago.

- Por fin! - mencionó quitándose la blusa, dejando solo la camisa de franela que llevaba siempre debajo. Tras la camisa, lo siguiente que desapareció, fue su falda larga e igual que con la camisa, debajo de esta había un blúmer hecho de franela, ropa con la que se metería al lago.

No le importaba que nadie jamás se acercará hasta esa parte, todos preferían salir en las trocas del rancho y dirigirse al río o la playa, para ella era lo mejor, era como tener algo que solo ella conocía, algo que le pertenecía, su lugar seguro.

Se agarró de una de las cuerdas, que ella misma había hecho colgar de uno de los árboles más viejos y fuertes que había en las orillas, columpiándose hasta tomar la suficiente velocidad, dejándose caer a mitad del lago, haciendo una gran bomba que mojó ambas orillas y que provocó que muchos de los animales que estaban cerca salieran huyendo.

Pero esta vez, no solo alejó a los animalillos más pequeños, también atrajo la curiosidad de alguien más que como ella buscaba alejarse del agobiante bullicio de la casa grande.

A unos metros de ella, unos ojos vivarachos y curiosos observaban todo a su alrededor, atraído por el ruido de una risa y que sumaba al ruido del agua agitada, llegando al pequeño lago situado en el interior de la propiedad de su abuelo.

No creía que alguien fuera tan osado como para meterse a la propiedad de su abuelo, así que debía de ser alguien del rancho. Justo cuando el joven curioso empezaba tratar de adivinar quién de los trabajadores de su abuelo era el que estaba nadando, la vio. Saliendo del lago confundiendola con una ninfa, porque eso debía de ser, no había otra explicación, la tez de la ninfa era blanca, y su cabello tan oscuro como la media noche, solo hacía que contrastara con el azul de su mirada, estaba tan perdido observando a la ninfa que no se dio cuenta de que resbaló haciendo ruido al caer.

- ¡Diablos! - maldijo Josefina saliendo rápidamente del lago, tomando su ropa, buscando en los alrededores; sin embargo, el sol, ya empezaba a guardarse, no era conveniente estar ahí hasta tarde, no solo se preocuparía su madre, también había peligro de que algo le pasará y quedar ahí toda la noche sin ayuda.

Debía vestirse rápidamente, sus ropas mojadas se amoldaban a su cuerpo, el cual ya no era el de una niña, sino el de una mujer.

Capítulo 3 Espera... No te vayas.

Stanford, ni siquiera había considerado esa posibilidad, él no quería estudiar empresariales, solo aprender del campo todo lo que su abuelo tenía que enseñarle. Por eso cuando la carta de admisión a aquella prestigiosa universidad Norteamericana llegó, fue el más sorprendido de todos. ¿Cuándo iban a dejar de querer dirigirle la vida como si sólo fuera un muñeco sin autonomía ni pensamiento propio?

Pero como siempre se había comportado como el hijo perfecto que era, por supuesto no tan perfecto como Miguel, su hermano mayor, pero lo suficientemente perfecto como para mantenerse a su sombra sin llamar la atención.

Por eso aceptó cursar los cuatro años de carrera en Stanford y vivir lejos de su ciudad natal. Que decía su ciudad, su país, pero no todo había sido malo, aprendió a ver las cosas de otro modo debía reconocerlo, aprendió a dejar de ser la sombra de su hermano y sobre todo aprendió a tomar sus propias decisiones, a tener los amigos que él quisiera tener sin que nadie le dijera si eran o no convenientes, o pensar en si sus familias eran buenas o malas, simplemente importaba doble caían o no bien .

El Ricardo que regresó cuatro años después, no era el mismo que se había ido, por eso veía exagerada la cena de bienvenida que habían hecho en su honor o eso le dijo su madre, una comida por el regreso de su hijo menor a casa, el que jamás discutía nada y decía que si a todo lo que imponían, al que opacaron en su propia comida de bienvenida de la que Miguel no le dejó ser homenajeado por más de media hora cuando anunció el embarazo de su recién estrenada esposa, guapísima y riquísima, por supuesto, porque Miguel jamás la hubiera contemplado como posible pareja si no hubiera cumplido esos dos requisitos, daba igual si su amabilidad e inteligencia no la acompañaban, porque así era,n aunque estaba seguro que a Miguel eso le convenía, así podía manejarla a su antojo.

Apenas hacía un par de meses que se habían casado y ya traía a un futuro hijo de Miguel en las entrañas. No era que le importara, sería el primero en no querer ningún homenaje, simplemente no entendía las ansias de su hermano por opacarlo siempre, ni que le hiciera falta, ni que él siquiera pudiera pensar en eclipsarlo. A veces se preguntaba si su padre sería como Miguel, todos decían a menudo que era su viva imagen, pero él era demasiado pequeño cuando falleció como para recordarlo, sin así jamás le había faltado una figura paterna, ahí estaba su abuelo y quizá esa era la razón de que él quisiera aprender todo y pasar tiempo con él, verlo cada día más mayor y querer aprovechar su compañía hasta el último instante.

Tras cenar, esa misma atención que le fue arrebatada, hizo que pudiera marcharse de allí sin apenas ser notado, solo su abuelo se dio cuenta de que abandonaba el salón pero no dijo nada, lo dejó hacer mientras seguía celebrando por la buena noticia, sería bisabuelo en unos meses.

Decir que Ricardo no extrañaba perderse entre los campos de Agave era mentir, era cierto que lo pasó bien en los Estados Unidos, pero sin duda, no quería volver a hacer ese máster que Miguel le insistía en hacer, un año más lejos de allí. ¿Para qué? Si él solo quería dedicarse a los cultivos.

Perdido en sus pensamientos se adentró entre los campos, recordando aquel lago en el que se había bañado desnudo más de una vez, era como su lugar especial, nunca nadie iba allí, aunque quedará en los límites entre su propiedad con algunas pequeñas de los habitantes de la aldea donde ellos tenían sus propios cultivos, algunas de esas tierras habían sido incluso cedidas por su padre, cosa que Miguel siempre criticaba. ¿Pero qué más daban unas pequeñas parcelas comparadas con todo lo que ellos tenían?

Se empezó a quitar la ropa mucho antes incluso de llegar allí, hasta que quedó estático, camuflado entre unos arbustos, viendo a una hermosa chica que se bañaba en aquellas aguas que hasta entonces no había compartido jamás con nadie.

Su ropa interior estaba mojada y, aunque tapaba mucho más de lo que le gustaría, no dejaba espacio a la imaginación al transparentar tanto por el agua.

Debía ser una ninfa, porque sin duda jamás había visto una mujer así, nunca en su vida creyó que tanta belleza pudiera contenerse en un solo cuerpo.

Tan ensimismado quedó que sin ni siquiera pensarlo, por inercia, salió de su escondite ante la necesidad de verla más de cerca, asustando a la bella y hermosa ninfa que acababa de descubrir.

- No espera, no te marches.

Pidió dándose cuenta de que estaba a medio vestir y se puso la camiseta que se había quitado rápidamente para intentar que se quedara.

- Espera... no te vayas.

Pero ya era tarde, la ninfa había recogido su ropa de la orilla y huido perdida entre la maleza, dejándolo loco y ensimismado, si hubiera podido reaccionar habría corrido tras ella; sin embargo, estaba tan cautivado con su belleza que era como si lo hubiera embrujado ¿Sería parte de su poder?

De pequeño había escuchado historias sobre mujeres hermosas que vivían en los bosques y hechizaban a los hombres, algunas donde ellos desaparecían y jamás los volvían a ver, otras en las que enloquecían porque les habían robado el alma, siempre creyó que eran solo cuentos para asustar a los maridos infieles o a los adolescentes incautos, pero si era una de esas mujeres porque no había tratado de seducirlo tal y como contaban las historias.

Por fin reaccionó¿Qué ninfa necesitaba quitarse la ropa para bañarse, y sobre todo porque dejaría parte de su vestimenta en la orilla?

Sabía que tal vez ya no podría alcanzarla, no obstante salió corriendo por el mismo lugar por el que la chica había desaparecido, con suerte la encontraría ¿Quién podría conocer esas tierras mejor que él? «Una ninfa» le dijo la voz de su conciencia.

Ricardo negó, no es una ninfa, respondió a esa voz que intentaba disuadirlo sin lograrlo de seguir corriendo tras esa hermosa chica. Parecía que los dioses del Agave estaban de su lado porque solo a unos metros estaba ella vistiéndose, claro en algún momento debía pararse a ponerse la ropa, ninguna mujer con un poco de sentido común correría medio desnuda por allí.

- Espera, pidió, no quiero hacerte daño.

La joven se agachó y tomó una gran piedra del suelo, con una mano y un palo con la otra para mostrárselos, su madre le había contado muchas veces que debía cuidarse de los hombres, que a veces tomaban lo que querían sin que una no pudiera evitarlo, a veces incluso la reprendía por las horas que pasaba sola desaparecida.

- Ten cuidado Josefina, cuídate de los hombres - le decía y ella jamás creyó que algo malo pudiera sucederle porque era una buena chica y esas cosas nunca les pasaban a las buenas chicas.

Levantó la mano con la que sostenía la piedra amenazadora, algo que a Ricardo no dejó de sorprenderle, pero a la vez lo interesaba más en ella, tenía carácter, no solo huía, llegado el momento mostraba su fortaleza, aunque solo intentara disfrazar su miedo.

- Si te acercas más voy a lanzártela a la cabeza, te aseguro que tengo muy buena puntería, puedo matarte si quiero de una pedrada.

- Solo quiero saber tu nombre.

La chica bajó un poco su mano, tal vez porque estaba pensando, tal vez porque ya no lo veía una amenaza, pero después de unos segundos volvió a subirla, tan amenazadora como antes, salvaje, desafiante.

- ¿Si te lo digo dejarás de seguirme, me das tu palabra?

- Lo haré, te doy mi palabra.

- Soy Josefina. - y tras decir aquello ni siquiera esperó respuesta y salió corriendo desapareciendo rápidamente de su alcance.

Él se obligó a mantener su palabra y quedarse allí, al menos tenía un nombre, algo para empezar a buscarla, un nombre que se convirtió en su obsesión y no lo dejaría dormir aquella noche.

Había conocido muchas chicas en la universidad, incluso estado con ellas de forma muy íntima, hasta creyó haberse enamorado un par de veces, pero resultaron ser cosas fugaces que se le pasaron en un par de meses; sin embargo, jamás había sentido la fascinación que sintió al verla a ella, jamás se había prometido a sí mismo como lo hizo esa noche que la volvería a ver, porque eso haría, buscarla y volver a verla.

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