"Lo que distingue lo real de lo irreal está en el corazón."
Russel Crowe
¡Al fin libre!
Esa mañana Lucía despertó mucho más temprano de lo normal. Su teléfono había sonado durante toda la madrugada, mensajes tras mensajes; significaba que tendría miles de felicitaciones por su cumpleaños.
Aparentemente sería un buen comienzo en aquel día, tan esperado por ella. Sus dieciochos, su mayoría de edad; su posibilidad de decidir a su padre lo que le gustaría estudiar.
Tomó su celular, se sentó en su cama. Y comenzó a abrir y leer sus mensajes. No eran tantas las personas que se habían recordado de ella. Era su mejor amiga, Vanessa, quien le había enviado más de veinte nensajes.
Mientras los leía, no podía evitar sentir emoción. Vanessa y ella siempre estuvieron juntas en la escuela, en el liceo. Pero desde hacía dos meses no la había vuelto a ver, sino por videos que posteaba en sus redes.
Cuando terminaron la preparatoria. Vanessa logró ser aceptada en la Universidad para estudiar Geología. Lucía por el contrario, aún no había escogido lo que estudiaría. No porque no supiera lo que quería estudiar, sino porque ello, sería un motivo de controversia con su padre. Considerando su carácter autoritario y difícil de convencer.
Escuchó pasos en el pasillo. Secó sus ojos. Colocó el teléfono sobre la mesa. Tocaron:
–¡Pase!– dijo mientras se arreglaba el suéter y se levantaba de la cama.
La puerta se abrió, era Mercedes.
–Señorita, su papá le manda a decir, que baje un momento. La está esperando en el jardín.
–OK Meche, ya bajo.
No quería tener que tocar el tema con su padre, pero todo parecía adelantarse.
Bajo las escaleras. Abrió la puerta. Su padre, se volteó para recibirla con un fuerte abrazo y un beso en la frente:
–¡Mi princesa, ya eres mayor de edad!
Ella sonrió para no parecer ingrata ante la demostración de afecto que su padre le brindaba en aquel momento.
–¡Ven para que veas el obsequio que te tengo! Eso si cierra los ojos.
Ella obedeció, él la tomó por la mano y la condujo hasta el garaje.
–¡Ahora puedes abrirlos!
Ella abrió los ojos y quedó asombrada ante aquel regalo de su padre. Un porche rojo 911 modelo GTS descapotable que siempre había deseado tener.
Se volteó y abrazó a su padre, colgándose de su cuello.
–¡Gracias papito! ¡Wow! Es el mejor regalo del mundo– dijo visiblemente emocionada.
–Me alegra mucho que te haya gustado. Es un regalo muy costoso. Pero lo mereces, más ahora que irás a la universidad.
Aquellas palabras de su padre, ya significaban que aquel regalo tendría un costo superior para ella, sacrificar sus sueños para complacer a su padre. Aún así, disimuló no haber escuchado y le pidió las llaves del auto que su padre, sostenía en la mano.
–¿Puedo probarlo?
–Por supuesto mi princesa.
Él padre, le entregó las llaves y ella subió al auto. Encendió el motor. Ella estaba extasiada en aquel asiento de cuero negro, con olor a nuevo, con olor a aventura, con olor a libertad.
Lo sacó del garaje y lo colocó frente a su casa. Su padre le hizo señas de que bajara del auto. Aún tenía otra sorpresa para ella.
Ella bajó del auto y fue hasta donde estaba su padre.
–¡Hay algo más que quiero obsequiaron!
Sacó un sobre de su chaqueta de capitán de la marina y se lo entregó.
–¡Ábrelo!
Lucía lo abrió y vió que era una tarjeta platinum de crédito por más de 50000 €.
–Es para que la uses durante tus estudios de Ingeniería.
Esta vez no pudo quedarse callada y tubo que detener sus intenciones.
–¡Papá, realmente te agradezco todo esto! Pero no voy a estudiar ingeniería.
–Bueno, puede ser arquitectura mi princesa o biomedicina.
–No papá. No me has entendido. Mi sueño es... ser bailarina.
–¿Qué dices?– dijo sujetándola con fuerza por el brazo y sacudiéndola.
El rostro amable y bondadoso de su padre, se tornó frío y agresivo. –¡Quiero ser bailarina, me entiendes!- respondió en voz alta.
Sólo sintió la bofetada de su padre y sus palabras que hasta ahora le duelen aún más.
–¡No serás una prostituta como tu madre!
Ella lo miró con odio, mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro.
–¡Te odio papá, te odio!– dijo lanzando al piso la tarjeta.
Salió corriendo, subió al auto y encendió el motor.
–Detente Lucía, detente.
Ella no escuchó esta vez la voz, ni las órdenes de su padre. Esra vez no. Realmente estaba cansada de hacer siempre lo que él deseaba que ella hiciera. Durante unos minutos condujo sin pensar a dónde iba, sin rumbo fijo; sólo deseaba estar lejos, lejos de su padre.
Cuando se dió cuenta había salido de la ciudad, estaba en medio de la autopista, no sabía que rumbo seguir, sólo sabía que no regresaría a aquella casa, donde estuvo por más de diez años cautiva, luego de la muerte de su madre.
Ella apenas tendría seis años. No recuerda ni siquiera haber visto su ataúd o haber estado en un cementerio. Sólo sabía que desde ese momento, su padre se encargó de que estuviera en el mejor internado de la ciudad, lejos de su familia.
Durante once años estuvo en aquel colegio, La Coromoto, sometida a doctrinas religiosas muy rígidas y conservadoras. Era como si su padre quisiera mantenerla lo más lejos posible de la perversión y los actos que él consideraba "inmorales".
Cuando por fin logró terminar su último año de bachillerato, pudo salir del claustro en que se encontraba. Desde que salió, Antonio, ya tenía planificada su vida. Durante unos meses recibió clases de manejo, él ya sabía incluso lo que le obsequiará al cumplí su mayoría de edad y donde estudiaría.
Toda, toda su vida estaba planeada por su padre. Y aunque ella lo amaba, no seguiría siendo una marioneta. A medida que avanzaba se sentía más libre y fuera del alcance de su padre.
En plena vía, vió un desvió y se metió por allí, desde ese lugar divisó un gran lago y una lujosa casa frente a él. Le pareció tan hermoso el paisaje que desacelera su auto para verlo y detallarlo con más calma.
Era un lago muy grande, alrededor los árboles lo bordeaban. La casa era grande, con una construcción algo antigua. De pronto sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Aceleró y apocos metros tuvo que detenerse, estaba con poca gasolina y el tronco de un árbol impidía que continuará su camino.
Bajó del auto, se acercó hacia el tronco; era realmente grande tendría un diámetro de por lo menos un metro y más de dos metros de largo.
Pasó por un lado, continuó caminando. Quizás podría encontrar ayuda para salir de allí o por lo menos para saber donde se encontraba.
Caminó por lo menos un kilómetro hasta que pudo ver un puesto de gasolina. Se dirigió hacia allá. Estaba sedienta y tenía algo de hambre. Los dos hombres que atendían el puesto, la observaron con malícia y morbo.
–¡Buenas tardes muñeca!–dijo uno de ellos, mientras él otro le silbaba.
Ella caminó más rápido, sin verles el rostro, rumbo al restaurante. Cuando iba a entrar, se topó con un hombre que venía saliendo del local, era bastante llamativo, tendría algunos treinta años, sus ojos eran de un profundo azul y su mirada aguileña, medía casi dos metros, ella que era alta, apenas alcanzaba llegar a su pecho. El hombre la observó y sonrió de forma pícara. Ella se estremeció nuevamente como lo había hecho minutos atrás frente a la lujosa casa del lago.
Perturbada ante la presencia de aquel hombre, se abrió paso y entró al lugar. Caminó hasta el mostrador pidió un café y un paquete de papas fritas:
–Buenos días, por favor me da un café y un paquete de papas.
La mujer sonrió, le sirvió el café de máquina, tomó un paquete de papas fritas y la colocó sobre el mostrador.
Ella metió las manos en los bolsillos de su sudadera y apenas pudo encontrar algunas monedas. Pagó lo que había pedido.
–Me podría decir, ¿Cómo se llama este lugar? – preguntó a la mujer que acababa de atenderla.
Antes de que está contestara, una mujer de algunos cincuenta años que limpiaba una de las mesas, le contestó:
–El infierno.
"El misterio engendra curiosidad y la curiosidad es la base del deseo humano de comprender."
Neil Armstrong
Las palabras de aquella mujer le parecieron escalofriantes, volteó a mirarla. Esta soltó una carcajada, lo que le hizo presumir que tal vez bromeaba.
–Tranquila querida, es una broma de Felicia– respondió la mujer del mostrador.
–¡Vaya humor negro de la señora!
–Ella es así, pero es muy buena gente– dijo con tono afable
–¿No eres de por acá?– dijo Felicia entrometiéndose en la conversación.
–¡Sí! Soy de acá, sólo que sufro de amnesia– dijo en tono sarcástico.
Isadora rió de forma grotesca. La chica nueva, le había dado una cucharada de su propia medicina.
–Ves lo que te ganas por querer ser siempre chistosa– dijo mientras tosía, aún con la risa ahogada.
–¡No me parece gracioso! Estos cotadinos creen que porque vienen de la ciudad, pueden hablarle a uno como quieren.
Tomó la escoba y subió las escaleras.
–¿Tendrá un teléfono de donde pueda llamar? Mi auto se descompuso a unos metros de acá y debo buscar como remolcado.
–Claro. Allí tienes, puedes llamar.
Lucía tomó el teléfono, le parecía increíble ver aquel artefacto tan viejo, en una época con tanta tecnología digital. Dio vueltas al disco del teléfono para marcar el número de su casa. Solo deseaba que Meche atendiera y no su padre.
–¡Aló! Família Sánchez– respondió la voz femenina.
–¡Hola Meche! Soy yo. Por favor no le digas a papá.
–¡Dios bendito señorita! ¿Dónde está? Su padre anda todo desesperado desde que usted se fue.
–Meche por favor, sólo escucha lo que te voy a decir, no tengo mucho tiempo para hablar.
–Está bien mi niña, dígame.
–No sé dónde estoy, es un pequeño pueblo, pero no pienso regresar a casa. Sólo necesito que sepas que estoy bien. Cuando pueda te vuelvo a llamar. Por favor no le digas nada a mi padre.
–Está bien Lucía, por favor cuídate.
Colgó el auricular del teléfono.
–¡Muchas gracias! ¿Sabe donde queda alguna posada dónde pueda quedarme esta noche y no sea muy costosa?
–Sí se trata de barato, eso está difícil. Pero me has caído bien. Puedo dejar que te quedes en la habitación de arriba. Es mi lugar de descanso.
–Mil gracias. ¿Cómo me dijo que se llamaba?
–Me llamo Isadora, pero puedes llamarme como todos en el pueblo Isa. Es más diré que eres mi sobrina para que mi jefe no se moleste.
–¡Gracias Isa! –respondió emocionada– yo soy Lucía, Lucía López.
–¿Lucía, dijiste? Así se llama este pueblo– respondió sorprendida por aquella rara coincidencia.
–¿Es en serio o bromeas?
–¿Por qué te mentiría?
–No sé me pareció muy raro, sólo eso– dijo encogiéndose de hombros.
–Eres una chica muy linda Lucía para estar sola por estos lugares. ¿Qué edad tienes?
–Justo hoy estoy cumpliendo mis dieciocho.
–¡Oye que bien! Me parece genial. Entonces toma como regalo de mi parte, el hospedaje de esta noche.
–¡No sé cómo agradecerle Isa!
–Digamos que cuando llegué a este pueblo, tendría tu edad y una gente muy buena, me apoyó dándome alojamiento por esa noche y trabajo por una semana, mientras buscaba donde quedarme. Eso nunca lo olvidaré. Esta es mi oportunidad de devolver ese favor, ayudándote a ti.
Lucía le brindó la mejor de sus sonrisas y sus ojos azules brillaron de alegría. Se recostó del mostrador, destapó su paquete de papas fritas, tenía tanta hambre, pero se avergonzaba dd pedirle a Isadora algo de comer. Ya había dado bastante generosa con permitirle quedarse esa noche en aquel lugar.
–¿Ya almorzaste Lucía?– le preguntó Isadora.
–No, la verdad es que ni siquiera he desayunado.
–¡Dios! ¿Por qué no hablas criatura? ¿Acaso no te suenan las tripas?
–Sí, pero no tengo dinero para comprar.
–Bueno, déjame ir a la cocina y buscarte algo. ¿Puedes atender si slguien llega mientras estoy dentro?
–¡Por supuesto!
–Todo tiene su precio, tú sólo cobra y lo colocas dentro de la caja. Aunque hoy no hay mucho movimiento.
Lucía se encogió de hombros, dio la vuelta y se para del lado de adentro. Felicia bajó las escaleras y la miró sorprendida.
–¿Qué haces allí, forastera? ¿Piensas robarle a Isadora?
–¡No, no señora! Ella me pidió que le cuidara el puesto– respondió nerviosa ante la acusación de aquella mujer.
Nuevamente Felicia, soltó la carcajada. Ella respiró profundamente.
–¿Es usted muy graciosa, verdad?
–¡Si te tomas la vida en serio, no vas a llegar a los treinta años, querida!
–¿Usted también vive cerca?
–¡Sí! En el cuarto de atrás– respondió señalando un pasillo.
Lucía no pudo aguantar las ganas de reír, río y Frlicia río junto con ella. Cuando Isadora las vio reír juntas, movió su cabeza de lado a lado. Sabía que el humor negro de Felicia, resultaba siempre un puente para la amistad. Así la conoció ella trienta años atrás y así se convirtió en su mejor amiga.
–¡Ven Lucía, ven a comer!– le dijo mientras colocaba el plato en una de las mesas del restaurante.
El olor de la pasta con salsa boloñesa era exquisito. Lucía sintió que la boca se le hacía agua. Salió detrás del mostrador y se sentó a comer. Realmente no sólo olía exquisito, también sabia a gloria.
–Lucía se quedará esta noche en mi habitación de descanso. Tengo que regresar a la mansión esta noche.
–Está bien, yo estaré pendiente de ella– dijo Felicia.
–Sí alguien la ve, le dices que es mi sobrina que llegó de viaje.
–No te preocupes Isadora. Yo me encargo.
Cuando Lucía terminó de comer, quiso hacer lo que normal hacia en su casa, cepillarse y dar su siesta de la tarde. Pero no estaba en su casa. Ya no.
En ese instante, cayó en cuenta que su vida había cambiado otra siempre.
–Puedes subir, si quieres Lucía, imagino estarás cansada– le comentó Isadora.
Ella asintió con la cabeza. Era como si cada cosa que pensara o sintiera aquella, mujer desconocida lo supiera y le leyera la mente.
–Ven querida, yo te llevo– le propuso Felicia.
Después de todo, la mujer del humor negro, era tan generosa y amable como Isadora. Subió tras ella las escaleras. Felicia abrió la puerta. Ella entró.
–Allí está el baño, puedes usarlo– dijo mientras abría el closet y sacaba una toalla– toma data un baño. Eso te hará sentir mejor. Se nota que lloraste.
–¡Gracias Felicia, eres muy amable!
–También se nota que eres gente fina, hablas hasta bonito.
Lucía sonrió con el comentario.
–Te dejo para que te bañes.
Cuando Felicia salió, ella comenzó a desvestirse. Lucía era una mujer hermosa, su cabello era largo, de un castaño intenso, y sus ojos azules la hacían ver mucho más blanca. Era delgada, pero con un cuerpo escultural. Sus piernas eran gruesas y largas, como las de las bailarinas.
Bailar, ese era su sueño. Todo lo que había hecho, era por lograr su sueño. Abandonar su casa, sus lujos, a su padre; todo eso era por lograr su sueño.
Abrió la regadera, el agua estaba fría, buscó donde ponerla tibia, pero no encontró, sólo tenía una única llave y era la de abrir y cerrar el agua.
Se estremeció por tercera vez en el día. A su mente vino el rostro, la sonrisa y el porte musculoso del hombre con rasgos alemanes.
¿Quién era aquel hombre tan guapo? ¿Sería del pueblo? Tal vez estaba como ella allí, sólo de pasada.
Se secó y colocó la misma ropa. Se recostó en aquella cama pequeña, sintió un alambre que lastimaba su costado. Se levantó y acomodó del otro lado. Se sentía cansada deseaba formar un poco. Pero no dejaba de pensar en el chico rubio, ni en su padre, ni en que haría de ahora en adelante.
Estaba tan acostumbrada a que su padre decidiera todo por ella, estaba tan acostumbrada a los lujos, a la buena comida, a no tener preocupaciones, a dormir hasta tarde, a recibir la comida en la cama, a no tener que preocuparse por ropa, comida, ni dinero. Pero ahora todo era diferente.
La angustia comenzó a apoderarse de su mente. ¿Dios podría soportar tanto? Por momentos pensó en volver a su casa. Pero entonces, todo habría sido en vano. Tendría que pedirle perdón a su padre por pretender hacer realidad sus sueños, a parte de tener que someterse a cumplir todas sus órdenes.
Tampoco estaba dispuesta a eso.
Finalmente se quedó dormida por algunas horas. Despertó casado escuchó que alguien tocaba su puerta. Se levantó y abrió.
–Buenas noches Lucía, Isadora ya se fue. ¿Me acompañas a cenar?
–¡Sí! Déjame lavarme la cara y ya bajo.
–Te espero entonces. No tardes mucho. Mira que el viejo que sale en el pasillo, le gusta salir a esta hora para tomar su café.
Ella la miró asustada. No sabía si se trataba de otra de sus bromas o si está vez hablaba en serio.
–No juegues con eso, por favor.
–No juego, te lo digo en serio.
–Entonces, espérame aquí, sólo me cepillo y bajo contigo.
–¡Vaya que eres miedosa!– dijo y rió al verla preocupada.
Felicia la esperó en la habitación hasta que salió del vaño. Bajaron juntas hasta el comedor de la cocina.
Ya la mesa estaba servida. Tostadas, café con leche, omelette y queso rallado.
Lucía como con mucho apetito. Felicia la observaba, mientras comía.
–¿De dónde vienes Lucía?
–De la capital, vivo en Caracas.
–¿Por qué estás por estos lados? ¿Se nota que eres una joven de buena posición?– le comentó Felicia.
–¿Alguna vez has tenido un sueño?
–¿Uno? Miles, pero son eso, sólo sueños– respondió jocosamente como suele hacerlo.
–Es justo lo que deseo evitar, que mis sueños se queden en mi imaginación. Quiero ser bailarina y mi padre se opone a ello.
–Bueno yo quería ser actriz, pero como no tenía padre, pues, el dinero se opuso a ello.
Nuevamente Lucía no pudo evitar reír con aquel comentario.
–¡No se puede hablar en serio contigo!
–Pues... ¡No!– contestó, soltando su estrepitosa risa.
–Cuando llegué, me topé con un hombre muy guapo, rubio, de ojos muy azules. ¿Quién es él?
El rostro de Felicia cambió bruscamente. Su sonrisa se desvaneció y se quedó pensativa.
"Somos esclavos sólo si dejamos que el destino nos controle. Siempre hay una elección"
Julie Kagawa
Aquel silencio de Felicia es perturbador para Lucía. No entendía por qué ella había cambiado su ánimo, ni mucho menos por qué no le respondía.
–No deberías estar preguntando tanto Lucía. A veces es bueno, no saber mucho porque luego uno queda envuelta en una historia que no le pertenece.
Lo que decía Felicia parecía tener mucha lógica. ¿Mas, que podía ser tan oscuro en aquel hombre, que ella ofrecería no mencionar?
–Realmente creo que puedes tener razón en lo que dices. Pero era simple curiosidad. Una forma de ir conociendo un poco de este lugar. Por ejemplo, hay una casa enorme junto a un lago en la ruta que conduce hasta acá. Quede simplemente maravillada al verla, tanto que tuve que detenerme en mi auto para verificar que no fuese un espejismo.
–¿Tu auto?– preguntó con remilgos Felicia, pues nunca la vio llegar en auto.
Pensó "esta me ve la cara de tonta". Entonces Lucía le contó:
–Vine en auto, pero a pocos metros de acá, encontré un obstáculo y mi carro quedó allí abandonado.
Sacó las llaves de su suéter y se las mostró, podía notar que no le estaba creyendo mucho.
–¡Dios bendito! ¿Dejaste tu carro botado?
–No podía cargarlo y montármelo en el hombro.
Soltó la risa y Felicia no pudo hacer otra cosa que reírse también.
–Aprendes rápido de sarcasmo. Pero si quieres mañana vamos. Supe que días atrás cayó un árbol por el fuerte temporal. Pero eso fue como a un kilómetro de aquí.
–Bueno no tengo como medirlo. Pero me bajé del auto y llegué hasta aquí. Debo recuperarlo, es lo único que tengo. Pues estoy en un lugar que no conozco y sin empleo.
–Apenas acabas de llegar, ya mañana podemos ver que se hace. Por lo pronto, debes recuperar tu carrito.
"Mi carrito, si supiera cuantos miles de dólares hay en él" pensó.
–¿Me cuentas sobre la casa grande del lago?
–Pensé que ya se te había olvidado eso, eres muy curiosa Lucía, muy curiosa. Pero bueno, será.
–¡Ay sí, por fa! Me gustan las historias misteriosas.
–Pero el misterio de esa casa no es de brujas, ni fantasmas. Aunque su dueño, parezca uno.
–¿Su dueño?
–¡Sí, según he oído porque no me consta, es un artista algo excéntrico, como suelen ser los escritores, músico, pintores. Y vive allí con dos personas más. Poco se le ha visto por el pueblo. Yo diría que no sale de allí. Cuando Isadora llegó al pueblo ellos le ofrecieron trabajo y quedarse por un tiempo mientras encontraba un empleo. Pero Isadora, es una tumba. No suelta prenda de lo que sabe.
–¡Ah, OK! Algo de eso me comentó, entonces ella ha entrado a ese lugar.
–Sí, pero como te digo es muy reservada. Ella aún va hasta allá, cuando ellos ya la llaman. Hoy por cierto está allí.
Aquella información era una puerta abierta para Lucía. Luego de cenar, se despidió de Felicia para descansar y pensar como solucionar lo de su auto. Debía recuperarlo. Debía buscar algo que le permitiera sobrevivir. Si algo agradecía era la buena voluntad de Isadora y Felicia, quien al final, resultó ser una mujer muy activa y bonachona.
–¡Qué tengas una excelente noche, Felicia! Voy a descansar.
–Ve muchacha, descansa. Mañana hay que madrugar para ver que podemos hacer para recuperar tu carrito y que puedas conseguir algo por ahí– le respondió mientras se le escapa un bostezo.
–¡Gracias por todo!
Se alejó y subió las escaleras. Al ver el pasillo solo y oscuro recordó el cuento del anciano y corrió hasta la puerta de su cuarto.
Lucía tiene dieciocho años, pero aún resulta inocente en muchas cosas. Digamos que no tiene ese rasgo de maldad que el resto de las personas.
Entra a su habitación, se acuesta en su cama. Hace algo de calor, se quita el suéter y el jeans. Una imagen viene a su mente, el hombre misterioso del que no quiso hablar Felicia. ¿Quién es? ¿Por qué me perturba? Hay algo en él, que me gane sentir que lo conozco. ¿Pero de dónde? Por una extraña razón, el nombre de Victor, aparece en su mente.
Una idea comienza a rondar en su cabeza. Tal vez pueda hacerse pasar como escritora de un periódico, entrevistarlo y lograr que le den algún empleo. Ella fue encargada por cinco años de la editorial del periódico escolar. Aquello era una buena idea, considerando que no sabía cocinar o hacer oficios de la casa.
Si lograba arreglar su auto, podría hacer creer su historia. Sólo necesitaría algo de ropa un poco más sofisticada. Se sentó en la cama y se asomó por la ventana. Afuera había un auto frente a la farmacia que quedaba al lado del restaurant. El hombre se bajó del auto. Era él, el hombre sin nombre con quien se encontró en la mañana.
Era él, aunque estaba oscuro, no podía haber dos iguales. Respiro profundamente. ¿Qué significaba aquel hombre en su vida? Era algo que no había sentido antes. En los internafos religiosos, no suele haber chicos. Aunque estaba apasionada por su profesor de Teología, nunca había sentido tanta atracción por alguien. Ni siquiera había besado a ningún chico, ni sentido unos labios una manos, unos...
Se asustó cuando el hombre salió de la farmacia y miró hacia donde ella estaba, se encontró con su mirada, y se escondió detrás de la cortina. Vió cuando el auto se marchaba.
Regresó a la cama. Sintió cierto calor en su vagina y algunas sensaciones extrañas en su cuerpo. ¿Qué era aquel fuego tan inusual en ella? ¿Por qué se sentía tan perturbada por aquel hombre?
Finalmente se quedó dormida. Cuando amaneció, sintió los rayos del sol, en su ventana. Despertó, frotó sus ojos y se estiró antes de levantarse. Miró su reloj, apenas las seis de la mañana. Le pareció tan increíble estar despierta a esa hora.
Normalmente cuando se está en otro lugar diferente a tu propia casa, sientes algo que te hace reconocer que no vives allí, es como si tu espíritu te alertara y tuvieras que despertar.
Fue hasta el baño, se cepillo, lavó su rostro y se vistió para bajar.
Cuando llegó al salón. Ya Isadora estaba preparando el desayuno. Aquel olor a café era seductor. Caminó hasta la cocina. Tocó la puerta antes de entrar. Isadora volteó y la miró sorprendida.
–¿Qué haces despierta tan temprano Lucía?
–No sé, desperté y decidí levantarme para salir.
–¿Salir a donde criatura?
–Tengo que ver como recupero mi carro?
–¿Tu carro?
–Sí, es que me quedé atrapada donde cayó el árbol dias atrás. Tenía poca gasolina y no conozco el lugar, así que preferí bajarme y caminar hasta acá.
–Pues siéntate para que tomes tu café y luego si quieres, te acompaño .
–¿Harías eso por mí?– respondió visiblemente emocionada.
–Claro, ayer te dije que me recuerdas mucho cuando llegué a este pueblo; tenía tu misma edad y venia llena de ilusiones y sueños. Me gustó tanto el lugar que nunca más quise volver a donde vivía. A diferencia de otros pueblos, la mayoría de las personas que viven aquí son extranjeras y muy preparadas.
–Hablando de eso, Felicia me habló de un artista que vive en la casa del lago. Me ha creado tanta curiosidad conocerle. Incluso me gustaría entrevistarlo para hacer un reportaje de su trabajo.
–¿A quién? ¿A Victor? Él es un poco serio y amistoso. No tiene muchos amigos excepto...
–Excepto...
–Sus dos amigos. Yo he trabajado con ellos, no te lo recomendaría, porque a pesar de ser muy buena gente, también son muy reservados y misteriosos.
–Pues me encantaría conocerlos– respondió mientras se levantaba emocionada para abrazar a Isadora.
–¡Calma niña! Veré que puedo hacer. Como ahora para ver lo dr tu automóvil –dijo mientras le servía unas hot cakes con miel.
Lucía estaba muy alegre con la propuesta de Isadora de ayudarla a entrar en la casa del lago. Ahora sólo necesitaba un buen atuendo para ir hasta allá.
Terminaron de desayunar, eran las siete de la mañana, Isadora cerró el local para regresar una hora después y abrir al horario que le correspondía.
–¡Héctor!– llamó a uno de los chicos de la gasolinera.
Era moreno, alto, de buen parecido, cabello negro y ojos también muy oscuros. Se acercó con una espléndida sonrisa.
–Dime Isadora, ¿para qué me necesitas?– preguntó mientras observaba de pie a cabeza a Lucía.
–Deja de mirar a mi sobrina de esa forma– dijo dándole un manotazo en el antebrazo.
–¿Tu sobrina? Pues parece una muñeca.
Ese comentario la hizo recordar el momento en que llegó y uno de ellos la llamó muñeca.
–¡Sí, es mi sobrina, recién llegó ayer! Pero tiene su carro accidentado ¿Será que nos puedes ayudar?
–Claro, tía suegrita– dijo mientras le guiaba un ojo a Lucía.
Ella se sonrojó con aquel comentario.
–¡Juan, ya regreso!– gritó a su compañero, que en ese momento llenaba el tanque de gasolina de un cliente.
Caminaron hasta el lugar. De ese lado no pasaba auto justamente por el árbol que se había caído, sólo los que iban por gasolina, venían del otro lado y al salir retornaban por la misma ruta.
Mientras iban camino al lugar, Héctor no apartaba su mirada de la hermosa Lucía. Eta poco común ver mujeres tan jóvenes y bonitas en aquel pueblo.
A lo lejos divisaron el auto. El gesto de sorpresa de Isadora y Héctor fue extremadamente evidente.
–¡Wow! ¿Ese es tu carro muñeca?– preguntó Héctor.
–¡Sí!– respondió ella por primera vez.
–Pero es un carro muy costoso Lucía– dijo Isadora mientras se llevaba las manos a la boca.
–Sí, fue el obsequio de mi padre por mí cumpleaños.
–¡Pues te ha de querer mucho tu papá – comentó Héctor aún maravillado, mientras daba la vuelta al carro para verlo por todos lados.
Ella activo el botón para que el techo del vehículo se moviera y lo descubrió para que él revisara si era suficiente lo que quedaba de gasolina y poder llegar hasta la gasolinera.
–¿Me dejas conducirlo? –preguntó casi suplicando Héctor.
–Sí, claro –contestó amablemente.
–¡Chicas a bordo! –gritó él, mientras subía de un salto al carro.
Lucía le cedió el puesto delantero a Isadora y se sentó en el asiento de atrás. El recorrido era bastante corto, algunos cinco minutos de donde estaban. Pero él que no conoce el lugar, puede creer que es lejos o de difícil acceso porque una parte era de tierra y la otra asfaltada.
Al llegar al puesto de gasolina, Juan estaba boquiabierto viendo a su compañero conducir aquel hermoso y ostentoso vehículo.
Juan se acercó al auto, destapó el tanque y colocó la manguera para llenarlo de combustible; ella metió su mano dentro del bolsillo para juntar las monedas y pagar, pero Isadora la detuvo.
–¡Yo pago esta vengadora!– dijo y le guiñó el ojo.
Ella sonrió y pensó "si existen las hadas madrinas, ella sería la mía".
Héctor condujo el auto para estacionarlo frente al restaurant; abrió la puerta de Isadora para que bajara, le hizo una reverencia de cortesía. Isadora bajó y luego Lucía.
–¡Venga esas cinco!– dijo él chocando la mano de ella
Entraron al restaurant. Isadora haló una de las sillas y se sentó.
–Ahora me cuentas ¿Qué haces tú en este pueblo mi niña?
Había tantas cosas que podía decirle u ocultarle. La miró fijamente:
–Me traes un café y te cuento –le pidió a Isadora