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Precio Que Pago Para Libertad

Precio Que Pago Para Libertad

Autor: : Daniela
Género: Moderno
Era el día de mi libertad. Acabábamos de pagar la última cuota de la mezcalería familiar, y al fin, después de años de soportar humillaciones insoportables, era libre. Entonces, la puerta se abrió de golpe y mi jefa, Luciana Salazar, me ordenó salir en medio de una tormenta infernal para conseguir una pomada especial para su amante, Iván, que solo tenía un rasguño. Mi vida se convirtió en un infierno de burlas, agresiones y desprecio; me quemaron, me hirieron, se rieron de mí, y me robaron lo único que me quedaba de mi abuela. Pero el golpe final llegó cuando Iván me apuñaló con un agitador de cócteles, y Luciana, sin dudarlo, me echó de su hacienda, creyendo su mentira y sin darme la oportunidad de explicarme. ¿Cómo era posible que mi dolor y mi sacrificio, todo lo que había aguantado por ella, no valiera nada frente a una mentira tan obvia? Mientras me desangraba, me juré que esta era la última vez que alguien me pisotearía, y que este dolor sería el precio justo por mi verdadera libertad.

Introducción

Era el día de mi libertad. Acabábamos de pagar la última cuota de la mezcalería familiar, y al fin, después de años de soportar humillaciones insoportables, era libre.

Entonces, la puerta se abrió de golpe y mi jefa, Luciana Salazar, me ordenó salir en medio de una tormenta infernal para conseguir una pomada especial para su amante, Iván, que solo tenía un rasguño.

Mi vida se convirtió en un infierno de burlas, agresiones y desprecio; me quemaron, me hirieron, se rieron de mí, y me robaron lo único que me quedaba de mi abuela.

Pero el golpe final llegó cuando Iván me apuñaló con un agitador de cócteles, y Luciana, sin dudarlo, me echó de su hacienda, creyendo su mentira y sin darme la oportunidad de explicarme.

¿Cómo era posible que mi dolor y mi sacrificio, todo lo que había aguantado por ella, no valiera nada frente a una mentira tan obvia?

Mientras me desangraba, me juré que esta era la última vez que alguien me pisotearía, y que este dolor sería el precio justo por mi verdadera libertad.

Capítulo 1

La lluvia golpeaba las ventanas de la hacienda como si quisiera romperlas. Afuera, la noche era una boca negra y rugiente, tragándose el camino de montaña que serpenteaba hacia la ciudad.

Sostenía el teléfono con fuerza, la voz de mi hermana sonaba lejana, casi ahogada por el sonido de la tormenta y el latido de mi propio corazón.

"Máximo, hermano, ¡lo logramos! ¡Pagamos la última cuota! ¡La mezcalería es nuestra otra vez! ¡Papá está llorando de alegría!"

Una sonrisa tiró de mis labios, una sonrisa genuina que no había sentido en años. Libertad. La palabra resonó en mi cabeza, dulce y poderosa.

Justo en ese momento, la puerta de mi habitación se abrió de golpe. Era Luciana Salazar, la heredera del imperio del tequila, mi jefa, mi "pareja". Su rostro, usualmente perfecto, estaba contraído por la impaciencia.

"Máximo, ¿qué haces ahí parado? Iván se lastimó en la estúpida corrida de toros. Necesita una pomada especial, una importada. Está en la farmacia de la ciudad. Ve ahora."

Su nuevo juguete, Iván, un jinete engreído, estaba detrás de ella, haciendo una mueca de dolor exagerada por un simple rasguño en el brazo.

Miré la ventana, la furia de la tormenta. "Luciana, es peligroso. El camino de la montaña..."

"¿Y? ¿Te pago para que me des excusas?" Su voz era fría, cortante. "Muévete. No quiero que mi pobre Iván sufra toda la noche."

Cerré los ojos un segundo. Respiré hondo. Ya no importaba. Era la última vez. Asentí, guardé el teléfono y tomé las llaves de la camioneta. La libertad estaba tan cerca que podía saborearla, más rica que cualquier platillo que hubiera cocinado.

El viaje fue un infierno. La camioneta se deslizaba en el lodo, los árboles se doblaban amenazadoramente y cada relámpago revelaba un abismo al borde del camino. Pero lo logré. Regresé a la hacienda empapado, temblando, pero con la estúpida pomada en la mano.

El sonido de risas me guio hacia la piscina cubierta.

Allí estaban. Luciana e Iván, en el agua, sus cuerpos entrelazados. La ropa de ella flotaba cerca. Se estaban besando, ajenos a todo.

Iván me vio primero. Sonrió, una sonrisa cruel. "¿Ya regresaste, perrito faldero? Tardaste mucho."

Luciana se giró, ni siquiera se molestó en cubrirse. Me miró con desdén, como si yo fuera un mueble más.

"Ah, Máximo. Deja eso en la mesa. Y ya que estás aquí, prepáranos algo de cenar. Estamos hambrientos."

Hizo una pausa, mirando a Iván con una sonrisa cómplice.

"Y Máximo, querido... si Iván quiere, puedes dejarle tu habitación esta noche. Duerme en el cuarto de servicio. Sé un buen anfitrión."

No dije nada. Solo asentí. Fui a la cocina, mis manos temblaban, pero no de frío ni de miedo. Era la vibración de una jaula a punto de romperse. Mientras cortaba las verduras, la sonrisa en mi rostro regresó.

Pronto. Muy pronto, todo esto terminaría.

Capítulo 2

Dos semanas después, organicé una cena para Luciana y su círculo de amigos ricos y aburridos. El aire en el comedor era espeso con el perfume caro y las conversaciones vacías. Yo me movía en silencio, sirviendo los platillos que había diseñado con esmero, platillos que ellos apenas probaban.

Iván, sentado junto a Luciana, me observaba con una sonrisa maliciosa. Cuando me acerqué para servirle la sopa de flor de calabaza, un plato tradicional de mi tierra, Oaxaca, extendió el pie.

Tropecé. La sopera caliente se volcó, y el líquido hirviendo cayó directamente sobre mi antebrazo.

Un dolor agudo me recorrió el brazo. Ahogué un grito, apretando los dientes. La piel se enrojeció al instante, ampollándose.

"¡Oh, Dios mío, Iván! ¡Ten más cuidado!" exclamó Luciana, pero no había preocupación real en su voz. Era una actuación para sus invitados.

Iván se encogió de hombros. "Fue un accidente. El chef es un poco torpe, ¿no?"

Luciana le dio un golpecito juguetón en el brazo. "Pobrecito, te asustaste." Luego se giró hacia mí, su rostro una máscara de fastidio. "Máximo, limpia este desastre. Y no manches la alfombra persa."

Me arrastró a la cocina, no para ayudarme, sino para regañarme. "Arruinaste el ambiente. Ahora ve a curarte eso, pero no tardes. Todavía falta el postre."

Me eché agua fría en el brazo, el dolor era una brasa ardiente. Me envolví la quemadura con una gasa, la mandíbula apretada con tanta fuerza que me dolían los dientes.

Más tarde esa noche, después de que los invitados se fueron, Luciana me llamó a la terraza. Iván estaba allí, bebiendo uno de sus tequilas más caros directamente de la botella.

"Máximo," dijo Luciana, su voz melosa. "Iván quiere ver tu famoso postre flambeado. Anímalo un poco, ha tenido una noche estresante."

Mi brazo palpitaba de dolor. La idea de manejar fuego y sartenes calientes era una locura. "Luciana, mi brazo..."

"No seas dramático," me cortó. "Solo es una pequeña quemadura. Hazlo."

No tenía opción. Monté la estación de flambeo, mis movimientos eran rígidos por el dolor. Calenté la sartén, añadí el licor y lo encendí. La llama azul danzó, hipnótica.

Mientras me concentraba en el postre, Iván se acercó sigilosamente por detrás.

"Ups," dijo, y derramó el resto de la botella de tequila de alta graduación sobre la sartén.

El fuego explotó. Una bola de fuego rugió hacia mí, envolviendo mi cabeza. Grité, cayendo hacia atrás, golpeándome la cara y las manos contra el suelo para apagar las llamas.

El olor a pelo quemado llenó el aire.

Luciana gritó, pero de pánico, no de preocupación por mí. Corrió y me echó encima un sifón de agua con gas, apagando las últimas llamas.

"¡Mierda, Máximo! ¡Mira el desastre que hiciste!"

Entonces Iván gimió. "¡Ay! ¡Me quemé el dedo!"

Al instante, la atención de Luciana se desvió. Corrió hacia él, olvidándome por completo.

"¡Pobrecito! ¿Te duele mucho? Ven, déjame ver."

Lo tomó de la mano y lo llevó adentro, arrullándolo como si fuera un niño.

Me quedé en el suelo de la terraza, solo, con el dolor punzante en el brazo, la cara ardiendo y sin cejas ni parte de mi cabello. El silencio de la noche era ahora mi única compañía.

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