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Predestinados

Predestinados

Autor: : Mariah Cisneros
Género: Romance
El destino, tiene maneras muy diferentes de jugar con los seres humanos. Suele ser cruel, aunque en ocasiones, les muestra su lado amable. El hilo rojo une los destinos de aquellos quienes, sin saberlo, ya estaban destinados incluso antes de su nacimiento. Sin embargo, el destino va mucho más allá de lo que se cree. El amor no solo es pasional, también es fraterno y compasivo y, aunque no nos demos cuenta de ello, todos tenemos la opción de elegir sobre esto. Tu trabajo, querida María José, es cumplir con el destino. Unir una pareja antes de que termine el otoño y cumplir el propósito de los hilos; blanco, tornasol e incluso el negro. Ahora, ¿Por qué no te das prisa? Aun tienes que recorrer el resto de tu nueva escuela.

Capítulo 1 LA TÍA ROSALINDA

La suerte es capaz de jugar contigo de la manera que más le plazca. Te convierte en su títere, su juguete. Y ahí estás, esperando que se apiade de ti para que al fin te ocurra algo bueno. Pero, eso, raramente sucede.

Para una persona que ha pasado la mayor parte de su vida sufriendo de esta clase de suerte, la fe y la esperanza, se vuelven cosas efímeras. ¿Qué caso tiene? Ya conoces el desenlace de todo y hagas lo que hagas, nada de eso cambiará.

María José, era una joven de tan solo diecisiete años, con aspiraciones, sueños y metas que nunca pudieron realizarse. Sus padres murieron en un aparatoso accidente aéreo, del cual, ella había sido la única sobreviviente. A causa de aquel desafortunado hecho, la pequeña que, en aquellos días tenía tan solo cinco años, heredó la nada despreciable, fortuna de sus padres.

Sin embargo, al ser aun una menor de edad, tuvo que pasar a la custodia de su tía paterna, quien era una mujer de clase, fina y elegante que creía que la moral estaba por encima de todo. Su nombre; era Carlota Montoya. Ella se encargó de darle a su pequeña sobrina, la mejor de las educaciones.

Desde muy temprana edad, fue enviada al colegio Santa Clara, el cual era una especie de internado custodiado por monjas católicas. Sobra decir que Carlota, estaba completamente arraigada a las costumbres de sus ancestros, y creía que su sobrina debería de seguir al pie de la letra con los mandatos que, ella creía, eran lo único que podía distinguirla de la sociedad, tan podrida en la que estaba inmersa.

Así pues, María José, o Marijo como la llamaban en la escuela, creció rodeada de estrictas normas que le impedían desde; dormir tarde, ver televisión, vestir ropa que su tía considerara «inapropiada» o simplemente, cortar su cabello arriba de los hombros.

Carlota, era considerada una celebridad entre la comunidad, pues era presidenta y fundadora de una de las casas textiles más importantes de México. Sus diseños eran conocidos en todo el mundo y su buen gusto, era envidiado por cientos de diseñadores quienes competían por estar junto a ella en las listas de popularidad. Debido a esto, María José estuvo desde muy pequeña, acostumbrada a las cámaras y la atención que los medios le brindaban. Sin embargo, esto no le era de ayuda en cuanto a su relación para con otras personas ajenas a su círculo.

No tenía más amigos que el hijo del jardinero del colegio, con quien conversaba a hurtadillas, dado que también tenía prohibido hablar con hombres y mucho menos, con alguien de aquella clase social. El chico, creció prácticamente con ella, por lo que se volvieron muy buenos amigos.

Su nombre, era Diego.

Un chico que era dos años mayor que Marijo, de piel tostada por el sol, alto y de cabello oscuro. Era el único cómplice con el que podía convivir, ya que se encontraba encerrada en aquel sitio de lunes a viernes, rodeada de monjas y de sus compañeras de clase y de dormitorio, con las que nunca se llevó bien. Sus fines de semana los pasaba en la lujosa mansión de su familia, encerrada o practicando violín, no porque fuera de su agrado, sino porque su tía estaba cien por ciento empeñada en que la joven siguiera los pasos que ella no pudo. Sin embargo, la chica odiaba el violín. Su única ambición, era convertirse en una gran bailarina, como lo había sido alguna vez su difunta madre. Pero eso, no estaba bien visto por su tía, quien siempre despreció a su progenitora, por motivos que la chica nunca pudo comprender del todo. Debido a esto, aquel sueño no dio paso para volverse realidad.

Carlota, tenía una visión de su sobrina muy pulcra.

Creía que María José, era una joven educada, culta y con unos modales intachables, y estaba orgullosa de ello. Sin embargo, la chica solo aparentaba serlo frente a ella. En el colegio, todo mundo le temía. Incluso las propias monjas, hacían lo posible por no meterse en su camino. Aprovechaba lo mejor que podía la posición de su tía, y el hecho de que ella era la mayor inversionista que tenía el colegio. Pero, su suerte estaba a nada de terminar, pues estaba por cumplir la mayoría de edad y pronto abandonaría aquel sitio. Estaba segura de que Carlota la llevaría a estudiar al extranjero y eso la aterraba, pues siempre había sido una inútil, y sabía perfectamente que su tía la dejaría sola a su suerte, y su suerte, nunca había sido buena.

Aquella tarde salió del colegio.

Una lujosa limosina la aguardaba a las afueras del lugar. La hermana Fátima y la hermana Teresa la acompañaron hasta la salida. Era el último viernes de junio y hacía un calor horrible. Marijo, avanzaba con paso lento, mientras el resto de las alumnas corrían presurosas, para salir de una vez por todas y regresar a la comodidad de su hogar. Sin embargo, Marijo no tenía ni la más mínima intención de pasar todo su verano en aquella gigantesca casa, rodeada de cientos y cientos de normas estúpidas y clases extenuantes de violín. Así que, continuó avanzando lentamente.

Las monjas cruzaban miradas entre ellas. No tenían más remedio que seguir a la chica. No podían presionarla para que avanzara más rápido, pues temían que la chica lo tomara mal. Pero tenían que llegar rápido dado que a Carlota no le gustaba esperar, por lo que aquellos minutos que tardaron en llegar a la puerta del coche, les parecieron eternos.

──Saben que no me gusta esperar, hermanas ──les dijo una elegante mujer, que llevaba un peinado alto y cientos de joyas exuberantes, mientras las observaba del otro lado del cristal de la ventana del coche. Las mujeres cruzaron miradas entre ellas, temerosas, pues sabían que, aquella elegante dama, las reñiría por su tardanza.

──Ha sido mi culpa, tía ──. Se disculpó María José, haciendo una leve reverencia frente a la mujer─. Me da un poco de nostalgia, saber que no volveré a ver estos hermosos jardines ─las monjas, no podían creer la actitud de la chica, pues falsamente se ilusionaron creyendo que esta trataba de ayudarles, lo cual, era un error. No supieron darse cuenta de las verdaderas intenciones de la chica, que, lejos de ayudarles, más bien les perjudicarían──. Creo que el jardinero ha hecho un excelente trabajo, es una pena que siga teniendo que trabajar solamente para este colegio ──. Agregó la chica, fingiendo una pena que en verdad no sentía.

Carlota la observó con detenimiento, mientras se quitaba una especie de anteojos que llevaba para leer un misal que llevaba consigo en las manos. Puso un poco más de atención alrededor, y fijó su mirada en los hermosos jardines que se encontraban en los terrenos de aquel colegio. Fue entonces, cuando el maquiavélico plan de Marijo surtió efecto.

──Creo que tienes razón. Unos jardines como esos merecen ser apreciados. Hermana Fátima, haga el favor de llamar al encargado, quiero contratar a dicho jardinero.

Aquellas monjas volvieron a cruzar miradas asustadas, mientras Marijo sonreía con malicia. Había conseguido lo que deseaba, pues sí bien, era consciente de que no podría volver a aquel lugar, se negaba rotundamente a dejar atrás a su mejor amigo. Por ello, decidió que podría ayudar a que su tía, quien, dicho sea de paso, siempre había sido una mujer con excelente gusto, contratara los servicios del padre de su amigo, quien era un jardinero magnífico.

──Pe... pero, señora Montoya ──trató de hablar la pobre hermana Fátima, quien cada vez que estaba nerviosa, no hacía más que tartamudear. Marijo se divertía infinitamente haciéndola sufrir cada vez que tenía la oportunidad.

──¡Pero nada, hermana! ¿Por qué no cumple con lo que le ordené? ──la pobre mujer, no tuvo más remedio que dar la vuelta en busca del jardinero. La hermana Teresa por su parte, se quedó a solas con aquellas damas. Eso no le gustaba mucho, pues ambas, tanto la tía como la sobrina, eran en verdad, personas difíciles de tratar──. ¿Cómo le fue a María José en sus clases? ──preguntó de pronto la distinguida mujer, mientras nuevamente se colocaba sus gafas y volvía a su lectura.

La hermana vio a la chica un poco angustiada, mientras esta le sonrió hipócritamente. Sabía muy bien que la hermana, no sería capaz de contarle las cosas que hacía a sus espaldas, pues no le convenia hacerlo. Sin mencionar, que las monjas, no acostumbraban a hablar mal de ninguna de sus alumnas, sin importar que estas, fueran un verdadero dolor de cabeza, como lo era la chica.

──Sabe muy bien que, Marijo, es nuestra mejor alumna, señora Montoya ──respondió, nerviosa.

Aunque esto pareciera difícil de creer, era verdad.

María José era rebelde, respondona, caprichosa, y hacía lo que le venía en gana siempre que la oportunidad se presentaba, pero aun con todo esto, nunca descuidó sus estudios. Tenía una memoria asombrosa y siempre era, la mejor de la clase. Aunque eso no pudiera erradicar en lo absoluto su actitud para con los demás.

──¿Y sus clases de violín? ¿Ha habido algún progreso? ──la monja se quedó muda por un instante. No podía mentir, pero tampoco podía decirle la verdad a la mujer, sin que esta explotara.

──Trato de mejorar todos los días, tía ──dijo la chica, sonando mucho más amable de lo que la monja esperaba──. Y te prometo, que trataré de continuar mejorando.

Carlota volvió a verla mientras se quitaba los anteojos. Sonrió complacida cerrando su libro y acomodando elegantemente las manos sobre este.

──¡Me conmueve tu dedicación, querida! ──le dijo entusiasmada, aunque sin ninguna sonrisa en el rostro──. La hermana Fátima, sí que es lenta. ¡Sube, María José, ¡nos vamos! ──agregó algo irritada──. Hermana Teresa, haga el favor de enviar al jardinero a mi residencia lo más pronto posible, y si es viable, infórmele sobre mi deseo de que labore para mí ──. La monja dio una pequeña reverencia.

──Así lo haré señora.

──Dios la bendiga, hermana ──se despidió Carlota──. Le veré en la ceremonia de graduación.

El coche avanzó, dejando atrás a aquella pobre monja quien, no tardó mucho en entrar de vuelta al colegio y cruzar el patio hacia la vieja capilla, para rezar por el alma de aquella chica, quien pareciera ser descendiente del mismísimo demonio.

Mientras tanto en el interior del coche, Marijo hacia lo posible por postergar su llegada a casa, pues sabía que apenas pusiera un pie ahí, sería muy difícil que pudiera salir.

Había un silencio congelante en el interior del vehículo. La chica no se atrevía a hablar por temor a decir algo que, su tía considerara «inapropiado». Pero tenía que arriesgarse si no quería que su último verano en México fuera un desastre.

──Te tengo una pequeña sorpresa, María José ──dijo de pronto su tía,

«¡Oh no!» ──. Pensó la chica, pues sabía muy bien que las sorpresas de su tía nunca eran nada bueno.

Tal vez serían boletos para otro aburrido concierto de música clásica. O alguna otra clase absurda para entretenerla en el verano. O quizá, la noticia que tanto había temido; enviarla a un colegio extranjero.

──¿De qué se trata, tía? ──preguntó temerosa, haciendo lo posible porque su voz no delatara sus temores.

──Te dejaré elegir tu vestido de graduación ──contestó la mujer, sin apartar su vista del misal que continuaba leyendo.

Tal vez la conmoción había impedido que Marijo escuchara con claridad.

Era imposible que su tía, su estricta y problemática tía, le concediera semejante privilegio. Aun así, trató de que su euforia no fuera muy evidente, pues había aprendido que a su tía le molestaba todo lo que a ella la hiciera feliz.

──Aunque claro, debes seguir ciertas normas ──. Agregó de repente la mujer.

«¡Claro! ¿Por qué no me sorprende?» ──. Pensó la chica para sí, mientras sin querer, torció los ojos.

Carlota levantó la mirada, justo a tiempo para presenciar dicho acto por parte de su sobrina. Cerró de golpe el misal y se quitó las gafas viéndola con enfado.

──¿Qué clase de modales son esos? ¡Mira que hacer semejante mueca frente a tus mayores! ──exclamó molesta, mientras cruzaba las piernas y apartaba el libro de su regazo.

──Lo lamento, tía. No fue mi intensión ──. Se disculpó la chica.

Pero Carlota no era una mujer fácil.

El coche se detuvo frente a una enorme y lujosa mansión, mientras un par de sujetos vestidos con trajes negros, abrieron las puertas del coche y ayudaron a las mujeres a salir de este.

──No he sacrificado todos estos años de mi vida, para brindarte una educación de calidad y que tú no lo aproveches, María José ──continuó reclamando la mujer, sin despegar la vista de su sobrina─. ¡Y hazme el favor de pararte derecha!

──Deberías dejar de ser tan gruñona, Carlita ──dijo una mujer joven que se encontraba recargada sobre la entrada a la casa.

Tenía el cabello largo hasta su cintura, castaño y algo rizado. Volteó hacia las recién llegadas y le sonrió alegremente a Marijo, quien le devolvió la sonrisa.

Había visto a aquella mujer infinidad de veces en las fotografías y postales que esta le enviaba. Aquella mujer era su tía materna. La única hermana de su difunta madre; Rosalinda Mondragón. María José, se moría por conocerla en persona, pues después del accidente de su hermana, Rosalinda se dedicó a viajar por todo el mundo, conociendo culturas distintas y alejándose por varios años de México. Aun así, nunca perdió la oportunidad de comunicarse de una u otra manera con su adorada sobrina.

Se suponía, según la última voluntad de los padres de la chica, que ambas mujeres se encargarían de su custodia, pero el odio que ambas se tenían les impedía convivir juntas. Pues ambas eran demasiado diferentes. Como el día y la noche. La personalidad de cada una se contrariaba con la de la otra, logrando así, que nunca pudieran ponerse de acuerdo en casi nada.

Para Carlota, la llegada de Rosalinda implicaba un gran caos y desorden en su, muy bien estructurado mundo. Pero, para Marijo, en cambio, significaba la venida de tiempos más llevaderos.

Rosalinda, era todo lo contrario a Carlota. Tenía ideales libres y la mente abierta, a diferencia de la rusticidad con la que Carlota procedía siempre. Su llegada, significaba un cambio, eso era más que claro. Y precisamente por esa razón, Carlota no estaba feliz por ello.

María José corrió y le dio un fuerte abrazo, mientras su tía paterna la observaba con desdén. No estaba de acuerdo en que su adorada sobrina conviviera con esa clase de personas, pero era consciente de que, dados los lazos sanguíneos que las unían, no tenía manera de evitarlo. Avanzó lentamente hasta que quedó, solo a unos cuantos pasos de la puerta de entrada.

──¡Andrés! ──exclamó llamando a uno de sus sirvientes que de inmediato apareció frente a ella a la espera de recibir sus órdenes──. Prepara la habitación de huéspedes. Creo que tenemos una inesperada invitada ──. Dijo mientras lanzaba a la mujer la mirada más aterradora que pudo. Rosalinda volteó hacia ella y le sonrió con burla.

──No tienes que molestarte tanto por mí, Carlita. Yo puedo dormir junto a Majo, en su habitación.

──¡ESO SI QUE NO! ──explotó Carlota── ¡No voy a permitir que faltes a la moral de mi hogar! ──Rosalinda rio por lo bajo. Se acercó a la mujer y le palmeó el hombro.

──Cálmate, no es para tanto, solo es una inofensiva broma.

──Creo que diferimos mucho, en cuanto al sentido del humor se refiere ──. Respondió Carlota mientras apartaba la mano de Rosalinda, con asco──. María José, no necesita esa clase de ejemplos. ¿Puedes informarme, cual es la causa por la que has venido?

──Creí que era obvio. He venido por María José ──. Respondió la deslucida mujer.

Los ojos de Carlota se abrieron de tal manera, que poco faltó para que se salieran de su rostro. Volteó hacia la mujer y luego hacia la chica que no sabía con exactitud cómo reaccionar.

──Creo que, he sido, sumamente clara respecto a tu sentido del humor, Rosalinda ──. Dijo lentamente, tratando de sonar, mucho más seria que de costumbre. Rosalinda, emitió una leve sonrisa burlona, mientras bajaba la mirada y se acercaba a la temible mujer.

──Sabes muy bien que no estoy bromeando, Carlita. Marijo, está por cumplir la mayoría de edad, es hora de que se libre de ti.

──¿Librarse de mí? ¿Acaso insinúas que soy una especie de carcelera? ──exclamó Carlota, dolida.

──¡Sí, eso eres! ──replicó Rosalinda, desafiante──. Porque en todos estos años, te la has pasado prohibiéndole cientos de cosas y no le has permitido vivir su vida.

──¿Vivir su vida? ¡No me hagas reír, Rosalinda! Yo me he desvivido por ella mientras que tú, ibas quien sabe dónde a «vivir tu vida» ──reclamó Carlota.

──¡Por favor, Carlota! ¿Ahora tratas de culparme a mí? Te recuerdo que tú me imploraste porque me marchara. Así que no me vengas con reclamos ahora.

Carlota tensó los labios furiosa, mientras se acercaba peligrosamente a la mujer, quien sin ninguna clase de temor le sostuvo la mirada.

──¡Eres igual que tu hermana! ──. Le escupió en la cara con resentimiento. Rosalinda se paró firmemente frente a ella.

──Sí, y estoy muy orgullosa de ello ──. Respondió con voz baja, pero clara.

Carlota estaba por írsele encima cuando María José interfirió entre ambas. Observó a los ojos a su estricta tía, a quien por mucho tiempo consideró su verdugo. Esta le devolvió la mirada y, al hacerlo, la cordura volvió de nueva cuenta a tomar el control de su vida. Estiró el cuerpo y limpió su ropa con las manos, como si se hubiese ensuciado, simplemente por el hecho de hablar con aquella desalineada mujer de apariencia deplorable. La observó con superioridad, cómo si no valiera nada para ella. Como si fuera, una simple vagabunda que iba por una limosna.

Rosalinda por su parte, la vio con una pisca de lástima, pero sobre todo con burla. A ella no le importaban ni sus joyas, ni la clase que decía poseer. Para ella, aquella mujer no era más que un ser superficial, que no veía el verdadero valor de las cosas. La vida burguesa que esa mujer llevaba, no le llamaba la atención, pues le parecía superficial y vana.

Aquellas mujeres, eran sin lugar a duda, dos polos opuestos. Diferentes en tantas formas y similares en otras tantas que no eran capaces de ver. Pero ahora tenían que convivir, aun en contra de su voluntad, por el bien de su sobrina.

Después de una breve introducción, que nada tenía que ver con lo que recientemente había ocurrido, todos pasaron a la gigantesca sala de aquella lujosa mansión. Uno de los empleados del lugar se encargó de llevar el equipaje de la recién llegada.

Las tres mujeres se sentaron frente a una pequeña y lujosa mesa de cristal que se situaba justo al centro de la sala.

──Sabías que este momento tendría que llegar algún día ──. Comentó Rosalinda, mientras le daba un sorbo a su té verde.

Era verdad. Carlota, sabía que, llegado el momento, su adorada sobrina tendría que convivir con aquella mujer, a la que tanto despreciaba. Pero no podía permitir que la alejara de su lado y la convirtiera en una hippie, echando a perder todo su esfuerzo porque, Marijo se convirtiera en una dama de sociedad. Así que, contra toda su voluntad y buen gusto, tuvo que optar por medidas de verdad drásticas.

──No dejaré que te la lleves, pero, puedes quedarte aquí el tiempo que desees ──. Dijo arrastrando las palabras, pues le era sumamente difícil aceptar a ese tipo de personas en su hogar, sobre todo, tratándose de aquella mujer. Rosalinda volvió a sonreír con burla, mientras depositaba su elegante taza de porcelana fina, sobre la mesa.

──¿Serías capaz de aguantarme aquí? ──le preguntó con desdén.

Carlota cerró con fuerza los puños, conteniendo las enormes ganas que tenía por gritar a todo pulmón. Pues, el simple hecho de dormir bajo el mismo techo que aquella mujer, le provocaba náuseas.

──Mientras no te metas conmigo...

──¡Por favor, Carlota! Tú y yo sabemos que eso no pasará ──Carlota estaba a punto de explotar. María José, se puso de pie y tomó a Rosalinda de la mano.

──¿Por qué no dejas que mi tía Rosalinda me acompañe por mi vestido de graduación? ──dijo tratando de cambiar el tema. Aquellas mujeres cruzaron miradas, tratando que su pelea quedara de lado. Rosalinda volteó hacia ella y le despeinó el cabello con cariño.

──¿Tanto has crecido, que ya estás a punto de graduarte? ──le dijo con aprecio──. ¿Dejarás que me haga cargo de esto? ──le preguntó a Carlota, tratando de retarla con la mirada. Sin embargo, la mujer no estaba de humor para tener otra batalla.

──Haz lo que quieras ──. Comentó──. Aunque viendo la facha que traes, dudo que tengas algo de buen gusto ──. Dijo con desprecio.

Rosalinda estaba a punto de replicar, cuando Marijo la sacó casi a rastras del lugar. Su corazón latía con fuerza, pues sabía que, a partir de ese momento, las cosas cambiarían para ella, solo que la pobre chica, aún no imaginaba que tan drástico sería aquel cambio.

Capítulo 2 EL REGALO DE LA ANCIANA

Rosalinda, era lo más cercano que Marijo podría estar de su difunta madre, pues, según Carlota, la mujer era igual a su difunta hermana, lo cual, dicho en palabras de la misma Carlota, era un defecto imperdonable.

Ambas subieron a un lujoso auto color oscuro, siendo custodiadas por un par de guardias y un chofer, quienes ocupaban los asientos delanteros, dejando a ambas hasta el fondo del auto, donde podían platicar cómodamente.

Rosalinda volteó a ver a su sobrina, dándose cuenta de que el tiempo no había transcurrido en vano. La última vez que la había visto, era apenas una niña, y ahora era toda una señorita a punto de entrar a la universidad.

──¿De verdad planeas llevarme contigo? ──preguntó la chica llena de ilusión.

Rosalinda sonrió con entusiasmo, mientras volvía a poner la vista al frente y se frotaba las manos, como una niña pequeña planeando su siguiente travesura.

──Haré algo mucho mejor que eso ──la chica la observó algo confundida.

──Y... ¿puedo saber qué planeas? ──Rosalinda continuaba sonriendo, con la vista al frente, haciendo un esfuerzo enorme porque su emoción no la hiciera arruinar, su muy bien planeada sorpresa.

──Espera, aún no es tiempo ──. Le respondió mordiéndose el labio para evitar hablar de más

El chofer las dejó a las afueras de un inmenso centro comercial, que estaba situado justo en el centro de la ciudad de México. Hacía años que Rosalinda, no habitaba en su país, así que, como se lo había mencionado en varias ocasiones a su sobrina por E-mail, ir de compras a lugares como aquel, dejaron de ser algo común para ella. Si bien era cierto que Carlota le había permitido a su sobrina escoger su vestido de graduación, también era cierto que esta había dejado en claro algunas condiciones para esto. Las cuales, evidentemente, serían ignoradas por Rosalinda, a quien le divertía enormemente ver el rostro colérico de la mujer.

Entraron en el recinto, asombradas por todo lo que podían encontrar. Marijo había vivido toda su vida en la ciudad, pero jamás había entrado a un lugar como ese, por órdenes de su tía Carlota, a quien el contacto con las demás personas, le parecía algo simplemente innecesario. ¿Para qué ir hasta aquel sitio, cuando fácilmente podría hacer que alguno de sus mozos lo hiciera por ella? Además, claro, del hecho de que siendo una de las diseñadoras más importantes del mundo, no tenía ninguna necesidad de salir de casa para poder obtener prendas de la mejor calidad.

Entraron a varias boutiques en busca del anhelado vestido de María José. Pasaron por varios lugares, pero ninguna de las dos lograba decidirse por uno en particular. Ambas tenían estilos muy distintos, y era imposible que lograran ponerse de acuerdo. Sin embargo, Rosalinda sonreía y apoyaba la decisión que su sobrina tomaba. Compró algunos vestidos y ropa que consideró, un poco más «cómoda» para ella, pues conocía muy bien a Carlota y sabía perfectamente bien, cuan estricta podría llegar a ser.

Recorrieron cada tienda que veían a su paso hasta que llegaron a una que parecía estar algo olvidada. Marijo entró, no muy convencida, pues el lugar era atendido por una anciana y, ¿qué puede saber una anciana sobre moda? O al menos eso pensó la chica. Sin embargo, Rosalinda entró como si fuera clienta habitual del lugar y saludó a la anciana, quien solo sonrió e inclinó un poco la cabeza.

──¡Buenas tardes! ──dijo Rosalinda. La anciana no respondió y la mujer no esperó que lo hiciera──. Buscamos algo para mi sobrina. Un vestido que la haga ver como toda una jovencita independiente y audaz. Algo, tal vez en rojo, ¿qué te parece, Marijo? ──dijo dando la vuelta para consultar a la chica, quien estaba algo contrariada.

──El rojo no va con mi tono de piel, tía ──replicó la chica──. ¿Puedo ver los vestidos que tiene disponibles? Bueno, suponiendo que tenga algunos ──dijo a la anciana, mientras ponía los ojos en blanco y cruzaba los brazos.

Estaba fastidiada y algo cansada a causa de su búsqueda. Sin mencionar que estaba convencida de que no encontraría nada decente en aquel sitio.

La mujer salió del mostrador y le indicó que la siguiera. La chica, temerosa, giró hacia su tía, en busca de ayuda, pero esta solo le sonrió invitándola a seguir a aquella mujer.

──¿Qué te parece si te espero en el estacionamiento? ──le dijo con una sonrisa. María José, volteó a verla asustada.

──¿Piensas dejarme sola? ──le preguntó. Rosalinda se le acercó y le tocó el hombro.

──No te preocupes, estaré abajo, con el chofer. Escoge el vestido que más te guste y sal. Te esperaré afuera con una sorpresa ──. La mujer le entregó a la chica un par de tarjetas de crédito, las cuales tomó algo desconfiada.

No creía que una tienda como aquella pudiera recibir tarjetas, pero pensó que esa sería una muy buena excusa para salir de ahí sin comprar nada. La anciana entró detrás de una vieja y desgastada puerta, mientras Marijo la seguía no muy convencida. Sin embargo, apenas cruzó la puerta se quedó pasmada y con la boca abierta. El lugar estaba repleto de hermosos y lujosos vestidos. Largos, cortos, con brillo, lisos, en fin. Del otro lado había una gran variedad de zapatos que hacían juego con algunos de los vestidos.

En ese momento, la chica se arrepintió de inmediato de todas las cosas malas que había pensado antes, aunque, claro, su orgullo era mucho como para demostrarlo. Cruzó los brazos y fingió no estar sorprendida. La anciana le dedicó una leve reverencia y la dejó sola para que pudiera buscar el vestido por su cuenta.

La chica recorrió cada pasillo del lugar, probándose distintos vestidos, pero no quedaba conforme con ninguno. Los vestidos eran de verdad hermosos, pero María José era en extremo caprichosa y no quedaba conforme tan fácil. Salió del probador con un vestido negro, con pequeños diamantes en la parte superior y un ligero vuelo que le llegaba hasta las rodillas. Se vio en el espejo y lo que vio le gustó, pero se sentía demasiado simple. Buscó en uno de los estándares y encontró una hermosa gargantilla de plata, la tomó y la colocó en su cuello. Volvió a ver su reflejo en el espejo y sonrió complacida. Estaba a punto de ir en busca de un par de zapatos, cuando escuchó un ruido del otro lado de la tienda. Giró asustada y a causa de esto, dejó caer uno de los tacones que tenía en la mano, provocando que las personas que estaban del otro lado la escucharan.

──¿Oíste eso? ──se escuchó del otro lado la voz tosca de un hombre.

La chica no tuvo oportunidad de quitarse sus tenis conversse, pues se echó a correr ocultándose detrás de uno de los estantes que se encontraba repleto de ropa. Un par de sujetos entraron con una navaja en la mano, mientras la chica los observaba con cuidado, detrás de unos vestidos.

──Puedo jurar que escuché algo ──. Comentó el tipo, mientras arrojaba un montón de ropa al suelo.

──Tal vez fue solo un ratón ──le dijo su compañero.

──¡Ajá! ──expresó el tipo mientras se inclinaba y recogía del suelo el bolso de la chica, quien, con las prisas se olvidó por completo de este──. ¡Vamos pequeña! Sabemos que estás aquí.

Las piernas le temblaban a la joven, quien no sabía cómo podría salir con vida de esta. Desde muy chica, su tía la hizo que recibiera clases de defensa personal. Y si bien, era buena en ello, la verdad es que nunca imaginó que de verdad pudiera utilizarlas, pues siempre estuvo acompañada de sus guaruras, quienes la custodiaban a veces más de lo necesario.

Sin embargo, en ese momento se encontraba sola. Tenía miedo y su único pensamiento era que tenía que salir de ahí lo más rápido posible. Con mucho cuidado, fue moviéndose hacia la puerta que aquellos tipos habían dejado abierta. Los sujetos continuaban en su búsqueda y eso la ponía de nervios. Cuando al fin logró llegar a la puerta, salió con la misma rapidez con la que lo hizo, pero hubo algo que la hizo detenerse en seco. Sus pies se encontraron con un charco de sangre que provenía del mostrador. Giró levemente hacia un costado y se encontró con la anciana, a la cual habían golpeado demasiado, hasta abrirle la ceja y romperle el labio. Su cara sangraba y la pobre mujer se quejaba en voz baja mientras lloraba. La chica se quedó inmóvil por un instante. No supo si la ira o la lástima, le habían otorgado el valor que le hacía falta. Cerró sus puños al escuchar que aquellos maleantes se acercaban.

──¡Oh! Así que aquí estabas ──le dijo uno de los sujetos apuntándola con su navaja. La chica lo vio con asco.

──Pero viéndolo bien, no está tan mal esto. Podremos salir de aquí con dos motines. Plata para pasarla bien un rato y una bella acompañante ──dijo uno de los tipos, mientras se acercaba a la chica y le acariciaba la mejilla.

María José estaba más que furiosa, pero, aun así, fingió una sonrisa lo que provocó que aquellos sujetos rieran a carcajadas, convencidos de que podrían convencerla de ir con ellos.

──Dime preciosa, ¿te gustaría salir con nosotros?

──Ni muerta ──respondió la chica, haciéndolos enfurecer.

──Eso puede arreglarse ahora mismo ──espetó el tipo más alto, mientras se iba contra ella, tratando de hacerle daño con la navaja.

Sin embargo, la chica fue lo suficientemente rápida como para esquivarlo y sujetarlo de la muñeca, haciéndolo que arrojara el arma. Sin soltarlo, la chica lo vio directo a los ojos y le dio una fuerte patada, ejerciendo suficiente presión sobre la muñeca del hombre hasta que se escuchó un ligero «Crac». El tipo gritó mientras su compañero iba en su ayuda. Pero Marijo giró con rapidez, soltó al tipo y tomó al compañero del cuello arrojándolo al suelo con ayuda de su propio peso. Se colocó frente a la anciana, resguardándola con su pequeño y escuálido cuerpo, mientras ese par de tipos se ponían de pie con dificultad.

Por primera vez, fue capaz de agradecer el haber crecido con una tía tan paranoica como Carlota, pues esta siempre le dijo que llegaría el momento en el que necesitara defenderse sola.

──¡Esto no se va a quedar así! ──amenazó uno de los tipos, justo antes de abandonar el lugar.

María José, se dirigió de inmediato hacia la anciana, que se encontraba recargada junto al mostrador de la tienda. Inexplicablemente, sus heridas estaban mucho mejor que antes y sonreía con aprensión a la chica, quien la veía confundida. La ayudó a ponerse de pie y la sentó en una silla.

──Eres una chica buena, aunque finjas no serlo ──le dijo la anciana con voz clara──. Por eso he decidido darte un obsequio.

──Yo no necesito nada de usted ──replicó la chica, ofendida por el comentario. La anciana le sonrió.

──¡Claro que lo necesitas! ──le dijo, mientras tomaba a la chica de la muñeca izquierda y le colocaba una especie de pulsera de hilo rojo.

La joven no se explicaba, como es que la anciana había hecho para aparecer aquello. Pero lo que más la sorprendió, fue el hecho de que por más que intentaba deshacerse de aquella pulsera, no fue capaz de hacerlo. Aquella pulsera se negaba a alejarse de su muñeca, como si estuviera adherida a ella.

──¡Pero que demon..!

Trató y trató, pero aquella pulsera no cedió.

La anciana se puso de pie, con ayuda de un extraño bastón al que Marijo no había prestado atención antes.

──Escucha ──le dijo con calma──, el día que pierdas esta pulsera, sin que te des cuenta, ese día encontrarás el amor que te está destinado. Ese es el obsequio que tengo para ti ──. La chica levantó la mirada hacia la anciana, y la vio aterrada y molesta.

──¿PERO QUE IDIOTESES DICE? ¡QUITEME ESTA BARATIJA AHORA! ──gritó furiosa, mientras extendía la mano frente a aquella mujer──. Yo no creo en estas tonterías.

──En ese caso ──dijo la anciana──, tendrás que aprenderlo por las malas. El día que pierdas dicha pulsera, volverás aquí.

──¿Por qué tendría que regresar a esta maldita pocilga?

──Porque tendrás miedo y demasiadas preguntas que hacer ──respondió la anciana con calma─. Ahora, ¿por qué no llevas el vestido que está al final del primer pasillo? Estoy segura de que no tendrás ninguna queja de él ──. Agregó mientras apuntaba con su esquelético y deteriorado dedo hacia la puerta de la bodega.

María José se acercó por curiosidad y se encontró con un hermoso vestido blanco. Era corto y tenía cientos de cristales que lo hacían brillar. Era el vestido perfecto para ella. No podía creer que no hubiera sido capaz de haberlo visto antes.

──Tómalo cómo un regalo extra, querida ──le dijo la mujer──. Y ahora corre, que tu tía debe estar desesperada por ti.

Capítulo 3 LA FIESTA DE GRADUACIÓN

Se llegó la noche y María José, era incapaz de conciliar el sueño. Después de llegar del centro comercial, corrió de inmediato a su habitación y trató de quitarse aquella pulsera, pero por más esfuerzo que hizo, esta no cedió.

El recuerdo de lo ocurrido aquel día rondó toda la noche la mente de la chica, ahuyentando todo rastro de sueño e impidiendo que su subconsciente pudiera descansar. Para cuando sus ojos, por fin pudieron cerrarse, el reloj marcaba las cinco de la mañana, lo cual solo la dejó con una deprimente hora de descanso, dado que Carlota acostumbraba a hacerla despertar desde las seis de la mañana.

Una mucama, entró sigilosamente en la habitación de chica y con cuidado quitó la sabana que le cubría el rostro.

──Señorita, es hora de levantarse ──le dijo con voz queda. La chica solo gruñó de mala gana y jaló las sábanas volviendo a cubrirse con estas──. Señorita, por favor, su tía la espera abajo. Recuerde que hoy es su ceremonia de graduación.

La chica despertó de mala gana y se recostó sobre la cama, viendo con profundo rencor a la pobre mucama que no hacía más que cumplir con su trabajo.

──La única razón por la que no te despido, es solo porque ni siquiera sé tú maldito nombre y además que tu patético rostro es tan común y corriente, que bien podría confundirlo con el de alguna otra de ustedes ──le dijo con desprecio. Apenas terminó de hablar, aquella extraña pulsera que aún permanecía en su brazo, le apretó con un poco más de fuerza la muñeca. Era como si la reprimiera por semejante acto por parte suya── ¡lárgate de aquí! ──ordenó a la mucama quien salió cohibida del lugar, mientras hacia una pronunciada reverencia a la chica──. No es mi culpa, yo solo quería dormir un poco ──le dijo a la pulsera, cómo sí esta pudiera escucharla. Giró un poco la cabeza y vio el hermoso vestido que aquella anciana le había obsequiado. Torció la boca con algo de burla y se puso de pie hacia el baño. Se dio una ducha y al salir se encontró con su querida tía Rosalinda, sentada a la orilla de la cama.

──Veo que adoptaste la costumbre de Carlota ──le dijo con amargura──. Menospreciar a las personas solo por el trabajo que poseen, no es algo que a tus padres les gustaría verte hacer.

María José bajó la mirada y se llevó las manos a la espalda, un poco avergonzada.

──Lo siento ──dijo──, es solo que he estado algo estresada.

──¿Estresada? ──expresó la mujer mientras se ponía de pie y se acercaba a su sobrina── puedo comprenderlo, después de todo hoy es el día de tu graduación.

La chica levantó el rostro, un poco azorada. Con todo lo que había ocurrido, olvidó por completo su fiesta de graduación. Volteó y vio de nuevo aquel hermoso vestido que colgaba a un costado. Tragó saliva y vio de reojo la pulsera que aún permanecía en su muñeca. Se llevó la mano sobre esta y levantó el rostro, tratando de volver a su acostumbrada actitud de siempre.

──Elegiste un hermoso vestido ──comentó Rosalinda, mientras volvía a sentarse a la orilla de la cama. Marijo sonrío forzadamente y se sentó junto a ella.

──Ayer dijiste que tenías una sorpresa para mí, ¿de qué se trata? ──Rosalinda sonrío y la tomó de las manos.

──Dime, querida, ¿aun tienes deseos de convertirte en una bailarina, igual que mi hermana? ──le preguntó entusiasmada. La chica abrió los ojos de golpe y sonrío ampliamente.

──¡Claro que sí! ──expresó, momentos antes de entrar en razón y darse cuenta de que ese sueño, era prácticamente inalcanzable──, pero bien sabes que eso no pasará ──dijo mientras soltaba a la mujer y volteaba cabizbaja.

──Eso es lo que tú crees, pero tu querida tía va a cambiar eso ──dijo la mujer con una sonrisa cómplice, la cual, contagio a su pequeña sobrina.

──¿Es verdad lo que me dices, tía?, ¿no estás jugando conmigo?

──Por supuesto que no, yo jamás jugaría contigo mi niña ──respondió la mujer mientras le frotaba la cabeza como si fuera una niña pequeña──. Tendrás más detalles después de la fiesta, por lo pronto debes cambiarte y ponerte aún más hermosa que de costumbre. Te esperaremos abajo.

La mujer salió de la habitación dejando sola a la chica. Esta se vistió y arregló su largo y ondulado cabello. Dudó un poco en sí debería o no, haber puesto un poco de maquillaje en su rostro, pues su tía Carlota podría molestarse por ello y no quería darle motivos para que arruinara su tan anhelado día. Terminó por usar un poco de brillo labial y rimen.

Bajó las escaleras, despacio pues tenía la impresión de que abajo la esperaría su temida tía y la reprimiría usando cualquier excusa. Su sorpresa fue grande al ver que no solo a sus tías, sino también a todos los empleados de aquella enorme mansión, quienes esperaban abajo con grandes carteles con distintas frases de felicitación, aplaudiendo y lanzando serpentinas al aire. Carlota permanecía seria, con ambas manos sobre un finísimo bastón de plata que, en ocasiones acostumbraba a llevar solo como un accesorio más. Vestía un elegante vestido negro, cuyas mangas llegaban hasta sus codos y tenía gruesos y elegantes encajes como en la era victoriana. A menudo acostumbraba a usar esa clase de vestimenta, la cual, según ella, era una de las más bellas en la historia de la moda.

La chica llegó al final de las escaleras y se posó frente a las mujeres con la cabeza baja, a la espera de alguna clase de reprenda por parte de Carlota, quien solo entregó a su sobrina un ramillete con flores rojas.

──Póntelo, se hace tarde ──ordenó secamente mientras daba la vuelta y salía de ahí. Rosalinda le sonrió e imitó a la mujer. María José giró hacia los empleados quienes le sonreían, vio a la mucama que había entrado a su habitación aquella mañana y le sonrió, acercándose a ella. Era consciente de que la forma como le había hablado hace un momento, no era la correcta y debía disculparse por ello.

──Lamento haberte gritado ──le dijo con una sonrisa──, gracias por esto, a todos ─agregó justo antes de dar la vuelta y abandonar aquella enorme vivienda. Apenas puso un pie fuera de la casa, sintió como aquella extraña pulsera dejaba de ejercer presión sobre su muñeca. Por lo que se llevó una mano sobre esta──. Espero que estés contenta ──le dijo a la pulsera, como si esta pudiera escucharla.

Subió al coche y en cuestión de minutos lograron llegar al colegio. Afuera, la madre superior esperaba junto a dos monjas que Marijo solo conocía de vista. Entraron al lugar. Sus tías se quedaron conversando con algunas de las monjas que estaban cerca, mientras la chica se acercaba a una mesa en la que un par de chicas le entregaron una máscara con algunas plumas. Cada uno de los jóvenes usaba una máscara distinta, salvo por algunos adultos y las monjas, quienes obviamente no llevaban más que sus hábitos.

María José avanzó hasta el centro de la pista, dándose cuenta de que sus demás compañeras habían invitado algunos chicos quienes bailaban con ellas. Se sintió tonta, pues ella no tenía a nadie a quien invitar. Aquel era un colegio pura y exclusivamente para mujeres, por lo qué, el hecho de que sus amigas pudieran conseguir pareja para un evento como aquel y ella no hubiera sido capaz de ello, le molestaba sobre manera.

──¿Marijo? ──escuchó que alguien la llamó. Giró y se encontró con un grupo de chicas que venían acompañadas por sus parejas. No podía verles la cara, pero conocía muy bien aquella voz, así que sonrió forzadamente.

──¿Josefina? ──preguntó, fingiendo no conocerla. Aquella chica compartía el dormitorio con Marijo desde que comenzaron en aquel colegio. Desde niñas siempre se llevaron mal. Eran las clásicas rivales que peleaban por todo. Sin embargo, sin importar cuanto se esforzará, Josefina, nunca pudo superar a Marijo, prácticamente en nada.

──¿Cómo supiste que era yo, querida? ──preguntó la chica llevándose una mano al pecho. Marijo sonrió con maldad, pues no era una persona que dejara ir la oportunidad de burlarse de alguien más.

──Fue fácil, querida, no cualquiera se atrevería a usar un vestido barato del tianguis ──dicho esto, dio la vuelta, dispuesta a alejarse de ahí, lo más pronto posible. Le bastaba con saber que había logrado enfurecer a aquella chica, pues a pesar de no poder verle el rostro, la conocía lo suficiente, como para saber que se había puesto roja de coraje. A penas dio la vuelta, sintió nuevamente la presión sobre su muñeca y se llevó la mano sobre esta── ¡déjame en paz, ella se lo buscó! ──dijo casi entre dientes, de tal manera que solo pudo escucharlo ella.

──Al menos no tengo que venir sola. Dime, querida, ¿con quién has venido? ──Marijo se detuvo en seco. Sin querer, le había dado armas a su enemiga. Giró hacia aquel grupo y levantó la cabeza, tratando de demostrar que no tenía miedo. En ese instante alguien le rodeó de los hombros y la acerco hacia sí.

──Ella viene conmigo ──dijo Diego, quien no traía ninguna mascara y llevaba un traje algo raído, junto con unos zapatos viejos. Era evidente que había usado la mejor ropa que tenía para aquel evento, pero aquellas personas no eran capaces de verlo de esa manera. El grupo de chicos se echó a reír escandalosamente, mientras Marijo cerraba los puños con fuerza, lanzando la mirada más envenenada que pudo al chico. Dio la vuelta y salió de ahí con Diego pisándole los talones.

Salió por la puerta trasera y llegó a una especie de capilla abandonada, la cual estaba sucia y olvidada. Las alumnas tenían prohibido entrar ahí, pero obviamente, a María José, eso no le importaba. Se sentó en una de las butacas, sin afectarle que su hermoso vestido blanco se ensuciara, y resistió lo más que pudo por echarse a llorar. Diego llegó y se sentó a su lado, pero al hacerlo la chica se puso de pie, indignada.

──¿Cómo fue qué se te ocurrió hacer semejante estupidez? ──le reclamó con los ojos al borde el llanto. El chico la observaba confundido, sin saber cuál era la causa de su enfado.

──No entiendo, ¿qué fue lo que hice mal?, yo solo trataba de ayudarte.

──¿Ayudarme? ¡acabas de hacerme quedar en ridículo ──expresó la joven más que molesta── ¡ahora todos creerán que salgo con el hijo de un maldito jardinero! ──la pulsera apretó más de lo necesario la muñeca de la chica, pero no le importó. Se llevó una mano a la boca, arrepentida por lo que acababa de decir, pero ya era tarde. Diego la vio con una mirada que Marijo no le conocía. Se mordió el labio y tragó saliva con un poco más de dificultad de la requerida.

──Lamento no ser un niño rico como tú y tus amiguitos. Pero no te preocupes, que no volveré a preocuparme por ti ──le dijo mientras daba la vuelta y abandonaba el lugar. La chica trató de detenerlo, pero tropezó y cayó de rodillas en el suelo, viendo como su amigo se marchaba. Se quedó en esa posición por un rato, tratando de reaccionar y entrar en razón. Sabía que no pasaría mucho tiempo para que sus tías salieran a buscarla y sí no lograban encontrarla, harían un escándalo masivo y lo que menos quería en esos momentos era llamar la atención.

Salió de aquel lugar, mientras trataba de quitarse aquella pulsera que continuaba lastimándole la muñeca.

──Lo siento, lo siento mucho ──le decía con la voz rota, evitando lo más que podía que las lágrimas le ensuciaran el rostro. Era demasiado bueno que llevara puesta aquella mascara, pues de esa manera, nadie se daría cuenta de sus lágrimas. Su vestido se había ensuciado, pero no le importaba. Planeaba llegar a la fiesta y decir a sus tías que se sentía mal. Carlota ordenaría de inmediato que regresaran y eso era lo único que deseaba──. Le pediré que cierre este maldito lugar, y todos se arrepentirán de haberme tratado de esta manera ──decía para sí, consciente que al hacerlo aquella pulsera apretaba aún más su ya de por sí, lastimada muñeca.

──¿Marijo? ──volvieron a llamarla. Estaba harta y fatigada, pero sintió la necesidad de esperar un poco más. Volteó y volvió a encontrarse con aquel grupo de nuevo. Josefina sostenía una especie de copa, la cual le ofreció. Marijo la vio con desconfianza, mientras la chica se quitaba la máscara y le sonreía──. Solo trató de hacer las paces contigo. Es nuestro último día aquí, y nunca fuimos capaces de llevarnos bien ──María José no confiaba en sus palabras, pero estaba deseosa de irse de una buena vez. Tomó la copa y bebió del líquido que esta llevaba, esperando que eso fuera suficiente para poder alejarse de ahí lo más rápido posible. Sintió un extraño sabor, pero como no estaba acostumbrada a beber esa clase de cosas, no le dio importancia. Lo bebió de un solo trago, mientras los demás reían por lo bajo.

Sin saber porque, comenzó a sentirse demasiado mareada y desorientada. La vista comenzó a borrársele y todo comenzó a darle vueltas. Aún era consciente y podía escuchar, pero los sonidos se escuchaban tan distantes, que no era capaz de identificarlos del todo.

──Alexis, sáquenla de aquí y llévenla al frente, vamos a hacer que todos vean la clase de perra que de verdad es ──escuchó a Josefina. Su acompañante se quitó la máscara y la arrojó al suelo acercándosele y tendiéndola en sus brazos. Marijo, trató de defenderse, pero no pudo.

Se sentía demasiado débil y su cuerpo no le respondía. Alexis, acompañado por un par de chicos, la llevaron a la entrada del colegio, dejándola junto a una de las bancas y con el vestido roto y sucio. La ocultaron detrás de unos arbustos, como esperando que solo las personas que salieran del colegio pudieran verla. Sonrieron maliciosamente y salieron corriendo en busca de los demás. La chica se sentía demasiado mareada, pero sabía que corría peligro si se quedaba en ese sitio, así que, con un poco de dificultad, trató de ponerse de pie, apoyándose en la banca que estaba junto a ella. Tropezó varias veces hasta que tuvo éxito. Como pudo bajó por aquellos pequeños escalones, que en esta ocasión le parecieron inmensos e intentó correr por las calles sin dirección alguna. Quiso pedir ayuda, pero su lengua estaba adormecida y no era capaz de emitir palabra. Arrastraba los pies mientras se apoyaba con las paredes de las casas que había sobre la acera. Tropezó varias veces y de nuevo se puso de pie, tratando de huir de algo que no conocía. Las calles parecían desiertas, salvo por algunos perros callejeros que le ladraban a su paso. Llegó a un callejón lleno de basura, donde volvió a tropezar enterrándose un vidrio roto en la pierna. No sintió dolor alguno pero el pánico la invadió al ver como la sangre salía de su cuerpo.

──¡Ayuda! ──imaginó que dijo, pero la verdad es que de su boca no salían más que quejidos y balbuceos. Se acurrucó sobre un montón de basura mientras ponía su mano sobre la herida, a la espera de que la sangre se detuviera.

Un par de sujetos, escucharon los quejidos de la chica y se acercaron al ver la sangre. Su vista estaba completamente nublada. Uno de los sujetos se acercó y la vio con burla mientras le apartaba el cabello del rostro.

──¿Pero qué tenemos aquí? ──dijo con malicia──, si es la misma chiquilla que se atrevió a golpearnos ayer ──dijo mientras levantaba ligeramente la máscara de la joven.

──Y tal parece que esta sólita ──expresó su compañero──, tal vez podamos jugar un poco con ella ──dijo mientras levantaba un poco el vestido de la chica y sobaba la pierna sana de esta. Marijo sintió el contacto de aquel hombre y trató de huir, pero su cuerpo no le respondió. Quiso gritar, pero uno de los sujetos estampó sus labios contra los suyos dándole un beso que casi la hace vomitar. Con la poca fuerza que aún le quedaba, alcanzó a darle un gran mordisco al hombre, quien furioso le dio una fuerte bofetada mandándola al suelo y haciendo que su cabeza golpeara contra el pavimento. Entreabrió los ojos y alcanzó a ver los pies de dos personas. No podía escuchar con claridad, pero se dio cuenta de que peleaban. Sintió algo pesado y caliente cayéndole por la mejilla y se dio cuenta de que sangraba. Volvió a tratar de ponerse de pie, pero su cuerpo se negaba a cooperar. Sus parpados estaban comenzando a sentirse pesados, lo cual hacía que parpadeara cada vez más lento. Alcanzó a ver como uno de los sujetos que la habían atacado caía al suelo, mientras alguien a quien no alcanzaba a distinguir, lo golpeaba con fuerza dejándolo herido. Ambos hombres se pusieron en pie, uno de ellos cojeaba mientras el otro lo ayudaba a andar. De pronto, una mano estaba extendida frente a la chica que aún continuaba tirada en el suelo.

──¿Estás bien? ──escuchó una voz lejana. Levantó un poco la vista y vio un extraño hilo rojo brillar entre la mano de aquella persona. La máscara aún permanecía ocultando su rostro. Con ayuda de aquel desconocido, logró recostarse un poco. No era capaz de distinguir nada más que sombras── ¿Estás bien? ──volvió a escuchar, pero esta vez, sus parpados estaban demasiado pesados y se cerraron antes de que pudiera responder.

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