En la antigüedad reinaron los dioses entronizados en el Olimpo, según la mitología grecorromana estas deidades comandaban desde las alturas a los mortales en la tierra. De ellos se cuentan diversas historias y aventuras extraordinarias. Con el paso del tiempo aquellas divinidades fueron dejando rastros de su linaje por el planeta.
Parte de la descendencia de los dioses fueron híbridos producto de sus frecuentes relaciones con la especie humana, al transcurrir las décadas la divinidad mermó, pero la presencia de icor en la sangre de los herederos los hacía especiales, muy diferentes. Dicha distinción recaía con mayor furor en aquellos que procedían directamente de los dioses primordiales. Tal es el caso de Ares, el espectacular e imponente dios de la guerra, dejando una amplia estirpe en la que destacó Ira, conocida como la princesa oscura por adquirir genéticamente las conocidas tácticas bélicas, aunque de una manera menos invasiva físicamente, aunque eso sí, más persuasiva en formas espirituales.
Cabe destacar que de la descendencia de uno de los dioses primordiales del Olimpo; Ares nacieron dos humanos con particularidades singulares y dones divinos. Estos gemelos son, la princesa Ira, quien desde su gestación ha librado batallas. Ella misma comenta que estando dentro de la matriz de su madre inició la guerra con su compañero de vientre, la soberana tuvo que combatir con su gemelo; el despiadado príncipe Odio, el cual más adelante sería conocido como el príncipe azul. Este semidios siendo un bebé dentro de la panza de su madre siempre intentó acabar con la vida de su hermana. Siendo ambos fetos trató de estrangularla con el cordón umbilical, pero ella pudo zafarse cuando el apretó con fuerza el cordón se movió hasta su frente, fracasando Odio en su intento, le crearía una cicatriz de por vida a su hermana, la cual la oculta tras su capul y corona.
Desde tiempos inmemoriales existieron dioses que comandaban desde las alturas a los seres humanos que residían abajo, acá en la tierra. Las personas debían acatar los criterios de estas deidades inmortales, cuyo torrente sanguíneo estaba abastecido por Icor, un mineral que contribuía a mantenerlos eternos, aunque los eruditos más osados comentaban que aquella sustancia también se encontraba en lo que consumían los dioses en sus banquetes; en la bebida que llamaban néctar, y en la comida de nombre ambrosía, ambas cosas resultaron siendo ciertas y lo que lo evidenciaba era la perdurabilidad de estas entidades. Como toda historia esa también tuvo su final y con la guerra entre los dioses, este conflicto de grandes proporciones, se prolongó entre Ares (el dios de la guerra) contra todos los demás dioses olímpicos, esta contienda se originó debido a que ninguno de los demás dioses le apoyaba a Ares en su odio por la humanidad, en definitiva, Ares concebía un punto de vista extremista. Creciendo más poderoso por la violencia que de la guerra piadosa que había instigado, Ares luchó y mató a todos los otros dioses mientras estos trataban de derribarlo, hasta que solo quedó Zeus. Antes de la batalla con el dios de la guerra, Zeus concibió una hija con Hipólita, reina de las Amazonas, si la misma del cinturón de Hércules, Zeus la embarazó en caso de que perdiera la vida luchando contra Ares. Zeus entonces sin temor alguno se enfrentó a su hijo malvado en combate, venciéndolo y expulsándolo. No obstante, en el proceso Zeus fue herido mortalmente.
Han pasado siglos y siglos después de todas aquellas odiseas que se contaban acerca del origen de los dioses griegos, redactadas en epopeyas de célebres poetas; todas sensacionales, todas increíbles, y aunque suenen fantásticas, si pasaron, al menos en este universo, en esta dimensión y fruto de aquellas bacanales que de vez en cuando sostenían con especímenes humanos, las deidades olímpicas dieron inicio a una estirpe nueva, un mestizaje entre un inmortal y una humana que daría paso a seres parecidos a semidioses, provistos con dones espectaculares y singularidades especiales. Una especie nueva de personas con dotes divinos y sangre mezclada con icor, aunque no poseían la inmortalidad de sus antecesores, si gozaban de una prolongada vida, y aunque algunos se resistían a llevar por mucho tiempo el peso de los años, desestimando así su herencia, tenían una vida como una persona común, eso sí, los dones divinos eran intransferibles e irrevocables. Al transcurrir las décadas la divinidad mermó, pero la presencia de icor en la sangre de los herederos los hacía especiales, muy diferentes. Dicha distinción recaía con mayor furor en aquellos que procedían directamente de los dioses primordiales. Tal es el caso de Ares, el espectacular e imponente dios de la guerra, dejando una amplia estirpe. Producto de una de esas relaciones se originó el linaje posterior de Ares, pasaron años y más años y el linaje se conservaba, una nueva descendencia germinaba dentro del vientre de la heredera del dios de la guerra, Irene, una mujer de treinta y cuatro años, esposa del rey de la ciudad de Atenea; Arquemio, un hombre ilustre que quedó rendido ante la impactante belleza de la legataria de Ares. Arquemio siendo un hombre bien parecido, con cabellos castaños y unos penetrantes ojos azules, enamoró a la heredera divina. No pasó mucho tiempo desde que se conocieron en una de esas travesías que el emprendía a La Rome, una ciudad colindante, cuando le propuso matrimonio justo allí, en esa misma metrópolis y meses después de la pomposa boda, la ya reina en ese entonces, fue fecundada por su rey.
Irene quien estaba embarazada de gemelos, presentaba fuertes dolores una semana antes de cumplirse los ocho meses para que pudiera dar a luz (cabe recalcar que los herederos de los dioses nacían en el octavo mes después de su concepción, a diferencia de los embriones humanos que lo hacen después de los nueve meses o a los siete si algo extraordinario ocurre), dentro del vientre de Irene estaban sus dos gemelos batallando por salir de allí, de los cuales destacaría Ira, quien sería conocida como la princesa oscura por adquirir genéticamente las conocidas tácticas bélicas, aunque de una manera menos invasiva físicamente, aunque más persuasiva en formas espirituales. Estando dentro de la matriz de su madre, inició la guerra con su compañero de vientre, la soberana tuvo que combatir con su gemelo; el despiadado príncipe Odio, el cual más adelante será conocido como el príncipe azul. Este semidiós siendo un bebé dentro de la panza de su madre siempre intentó acabar con la vida de su hermana, siendo ambos fetos trató de estrangularla con el cordón umbilical, pero ella pudo zafarse cuando el apretó con fuerza el cordón se movió hasta su frente, fracasando Odio en su intento, le crearía una cicatriz de por vida a su hermana, la cual más adelante tendría que ocultarla tras su capul y corona, ubicándolas justo allí. Aquella obstinación del príncipe Odio fomentó dentro del vientre de su madre un dolor insoportable, más doloroso incluso que las contracciones. Dado que llegó al punto la reina Irene de desvanecerse inmersa en un desmayo, su esposo, el rey Arquemio, solicitó con suma urgencia la intervención de uno de los médicos a disposición del castillo. El doctor Asclepius, el mejor de todo la zona, incluso sus extraordinarias habilidades eran reconocidas en diferentes y lejanos lugares del globo terráqueo, no por nada estaba a cargo de la estabilidad física y salud de los miembros de la familia real de la ciudad de Atenea.
- ¡Su majestad! - exclamó el galeno al ingresar al palacio, se notaba apresurado y con mucha agitación. - Estoy aquí para atender a su esposa, ¿Dónde se encuentra su majestad la reina Irene?
- Arriba, doctor Asclepius. - contestó visiblemente consternado el rey Arquemio. -¡Vamos, apresúrese! Ella se encuentra en nuestra habitación. - subió con presura las escaleras, indicándole el camino que debía seguir el galeno, aunque ya este conocía con anterioridad el recinto, producto de las incontables veces que había acudido al llamado del mandatario.
La reina Irene, quien además de ser la esposa del rey, muchos la conocían por ser una mujer divinamente hermosa, algunos especulaban que por el icor en su sangre y ser heredera del dios de la guerra; Ares, esta procedía del linaje que se originó a partir de las intimidades que profanaron el lecho de Afrodita y Hefesto, es decir cuando la diosa de la belleza engañó a su marido con Ares, fruto de ese amor nació Cupido, un joven dotado de extraordinaria belleza, e Irene con ese cuerpo de infarto y rostro esculpido con facciones delicadas, revelaba el legado genético de sus ancestros etéreos. La reina lucía esplendorosa, con su piel de textura amelocotonada y coloratura como la de las nubes en un día soleado, sus finos y azabaches cabellos que la rodeaban hasta la parte baja del dorso reflejaban el brillo ante cualquier filtración de luminosidad, sus pómulos pronunciados, su nariz respingada sostenían unos seductores labios carnosos, mientras sus cuencas alojaban un par de obsidianas; sus ojos, sus espectaculares ojos. Esa noche la reina Irene se encontraba en la habitación principal, la que compartía con su esposo el rey Arquemio, esa habitación estaba ubicada en la segunda planta de la edificación, se trataba de un enorme cuarto al final del pasillo que destacaba sobre los demás por la coloratura de sus paredes, delicadamente decoradas con tapiz de tono blanquecino, adornado con pinturas de artistas célebres, instaladas en la pared lateral derecha y también varias plantas ornamentales dispersadas en sitios estratégicos con la intención de otorgar un panorama cálido y natural, eso combinado con el exquisito olor a nardos frescos con un toque de esencia de vainilla lograban el resultado. En el centro de la habitación se hallaba la reina Irene reposando sobre una enorme cama cobijada por una toldilla blanca y llena en su interior por abultadas y confortables almohadas celestes, además de cojines de tonalidades violetas y rosas, pero a pesar de los colorines, el buen gusto, y la vitalidad que se respiraba en la recámara, Irene estaba agarrándose el vientre, se le veía con el semblante desencajado y demasiado pálido, incluso para aquella piel casi que pigmentada de un blanco inmaculado, sudaba a borbotones como si la helada noche causara sobre su organismo un efecto térmico, contrario al ocasionado por los ya conocidos ventarrones huracanados que soplaban de la boca de un Eolo enfurecido por esa época del año. La reina estaba acompañada por dos de sus criadas quienes pasaban sobre su frente trapos que humedecían en una tinaja.
- Su alteza, reina Irene, ¿Cómo se siente? - preguntó el médico apenas ingresó a la recámara, acto seguido, inmediatamente se dirigió a la cama donde la monarca descansaba. - ¿Siente las contracciones?
- ¡Me duele mucho! -contestó la reina, sin dejar de agarrarse el vientre, indicando que justo allí padecía. - me aquejan más que las contracciones, siento que me queman por dentro.
- ¿Es eso natural doctor? - interfirió el rey Arquemio con evidente preocupación, porque a pesar que la reina era quien llevaba a cuestas la herencia del dios de la guerra Ares, él no desconocía que el embarazo en una descendiente duraba ocho meses, nunca menos. - Todavía no se cumple el ciclo a término, ¿La intervención no le traerá complicaciones a Irene y a los bebés?
- Es necesario intervenirla de inmediato, si no es posible que muera tanto ella como los embriones. - respondió el doctor. - He visto con anterioridad casos como este, se trata de los fetos, están intentando matarse dentro del vientre de su madre.
- ¡Haga lo que tenga que hacer Asclepius! - solicitó la soberana cada vez más pálida y menos desodorante, destilaba sudor a cántaros y sus manos conservaban el frío parecido al del ártico. - Haga hasta lo imposible por sacarlos con vida a ellos. Solo deseo que salve a mis hijos.
- ¡Proceda de inmediato Asclepius! - ordenó el mandatario. - ¡Sálvelos a los tres!
- Lo haré. - prometió el médico. - Deben salir todos.
Y así fue, todos los que estaban presentes en la habitación de la reina salieron; el rey Arquemio junto con las dos criadas que la cuidaban. El galeno se quedó solo con la mujer gestante que no paraba de gritar, los dolores se habían intensificado y los gritos desgarradores de ella eran una prueba de ello. Por fuera se escuchaban los horrores narrados de la voz de Irene. La puerta se mantenía cerrada y el rey siendo presa de la angustia al oír aquellos alaridos de la mujer que amaba y la madre de sus hijos, estaba a la espera de buenas noticias, aunque el panorama no era para nada alentador. Pasaron alrededor de cuarenta y ocho minutos cuando el silencio se apoderó del recinto y el pomo de la puerta giró, para darle paso al médico que salía del interior de la habitación.
- ¿Qué sucedió Asclepius? - lo abarcó el nervioso y afanado rey. -Dime que están bien todos, dime que están bien Irene y los niños.
- Su majestad... - murmuró el atemorizado doctor, se tocaba las manos de forma insistente y errática. - Los niños están bien, el varón fue el que atentó contra su hermana, intentando ahorcarla con el cordón umbilical, ella gracias a Zeus logró salvarse rodando el cordón hasta su frente.
- ¿E Irene? - inquirió el rey Arquemio.
- ¡Lo siento mucho! - respondió el galeno Asclepius, tocándose las manos con aún más presura y aún más de forma errática, su frente humedecida por el sudor delataba su evidente nerviosismo y sus ojos brillantes y enrojecidos describían que indiscutiblemente ella se había ido. - Hice todo lo que estuvo al alcance de mis mortales manos, su majestad.
El rey cayó al suelo sobre sus rodillas, se puso las manos en la cabeza mientras las lágrimas emergían de sus ojos y recorrían sus mejillas sin cesar. Se levantó entró a la habitación y allí estaba ella, tan inmaculada, tan impoluta, parecía estar en el más placido de los sueños y en cada uno de sus brazos un niño, Ira del costado derecho, con su frente goteando líquido escarlata, mientras Odio en el izquierdo, sonriendo.
Al nacer los gemelos Irene ascendió al Olimpo, pues ese mismo día murió durante el parto, dejando así a los hermanos a merced de su padre, Arquemio; el rey de la ciudad de Atenea, pero lo que hizo el príncipe Odio no podía pasar desapercibido, y mucho menos quedarse sin castigo, así que Arquemio lo destinó al exilio, enviándolo al otro lado del mundo, en un lugar donde la nieve primaba y el invierno parecía ser eterno. Allí en una enorme cabaña de cristal se refugiaba el príncipe Odio, reinando en aquellos gélidos parajes. Mientras tanto la princesa Ira fue criada por su padre el rey Arquemio, él le enseñó sobre todas y cada una de las artes, incluyendo las marciales, también sobre las buenas costumbres, la cultura, historia y sobre todo la guio en el proceso de conocer y asimilar su don para que lo usara de una manera prudente y sabia, sin dañar a nadie, por su parte Ira desde que supo de su condición hereditaria del dios de la guerra Ares, quiso mantenerse al margen de ello y prefirió guardar su habilidad solo para circunstancias esenciales que lo requirieran con urgencia, ella tenía una cualidad muy especial, el poder de la persuasión y con ese poder adquirido del legado del propio Ares, la princesa Ira se convertía en pieza clave a la hora de guerras y batallas, y por esa razón, desde que se conoció su extraordinaria habilidad, el palacio siempre recibía visitas de emisarios de una gran variedad de naciones, pero la princesa oscura que decía no tener soldados, al igual que Ares, dios griego del cual descendía, su ADN contenía la capacidad de derrocar con solo una mirada, entraba en sus almas para apoderarse de ellas, porque no existe cosa más instigadora que la demagoga ira en el corazón de los hombres. Sus ojos oscuros reflejaban ígneo resplandor que hacía estremecer hasta el espíritu más rígido, pero Ira no dedicaba su vida a infundir tal poder sobre las personas, ella vivía alejada de los suburbios junto con su padre, en el palacio familiar a las afueras de la gran ciudad, hasta la muerte de su progenitor. Él, su padre el rey Arquemio al recibir el diagnostico de una muerte pronosticada, realizó una convocatoria privada para buscarle compañía a su hija, no quería dejarla sola y además le atemorizaba la idea de que su otro hijo, el príncipe Odio, llegase donde ella, estando esta última en estado de vulnerabilidad, el rey no quería ni podía imaginar aquel encuentro que con seguridad terminaría en tragedia, pues él muy bien conocía los alcances de su hijo varón y fue por ello que decidió embarcarse en la búsqueda de conseguirle aliados a su hija, pero no cualquier clase de aliados, el rey deseaba para su heredera más que compañeros de lucha, seres con los cuales pudiera tener un vínculo duradero más allá de apoyo en las contiendas, así fue que llegó a buscar a aquellos seres en lugares igual de especiales; en orfanatos.
A las afueras de la gran ciudad de Atenea, ubicado en la desolación de camino a la floresta, casi que colindando con la otra gran ciudad; la extravagante La Rome, se erigía una edificación de tres pisos, cuya estructura en detrimento traducía el devastador paso del tiempo impactando inmisericorde sobre su armadura. Justo en frente del orfanato se detuvo el carruaje real que transportaba en su interior al soberano de Atenea junto con su consejero, el ilustre Cyrus, quien era además de su caballero de confianza, también su gran amigo, el más cercano.
Arquemio y Cyrus ingresaron al recinto, notando el primero, que las condiciones para los infantes no eran las más idóneas y acordándose de que tenía dos hijos, se imaginó al príncipe Odio y a la princesa Ira, su sedicioso hijo varón, y a su adorada princesa soportando aquella precaria situación, y no prevalecía su hija por ser la más querida por él, pues a pesar de todos los despropósitos en los que contribuyó el príncipe, su padre lo seguía amando de igual forma como a su hija Ira, se podría decir que el amor que el rey sentía por sus vástagos era realmente indeleble e inamovible, aunque no lo profesara a los cuatro vientos.
Arquemio conocido por tener un carácter fuerte y templanza de acero como la del esqueleto de metal que recubría los morteros en ese viejo edificio, contenía dentro de las más abisales profundidades de su ser una ternura que haría sonrojar hasta al más rígido e impenetrable de los espíritus, y ese amor tan inconmensurable que sentía por sus hijos, fue lo que lo mantuvo de pie, el nunca se imaginó, siquiera por un instante la vida sin el gran amor de la suya; su reina, su todo, tras su muerte él estaba realmente destrozado, una parte dentro de sí se desvaneció por completo, como si le hubiesen tratado de arrancar el corazón de un tirón y solo haberse podido llevar la mitad, ¿Y la otra dónde se suponía que estaba? Si, él lo sabía, esa otra parte de su órgano vital reposaba bajo tierra junto con el de su amada. Cada noche el rey recordaba una y otra vez aquella frase de Alphonse de Lamartine; "A menudo el sepulcro encierra sin saberlo, dos corazones en un solo ataúd ", y si en esa fina caja mortuoria, delineada en los bordes con una delicada capa de oro y adornada encima con rosas blancas y nardos frescos, en ese majestuoso ataúd yacían un corazón y medio.
- Rey Arquemio. - musitó Cyrus sacándolo así de su letargo. - Ya podemos pasar con la anfitriona, ¿Se encuentra usted bien?
- Estoy completamente bien. - Contestó el monarca. - ¡Entremos de una vez!
- Como usted diga.
Avanzaron hacia adentro unos diez pasos y dieron diagonal con la oficina de la madre superiora, quien dirigía y gestionaba los procesos de adopción en el hospicio. No tuvieron ni que tocar la puerta cuando de improviso esta se abrió de par en par para dejarlos ingresar. La misma madre superiora Agnes Burns, quien seguramente había sido alertada por el guardia de turno acerca de los honorables visitantes, se levantó de su asiento para recibirlos. La devota mujer vestía el tradicional hábito, recubriendo su cabeza con la toca blanca y velo de color negro. Aparentaba unos ochenta años de edad, los pliegues en sus mejillas y los surcos en su frente relataban la noción.
- Su alteza, es un placer tenerle de visita por estos humildes predios. -Exclamó la madre superiora, haciendo una pequeña reverencia. - ¿En qué le puedo ayudar? Espero no le parezca una osadía mi insinuación. Parezco orate, ¿Qué va a precisar el rey de una simple monja?
- Déjese de elogios y eufemismos, Agnes. -replicó él. -El asunto que me trae hasta aquí es de relevancia magna. Los comentarios sugieren que bajo esta entidad se encuentran amparados cuatro hermanos, unos cuatrillizos para dar a mis palabras mayor exactitud, ¿Es eso cierto?
- Le aconsejo que su respuesta prosiga bañada en absoluta honestidad. - solicitó Cyrus.
- ¡Ah, los prodigios! -contestó Burns. - Si, bajo la protección del orfanato se cobija el cuarteto.
- Es indispensable su presencia en esta oficina, en el menor de los tiempos. - ordenó el rey.
- ¡De inmediato! -acató Agnes Burns.
No transcurrió demasiado tiempo cuando se presentaron los cuatro niños a la oficina de la madre superiora, el cuarteto como ella los llamaba, vestían pantalones de mezclilla con la tela un poco rasgada, camisa roja a cuadros con el color desgastado por las reiteradas lavadas y zapatos de charol con algunos rotos que dejaban asomar uno que otro dedo. La aparición sugirió unos leñadores en versión infantil, o al menos eso se le vino a la cabeza al rey. Los cuatrillizos simulaban tener unos seis años, pero en realidad tenían ocho en ese entonces, sus caras contaban con ese toque angelical que poseían aquellos tocados por el Icor, el rey lo sabía, con anterioridad investigó sobre los vestigios de una posible existencia de legatarios originados a partir de las musas y el dios Apolo, incluso se rumoraba que su madre los dio a luz en las aguas que pisó el caballo Pegaso y que, por consiguiente, convirtió en la renombrada fuente de inspiración. Los niños compartían similitudes y distinciones a la vez; mientras que Cyril tenía piel blanca, ojos color verde aceituna y cabellos dorados, Saxo poseía cabellos marrones casi cobrizos y ojos grises. Bastián, color de cabello rubio plata, casi blanco y ojos pardos. Giordano, cabello negro azabache y ojos azules con destellos amatista. La combinación de su singularidad y semejanza los hacía pluralmente únicos.
- ¿Así que ustedes son los famosos prodigios? -les preguntó el rey mientras tocaba los rojizos y despeinados cabellos de Saxo.
- Depende quien lo pregunte, señor. - respondió Giordano, con sus ojos tan azules y brillantes, abiertos como platos.
- Si, ¿Quién es usted? -Exclamó Cyril, el más intrépido de los cuatro miraba de arriba abajo a los dos hombres reales, sin advertir en lo más mínimo de jerarquías porque para el pequeño Cyril todos éramos iguales y no había porque bajar la cabeza ante ninguno, ni hacérsela bajar a los demás.
- ¿Qué busca de nosotros? - objetó Saxo con la mirada ausente que siempre le caracterizaba.
- Déjenlo hablar. -pidió Bastián, el más apacible de los cuatro.
- Es verdad, chicos. -intervino Cyrus. - Cuando se formulan demasiados interrogantes, se corre el riesgo de obtener respuestas a medias tintas. Permitan que el rey les exprese lo que solicita de ustedes, antes de seguir rodando por espirales de dudas.
- Si, antes mejor resuelvan las mías, bueno una sola incógnita que me ronda en la cabeza. - expresó el rey, mirando a cada uno de los cuatro prodigios, como un faro que gira y escanea su entorno, así se sintieron los pequeños, escaneados por el rey. - ¿Puedo pedirles que se presenten, diciéndome sus nombres y sus especialidades?
- ¡Por supuesto! -asintió Bastián, el prodigio con color de cabello rubio plata, casi blanco y ojos pardos en sus cuencas. - Mi nombre es Bastián, fui el primero en emerger del vientre de nuestra madre y el primero en bañarse en la fuente, se me otorgó el don de las artes escénicas, el mismo dios Dioniso así lo quiso, y también se me fue concedida mediante la musa Calíope la habilidad para interpretar y redactar textos.
- ¡Grandioso! - profirió el soberano. - Espero verte prontamente en acción.
- Si quiere le muestro ahora mismo.
- ¿Seguro?
- ¡Claro!
- Pues adelante.
- "Ser, o no ser, ésa es la cuestión. -agarró con su mano derecha una pequeña maceta que reposaba en el escritorio de Agnes. - ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios?"
- ¡Vaya! Excelente representación teatral de las letras del británico. -alabó el rey.
- ¡Gracias! - hizo una cortesía.
- ¿Quién sigue? - preguntó el rey.
- Yo, a mí me bautizaron con el nombre de Saxo. - siguió el prodigio de cabellos marrones casi cobrizos y ojos grises. - Gracias a la musa Euterpe, se me fue otorgada la inspiración musical, puedo aprender a tocar cualquier instrumento, e incluso mi voz es uno de ellos, a mi corta edad ya soy tenor. Le puedo hacer una demostración si desea.
- ¡Adelante! -dijo el rey.
- Una pequeña estrofa. - se aclaró la garganta y sostuvo sus manos sobre su propio vientre. - "La donna è mobile qual piuma al vento Muta d'accento e di pensiero Sempre un amabile leggiadro viso In pianto o in riso, è menzognero La donna è mobile qual piuma al vento Muta d'acc-ento e di pensier, e di pensier E, e di pensier".
- ¡Esplendido! - aclamó el rey, aplaudiendo. - En verdad lo eres, eres un tenor y de los mejores que he escuchado.
- ¡Muchas gracias, señor!
- "Su majestad". -corrigió Agnes Burns. - Es el rey, más respeto con la jerarquía, Saxo.
- Disculpe, su majestad. -apenado, bajó la mirada Saxo.
- No, no, nada de que disculparse, ¿Cierto, señorita Agnes? -le lanzó una mirada fulminante el rey a la antipática madre superiora.
- Ciertamente, su alteza. Prosigan niños, no hagan esperar al rey.
- No sea impaciente Agnes. Yo disfruto la espera, además los artistas deben prepararse con anticipación, así que iré a sus tiempos. Ahora si prosigan.
- Mi nombre es Cyril. -pronunció el tercero de los hermanos, el prodigio de ojos color verde aceituna y cabellos dorados. - Y pues, soy bailarín.
- Correcto...-el rey seguía esperando.
- ¡Ah! ¿Requiere que me explaye en la explicación de mi don, además de una elaborada demostración gráfica? -le brillaron los ojos a Cyril.
- Pues sí, el rey y los demás presentes. -respondió Cyrus, alzando ambas cejas. -Queremos verlos en acción a todos y cada uno de ustedes, que deleiten al rey Arquemio con sus proezas en las artes y supongo que tú no querrás ser la excepción, ¿o sí?
- Por supuesto que quiero hacer mi demostración, mis dotes en la danza y en el canto coral fueron un obsequio de la musa Terpsícore. - los ojos a Cyril se le veían aún más brillantes. -¡Música por favor!
Los otros tres hermanos restantes del cuarteto se quedaron mirando entre ellos. Cyrus sacó un pequeño dispositivo que llevaba en el bolsillo de su gabardina, dispositivo parecido a un radio de mano, acto seguido lo encendió y de su diminuto parlante surgieron notas musicales, desde su interior sonaban las cuatro estaciones del violín de Vivaldi. De inmediato Cyril el prodigio de la danza y el canto coral, comenzó su interpretación de la famosa canción con espectaculares y prolijos pasos de ballet mientras coreaba palabras en latín. Todos los presentes, incluidos sus tres hermanos quedaron absortos y fascinados con la exactitud y cronometría con que se movía el prodigio.
- ¡Exquisita exposición de la herencia de Terpsícore! -alabó el rey Arquemio. - Gracias por deleitarnos con la sutileza de tus pasos y tu voz.
- ¡Gracias a usted y todos por mirarme!
- Y admirarte. -concluyó Giordano, mientras esbozaba una de sus esas afables sonrisas que solo él sabía brindar con tanta facilidad. Era evidente que los hermanos se admiraban los unos a los otros, esa fraternidad los unía para siempre, aunque tuvieran especialidades distintas.
- Y ahora sigues tú. -miró el rey a Giordano.
- ¿Me espera su majestad un momento? -preguntó Giordano, el prodigio con cabello negro azabache y ojos azules con destellos amatista.
- Claro que sí.
- Ya regreso.
El niño corrió hacia las escaleras que servían de puente para ascender a la segunda planta del edificio, no transcurrió demasiado tiempo cuando volvió a descender de la escalinata, trayendo consigo unas hojas en sus manos, se las enseño al rey y la cara de estupefacción del mandatario corroboraba la intensidad del talento que adquirió el muchacho, los colores, el buen uso de las tonalidades, las formas, el sombreado, los claroscuros, las pinceladas justas, la complejidad de cada boceto, todo demostraba la dedicación y el don innato que tenían sus manos para la pintura.
- ¡Genialidad! -gritó el rey Arquemio. - Esa es la palabra que abarca la dimensión excelsa de tus obras.
- ¡Muchas gracias! - expresó el niño con los cabellos tan negros como la noche y la mirada tan profunda como el mar que asemejaba. - Por cierto, mi nombre es Giordano, y fui el último en emerger del vientre de mamá, y aunque fui el último en nadar en la fuente de la inspiración, todos tenemos las mismas capacidades, aunque en diferentes artes. A mí se me confirió el don de la pintura.
- Gracias a ti y a todos por sus demostraciones. -insistió el rey.
- ¿Ahora si nos dirá a que vino? -saltó la pregunta de la boca de Cyril.
- Si, ya díganos, por favor. -siguió Saxo.
- Estamos esperando que aclare nuestra duda. -prosiguió Bastián.
- Diga algo por favor. -culminó Giordano.
- Niños, niños, dejen las ansias a un lado. - concretó el rey Arquemio. - Me encuentro en este lugar, frente a ustedes para exponerles mi intención de llevarlos conmigo, a mi castillo. He venido a adoptarlos.
Los cuatro hermanos quedaron atónitos ante la sentencia del jerarca, sentimientos revueltos revoloteaban dentro de sus estómagos como mariposas aleteando con todas sus fuerzas con la esperanza de poder salir, quizá un harakiri sería una opción para que por fin emergieran los lepidópteros, pero, ¿y para los hermanos? ¿Tendrían realmente una opción los cuatrillizos? Ellos sabían que no, no tenían alternativa y les agradaba la idea. El orfanato no era precisamente un centro de buena acogida, pues desde su llegada conocieron el falso altruismo en el interior de sus muros, detrás de la supuesta filantropía de Agnes Burns, se escondían intereses ocultos. La bondadosa madre superiora no hacía otra cosa que malversar los recursos de los contribuyentes para beneficio propio, algunos especulaban que tramitaba una doble contabilidad con tal de que sus irregularidades pasaran desapercibidas, y ni hablar de la áspera forma con que trataba a los infantes que cobijaba el orfanato.
- ¡Estupendo! - vociferó Cyril, sin poder contener la emoción. - ¿Cuándo nos vamos?
- ¡Por Zeus, Cyril! - Bastián blanqueó los ojos. - Espera un poco para tus exageradas demostraciones de júbilo
- No seas tan amargado hermanito. Hoy es un día para celebrar, para alegría y jolgorio.
- Cualquiera que te escuchara, pensaría que no les dimos buen trato Cyril. -se entrometió Agnes Burns, mirando al pequeño prodigio con total desprecio. - Harás que el rey se lleve una mala imagen del hospicio.
- No he dicho eso, lo ha dicho usted. -Cyril la miró desafiante.
- Ya, ya, cálmense todos. - intervino Cyrus. - Respecto a la pregunta sobre cuando los llevaremos a palacio, la respuesta es: de inmediato, dicho esto, es momento de que vayan a recoger sus cosas.
Los cuatro hermanos se miraron, sonrieron y salieron con la celeridad de las hojas secas de otoño arrastradas por el viento.
Habiendo encontrado a los cuatro prodigiosos hermanos en el orfanato que dirigía la no muy santa madre superiora Agnes Burns, el rey Arquemio se dispuso llevar sus pasos al escalón siguiente, acompañado de su inseparable amigo Cyrus, se aventuró a seguir una corazonada. Con anterioridad se le había revelado la existencia de dos niñas, cada una ubicada en un centro diferente, en distintos puntos; una en la ciudad de Atenea, mientras la otra en La Rome.
Se trataba de dos pequeñas que al igual que sus hijos, perdieron a sus madres al nacer y el destino las colocó a ambas en hospicios gubernamentales, cada una con seis años de edad, solo dos más que sus herederos.
Llegaron a la primera parada de la travesía, en el orfanato ubicado muy cerca al centro histórico de Atenea se encontraba Nicolasa, la pequeña de seis años que descendía del linaje directo de Nyx, la diosa de la noche y aunque el rey y su consejero conocían de antemano la inestabilidad de dicha deidad, tampoco podían lanzar prejuicios al azar solo porque la niña llevara el legado de la noche en su sangre. De lo que se sabía de la diosa, basándose en la Teogonía de Hesíodo, Nyx es la diosa griega de la noche y la hija del caos. Se le dijo que fuera muy hermosa. Su lugar de nacimiento no fue en la Tierra sino en Gaia. Ella es una Diosa Primordial. Se dice que fue creada cerca del principio de los tiempos. Su hogar está en las profundidades del inframundo de Hades. Tiene una figura sombría, lo que la convierte en la personificación perfecta de la noche. En el arte antiguo, Nyx fue dibujada de tres maneras diferentes. O bien estaba alada, o bien coronada con una aureola de nieblas oscuras. Con este fin, Nyx era considerada la hija de la diosa Caos, la primera de todas las deidades. Nyx se convertiría efectivamente en la diosa de la Noche, y fue representada una hermosa mujer, vestida de negro, rodeada de niebla, y a menudo en compañía de algunos de sus numerosos hijos, esta diosa de la noche, era uno de los dioses primordiales, que emergió como el amanecer de la creación. Siendo hija de Caos y, junto con Erebos que era la oscuridad, produjo Aither y Hemera que era el día. Pero solo ella, Nyx, engendró una camada de espíritus oscuros, incluyendo los tres destinos, el sueño, la muerte, la lucha y el dolor. Específicamente, era una antigua deidad que, por lo general, se consideraba la esencia misma de la noche: un velo de nieblas oscuras arrastradas por el cielo para oscurecer la luz de Aither, el azul brillante del cielo.
No obstante, se cuenta que la diosa de la noche Nyx residía en las profundidades del tártaro, en los oscuros recovecos del Inframundo, y se decía que el aire oscuro y nebuloso que giraba alrededor del tártaro era el Erebus. Muchas de las otras deidades oscuras de la Antigua Grecia también residían allí. Cada noche salía de su cueva dentro del tártaro, y de la mano de Erebus, bloqueaba la luz emitida por Aether, trayendo la noche y la oscuridad al mundo. A la mañana siguiente, Hemera saldría del tártaro y barrería la oscuridad de la noche, y Nyx regresaría a su morada. Así que madre e hija nunca estuvieron en el mismo lugar al mismo tiempo.
Con todo ese conocimiento previo acerca de la marca ancestral de Nicolasa, en lugar de temer que quizá aquella naturaleza hostil sembrara huella en su tataratatara... nieta, el rey Arquemio vio en la circunstancia una oportunidad, no era un secreto que sus días estaban contados, como tampoco lo era que no quería dejar completamente sola a su hija, y aunque Cyrus de la forma más desinteresada le prometió cuidarlas, ambos sabían que ninguno de los dos estaban en la plena flor de la juventud y que además con la amenaza que representaba el príncipe Odio, la princesa Ira necesitaba un pequeño ejército que no solo le sirviera de compañía, sino que le proporcionara ayuda en caso de un eventual ataque de su hermano. Nicolasa podría ser clave, una extraña habilidad se le fue otorgada; siendo capaz la heredera de la diosa de la noche, de enceguecer por un tiempo a aquel que se interpusiera en su camino.
En la mente del rey Arquemio, los pensamientos recorrían incesantes como un río en plena época de lluvias, desbordándose en un mar de dudas que sugerían muchas más, pero ya el medio locomotor donde se transportaba él y su amigo y consejero Cyrus, se había detenido. Era hora de bajarse. Llegaron y el edifico algo rustico se erigía dentro de una sucesión de edificios similares. Contrario al proceso que vivió en el orfanato que regía Agnes Burns, el rey prefirió cuidarse en salud y envió previamente a Cyrus para que se hiciera cargo de la tramitación, ya todo estaba listo y a disposición del mandatario, así que solo iría a recoger a la niña. Y justo así sucedió, ya avisados de antemano los primos que monitoreaban ese hospicio; Romeo y Romelio, tenían a Nicolasa en la sala de espera, expectante a que su nuevo destino fuera a recogerla.
- Buenas tardes, su majestad. -dijeron al unísono los primos.
- Buenas tardes. -contestó el rey. -¿Es ella? -preguntó mientras señalaba con la vista a una de las dos niñas que estaban sentadas en el banquillo lateral, una era pelirroja, de ojos azules ocultos detrás de unos lentes oscuros y piel blanca casi inmaculada excepto por unas pecas que adornaban su rostro. La otra niña era de piel morena, ojos color miel y de castaño cabello frondoso y ondulado.
- De hecho, son ambas. -confesó Cyrus. -solicité con antelación en el hospicio de La Rome que enviaran a Melancolía acá, para agilizar las cosas.
Melancolía, la niña pelirroja, provenía del linaje de Ezis, una antigua deidad que personificaba la aflicción, angustia y sufrimiento. Sin embargo, el poder de Melancolía no era inferior a comparación con el de Nicolasa, pues ella tenía la capacidad de ocasionar las tormentas o calmar con su llanto las tempestades, además de transferir lágrimas, dolor y sufrimiento.
- ¿No se opusieron? -especuló el rey.
- Aceptaron sin reparo. Podría decir hasta que se les notaba dichosos.
- Fue un acierto de tu parte, Cyrus. Te lo agradezco infinitamente.
- Fue con el mayor de los gustos, además de sobra conozco la celeridad que requieres.
- Bueno, ya que todo está en orden, puede proceder, su majestad a llevarse a las infantas. -afirmó Romeo, uno de los dos primos que dirigían el lugar.
- Así será. -confirmó el rey.
El rey Arquemio y su consejero Cyrus salieron del lugar con las dos niñas, ambas tímidas observaban con asombro a los dos caballeros y a la pesada máquina de metal que las transportaría hacia su nuevo destino.