Aquel era el quinto día de trabajo de Samantha en la mansión Sarkov y se alegraba de lo bien que se le estaba dando todo. El trabajo no era muy pesado, sus jefes eran respetuosos y la paga era magnífica. Planeaba irse de intercambio a estudiar a Europa y su trabajo de medio tiempo no le permitiría ahorrar lo suficiente para el viaje, así que buscó en los anuncios clasificados una mejor opción.
Jamás pensó que dar clases particulares a un niño rico cambiaría su vida para siempre.
-Bien, Ingen, repasemos las tablas de multiplicar -indicó, tomando notas en su libreta para calificar al pequeño.
Ingen era el hijo menor de la familia Sarkov. Apenas a sus diez años ya consideraba la experiencia escolar como todo un fracaso y había desertado. El maltrato que sufrió por parte de sus compañeros le hicieron imposible siquiera volver a pisar un colegio y sus padres, a quienes la lujosa mansión decía a gritos que les sobraba el dinero, decidieron que se educara en casa.
Ingen recitó las tablas tal como se lo habían pedido y sonrió con alegría al hacerlo a la perfección.
-¡Te ganaste una estrellita! -felicitó Samantha, pegándole una calcomanía en la frente.
Los ojos del niño se llenaron de júbilo por tal premio que, aunque sencillo y hasta infantil, era el fruto de su esfuerzo. Samantha le sonrió de vuelta, mirando atentamente esos ojos que eran el motivo de que el pequeño necesitara una maestra particular y de que ella pudiera ahorrar lo suficiente para viajar: uno era verde y el otro gris.
-Hoy es un día hermoso, vayamos a seguir la lección en el jardín -sugirió ella y el niño le cogió la mano.
Así cruzaron la enorme casa, una mansión emplazada entre unas colinas, alejada bastantes kilómetros de la ciudad. No sabía con certeza la extensión del terreno, pero con lo que había recorrido, no había encontrado todavía los muros perimetrales. A pocos metros de la casa, el estupendo jardín, con decoraciones neoclásicas, se convertía en un bosque.
-Bien. Tu tarea es encontrar una cadena alimentaria y describir el rol de cada nivel. ¡Vamos, a trabajar!
El niño salió con presteza a inspeccionar los alrededores. Las clases de ciencias eran sus favoritas y no quería defraudar a su maestra. Ella era la cuarta que le habían contratado y le había gustado en cuanto la vio. Tenía el cabello castaño como el chocolate, los ojos verdes como uno de los suyos, la sonrisa radiante y la voz melodiosa; era amable y no lo hacía sentir diferente.
Ella era especial y no dejaría que se fuera nunca.
-Señora, el avión del joven amo Vlad acaba de aterrizar -informó Igor, el jefe de los mayordomos.
Era él un hombre muy serio y se encargaba de que todo funcionara en la mansión con precisión suiza.
-Bien, asegúrate de que la cena de bienvenida esté lista a tiempo -pidió Anya Sarkov.
La señora de la casa era una mujer rubia que lucía bastante joven y en forma aun después de haber dado a luz a tres hijos. Y criarlos no había sido tarea fácil. Maximov, el mayor, y quien debía encargarse de dirigir las empresas familiares, amaba la música y a eso se habría dedicado de no haber muerto trágicamente a los dieciocho años. Una brillante vida desperdiciada. Ingen, el menor, había nacido con esa extraña apariencia de sus ojos que, a su corta edad, lo estaba convirtiendo en un paria, dificultando que encajara en los grupos, alejándolo del resto y mermando sus habilidades sociales, sin mencionar el asma que lo hacía débil e indefenso. Ya había perdido las esperanzas en él, sólo deseaba que no terminara descarriado como el mayor.
Las esperanzas de continuar la tradición familiar estaban puestas en el hijo del medio, Vlad. A sus veinticuatro años, el joven lideraba su propia división en las empresas Sarkov y sus utilidades iban en aumento. Era responsable, alejado de la vida licenciosa y un soltero codiciado entre las mujeres de la alta sociedad. Él era su orgullo, aunque no era perfecto. Había un lado oscuro y solitario que lo alejaba del resto, volviéndolo distante y frío. Sólo esperaba que una buena mujer, recatada y con linaje, ablandara ese corazón, haciéndolo feliz. Esa era su meta para este año, encontrar a la nuera perfecta.
Por el camino asfaltado que avanzaba entre las colinas, un auto negro transitaba silente, llevando en su interior a Vlad Sarkov, cuyo avión acababa de aterrizar en el aeródromo familiar. El joven, de cabello negro y pálida piel, miraba con aburrimiento los terrenos del jardín en los que se internaban hasta que vio a dos personas correr a lo lejos por sus verdes parajes.
-Markus ¿Quién es la mujer que está con mi hermano? ¿La conozco?
-No. Debe ser la maestra particular -supuso el chofer, intentando distinguirla a la distancia-. El joven amo Ingen ha dejado de ir a la escuela.
El chofer se sobresaltó al oír el rechinar furioso de los dientes de Vlad, a quien su mal temperamento precedía.
-Muchas cosas han pasado desde que me fui. Es tiempo de corregirlas -aseguró, llegando por fin a su casa.
〜✿〜
-¿Cómo es eso de que dejaste de ir a la escuela? -cuestionó Vlad durante la cena.
El pequeño Ingen se sobresaltó. Incapaz de hablar y sintiendo que el aire le faltaba, miró a su madre por ayuda.
-No se llevaba bien con sus compañeros -dijo ella con simpleza, degustando la deliciosa comida que sus expertos chefs habían preparado-. ¿Te ha gustado la langosta? Las trajimos del mediterráneo especialmente para ti.
-¿Cambiarlo a otra escuela no era una opción?
Ahora era ella la cuestionada. Lamentaba que su esposo no estuviera para apoyarla, pues se encontraba de viaje.
-Ya lo hemos cambiado varias veces y es siempre lo mismo.
El pequeño bajó la cabeza, persiguiendo con el tenedor un trozo de carne, sin atreverse a pincharla. Él era el problema una vez más.
-¿No pensaste en hacer que los que se cambiaran fuesen los otros?
La mujer lo miró con sorpresa. La idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza por considerarla completamente absurda. Eran muchos niños, tal vez un salón completo.
-Yo hablaré con los padres para que se lleven a sus hijos malcriados a otro lugar y tú volverás a clases. Jugueteando en el jardín no aprenderás nada.
Ingen lo miró con los ojos llorosos. Su hermano ni siquiera se molestaba en mirarlo, veía la langosta. Volvió a pedir silentemente ayuda a su madre.
-La maestra es muy competente e Ingen se lleva bien con ella.
-No me importa, madre. El mundo es duro e Ingen debe hacerse fuerte. ¿Qué es esa mierda que tienes pegada en la frente? Quítatela.
El niño tocó la estrella que seguía pegada orgullosamente en su lugar y se levantó de la mesa. Salió corriendo y respirando jadeantemente. Uno de los mayordomos, que se mantenía de pie en un rincón del comedor, lo siguió para asegurarse de que estuviera bien.
-Eso pasa porque padre y tú lo consienten en todo.
-Probablemente tengas razón, querido. Lo dejaré en tus manos -suspiró ella dando la conversación por terminada para seguir comiendo la langosta en paz.
〜✿〜
Los radiantes rayos del sol mañanero le dieron los buenos días a Samantha, que terminó de desperezarse junto a la ventana. Dada la lejanía de su lugar de trabajo con la ciudad, le habían proveído de una habitación en la parte trasera de la mansión, en una pequeña residencia donde se alojaba el personal de servicio. Se ahorraba así el dinero del transporte y no temía llegar tarde a sus labores.
Como todas las mañanas, vistiendo ropas deportivas, salió a trotar por los terrenos de la mansión. Cada vez llegaba un poco más lejos, esperando hallar esos misteriosos muros perimetrales que le demostraran que aquella acaudalada familia no era dueña del mundo entero. No los encontró.
Tras asearse y desayunar en la estancia de la servidumbre, fue a la biblioteca donde Ingen ya la esperaba.
-¡Alguien está ansioso por ganarse otra estrellita! -supuso ella.
El niño había llegado con bastante anticipación. Sin embargo, no mostraba el ánimo habitual. La mirada apagada de aquellos ojos coloridos le borraron la radiante sonrisa y, aunque intentó saber la razón de su tristeza, el niño no se lo dijo. Si lo decía se volvería real y todavía esperaba que su madre pudiera resolverlo.
Terminadas las lecciones y con Ingen sumando una sexta estrella a su colección, Samantha buscó a la señora Sarkov para ponerla al tanto del estado de ánimo del niño.
-Permiso, señora ¿Podemos hablar?
La mujer estaba de espaldas, intentando con desesperación encontrar algo en los archiveros del despacho. Otros dos hombres la ayudaban y tenían varias pilas de papeles arrumbadas por doquier.
-¡Ah, aquí hay una! -exclamó, alzando victoriosa una carpeta de cuero-. Llévasela a Vlad ahora mismo, luego hablaremos -le pidió, confundiéndola con alguna de las mujeres del servicio.
-¿Vlad?
-¡Rápido, niña, que se hace tarde!
Samantha se encogió de hombros y tomó la carpeta. Si en algo podía ayudar, lo haría, debía cuidar su empleo. Pidiendo indicaciones llegó al tercer piso. Cruzó un oscuro pasillo que le dio escalofríos y tocó dos veces la puerta del final para anunciar su presencia.
-Adelante -dijo una profunda voz desde el interior.
-Permiso, su madre le envía esto.
Alcanzó a dar tres pasos dentro del lujoso despacho cuando un grito de "¡Alto!", proveniente del hombre sentado tras el escritorio, la congeló en su lugar.
-¿Cómo te atreves a entrar? -increpó él, viendo a la mujer detenida a mitad de dar un paso, tambaleando para no caer. -Y encima tienes la osadía de mirarme a los ojos ¿Eres nueva o estúpida?
Por breves segundos Samantha se negó a creer lo que ocurría. Ese hombre, de apariencia tan joven como ella, se creía tan importante como para no ser mirado a los ojos ¿Acaso era ella indigna de ello?
¿La había llamado estúpida?
No pudo contestar. Estaba hipnotizada por esos oscuros ojos prohibidos que no debía mirar.
-Deja la carpeta en el mueble junto a la puerta y lárgate -ordenó Vlad, volviendo la vista a la pantalla del computador frente a él.
Recuperando el equilibrio, Samantha retrocedió sobre sus pasos, mirando torpemente el mármol del piso por si lo había ensuciado. Así la había hecho sentir aquel joven con su rudeza y altanería, sucia e insignificante. Sintió lástima por el personal de servicio que tenía que aguantarlo.
-Una cosa más -indicó cuando Samantha estaba por cruzar la puerta-. Estás despedida.
En ese momento, incluso que la llamara estúpida le pareció menos injusto. Olvidándose de todas las reglas, volvió a entrar a la habitación, dando fuertes pisadas hasta el escritorio y lo miró fijamente con todas sus fuerzas.
Él alzó la cabeza, con expresión de desinterés.
-Yo no soy una sirvienta. Su madre me pidió que le trajera la carpeta como un favor.
-¿Ah sí? ¿Entonces quién eres? -Su voz era calmada y serena.
Había sido así también mientras la regañaba, como si nada lo alterara aunque claramente estaba molesto.
-Soy la maestra de Ingen -respondió ella, aferrando su orgullo herido para encarar al patán.
-Perfecto -repuso él, volviendo a mirar su computador-. También estás despedida.
***
Espero que disfruten la lectura. Hay eventos del pasado que aparecerán entre asteriscos.
Samantha no gastó energías en discutir con un cretino como el que estaba segura que tenía en frente y fue deprisa a hablar con la señora. Ella la había contratado y ella era la única que podía despedirla.
-Si Vlad dice que estás despedida, estás despedida, lo siento, linda. Habla con él por tu finiquito -dijo la mujer, que seguía tan ocupada como antes y ni siquiera había volteado a mirarla.
Comenzaba a retirar todo lo que había pensado sobre esas personas. Eran ególatras, irreflexivos e injustos. Y el peor de todos era el tal Vlad, que la despedía sin motivo aparente. Lamentaba pensar que Ingen terminaría siendo como ellos y más lamentaba tener que volver a verle la cara al patán de su hermano.
Tocó la puerta nuevamente. No le importaba el finiquito, sino el mes que le habían pagado por adelantado. Con sólo cinco días de trabajo, si la hacían devolver la paga estaría en problemas. Había dejado el departamento que arrendaba y no tendría dinero suficiente para arrendar otro en tan poco tiempo.
-¿Quién es?
Oír la voz de Vlad le erizó los vellos del cuerpo, tan serena mientras hacía arder el fuego de la discordia.
-Yo... Samantha.
-No conozco a ninguna Samantha, largo.
Ella se mordió la lengua para no decirle lo que se merecía.
-Soy la maestra de Ingen.
"A la que despediste injustamente, imbécil" habría querido agregar, pero no podía. Tendría que tragarse su orgullo para llegar a un acuerdo.
-Ingen no tiene ninguna maestra -dijo el energúmeno y la bilis se le agitó, agriándole las entrañas.
-Quiero saber por qué ya no tiene ninguna -pidió, con la voz más amable que pudo.
-No es asunto tuyo, lárgate.
Su amabilidad resultaba ser tan inútil como una semilla en el inhóspito desierto. Inhaló profundamente varias veces, calmando sus irritados nervios. Ese tipo no tenía modales para tratar a la gente.
-Su madre dijo que debía hablar con usted sobre el finiquito -dijo como intento final.
El sonido metálico de la cerradura eléctrica le indicó que la puerta estaba abierta. Permaneció de pie en el umbral, no quería hacerlo enfadar como la primera vez que entró allí. El hombre seguía con la vista fija en la pantalla del computador, ignorando su presencia.
Samantha esperó pacientemente, maldiciéndolo por dentro, ardiendo en ganas de gritarle, pero incapaz de interrumpirlo. Pasaron tres minutos hasta que él se dignó a dirigirle la palabra.
-¿Qué haces ahí? ¿Esperas una invitación?
Ella lo miró, incapaz de creer que pudiera tener un humor tan cambiante. Incluso le ordenó que tomara asiento frente a su escritorio. Vlad comenzó a buscar el archivo de la mujer en la carpeta de empleados.
-Eres una descarada. Te pagamos un mes por adelantado y quieres un finiquito -criticó con dureza.
-¡No, yo no! -Intentó excusarse, con las mejillas sonrojadas-. Lo dije para que pudiéramos hablar, no quiero quedarme con su dinero, sólo pido un trato justo.
El hombre la miraba fijamente y ella esquivaba sus ojos prohibidos, temerosa de hacerlo enfadar.
-Y además eres mentirosa -acusó él-. Eres incapaz de sostenerme la mirada.
La boca de Samantha se abrió hasta que la piel de las comisuras comenzó a dolerle. Tratar con ese hombre era como subir a una montaña rusa. Lo que estaba mal en un momento podía volverse esencial para satisfacerlo luego y no sabía qué hacer. Sólo quería irse de allí lo más pronto posible.
-Escuche, me pagaron por un mes y sólo pido poder trabajar un mes, nada más. Sé que he hecho un buen trabajo, Ingen está progresando mucho, incluso parece más seguro de sí mismo. Ni siquiera me ha explicado por qué estoy siendo despedida.
Vlad seguía viéndola con detención y ella lo miraba a los ojos con reticencia, notoriamente incómoda.
-Ingen volverá a la escuela, así que tu presencia aquí es innecesaria. Conservarás el dinero correspondiente al finiquito por un trabajo de cinco días y el resto lo devolverás.
Aquello era lo que Samantha más temía. Sentía que estaba parada en el borde de un precipicio, a punto de caer.
-No puedo, ya gasté el dinero -mintió, encogiéndose de hombros.
Una arruga surcó la impecable frente de Vlad, al tiempo que tomaba su teléfono.
-Entonces llamaré a la policía -se apresuró a decir.
Fue detenido por Samantha, que se abalanzó sobre el escritorio para frustrar la llamada, presionándole las manos.
Ella se había atrevido a entrar a su despacho sin que se lo ordenara, lo miraba como si estuviera mirando a cualquiera y ahora osaba a tocarlo ¿Quién se creía que era? ¿Cómo su madre había permitido que alguien tan vulgar se encargara de la educación de su hermano?
Era ella la que necesitaba ser educada.
-Lo... Lo siento -se disculpó Samantha, notando que, en su desesperación, había ido demasiado lejos.
Volvió a sentarse, ordenando los papeles que había desordenado en el escritorio.
-Ya le dije que no quiero quedarme con su dinero, sólo le pido que me deje pagárselo con trabajo, por favor.
Así al menos ganaría tiempo para conseguir un trabajo nuevo y tendría asegurado un lugar donde dormir.
-De acuerdo -dijo por fin Vlad, con mirada inescrutable y Samantha sonrió aliviada-. Pero Ingen volverá a la escuela el lunes, así que tendrás que trabajar para mí.
Samantha se sostuvo de la silla para no caer.
-¿Necesita ayuda con las tablas de multiplicar? -Se atrevió a bromear, algo típico cuando estaba nerviosa.
La seriedad de Vlad se diluyó con una sutil sonrisa torcida.
-No serás mi maestra -recalcó, entrecerrando ligeramente los ojos, lo que le dio una apariencia bastante perversa-, serás mi sirvienta.
〜✿〜
Samantha se miró al espejo una vez más, intentando convencerse de que lo que ocurría no se trataba de una pesadilla. El ajustado vestido negro le daba una apariencia sumisa y apagada. Le llegaba hasta la mitad de los muslos y aquello la incomodaba un poco. ¿Cuál era el sentido de que fuera tan corto? Lo peor era el pequeño delantal blanco con encajes en el borde que llevaba encima. Se veía como una sirvienta, pero no se sentía como una. O tal vez sí, pero no de las que sirven la comida, sino las que eran el plato fuerte en los bares para hombres o más osadamente, en una película sucia.
Sólo un mes, se decía para animarse a salir de la habitación, sólo un mes soportando al miserable de su nuevo jefe. En cuanto abrió la puerta, el iluminado pasillo la hizo sentir náuseas y se quedó en el umbral, sin atreverse a poner un pie fuera.
Sólo un mes.
Como no tenía experiencia siendo sirvienta, no sabía si debía ir a preguntarle si necesitaba algo o esperar a que él la llamara, después de todo, le había pedido su número. Al instante, el teléfono en su bolsillo vibró, sobresaltándola. Era su indeseable jefe nuevo.
Jefe idiota: Tráeme café.
Ni siquiera un por favor, qué más podía esperarse de él.
Avergonzada como nunca, dejó la estancia de los sirvientes y llegó a la cocina de la mansión. Allí preguntó por los gustos de su jefe para el café y partió a llevárselo. Se detuvo en el umbral del despacho, sin saber si debía dejarlo en el mueble donde había dejado la carpeta o llevarlo hasta el escritorio. Él siguió trabajando como si nada y no esperaría a que la regañara como la última vez. Dejó la taza en el escritorio.
-Quince minutos tarde -se quejó él-. Cinco minutos es lo máximo que esperaré por un café, de lo contrario, no lo traigas.
Ella asintió, apenada, pero agradeciendo que no la hubiera mirado todavía.
-El café se ha chorreado sobre el platillo y la taza goteará cuando la levante, manchando mi escritorio ¿Quieres arruinar mi trabajo?
-¡No, no, yo no! -aseguró, más apenada todavía-. Tuve que traerla desde la cocina y subir por las escaleras, por eso tardé y se derramó un poco, no volverá a ocurrir.
Esta vez él sí la observó, admirando el atuendo que llevaba y el llamativo sonrojo en sus mejillas.
-Más te vale -le advirtió-. Cada error que cometas se te descontará del sueldo y tu estadía aquí se prolongará.
Aquello fue un balde de agua fría para Samantha, que ahora cruzaba los dedos para que a su jefe le gustara el café que había preparado.
-¿A esto le llamas café? Está asqueroso. -Rápidamente tomó su teléfono-. Hola, policía. Mi sirvienta está intentando matarme...
-¡No, yo no! Deje eso.
Nuevamente le tocó las manos, intentando frustrar la llamada con el corazón a punto de salírsele del pecho.
-Le pusiste veneno, admítelo.
-¡Claro que no! -se defendió ella, sin dar crédito a las acusaciones de su jefe.
No sólo era un patán, estaba loco.
Para demostrarle que el café no tenía nada malo, ella misma tomó un sorbo.
-Le prepararé otro -anunció, reprimiendo una mueca de asco y saliendo rápido a la cocina.
Esta vez probó el café antes de llevarlo, confirmando que le había quedado delicioso. En la bandeja llevó también la cafetera, se lo serviría en el despacho para evitar que se chorreara la taza. Agregó también un platillo con unas ricas galletas que una de las cocineras había preparado. Con orgullo por la buena presentación que tenía la bandeja, partió de nuevo con su jefe.
En el despacho, acomodó la bandeja en una mesa junto al escritorio donde sirvió el café. Lo hizo con lentitud para que el pulso no le fallara y ninguna gota corrompiera la pulcritud de la taza y el platillito de fina porcelana. Dejó la taza frente al hombre, donde también dejó el plato con galletas y unas servilletas.
Se quedó esperando de pie junto a él, que seguía trabajando. La furia la inundaba cada vez que él la ignoraba como ahora. Esperaba que el tipo se tragara sus palabras cuando probara el exquisito café que había preparado.
-Señor -llamó tímidamente.
Él siguió ignorándola.
-Su café ya está listo -recalcó lo evidente, retorciendo con furia el delantal blanco entre sus dedos.
-Son las nueve y cuarto. No tomo café después de las nueve -afirmó él, sin arrugar un músculo de su lozana piel ni alterar el tono calmado de su voz.
Samantha no lo podía creer. Su rostro se puso completamente rojo de furia, que desahogó con el delantal. Por poco la tela se rasgó entre sus manos. Inhalando profundamente volvió a meter todo en la bandeja. El aire salía con violencia por su nariz y boca, como si fuera un caballo. Cuando por fin estaba por dejar el cuarto, orgullosa de no haberle lanzado el café encima, el hombre la jaló del delantal, pegándola contra su cuerpo.
La sorpresa del repentino acto la dejó inmóvil, con la bandeja temblando entre sus manos, sintiéndose completamente indefensa a merced de ese hombre impredecible. Sintió cómo inhalaba brevemente en su cabello, que caía en suaves ondas sobre sus hombros, mientras se acercaba hasta su oído.
-No uses esto -le susurró.
Las crípticas palabras cobraron sentido cuando lentamente y con delicadeza le desató el delantal con encajes, liberándola así de su breve, pero tortuoso secuestro. Al menos así lo sintió ella, mientras corría por la lujosa mansión con las piernas a punto de desfallecer.
Ahora más que nunca creyó que seguir trabajando allí sería imposible.
Al día siguiente y suponiendo que el maniático de su jefe volvería a pedirle café, Samantha se adelantó y lo preparó con anticipación. Para cuando el mensaje llegó, sólo debió calentarlo y partir raudamente a llevárselo. Tardó tres minutos, comprobó disimuladamente con su teléfono.
Esperó a varios pasos de él, por seguridad. No había vuelto a ponerse el delantalito y su ausencia le quitaba toda la apariencia de sirvienta. Sólo era una mujer que usaba un vestido negro demasiado corto para su gusto.
No recibió comentarios de aprobación por el café, pero tampoco quejas y para ella fue suficiente.
-¿Necesita algo más?
-Largo -fue la amable respuesta del hombre.
La joven retrocedió hacia la puerta, sin quitarle la mirada de encima o atreverse a darle la espalda. Sólo se volteó en el umbral para salir por fin. Con una sutil sonrisa torcida, Vlad bebió otro sorbo de café.
La muchacha pasó toda la tarde en la cocina. En ausencia de nuevas peticiones de su jefe, se dedicó a ayudar en sus labores a las otras sirvientas.
Jefe demente: Voy a salir, tráeme mi maletín.
Samantha partió rápido hacia el interior de la mansión. Cuando iba en el segundo piso, se cuestionó el rumbo de sus acciones. ¿Dónde se suponía que estaba el maletín? Y cuando lo encontrara ¿A dónde debía llevarlo?
Sirvienta aprovechada: ¿Dónde están usted y el maletín?
Vlad rodó los ojos al leer el mensaje, más todavía con lo que se había tardado ella en preguntar.
Jefe demente: yo, en la entrada; el maletín, en el despacho.
Samantha siguió su camino al tercer piso con alivio, pero fue una sensación muy breve. Había olvidado la cerradura eléctrica. Se dio un cabezazo de fastidio contra la puerta cerrada que guardaba tras de sí a su objetivo y regresó a la cocina.
-¿Alguien tiene el control para abrir el despacho del señor Sarkov?
Ellas la miraron como si se hubiera vuelto loca.
-Nadie más que el joven amo Vlad tiene el control -aseguró una de las sirvientas y la fatalidad le cayó encima.
Ya imaginaba el regaño que le llegaría por la tardanza.
En la entrada de la mansión, que se extendía varios metros a la redonda antes de comenzar el jardín, no había nada salvo un lujoso auto negro. La ventana trasera bajó y trotó hacia ella.
El hombre hablaba por teléfono. Sólo sacó el brazo fuera, entregándole el pequeño control y ella partió al despacho. El maletín de cuero café y lustroso estaba sobre el mullido asiento y lo cogió sin tardanza. Tanto el maletín como el control estaban ya en posesión de su dueño.
-¿A qué hora te envié el mensaje?
La pregunta la descolocó y con la mano temblorosa buscó en su teléfono.
-15:10.
-¿Y qué hora es ahora?
-15:18.
-Ocho minutos en algo tan simple como ir por un maletín.
Ella iba a defenderse quejándose de lo enorme que era la mansión y que el despacho estaba en el tercer piso. Además tenía una cerradura eléctrica. Quién sino un maniático obsesivo y controlador tendría algo así en su propia casa.
Fue sensata y se mantuvo en silencio.
-¿Sabes el dinero que gano en un minuto?
Ella negó y casi se desmayó al oír la absurda y exorbitante cifra, reflejo del desigual mundo en el que vivían.
-Usa lo que sabes de matemática y calcula cuánto te tardarás en devolverme lo que me hiciste perder en ocho minutos.
El auto partió de prisa, levantando una nube de polvo que la hizo toser. No fue tan malo como calcular que tendría que trabajar tres meses más para pagar por su leve retraso.
Nunca antes el tiempo tuvo tanto valor para Samantha como ahora.
〜✿〜
Con ayuda de la información que le proveyeron las sirvientas, Samantha logró hacer un itinerario de su jefe. Usualmente salía y llegaba a la misma hora y pedía un aperitivo antes de la cena. Le avisarían cuando estuviera por llegar para que lo esperara en la puerta.
A las seis de la tarde estuvo parada junto al perchero, tan rígida como él. Su jefe entró y le pasó el maletín. Empezó a quitarse el abrigo y ella le ayudó. Se movía muy rápido y entre coger la prenda y sostener el maletín, éste último se le resbaló. Sin dar crédito a lo que ocurría, Vlad la vio patear el objeto, que rebotó sonoramente unos cuantos metros hasta chocar con un mueble y acabar botando un costoso florero que terminó hecho trizas.
-¿Por qué has hecho eso?
Ella tampoco parecía creer en su desdicha.
-Intenté amortiguar la caída, señor, yo...
-Descuida. Todo lo que rompas se descontará de tu sueldo. Deja el maletín en mi despacho. -Le entregó el control y se perdió por un pasillo.
La había sacado barata, pensó Samantha limpiando el desastre. Comenzaba a perder la noción de su deuda y del valor del dinero. Debía llevar las cuentas claras y conservar la calma.
Jefe demente: tráeme un Martini, estoy en la piscina.
Pidió ayuda a las sirvientas para preparar el trago y hallar la piscina. No estaba fuera de la mansión, como pensó en un comienzo, estaba al centro. Una enorme piscina rodeada de pilares neoclásicos y finas esculturas de doncellas. Era la idílica imagen de los baños de algún emperador de la antigüedad. El techo era de cristales, como los de un invernadero y por ellos se colaba la luz anaranjada del atardecer. El emperador se deslizaba como un pez en sus aguas turquesas, pintadas con los reflejos dorados del sol. Dejó el Martini en una mesa y caminó a la salida.
-No te vayas.
El hombre salió del agua, ordenándose el cabello. Samantha le miró los pies, luego de haber visto con lujo de detalles todo lo demás, y esperó por sus órdenes. Vlad se sentó, sin mirarla. Bebió tranquilamente hasta que le pidió una toalla. La usó para secarse el cabello.
-Te enviaré mi itinerario de la próxima semana. Sabes lo importante que es la puntualidad y lo valioso que es mi tiempo, así que no me hagas perderlo.
El teléfono le vibró en el bolsillo, el documento había llegado.
-Lárgate, no te necesitaré hasta mañana.
-Qué tenga buenas noches, señor.
Vlad entrecerró los ojos mientras la veía alejarse. Algo no acababa de gustarle sobre aquella palabra. Mañana la corregiría.
En su habitación y durante todo el tiempo que le tomó dormirse, que no fue poco, Samantha no dejó de pensar en el atlético cuerpo semidesnudo y mojado de su jefe y en el pequeño tatuaje que tenía sobre la cadera. Un hombre tan estricto y amante de la rigurosidad y disciplina como él con un tatuaje. Algo no cuadraba. Algo se ocultaba tras la perfecta imagen que él le mostraba al mundo. Comprendió que realmente no sabía nada sobre su jefe.