El sonido de la alarma es una verdadera tortura. A pesar de que anoche se metió entre las sábanas más temprano de lo acostumbrado, escuchar ese pitido infernal le provoca un insoportable malestar, que amenaza con ponerle de mal humor.
Apenas son las cinco treinta de la mañana y, por un momento, su deseo de aventar el teléfono lo más lejos posible es en lo único que consigue hacer centro; mas, enseguida recuerda la razón por la que necesita levantarse tan temprano: tiene una importante entrevista de trabajo en uno de los hoteles más imponentes que existen, ¡y en verdad necesita el empleo!
Bosteza; se despereza intensamente -hasta ese punto en que los ojos se le humedecen- y unos minutos después sale de la cama con rumbo a la ducha.
Mientras bebe su café -lo único que encuentra para desayunar- va seleccionando la ropa que llevará. Después de pensar un poco, al fin se decide por un vestido azul marino de corte sencillo, cuya falda recta llega al borde de sus rodillas y el escote redondo muestra apenas la parte alta del pecho.
Se ata el pelo en un moño alto y delinea sus perfectos ojos -que son lo único que verdaderamente le gusta de su cara-; aplica un suave brillo en los labios y da unos toques de perfume en puntos claves para que el aroma perdure.
Se calza unos zapatos negros con poco tacón y, de pasada hacia la salida, deja la taza en la pileta para lavarla cuando regrese.
Va temprano, apenas son las siete de la mañana y su cita es hasta las ocho treinta; pero se siente tan ansiosa que no puede quedarse ni un minuto más en el apartamento.
Hace más de dos semanas que está buscando empleo y la oportunidad que se le presentó es inmejorable. Además de que en verdad necesita el trabajo, está plenamente capacitada para cumplir con cualquier tarea que se le encomiende.
Mientras camina lento con rumbo al lugar de la entrevista, va dialogando en voz baja consigue misma; algo que suele hacer muy a menudo.
-No importa el puesto, no estás en posición de ponerte pretenciosa, querida -se dice-; casi no te queda dinero, la despensa está prácticamente vacía y en un par de semanas más hay que pagar el alquiler. ¡Urge que consigas un trabajo! No importa si te ponen a barrer; tienes que aceptar lo que te ofrezcan.
Se distrae un momento de su monólogo al darse cuenta de que está llegando a destino. Del otro lado de la calle está la plaza central y, tras ella, el hotel donde debe presentarse.
Saca el teléfono y mira la hora: sigue siendo temprano aún; por lo que decide sentarse un rato bajo la sombra de los tilos que bordean la plaza y, cuando faltan apenas diez minutos para las ocho treinta, retoma camino.
Va muy nerviosa; pero hace tiempo aprendió a disimular sus emociones y esto le ayuda a dar una imagen serena, como si por dentro no estenga sintiendo que los músculos se le convierten en gelatina y se agitan más y más con cada paso que da.
Al llegar a la recepción, pregunta por la persona con la que habló por teléfono el día de ayer y el hombre tras el alto mostrador llama a una empleada para que la acompañe hasta la oficina en la que debe presentarse.
La muchacha que la acompaña se ve bastante joven -calcula que debe tener su edad, unos veinticuatro años o poco más-. Después de adentrarse por un pasillo secundario se montan en el elevador que usan los empleados del hotel y suben hasta el último piso, donde las recibe una mujer de mediana edad -cuarenta y tantos, tal vez-. Le informa que el jefe de recursos humanos la recibirá en cuanto se desocupe.
-Adelante, señorita Reyes -dice el hombre calvo que se asoma a recibirla y hace una seña para invitarla a pasar a su oficina.
-Gracias, señor Velázquez; estoy bien así -responde cuando le indica que tome asiento y le ofrece un café.
Conversan por más de cuarenta minutos; durante los cuales, el hombre toma sus datos e indaga sobre su experiencia laboral -que no es mucha en este momento, para ser sinceros-. Su única ventaja es que tiene amplios conocimientos sobre el manejo interno de un hotel y sus certificados de estudios son impecables. Además, entiende varios idiomas.
Casi finalizando la entrevista, la puerta se abre y un señor mayor ingresa buscando al jefe de recursos humanos; quien se pone de pie al verlo.
-Permítame presentarle al señor Stadler, dueño de la cadena hotelera -dice y ella se gira hacia el caballero que tiene parado detrás. El hombre la mira; luego se acerca y extiende amablemente la mano para saludarla.
-Encantado de conocerla, señorita -dice el dueño del hotel, quien se ve un señor agradable, y luego se vuelve hacia el que la entrevista para hablar con él-. Vine a pedirte que busques una asistente para mi hijo; en pocos días llega al país y me ayudará a llevar el negocio.
-¡Ha llegado usted en el momento oportuno! -exclama Velázquez-. Casualmente, estaba entrevistando a la señorita Reyes y se encuentra muy calificada para un puesto como el de asistente.
El hombre le sonríe después de observarla por algunos segundos, mientras el entrevistador comenta lo que ha alcanzado a saber de ella durante la entrevista que tenían. Velázquez le entrega sus certificados y el dueño del hotel los estudia al detalle, mientras la joven observa todo en silencio.
-Preséntese mañana; a las nueve estará bien -dice el señor Stadler dirigiéndose a la joven y luego vuelve a hablar con el otro hombre-. Encárgate de que vea a Carmen para que le explique cuáles serán sus obligaciones.
-Así lo hará -asegura el entrevistador y el dueño del hotel se despide de ambos con un gentil «hasta mañana», dejándolos solos nuevamente. Velázquez la mira sonriente-. Bueno, ya oíste al jefe: te esperamos mañana poco antes de las nueve, para que comiences a trabajar.
-Nos vemos mañana- responde, intentando que el tono de su voz no delate que está a punto de soltar un gritito histérico y se ordena mentalmente no comenzar a dar saltos de algarabía en cuanto salga de la oficina.
Haciendo un gran esfuerzo por mantener la apariencia de que va calmada, sale al pasillo y espera el elevador para regresar al lobby e irse a casa.
Mientras la cabina desciende, se repite una y otra vez que debe comportarse con moderación para no hacer ningún tipo de papelón, ya que notó la cámara de seguridad cuando venía de subida y teme que alguien pueda ver que se comporta de una manera poco correcta, como en realidad siente deseos de hacer.
Al atravesar el lobby, saluda desde lejos al recepcionista con el que conversó al llegar y apura el paso.
Sale a la calle, atraviesa la plaza casi a la carrera y, recién cuando está en el extremo más alejado del hotel, se da la libertad de desfogar la emoción que la embarga: ¡ha conseguido empleo!
Cuando al fin consigue calmarse un poco, saca su teléfono y llama a su mejor y única amiga; una muchacha un par de años mayor que ella, a quien conoció siendo niñas y que fue su faro, su puerto y su luz cuando llegó a esta ciudad.
-¡Lo conseguí, lo conseguí! -grita casi al borde del ataque de euforia en cuanto ella toma la llamada-. ¡Lo conseguí!, ¡tengo el empleo!
-¡Bien! -exclama la amiga desde el otro lado de la línea-. Esta noche festejamos; yo invito.
Conversan solo un poco más; la otra está trabajando a esta hora. Después se va a paso lento hasta el apartamento.
Se siente tan inmensamente feliz que se le olvida por completo que debía pasar a hacer la compra para surtir la despensa, por lo que, cuando le da hambre, se encuentra con que no hay mucho para comer.
A decir verdad, no le importa mucho eso. Se tumba en el sofá que oficia de división entre lo que se supone la sala y el sector de comedor, y se queda allí hasta media tarde; momento en el que sale rumbo al supermercado.
Como ya tiene empleo, se permite el «lujo» de comprar un paquete de aquellas galletas con nueces que tanto le gustan, además de un chocolate para su compañera y amiga, y cuando llega a casa guarda la compra y ordena un poco el apartamento.
-¡Lleguééé! -exclama su compañera en cuanto traspone la puerta.
Sale de la habitación, donde estaba acomodando la ropa que le servirá para ir a trabajar y, en cuanto están frente a frente, ambas corren a abrazarse. Sin soltarse, comienzan a dar saltitos por todo el apartamento, riendo como dos trastornadas.
En verdad se sienten como aquellas niñitas que fueron alguna vez, cuando la familia comenzó a vacacionar en el pueblito donde ella se crió y se hicieron amigas.
Los años no fueron impedimento para que se mantengan en contacto y fue gracias a eso que tuvo un puerto donde venir a anclar después de la peor tormenta que ha sacudido su corta vida.
Mía Giuliani y su padre, don Aldo, fueron quienes la apoyaron desde que sale de aquel pueblo perdido en medio de la nada, al que ellos comenzaron a ir para vacacionar poco después de que la madre de su amiga falleciera.
Al quedarse viudo y con una pequeña de apenas diez años, el señor Giuliani buscó un sitio tranquilo donde descansar con la niña, alejado de su ajetreada vida de médico, y fue entonces cuando las muchachas se conocieron.
Al principio, a su padre no le dio mucho gusto que se hiciera amiga de aquella niñita de ojos color de cielo y largas trenzas doradas, pero cuando supo que hacía apenas unos meses había perdido a la madre le dio mucha pena por ella y ya no puso reparos a que jugaran juntas.
A decir verdad, si alguien habría tenido razones para impedir que se hicieran amigas, ese era el padre de Mía, ya que siempre resultaba ser ella quien acababa siendo «mala influencia» para la tímida y callada rubiecita, arrastrándola a participar en sus alocadas ideas.
Su infancia fue feliz; sobre todo, desde de se hicieron grandes amigas con «la rubia».
La menor de dos hermanos; hija de una familia de arraigadas y muy anticuadas costumbres; con la cabeza llena de sueños que sabía que no podría cumplir, hace de aquella visitante veraniega su cómplice y, también, la confidente de todas las cosas que le fueron ocurriendo mientras crecían.
Más de quince años han pasado desde aquel primer verano en el que se conocieron y aún son amigas incondicionales. Quizá, fue por eso que ella y su padre la acogieron cuando se quedó sin nada, recibiéndola en su casa y ayudándole a pagar sus estudios.
Ahora, después de siete años de haber llegado, al fin tiene un empleo con el que puede comenzar a pagar lo que ella sigue considerando un préstamo, pero que los Giuliani se han tomado como un regalo que le hicieron.
-En cuanto cobre el primer sueldo, comenzaré a pagar a tu padre lo que le debo -comenta a su amiga mientras preparan la cena.
-¡Deja la tontería, hija! Bien sabes que mi padre no va a recibirte ese dinero -le responde Mía.
-No me importa si no lo quiere recibir; se lo daré igual - murmura por lo bajo. Está empeñada en devolver cada centavo que el padre invirtió en su educación.
Acaban de cenar y se sientan a ver una película; cada una, con las golosinas que compro en la tarde. Luego se van a acostar.
Se siente tan eufórica todavía que le cuesta bastante conciliar el sueño. No así a Mía, quien cae rendida en cuanto apoya la rubia melena sobre la almohada, agotada después de las largas horas de trabajo en el hospital donde cursa su práctica en pediatría.
El despertar es duro, porque apenas ha dormido un par de horas cuando el sonido de la maldita alarma la arranca de un bonito sueño, en el que revivía alguna travesura compartida en la infancia.
-¡Puta vida! -exclama, intentando no despertar a la rubia que duerme en la cama de al lado.
Aunque hay otra habitación, Mía prefirió compartir la misma y destinar la otra para armar allí su «rincón de meditación»; que en realidad, consta de un sillón cómodo y un pequeño escritorio desde el que trabaja con su computadora portátil o, a veces, usan para sentarse a leer viejos libros, a los que ambas son aficionadas.
Sale de la cama y se mete a la ducha. No es sino hasta que se ve en el pequeño espejo que cuelga sobre el lavabo que nota las pronunciadas ojeras que le ha regalado el insomnio.
No le gusta usar maquillaje, pero hoy va a necesitar algo que le ayude a disimular la cara de no haber pegado un ojo.
Poco acostumbrada a incursionar en «las artes de la estética femenina», le lleva un par de intentas conseguir el efecto que buscaba. Además de casi una hora; por lo que, otra vez, desayuna mal y apurada: un café mientras se viste y recoge su larga y oscura melena y un par de sus galletas favoritas, que se va comiendo mientras camina rumbo al hotel donde comenzará a trabajar.
Poco después de las ocho treinta de la mañana, ya va subiendo en el elevador rumbo a la oficina del señor Velázquez; quien la presentará con la persona que se encargará de enseñarle las tareas que deberá cumplir.
El buen hombre se sorprende un poco al verla tan temprano, pero enseguida dice que es mejor que haya llegado con tanta antelación, para que pueda pasar a retirar el uniforme antes de presentarse con la señora Carmen.
El jefe de recursos humanos la acompaña hasta el final del corredor, donde le entregan una falda y una chaquetilla de color marrón oscuro con botones dorados.
En ese momento se alegra haber elegido un par de zapatos oscuros para presentarse a trabajar.
Una vez que tiene puesto el uniforme, Velázquez y ella suben a la última planta, donde se encuentra el sector de gerencia y la oficina del dueño, para que la asistente de este le dé las indicaciones necesarias.
-¡Carmen!- exclama el señor Velázquez al ver que la mujer está esperando el elevador en el que ellos tienen que subir-. Te presento a tu alumna, la señorita Reyes.
-Bienvenida -dice la mujer, extendiéndole la mano en un saludo cordial.
-Gracias -le responde con cierta timidez.
Velázquez intercambia un par de palabras con la mujer y luego regresa a su oficina, dejándolas solas.
Se estudian mutuamente por un par de segundos y, después de regalarle una sonrisa, la asistente del señor Stadler le indica que se siente y comienza a explicarle en qué consiste el trabajo que deberá realizar.
Carmen es una mujer agradable, paciente y considerada, y parece no tener problema en tener que dedicar su tiempo a enseñarle, tratándola en todo momento con mucha amabilidad y un cierto aire cariñoso.
Después de llevar varias horas sentadas en torno a su escritorio, poco antes del horario de salida le confiesa que se ve reflejada en ella, cuando comenzó a trabajar para el señor Stadler.
Resulta ser que Carmen lleva allí treinta, de sus más de cincuenta años de vida. Llegó para ocupar el puesto de asistente del dueño de la cadena hotelera cuando rondaba más o menos la edad de la joven.
En esa época la cadena contaba con pocos hoteles, distribuidos por Europa y Estados Unidos, y Carmen pasa a ocupar el lugar de la esposa del señor Stadler cuando el hijo de estos nació.
El dato enciende en la muchacha una alarma: la mujer conoce a su futuro jefe de toda la vida y no hay nadie más -en todo el bendito hotel- que la pueda poner al tanto de cualquier cuidado que sea necesario tener con respecto a él, más que ella.
Todavía faltan unos cuantos días hasta que el hijo del dueño llegue, por lo que se dice que tiene tiempo suficiente para ganarse la simpatía de Carmen y conseguir que le dé consejos o le cuente cualquier cosa que la ayude a evitar el riesgo de perder el empleo por hacer algo indebido.
La semana transcurre con normalidad. El horario de entrada es a las ocho treinta de la mañana y sale a la hora en que su presencia ya no sea necesaria; lo cual significa que podría llegar a trabajar hasta doce o más horas por día, de lunes a viernes, dejándole doble franco durante el fin de semana.
Claro que, de momento, no tiene un horario tan exigente; pero eso será, más o menos, lo que sucederá en cuanto el jefe ocupe su puesto, ya que es un hombre exigente y adicto al trabajo.
-Bueno; creo que es todo por hoy -le dice Carmen cuando se hacen las seis de la tarde del viernes-. Te aconsejo que aproveches a descansar bien, porque el lunes comienza tu infierno personal.
-Carmen...
No sabe cómo encarar el tema del que quiere hablar y la mujer se queda viéndola por un instante.
-¡No pongas esa cara de susto, hija! Estás por demás calificada para el puesto. -Le sonríe y luego la toma del brazo para acompañarla hasta el elevador-. Nadie sabe mejor que yo de qué va este trabajo y estoy completamente segura de que lo harás de maravillas. Además, siempre me tendrás para ayudarte con cualquier duda que surja.
-Lo sé y se lo agradezco mucho -le contesta con una sonrisa-. Lo que me preocupa no es el trabajo, sino...
-¡Ya sé lo que te sucede! A lo que temes, es al «jefe nuevo» -murmura mientras le da unas suaves palmaditas en el brazo.
-Un poco, sí. Es que...
Está a punto de explicarse, pero Carmen no le da tiempo a hacerlo.
-Seguramente, te habrán hecho comentarios sobre él; pero no creas en todo lo que se dice. -La mujer se queda pensativa por un segundo y luego agrega-: Es un buen hombre. Me recuerda mucho a su padre, cuando recién comencé a trabajar para él. La muerte de la esposa lo dejó casi al borde de la locura y se vuelve un tanto... «poco sociable», digamos; pero no es mala persona.
En ese momento se abre la puerta del elevador y sube en él, sonriéndole a Carmen antes de que esta se cierre y deseándole un buen descanso.
La primera impresión que se había llevado de ella es poco, comparado con lo que fue comprobando después. Además de conocer el manejo del hotel desde todos los puntos de vista y de ser una persona amable con todos los empleados, Carmen se sabe los nombres de cada uno y, en la mayoría de los casos, les conoce hasta la historia familiar.
Por alguna razón, que no acaba de comprender, aquella mujer la ha cobijado bajo su ala y no solo parece estar indicándome el camino para ser una asistente personal de excelencia, sino que, le trata con mucho cariño y más de una vez la orilló a pensar que la ve como si fuese algo más que una simple pupila de su oficio.
Mientras va de camino a casa, Mía le telefonea para pedirle que pase a retirar el vestido que dejó en la tintorería y la apremia nuevamente sobre la invitación que le ha hecho, suplicándole hasta obligarla a aceptar acompañarla en la noche al boliche, donde se encontrará con algunos compañeros de trabajo.
No le gusta mucho la vida nocturna; si le dan a elegir, prefiere una trasnochada en el sofá viendo películas mientras se harta de golosinas antes que una salida a cualquier boliche. Pero esta es la quinta vez que la invita y ya no puede seguir rechazándola, así que, termina aceptando ir con ella.
El pequeño apartamento que comparten desde que Mía decide que «ya estaba grande para seguir viviendo en casa de papá», tiene una escalera en la entrada que llega desde la acera hasta la puerta y bajo la cual hay una cochera individual, en la que Mía guarda el auto que su padre le regaló en su cumpleaños número dieciocho. En la parte superior, una pequeña sala-comedor; una cocina separada de la estancia principal por una isla; un baño y dos habitaciones amplias completan su refugio; eso que llaman «nuestro hogar».
Llega y se tumba en el sofá; se entretiene un rato en pensar tonterías, hasta que llega su compañera.
Al ver que aún ni siquiera se ha quitado la ropa con la que fue a trabajar, Mía la apura para que vaya a prepararse y, mientras ambas se alistan para salir, le va comentando dónde irán y con quiénes se encontrarán.
Son poco más de las nueve de la noche de un caluroso viernes de diciembre cuando salen juntas al encuentro de la diversión.