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Promesa Oriental

Promesa Oriental

Autor: : J.C.CASTRO
Género: Romance
Bienvenidos al 5to libro de la serie AMORES ORIENTALES. (Esta es la historia de Zashirah). Zashirah, es la mayor de las gemelas Mubarack Cooper, siempre ha sido la princesa de las que todos se enorgullecen, buena, noble y preocupada por su reino, también ha sido bendecida por Alá, no solo con el don de la belleza, sino con muchos talentos. Pero no todo es color de rosa, Zashirah sufre en silencio por la ausencia de su amor, ahora él ha regresado a Norusakistan, y la princesa quiere al fin poder disfrutar del amor de su infancia, y al fin poder cumplir esa promesa que Shemir le hizo siendo solo un niño, Sin embargo Zashirah se topa con la novedad que Shemir ha olvidado su promesa y dice que todo lo que vivieron fueron solo cosas de niño. ¿Cómo puede superar Zashirah su rechazo?

Capítulo 1 Él vuelve.

Zashirah, al despertar aquella calurosa mañana, jamás imaginó que sería el día en que sus ojos volverían a verlo, su corazón se agitó violentamente con la noticia de su regreso y tuvo que luchar contra el deseo de correr y arrojarse a sus brazos para asegurarle que estaba feliz de verle nuevamente, y que al fin, después de tantos años, su corazón volvía a estar completo. Shemir, su amado y buen Shemir, su amor de niñez, su primer y único amor. Llevó las manos a su cuello y tiró de la cadena de plata oculta en su caftán, cadena de la cual colgaba un hermoso anillo de plata.

-Ha regresado, al fin ha regresado, ¡Oh, gracias Alá!- dijo en voz alta y con los ojos llenos de lágrimas de felicidad.

Por más que intentó propiciar el encuentro, no lo vió, no hasta que se reunieron a la hora del almuerzo, todos parecían felices, ante el hecho de que él había regresado. Naiara y Haimir, estaban rebosantes de felicidad su único hijo; Shemir, había vuelto trayendo a sus padres una inmensa alegría, para ella, la alegría no era menor, y esperaba realmente que él estuviese igual de feliz de verla, estaba ansiosa por poder hablar a solas y que ambos estuviesen felices del reencuentro.

Shemir, había ido a estudiar a Inglaterra por recomendación de Isabella, quien sugirió las mejores universidades y aseguró que estaría feliz de usar un par de contacto para darle una oportunidad a Shemir, y hacía varios años desde la última vez que él había pisado Palacio, sus padres estaban muy agradecidos de que los Jeques hubiesen sido tan bondadosos otorgándole a su hijo la oportunidad de estudiar en el extranjero mientras ellos cubrían los gastos. Aunque el jóven Shemir consiguió un empleo de medio tiempo y luego unas pasantías pagas, que le permitieron tener su propio dinero, e intentar a toda costa no molestar al Jeque, ahora era un elegante y fornido jóven, dedicado a las leyes y, esperaba con el conocimiento adquirido, poder retribuir al Jeque y a la nación la gran oportunidad que le habían dado.

Dejó en claro que aquellas eran unas vacaciones, el corazón de Zashirah, se entristeció, sobre todo, porque aunque ella hacía enormes esfuerzos por llamar su atención, él no posaba sus ojos sobre ella, más de un minuto. Shemir, estaba feliz, en un prestigioso consultorio inglés le habían otorgado un puesto dentro de su gremio jurídico, pero de momento estaba de vacaciones ya que su contrato comenzaría en seis meses, no quiso desperdiciar tiempo y volvió a casa, junto a los suyos, extrañaba las largas conversaciones con su padre y las atenciones de su madre.

Todos estaban atentos a las palabras de Shemir, ya que para celebrar su llegada Zabdiel había ordenado un banquete para el almuerzo y Naiara, Haimir, Shemir, Azhohary, su esposo e hija estaban a la mesa con la familia real.

En una gran celebración.

Isabdiella, quién estaba feliz en aquel momento de felicidad, pudo apreciar el leve rubor que cubría las mejillas de Zashirah y sonrió con ternura, pero, a la vez observó también como los ojos de Mishah, la hija de Azhohary, brillaban ante la presencia de Shemir.

Grave problema.

Mishah, al igual que Shemir, tuvo la oportunidad de ir a estudiar al extranjero pero ella lo había rechazado alegando que se sentía feliz de poder servir en Palacio, que amaba su tierra y sus raíces, y que no podía soportar la idea de alejarse de los suyos, de aquella manera se demostraba que en algunos casos las mujeres Norusakistanas se sentían más arraigadas a su país que los hombres.

-Las clases fueron complicadas; agotadoras, largas, extenuante, en ocasiones ni lograba dormir preparándome para las clases del día siguiente- decía Shemir- pero ha sido un esfuerzo que ha valido la pena. Todo ha rendido sus frutos.

-Estamos tan orgullosos de ti- dijo una emocionada Naiara.

-Siempre estaré en deuda con usted, mi señor- le hablaba a Zabdiel- agradezco la gran oportunidad que me brindó y espero en estas vacaciones poder colaborar al Reino, servir de apoyo en el área jurídica y política. Puedo ser de ayuda si usted me lo permite. Y usted, por supuesto, Excelencia- le hablaba a Nael.

-Por supuesto- dijo sonriente Zabdiel.

-Eso me haría feliz- añadió, Nael- tus ideas frescas serán de gran apoyo a la corona, estamos orgullosos de ti y felices de tenerte de regreso a ésta, tu casa. Eres uno más de la familia- agregó.

-Se lo agradezco Majestad, me alegra estar aquí y ver que ahora es usted quien rige el país, nunca tuve dudas del gran Soberano que sería.

-Muchas gracias, Shemir.

-Además que ha sido una maravillosa sorpresa saber que es usted nuestra Reina- miró con admiración a Vanessa, quien le regaló una dulce sonrisa.

-Es aún más maravilloso para mí- respondió la Soberana- estoy dónde siempre debí estar- tomó una mano de Nael, por encima de la mesa y lo miró con adoración- no querría estar en ningún otro lugar en el mundo.

-Es bueno saberlo, Majestad. ¿y quién será el próximo en casarse?, ¿Cuál de las Princesas?

-Ninguna posee compromiso- aseguró Isabella- aunque quizás la próxima sea mi hija- Isabdiella, casi se atraganta con el vino, y Zabdiel miró con ceño fruncido a Madre y luego luego la hija- Oh querido, no pongas esa cara, algún día tu hija tendrá que casarse, no la tendrás bajo tu tutela de por vida.

-Lo mismo le he dicho yo- aseguró Zahir riendo.

-O quizás- intervino Ivette- sea alguna de las gemelas- la escandalosa risa de Zahir, se esfumó y puso muy mala cara, mirándo ceñudo a su esposa y luego a sus dos hijas, fue el turno de Zabdiel de sonreír.

-Mis hijas se casarán después de cumplir los cuarenta- aseguró.

-¿Has perdido la cabeza, Papito?- pregunto Zahiry, riendo- yo me casaré pronto.

-No, no lo harás.- negó convencido.

-Si, si lo haré- aseguró, en tono desafiantemente dulce.

-Nunca lo consentiré- aseguró el padre con la misma determinación de la hija.

-Ya lo veremos- dijo Ivette sonriendo. Zashirah, sentía su rostro arder, además se sentía muy nerviosa e intimidada por la presencia y los gestos tranquilos de Shemir, y la ponía aún más nerviosa que estuviesen hablando de matrimonio en aquel preciso momento.

-¿Quiere decir eso que han llegado pretendientes a Palacio?- indagó Shemir, sonriendo.

-Nunca faltan- aseguró Isabella sonriente- Isabdiella, está siendo pretendida por un doctor.

-Eso no quiere decir que vaya a casarme pronto, madre- intervino la aludida- o que me case precisamente con él.

-¿Y tú, hijo mío? - preguntó Haimir- ¿has dejado alguna conquista occidental?

-Nada serio- aseguró- la verdad nunca dispuse de mucho tiempo. Entre estudios y trabajo, luego las pasantías era poco el tiempo libre, salí con alguna que otra jovencita, pero nada serio. - el corazón de Zashirah se estremeció. Él acababa de decir que había salido con algunas jóvenes.

¿Cómo era eso posible?, ¿Acaso se había olvidado de la promesa que le había hecho?, ¿Cómo podría haber estado saliendo con otras?

-Quizás encuentres el amor cerca de casa- le dijo Zashirah, mirándolo directamente a los ojos, con la intensión de recordarle el pasado.

-Si- aseguró Mishah-quizás el amor esté en las ardientes tierras de Norusakistan- ambas jovencitas se vieron por un momento y luego desviaron la mirada.

-No lo sé- dijo pensativo- pero espero y confío en que Alá no me tenga esa sorpresa. En algunos meses debo marcharme y no deseo irme de Norusakistan con el corazón roto.

Zashirah, no supo como interpretar aquello exactamente, ella lo amaba, él lo sabía, se habían hecho una promesa, él debía suponer que lo seguiría, no dejaría que se fuese de Norusakistan con el corazón roto, ella jamás le rompería el corazón.

Luego del almuerzo se marcharon al salón dorado y tomaron té de jazmín y café con galletas, todo era alegría en el exterior, pero en el corazón de la dulce princesa, no había más que turbación, ansiedad y desconcierto.

Capítulo 2 Aléjate de mi hermana.

Zahiry, caminaba por Palacio, mientras se abanicaba aquel día estaba resultando increíblemente caluroso. Si bien, Norusakistan era ardiente, aquel día parecía estarlo el doble. Vagó largo rato, quizás debería quitarse el lindo caftán violeta y colocarse algo más occidental que le permitiese un poco más de frescura.

Se detuvo al ver la puerta del salón azul abierta, caminó para entrar, seguramente su padre se dedicaba a la lectura. Se sorprendió al notar que quién estaba concentrado en un libro, no era otro que Shemir.

-Shemir, qué sorpresa encontrarte aquí.

-Alteza- el jóven se puso en pie y la miró haciendo una leve reverencia con su rostro. Zahiry, cerró el abanico de un solo movimiento.

-Vaya, si que has cambiado en todos estos años- dijo terminando de llegar hasta quedar frente a él y mirarlo directamente a los ojos- estás muy atractivo.

-Gracias, Alteza- dijo sin una pizca de emoción en su cara.

-¿Sigo sin agradarte?- le preguntó burlona mientras caminaba alrededor de él como si estuviese inspeccionándolo, paseando la punta del abanico cerrado, por el pecho, luego la espalda, para terminar nuevamente en el pecho del joven.

-No sé a qué se refiere, usted- dijo tajante.

-Lo sabes perfectamente- rió divertida- tu mano empuñada- la tocó levemente con el abanico- tu mandíbula tensa- colocó el abanico debajo de la mandíbula- tu ceño fruncido. Sé que sigo sin agradarte, curioso que mi hermana te agradara tanto. Somos idénticas.

-La Princesa Zashirah y usted, no se parecen- respondió tenso.

-Irónico que digas eso, a sabiendas de que somos gemelas- dijo burlona.

-Sólo se asemejan físicamente. Es allí cuando comienzan sus abismales diferencias.

-Nunca te agradé, , te enojaba que descubriera tus intensiones con mi inocente hermana, Zashirah es bastante ingenua, pero yo tengo malicia por las dos, Shemir. ¿Eso es lo que te molesta?, ¿Te desagrada que sea mas desenfadada que Zashirah?

-Esa no es exactamente la palabras que yo usaría, Alteza. ¿Aún se ve al escondidas con el joven Yassid?- la provocó.

-¡Insolente!, ¡No es de tu incumbencia!- frunció el ceño- ¿ es que acaso tienes a alguien que vigilia mis pasos?, debo reconocer que eres bastante atrevido- enarcó una ceja- ése mismo atrevimiento fue el que te llevó a poner los ojos en mi hermana. Mi padre te mataría si supiera lo que pretendes con la inocente de Zashirah- sus ojos brillaron llenos de enojo.

-La Princesa, nunca me hizo saber que estuviese ofendida por mis sentimientos, lamento que usted, Alteza, me sienta. . . inferior.

-Jamás he dicho eso, nunca te he visto inferior, ni a ti, ni a nadie, así que no te victimices frente a mí, tu conducta fue bastante reprochable, irte dejándo el corazón roto de mi dulce hermana. Eso no fue agradable- Shemir, se movió incómodo, aquel reclamo llegaba tarde.

-Las cosas han cambiado, yo he cambiado. . .

-¿Y tus sentimientos? -indagó- ¿volverás a burlarte de mi hermana?

-Nunca hice tal cosa- la miró desafiante.

-Quizás dejaste algún corazón roto en el extranjero. Mantente alejado de mi hermana, si la haces llorar nuevamente, Shemir, no te lo perdonaré, haré que los guardias te entierren vivo en el desierto, yo no soy tan dulce como Zashirah- los ojos de Shemir brillaron de indignación, se acercó mucho a él, hasta que quedó a escasos centímetros del masculino rostro- no toleraré que la lastimes.

-Presume usted cosas sin sentido. La Princesa y yo, ya no somos niños, hemos crecido y cambiado.

-Es justamente eso lo realmente preocupante. Aléjate de ella- repitió y dejó un inocente beso sobre su boca, al sentir la presión de sus labios, él contrajo los propios y la miró casi con furia mientras ella se marchaba. Zahiry siempre le había puesto las cosas difíciles y parecía que todo de él le desagradaba- Por el bien todos, aléjate.

Aquel día transcurrió sin ninguna novedad, hasta que por la noche anunciaron de una enorme desgracia que abatía al pueblo Norusakistan, habían entrado bárbaros pertenecientes a las tierras del Emirato del sur, habían asesinado a un hombre, y secuestrado a su única hija. Inmediatamente salieron en busca de la joven, gracias a Alá, pudieron encontrarla y regresar con ella, lo cual había dejado al menos una buena noticia en el día, Nael estaba furioso y había golpeado al líder del clan, había hecho que caminaran de regreso hasta Palacio y les había encerrado en las mazmorras, asegurando que debían pagar su ofensa en suelo Norusakistano, además, Nael viajaría al sur para tener una reunión con el Emir, ponerle al tanto de la situación y buscar alguna solución que mantuviese a raya a aquellos bárbaros de suelo Norusakistan.

Dos días mas tardes, Zashirah seguía sin encontrar la manera de animarse a hablar con Shemir, pero sabía que debía hacerlo, no podía seguirle dando vueltas al asunto, debían tener aquella conversación, no habían podido hablar a solas ni un segundo, pero había llegado la hora. Zashirah, suspiró, los nervios amenazaban con hacerla temblar sin reparos, la necesidad de aclarar todo, la estaba consumiendo. La puerta del pequeño salón estaba abierta, entró de manera sigilosa con el corazón golpeando contra su pecho.

Allí estaba él, Shemir, estaba concentrado en los muchos papeles dispersos en la mesa.

-Buenos días, Shemir- dijo suavemente, el joven levantó la cabeza de los papeles y la observó, un extraño brillo cruzó su mirada, no supo definir bien qué era.

-Alteza, muy buenos días- odiaba que la llamara así, era claramente una barrera que levantaba entre ellos. El joven se puso en pie e inclinó levemente la cabeza-¿Cómo se encuentra ésta mañana?

-Gracias a Alá, gozando de buena salud. Espero que tú también.

-Así es. ¿Puedo ayudarle en algo?- preguntó seriamente.

-Naiara, me ha dicho que podría encontrarte aquí- dijo intentándo controlar sus nerviosas manos, para evitar retorcerlas.

-Mi madre no sabe guardar secretos- sonrió sinceramente y el corazón de la Princesa, se aceleró violentamente- estaba dedicado a estudiar un poco las leyes Norusakistanas- dijo mientras recogía los papeles y los organizaba dentro de la carpeta- sin duda alguna son bastante distintas a las de Londres.

-Has cambiado- dijo de pronto con sinceridad, Shemir levantó la cabeza de la carpeta y la miró fijamente en silencio un par de minutos.

-Ambos lo hemos hecho, Alteza. De hecho, es un proceso de lo más natural, todos cambiamos, crecemos, maduramos se supone que son procesos básicos del existir- Zashirah, se sintió un poco tonta. Se infundió ánimo y caminó hasta quedar junto a él frente al escritorio.- ¿Puedo ayudarle en algo, Alteza?

-Podrías comenzar por llamarme por mi nombre.

-Eso sería bastante irrespetuoso de mi parte- la miró fijamente a los ojos- usted es la Princesa, no podría referirme a usted en otro termino.

-Antes, lo hacías- lo acusó.

-A mi favor debo decir que tenía doce años, en mi mente infantil éramos amigos, no había límites.

-No tiene porque haberlos. - estaba haciéndo un esfuerzo sobre humano para que su voz sonara muy natural.

-Lamento decir que usted se equivoca, Princesa.

-Además, creo recordar que éramos. . . éramos. . .más que amigos- Shemir, la miró en silencio por algunos minutos, comprendía lo que ella pretendía pero no estaba dispuesto a ello.

-Solo éramos dos chiquillos, jugando.

-¿Quieres decir que cuándo decías quererme, jugabas conmigo?- lo miró con ojos enormes, el corazón del joven dolió. Nada más lejano a la absoluta verdad.

-Evidentemente no, Alteza, me refería al hecho de que sólo éramos dos niños, ya hemos crecido, somos adultos y como tal, comprendo mi posición y la suya. Ya no somos dos niños que juegan, que corren por Palacio, que entran a hurtadillas a la cocina para robar postres y comerlos a escondidas.

-Fue una época hermosa- sus ojos se llenaron de brillo al descubrir que él recordaba los detalles de la infancia compartida.

-Lo fue- dijo él- pero ya es pasado.

-Solíamos hablar de futuro, un futuro. . . juntos- dijo con voz temblorosa.

-Alteza, tenía doce años, usted estaba por cumplir diez, solo éramos niños. . .

-Niños que se prometían- dijo con ojos llenos de lágrimas- hicimos una promesa, prometimos jamás olvidarla, jamás incumplirla.

-Repito, sólo fueron palabras de niños. Por favor. . . no llore Alteza, quisiera conservar el pellejo en mi piel y eso no sucederá si su hermana o su padre la ven así.

-¿Es eso lo que te preocupa?, ¿Ellos?

-Alteza- su voz era agotada- son cosas pasadas.

-Cuándo tenías doce años, me hiciste una promesa, te fuiste a estudiar al extranjero, te he esperado todo este tiempo Shemir, llegas y te dedicas a evitarme, a evadirme a toda costa. ¿No te importa cómo me sienta?, Se supone que éramos. . . amigos, que nos queríamos, esperaba ansiosa que volvieras y tú. . . tú sólo me ignoras.

-Zashirah, dulce Zash- su voz se dulcificó- así deben ser las cosas- elevó una mano y limpió la silenciosa lágrima que se deslizaba con parsimonia por su mejilla, se sentía miserable por ocasionarle lágrimas- solo tenía doce años.

-Pero yo creí en tu promesa de quererme siempre, de estudiar y volver para estar juntos, de ser tu amor, me prometiste que sería tu esposa- sollozó débilmente. Tiró suavemente de la cadenita en su cuello, del interior de su caftán se vio arrastrada una sencilla cadena de plata, que mantenía oculto entre sus pechos, sosteniéndo un sencillo anillo del mismo material. No tenía ninguna piedra, nada que lo hiciera especial, pero para Zashirah era el símbolo de amor del joven Shemir, el símbolo de una promesa inquebrantable.- siempre lo llevo conmigo, cerca de mi corazón para recordar tus palabras. Me prometiste que sería tu esposa, me juraste que nunca me olvidarías. ¿Lo recuerdas?. Ese día me besaste, mi primer beso Shemir, un beso de amor. - Los ojos del joven se fijaron en los suaves y delicados labios de la Princesa, luego fueron al sencillo anillo.

¿Cómo podría olvidarse de su juramento?, Por años tuvo que decirse que habían sido cosas de niños, sueños que jamás podrían cumplirse, ellos nunca podrían estar juntos por más que lo desearan.. Vio el anillo, sencillo, modesto pero lo había adquirido con tanto amor y sacrificio. Su padre, Haimir le había dicho que una promesa debía señalarse siempre con algo que pudiese recordarse y para él, ese sencillo anillo había sido lo mejor que pudo comprar con sus ahorros. Sabía que era muy poco para ella que tenía infinitas joyas finas, a la que le sobraban joyas de oro, frente a eso, su anillo debía ser insignificante, pero aquel era símbolo de un amor infantil y el sello de una promesa, jamás pensó que Zashirah, siguiera conservándolo.

-Debes olvidarlo, Zashirah nunca podríamos casarnos, tú nunca podrías ser mi esposa. No soy digno de ser tu esposo. -Ella lo ignoró y siguiendo un impulso se acercó a él, le rodeó el cuello con ambas manos, poniéndose de puntillas y lo besó, rogándo desesperadamente que un beso pudiese hacerle recobrar la fuerza y la fe que estaba perdiendo en ambos.

Ella lo quería, siempre lo había hecho, había aprendido a quererlo desde muy niña y en su corazón guardaba la promesa que se habían hecho de niños, guardaba el anillo que un día le había dado, guardaba las esperanzas de consumar aquel amor que había nacido a tan temprana edad en los infantiles corazones.

Sus labios se encontraron en una lenta danza, y Shemir no pudo evitar responder a la calidez de su boca, una boca bastante inexperta que se movía con torpeza contra la suya, pero que era aún más dulce por eso. Por un momento se olvidó de quién era él, de quién era ella y quiso recordar ese primer amor que había experimentado.

Pero se frenó repentinamente, cualquiera podría verlos y El Príncipe, no estaría nada contento con una noticia así. Se detuvo abruptamente y con suavidad la apartó de ella.

-Eso ha sido un error.

-Por supuesto que no- lo miró con una muda plegaria escrita en sus ojos- ¡Por Alá, Shemir!

-Me honra con su interés, Alteza. Sin embargo tengo que pedirle que no repita ésto, no puede ser, desde un principio jamás se pudo, ni se podrá. Esa promesa fue una tontería de dos niños que no sabían nada del mundo o la vida, las cosas han cambiado, usted y yo jamás podríamos estar juntos. Con su permiso, Alteza- se inclinó en una reverencia y se giró para marcharse.

Zashirah, lo tomó de la manga de la camisa observándo con dolor. Shemir, la miró fijamente y con suavidad se soltó, irguió la espalda y abandonó el salón con paso firme, sin saber que con cada una de esas pisadas destruía los sueños e ilusiones de una niña que lo había esperado para ofrecerle nuevamente su amor y devoción.

Zashirah, gimió con dolor al sentir como se instalaba en su pecho el sentimiento de rechazo y abandono. Nada de lo que había soñado podría ser jamás, había sido una tonta al pensar que después de tantos años el mantendría su promesa. Tocó el anillo que reposaba contra su pecho, las lágrimas corrieron desesperada.

Él nunca se casaría con ella, para él, sólo habían sido juegos de niños.

Capítulo 3 El tormento del pasado.

Shemir, caminó rápidamente hasta su habitación, furioso y frustrado arrojó la carpeta con los documentos sobre la mesa de noche, se sentó en la cama, se inclinó hasta equilibrar sus codos sobre sus piernas y sostener la cabeza entre sus manos.

-Lo sabía- se dijo en voz alta- sabía que volver era un error.- todo sería más fácil si ella le hubiese olvidado, de aquella manera solo tendría que batallar con sus fantasmas internos, con sus recuerdos y no con la necesidad de sucumbir ante su cariño.

¿De dónde había sacado fuerzas para no dejarse arrastrar por aquel beso, por la necesidad de sentirse querido por ella?. . .el pasado, la ultima vez que visitó Palacio, comprendió que las cosas entre ellos no funcionarían, ella era una princesa, él, el hijo de dos servidores de Palacio, evidentemente había un enorme abismo entre ambos, un abismo que no notó en su niñez, tampoco en su adolescencia cuando había prometido que se casarían, un abismo que no fue presente sino hasta su ultima visita a Palacio, donde el amor, y las hormonas habían hecho de las suyas, donde todo casi se sale de control, aquella ultima visita en la que le habían prohibido volver a Palacio, y él había prometido no regresar.

Debió cumplir esa promesa, pero tenía demasiadas ganas de verla nuevamente, y sobre todo de estar nuevamente en su país, de conversar con su padre y abrazar a su madre, había esperado que con un poco de suerte, podría verla y que ella lo hubiese olvidado, pero nada había salido como él esperaba.

Saber que ella lo quería y que seguía pensando en aquella promesa de infancia no hacía más que remover los sentimientos que por años se ocupó de sepultar. Zash, su dulce Zash, seguía siendo tan hermosa, tan noble, con esos hermosos ojos, y esa melena tan radiante como el sol, parecía acaparar todo el calor del desierto en su sonrisa.

-¡Por Alá Zash, esto no puede ser!- Sabía que la princesa Zahiry, cumpliría sus promesas, tal y como años atrás, volvía a amenazarlo. Podía entenderla, buscaba proteger el frágil corazón de su hermana.

Había visto tanta tristeza en sus ojos y. . . esas lágrimas, ¡POR ALÁ!, ella había llorado, la dulce Zash se deshacía en lágrimas y eso lo atormentaba. El anillo, ella conservaba el anillo. . . Cerró los ojos, dejándose caer en la cama, la suavidad de la misma recibió su peso, se permitió hurgar en su mente, remover todo lo que había colocado para sepultar los recuerdos, y rememorar el día que adquirió ese anillo.

Shemir, corría feliz por los jardines, Zashirah había entrado al salón para dedicar algo de tiempo a su técnica de pintura sobre el lienzo, a pesar de su corta edad, ella hacía unas dibujos hermosos, sin lugar a dudas sería una gran pintora.

-¿A dónde vas, hijo mío?-la voz de su padre le detuvo- deja de correr, podrías caerte o en el peor de los casos, ocasionar un accidente- Haimir levantó la vista hacia los guardias que caminaban por todo Palacio haciendo sus rondas, y el jardín no era la excepción.

-Iba a mi habitación a repasar mis clases- le dijo con una enorme sonrisa- Padre. . . ¿Puedo hacerle una pregunta?

-Claro, hijo mío, ¿Qué ocurre?

-¿Qué debo hacer si prometo algo?, quiero hacer una promesa, pero una muy sería, una que espero cumplir cuándo crezca- su padre frunció el ceño ligeramente y sonrió.

-Lo primero, orgullo mío, es que debes saber que hacer promesas es algo muy serio, una promesa no puede tomarse a la ligera- colocó una mano en su espalda, motivándolo a caminar con él- prometer, es dar tu palabra, y la palabra de un hombre debe tener peso, es todo lo que tienes, todo lo que te representa. Lo segundo es, que si es una promesa tan seria, y esperas cumplirla a futuro, debes tener algo que te haga recordarla.

-¿Debo escribirla en un cuaderno para no olvidarla?- el niño lo miró con el ceño fruncido.

-No, no, hijo mío- le sonrió tiernamente- una nota en un papel, puede ser perdida, el símbolo de esa promesa debe ser tan grande e importante como la promesa misma- el niño se quedó pensativo algunos minutos como sopesando las palabras del progenitor.

-Lo comprendo, padre- respondió asintiendo.

-Me alegra escucharlo, ahora bien, ¿Me dirás que piensas prometer, o a quién?

-¿Me obligarás a decirlo?- parecía preocupado.

-Jamás te obligaría a nada como eso, hijo mío- lo abrazó- confío en ti.

-Gracias, padre.

Con el transcurso de los días había decidido cual sería el presente perfecto para sellar su promesa, en cuánto su madre había dicho que iría al pueblo en busca de alguna túnica, él pidió acompañarla para hacer una compra, la madre sonrió y sin pedir mayor explicación, asintió, ya Haimir le había hablado de la conversación que tuvieron.

-Quiero comprar un anillo, una pieza que sea bonita, es para sellar un promesa- el hombre, dueño del negocio lo miró fijamente.

-¿Qué clase de anillo buscas, jovencito?

-El mejor que pueda darme- sacó una pequeña bolsa de cuero llena de piezas- esto es todo lo que tengo- se lo entregó- son mis ahorros de mucho tiempo, espero pueda darme algo significativo- el hombre tomó la bolsa y sonrió, aquel parecía un joven bastante educado, había llegado a la tienda en compañía de la madre, quien por petición de él, esperaba a poca distancia.

-Bien, jovencito- asintió- contaré esto y te daré lo mejor que puedas comprar.

-Gracias, buen hombre, Alá lo bendiga.- Cuando el hombre, volvió traía un envoltorio de un trozo de tela suave que extendió en la palma de su mano, ante él- Shemir, sonrió satisfecho al ver el anillo y la delicada cadena del mismo material brillante.

-Es plata, jovencito, es sencillo, pero su material lo hace valioso, además de que estoy seguro de que "ella" quedará prendada en cuanto vea la pieza- sonrió, Shemir le miró en silencio, esperaba que Zashirah, se sintiera feliz al verlo.

Dos días transcurrieron antes de que se animara a entregarle el presente a la princesa, le había invitado al jardín, había un lugar oculto por las vegetación, flores, y un banco donde solían sentarse a comer postres, Shemir se maravillaba de que la reina colocara tanto empeño en crear y conservar aquel jardín en un lugar tan caluroso, pero cuando una planta moría, ella traía y sembraba otra especie, y se dedicaba personalmente a regarla, también contaba con el apoyo del personal que ponía el mismo esmero en mantener el jardín de su señora para mantenerla feliz.

-¿Por qué hemos venido aquí, Shemir?- preguntó con dulzura la rubia princesa- ¿Comeremos postre?

-No, Zash, es que. . .te he comprado algo.

-¿Un obsequio?- sus ojos brillaron de alegría.

-Si- sacó la tela de su bolsillo- yo te quiero mucho Zash.

-Yo también te quiero- sonrió apenada.

-¿Tanto como para querer que sea tu esposo?- preguntó pronunciando lentamente aquellas palabras y mirándola fijamente, atento a su reacción, ella abrió los ojos enorme.

-Pero. . . somos niños, no podemos casarnos.

-No ahora- intervino él- sino cuándo seamos mayores- asintió con la cabeza- yo sé que te quiero y a mi sí me gustaría ser tu esposo.

-A mi también- sonrió la niña- me asustaste- rió- pensé que querías casarte ahora- volvió a reir- yo te quiero mucho y sé que serás un buen esposo.- el niño sonrió y abrio la tela mostrandole el contenido- ¡Shemir, es muy bonita!- exclamó con alegría.

-Sé que puede parecer poco- sonrió más ampliamente- sobre todo porque tu tienes muchas, además de coronas, pero lo he comprado con mucho cariño, he invertido en este presente todos mis ahorros.

-¡No debiste, Shemir!- le dijo avergonzada- esos ahorros eran para el cumpleaños de Naiara.

-Si debí- asintió- no es cualquier presente, Zash- ella acarició la joya, deslizando con cuidado los dedos sobre ella- con este anillo quiero sellar la promesa de que cuándo seamos adultos, me convertiré en tu esposo.

-Y yo me convertiré en tu esposa- sonrió ampliamente- nos casaremos, Shemir.

-Lo prometo- le dijo él- serás mi esposa Zash, y voy a quererte siempre.

-Igual yo- asintió la princesa firmemente, dándole la espalda, y haciendo a un lado su rubio cabello- ¿me la colocas, por favor?- el niño con sumo cuidado colocó la prenda en su cuello, ella la acarició y luego se giró hacia él- es preciosa Shemir, me ha encantado, prometo que la llevaré siempre y que cada vez que la vea, pensaré en tí. Gracias, te quiero- e inclinándose le dio un tierno beso en la mejilla, un beso que logró ruborizar al infante.

Shemir, abrió los ojos, volviendo al presente, con un suspiro se sentó nuevamente en la cama, recordar el pasado lo perturbaba, le perturbaba recordar cuánto la había querido, y cuánto la seguía queriendo.

-No debí volver, Alá, no debí volver- se restregó la cara frustrado. Luego abrió el cajón y extrajo una bolsa de cuero que contenía alguna de sus prendas más preciadas, sacó otra pequeña bolsa de cuero y tiró de la cuerda para desatar el nudo y abrirla, suspirando nuevamente extrajo la prenda dentro de él, observó atentamente la preciosa pulsera de oro, con un delicado rubí al centro, y dos pequeñas esmeraldas de cada lado, era una pieza única, preciosa y había sido el presente con el que ella había retribuido su gesto y sellado su promesa, Shemir sonrió mientras acariciaba el precioso rubí, era de sus prendas más preciadas, de hecho, la más preciada que tenía, y no por su valor, sino por obtenerla como un presente de la mujer que a tan temprana edad, y siendo sólo una niña, le había robado el corazón.

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