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Promesas en la Penumbra

Promesas en la Penumbra

Autor: : Claudia Carrello
Género: Romance
Un matrimonio sellado por un contrato y una atracción que ningún acuerdo puede contener. Amelia, con solo diecinueve años, acepta unirse a Darío, un hombre de mirada insondable y pasado marcado por la pérdida, sin imaginar que tras su aparente frialdad se oculta una ternura capaz de desarmarla. Entre la obligación y el deseo, entre la verdad y lo que ambos temen admitir, sus vidas se entrelazan en una relación donde las promesas nacen a media luz, allí donde el amor empieza como un secreto y termina siendo imposible de ocultar.

Capítulo 1 La Promesa Que No Elegí.

Ese día Amelia estaba exultante: al fin había llegado la carta de aceptación para estudiar piano en España. La emoción le desbordaba el pecho.

Entró a casa con el sobre aún en la mano. Sus padres no estaban, así que se fue directo a su habitación. Pensó que esperaría a que llegaran, y si no, pues ya lo contaría al día siguiente. Sonrió para sí: "Sí, será mañana... total, un día más o un día menos, ¿qué más da?".

De pronto escuchó voces y movimiento en la planta baja. Se asomó por el barandal y confirmó que, en efecto, sus padres habían llegado. Alcanzó a oír a su padre decir:

-Llama a Amelia, es momento de hablar con ella.

-Sí, enseguida -respondió su madre.

Amelia, en un impulso, se escabulló de nuevo a su cuarto fingiendo no haberse dado cuenta de nada. Minutos después, su madre entró, pero antes de que hablara, Amelia se adelantó con entusiasmo:

-¡Mamá, qué bueno que ya llegaron! Tengo algo muy importante que contarles.

-Eso será después.

-Pero mamá, es importante.

-Ya te dije, después. Tu padre quiere hablar contigo, anda, apúrate, le urge.

-Pero mamá, escucha primero.

-No, no, esto es más importante.

-Mamá, espera.

-¡Que no entiendes! Después -dijo, empujándola con suavidad para que bajara.

Amelia obedeció con cierta incomodidad. Su familia pertenecía a la clase alta; su padre era un abogado de prestigio y su madre se dedicaba a las relaciones públicas. Aunque, en realidad, solía pasar más tiempo con sus amigas de la asociación de damas de caridad, a quienes dirigía como presidenta, organizando bazares, ferias y eventos para recaudar fondos. Les daban a los pobres lo que a ellas les sobraba.

Amelia tenía un hermanos mayores. Luis, el mayor, había seguido los pasos de su padre y se convirtió en abogado también, aunque decidió ejercer lejos de casa. No quería vivir a la sombra de su padre y prefirió abrirse camino en otro país.

-Anda, niña, que tu padre quiere hablar contigo. ¡Apúrate ya! -insistía su madre mientras bajaban las escaleras.

Amelia aceleró el paso. Nunca antes la habían requerido con tanta urgencia, así que debía ser algo muy importante. Llegaron al despacho. Su padre estaba sentado tras el escritorio. Ella se acercó, le dio un beso en la mejilla y dijo con dulzura:

-Buenas noches, papi. Ya estoy aquí. Tú dirás.

-Sí, siéntate -contestó él con seriedad-. Necesito hablar muy seriamente contigo.

-Claro, papi. Y de antemano te digo que sí a lo que me pidas.

Él sonrió, orgulloso.

-Eso quería escuchar de ti, hija. Sabes cuánto me enorgulleces.

-Sí, pa...

-Bueno, vamos a hablar de tu futuro.

-Justo de eso quería hablarte yo desde hace tiempo.

-Sí, sí, pero antes de que me des alguna sorpresa -dijo levantando una mano-, déjame contarte lo que yo tengo preparado para ti.

-Porque así tiene que ser, Amelia. Escúchame bien. Antes que nada, quiero que sepas que no tienes otra salida. Tienes que hacer lo que yo te diga. Esto es muy serio: es un pacto que hice con un colega hace muchos años -comenzó su padre, con una voz grave que no admitía réplica-.

Amelia frunció el ceño.

-¿Un pacto? ¿De qué hablas, papá?

El hombre se acomodó en el sillón, respiró hondo y prosiguió:

-Cuando yo era joven, con apenas ilusiones y sin un centavo, estudiar fue un reto casi imposible. No sabes cuántas veces me quedé a dormir en la facultad porque no tenía para el camión de regreso. Tus abuelos hicieron lo que pudieron, pero lo poco que tenían no alcanzaba. Yo seguí adelante con la idea de que mi familia jamás pasaría por lo que yo pasé.

Su voz se quebró un instante, pero enseguida se recompuso.

-En mi último año entré a un bufete prestigioso gracias a mi profesor, y allí conocí al papá de Dionisio. Él creyó en mí, y poco a poco su familia se convirtió en parte de la mía. Dionisio, su hijo, se volvió mi mejor amigo. Me abrió las puertas de un mundo al que yo jamás habría llegado solo.

Amelia lo escuchaba con atención, aunque con una inquietud creciente.

-Una vez -continuó su padre-, entre bromas y seriedades, prometimos que algún día nuestras familias estarían unidas. Con el tiempo, eso se transformó en un acuerdo: tu matrimonio con su hijo, Darío. Y ese momento ha llegado.

Amelia se levantó de golpe, con los ojos abiertos de par en par.

-¿¡Qué!? ¡Papá, estás hablando en serio! ¡Ni siquiera lo conozco!

-No es necesario que lo conozcas ahora, hija. Lo conocerás y aprenderás a quererlo.

-¡No, papá! -la voz de Amelia temblaba, pero no de miedo, sino de indignación-. Yo no quiero casarme con nadie, y mucho menos con un desconocido. ¡Tengo planes, sueños! Hoy mismo llegó mi carta de aceptación ¡Me aceptaron en la academia de piano en España!

El padre la miró en silencio unos segundos, como si esas palabras no tuvieran peso alguno. Luego golpeó con fuerza la mesa del despacho.

-¡Basta, Amelia! Eso de la música es un pasatiempo, nada más. Tu deber es con tu familia, con tu apellido, con lo que hemos construido.

Amelia sintió un nudo en la garganta, pero no retrocedió.

-¡No es un pasatiempo, es mi vida! No puedes decidir por mí, ¡no puedes condenarme a un matrimonio que no quiero!

El padre se puso de pie, imponiéndose con su altura y su autoridad.

-¡He dicho que es lo que harás! No hay discusión. Olvida esa academia, olvida España. Mañana mismo empezarás a preparar todo.

Los ojos de Amelia se llenaron de lágrimas de rabia.

-¿Me estás vendiendo como si fuera un negocio? -susurró con la voz rota.

El padre apretó la mandíbula, evitando mirarla directamente.

-Sube a tu habitación. Ahora.

-Papá, por favor.

-¡He dicho que subas! -tronó, golpeando el escritorio otra vez.

Amelia lo miró incrédula, con el corazón desgarrado. Luego, sin más, dio media vuelta y salió corriendo del despacho, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

En el silencio que quedó atrás, solo se escuchaba la respiración agitada del padre, como si la dureza de sus palabras también lo hubiese herido por dentro.

Amelia subió las escaleras casi a tientas, con la garganta apretada y los ojos anegados. Apenas cerró la puerta de su habitación, se dejó caer de rodillas junto a la cama. El llanto que había contenido frente a su padre estalló sin medida, ahogando su respiración en sollozos que parecían desgarrarle el pecho.

Capítulo 2 La Jaula Blanca.

Buscó con manos temblorosas el sobre que aún guardaba bajo la almohada. Lo sacó y lo apretó contra su pecho como si fuera un tesoro, como si aquella hoja de papel tuviera el poder de rescatarla de la prisión en la que su padre pretendía encerrarla.

-No -susurró, con la voz quebrada-. No me voy a rendir.

Sus lágrimas cayeron sobre la carta, y con cuidado la secó con las yemas de los dedos. Volvió a leer una y otra vez aquellas líneas que confirmaban su ingreso a la academia en España. Cada palabra era un recordatorio de que había alguien, en algún lugar del mundo, que sí la veía como lo que era: una pianista con talento, una joven con un futuro propio.

"¿Cómo puede papá pensar que mi vida es un negocio? ¿Que soy una moneda de cambio para cumplir un pacto viejo y absurdo?"

Se levantó y se miró en el espejo. Sus ojos enrojecidos, sus mejillas húmedas y el cabello despeinado la hacían verse frágil, pero al mismo tiempo había un brillo nuevo en su mirada: el destello de la rebeldía.

Se sentó en el borde de la cama y, abrazando la carta, pensó:

"No me voy a casar con un desconocido. No voy a dejar que me arrebaten lo único que me pertenece: mis sueños. Prefiero huir... prefiero pelear, pero no obedecer a ciegas."

El murmullo lejano de las voces de sus padres en la planta baja le llegaba apagado. Se tapó los oídos con ambas manos, como queriendo borrar el eco de aquella orden que aún le retumbaba: "Olvida esa academia. Olvida España."

Con el corazón todavía latiendo con fuerza, Amelia se dejó caer sobre la cama, apretando la carta contra su pecho como un escudo. Cerró los ojos y, entre lágrimas, se juró que esa sería su verdad, pase lo que pase.

Amelia se levantó en la penumbra de su habitación. Había dejado de llorar, pero en su interior bullía una determinación silenciosa. Abrió el cajón de su escritorio y sacó una libreta; allí comenzó a escribir, con letra nerviosa, un plan que apenas se esbozaba entre ideas dispersas: vender algunas pertenencias, conseguir dinero, huir antes de que el matrimonio se consumara.

Guardó la carta de la academia dentro de su bolso de viaje, como un amuleto que debía acompañarla dondequiera que fuese. A cada palabra que escribía, a cada prenda que apartaba en secreto, sentía renacer un hilo de esperanza.

Fue entonces cuando la puerta crujió. Su madre apareció en el umbral, con una sonrisa tenue y los ojos cansados.

-Amelia, ¿qué haces despierta a estas horas?

Amelia, sobresaltada, cerró la libreta de golpe y escondió el bolso a un lado de la cama.

-Nada, mamá... solo pensaba.

Su madre se acercó y se sentó junto a ella. Tomó sus manos con suavidad.

-Hija, sé que todo esto es repentino. Pero tienes que comprender que el matrimonio no es solo para ti, sino para toda la familia. Nos asegura estabilidad, futuro... -su voz bajó, casi en un susurro- y honra.

Amelia la miró con rabia contenida.

-¿Y mis sueños? ¿Y lo que yo quiero? ¿Acaso eso no importa?

La madre suspiró, con una expresión mezcla de tristeza y resignación.

-En este mundo, las mujeres no siempre podemos elegir. A veces lo mejor es aprender a complacer, a agradar al esposo. Créeme, con eso la vida se vuelve más llevadera. Si Darío escogió con tanto cuidado tu ajuar, si ha pensado en cada detalle, es porque te aprecia. Eso deberías valorar.

-¿Valorar? -replicó Amelia con un nudo en la garganta-. No me conoce, mamá. No sabe lo que me importa, lo que soy.

Su madre acarició su cabello con ternura, aunque sus palabras eran una cadena suave que buscaba atarla.

-Con el tiempo, lo querrás. O al menos aprenderás a vivir en paz con él. Eso es lo que yo he hecho.

Amelia la miró con los ojos húmedos, sintiendo que esa confesión escondía siglos de renuncias femeninas. Quiso gritar, pero solo pudo apretar los labios hasta que su madre se levantó y salió de la habitación, dejándola otra vez a solas con su bolso escondido y sus pensamientos en llamas.

Al día siguiente, Amelia sentía que caminaba dentro de un sueño espeso, como si todo ocurriera lejos de su voluntad. Allí estaba, frente al espejo, rodeada por su madre, sus hermanas y varias mujeres que no conocía. La vestían, la peinaban, la maquillaban. Todas reían y lanzaban alabanzas al ajuar que la cubría.

-Ya viste qué bonita corona.

-Pero no has visto los aretes, hacen juego con ella.

-Y el brazalete, el brazalete es hermoso. ¡Qué cuidado al escoger todo, Amelia, hasta parece que pensaste en cada detalle!

Amelia abrió la boca para contestar, pero otra voz, firme y satisfecha, se adelantó. Era una mujer de mediana edad, de porte orgulloso.

-No, no fue ella. Fue mi hijo quien dedicó bastante tiempo para elegir cada cosa. No olvidó ningún detalle.

-Bueno, pues se nota que no escatimó en nada -comentó otra mujer.

El murmullo de las mujeres a su alrededor se fue diluyendo hasta volverse un eco distante. Amelia se miraba en el espejo: el vestido marfil bordado con encajes parecía envolverla como una prisión de lujo. Su cabello recogido en rizos caía con gracia sobre los hombros, y la corona brillaba bajo la luz. Todo era perfecto, demasiado perfecto, como si la felicidad de los demás estuviera cosida a las costuras de su ajuar.

La puerta se abrió y su padre apareció, impecable, con el porte solemne de quien lleva el peso de la tradición. Extendió una mano hacia ella.

-Es hora, Amelia.

Ella permaneció inmóvil, con los labios apretados.

-Papá no quiero.

-Ya hablamos de esto -dijo él con firmeza, avanzando unos pasos-. No es un capricho, es tu deber.

Amelia se levantó despacio, con los ojos encendidos.

-¡Mi deber es conmigo misma! ¿Acaso no lo entiendes? ¡No me puedes obligar!

El padre se irguió aún más, como si cada palabra de ella fuera un desafío intolerable.

-Eres mi hija, y cumplirás con lo que hemos acordado.

Ella retrocedió, clavando las uñas en las palmas de sus manos.

-¡No soy una moneda para pagar tus deudas de honor!

Un silencio tenso llenó el cuarto. Su padre, con el rostro endurecido, la tomó del brazo. Amelia forcejeó, pero la fuerza de él era mayor.

Capítulo 3 Promesas sin voz.

-¡Suéltame, papá! -gritó, mientras la arrastraba hacia la puerta.

Los corredores parecían interminables, llenos de flores blancas y gente que aguardaba con sonrisas. Amelia sentía que cada paso la alejaba más de sí misma, como si caminara hacia un sacrificio.

Entonces, lo vio.

Darío estaba de pie al fondo, esperándola en el altar. Su cabello oscuro con aquella peculiar franja plateada lo hacía imposible de confundir. El esmoquin negro se ceñía a su figura con elegancia; era distinto a todo lo que Amelia había imaginado. No había sonrisa en su rostro, pero sus ojos -profundos, serios, casi desafiantes- se encontraron con los de ella.

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Por un instante, la rabia y la desesperación se confundieron con algo nuevo, inesperado, una chispa que la hizo tambalearse en su rebeldía.

Su padre, notando la vacilación, apretó aún más su brazo.

-Camina, Amelia.

Ella respiró hondo, con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Una parte de sí seguía clamando por huir, pero otra -traidora, confusa- no podía apartar la vista de Darío.

El altar parecía más una jaula blanca que un lugar sagrado. Amelia avanzaba tomada del brazo de su padre, quien sostenía la cabeza erguida, orgulloso, mientras su propia mirada vagaba entre la incomodidad y la rabia contenida. Frente a ella, Darío esperaba impecable, con el porte de alguien acostumbrado a tener el control de todo lo que lo rodea. Su sonrisa era tranquila, pero sus ojos parecían escudriñarla, como si intentara descubrir si en algún rincón de su alma existía un mínimo destello de aceptación.

Cuando Amelia se detuvo junto a él, la tensión se volvió palpable. El juez comenzó a pronunciar las palabras de la ceremonia, y cada frase le caía como una piedra sobre el pecho.

-Estamos aquí reunidos -decía la voz solemne.

Amelia apenas escuchaba. Sus manos apretaban el pequeño trozo de encaje de su vestido, y en su mente solo resonaba la melodía de piano que había tocado la noche anterior. Esa música era su refugio.

Llegó el momento de los anillos. La dama de honor de Amelia, con una sonrisa forzada, sostuvo la pequeña caja entre sus manos temblorosas. La entregó, y Amelia apenas pudo recibir el anillo. Tenía la garganta seca, las palabras no le salían.

-Amelia, repita conmigo -indicó el juez.

Ella abrió los labios, pero su voz fue apenas un susurro, quebrada, casi inaudible. Su promesa sonó como la sombra de lo que debía ser.

En cambio, Darío lo hizo fácil, rápido, seguro. Repitió cada palabra con firmeza, deslizando el anillo en el dedo de Amelia con un gesto elegante, como quien cumple un trámite perfectamente calculado.

El juez los declaró marido y mujer. Los aplausos estallaron en la sala, como un eco ajeno al corazón de Amelia.

Entonces Darío inclinó el rostro hacia ella. El beso llegó suave, breve, pero lo suficientemente invasivo como para que Amelia apenas pudiera soportarlo. Cerró los ojos con fuerza, conteniendo el temblor en sus labios, obligándose a no apartarse para evitar el escándalo.

La mano de Darío tomó la suya con firmeza, entrelazando los dedos. Ella sintió que la piel le ardía en ese contacto, mezcla de repulsión y de un extraño cosquilleo que no quería reconocer. ¿Era atracción, era miedo, era pura rebeldía? No lo sabía, y eso la inquietaba más que el propio matrimonio.

Entre vítores y música, salieron del altar. La multitud arrojaba pétalos de flores mientras ellos subían al auto de lujo que los esperaba. Amelia, aún con el beso clavado en los labios como una herida, se dejó guiar al asiento trasero. El motor rugió, alejándolos de la iglesia, rumbo a la comida que sellaría la unión.

Amelia miraba por la ventana, y en el reflejo del cristal alcanzó a ver su propio rostro. No era el de una novia feliz, sino el de alguien que, aunque atada, todavía buscaba la manera de huir.

El auto de lujo avanzaba suave por las avenidas iluminadas. Desde afuera, la escena podía parecer de cuento: una pareja recién casada, rodeada de luces, flores y promesas de futuro. Pero dentro del vehículo, Amelia sentía que cada kilómetro la alejaba más de lo que realmente anhelaba.

Darío, impecable en su porte, sostenía el teléfono contra su oído. Su voz sonaba firme y profesional mientras discutía los últimos detalles del proyecto Borbón con su equipo. Era el CEO de Montenegro Design Group, la firma más prestigiosa en diseño y construcción moderna, y aquella llamada no era más que una entre tantas en su interminable agenda.

Amelia, a su lado, miraba hacia la ventana. Las luces de la ciudad se reflejaban en sus ojos, y de pronto, sin poder contenerlo, las lágrimas comenzaron a rodar silenciosas por sus mejillas. Recordaba la carta de aceptación a la Academia Harmonia de Piano, el lugar donde siempre había soñado estar, ahora reducido a un papel escondido bajo sus pertenencias. Aquella oportunidad, su verdadero futuro, se le escurría entre los dedos como arena.

Rápida, llevó una mano a su rostro, secando el rastro de lágrimas. No podía permitir que Darío la viera llorar; estaba convencida de que él se reiría, de que menospreciaría sus sueños como simples caprichos de una niña ingenua. Fingió serenidad cuando Darío colgó, justo en el momento en que el auto se detenía frente al salón.

Los recibieron entre vítores y música. Amelia sonrió débilmente, aunque por dentro sentía un nudo que le impedía respirar.

El banquete comenzó. En el amplio salón, decorado con luces doradas y ramos de flores, todos parecían felices menos ella. Amelia fingía reír en momentos puntuales, pero poco a poco su rebeldía empezó a filtrarse en gestos pequeños: retiraba con brusquedad la mano cuando Darío intentaba tocarla, bajaba la mirada cuando alguien les pedía posar para una foto, o se quedaba en silencio largo rato, respondiendo con monosílabos a las preguntas de los invitados.

De pronto, se levantó fingiendo que necesitaba ir al baño. En realidad, buscaba una salida, cualquier puerta trasera que la liberara, aunque fuera solo unos minutos. Caminaba con el corazón acelerado, la idea de escapar creciendo como un fuego en su pecho. Pero justo al doblar un pasillo se topó con la madre y la hermana de Darío.

-Querida, te ves hermosa -dijo su suegra, observando con detenimiento su vestido-. Ese traje también lo eligió Darío para ti. Pensó en cada detalle, incluso en que mostraras un poco de escote y no se equivocó, luces deslumbrante.

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