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Promesas rotas: mi exesposa volvió a brillar

Promesas rotas: mi exesposa volvió a brillar

Autor: Blaise Rookwood
Género: Moderno
Diez años como amor de infancia, tres años como esposa... y Roselyn solo recibió traición. Su esposo la engañó con la media hermana de ella, sus hermanos la trataron con fría indiferencia y, para colmo, un diagnóstico de adenocarcinoma en etapa II terminó por abrirle los ojos. Al fin entendió la verdad: había sido invisible en una casa que nunca fue su hogar. Roselyn dejó de suplicar. Escondió el acuerdo de divorcio entre una pila de contratos comerciales, y su arrogante esposo lo firmó sin leer. Después, obligó a su suegra a darle la indemnización que merecía, usando pruebas de fraude en el extranjero. Mientras todos creían que se estaba derrumbando, ella regresó a la empresa de diagnóstico por IA que había cofundado. Allí dejó sin palabras a todo el equipo de ingeniería al resolver sola un problema que los había detenido durante semanas. Por fin recuperó el brillo que había sacrificado por un hombre que nunca supo valorarla. Cuando volvieron a encontrarse, su exesposo rompió el documento de divorcio con los ojos enrojecidos. "Me equivoqué. Vuelve conmigo. Si pudiera, te daría mi propio estómago". Sus hermanos, antes tan crueles, también volvieron para pedirle perdón... y dinero. Pero el amor que llegaba demasiado tarde ya no valía la pena. Roselyn no sintió nada. Mientras todos suplicaban, otro hombre se acercó, la abrazó por la cintura y se levantó la camisa con una sonrisa provocadora. "¿Por qué pierdes el tiempo con basura? Mejor mírame a mí".
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Capítulo 1 Cuenta atrás para la libertad

Un diagnóstico de cáncer en etapa dos.

El médico deslizó el informe médico sobre el pulido escritorio de caoba.

El diagnóstico impreso en negro sobre la página blanca no parecía información médica, sino una sentencia de muerte.

Roselyn Hudson observó cómo el doctor movía la boca, pero ninguna de sus palabras parecía llegarle.

Por encima de ellos, las luces fluorescentes zumbaban sin pausa. El sonido le martilleaba la cabeza.

Respirar se le hizo difícil, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto escaso. El sudor se le acumuló en la nuca antes de deslizarse por su espalda.

No derramó ni una lágrima. En lugar de eso, se clavó las uñas en la palma de la mano hasta dejar marcas, pero ni siquiera entonces sintió nada.

Con voz uniforme, preguntó: "¿Cuáles son las probabilidades?".

El médico pareció sorprendido por su calma, pero le explicó con paciencia los tratamientos disponibles: terapia dirigida, la posibilidad de cirugía, y los difíciles meses que le esperaban.

Con expresión impasible, Roselyn escuchó y asintió.

Poco después, salió del hospital.

En cuanto la pesada puerta de cristal se cerró tras ella, sus piernas fallaron.

Se deslizó por la fría pared de azulejos del pasillo hasta que sus rodillas tocaron el suelo. El informe permanecía apretado contra su pecho.

Un nudo repentino le apretó el estómago, y el tumor que llevaba dentro volvió a recordarle que estaba allí.

De repente, su celular vibró dentro de su bolso, y lo sacó con los dedos temblorosos.

El mensaje era de su esposo, Adrian Riley. "No me esperes esta noche. Tengo una reunión de negocios".

El texto transmitía la misma distancia e indiferencia a la que ya se había acostumbrado.

Como sucesor del Grupo Riley, Adrian dirigía el mayor imperio inmobiliario de la ciudad.

Durante los últimos tres años, Roselyn se había esforzado por ser la esposa discreta a su lado.

Renunció a un futuro en la investigación médica con inteligencia artificial, se ocupó de su casa y toleró las burlas de la gente que lo rodeaba. A pesar de todo, lo amó.

Sin embargo, esa misma mañana, un dulce perfume desconocido había impregnado el cuello de su camisa.

Poco después, Roselyn vio cómo la pantalla del celular de su esposo se iluminaba con un mensaje de alguien guardado con un solo nombre: Emma.

Emma Hudson, su media hermana.

Era fruto de la aventura de su padre con Sophia Grant.

Esa mujer había destruido una vez el matrimonio de su madre. Ahora, la historia parecía repetirse.

Con sus ojos inocentes y su voz suave, Emma había terminado en la cama de Adrian.

Roselyn mantuvo los ojos fijos en el mensaje, mientras otra oleada de dolor le desgarraba el estómago, extendiéndose por su cuerpo como el fuego.

Se le escapó una lágrima, pero se la secó de inmediato. Su expresión se volvió fría.

Luego desbloqueó su celular y buscó dos cosas: las reglas para la división de bienes tras un divorcio y el precio del tratamiento dirigido para el cáncer de estómago.

Cuarenta minutos más tarde, Roselyn llegó al garaje de la mansión Riley en su auto.

El Aston Martin de Adrian no estaba allí.

Bien. No estaba en casa.

Sin dudarlo, se dirigió al estudio de Adrian. La habitación olía a su familiar aroma de colonia mezclado con cuero.

Su objetivo era la caja fuerte oculta tras un cuadro.

¿El código? No era difícil de recordar.

Era el cumpleaños de Adrian.

La cerradura hizo clic.

Roselyn sacó una gruesa pila de contratos relacionados con una adquisición que Adrian estaba preparando y, después, localizó su acuerdo prenupcial.

Lo llevó a la trituradora y lo introdujo página por página.

Una vez que el documento desapareció, imprimió un acuerdo de divorcio estándar y completó con cuidado la sección de división de bienes, utilizando la información que acababa de investigar.

A continuación, hizo una copia de su diagnóstico de cáncer.

Colocó el acuerdo de divorcio y el informe médico en medio de la pila de contratos.

Luego, llamó a Jenifer Riley.

Era la madre de Adrian, la matriarca que controlaba las finanzas de la familia Riley.

Desde que Roselyn tenía memoria, Jenifer la había despreciado, considerándola una cazafortunas.

"¿Qué quieres?", preguntó Jenifer con impaciencia.

Roselyn respondió con voz uniforme, "Señora Riley, llamo por mi divorcio con Adrian. Necesito que firme el acuerdo esta noche y que hablemos de los términos".

Se hizo el silencio al otro lado.

Un momento después, Jenifer soltó una risa fría.

A sus ojos, Roselyn por fin había aceptado la realidad y se había dado cuenta de que nunca encajaría en la familia Riley.

Jenifer dijo con tono cortante. "Así que por fin muestras tu verdadera cara. Ven a mi casa mañana por la mañana. Yo me encargaré de todo".

"Allí estaré", respondió Roselyn antes de colgar.

Roselyn miró los documentos esparcidos sobre la mesa, y una leve y amarga sonrisa apareció en sus labios.

La puerta principal no se abrió hasta después de medianoche.

Adrian entró en el salón, aflojándose la corbata.

El aroma a alcohol se mezclaba en él con ese perfume familiar.

Roselyn seguía sentada en el sofá, con la pila de papeles sobre la mesita de café entre ellos.

"¿Por qué aún no te has acostado?", preguntó el hombre, frunciendo el ceño mientras se pasaba una mano por el pelo.

No había ni rastro de culpa en su rostro, solo irritación.

Roselyn empujó los documentos hacia él y dijo: "Estos documentos necesitan tu firma. Tu madre dijo que estaban relacionados con la adquisición y que había que ocuparse de ellos de inmediato".

Adrian dejó escapar un largo suspiro, consciente de que su madre y Roselyn nunca se habían llevado bien.

Metió la mano en el bolsillo, sacó un bolígrafo y abrió el grueso expediente.

El corazón de Roselyn latía sin descanso, pero por fuera no mostraba nada.

Con un dedo, le indicó la última página y dijo: "Firma aquí y aquí".

Cansado y convencido de que Roselyn no sabía nada de asuntos corporativos, Adrian no se molestó en hojear las cientos de páginas.

Su firma se posó rápidamente en cada línea marcada. Sin darse cuenta, acababa de firmar su propio divorcio junto con los documentos de adquisición.

Después, Adrian dejó caer el bolígrafo al suelo, frunció aún más el ceño. Su tono denotaba reproche, no preocupación ni amabilidad, "No tienes buena cara, Roselyn. No empieces a crear problemas ahora mismo. Estoy agotado. Solo déjame descansar un poco".

Durante tres años, ella había amado a ese hombre.

Ahora no quedaba nada, solo un final que por fin podía ver con claridad.

Roselyn dijo en voz baja: "No es nada. Me vuelve a molestar el estómago. Es un problema antiguo".

"Pídele a Donna que te prepare sopa mañana", dijo Adrian antes de caminar hacia el dormitorio.

Sola en la penumbra de la habitación, Roselyn apretó con fuerza la carpeta contra su pecho.

Luego, envió un mensaje a su mejor amiga, Nina Parker. "Tengo cáncer. Me voy a divorciar de Adrian".

"¿Qué? ¡Voy para allá!", respondió Nina.

"Aún tengo que ocuparme de algunas cosas. Ven mañana", respondió Roselyn.

Tras levantarse, subió las escaleras.

Cuando llegó al dormitorio principal, se dio cuenta de que la puerta no estaba del todo cerrada.

Una voz flotaba desde el interior. Era la de Adrian.

"Emma, duerme bien".

Roselyn se detuvo en seco.

El dolor volvió a retorcerle el estómago, pero no emitió ni un sonido.

Sin mirar dentro, pasó de largo y entró en el dormitorio de invitados.

Hacía meses que no compartían dormitorio.

Tras cerrar la puerta con llave, colocó los documentos firmados en el cajón de la mesita de noche.

Bajo la tenue luz, empezó a escribir en su diario: "Cuenta atrás para la libertad. Firmar el acuerdo de divorcio. Asegurar una compensación económica. Volver a mi carrera. Mantener el diagnóstico en secreto".

Y añadió una última palabra: "Sobrevivir".

Pasara lo que pasara, tenía que sobrevivir.

Nadie debía saber la verdad. Les permitiría creer que simplemente estaba causando problemas.

Sin agua, se tragó dos fuertes analgésicos.

Aún vestida, se tumbó en la cama y miró al techo hasta que la luz del día se filtró por las cortinas.

Por la mañana, Adrian ya estaba cerca de la entrada principal, ajustándose el reloj.

Cuando Roselyn bajó, él la miró un instante y se marchó sin mirar atrás.

Pronto todo terminaría. El acuerdo de divorcio ya estaba firmado.

Roselyn llamó a Jenifer y, respirando hondo, le dijo: "Llegaré en treinta minutos".

Capítulo 2 Eres una serpiente

Roselyn ocupó un sillón de terciopelo en el espacioso salón.

Frente a ella, Jenifer, sentada con un platillo en la mano, lo golpeaba rítmicamente con sus uñas bien cuidadas.

El gesto dejaba clara su irritación.

Sin mediar palabra, Roselyn empujó un documento sobre la mesa de centro de cristal.

Jenifer tomó los papeles y los hojeó.

En cuanto llegó al final del documento, sus cejas se alzaron y lo golpeó contra la mesa.

La voz aguda de Jenifer resonó en el salón. "¿Treinta millones de dólares? ¿Estás loca, Roselyn? ¿Qué has hecho por la familia Riley para pensar que tienes derecho a esa cantidad? ¡Esto no es más que una extorsión!".

Roselyn se mantuvo impasible.

Abrió su bolso de diseño y sacó una memoria USB plateada, dejándola delante de Jenifer.

"Todo lo que afirmé puede comprobarse. La unidad contiene registros que demuestran que Adrian transfirió importantes bienes matrimoniales a una cuenta en el extranjero a nombre de Emma. También contiene correos internos que detallan cómo el Grupo Riley trató los problemas fiscales relacionados con un importante proyecto de desarrollo del año pasado".

Jenifer se puso pálida, con las manos apretadas en los reposabrazos.

Roselyn se acomodó en su asiento mientras hablaba: "Solo pido lo que me corresponde por ley. Además, merezco una compensación por el daño moral que he sufrido. Si decides no aceptar, presentaré los archivos junto con mi demanda de divorcio. En cuanto eso ocurra, pasarán a formar parte del registro público. Me imagino que tanto los medios de comunicación como las autoridades fiscales estarán muy interesados en revisarlos".

Jenifer la miró fijamente, con la respiración agitada.

Solo entonces se dio cuenta de lo mal que había juzgado a Roselyn. Durante años, la vio como alguien dócil y sumisa.

"Eres una serpiente", soltó con los dientes apretados.

"Tú deberías saberlo mejor que nadie: lo aprendí observando a gente como tú", replicó la joven.

La expresión de Jenifer se endureció, pues sabía que, si esa información salía a la luz, el Grupo Riley podría perder cientos de millones de dólares; en comparación, treinta millones no eran nada.

Cedió a regañadientes. "Está bien. Pero primero firmas un acuerdo de confidencialidad. Luego empacas todo lo que tienes y te vas de la casa de Adrian".

"No tengo ningún problema con eso", concedió Roselyn.

Sin dudarlo, tomó el acuerdo de confidencialidad de Jenifer, lo firmó y se levantó. "Tienes tres días para transferir el dinero a mi cuenta. Si no lo haces para entonces, los archivos se publicarán automáticamente".

Roselyn se dirigió a la salida y dejó la casa atrás. La puerta de roble se cerró tras ella con un sonido sordo.

En cuanto se sentó en su auto, sus manos comenzaron a temblar ligeramente. Lo había conseguido.

En lugar de volver a casa, se dirigió a su oficina. Mucho antes de convertirse en la esposa de Adrian, Roselyn había cofundado una empresa de inteligencia artificial médica como ingeniera fundadora.

Sin embargo, después del matrimonio, pocas personas seguían reconociéndola como tal.

Caminó por los pasillos que conocía bien. El ambiente eficiente y profesional contrastaba con el interminable conflicto que rodeaba a la familia Riley.

Frente a la oficina de Gerald Hardy, el director de operaciones de la empresa, se detuvo y llamó a la puerta.

Gerald se sorprendió al verla. "¿Roselyn? No te esperaba. Pasa y siéntate".

La joven sacó un sobre blanco de su bolso y se lo entregó. "Gerald, he decidido dejar mi puesto como miembro no ejecutivo. También transferiré mis derechos de voto".

Él frunció el ceño mientras revisaba la carta. "¿Esto tiene algo que ver con el asunto del señor Riley?".

Roselyn respondió sin dar más explicaciones. "Es por mi salud. Ahora mismo necesito tiempo para descansar".

Tras firmar el papeleo, Gerald dejó escapar un suspiro. "Pase lo que pase, siempre serás bienvenida aquí".

"Te lo agradezco". Por primera vez ese día, Roselyn se sintió realmente agradecida.

Tras salir de su despacho, se dirigió hacia los ascensores.

Una mano detuvo las puertas antes de que pudieran cerrarse por completo.

Nate Robinson entró. Era el asistente de Adrian y su arrogancia era tan evidente como la de su jefe.

Nate la recorrió con la mirada y dijo con tono burlón: "Señora Riley, ¿qué hace aquí? ¿Vino a ver al señor Riley? Ya sabe que odia que lo persiga a todas partes".

Roselyn sintió que se le revolvió el estómago. Para tranquilizarse, apoyó una mano contra el abdomen, controlando la respiración.

Luego respondió con calma: "Vine a renunciar a mi puesto en el consejo y, a partir de ahora, me llamarán señorita Hudson".

Nate pareció sorprendido por un momento antes de soltar una risa burlona. "¿Dejar el consejo? ¿Es otro de sus intentos de llamar la atención? ¿Sabe el señor Riley que está haciendo esto?".

Roselyn mantuvo la mirada en las puertas del ascensor y no lo miró. "Eso no es de tu incumbencia".

En cuanto el ascensor llegó al salón, las puertas se abrieron.

Roselyn salió sin decir nada más, mientras Nate se quedaba atrás, con esa mirada desdeñosa.

Cuando ella estuvo de nuevo en su auto, sacó un cuaderno.

Tachó de su lista el segundo punto: conseguir una compensación económica, y luego marcó con una palomita el primero: firmar los papeles del divorcio.

Debajo de los cuatro puntos, agregó algo nuevo. "Cuenta atrás para la libertad: 30 días".

Su celular vibró.

Era un mensaje de su primo Stefan Hudson. "Roselyn, esta noche hay una cena privada. ¿Quieres venir conmigo?".

Durante varios segundos, Roselyn se quedó mirando el mensaje.

Se sentía agotada; el estrés y el tumor le pasaban factura.

Sin embargo, necesitaba empezar a reconstruir su red de contactos.

Necesitaba recuperar la versión de sí misma que existía antes de que Adrian entrara en su vida.

Sus dedos se deslizaron por la pantalla y respondió: "¿Dónde es y a qué hora empieza?".

Roselyn llegó a una casa silenciosa. En el pasillo, Donna Flynn, la anciana ama de llaves que siempre había sido amable con ella, estaba ocupada limpiando el polvo.

En cuanto la vio, se preocupó, pues la palidez de Roselyn era evidente.

"Señora Riley, ¿está bien?".

"Donna, puedes llamarme Roselyn. Estoy bien. Solo estoy un poco cansada. Pronto me mudaré".

La anciana se sorprendió. "¿Se muda? Ay, querida... Lamento oír eso".

Donna sabía mejor que nadie cómo habían tratado a Roselyn bajo ese techo.

Roselyn sonrió. Aunque estaba cansada, su sonrisa era genuina. "No tiene por qué lamentarlo. Es la decisión correcta".

Roselyn subió a la habitación de invitados de la planta alta. Sacó una maleta y comenzó a guardar sus pertenencias.

Todo lo que Adrian le había comprado quedó intacto.

Una vez que el armario quedó vacío, Roselyn lo contempló y, en ese momento, algo que no había sentido en años cobró vida en su interior: expectación.

Sentada en el borde de la cama, abrió su computadora portátil y comenzó a escribir un correo electrónico a su antiguo mentor.

"¿Todavía hay lugar para mí en el nuevo proyecto de diagnóstico con IA del que hablamos el año pasado?".

Envió el correo y, antes de que pasaran dos minutos, llegó una respuesta. "¡Roselyn! ¡Justo te estábamos esperando!".

Tras cerrar la computadora portátil, se quedó en silencio por un momento.

"Adiós, Adrian", susurró para sí misma, en la habitación vacía.

Capítulo 3 Le debo la vida

Para la cena privada, Roselyn eligió un vestido negro de diseño limpio y elegante. Cuando se disponía a salir, su celular empezó a sonar.

"Roselyn, te debo una disculpa". "Surgió algo que me retrasó". Stefan sonaba apurado. "Por eso le pedí a un amigo que te recogiera en mi lugar. Ya está fuera esperando".

Roselyn frunció el ceño. "Stefan, no es necesario. Puedo ir yo sola"."

Relájate, estarás bien con él". "Te veo en el restaurante". Antes de que pudiera responder, Stefan colgó la llamada.

Con el bolso en la mano, Roselyn bajó por el ascensor hasta la planta baja.

En la acera ya estaba aparcado un Maybach negro.

Cuando se acercó al auto, el conductor salió y abrió la puerta trasera.

Roselyn entró.

Otra persona ya estaba sentada en el lado opuesto, y la luz de una tablet proyectaba un resplandor sobre sus rasgos.

Una estructura ósea afilada, una expresión tranquila, una autoridad que no necesitaba ser anunciada.

Su sola presencia era difícil de ignorar.

El hombre era Kevin Wheeler.

Roselyn se detuvo en seco.

Kevin se giró para mirarla.

Durante una fracción de segundo, una emoción intensa parpadeó en su rostro antes de desaparecer.

El cambio se desvaneció tan rápido que ella no pudo estar segura de haberlo visto.

"Hola", saludó Roselyn con una amable sonrisa.

"Soy Roselyn Hudson," . "soy la prima de Stefan". "Gracias por venir a buscarme".

"Kevin Wheeler". Su voz era grave y firme. "Stefan habla a menudo de ti. Entiendo que últimamente has tenido un momento difícil".

Roselyn se puso inmediatamente a la defensiva y, sin pensarlo, apretó los puños. ¿Por qué Stefan le contaría algo tan personal?

"Hay algunas cosas en mi vida que tengo que resolver", dijo tras una pausa.

En lugar de seguir interrogándola, Kevin le ofreció: "Si necesitas ayuda, puedes contar conmigo".

Su tono seguía siendo informal, pero la oferta parecía mucho más importante de lo que debería.

Roselyn se sintió confundida, pues no entendía por qué alguien a quien acababa de conocer le hacía una oferta así.

Poco después, el Maybach entró en el estacionamiento subterráneo de un restaurante de lujo.

Kevin salió y le abrió la puerta.

Estar a su lado hacía que la mayoría de la gente se sintiera disminuida en comparación, pero Roselyn rara vez experimentaba algo así.

Juntos se dirigieron a un comedor privado donde Stefan ya estaba sentado y les hizo una seña para que se unieran a él.

A medida que avanzaba la cena, Roselyn empezó a comprender el alcance de la influencia de Kevin.

No era simplemente un amigo de Stefan. Era una de las figuras más influyentes del mundo de la inversión, alguien capaz de dar forma al futuro de innumerables empresas con una sola decisión.

Aun así, pasó la mayor parte de la velada escuchando en lugar de hablando. Stefan monopolizó la conversación con una historia tras otra.

Varios vasos de vino más tarde, Stefan empezó a hablar del pasado de su familia.

"El tío de Roselyn, Arthur Cunningham, era una leyenda", dijo Stefan con una sonrisa.

"¿Arthur Cunningham?", repitió Kevin. La forma en que dijo el nombre fue significativamente más tranquila. "¿Es tu tío?".

Roselyn asintió mientras una tristeza familiar afloraba en su interior. "Sí. Murió hace muchos años".

Kevin no apartó la vista.

Algo en la forma en que la observaba provocó una repentina sacudida en Roselyn.

"Le debo la vida", dijo Kevin.

La diversión desapareció del rostro de Stefan, y Roselyn se quedó petrificada.

"Hace muchos años, me salvó de una situación casi mortal", continuó Kevin, manteniendo la mirada fija en ella. "Después, nunca me pidió nada a cambio".

Un viejo recuerdo afloró en la mente de Roselyn. Recordaba haber oído que Arthur había rescatado una vez a un niño de un vehículo envuelto en llamas.

Estaba muy contento por ello, pero nunca reveló quién era ese niño.

"Desde entonces, nunca he olvidado lo que le debo", afirmó Kevin. "Conocerte esta noche por fin me da la oportunidad de saldar esa deuda".

Roselyn pensó en el tío que siempre le había mostrado amabilidad, y sintió que se le formaba un nudo en la garganta mientras la emoción se apoderaba de ella. "No es necesario. Mi tío habría hecho lo mismo por cualquiera. No me debes nada"."

No estoy de acuerdo". "Sé exactamente lo que debo". La voz de Kevin dejó claro que no admitía discusión. "Si alguna vez necesitas algo, solo tienes que decírmelo".

Stefan intervino: "Roselyn, ¿te das cuenta de lo valiosa que es esa oferta? Conseguir un favor de Kevin es como ganar la lotería".

Roselyn se giró hacia Kevin. No vio rastro de lástima en sus ojos. Todo lo que encontró allí fue sinceridad.

Ahora más que nunca necesitaba apoyo; sin embargo, quería aferrarse a lo que le quedaba de orgullo.

"Gracias, Kevin", murmuró. "Si llega el día en que no tenga a dónde acudir, recordaré lo que me ofreciste".

La comisura de los labios de Kevin se curvó ligeramente.

Al terminar la cena, Kevin se negó a dejar que ella se fuera sola a casa y dispuso que el chofer la llevara de vuelta.

El viaje transcurrió en silencio.

Cuando el auto llegó por fin frente a su edificio, Roselyn salió a la acera.

"Roselyn". La voz de Kevin la detuvo antes de que se alejara. "No olvides lo que te dije".

Roselyn contuvo su respiración y, antes de que pudiera responder, la ventanilla oscurecida se levantó y el Maybach desapareció en la noche.

Una brisa fresca rozó su abrigo mientras permanecía de pie en la acera, con los brazos cruzados sobre el cuerpo, con un pensamiento tras otro pasando por su mente.

No había duda de que Kevin era un hombre peligroso; sin embargo, después de todo lo que había sufrido, también era la primera persona que le ofrecía algo completamente genuino.

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