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Psicópata suicida

Psicópata suicida

Autor: : Mayito1605
Género: Otros
Oblivar ya no existía en los mapas, pero sí en la memoria colectiva, un eco helado de desapariciones sin resolver. Sus calles se habían cubierto de maleza, las casas se hundían. Solo la panadería de Kristtyn, mucho tiempo atrás, había representado una luz, antes de que ella misma desapareciera del pueblo. La vida de Elías Kross se había extendido mucho más allá de los límites de Oblivar, pero su mente nunca lo hizo. Sus crímenes escalaron, volviéndose más audaces, más elaborados, pero siempre guiados por la misma lógica fría: la anulación total y la posesión. Él no mataba por placer caótico, sino por la necesidad de restaurar un "orden" que solo existía en su cabeza. La sombra de Kristtyn lo había seguido como una obsesión, un motivo para la acción. Él había aniquilado sistemáticamente a cualquiera que se interpusiera o que manchara su imagen. Darren, Laura, y cualquiera que hubiese alzado la voz contra su posesión, habían sido devorados por los perros o disueltos en el anonimato de la gran ciudad. Pero la última víctima fue diferente. Elías había viajado al sur, a un rincón donde la superstición se mezclaba con la pobreza. Allí, encontró a una mujer anciana, conocida como la "Bruja de las Cenizas". No era una bruja real, solo una curandera solitaria, pero para Elías, ella representaba la última resistencia a su lógica. Sus palabras eran sobre espíritus y el alma, tonterías que desafiaban su universo de materia y ciclo. Él la mató en una noche sin luna, con su método habitual, buscando la misma sensación de vacío y control. Pero cuando la vida se apagó en los ojos de la anciana, Elías no sintió el acostumbrado éxtasis. Sintió un frío antinatural que se coló en sus huesos. Desde ese momento, la paz de Elías se desmoronó. No eran los gritos de sus víctimas pasadas lo que lo atormentaba, sino la silueta etérea de la Bruja de las Cenizas. Ella se manifestaba en los reflejos, en las esquinas oscuras, en el vapor del aliento en las mañanas frías. No lo maldecía; solo observaba. Su mirada era un juicio constante, un recordatorio de que existía un plano que su lógica ni su droga podían anular. Elías, el arquitecto de la oscuridad, el hombre que había negado la existencia del alma, se encontró perseguido por un espíritu. Su mente analítica se colapsó. La droga ya no lo calmaba; solo intensificaba la visión de la anciana, que se reía sin sonido. Su último escondite fue una cabaña aislada, lejos de la civilización. Estaba solo, acurrucado en un rincón, con el revólver en la mano, un arma inútil contra lo intangible. La Bruja de las Cenizas estaba frente a él, su figura translúcida y sonriente. -Tú negaste el espíritu -susurró el eco de su voz en la mente de Elías-. Y ahora, te conviertes en uno. El banquete no termina, Elías. Ahora eres la comida. Elías entendió la paradoja final: no podía anular el espíritu, pero podía anular su propio cuerpo para escapar de su tortura. El sonido del disparo fue absorbido por el silencio del bosque. El ciclo se había completado, pero no de la manera que él había imaginado. La policía encontró la cabaña meses después. Encontraron el esqueleto de Elías Kross, el revólver en su mano y, esparcidos por la mesa, los recortes de prensa de todas sus víctimas, desde Oblivar hasta el sur. No había notas de suicidio, solo una palabra grabada a cuchillo en la madera de la mesa, repetida una y otra vez: LOGICA. La bruja se había ido, pero el vacío que dejó no era el éxtasis. Era el juicio eterno. Y en algún rincón olvidado del mundo, los descendientes de Diabal, Negro y Faraón, continuaron sus vidas con una dieta muy peculiar. La historia de Elías Kross se convirtió en un susurro, una leyenda de un hombre que amó la oscuridad y fue finalmente consumido por ella. El mal no había sido destruido; solo se había transformado en una nueva sombra, lista para acechar el siguiente pueblo olvidado.

Capítulo 1 La sombra de Oblivar

El aire en Oblivar olía a herrumbre y a olvido. Era un pueblo tan minúsculo y apartado, tan insignificante en los mapas, que el único propósito que parecía tener era ser el escondite perfecto para las cosas que nadie quería ver. Y entre esas cosas, se gestaba la oscuridad.

Elías Kross tenía solo siete años cuando el primer pensamiento retorcido echó raíces en su cabeza.

No fue un chispazo, sino una lenta y turbia marea que subió en silencio. Era un día gris, como casi todos en Oblivar, y Elías estaba en el patio trasero de su casa, una casucha con pintura descascarada que se hundía lentamente en el fango de los suburbios. Estaba solo, como de costumbre. Su madre, Elena, pasaba el día entero al cuidado de Doña Alba, una anciana que apenas era un suspiro de vida en una cama. Y su padre, un hombre tosco llamado Mateo, malvivía arreglando coches viejos en la calle. El humo aceitoso del taller improvisado era lo único que a veces traía su olor a casa. Su única visita regular era su abuela paterna, una mujer silenciosa con ojos sabios que parecían ver demasiado.

Elías no estaba aburrido; nunca lo estaba. El mundo exterior no le ofrecía nada, pero su mente era un campo de juego infinito, aunque cada vez más siniestro.

Se puso en cuclillas junto a un arbusto de bayas secas. En su mano, sostenía su "arma": un artefacto de su propia invención, un trozo de alambre torcido, afilado en la punta y sujeto con cinta aislante a un palo corto. Era tosco, pero efectivo. Vio al primer gorrión.

No sintió ira. Tampoco miedo, ni compasión. Solo una curiosidad fría y científica sobre qué pasaría si...

El movimiento fue rápido, practicado. Un sonido seco y un aleteo moribundo contra la tierra húmeda. Levantó la pequeña masa de plumas y la observó. La vida se había ido. Lo que vino después fue lo más inquietante: una extraña y fugaz sensación de éxtasis. Era como si una válvula de presión interna se hubiera liberado, dejando una calma absoluta en su estela.

Se acercó a la vieja caseta de perro, donde sus dos perros callejeros, un par de mestizos esqueléticos, levantaron la cabeza.

-Tomen -murmuró Elías, sin emoción alguna.

Dejó el pequeño cadáver frente a ellos. Los perros se abalanzaron, destrozando el cuerpo con gruñidos bajos. Elías se quedó mirando, sus ojos azules increíblemente serios y vacíos. No era un acto de bondad hacia los perros; era la completa anulación de la vida y el subsiguiente aprovechamiento de la materia. Era lógico.

Así comenzó el patrón. Gorriones, ratones de campo, lagartijas. Elías Kross empezó a despegarse del mundo.

En Oblivar, las semanas se arrastraban como caracoles enfermos. Pero para Elías, el tiempo se aceleró. En menos de un mes, la masacre era palpable, aunque solo él lo supiera.

Una tarde, Elena regresó a casa agotada. En la cocina, mientras calentaba algo de sopa, notó el olor. No era solo a perro.

-Elías -dijo, su voz cansada-. ¿Qué has estado haciendo en el patio?

Elías, sentado en un rincón leyendo un libro sobre anatomía animal que había robado de la pequeña biblioteca comunitaria, levantó la cabeza.

-Nada, mamá. Jugando.

-Hay un olor... raro. Y... he encontrado restos, Elías. Plumas. ¿Qué pasa con los perros?

Elías cerró el libro. La verdad para él era sencilla, casi aburrida.

-Cazando. Los perros tienen hambre.

Elena se acercó. La cara de su hijo era una máscara inexpresiva. Demasiado tranquilo para un niño de siete años. Demasiado solitario.

-Elías, cariño, ya te lo he dicho. No mates a los animales. Es... es malo.

-No es malo -replicó Elías, con una lógica desarmante. Sus ojos estaban fijos en un punto detrás de la cabeza de su madre-. Los mato. Los perros comen. Es el ciclo.

Fue la abuela, al día siguiente, quien entendió la gravedad. La encontró en el cobertizo, observando al niño. Elías estaba en una esquina, inmóvil. En su mano, el alambre casero. Pero lo que la alarmó no fue el arma, sino su expresión. Estaba en éxtasis, completamente ajeno al mundo, la boca ligeramente abierta, la mirada perdida en una pared. Parecía estar escuchando una música que solo él podía oír.

-Mateo, Elena -dijo la abuela esa noche, su voz áspera como lija-. El niño está mal. Demasiados animales. Y esa mirada...

Mateo, el padre, gruñó, limpiándose la grasa de las manos.

-No seas dramática, madre. Es un niño. Juega a la guerra. Es duro.

-Esto no es un juego -insistió la abuela, golpeando la mesa. Sus ojos se clavaron en los de su hijo-. Está disfrutando de la muerte. Y hoy, lo encontré en un trance. Tenemos que llevarlo a ver a un profesional. Ya.

Elías fue arrastrado al psicólogo en el pueblo vecino, un viaje de dos horas en autobús que se sintió como una eternidad. El psicólogo, un hombre joven y de bigote que parecía más cómodo con expedientes que con mentes turbias, no pudo descifrar la pared de hielo que era Elías.

-Es un caso difícil -les dijo a los padres-. Hay una... desconexión emocional profunda. Falta de empatía. Y la conducta con los animales es una señal de alerta seria. Lo que llama 'éxtasis' podría ser una respuesta disociativa o un placer patológico. Necesita terapia constante.

Pero en Oblivar, las cosas constantes eran las deudas y el olvido. La terapia fue esporádica, costosa y, para Elías, completamente inútil. Solo le enseñó a mentir mejor y a ocultar sus verdaderos intereses.

Los años pasaron, volviéndose lentos y grises. Elías se convirtió en un adolescente solitario y hosco. Rechazaba a sus compañeros de la escuela, llamándolos "ruido inútil" y "pérdida de tiempo". El patio de la escuela era una zona de guerra que evitaba.

Pero el aislamiento es una jaula, y hasta las mentes más frías necesitan un ancla.

A los doce años, conoció a Darío.

Darío no era como los otros. Era un chico delgado con ojos vivaces y una sonrisa fácil. Se acercó a Elías un día en el viejo muelle abandonado de Oblivar, donde Elías solía ir a tirar piedras al agua turbia.

-Hola. ¿Por qué estás siempre solo? -preguntó Darío, sin miedo, sin burla.

-Porque la gente es estúpida -contestó Elías, sin mirarlo.

Darío se encogió de hombros y se sentó a su lado, pateando una lata oxidada.

-Sí, la mayoría lo es. Pero tú no me pareces estúpido. Me pareces... interesante.

Esa palabra: interesante. Elías la masticó. Nadie lo había llamado así.

Darío se ganó a Elías con una mezcla de irreverencia y lealtad ciega. Descubrió la mente laberíntica de Elías, no con juicio, sino con fascinación. No fue amistad en el sentido normal; fue una complicidad. Darío no lo juzgó por sus ideas oscuras; al contrario, las veía como el fuego prohibido. Se rieron de las normas, del pueblo, de las personas.

Se convirtieron en un dúo inseparable. Darío era el social; Elías, la sombra pensante.

A los catorce, esa complicidad dio el salto.

-Tenemos que irnos de aquí -dijo Darío una noche, fumando un cigarrillo robado detrás del cementerio.

-No podemos. No hay dinero -respondió Elías.

-No me refiero a irnos, tonto. Me refiero a tomar lo que queremos. Empezar a jugar un juego más grande.

Y así fue. Empezaron con pequeños robos, vandalismo, y luego, con la oscura inteligencia de Elías como motor, idearon planes más complejos para estafar a la gente del pueblo. No era por necesidad; era por la emoción del control, de probar que podían superar el sistema que los había olvidado en Oblivar. Eran hermanos en la oscuridad, dos almas perdidas que se habían encontrado. Darío era el único ser humano que Elías sentía que entendía la "música" en su cabeza.

La oscuridad de Elías se mantuvo a raya, no por la moralidad, sino por la distracción de Darío. Los años entre los trece y los dieciocho fueron una tregua armada para su psique.

Hasta que Darío murió.

Sucedió tan repentinamente como un rayo en un día despejado. Un accidente de moto. Un error estúpido, un camión que no lo vio en la única carretera que salía de Oblivar.

Elías tenía dieciocho años. Estaba en el funeral, observando el ataúd hundirse en la tierra de Oblivar, y sintió... nada. Solo un vacío profundo, más frío y más grande que el que había sentido antes. El ancla se había roto. La compuerta se había abierto.

La muerte de Darío fue el catalizador. Elías regresó a la casa de sus padres con un nuevo y peligroso aislamiento. Empezó a buscar un escape del vacío y la realidad cruda de Oblivar. Su abuela, siempre atenta, notó su ausencia en casa y su mirada cada vez más vidriosa. No pasó mucho tiempo antes de que encontrara en el viejo cajón de herramientas de su padre unos sobres de papel de aluminio arrugado.

Drogas. Elías había cruzado una nueva línea, buscando la misma sensación de éxtasis y desconexión que había encontrado a los siete años, pero ahora en una forma química, más rápida, más potente.

Era un fantasma que caminaba por Oblivar, pero un día, su camino se cruzó con Kristtyn.

Kristtyn era la antítesis de Oblivar. Era brillante, llena de colores, incluso en su ropa simple. Trabajaba en la única panadería decente del pueblo.

Elías entró una tarde, con la capucha puesta, buscando el sabor sintético de los dulces para aliviar su estómago revuelto por el reciente consumo.

-¿Qué quieres? -preguntó ella, sin alzar la voz, pero con una firmeza que desarmó su habitual indiferencia.

-Un pan. El que sea.

Ella le tendió una hogaza de pan de centeno. Sus ojos eran de un verde claro, y se quedaron fijos en los de él, no con miedo, lástima o juicio. Vio algo más.

-Tienes una mirada interesante -dijo Kristtyn, inclinando la cabeza-. Como si vieras cosas que no están aquí.

Elías se congeló. La misma palabra que Darío había usado años atrás.

-Estás loca -escupió Elías, pero su tono carecía de su habitual filo.

-Tal vez -Kristtyn sonrió, un destello genuino que rara vez se veía en Oblivar-. Pero tú no eres un fantasma, Elías Kross. Eres solo un tipo que está muy cansado. Lo veo.

Nadie le había hablado así. No lo había visto como el bicho raro, el antisocial, el hijo del mecánico fracasado. Lo vio como... alguien especial. Alguien digno de ser entendido.

Elías empezó a volver. No por el pan, sino por esos breves minutos de conversación, donde Kristtyn le hablaba de libros, de sueños de irse de Oblivar, y de cómo la vida era más de lo que veían. Ella se convirtió en una droga emocional diferente, más peligrosa quizás, porque era real.

Él se enamoró de su luz, un faro en la oscuridad que lo había consumido. Era un amor obsesivo, un anhelo de poseer esa pureza que él había perdido hace una década.

Pero la felicidad es un lujo que Oblivar no solía conceder. Y Kristtyn, con toda su luz, tenía sus sombras.

Había tres chicas que formaban el trío de la malicia en el pueblo: Vanesa, la líder, con una lengua afilada como una navaja; Sofía, su sombra sarcástica; y Brenda, la seguidora silenciosa. Hacían la vida de Kristtyn un infierno diario: insultos velados, sabotajes menores, risas crueles.

Una tarde, Elías las vio. Kristtyn estaba sola en la plaza, barriendo. Vanesa se acercó y le tiró un refresco pegajoso en el cabello, riendo con sus secuaces.

-Cuidado, panadera. No queremos que nuestro pan esté tan sucio como tú -dijo Vanesa, con una voz cantarina.

Kristtyn solo apretó la mandíbula, sus ojos llenos de una tristeza resignada.

Elías lo vio todo desde la sombra de un callejón. Sintió un pinchazo. No fue por la injusticia; fue la amenaza a su faro. La idea de que algo tan sucio como ellas tocara su Kristtyn.

Esa noche, Elías subió a su habitación, una pocilga con olor a humedad y desesperanza. El vacío de Darío regresó con fuerza. El recuerdo de los ojos tristes de Kristtyn. La necesidad de sentir algo.

Tomó la pipa de vidrio y encendió el cristal. El humo llenó sus pulmones y luego su cabeza, disolviendo los bordes de la realidad. El éxtasis regresó, potente, químico. Pero esta vez, venía con un propósito. Un plan frío, detallado, que solo el químico o el demonio podían haber dictado.

Las voces que había silenciado durante años regresaron con una orquestación ensordecedora. Lógico. Limpieza. El ciclo.

Era una noche oscura, sin luna. Oblivar era una boca abierta en la oscuridad, sin farolas que funcionaran.

Elías sabía dónde vivían las tres. El plan era sencillo: atraer y anular.

Vanesa fue la primera. Le mandó un mensaje de texto anónimo, haciéndose pasar por un chico que le gustaba. "Reúnete en el viejo almacén del puerto. Tengo una sorpresa."

El almacén estaba abandonado, polvoriento y tan oscuro que la linterna de su teléfono apenas cortaba la negrura.

Vanesa entró, mirando a su alrededor con impaciencia.

-¿Hola? ¿Hay alguien aquí? ¿Qué demonios...?

Una sombra se deslizó desde detrás de una pila de sacos rotos. Antes de que Vanesa pudiera gritar, Elías la inmovilizó. Estaba bajo el efecto total de la droga, su fuerza amplificada, sus sentidos entumecidos, sus ojos ardiendo con una calma inhumana.

-Tú le hiciste daño -murmuró Elías, su voz extrañamente tranquila, como si leyera un obituario.

-¿Qué? ¡Quítate! -Vanesa forcejeó, su miedo finalmente encontrando voz.

Elías no respondió. La arrastró hasta una mesa de madera rota. El alambre afilado que había usado a los siete años había sido reemplazado por un cuchillo de caza, frío y profesional.

El sonido de la carne rasgada y el grito ahogado de Vanesa se perdieron en el silencio espeso de Oblivar.

La acción de Elías fue metódica. No era la rabia; era la ejecución de un castigo necesario. La droga lo había desconectado de la moralidad y la ley, dejándolo solo con la lógica del depredador.

Llamó a Sofía. "Vanesa está herida en el almacén. Tuvimos un accidente. Ven rápido."

Sofía llegó histérica. Vio la sangre y el cuerpo inerte de su amiga. Abrió la boca para gritar, pero Elías fue más rápido, usando un garrote de madera para noquearla.

El suspenso se alargó en el almacén. Elías se sentó a esperar que Sofía despertara. Necesitaba que sintiera el mismo miedo, la misma impotencia que su víctima.

Cuando Sofía despertó, su terror llenó la habitación.

-¡Elías! ¡Por favor! ¡No!

-Tú reíste -dijo Elías, sujetando el cuchillo. La hoja reflejaba la poca luz del teléfono en un brillo siniestro-. La hiciste sentir pequeña. Yo tengo que hacerte sentir nada. Es lógico.

La tortura no fue larga, pero fue brutal. Elías quería que el mensaje fuera claro, para sí mismo y para el mundo que no vería esto.

Finalmente, solo quedaba Brenda. Elías no la llamó. Sabía dónde vivía.

Entró en su casa por una ventana trasera rota. Brenda estaba en su habitación, enviando mensajes de texto. La luz de su teléfono iluminó su cara sorprendida.

Elías no dijo una palabra. El encuentro fue un estallido de acción frenética, un forcejeo violento que terminó con un golpe seco. La oscuridad de la noche, la soledad de Oblivar y la mente de Elías drogada se unieron para consumir a las tres chicas.

Cuando Elías salió del pueblo, justo antes del amanecer, la droga había desaparecido, dejando un resquicio de claridad fría y aterradora.

No había remordimiento. Solo una sensación de completitud. Había defendido su luz, había limpiado la mancha. Había regresado a su estado original de existencia. Elías Kross, a los dieciocho años, había ascendido a la cima de su propia oscuridad.

Se dirigió a la panadería de Kristtyn, el olor a pan fresco ya se elevaba en el aire. Entró, con la ropa manchada de sangre que solo él notaba, su rostro una máscara de calma peligrosa.

-Buenos días -dijo Kristtyn, mirándolo con su habitual calidez.

-Buenos días, Kristtyn -respondió Elías, apoyándose en el mostrador.

Ella le sonrió. Él le devolvió una sonrisa pequeña, una que no llegaba a sus ojos vacíos.

Ella no lo sabe, pensó. Y nunca lo sabrá. La oscuridad de Oblivar tenía un nuevo señor.

Capítulo 2 El banquete y la llama de Krisstyn

La mañana después de la Noche Negra amaneció en Oblivar con una quietud espectral. El rocío cubría el pueblo como un sudario. Elías Kross caminó por la calle principal con una sensación de ligereza. La resaca química era un precio insignificante por la orden que sentía haber restaurado en su pequeño universo.

Entró en el patio trasero antes de que sus padres se despertaran. Sus tres perros -Diabal, el más grande y arisco; Negro, el leal e inquieto; y Faraón, el más joven y hambriento- lo recibieron con ladridos apagados.

Elías se dirigió al cobertizo donde había dejado los restos envueltos de Vanesa, Sofía y Brenda. El proceso era metódico, casi ritual. La mente bajo el efecto residual de la droga era práctica y desapasionada. Sacó el cuchillo y el hacha que había usado.

No sentía repulsión, solo la lógica de la anulación total. Los animales de niño, los cuerpos de adulto. Era la misma ecuación: la vida anulada para ser reintegrada en el ciclo.

Cortó, trituró y mezcló los restos. Luego, con la misma calma que usaba para limpiar su bicicleta, los mezcló con el pienso rancio de los perros.

-Coman -ordenó Elías, y los tres perros se abalanzaron sobre su alimento.

La escena era macabra, pero en la mente de Elías era la limpieza perfecta. No había rastros, no había cuerpos que encontrar. Había transformado la amenaza en sustento. Era el fin último y más absoluto. Al terminar, quemó la ropa ensangrentada y limpió el cobertizo con lejía. Elías Kross no dejaba cabos sueltos.

Esa tarde, Elías se encontró con Kristtyn. Ella estaba sentada en un banco cerca del río, observando el agua turbia, con el sol de la tarde filtrándose a través de su cabello claro.

-Pensé que no vendrías -dijo ella, con una sonrisa triste.

-Siempre vengo -respondió Elías, sentándose a su lado.

Hablaron. Era la única persona con la que Elías podía hablar sin sentir el peso de tener que fingir. Kristtyn lo miró a los ojos, no a través de ellos.

-Me gustas, Elías -dijo ella, con una franqueza que le hacía temblar.

-Tú también me gustas, Kristtyn -confesó él. No era una frase que dijera fácilmente.

-Entonces, ¿por qué tardamos tanto? Dame una oportunidad, Elías. Deja que te vea.

Elías se sintió acorralado por su luz. Ella era todo lo que él no era.

-Estoy roto, Kristtyn. No estoy... completo.

Ella le tomó la mano, sintiendo la cicatriz de una quemadura antigua en sus nudillos.

-Todos estamos rotos, Elías. Yo también. -Kristtyn bajó la mirada, su voz se volvió un susurro-. A veces... aún siento las manos en mí. El trauma de mi infancia. El miedo. Pero si estamos rotos juntos, tal vez no seamos tan frágiles.

Kristtyn cargaba con un trauma de infancia que a veces la paralizaba, una sombra que aún definía sus noches. Elías, por su parte, cargaba con la pérdida de Darío, el único que había entendido su "música". La muerte de su amigo era un vacío que solo la droga podía llenar.

-Seremos novios -dijo Elías, su voz firme. El miedo se mezcló con una posesividad dulce y peligrosa-. Pero debes saber que a veces... necesito irme. Necesito estar solo.

Ella asintió, pensando que se refería a su aislamiento natural. Él, en cambio, se refería a la pipa de vidrio y el humo que lo transportaba lejos de la culpa y la realidad.

Se besaron por primera vez, un beso lento, cargado de toda la desesperanza de Oblivar y la pequeña llama de esperanza que ella representaba.

A partir de ese día, se encontraron todos los días. Sus citas eran el escape de ambos: caminaban por el bosque, hablaban de futuros imposibles y, sobre todo, se sentían seguros en la burbuja que habían creado. Elías disfrutaba de la paz que ella le daba. Pero tan pronto como regresaba a su casa, la ansiedad por la droga regresaba, un demonio que alimentaba su necesidad de control y su huida de la memoria de Darío.

La calma era una ilusión endeble en Oblivar. Elías sabía que el pueblo, aunque pequeño y disfuncional, hablaba. Y el objeto de sus habladurías era inevitablemente Kristtyn, la chica demasiado bonita, demasiado soñadora para un lugar tan sucio.

Una mañana, Elías se dirigía a la panadería cuando escuchó las voces. Eran las dos vecinas chismosas de su calle: la señora Rosa, con sus ojos de lince, y Doña Inés, la que se sabía la vida de todos. Estaban en la valla, con el tono bajo y venenoso que solo el chisme de pueblo puede tener.

-...pobrecita la madre, tener que cargar con eso -decía Rosa.

-Sí, y ahora anda con el hijo de Mateo, el de la mirada rara -replicó Inés-. No es buena compañía. Y ya sabes cómo es ella. Es demasiado fácil.

La palabra "fácil" cortó el aire. Elías se detuvo en seco. La sangre hirvió, pero no era ira caliente, sino la fría furia del que ve su posesión mancillada. Ellas estaban poniendo su suciedad verbal en su Kristtyn.

Elías no enfrentó a las mujeres. Simplemente se dio la vuelta y se dirigió a su casa. El control. La limpieza.

Se encerró en su habitación. Sacó el cristal. La droga era el arquitecto de su mente. Inhaló profundamente. El mundo se silenció. El vacío de Darío se llenó con la determinación. Se sentó en la oscuridad de su cuarto y empezó a idealizar su macabro plan.

Las vecinas y sus maridos. Cuatro vidas que manchaban la imagen de su luz. Cuatro almas que debían ser anuladas.

Descubrió su rutina con facilidad. Rosa e Inés eran conocidas por reunirse en una vieja casa abandonada a las afueras del pueblo. No era un lugar de chismes, sino de encuentros clandestinos con sus respectivos amantes. Una casa silenciosa y olvidada, perfecta para el secreto.

Elías sonrió. Era un regalo.

Pasada la medianoche, Oblivar era un pozo de silencio. Elías se deslizó fuera de su casa. Llevaba ropa oscura, guantes, y en su mochila, un revólver de calibre bajo robado a un traficante de paso, y la herramienta que se había vuelto indispensable: un molino de carne manual, pesado y robusto, que había comprado hace meses en secreto.

Llegó a la casa abandonada. El patio trasero estaba cubierto de maleza, lo que le dio una cobertura perfecta. La casa no tenía seguridad; solo una cerradura oxidada que Elías abrió con una ganzúa improvisada.

El olor a polvo y encierro era abrumador. Elías se movió con la precisión de un fantasma. Los sonidos eran débiles, pero claros: jadeos, murmullos. Estaban en una de las habitaciones traseras, absortos en su faena sexual.

Abrió la puerta de golpe.

La escena fue un caos instantáneo de cuerpos desnudos y sobresaltados. Cuatro caras, deformadas por el terror y la vergüenza. Elías los miró. No había emoción.

-Ustedes no deben ensuciar lo que es puro -dijo Elías, levantando el revólver. Su voz era plana y monótona.

BANG. BANG. BANG. BANG.

Cuatro disparos rápidos. Rosa y su amante cayeron primero, sin tiempo para entender. Inés y el suyo intentaron gritar, pero el pánico los ahogó. Elías fue preciso, profesional. Cuatro vidas anuladas.

El silencio que siguió fue más opresivo que los gritos. Elías se acercó.

Lo que vino después fue la extensión de su ritual de limpieza. Los desnudó, y luego, usando su conocimiento de anatomía y su macabra herramienta, comenzó el trabajo. El molino manual para carne, girando lentamente, era el único sonido en la casa.

Las cuatro vidas se convirtieron en un material informe. Elías trabajó durante dos horas, asegurándose de que el resultado fuera irreconocible. Lo empacó cuidadosamente.

De vuelta en su casa, bajo las primeras luces grises del amanecer, Elías alimentó a sus tres perros: Diabal, Negro y Faraón. Era su recompensa. Era su secreto compartido.

-Aquí tienen -susurró, observando cómo los perros devoraban el banquete. El ciclo había completado otra vuelta.

Esa mañana, el sol se alzó sobre Oblivar, pero la ausencia era palpable. Rosa, Inés y sus dos compañeros de cama no aparecieron. Sus maridos, al no encontrarlas, empezaron a preguntar.

Pero había algo más siniestro en el aire.

La noche anterior, la de los cuatro disparos secos y rápidos, no había sido silenciosa.

En varias casas del pueblo, la gente se había sobresaltado.

"¿Escuchaste eso?"

"Sí, sonó como un coche que regresaba, no te preocupes."

Escucharon los disparos, pero nadie salió. Era la regla no escrita de Oblivar: lo que pasaba en la oscuridad se quedaba en la oscuridad. El miedo era un muro más fuerte que cualquier ley. La gente sabía que esa vieja casa era para "asuntos", y sabían que los asuntos, a veces, eran sangrientos. Les importaba menos la moralidad que su propia supervivencia.

Sin embargo, a media mañana, los vecinos llamaron a la policía del pueblo más cercano. No porque se preocuparan por las desaparecidas, sino porque era lo que "debían" hacer. Elías los observó desde su ventana, las expresiones falsas de pánico en sus rostros.

-¡Es horrible! ¡Desaparecieron cuatro personas! -gritaba un hombre a un policía que llegaba en un coche destartalado.

-No sé nada, solo escuché un ruido extraño anoche, pero pensé que era el viento -mentía una mujer con ojos culpables.

Elías sonrió. No había rastro. No había cadáveres. Pero lo más inquietante era la reacción del pueblo.

La policía era lenta, incompetente. Pero la pregunta resonaba en la mente de Elías mientras veía a los investigadores deambular.

¿Acaso algunos eran cómplices de Elías?

No lo sabían. Pero el miedo de Oblivar y la costumbre de mirar a otro lado eran los verdaderos cómplices. El silencio del pueblo era el que permitía a Elías operar. El miedo era su escudo.

Esa tarde, Elías se encontró con Kristtyn. Ella lo abrazó con una urgencia que lo sorprendió.

-¿Estás bien? Se rumorea algo horrible en el pueblo.

-Estoy bien, Kristtyn. No te preocupes por el ruido de Oblivar -respondió Elías. La abrazó fuerte, sintiendo el calor de su cuerpo. Era su razón. Su motivo para el orden.

La droga era el escudo, la violencia era la herramienta, pero Kristtyn era el propósito. Y para mantenerla a salvo y pura, Elías estaba dispuesto a anular a cualquiera que manchara su luz.

Elías ha eliminado siete personas y el pueblo está en un estado de terror silencioso.

Capítulo 3 El eco de la vigilancia

El aire frío del invierno se cernía sobre Oblivar.

Las pocas semanas restantes del año se sentían como un reloj de arena que se agotaba, marcando el final de una era. Para Elías Kross, el final de ese año era también el final de su existencia en el pueblo. La idea había germinado en él con la misma frialdad que sus planes macabros: Oblivar ya no tenía nada que ofrecer. Había limpiado lo que necesitaba, y la inacción de la policía solo confirmaba su superioridad.

Le dio la noticia a Kristtyn una tarde cerca del muelle, el lugar de su primera conexión.

-Me voy -dijo Elías, mirando el agua estancada.

Kristtyn sintió un golpe en el pecho.

-¿Te vas? ¿A dónde?

-Lejos. A la ciudad. No hay futuro aquí.

Ella tomó su mano, la misma mano que había cometido actos indescriptibles.

-Pero... ¿y nosotros? Acabamos de empezar.

La noticia la envolvió en una tormenta emocional. La tristeza por la inminente pérdida, mezclada con una punzada de felicidad por él; al fin y al cabo, siempre había soñado que se fueran de Oblivar.

Esa noche, Kristtyn no fue a casa. Fue a la única tienda que vendía licor fuerte. Consumida por el alcohol, la tristeza y un deseo reprimido que buscaba desesperadamente anclar a Elías a algo real, lo llamó.

Se encontraron en la vieja caseta abandonada detrás de la iglesia. El ambiente era pesado, cargado de desesperación.

-No te vayas así, Elías -murmuró ella, con la voz pastosa por la bebida. Sus ojos verdes suplicaban.

-Tengo que irme -repitió él, sin emoción.

-Entonces... hazme tuya. Quiero algo para recordar. Quiero sentirme como todas las demás chicas.

Fue un acto torpe, desesperado y fugaz. Para ambos, fue la primera vez. La inexperiencia se mezcló con el alcohol y la ansiedad. A pesar de la torpeza, Kristtyn sintió la conexión física, el calor que buscaba. Lo disfrutaron, pero mientras ella se acurrucaba contra él, sintió el mismo abismo: Elías estaba distante. Su mente parecía estar en otro lugar, observando la escena desde lejos.

Dos días después, Kristtyn buscó a Elías. Estaban tomando café en la panadería. Ella estaba tratando de revivir el momento, buscando la intimidad que había anhelado.

-¿Recuerdas cómo fue la otra noche? -preguntó ella, con una sonrisa tímida.

Elías la miró, su rostro una hoja en blanco.

-¿La otra noche? ¿Qué pasó la otra noche, Kristtyn?

Ella sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

-¿Cómo que qué pasó? Estuvimos... tú sabes. Juntos.

Elías frunció el ceño, el esfuerzo por recordar era visible, pero fútil.

-No lo recuerdo. Debí haber estado muy... drogado, supongo.

La honestidad brutal la golpeó más que una mentira. No se acordaba de absolutamente nada. Su primer acto de amor, la entrega de su intimidad, había sido borrado por el escudo químico que Elías usaba para escapar de la realidad. Kristtyn se sintió vacía, humillada, pero aún más desconcertada. Se suponía que estaban profundamente enamorados.

Llegó el día de la despedida. Kristtyn lo esperó en la parada del autobús.

-No me olvides, Elías -logró decir, la garganta anudada.

Fue Kristtyn quien lloró desconsoladamente. Las lágrimas le corrían por las mejillas, el dolor de la soledad inminente era insoportable.

Elías, sin embargo, se limitó a mirarla. Su rostro era totalmente neutro, sin un atisbo de tristeza, ni siquiera de afecto.

-Adiós, Kristtyn. Cuídate -dijo, tomando su mochila.

No hubo abrazo de despedida, ni promesa de volver. Él simplemente subió al autobús, dejando a Kristtyn sola en el polvo de Oblivar. Era como si la hubiera borrado de su mente con la misma frialdad con la que había borrado a las chicas.

El Nuevo Comienzo y la Parada de los Crímenes

El tiempo pasó, lento para Kristtyn, quien no recibió ni una sola carta, ni una respuesta a sus mensajes. Elías la había dejado sola.

Mientras tanto, en Oblivar, las investigaciones policiales se habían estancado. Había cuatro desapariciones, luego tres más, pero cero evidencia física. Elías no había dejado cabos sueltos, y la complacencia del pueblo lo había protegido.

Lo más extraño para los investigadores fue la parada abrupta de los crímenes cuando Elías se fue. Era una coincidencia que no podían ignorar, pero que no podían probar. La policía solo pudo archivar los casos, la sombra del asesino en serie de Oblivar se convirtió en una leyenda de pueblo.

Kristtyn, herida y sola, se permitió seguir adelante. Fue entonces cuando conoció a Darren.

Darren era diferente. Un hombre de veintitantos, que trabajaba en el sector de la construcción, con el rostro un poco tosco y una actitud reservada. Pero era atento, caballeroso y con un impulso genuino por avanzar en la vida. Hacía hasta lo imposible por verla feliz, pequeños gestos que Elías nunca había sabido dar.

Ella se sintió atraída, no solo por su bondad, sino por un detalle sutil: Darren le recordaba a Elías. La misma intensidad en la mirada, la misma aura de misterio, aunque la suya era la de un hombre trabajador, no la de un sociópata. Esa familiaridad tóxica la ató a él.

En la ciudad, Laura, la mejor amiga de Kristtyn, había mantenido un contacto constante. Hablaban de todo: la universidad, los hombres, los sueños. Sin embargo, nunca habían tocado el tema de Elías. Era un fantasma que había sido convenientemente borrado de sus conversaciones.

La Instantánea y la Sombra Regresada

La vida de Kristtyn estaba finalmente tomando un rumbo. Había sido admitida en la universidad pública en la carrera de sus sueños. Para celebrarlo, organizó una pequeña reunión en su casa con Darren y una amiga en común.

La música estaba baja. Kristtyn y Darren estaban sentados en el sofá. Ella se sentía ligera, libre. Estaban hablando de un viaje que planeaban.

-...entonces, ¿por fin podremos ir a esa playa que querías? -preguntó Darren, su mano rozando la de ella.

Kristtyn se inclinó, sus ojos fijos en los de él. Estaban a punto de besarse. El momento era perfecto, lleno de promesas de un futuro sin sombras.

CLICK.

El sonido de un obturador de cámara rompió el silencio. No era el flash de un celular, sino el sonido distintivo de una cámara profesional.

Ambos se separaron, mirando a la ventana, que daba al callejón oscuro. No había nadie. Solo la negrura de la noche.

Un escalofrío helado recorrió a Kristtyn. Elías había usado las sombras de Oblivar como su escondite.

Se levantó, temblando. En ese instante, una certeza brutal la golpeó: Elías no había desaparecido. La estaba vigilando. El silencio no había sido olvido, sino acecho.

Desesperada, tomó su teléfono y llamó a Laura, su mejor amiga.

-Laura, tienes que decirme algo. ¿Has sabido algo de Elías?

Hubo un silencio incómodo del otro lado.

-Kristtyn, yo... sí. Lo he visto.

-¿Dónde? ¿Cómo está?

La voz de Laura se hizo un susurro cargado de juicio.

-Está aquí, en la comuna más jodida de la ciudad. Lo he visto. Él no es el mismo, Kristtyn. Está siempre con esa mirada. Lo he visto fumando cigarros de mierda, bebiendo demasiado alcohol y... peor. Lo he visto en el bar de mala muerte de la esquina, tocando sensualmente a varias mujeres a la vez. No son novias, son... solo chicas.

La noticia fue como un puñetazo en el estómago. Kristtyn se sintió devastada. No era que aún lo amara, pero la realidad de su indiferencia y su descenso a la decadencia era un golpe de oscura traición a la pureza que ella creía haber visto en él.

A pesar de la verdad, Kristtyn había encontrado consuelo en Darren. Decidió darse una oportunidad con él, aunque fuera a escondidas de su propia duda.

Una tarde de aburrimiento, la curiosidad de Kristtyn la empujó a llamar a Laura, buscando un escape de la paranoia del "click" de la cámara.

-Laura, ¿cómo estás? Estoy harta de esta ciudad.

-¡Yo también! Y adivina qué, voy a volver a Oblivar por unos días. Necesito escapar de este circo.

-¡No te puedo creer! Tenemos que vernos.

-Sí, pero espera un momento. Hoy es nuestro aniversario con Luis. Esta noche va a ser pasión pura.

Laura, con su tono naturalmente picante y jocoso, se lanzó a los detalles.

-Te digo, Kristtyn, se lo prometí. Le dije que lo iba a recibir con lencería negra, la de las transparencias que te mostré. Le dije: "Esta noche, vas a olvidar tu nombre, Luis".

Kristtyn rió, un sonido que se sentía ajeno después de tanto miedo.

-¡Qué bárbara! ¿Y cómo planeas hacerlo?

-Pues ya sabes, un poco de vino para relajar, la música adecuada... Y luego, a la faena. Con ganas, Kristtyn. Sin miedo. Quiero que esa noche sea tan buena que la recuerde por el resto del año. Con lujo de detalles.

Laura suspiró, el placer anticipado resonando en su voz.

-Oye, y tú, ¿qué onda con Darren? ¿Ya se te quitó la tontería de si "está bien" o "está mal"? Ya estás en la universidad, Kristtyn. ¡A vivir!

Kristtyn se mordió el labio.

-Es que... me gustaría hacer lo mismo con él. Me pone tan nerviosa... Pero no sé si estoy haciendo lo correcto, ya sabes, después de lo de Elías.

La risa de Laura explotó al otro lado de la pantalla, una carcajada desinhibida y fuerte.

-¡Ay, Kristtyn! ¡Todavía con eso! Más te vale que lo hagas, mujer. Los hombres como él son un tesoro. Escúchame bien: más tarde te voy a dar consejitos para que no se te escape. Pero ahora, tengo que colgar. ¡El deber llama y mi hombre está en camino!

Kristtyn colgó, sintiendo una mezcla de excitación y terror. El eco de la cámara de Elías seguía resonando, pero las palabras de Laura habían encendido una chispa de atrevimiento.

Ella no lo sabía, pero mientras hablaba con su amiga de su inminente regreso a Oblivar y de su noche de pasión, el obturador de la cámara de Elías había vuelto a sonar. El cazador tenía un nuevo plan, una nueva razón para volver a casa. La llama de Kristtyn y la vida de Laura se habían convertido en los nuevos objetivos del "orden" de Elías.

Elías ahora sabe que Kristtyn está con otro y que su mejor amiga, Laura, volverá a Oblivar y tendrá una noche de pasión.

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